PABLO ROJAS

Quiero estar contigo, porque este sentimiento hacia a ti es único y sin fronteras, porque cada vez que recuerdo tu rostro mi corazón se calma, porque cada vez que estudio la posibilidad de tenerte en mis brazos comienzo a transpirar como un animal. Aunque lo sé, esa belleza angelical de tu piel de porcelana con mínimo de maquillaje, el castaño de tu cabello que decae de tus hombros como una fresca cascada, y el brillo de tus ojos que opaca a todas las demás mujeres, es demasiado para mí. Lo sé, soy gordo, paso de los 100 kilogramos, mis dientes son desalineados al contrario de tu perfecta dentadura, y mi rostro es horrible, todo por la quemadura que sufrí de niño, que dejó desde mi boca hasta por encima del ojo ese efecto plastificado. Jamás te fijarías en mí, lo sé. Pero, siempre me dijeron que cuando alguien quiere algo tiene que luchar por ello. Desde el día en que te conocí, en aquella caja del banco, supe que eras para mí. Cuando me atendiste ese día, tu sonrisa fue sincera, no tuviste esa primera impresión de mí cuando la gente ve lo horrendo que soy. Tus ojos serenos como un lago me irradiaron confianza, hice mi depósito, y sonreíste con un encogimiento de hombros como el de una dulce niña. Quedé perplejo contigo, me enamoré de ti a primera vista, sentí que contigo, completaría esa ausencia de amor en mi vida. Nunca nadie me quiso, mi padre murió cuando tenía un año, y mi madre nunca cuidó de mí con cariño, fue por su imprudencia que tuve ese accidente con el agua hirviendo, aunque no sé que tan accidente fue por así decirlo. Mi plan se había puesto en marcha, tenía que enamorarte, pero claro, siendo tan horrendo tenía que darlo todo. Flores y chocolates no serían suficientes, tenía que hacer algo tan glorioso, que poco a poco encontraras algo en mí que en nadie lo has hecho. Mis años de soledad me permitieron esconderme detrás de libros y mi computadora, mi mente se desarrolló bastante bien, casi era un nerd, pero en fin, hoy toda esa experiencia darán frutos. Ana Rodríguez, lo vi en el carné que llevabas en tu voluminoso busto, nunca lo olvidé. Creé una cuenta en Facebook, usé fotos falsas de algún cantante que vi por allí, me apropié de su nombre. Claro, primero investigué un poco de él, tenía que demostrar sus gustos para realizar las publicaciones pertinentes, pero, lo hice con tacto. Primero creé el perfil, solo subí tres fotos con su rostro, luego, me encargué de tomar fotografías en plazas, obras de teatro, discotecas, y la facultad en la que estudias. Nunca se vio a nadie en esas fotos, tenía que hacerlo bien. Antes de enviarte una solicitud de amistad, primero agregué a algunas amigas tuyas, claro, a esas que aceptan a cualquiera sin pensarlo dos veces para coleccionar amigos. Cuando ya teníamos ocho amigos en común, le di click en tú botón agregar amigos de tu perfil de Facebook. Al otro día, tú estabas allí, en el inicio de mi perfil falso. Me mantuve por varios meses al tanto de todos tus movimientos, todos tus gustos, y todas tus actividades. Agregué ciertas páginas que tú compartías, en especial esas de protección de animales, un bar que tú asistías, pero jamás me viste porque iba disfrazado, y maquillado perfectamente tan así que mi cicatriz no se veía. Pero jamás te percataste de mí, era yo quien lo veía todo de ti. Te reunías en ese bar todos los viernes a la salida de tu trabajo en el banco, salías a las 19:00, y 19:30 caías con tus amigas. Siempre fui prudente, me vestí de distintas