FRANCISCO J. MARTÍN
Hacía tiempo que no caminaba por la ciudad de Venecia y ese día, después de dos horas, había llegado a la Basílica de Santa Maria de la Salud cuando lo que quería era ir a la estación de ferrocarril. James K. se había perdido a pesar de contar con un mapa turístico, así no llegaría, tenía que “activarse”.
Caminaba en torno a la Basílica de vuelta hacia el centro por la ribera derecha del Gran Canal, y lo hacía lo más pegado posible a las paredes de los edificios que se encontraba, para así estar menos expuesto a la vista de los Agentes que lo perseguían desde que salió del Hospital esa mañana. Debía llegar a la estación de tren y salir de Venecia lo antes posible, se dirigiría a París.
De pronto vio que unos metros más adelante había un pequeño mercado a pie de calle donde se vendían productos agrícolas y se paró en un puesto de hortalizas. Sin girar la cabeza, miró por el rabillo del ojo a su izquierda para verificar si le seguían y, efectivamente, un hombre de mediana estatura con una cazadora marrón se acababa de parar, disimulando y mirando hacia la zona de San Marcos que estaba enfrente. Era el mismo que lo llevaba siguiendo la última media hora, — ¿Qué querría? — se preguntó. Ya llevaba tiempo sin estar encuadrado en ninguna operación importante y no tenía un interés especial para nadie — reflexionó James
Siguió hacia adelante con la intención de cruzar por el Puente de la Academia e ir atravesando por el barrio de San Marcos en dirección a la estación recorriendo calles y canales más estrechos y oscuros de forma que le fuese más fácil despistarlo. Estaba cayendo el Sol y todavía no se había encendido la iluminación de la ciudad haciendo que la visión perdiera claridad y nitidez, pero eso no le iba del todo mal a James ya que así tampoco lo podrían seguir fácilmente.
Después de estar un buen rato caminando siguiendo las indicaciones de su plano turístico, cuando salió desde un callejón a un canal mayor sabía que estaba cerca del Ayuntamiento, lo cruzó y se topó con la Iglesia de San Lucas. Pensó que lo mejor sería resguardarse de la vista de la gente bajo el arco de la entrada, al lado de la puerta. Al apoyarse en ella, se dio cuenta de que estaba abierta ya que nada más tocarla cedió franqueándole el paso al interior. Entró y volvió a cerrarla, se giró y vio que no había nadie, únicamente un feligrés estaba arrodillado en el primer banco de la izquierda cercano al altar. Entonces, fue hacia la derecha y se escondió dentro del confesionario.
Al poco, escuchó un ruido como si la puerta se estuviera abriendo.
—Qué extraño, cuando yo he entrado los goznes no chirriaban — pensó James
Miró desde el confesionario y vio que realmente la puerta estaba cerrada, estaba muy
nervioso y enseguida se dio cuenta de que su estómago le estaba recordando que no había tomado nada en todo el día. Se lo había pasado huyendo de los agentes y espías que le habían ido siguiendo los pasos.
Al momento comenzó a abrirse muy lentamente y apareció un hombre alto y fuerte con un abrigo gris oscuro que entró y se paró mirando a uno y otro lado, dirigiéndose finalmente hacia el confesionario de su derecha donde estaba James, abriendo la puerta contigua y sentándose.
—Vengo a confesarme Padre, he pecado — dijo el hombre
James estaba sin respiración, no le salía la voz del cuerpo, estaba atenazado.
— ¿Sería realmente un feligrés en busca de calmar su alma? ¿Será mi último perseguidor?— se preguntaba. Respiró profundamente dos o tres veces en un momento que se le hizo eterno y por fin respondió,
—Dime hijo mío ¿Qué es lo que te aflige?
A los diez minutos el hombre salía del confesionario y se dirigía a un banco para rezar las plegarias impuestas.
James K. no daba crédito, en sus más de veinte años de agente secreto nunca le había ocurrido nada parecido. Esperó unos minutos y antes de que el hombre acabara sus rezos, James se decidió a salir y volver a tomar el camino que le condujera a la estación, para lo que debería dirigirse hacia el Puente del Rialto.
Caminó durante un rato sintiendo una presencia a sus espaldas pero sin llegar a ver a nadie que le infundiera sospecha cada vez que se paraba y se volvía. Continuó y, después de unos minutos, llegó a la Terminal del Ferry Turístico del Gran Canal desde donde se divisaba el puente. Ahí estaba su próximo objetivo, tenía que cruzarlo y dirigirse a la estación que ahora estaba ya más cerca que la Basílica de Santa Maria de la Salud por donde había pasado hacía más de una hora y media.
Desde la Terminal del Ferry, anduvo por la acera del Pescador San Bartolomé y mirando al otro lado del Gran Canal se dio cuenta de que la luz de las terrazas de los restaurantes y la presencia de gente cenando haría que nadie intentara nada contra él, además había góndolas y alguna lancha muy iluminada.
