PSIQUE W

Entre tanto, cuando el reloj que preside el salón del restaurante La Roche marca las tres de la madrugada, la cocinera le lleva a Amanda la que es su quinta tila. La madre de Julieta está en plena crisis de ansiedad. Neus, que está sentada a su lado, ha perdido la cuenta de cuantos episodios ha sufrido su hermana desde que desapareció su sobrina.

La abuela Eulalia intenta refugiarse en el consuelo que le da abrazar al resto de sus nietos. A su lado están Françoise e Ingrid, el primero está pendiente de sus hermanas pequeñas que no han podido aguantar más y se han dormido. Ingrid, mientras tanto, le da el pecho al pequeño Marc que es el único que permanece ajeno a todo lo que ocurre.

-Señora, ¿no estarían usted y su familia más cómodos esperando en su casa? –sugiere el dueño del restaurante intentando ser amable.

-¡No! De aquí no me muevo hasta que aparezca mi Julieta –sentencia Amanda.

La cocinera, el camarero y el dueño del restaurante se miran entre sí con resignación: «No tenemos más remedio que esperar. De todas formas Louis tiene las llaves del coche y se ha ido hace un rato con la familia y la policía a buscar a la niña», parece que se dicen por la expresión de sus caras.

-Amanda tranquilízate –consuela Neus a su hermana-. La van a encontrar, seguro que está bien.

-Mi niña, mi preciosa nena. Mi pequeña Julieta. Seguro que le ha pasado algo terrible –se lamenta Amanda entre sollozos-. ¿Por qué tardan tanto en volver con ella? Seguro que ha pasado algo malo, estoy segura, segurísima.

-Tía Amanda, no digas eso por favor –le pide Françoise con un nudo en la garganta a su tía.

En ese instante Robert aparece en el restaurante abriendo las puertas del salón de par en par. Las primeras en levantarse cuando lo ven son Amanda e Ingrid, seguidas del resto de la familia y los empleados del restaurante.

-¿Qué ha pasado Robert? ¿Dónde está mi Julieta? ¿Y Denis? ¿Y Laia? –pregunta Amanda angustiada.

-Denis está detenido -responde Robert resoplando, como si hubiera corrido una maratón.

-¿Detenido? –exclaman Neus y Eulalia a la vez.

Amanda se deja caer sobre los brazos de su hermano pequeño, está sufriendo un conato de desmayo. Cuando se recupera, se sienta en una silla y escucha atentamente todo lo que su hermano le relata: el inicio de la búsqueda, las ropas de Julieta encontradas en el riachuelo, la visita a la cabaña de Gregory -al escuchar ese nombre Amanda da un brinco y rompe a llorar-, la agresión de Denis a Gregory y la infructuosa búsqueda de Julieta en la cabaña.

-Pero entonces no han detenido a Denis, Robert –interviene Ingrid con Marc dormitando en sus brazos-. Los han esposado a los dos para que ni se escapen ni se maten el uno al otro.

-Eh… sí, eso es Ingrid –secunda Robert la corrección de su mujer-. Denis no está detenido, y tampoco hay pruebas que incriminen al ermitaño.

-¡Oh no! Mi pequeña, mi preciosa Julieta. La luz de mis ojos, mi dulce angelito. ¿Dónde estará? ¿Por qué no le prestaría más atención? –se lamenta amargamente Amanda en un mar de lágrimas.

-Tranquila hija mía –interviene la abuela Eulalia poniendo su mano sobre el hombre de Amanda-, no te mortifiques. Ella estará bien, seguro. Además, aquí estábamos muchas personas, en cierto modo todos somos responsables de la situación.

Pero eso no tranquiliza ni consuela a Amanda, que comienza a llorar con más fuerza y desesperación.

Dupont entra y les explica a la madre, tías y abuela de Julieta todo lo ocurrido. Ellas escuchan atentamente. Cuando termina, les comunica que la búsqueda se suspende hasta primera hora de la mañana para así poder buscar a Julieta con más efectivos y luz del día.

Amanda y Neus intentan discutir la decisión del jefe de policía pero su madre las detiene antes de que abran la boca.

