GAMBITO DANÉS

La casa estaba alejada del pueblo más cercano. Por lo menos eran cuatro kilómetros atravesando partes boscosas del pirineo. A Gala no le gustaba mucho quedarse sola, pero entendía las largas ausencias de su marido como algo necesario. Así debía ser si querían tener algo que llevarse a la boca. Así era desde que abandonaron Zaragoza rumbo al norte, con la esperanza de olvidar los duros años ruto de no haber sabido educar a su único hijo. Aunque nunca lo habían verbalizado, el matrimonio sabía perfectamente que la cárcel, no solo era merecida, sino también un alivio familiar. Tan duro, pero tan cierto.

I

Gala llevaba días intranquila. Como si tuviera un mal presentimiento. A sus cuarenta años seguía llevando mal la soledad. Quedaba una semana para que su marido regresara de Francia y empezaba, no solo a contar los días, sino también las horas. Lavaba unos boliches en la cocina con la intención de pasarlos después por la sartén cuando una voz estremeció todo su cuerpo:

—Buenos días.

Se giró de golpe, evitando por poco colapsarse del susto.

—Martín, casi me da un infarto.

Su hijo la miraba atentamente desde la puerta de la cocina, con la cabeza rapada al cero y más corpulento que nunca parecía un cavernícola de épocas pretéritas. Sus ojos negros como el carbón se clavaban en ella como dos puñales.

—¿Ahora me llamas Martín?

—¿Cómo has entrado? —interrogó ella.

—Vaya, ya veo lo mucho que te alegras de verme.

—No es eso —titubeó— es simplemente que no sabía que pudieras tener permisos penitenciarios. No te esperaba.

—Sorpresa. La buena conducta tiene sus recompensas.

Gala se fijó en su ceja, decorada con una nueva y profunda cicatriz. Apenas podía mantenerle la mirada después de seis años. Siempre se culpó de su mala vida, de sus malas decisiones. Demasiado joven lo tuvo, con quince años apenas sabía nada de la vida. Tuvo que aprenderlo todo de golpe y por las malas. Ahora Martín tenía veinticinco años y apenas lo reconocía. Su corazón empezó a bajar de pulsaciones, pero estas seguían siendo fuertes como martillazos. Incómoda, se apoyó contra la encimera observando como él se acercaba lentamente.

—Hijo…

—Bueno —le interrumpió— Por lo menos ya empiezas a recordar. Después de tanto tiempo sin venir a verme pensé que quizás se te había olvidado incluso quién soy. ¿No me vas a dar un beso?

Sus fuertes manos agarraron la cara de la madre y la besó en la comisura de los labios.

—Martín, ¿crees que es buena idea que estés aquí? Tu padre…

—No veo al viejo por ninguna parte. No te preocupes, si oigo el coche desapareceré. Veo que estás cocinando, sigue, no quiero molestarte. Además, estoy hambriento.

Algo más distendido, Martín se sentó en la mesa de madera que había en el centro de la cocina, esperando llevarse algo a la boca. Gala siguió lavando los boliches y enseguida preparó la sartén con un poquito de aceite.

—¿Cómo has llegado hasta aquí? A la casa no llega ni tren ni autobús.

—Querida madre, es una larga historia —contestó mientras le daba un buen mordisco a la hogaza de pan que ya había en la mesa— ¿Tienes un poco de vino?

—No tengo, lo siento —mintió la madre.

Durante la comida predominaron los silencios y los monosílabos. Gala tenía muchos sentimientos encontrados. Quería a su hijo, pero también le temía. Deseaba que su marido apareciera en cualquier momento pero a su vez le daba pavor pensar en las consecuencias.

—¿Dónde te vas a quedar?

Martín la observó casi con rabia antes de contestar:

—¿Crees que me puedo permitir una pensión en el quinto coño de la mierda de pueblo más cercano a esta puta casa en medio de la nada?

La madre bajó la cabeza y se concentró en el plato.

—Tenemos una habitación vacía pero, por favor, vete lo antes posible. No quiero que te vea tu padre y volverá muy pronto.

—¿Está bien el viejo?

—Sí, Martín, estamos bien. Llevamos una vida muy humilde.

