MANGER

La vi marcharse tras los barrotes y sentí ese miedo frío cuando la pena te embarga el alma y nota que jamás encontrará un resquicio para su escapatoria.

Soledad, tremenda soledad.

Ella allá, yo aquí, y entre los dos alzarse un muro infranqueable rompiendo nuestro universo de algodón, dividiendo su mundo del mío para la eternidad.

No volvió su cabeza para decir su adiós; no le hacía falta…

Y a mí tampoco.

Por última vez, la imaginé con aquel vestido azul ciñendo su largo talle en la pista de baile mientras yo solía confesarle al oído mi continua rendición y nos dejábamos llevar, hechos uno, entre las curvas caricias de la dulce melodía.

Vacío, un enorme vacío.

Los hijos no perdonan su malograda madurez.

Ella allá, yo aquí, y entre ambos la tozudez inapelable de una sentencia implacable declarando el resto de su vida propiedad carcelaria hasta el culmen de su vejez y la fuerza rancia de mi olvido.

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