PSIQUE W

A los pocos minutos llegan dos patrullas de la policía iluminando con sus luces y sirenas la noche cerrada y ciega que se cierne sobre las montañas y el restaurante. Afuera hay un inmenso bosque de pinos rojos, hayas y robles que ha pasado de ser una bella y silvestre estampa montañosa a convertirse en un agujero lúgubre y espeluznante.

Mientras la policía interroga a los padres, tíos, abuelos y demás familia de Julieta Louis se acerca por la espalda a Laia que mira al bosque con inquietud.

-¿Qué ocurre?

-Mi hermana pequeña ha desaparecido –responde Laia con un nudo en la garganta.

Louis abraza a Laia para consolarla. En ese preciso instante Denis sale del restaurante seguido de la policía, su suegro y sus cuñados.

-Laia, quédate aquí con tu madre –le ordena Denis a su hija.

-¡No papá! Yo también quiero ir a buscarla. A lo mejor está escondida y no sale porque piensa que le vais a regañar por haberse ido tan lejos. Si oye mi voz creerá que solo la estoy buscando yo y saldrá confiada en que se librará de vuestra regañina –le explica Laia a su padre que pone cara de desaprobación-. Por favor papá, es mi hermana –le suplica Laia.

-Si no les importa, yo también les ayudaré a buscarla –se ofrece Louis.

-Está bien, podéis venir los dos –cede finalmente Denis.

El grupo formado por cinco agentes de la policía, el padre de Julieta, sus dos tíos, el abuelo, la hermana mayor y el camarero Louis sale en busca de Julieta. Alumbrándose con potentes linternas comienzan a caminar con lentitud y seguridad mientras lanzan a gritos el nombre de la niña hacia el cielo y los árboles.

Laia grita hasta romperse la voz:

-¡Julieta! ¿Julieta dónde estás? Soy yo, tu hermana. Soy Laia. ¡Julieta, por lo que más quieras, dime dónde estás!

Pero la única respuesta que obtiene Laia es el silencio.

Durante más de una hora familiares y policía buscan a Julieta sin obtener resultado alguno. Entonces llegan al cauce de un pequeño riachuelo, entre las rocas y piedras del fondo encuentran lo que parece ser un trozo de tela.

-Ilumine ahí agente –le indica Dupont, el jefe de policía, a su subordinado.

La luz de la linterna revela, efectivamente, que se trata de un trozo de tela de color beige.

-¡Es la rebeca de Julieta! –exclama Laia al verla.

-¿Estás segura? –preguntan Denis y el jefe de policía al unísono.

-¡Sí!

-Jefe, aquí hay algo más –dice otro agente de policía, Favre, a un par de metros de donde ha aparecido la rebeca.

El resto se acerca al lugar que ha señalado el agente, un troco caído sobre una piedra cubiertos de musgo en la orilla del riachuelo.

-¡Ah! ¡Es el lacito morado que Julieta llevaba en el pelo! –grita Laia desesperada y asustada, abrazándose a su padre con un brazo y con el otro cogiendo de la mano a Louis.

-Una niña tan pequeña no ha podido caminar tanto por su propio pie, o al menos es complicado que lo haga –comenta el jefe de policía pensativo.

-Jefe, por aquí cerca vive un hombre muy raro, como una especie de ermitaño –le comenta Favre.

-Sí, su cabaña no está muy lejos. Quizás sepa algo o haya visto algo –añade Leduc, otro agente.

-Está bien, hagámosle una visita a ese tipo –concluye Dupont.

Pasada la media noche, y tras caminar algo más de un kilometro, llegan exhaustos y muertos de sueño a una vieja y menuda cabaña que hacía las veces de refugio para pastores y guardas forestales. Esta tiene cierto aspecto descuidado, con los muros de piedra y el tejado de madera. En su interior no hay señales de que habiten personas, aun así los policías se disponen a actuar.

Dupont ordena a los familiares de Julieta que se aparten y se escondan entre los árboles. Mientras el resto de agentes apuntan a la puerta de la cabaña con sus armas y esperan a que el jefe llame.

-¡Policía, abra la puerta! –grita Dupont aporreando la madera con los nudillos.

Dentro no se oye ni se mueve nada. El jefe de policía vuelve a aporrear la madera de la puerta.

-¡Abra! ¡Policía!

Medio minuto más tarde la puerta se abre. Tras ella aparece un hombre fornido, medio calvo y con barba pelirroja de varios días. Lleva un pijama de franela y se restriega los ojos de sueño con una mano mientras con la otra sostiene una pequeña linterna.

-¿Qué ocurre agente? –pregunta aturdido el ermitaño.

-Buenas noches señor –saluda Dupont al ermitaño con amabilidad-. ¿Podría decirnos si ha visto a esta niña? –pregunta enseñándole una foto de Julieta en su móvil.

-No, no la he visto –responde.

Favre se acerca al ermitaño mientras sigue apuntándolo con la pistola y le pregunta:

-¿Podría decirnos su nombre si es tan amable?

El ermitaño, al darse cuenta de que cuatro hombres lo apuntan con armas de fuego, percibe lo grave de la situación y comienza a asustarse. Traga saliva y con un hilo de voz responde timorato:

-Gregory.

Favre abre mucho los ojos y se da la vuelta para hablar con Dupont:

-La madre dijo que la niña le comunicó que se iba a jugar con su amigo Gregorio, Gregorito o algo por el estilo. Quizás sea él –susurra haciendo un gesto con la cabeza hacia Gregory.

-Puede… –masculla dubitativo–. Nos lo llevaremos a comisaría para interrogarlo –responde Dupont.

Pero antes de que ninguno de los policías pueda reaccionar Denis sale de entre los árboles como si fuera un animal salvaje y se lanza al cuello de Gregory. Entre los gritos de Laia, la pasividad de Robert, Eric y el abuelo, la incredulidad de Louis y la sorpresa de los policías el padre de Julieta comienza a agredir al ermitaño.

-¿Dónde está mi hija? ¿Dónde está mi Julieta? –grita Denis mientras no deja de dar puñetazos en la cara a Gregory.

-Señor tranquilícese, no tenemos pruebas de que este hombre… -intenta mediar el jefe de policía.

-¿Qué le has hecho a mi hija asqueroso mal nacido?

El pobre Gregory no alcanza a defenderse de los golpes del desesperado padre de Julieta.

-¡Papá, basta por favor!

-¡Separadlos a los dos! –ordena Dupont a sus agentes.

Entre tres agentes cogen a Denis y lo apartan de Gregory mientras Favre le ayuda a incorporarse.

-Está bien, a partir de ahora se va a hacer lo que yo diga. Al próximo que haga una estupidez lo empapelo –advierte Dupont mirando a Denis-. Esposadlos a los dos, al padre y al ermitaño, y después registrad la cabaña.

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