LOIS SANS

 

Capítulo 14: Ha llegado el momento de la verdad
No puedo dejar mirar a Valeria de reojo. La reviso intensamente, empezando por la
cabeza. Pelo fino, rubio, despeinado, con mechones que se esparcen por la almohada,
dándole un aire descuidado. Ojos grandes, cerrados, como si durmiera y la nariz
respingada. Tiene la boca apretada, como si quisiera guardar un secreto y una expresión
preocupada.
Inmóvil, como si estuviera muerta, su pecho sube y baja al ritmo de una suave
respiración. Cuando veo que está conectada a varias máquinas me da muy mal rollo.
Sigo con un peso en el pecho que me oprime, dificultándome la respiración y entonces
me encuentro con los ojos de su hermana, que me miran fijamente, haciéndome sentir
culpable no sé de qué.
Un aire helado invade la sala, estamos todos paralizados, observándonos.
Mi padre rompe el hielo preguntándome:
• ¿Necesitas algo, pequeña?
Abro la boca para hablar pero no me sale ni una palabra, es como si me hubiesen robado
las cuerdas vocales.
Y entonces, ella, sin dejar de mirarme, dice, con voz autoritaria:
• Han dicho los médicos que, tal vez, juntas podéis prosperar. Tú tienes que
recordar y ella ha de despertar.
• Martina hará todo lo posible por recordar – me defiende papá, mientras David
asoma la cabeza por la puerta.
Se acerca y me besa en la mejilla. Enseguida se da cuenta de la tensión que hay en la
habitación, porque dice:
• Tal vez deberíamos dejaros solas.
• Tienes razón, David – asiente papá, mirando fijamente a la hermana de Valeria.
Pero la chica está embobada mirando a mi hermano. Observo que él también la mira con
una sonrisa en los labios, lo que me hace suponer que se conocen bastante bien.
Mi padre también se ha dado cuenta, porque le oigo preguntar:
• Por lo que veo vosotros dos ya os conocéis ¿no?
• Estamos en el mismo grupo de amigos – responde David, saliendo de esa
especie de encantamiento en el que se había quedado.
• Si, por supuesto, somos amigos – dice ella con una débil sonrisa.
• ¿Qué te parece si vamos a tomar algo a la cafetería, mientras Valeria y Martina
intentan solucionar sus problemas? – le pregunta mi hermano.
• De acuerdo – responde ella y luego, dirigiéndose a mí, dice:
• Cuidado con lo que le dices o haces a mi hermana. Ha sufrido mucho, sobre todo
después de que mi padre se suicidara. Así que intenta no hacerle daño ni física ni
moralmente, porque si no te las tendrás que ver conmigo.
• No te preocupes, Carlota, mi hermana es inofensiva – me defiende David.
• No será tan inofensiva si ha dejado inconsciente a Valeria – murmura ella.
• Bueno, no sabemos qué pasó, todavía – sigue defendiéndome mi hermano.
• Vamos chicos, salgamos de la habitación y dejemos a las chicas un poco de
intimidad – dice mi padre, cogiendo por el hombro a su hijo.
Carlota besa en la frente a su hermana mientras le acaricia suavemente la cabeza y,
después, sale de la habitación, seguida de mi hermano y mi padre.
Me acerco a su cama mirándola detenidamente. En una lucha interior intento entender
por qué mis sentimientos se contradicen. Por una parte siento pena, una inmensa pena
de ver una chica tan guapa y joven aparentemente sin vida, vegetando sin más.
Después me invade un sentimiento de odio por alguien que se estuvo riendo de mí, que
me puso en evidencia delante de todos y que quiso hacerme unas pruebas ridículas a
cambio de una amistad.
También me atrapa la envidia por su popularidad, su capacidad de liderazgo, seguido de
la admiración por ser capaz de hacer lo que quiera sin importarle lo que piensen los
demás.
Y, por último, me atrapa el miedo, terror de no saber lo que ha pasado, no sé si está así
por culpa mía, no sé qué he hecho o qué no he hecho.
Sentada a su lado, le cojo la mano y la acaricio suavemente. Miro detenidamente esa
pequeña mano tan delicada de piel sedosa.
Luego, con la yema de mi dedo voy resiguiendo las líneas de esa manita que parece tan
frágil. Con su mano entre las mías, cierro los ojos y dejo volar mis pensamientos.
De repente y, sin proponérmelo, empiezo a recordar:
Estoy en el vestíbulo del centro comercial y, aunque intento no aparentarlo, estoy
asustada porque Valeria me ha retado a entrar en una pequeña tienda de objetos del
hogar a robar una navaja. Nunca había robado nada, ya que mis padres me han
inculcado, desde pequeña, que nunca debemos hacer a los demás lo que no nos gusta
que nos hagan a nosotras.
Sin embargo, sé que ejerce un gran poder sobre mí y si no quiero que me ridiculice
delante de todo el instituto no tendré más remedio que hacer todo lo que me ordene y,
encima, no estoy segura de que luego me deje formar parte de su grupo, aunque es un
riesgo que tendré que correr.
Entramos en la tienda las dos juntas, ella se va por un pasillo y yo sigo por otro
buscando esa navaja que me ha pedido que robe. Cuando la encuentro, miro a los lados
asegurándome que nadie me ve y me la meto en el bolsillo. Cuando llego a la caja, cojo
un paquete de pañuelos de papel y lo pago, en un intento de disimular, aunque no sé si
lo consigo.
Al salir no la veo, así que, tal y como me ha ordenado antes, me dirijo a los aseos, que
están al lado de la tienda.
La encuentro dentro, mirándose en el espejo, no hay nadie más. Se retoca el maquillaje
y se pinta los labios con una barra de un rojo intenso.
Cuando me ve, se me acerca y, mientras me mira con una expresión de odio que da
miedo, grita:
• ¿Has cogido la navaja, niñata?
• Sí, la tengo en el bolsillo – contesto amilanada.
• ¡Mira, idiota, no pienso dejar que formes parte de nuestro grupo! ¡Sé que el otro
día besaste a Javi y es mío! – sigue bramando.
• Pero si hace meses que lo dejasteis – me defiendo con la voz quebrada.
• ¡Pues resulta que no, Javi será mío si yo lo digo y no hay más que hablar!–
vocifera mientras levanta el brazo y con un objeto en la mano me asesta un
golpe en la cabeza.
Mientras tanto, saco la navaja del bolsillo y al mismo tiempo que noto que mis piernas
no me aguantan, se lo clavo en un costado y, luego, viene la oscuridad hasta que abro
los ojos y la veo a mi lado, en el suelo, en medio de un charco de sangre.
Con lágrimas en los ojos, la miro, la veo indefensa, aquí tendida, sus manos entre las
mías. Suelto su mano, me levanto y me aparto de un salto.
Desde el otro lado de la habitación la observo atentamente, creo que su expresión ha
cambiado, incluso me parece que se ha movido.
Y esa es toda la verdad…
FIN

Un comentario sobre “Toda la verdad

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