ALBERTO ROMERO

Toda la Verdad.

Antonio invirtió aquella noche en escribir todo lo que había sucedido con su
suegra desde el día del accidente. La intención al principio era apuntarse algunos
datos que no quería olvidar cuando se lo contase a Ana. Pero terminó convirtiéndose
en una extensa carta donde describía con detalle cada episodio sufrido con
Josefa y sus sentimientos en cada momento. Todo empezó con la taza de café que
le lanzó en un momento de ira repentina y continuó con las huellas en su casa, las
fotos que le había hecho sin que él lo supiera y la llave que destapaba toda la
realidad de los orígenes de Ana. Al llegar a esos capítulos Antonio lloraba mientras
escribía, y trataba, con poco éxito, de apartar la cara del folio para que las lagrimas
no inundaran lo que iba escribiendo. No dejó sin relatar la carta anónima
que seguía sin autor y el escalofriante video de la memoria USB en el que Josefa,
secuestrada, confesaba que todo era verdad. Por el camino anotó los días en que
los cafés del hospital le llevaban a terribles dolores de tripa, las llamadas desde
números que no conocía, o el episodio del cuchillo y las amenazas a su propia hermana.
Aquella pesadilla era digna de una novela de terror y temía que Ana quedaría
rota por aquello. Era horrible pensar que tenía que darle aquella información,
porque le partía en dos hacerlo, pero tenía que ser valiente, se merecía saber la
verdad de todo.
Desayunó sin hambre, por abrigar el estómago, y partió rumbo al hospital, con
la terrible verdad en el bolsillo derecho del pantalón.
El nuevo día le parecía hermoso a pesar de todo, y dejó que sus pulmones se
llenasen de oxígeno mientras caminaba por las tranquilas calles de Madrid. A
aquella temprana hora había poca gente, el barrio dormía.
Entró en la pequeña librería que había al final de la avenida, y que tanto le
gustaba a Ana. Decidió comprarle un libro para que le acompañara en los largos
ratos del hospital.
—Buenos Días, princesa —dijo Antonio al entrar en la habitación donde Ana tomaba
el desayuno sentada en la cama.
—Buenos Días, mi príncipe —contestó Ana mientras ambos se reían de lo cursis
que eran saludándose de aquella manera.
—Esta noche he recordado un montón de cosas, Antonio. Las he anotado todas
para preguntarte.
—Qué bien —mintió Antonio—. Desayuna tranquila y cuando acabes repasamos
todo si quieres.
Ana sonrió contenta y tras el desayuno salieron a caminar un poco por el pasillo
de la planta para ir cogiendo fuerza en las piernas.
Ana estaba muy débil todavía. Había perdido mucha masa muscular mientras
estaba en coma, y las fracturas de las piernas, ya curadas, aún necesitaban una lenta
recuperación para ponerse a tono.
Dieron un paseo muy corto y volvieron a la habitación enseguida porque Ana
se encontraba muy fatigada.
Cuando Antonio se disponía a contarle toda la verdad sobre el suceso con Josefa
aparecieron unas amigas de Ana a visitarla. Antonio sintió alivio durante un
momento, pero agobio de seguir retrasando la situación.
Mientras Ana se entretenía un rato con sus amigas, charlando y recordando
buenos momentos, Antonio cogió el cuaderno de Ana para echarle un vistazo.
Entre mil detalles que tenía anotados con su preciosa caligrafía característica
estaba subrayado y rodeado con un círculo un apartado especial: Mis padres.
Fue entonces cuando Antonio lo tuvo claro, y metió la carta con toda la verdad
en el hueco de aquellas páginas.
Sobre el cuaderno dejó el libro que le había comprado en la librería del barrio:
Primavera con una esquina rota, de Mario Benedetti. Marga, la librera, se lo
había envuelto para regalo y le había puesto un lazo azul enorme.
Miró a Ana, que le sonreía desde la cama, y salió mientras la dejaba charlando
con sus amigas…

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