En la puerta de La Roche la familia se reencuentra. La policía accede a liberar a Denis, que se abraza a su mujer y a su hija mayor, y hace lo propio con Gregory aunque lo encierran en un coche patrulla.

Abrazos, preguntas y miradas culpabilizadoras de la familia al ermitaño, que permanece en el coche patrulla, se adueñan de la escena. Entre tanto, la cocinera, el camarero y Louis esperan en el coche de este último a que su jefe eche el cierre del restaurante.

Cuando el dueño cierra la puerta del establecimiento ve acercarse una pequeña sombra que se detiene a un metro de él.

-Hola.

-La niña –balbucea el hombre, para terminar gritando- ¡La niña! ¡La niña está aquí!

Una maraña de familiares y agentes de la policía sale corriendo hacia la puerta del restaurante y se paran en seco ante la presencia de la niña.

-¡Julieta! ¡Julieta! ¡Mi niña, mi Julieta! ¿Dónde estabas?

Julieta, asustada por la reacción de su familia y temerosa de la posible regañida de su madre, responde con un hilo de voz:

-Estaba jugando mamá.

-¿Cómo has jugado todo este tiempo si no había luz? –pregunta Denis a su hija pequeña.

-Sí había luz, la del aparcamiento del restaurante –responde Julieta resuelta y mirando, ahora con asombro, a todos y todas los congregados.

-¿Has estado todo este tiempo en el aparcamiento? –interviene Laia-. Imposible, no te hemos visto Julieta. Te hemos estado buscando durante horas.

-Es que no he estado en el aparcamiento exactamente, he estado en las rocas que hay bajo el aparcamiento. La luz de los focos iluminaba todo ese sitio.

-¿Has estado tú sola? –le pregunta Dupont a Julieta poniéndose a su altura.

La niña niega repetidamente con la cabeza y responde:

-He estado jugando con Maulliditos –levanta el viejo gato de peluche para enseñárselo al jefe de policía- y con Gregorito.

-¿Pero quién es Gregorito cariño? –insiste la abuela Eulalia.

-Pues una ardilla que vive en el bosque.

Al oír eso, Gregory exclama desde el coche patrulla:

-Se lo dije agentes, yo no conozco a esa niña –grita sacando la cabeza por la ventanilla.

-Está bien. Sácalo del coche y dile que se marche a su cabaña. Y que disculpe las molestias –ordena Dupont a Favre.

La atención vuelve a centrarse en Julieta, que mira a sus padres y su hermana con desconcierto.

-¿Y has estado todo este tiempo al lado del aparcamiento? –pregunta el abuelo Pere a su nieta-. Hemos estado horas buscándote. Tu lacito y tu rebeca estaban en un riachuelo.

La niña guarda silencio pensativa y de repente dice:

-¡Ah! ¡Sí! Es que Maulliditos desapareció y entonces empecé a buscarlo, llegué a un riachuelo y lo encontré allí. Como caminé tanto rato tenía calor y me quité la rebeca. También me dolía mucho el lacito que mamá me había puesto en el pelo, me apretaba, y decidí quitármelo. Mientras descansaba apareció Gregorito y comencé a jugar con él. Empecé a perseguirlo y volví de nuevo al restaurante. Entonces entré en el restaurante y le pedí permiso a mamá para ir a jugar con él, me dijo que sí y desde entonces he estado todo el tiempo con Maulliditos y Gregorito aquí al lado.

Tanto a la familia como a la policía comienza a invadirles un sentimiento de idiotez, pero sin duda los más avergonzados son los padres. Julieta ha permanecido todo el tiempo a unos metros del restaurante, jugando con un gato de peluche y con una ardilla, mientras ellos la buscaban en las montañas sin conseguir dar con ella.

-¿He hecho algo malo? ¿Me vais a castigar? –pregunta Julieta con un nudo en la garganta.

-No, mi nena no. En todo caso nos tendrían que castigar a nosotros por torpes y despistados –responde Amanda, ahora llorando de felicidad.

El rostro de Julieta pasa de la preocupación a la alegría. Se abraza con mucha fuerza al cuello de su madre y le dice al oído con un tono entre bromista y de reproche:

-La próxima vez tenéis que hacerme más caso mamá.

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