LOIS SANS

Capítulo 13: La verdad, cada vez más cerca
Justo cuando acabo de desayunar, llega mi madre. Parece que tampoco ha descansado
mucho, tiene la cara pálida y unas profundas ojeras. Siento mucho hacerle pasar por
todo eso, no se lo merece, es una buena madre y la quiero muchísimo.
Después de darme un buen abrazo me pregunta:
• ¿Cómo estás? ¿Has dormido bien?
• Bueno, no he dormido mucho – contesto, intentando no preocuparla demasiado.
• Ha tenido varias pesadillas y no ha dormido ni ella ni nadie – se entromete
Teresa, mi compañera.
Justo cuando iba a justificarme, llega Aurora, la psicóloga que me interrogó en
Comisaria. Seria y formal, como siempre, dice:
• Buenos días. ¿Cómo estás, Martina?
• Bien, bueno, no sé, he tenido algunos sueños que no me han dejado descansar.
• He pedido que nos dejen un despacho para poder hablar tranquilamente y me
cuentes exactamente esos sueños que tanto te han perturbado.
Luego, dirigiéndose a mi madre, dice:
• Seguramente estaremos toda la mañana, así que, si tiene cosas que hacer, será
mejor que vuelva a mediodía.
Mamá la mira un poco desconcertada, mientras recoge sus cosas y me da un beso en la
frente. Le doy un fuerte abrazo mientras susurro al oído lo mucho que la quiero.
Aurora y yo salimos de la habitación ante la mirada perpleja de la cotilla de Teresa, que,
de momento, no podrá entrometerse en mi vida.
Entramos en un despacho, con un gran ventanal que da a un jardín interior, donde se ve
una pequeña fuente en el centro. Es una sala con mucha luz, las paredes, pintadas de un
blanco inmaculado hacen que parezca más luminosa.
Cuando nos sentamos la psicóloga dispara:
• Ahora tienes que contarme esas pesadillas con todo tipo de detalle, porque,
seguramente, nos darán pistas del lapsus de recuerdos que tienes. ¿Estás
preparada?
• Creo que sí – digo respirando hondo y preparándome para soltar todo lo que
pueda.
Estoy agotada, física y mentalmente, llevo horas hablando sin parar. Aurora ha dejado
una grabadora en el centro de la mesa y, también toma notas sin cesar, ya ha llenado
varias hojas.
• Bien, Martina. Nos tomaremos un descanso. Te lo mereces. ¿Qué te parece si
salimos al jardín y bebemos un refresco? – me propone.
• Claro, estoy cansada y tengo la boca seca de tanto hablar. Pero ¿me contarás que
has averiguado con todo lo que te he contado? – intento averiguar.
• Primero debo repasar todas las notas, volver a escuchar tus narraciones y, luego,
intentaré hacer un informe completo – explica ella.
• Me gustaría que me dijeras tu opinión antes de hacer ese informe – le ruego.
• Sí, claro, hablaremos de nuevo, tal vez sería conveniente que hicieras algún tipo
de terapia – contesta sonriendo suavemente.
Me fijo en que es de las pocas veces que la veo sonreír y, la verdad, le queda muy bien.
Nos dirigimos a una de esas máquinas de bebidas y me invita a una cola mientras ella
escoge un capuchino. Luego, salimos al jardín, el que hemos visto desde el despacho
donde estábamos hace un momento.
Nos acercamos a la pequeña fuente, donde cientos de peces rojos nadan frenéticamente
de un lado para otro. Nos sentamos en uno de los bancos de madera que hay bajo los
frondosos árboles y que evitan que el sol dé de lleno en este pequeño espacio, un
ambiente mágico en un lugar donde las personas esperan recobrar su salud.
Una vez sentadas, me relajo y me apetece averiguar algo más de esa mujer que me
escucha tan atentamente siempre, así que, sin más miramientos, le pregunto:
• ¿Tienes hijos?
• No, no he tenido hijos – responde con su apariencia seria de siempre.
• ¿Estás casada? – sigo interpelando.
• ¿A qué viene este interrogatorio? – contesta ella con una pregunta.
