MOISÉS ESTÉVEZ

Completamente aturdida y muy mareada abrió los ojos con dificultad.
Enseguida notó que no podía mover los brazos. También sentía las piernas
bloqueadas y un dolor punzante le recorría cada músculo de su cuerpo.
La oscuridad era casi total, pero a pesar de la falta de iluminación pudo
intuir a duras penas que se encontraba en una especie de callejón, ya que
observó contenedores de basuras, coronados de ratas, y un olor nauseabundo
le llegaba a su maltrecha pituitaria.
Con algo más de conciencia de la situación se dio cuenta
definitivamente que sus cuatro extremidades estaban unidas mediante una
gruesa y apretada abrazadera, que explicaba su inmovilización, lo que también
le imponía adoptar una posición fetal sobre aquel suelo sucio y pestilente.
También notó que no llevaba ropa, lo que junto con el dolor físico, la
obligada postura y la carencia de recuerdos a corto plazo le embargara una
sensación de profunda tristeza y desolación, aflorándole a los ojos lágrimas de
miedo e impotencia.
Hizo un esfuerzo para girar la cabeza y le pareció ver unas luces azules
reflejadas en el gran charco putrefacto sobre el que estuvo no sabe cuanto
tiempo.

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