—Lo sé mamá, no te preocupes, no he venido a por dinero.

—No, no es eso —se excusó ella— lo digo para que entiendas nuestras razones para no haber venido a visitarte a la cárcel. Para nosotros…

El hijo la cortó con un golpe en la mesa, contundente y con el puño cerrado.

—No te he preguntado nada.

La madre hizo un esfuerzo por no llorar y consciente de la situación, Martín, suavizó el tono:

—Lo creas o no soy una persona nueva. No busco problemas. Ni los busco ni pretendo causártelos. Solo quería verte y descansar un poco. No es fácil matar al salvaje, pero hago todo lo que puedo para domarlo.

II

La mañana siguiente Martín se despertó sobre las once, descansado y con el ánimo renovado. Buscó a su madre por toda la casa pero no fue hasta salir fuera dónde la encontró tendiendo la ropa.

—¿Todo bien, mamá? He dormido como un bendito.

—Me alegro hijo —contestó ella mientras tendía una sábana con cierta dificultad— yo estoy un poco preocupada. Quería llamar a la tienda del pueblo para que Arcadio me trajera unas cosas pero me he dado cuenta de que no va la línea telefónica. Sin el coche no sé cómo me las apañaré, en un par de días me quedaré sin comida. Hoy ya se ha terminado la leche.

—Ha habido una tormenta esta noche, seguro que ha caído un rayo o algo por el estilo. Lo arreglarán.

—Eso espero, porque no tengo piernas para andar tanto y menos cargada con bolsas.

—No te preocupes, yo mismo iré si no lo arreglan en las próximas horas.

De espaldas a él a Gala se le escapó una sonrisa. El nuevo y mejorado humor de su hijo le hizo tener esperanza. Ilusión en que realmente estuviera esforzándose por cambiar.

—Por cierto, mamá…si alguien viene a casa…no les digas nada de mí, ¿entendido? Ni siquiera si preguntan directamente por mí.

La sonrisa se desvaneció como si nunca hubiera existido. Aquella siniestra petición no podía llevar nada bueno. A saber en qué lío estaría metido su hijo ahora. Quién sabe con cuánta gente tenía cuentas pendientes.

—¿Entendido, mamá?

—Sí.

—Muy bien —dulcificó de nuevo la voz— voy a ver si desayuno algo.

Gala no pudo más que sentarse en el suelo, desesperada. Ahora no sabía si incluso su vida corría algún tipo de peligro. No fue hasta que el frío empezó a calarle los huesos cuándo entró en casa. En el salón pudo ver a su hijo comiéndose un bocadillo. Iba vestido solo con unos calzoncillos.

—Martín, ¿tienes algo para lavar?

—Solo lo que llevaba ayer. De hecho, te agradecería que me pudieras prestar alguna ropa de papá. Algo que le vaya grande, difícilmente usemos la misma talla.

No solo su hijo “no estaba allí”, sino que había venido “con lo puesto”. Mucha prisa en refugiarse en aquella perdida casa había tenido, eso estaba claro. El resto del día pasó lento, con miradas inquisitivas pero pocas palabras. Mucho menos algún tipo de explicación. A media tarde la madre se refugió en la cocina para pelar unas judías con la sola compañía de un viejo transistor. Una hora después apareció Martín con la voz algo achispada.

—Vaya, vaya. Mira quién no decía ayer la verdad.

Gala se giró extrañada con aquel comentario y vio a su hijo amorrado a una botella de vino.

—Me he encontrado un pequeño cuartucho de lo más interesante —dijo él aludiendo a la improvisada bodega que tenían sus padres en el desván.

—Martín…

—No te preocupes mamá, lo entiendo perfectamente —contestó mientras se sentaba en la mesa de la cocina y seguía bebiendo a morro.

—Aquí hay poco que hacer, guardamos el vino solo para las celebraciones. Es peligroso.

—Sí, sí, ya. Oye madre, dime: ¿hay algún bar en el pueblo?

—Uno, pero cierra muy temprano y lo visitan solo ancianos para echarse la partida del dominó.

—Muy bien. ¿Y discoteca?