maneras para que no me reconozcan allí, hasta llegué a usar zapatos muy discretos de plataforma para hasta esconder mi verdadera altura, su anatomía precisa al hacerlos a mano no dejaban demostrar que eran de plataforma, me doy maña cuando quiero aprender algo. Había pasado un año mientras me perfeccioné en la computación, me volví un hacker de los mejores, y sin que te percates entre en tú Facebook. Leí todas tus conversaciones a diario, todas tus charlas con tu madre y tus amigas, hasta los mensajes de hombres invitándote a salir, los cuales nunca has contestado. Mi pulso se puso a mil, cuando vi que un hombre que te agregó, compañero tuyo del banco te envío solicitud, y mantuvieron charlas hasta altas horas. Alan Black, el nombre el cual puse en la lista negra. Tuve que desviar mi plan hacía él, estabas muy interesada, bien lo leí en tus conversaciones de Facebook con dos de tus amigas. Lo supe siempre todo de ti, y ahora, lo haría con él. El plan fue simple, cuando ustedes dos estaban en el clímax en sus charlas, y él te invitó a salir, solo fue un par de movimientos en mi computadora. Conseguí pornografía infantil en formato digital, y realicé grabaciones en unos CD, hackié su facebook, y desde su identidad comencé a ofrecerlo de manera discreta a pocos contactos, los contactos de él, los cuales ya había hackeado de ante mano, y sabía que serían capaces de aceptarlos. Tomé cinco de sus contactos, los hackié a todos, y les escribí en nombre de ellos pidiendo de manera discreta el material. Elaboré conversaciones falsas de ambos lados, manipulando el material ilícito, luego, cuando sabía que él no estaba en su casa en la noche, entré en ella y dejé los CD bajó su sillón, estuvieron allí sin que lo sepa él mismo, hasta que mi denuncia anónima llegó a la policía. Fue terrible verte sufrir, cuando descubriste ese secreto creado por mí. Alan pasó a ser de tu caballero a azul, a un sucio cerdo de un día para el otro, despedido del banco y tras rejas, y lo mejor, fuera de tu vida. Lloraste como nadie, me dolió tener que hacerlo, pero yo quiero estar contigo, y haría todo lo que fuera necesario. Ahora, la siguiente parte del plan, mi entrada. Tenía que ser sigilosa, sin mayores sobresaltos, pero serías mía. Sabía de tus gustos musicales, lo sabía todo de ti. “Lo dejaría todo” de Chayanne, era el tema que tanto te erizaba la piel, como lo vi en los chats con tus amigas. Fui a hacer el trámite en el banco aquel día, y en el momento de cobrar un cheque, justo cuando tú ibas a atenderme, mi celular sonó. Si bien era la alarma programada por mí, la canción era esa, “Lo dejaría todo”, fingí que corté una llamada mientras el guardia de seguridad me fulminó con la mirada al mostrarlo, y me disculpé contigo por la llamada. Recuerdo como se iluminó tu rostro al escuchar esa canción, tenía que demostrarte que teníamos algo en común aunque fuer falso. Ya me conocías del banco, ahora, sabías que compartíamos un gusto por algo. Un viernes fui a ese bar, pero mostrándome como soy en realidad, lo había hecho una hora antes de tu llegada, y me senté en ese lugar que tú siempre ibas con tus amigas. A la hora calculada, pagué justo cuando tú te acercaste, fingí no notar tu presencia, pero el exquisito perfume de mujer me advirtió que te acercabas. Finalmente al levantarme, tú te acercaste a saludar, sacudiste tu mano con elegancia, mientras tus amigas me miraban como la cosa. Solo intercambié un hola contigo, pero tú, te dispusiste a charlar.