• Bueno, ahora me toca a mí – digo riendo.
• De acuerdo. Pues he estado casada hasta hace un par de meses, ahora estoy
divorciada – dice con un suspiro.
• Vaya, lo siento. Mis padres también están divorciados. ¿Qué pasó? – sigo
interrogando.
• Creía que todo iba bien hasta que descubrí que se lo montaba con su secretaria,
diez años más joven – responde con los ojos tristes.
• Hombres… Mi padre tuvo varias amigas y mi madre siempre se lo perdonaba
hasta que un día lo pilló con su mejor amiga – explico con tono sarcástico.
• ¿Cuántos años tenías? – pregunta analizándome.
• Cuatro y, aunque no recuerdo nada, he oído a mis abuelos contarlo millones de
veces – respondo sonriendo.
Consulta el móvil y se levanta de un salto diciendo:
• Vamos, me están esperando.
Me levanto a desgana, estoy a gusto hablando con ella. No me apetece mucho volver a
la habitación y escuchar la tabarra incansable de esa cotilla que tengo por compañera.
Me sorprende entrar en la habitación y ver la otra cama completamente vacía. Mi padre
está sentado en una silla, esperando. Se levanta de un salto y nos damos un fuerte
abrazo, le beso en la mejilla. Noto que le gusta mi iniciativa y me devuelve el beso. Que
bien me siento.
Aurora le da la mano y, mientras entro en el baño, oigo que hablan susurrando para que
no me entere. Con la puerta entreabierta, intento entender algo de lo que comentan, pero
solamente oigo palabras sueltas: pruebas, culpable, defensa, fiscal, detener. O eso me
parece. De nuevo me entra el pánico.
Cuando salgo del baño, Aurora ya no está, entra una auxiliar con la bandeja de la
comida y le pregunto:
• ¿Dónde está Teresa?
• Creo que la han trasladado a otra habitación, en otra planta – responde ella con
una sonrisa.
• ¿Traerán a alguien más? – sigo preguntando.
• Creo que sí, han dicho que traerán a una chica que está en coma – dice
intentando parecer simpática.
• ¿Valeria? – intento averiguar.
• No sé su nombre – contesta la chica.
Miro a mi padre, le observo detenidamente probando adivinar si sabe algo más. Me
sonríe mientras me cuenta:
• Han llegado a la conclusión que, si tienes a Valeria cerca, puede que te sea más
fácil recordar.
• ¿Y a qué otras conclusiones han llegado? – pregunto un poco asustada.
• Por ahora, dependemos del informe de la psicóloga. Por cierto, me ha dicho que
esta noche has tenido pesadillas – dice muy serio.
• Si, le he contado todo lo que recuerdo, pero no he podido descansar. – le explico
tocándome la herida, que ahora me pica mucho. Bueno dicen que cuando pica,
cura, tal vez sea verdad.
• Vamos, intenta comer, que se te va a enfriar. Me quedaré un rato contigo – dice
levantando la tapa de la bandeja y oliendo como si fuera el manjar más
exquisito.
Miro y veo que hoy me han puesto macarrones con tomate y un pequeño filete. De
postres, un melocotón. Bueno, a ver qué tal estará ese manjar tan exquisito.
Empiezo a comer y me doy cuenta de que tengo hambre. En un momento me lo como
todo. Mi padre me felicita, se le ve contento. Parece que los mayores lo solucionan todo
con la comida.
Justo cuando acabo de comer, traen la camilla con Valeria, su hermana la acompaña.
Me produce un gran impacto verla estirada, con los ojos cerrados, conectada a varias
máquinas. Algo se remueve en mi interior, creo que no se me ha sentado bien la comida
y tengo que ir corriendo al baño, no puedo evitar devolverlo todo. Empiezo a sudar,
estoy mareada. Mi padre me moja la frente y me ayuda a meterme en la cama. Viene la
enfermera a controlar mis constantes.
Noto la mirada fija y desafiante de la hermana de Valeria que me perturba y, me doy
cuenta, que ni siquiera sé cómo se llama.

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