—Hijo, ¿tiene pinta de haber alguna discoteca por aquí?

—Tienes razón, pero seguro que hay un puticlub. Hasta los viejos necesitan follar.

—Si lo hay te juro que nunca lo he visto —respondió la madre cada vez más incómoda.

—¡Joder! Pero en algún lugar se tendrán que esconder las chicas, ¿no? ¡¿O es que las sortean junto a un vino y una res?!

Hubo un largo silencio antes de que Gala intentara calmarlo:

—Las cosas por aquí son muy distintas.

—Sí, sí, ya lo veo…ya lo veo… —se resignó cada vez más ebrio— no me prepares cena para mí, con la botella tengo suficiente por hoy.

La madre siguió pelando unas patatas cuando pudo oír como Martín se levantaba de la silla. El hijo la observó. A los cuarenta años conservaba una figura envidiable. La camiseta de tirantes blanca y la larga falda marrón no escondían unas curvas más que apetecibles. Se acercó a ella por detrás y le retiró su larga y castaña melena del cuello y los hombros. Gala sintió un escalofrío y se quedó completamente quieta. Pasó sus rudos dedos por la nuca, con suavidad, siguiendo por el cuello y la clavícula hasta tropezarse con uno de los tirantes del top. Con el mismo dedo lo agarró y lo deslizó hasta descubrirle el hombro y dejarlo caer por el brazo. Siguió acariciándole este y cuando llegó a la altura del codo retiró la mano. La madre pensó que había pasado todo en el preciso instante en el que notó una sonora palmada en su glúteo. Al momento pudo oír a su hijo alejarse de nuevo entre risas.

Cuando por fin estuvo sola, se derrumbó encima de la encimera agotada por la tensión del momento.

III

Martín se despertó por la tarde, resacoso y de mal humor. Su madre le había dejado preparada una ensalada pero apenas la probó. Llevaba solo un par de días y las paredes empezaban a caérsele encima. El exterior no era mejor, solo había árboles y monte, ni rastro de civilización. Gala salió a barrer un poco la entrada de la casa cuando se fijó en que la cajetilla del teléfono del exterior de la casa parecía haber sido manipulada. Cerciorándose bien de que su hijo no estuviera cerca se acercó y, con solo tocar la tapa, esta cayó junto a sus maltrechos tornillos. Dentro pudo ver lo que, sin duda, eran los cables telefónicos saboteados. Tardó un poco en volverlo a dejar de manera que fuera imperceptible cuando el ruido de unos neumáticos acercándose a la casa llamó su atención. Una furgoneta de la Guardia Civil aparcó justo delante y bajaron dos educados agentes gorra en mano.

—Buenas tardes señora, ¿es usted la señora Casalduero?

—Sí, soy yo, ¿ha ocurrido algo?

—No se alarme —la tranquilizó el que parecía tener más rango, con espesa barba y cejas exageradamente pobladas— ¿está sola en casa? La hemos llamado varias veces pero no nos da línea.

—Sí, mi marido está haciendo negocios en el sur de Francia. Criamos pastores alemanes y los vendemos a los pastores de esa zona, suelen pagar mejor que por aquí. El teléfono por lo visto se averío con la tormenta del otro día.

—Ya veo. Mire, debemos preguntarle, ¿ha visto recientemente a su hijo?

—Cumple condena en Zuera, ¿es que le ha pasado algo? La distancia no me permite ir a verlo con regularidad.

—Lo último que sabemos de él es que aprovechó un programa de reinserción laboral para escaparse, hiriendo a un agente. Pensamos que podría estar por aquí.

—Dios bendito… —dijo con la voz temblorosa— Dios bendito. Hace años que no veo a Martín, espero que el agente esté bien.

—Es leve. Señora, perdone que seamos así pero, ¿le importaría que echáramos un vistazo en la casa?

La mujer volvió a dudar. ¿Qué era lo correcto? ¿Hacerles algún tipo de señal indicándoles que ese animal se escondía en casa o por el contrario seguir haciéndose la tonta? Y por otro lado, quizás advertirles podía complicar aún más la situación.

—Por supuesto agentes, miren dónde vean conveniente.