Sabía que alguien continuaba siguiéndole y él caminaba pegado a la pared pero pensó que tenía que decidirse a cruzarlo cuanto antes, aunque quedara algo desprotegido, si quería llegar a esa zona de cierta seguridad. Así que se encaminó hacia la entrada al puente y comenzó a subirlo sin mirar atrás, resistiéndose a volverse, pero cuando estaba casi en la mitad se dio cuenta de que alguien comenzaba a subir por el lado opuesto, justo delante de él. Era una mujer rubia de mediana edad, con un chubasquero azul eléctrico, que tal como comenzó a subir levantó la vista del suelo y empezó a mirarlo directamente a los ojos. James casi se paró, pero tras un segundo continuó andando despacio, el corazón se le había disparado.
—Quizás ha llegado mi momento, estoy acorralado en el puente — se dijo
Esos diez metros se le estaban haciendo eternos, a cada paso que daba veía como la mujer le quitaba la vista de encima por un segundo para volver a fijarla de nuevo en él, ya estaba a punto de llegar a su altura, James estaba a mitad de la bajada, a unos cuatro metros del final del puente,
— ¿Qué haría ella? ¿Sacaría una navaja o una pistola? ¿Y el tipo que le seguía, estaría cerca? — se preguntaba
En ese momento, se paró y apoyándose en la balaustrada lateral de piedra, se volvió hacia atrás y ¡sorpresa! No había nadie de quien sospechar. James no lo entendía, el joven alto y fuerte lo había seguido desde hacía un buen rato, girando por donde el giraba, parándose cuando él se paraba, mirándolo disimuladamente en todo momento.
Cuando se dio cuenta la mujer ya estaba a su altura, volvió a echar a andar sin perderla de vista, ella no paraba de mirarle, como si le quisiera decir algo, pero al cruzarse no abrió la boca. James la siguió con la mirada cuando ya le había sobrepasado, ella no se volvió y siguió adelante lo que hizo que James se relajara y empezara a notar como le bajaba la sangre de la cabeza. Se encontraba mejor aunque continuó mirándola hasta que llegó al otro lado,
—Tenía buen tipo — pensó
Después acabó de bajar el puente llegando a la acera donde estaban las terrazas.
Efectivamente era una zona mejor iluminada y se sentía más a salvo. Pensó en sentarse en una mesa y pedir algo de comer, su estómago seguro que se lo agradecería. Y así lo hizo.
Se dirigió hacia un restaurante español, miró a un lado y a otro antes de elegir una mesa, y por primera vez en el día no vio nada sospechoso, nadie parecía estar interesado en él. Una vez se sentó, miró la carta y pidió al camarero un plato de “Garbanzos a la canela” y un vino tinto de la Ribera del Duero. Estaba algo exhausto y necesitaba recuperarse, al menos había visto a cinco agentes que lo habían estado siguiendo durante todo el día y no sabía por qué. Hacía tiempo que James K. no tenía información confidencial crítica sobre su país y no entendía que podía haber ocurrido para que se hubiese montado una operación de semejante tamaño en su contra. Además, no había podido ver la cara claramente a ninguno de sus perseguidores como para ver que rasgos tenían y adivinar a que Agencia podían pertenecer, salvo la mujer del puente que parecía oriental y podía ser de la inteligencia china, aunque pensó que “vaya usted a saber”, hoy día podía ser perfectamente de la CIA o del MI6.
Cuando acabó de cenar, pidió la cuenta y como el plato que había tomado le resultó riquísimo, pensó en pedirle la receta al chef, pero finalmente no lo hizo, pagó y se levantó, volvió a mirar a un lado y otro y de nuevo ¡no se lo podía creer, nadie lo espiaba!, así que empezó a pasear tranquilamente por la Rivera del Vino del Gran Canal para después, a unos 100 metros, girar y tomar una calle a la derecha en dirección a la estación de tren.
Iba tranquilo, había parado un par de veces para ver si alguien iba detrás, incluso mirando al otro lado del canal, y no había ni rastro de ningún espía. Únicamente pasaba alguna góndola con turistas y alguna que otra lancha, de hecho una que llevaba un rótulo donde se leía “Ambulancia” acababa de atracar justo delante a unos 20 metros.
—Qué mala suerte, alguien se ha puesto muy enfermo — pensó James
Seguía caminando, pero por un momento el hecho de que la lancha parase delante le había hecho pensar de nuevo en que alguien más le podía estar vigilando. Ya casi estaba al su lado cuando sintió que le agarraban por los brazos y casi lo levantaban del suelo. Eran dos hombres muy fuertes y vestidos de blanco que lo llevaron a la Ambulancia.
James K. maldecía, al final lo habían cazado, pero no lograba identificar a qué Agencia
internacional de inteligencia pertenecían sus captores. Desde luego tenía que ser importante para tener esa infraestructura en Venecia: un buen grupo de agentes, lanchas, y hasta un Hospital Psiquiátrico.

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