PSIQUE W

En un pequeño, discreto y coqueto restaurante de las montañas pirenaicas llamado La Roche se reúne la familia Moturiol al completo. El motivo de la reunión no es otro que la celebración del sesenta y cinco cumpleaños del abuelo Pere y su consiguiente jubilación. A cuenta del cumpleañero, toda la familia se pone las botas con un opíparo festín de entremeses, primer y segundo plato y doble postre: el que incluye el menú y la tarta de cumpleaños.

La reglamentaria entrega de regalos al abuelo Pere da paso a una barra libre de música y bebidas espirituosas que puede alargarse hasta bien entrada la noche. Las mesas se retiran del salón del restaurante y se colocan a un lado del local pegando a la pared. Entonces, uno de los camareros del restaurante hace sonar por los altavoces la canción más antigua que tiene en el mp3. Al oír las primeras notas de un bolero de Los Panchos, el abuelo Pere y la abuela Eulalia se levantan y se ponen a bailar agarrados delante de su familia.

Esa es la señal para comenzar a beber y charlar sobre temas triviales mientras los más pequeños corretean de un lado a otro.

Amanda y Neus son las hijas mayores del matrimonio Moturiol, son mellizas y están respectivamente casadas con Denis y Eric. El menor de los hermanos es Robert, casado hace un año y medio con Ingrid. Amanda siempre ha sido la más familiar y sensible de los tres hermanos, por eso no para de hacerle carantoñas a Marc el bebé de cinco meses fruto de la relación entre su hermano y su cuñada.

–¡Es tan precioso! –exclama Amanda pronunciando el «tan» con mucha fuerza–. Igualito que su padre.

A Robert le gusta que le alaguen y también le gusta que su hermana mayor le diga que su hijo es clavadito a él, aunque Ingrid sabe que el pequeño Marc se parece más a su padre que a su marido.

Mientras, Neus habla de negocios con su cuñado Denis y Eric, su marido. Los tres se van a hacer cargo definitivamente de la bodega y la granja familiar ahora que el abuelo Pere se jubila. Por eso discuten en un lugar apartado sobre la conveniencia o no de exportar a otros países limítrofes o esperar a que se calme la situación política y económica.

Las gemelas de cinco años Géraldine y Gisela, hijas de Neus y Eric, corren detrás de su hermano Françoise ocho años mayor que ellas intentando convencerlo para que juegue con ellas porque las primas Laia y Julieta no les hacen caso. Lo cierto es que Laia, a sus diecisiete años, está más preocupada de ocultarse de la mirada vigilante de sus padres y buscar un rincón donde poder enrollarse con Louis, el guapo camarero en prácticas de La Roche, que de jugar con el resto de niños y niñas de la familia.

–¡Niñas! Jugad con vuestra prima Julieta, que tiene que andar por ahí –le dice la abuela Eulalia a las gemelas cuando persiguiendo a Françoise interrumpen abruptamente el baile agarrado de los abuelos.

Pero Julieta, la más inquieta y revoltosa de la familia, anda pérdida jugando con su peluche Maulliditos. Maulliditos es un viejo gato persa blanco de juguete que le regalaron cuando cumplió los cuatro años y que hace tres que no emite ningún maullido. Aunque Julieta, con sus diez años, es una niña muy vivaz y dicharachera prefiere jugar sola si no puede hacerlo con sus amigas del colegio. «Marc es muy pequeño, Géraldine y Gisela arman mucho ruido y rompen mis juguetes, François está en la edad del pavo y mi hermana Laia es muy mayor para jugar conmigo. Por eso prefiero jugar yo sola con Maulliditos», responde la niña siempre que alguno de sus tíos le pregunta la razón de sus solitarios juegos.

La cuestión es que Julieta está muy preocupada. Tras terminarse su segundo trozo de tarta de cumpleaños no ha parado de mirar en todos los rincones y recovecos del restaurante, levantar manteles para mirar debajo de las mesas, mover sillas e intentar colarse en la cocina.

-Mamá –llama la atención de su progenitora mientras le tira de la manga de la camisa- he perdido a Maulliditos. Las primas se han enfadado conmigo porque no quiero jugar con ellas y me lo han escondido. ¿Me ayudas a buscarlo? –le pide Julieta a su madre con tono lastimero.

-Luego Julieta -responde Amanda a su hija poniendo los ojos en blanco y con tono de hartazgo-. Estoy hablando con el tío Robert y la tía Ingrid. No molestes.