Uno de ellos se adelantó pero el de la barba lo paró con el brazo diciendo:

—Bueno, creo que no será necesario que la molestemos más. Por favor, si sabe algo del muchacho, háganoslo saber. Cuánto menos tiempo pase mejor para todos. Y hágase mirar ese teléfono para que podamos informarla.

—Descuide agente, así lo haré.

Los agentes se despidieron con un gesto y abandonaron los dominios. Gala entró en casa dónde, detrás de la puerta, le esperaba su hijo armado con un cuchillo de grandes dimensiones.

—Lo has hecho muy bien mamá, si llegan a entrar tendría que haber acabado con esos putos picoletos.

Ella le miró asustada, pero sabía que cualquier palabra suya podría empeorar aún más su humor.

—No me mires así, no pienso volver a vivir nunca más en una mierda de chabolo, antes me corto el cuello.

Martín clavó el cuchillo en una madera de la pared y abandonó el recibidor a paso firme. Su madre se dejó caer lentamente en el suelo, dónde estuvo largo rato encogida, agarrándose las rodillas con los brazos. Horas después cenaron en absoluto silencio y Gala se fue a la cama tan pronto que aún no había oscurecido del todo. Lo único que quería es que la almohada le hiciera olvidad aquel tenso día. Solo deseaba que todo el miedo se lo llevase el primer rayo de sol de la mañana siguiente. Pero no fue así.

Sobre las tres de la madrugada pudo oír como su hijo entraba en la habitación a hurtadillas. Ella aún no había conciliado el sueño, pero se hizo la dormida. Martín se acercó muy lentamente y, con extremo cuidado, la destapó. Dejando a los pies la sábana y la manta. Vio a su madre vestida solo con el camisón. Bastante casto la parte de arriba, abotonado hasta el cuello, y algo corto por la de abajo, llegando solo palmo y medio pasada la cintura. Observó sus espectaculares piernas y su respiración empezó a hacerse más profunda. Gala sintió pánico, ganas de gritar, huir, moverse, pero se obligó a quedarse completamente petrificada. El hijo siguió observándola, casi como si fuese la primera vez que veía a una mujer. Como si aquel cuerpo no fuera el de su progenitora. Con sumo cuidado le subió un poco la prenda descubriendo el resto de los muslos hasta que se asomaron las braguitas, blancas a juego con el camisón. No contento con eso acercó sus manos hasta la parte de arriba y, lenta y controladamente, desabrochó hasta cuatro de los botones. Lo abrió un poco dejando ver el canalillo, mostrando parte de lo que eran unos generosos y deseables pechos.

La madre casi tuvo que morderse la lengua para no hacer un gesto sospechoso, pero aguantó. Notó como las manos de su hijo ya no merodeaban su cuerpo pero entonces pudo oír el discreto sonido del pantalón de su vástago bajando. Martín liberó una extraordinaria erección y comenzó a acariciarse con suavidad. Miraba las piernas y el escote de su madre y se sentía completamente excitado. Enseguida aumentó el ritmo, masturbándose por primera vez en mucho tiempo. Por lo menos en mucho tiempo sin tirar solo de imaginación. Siguió intentando controlar los gemidos y, sin que hubieran pasado ni tres minutos, eyaculó apuntando intencionadamente contra los pechos de su madre. Se cercioró de que ella no se hubiera despertado y, sin volverla a tapar o abotonarle el camisón, salió de su habitación.

Gala se acurrucó colocándose en posición fetal y completamente abatida por lo que acababa de pasar. Se dio cuenta de que la necesidad de hembra de su hijo no iba a tener límites.

IV

Después de aquella noche hubo algunos días buenos. Martín parecía mucho más relajado y de buen humor y ella se convenció a sí misma de que no tenía tanta importancia. Aquel desahogo no había sido nada más que algo fisiológico. Mejor eso que no que deambulara por el pueblo a la caza de alguna pobre chica inocente. No podía ni imaginarse lo que era llevar seis años encerrado, y en parte se sentía culpable por no haberle conseguido educar mejor. Por no haber sabido protegerle. A fin de cuentas, ¿qué no haría una madre por un hijo? Él se sentía tan bien que incluso, con cuidado de no ser reconocido, había hecho el largo camino hasta el pueblo en busca de víveres. Los dos cenaban de manera distendida cuando Gala, hizo de tripas corazón, y le entregó un sobre.

