MOISÉS ESTÉVEZ

En lo más recóndito de su mente albergaba un ligero pensamiento que
alimentaba su fe. Una fe quebrantada por actos en impulsos que se acercaban
peligrosamente al incumplimiento del sexto mandamiento. – ¿Se imaginaría
Moisés el hebreo, después de la conversación que mantuviera con su amado
dios en el monte Sinaí, y posteriormente bajara con aquellas grabadas tablas,
cómo de corrupta podría a llegar a ser la humanidad en el futuro? –
Dicha humanidad, incluyéndose él mismo, el Padre Juan, habían
retorcido aquel ‘mandamiento sagrado’ hasta tal punto que muchos
eclesiásticos no se conformaban con transgredir la frontera de lo carnal para
con sus semejantes, hombres y mujeres en plenas facultades adultas, si no
que invadían cruel y salvajemente la inocencia de niños y niñas al amparo de la
religión profesada. Maldita palabra, religión, testigo y cómplice de conductas
delictivas que merecían el peor de los castigos. Maldita palabra encubridora y
cobarde…
No se rendiría. Hurgaría en el fondo de su alma para que aquella fe que
estaba abandonándole, volviera, y lo que hasta ese momento había hecho,
dios supiera perdonárselo.

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