Entonces Julieta deja de tirarle a su madre de la manga de la camisa y se acerca a su padre para pedirle ayuda, obteniendo la misma respuesta que ha sacado de su progenitora: «No molestes Julieta, los mayores estamos hablando de cosas importantes».

La pobre Julieta, triste y desanimada, se va arrastrando los pies cabizbaja hasta la puerta del restaurante. Se detiene dos segundos, los suficientes para mirar de nuevo a sus padres y al resto de su familia armando ruido en el salón de La Roche. Después suspira, abre la puerta y sale al exterior para buscar a Maulliditos.

Entre tanto, el resto de la familia sigue bebiendo, charlando y disfrutando de una barra libre indefinida. El abuelo Pere habla con su hija Neus y sus yernos, mientras que la abuela Eulalia no puede resistirse a sostener entre sus brazos al pequeño Marc. Ingrid tiene que soportar estoicamente la retahíla de consejos que Amanda le da sobre la crianza de un bebé. Y las gemelas no dejan de perseguir a su hermano y tirarle trocitos de servilleta para molestarlo.

La cocinera y uno de los dos camareros que trabajan en La Roche -el otro es Louis- están en la cocina recogiendo y fregando platos. El dueño del restaurante, que hace las veces de maître y barman, sirve copas en el salón. Mientras, Louis se ha escabullido con Laia al aparcamiento.

Cada cual está a lo suyo, preocupado de sus asuntos y de lo que ocurre en el espacio cuadrado que ocupa sin importar como de rápido o de lento pase el tiempo. Unos trabajando y otros disfrutando. Con una música sesentera que suena a todo volumen y que intenta luchar con el ruido de las conversaciones, los platos y los hielos en las copas.

De pronto Julieta entra como una exhalación al restaurante y se agarra al cuello de su madre.

-¡Mamá, mamá! Mi nuevo amigo Gregorito me ha ayudado a encontrar a Maulliditos –grita Julieta mientras le restriega el peluche a su madre en la cara-. Ahora me voy a jugar con él. ¿Puedo mamá, puedo? -insiste la niña poniendo una voz aguda y suplicante mientras da saltitos alrededor de Amanda.

-Sí, sí Julieta. Lo que quieras, pero no molestes -responde Amanda a su hija apartando el peluche de su cara con las manos.

La abuela Eulalia observa sonriente y con orgullo la vitalidad de su adorada Julieta mientras esta se marcha de nuevo y le susurra a su hija mayor:

-¿Qué le pasa a la nena?

-No sé mamá. Algo sobre ese viejo gato de peluche o vete tú a saber –responde Amanda con desgana.

La tarde va pasando y se convierte poco a poco en noche, señalando que la fiesta de cumpleaños del abuelo Pere llega a su fin. En la cocina la cocinera y el camarero esperan a que su jefe les de permiso para irse, entre tanto Louis entra para coger un par de refrescos y marcharse de nuevo.

En el salón, la familia comienza a recoger sus chaquetas y los regalos del abuelo. Denis aprovecha para avisar a Laia de que la fiesta se acabó y tiene que despedirse de su ligue. Entre tanto Amanda recorre el restaurante buscando a Julieta: entre las mesas, tras las cortinas, debajo de las sillas, en los servicios e incluso en la cocina. Pero por más que busque Amanda Julieta no aparece.

-Denis, cariño ¿has visto a tu hija pequeña?

-¿A Julieta? No, no la he visto. Creía que estaba contigo –responde Denis a su mujer.

En ese momento Laia entra en el restaurante para coger su chaqueta de cuero y es abordada por su madre:

-¡Laia! –grita Amanda preocupada y cogiendo a su hija mayor del brazo-. ¿Has visto a tu hermana?

-No… -alcanza a responder Laia entre asustada y sorprendida por la actitud de su madre.

Amanda mira aterrada a Denis: «La niña se ha perdido. Se la han llevado», piensa mientras en su cara se dibuja una expresión de pánico. Empieza a marearse y dar arcadas. El tiempo se ralentiza para Amanda, de fondo escucha la voz de su hija mayor preguntándole como está y una nube de personas se arremolina a su alrededor.

-No puede ser, no puede ser. Mi nena no. Mi pequeñita no –murmulla Amanda al filo de las lágrimas.

Un trasiego de personas, gritos, llantos y llamadas telefónicas se adueña de La Roche. Unas voces llaman a la policía, algunos brazos sostienen a la madre y a la abuela y varias piernas salen al exterior a buscar a Julieta.

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