—Tu sos del banco —me dijiste alegre, esto salió mejor de lo que esperaba, no pensé llegar a tanto.

—Soy yo, que coincidencia, comencé a venir a este lugar porque me resulta agradable —contesté con seriedad, y una muy discreta sonrisa sin demostrar sobre confianza.

—Yo me llamo Ana, un gusto —y me cediste la mano.

Mi piel se derritió al contacto con la tuya, sentía que tocaba el cielo con las manos, placeres de los dioses.

—Me tengo que ir, tengo que alimentar a mi perro —dije, y ella se puso alegre.

—Ay. ¿En serio? Me encantan los animales —soltaste como una niña.

—Veo que tenemos algo en común, nos vemos —dije para retirarme, no lo podía alargar más, tenía que ser sutil.

Sentí por lo bajo, como una de sus amigas me dijo ogro, así se refirió a Ana de mí, pero no me importó. Esa noche en la madrugada descifré quien hizo ese comentario de mí, al controlar el Facebook de mi amada, una tal Laura, le bromeaba sobre mí, sobre el bicho feo y horrendo al que le fue gentil. Me puse feliz cuando ella me defendió, alegando que soy una buena persona, además de la coincidencia de la canción de Chayenne, lo había hecho bien, ella recordó ese momento que ayudaría a conquistarla. Sobre Laura, las amigas en una mujer son muy influyentes, así que me encargué de ella, tristemente murió de tres disparos, en un intento de robo al llegar a su casa. Así lo hice, me hice pasar por ladrón, le robé su cartera, y la ejecuté. No necesitaba su dinero, pero tenía que parecer un simple robo y no algo personal, la policía jamás dio a mí. Otra vez hice llorar a Ana, me dolía, lo veía en su Facebook las noches que pasaron, y en lo apagado de su rostro cuando iba semana a semana a cobrar mis cheques. En mi tercera visita a ella en el banco, la vi triste como las veces anteriores, le pregunté si se sentía bien mientras contaba el dinero, y me lo contó. Brevemente me recordó a esa Laura con la que nos cruzamos ese día en el bar, y me comentó lo sucedido. Tengo que confesar que me costó demostrar sorpresa, porque yo ya lo sabía todo, todo, no por nada leía sus chats día a día. Todo estaba listo, solo necesitaba la puntada final, ya me había ganado de alguna manera la confianza de ella, pero no podía crear un Facebook autentico e enviarle solicitud, tenía que ser glorioso, único, hacerla sentir que la protegía. Todo estaba pronto, mi plan era que la asaltaran un viernes camino al bar, y yo, sería el héroe. Le había pagado a un vándalo una suma muy exagerada de dinero, solo para que él, en el lugar que le indiqué, justo en esa esquina, le intente robar la cartera, y yo lo detenga recuperándola, y lo deje huir. Le di 5000 dólares en el momento de hablarlo, y le daría otros 5000 si todo salía bien. Era perfecto, él le robaría, yo la salvaría, y así, podría invitarla al bar al ganarme su confianza, hablarle de lo que sabía que le gustaba, ya que por un año estuve espiándola en secreto. Sabía todo de ella, de la mujer que se robó mi corazón. El momento había llegado, cuando desde la otra calle la vi a ella llegando al bar, observé al sujeto quien me observó con discreción, asentimos a la vez ambos, sabíamos lo que teníamos que hacer, lo habíamos practicado bastantes veces. Ella caminaba usando su celular, perdida de lo que pasaba a su alrededor. El sujeto estaba cinco metros detrás de ella, yo, otros cinco detrás de él. Me puse alerta, nada podía salir mal, era el momento de mi vida, sentía la sangre como viajaba por todo mi cuerpo más los nervios que me revolvían el estómago. Cuando él la tomó por sorpresa del brazo, le habló al oído, ella volteó y me miró espantada, y se cubrió detrás de él, algo no andaba bien. El sujeto al que le había pagado, se giró hacía mi sacando su arma, mientras otros dos me tomaron de los brazos por atrás.

—Estás arrestado —dijo al que le había pagado.

Una vez en la cárcel descubrí mi gran error, Alan, no era un funcionario del banco, era un oficial infiltrado investigando el origen de mis cheques semanales, ya que no eran de origen legal. Cuando lo culpé de traficar pornografía infantil, todo había sido un plan elaborado de la policía, fingieron el arresto a él. Me investigaban por girar cheques falsos, y cuando realicé la farsa, descubrieron de mis habilidades informáticas. Lo supieron todo, menos del asesinato de Laura, en fin, aquí estoy amada mía, apunto de ser condenado a cadena perpetua. Todo estaba perdido, me convertí en lo peor que podías imaginar, pero finalmente como mi condena no podía ser peor, me deleité al confesar que yo mismo asesiné a Laura.

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