—¿Qué es esto?

—Hijo, cariño, son dos mil euros. Te prometo que no tengo nada más. Mañana vendrá tu padre, ya sabes lo puntual que es en todo. Dijo que vendría antes de comer y aquí estará. Eso si no adelanta su regreso preocupado por la “avería” de la línea telefónica.

Cerró los ojos esperando una mala reacción pero esta no tuvo lugar. Martín se guardó el sobre diciendo:

—Te lo agradezco. No te preocupes, papá nunca me encontrará en la casa, te lo prometo.

Gala sonrió aliviada.

A la mañana siguiente el hijo preparaba un improvisado petate con algo de comida, ropa y utensilios de aseo mientras la madre limpiaba a conciencia toda la casa. Estaba dispuesta a no dejar ni rastro de aquella improvisada visita. Limpió la habitación donde se había hospedado como si se tratara de la escena de un crimen. En su cabeza solo había un lema: “aquí no ha pasado nada”. Martín mataba el poco tiempo que le quedaba observando a su progenitora. Se había vestido cómoda para el trabajo, y cómoda para un reo fugado significaba sexy. Llevaba un vestido amarillo de andar por casa que al susodicho le parecía, cuanto menos, sacado de un sex shop. Escotado y corto, poco más que describir. Cada vez que se agachaba podía ver como se asomaban sus braguitas blancas, o incluso sus pechos si se encontraba de frente. Intentó pensar en otra cosa, pero su miembro pareció no recibir la información actualizada, multiplicando su tamaño a cada minuto. Su erección era tan descomunal ya que ni siquiera sentado en el sofá del salón se sentía cómodo.

Desaparecida momentáneamente del salón decidió ir en su encuentro y la sorprendió revisando la jamba de la puerta. En concreto aplicando una pequeña pátina de barniz con un fino pincel a la marca que días antes había hecho en la madera con el cuchillo. Estaba tan concentrada que ni siquiera reparó en su presencia. Se acercó lentamente y arrimó su cuerpo, presionando su bulto contra su trasero, separados solo por la ropa. Gala se quedó paralizada al momento, pero decidió seguir con el trabajo, disimulando.

—¿Te he dicho que te conservas muy bien, mamá?

Cuando Martín le puso las manos en la cintura a ella se le escurrió el pincel de entre los dedos.

—Hijo, deberías irte ya.

—Sí, lo sé.

La madre se quedó observando la marca disimulada del cuchillo, como repasando el trabajo, pero Martín no se detuvo. Subió las manos hasta llegar a los senos y los estrujó desde atrás, apretando aún más su falo contra el culo.

—Y tienes las mejores tetas que he visto nunca, y hablo incluso de antes de que me encerraran.

—Martín por favor…

Siguió magreándole las tetas ante la pasividad de la progenitora.

—Mamá por favor, quién sabe cuánto tiempo pasará sin que me cruce con una mujer, o si siquiera saldré vivo de todo esto.

Mientras le sobaba los pechos le restregaba el miembro por los glúteos, notando como estos estaban bien formados y eran absolutamente deseables. Le subió un poco el vestido ante los tímidos forcejeos de la madre, atrapándolo en la cintura y descubriendo el trasero tapado solo por unas finas braguitas blancas.

—También tienes el mejor culo que he visto nunca.

—Basta, ¡por favor!

No obedeció, le agarró la ropa interior y bajándola hasta los tobillos se la quitó por los pies, se bajó él también la parte de abajo hasta las rodillas y ahora Gala pudo notar como el pene desnudo de su hijo se restregaba contra su anatomía buscando su cueva.

—¡Qué buena que estás joder!

Intensificó un poco la resistencia pero era consciente de que físicamente no podía pararle. En ese preciso instante el ruido de un coche se oyó en el exterior.

—Martín, vamos, ¡vete! ¡Es papá! ¡¡Corre!!

Pero ya no podía parar, le separó un poco las piernas y sin previo aviso la penetró vaginalmente desde detrás, embistiéndola con tanta fuerza que casi tira la puerta abajo.

—¡¡Mmm!!, ¡¡ohh!!, ¡mmm síii!

Gala se sintió como un pincho moruno, ensartada por aquel pedazo de carne pero aliviada al no sentir demasiado dolor, tan solo incomodidad.

—No, no —susurraba ella— vete, ¡¡vete!

—Solo será un momento mamá, joder, ¡¡ohh!!, ¡¡ohhh!!

Siguió penetrándola con tanta fuerza que podía notar como sus testículos rebotaban contra el culo, ahora la tenía agarrada con fuerza por las ingles para intensificar el movimiento.

—¡¡¡Ohhh síii!!!, ¡¡ohh síi!!

El padre y marido ya había aparcado y comprobaba que estuviera todo en orden. El intermitente, la llave del contacto, todo debía estar perfecto antes de abandonar el vehículo. Poco se imaginaba que a pocos metros su hijo se follaba a su mujer como un animal en celo.

—¡¡Ohh!!, ¡¡ohh!!, ¡¡ohhh!!, ¡¡¡ohhhh!!!

Martín subió de nuevo las manos para manosear con furia los pechos de su madre en el momento que decidió cambiar de postura. Salió de su interior y dándole la vuelta le dijo:

—No sufras mamá, ya estoy, ya casi estoy.

Le agarró por las nalgas y la elevó empotrándola contra la madera de la puerta. Sus piernas estaban abiertas, una a cada lado de la cintura de su hijo cuando este volvió a penetrarla manteniéndola en suspensión.

—¡¡¡Ohhh síii!!!, ¡¡ohh síi!!, ¡¡¡ohhhhhhhhhh!!!

Las acometidas eran tan fuertes que la madre golpeaba continuamente la barbilla del hijo con el hombro, pero no le importaba, estaba tan excitado que lo único que sentía era placer.

—¡Oh!, ¡¡oh!!, ¡ohh! Hijo, ¡hijo! ¡¡Tienes que irte!!

El padre empezaba a descargar el maletero y dejaba pequeños montoncitos de trastos frente a la puerta, evitando así tener que hacer luego más viajes y algo extrañado de que su esposa no hubiera salido a recibirlo. A pesar de la vibración de la puerta causada por las embestidas parecía estar ajeno a todo.

—¡¡¡Ohhh, ohhhh, ohhhhh!!! ¡¡Síii, síiii, síiiii, mmmmm!!

Finalmente Martín eyaculó con la fuerza de un torrente, llenando a su madre con su simiente para, enseguida, dejarla en el suelo de nuevo. Se sentía completamente extasiado, apenas podía hablar pero reunió las fuerzas suficientes para vestirse, encontrar su petate y salir por una ventana. Gala también estaba agotada pero consiguió adecentarse el vestido e intentar disimular su estado. Miró a su alrededor y justo cuando oía la cerradura de la puerta abriéndose se percató de que sus bragas estaban a medio metro, en el suelo. Rápida las cogió y las escondió dentro del pote de barniz. Cuando su marido por fin entró le dedicó la mejor de sus sonrisas.

—Cariño, ¿qué tal? ¿No me has oído llegar?

Mientras le preguntaba entraba la primera maleta y seguía poniendo cara de extrañado. Ella se sentía completamente acalorada y solo pudo seguir sonriendo. Cuando por fin se cruzaron las miradas le abrazó con fuerza, con mucha fuerza.

—¿Mi amor, estás bien?

Gala apretujó su cuerpo contra él susurrándole:

—Es solo que te he echado mucho de menos.

El esposo se sintió feliz aunque algo extrañado. Le devolvía el abrazo como podía contestando:

—Y yo a ti. Te he intentado llamar pero no daba línea la casa. A ver si ponen cobertura de móvil de una vez.

La mujer apenas le oía, seguía abrazándole mientras restregaba su cuerpo como una gata en celo. Se subió el vestido y le enseño el sexo rasurado en forma de triangulito, húmedo, caliente y desprovisto de ropa interior. Se lo restregó por la entrepierna y le suplicó:

—Cállate y fóllame.

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