LOIS SANS

 

Capítulo 12: Los sueños, sueños son…
Entra la enfermera con la bandeja de la cena. La hermana de Valeria se ha esfumado,
dejándome alterada con sus preguntas y observaciones tan directas. Reconozco que esta
chica me tiene intrigada, parece una persona muy especial y creo que tiene muchas
cosas que contar. Tengo ganas de conocerla más a fondo.
Empiezo a comer y, menos mal que tengo hambre, porque esta comida no está muy
apetitosa. Un plato de arroz blanco, caldoso, sin apenas sal y un filete de pollo
acompañado de verduras hervidas. De postres, flan. Hubiese preferido una
hamburguesa con patatas fritas y un helado, pero hago un gran esfuerzo y me lo como
todo.
Mientras saboreo el flan, lo mejor de la cena, llega mamá con una bolsa de deporte. No
sé si se habrá llevado la mitad del armario, tal vez piensa que estamos de vacaciones, no
sé, pobre mujer, creo que se le ha ido la “pinza”.
Me dice que quiere quedarse a dormir y hago lo posible por convencerla de que no
merece la pena, ya que tendrá que dormir sentada en una silla. Le digo que es mejor que
duerma en su cama y mañana venga descansada, porque, seguramente, será un día muy
duro. Por fin, se da por vencida y decide marcharse a casa. Nos abrazamos y me da mil
besos antes de irse.
Cuando salgo del cuarto de baño, donde, por fin, he podido lavarme y cambiarme el
camisón, la compañera ha puesto la tele a tope, con un programa de esos de cotilleo. Le
pido que baje el volumen, excusándome en que no me encuentro bien y que necesito
dormir.
Cierro los ojos intentando relajarme. Cuando los vuelvo a abrir estoy en mi cama. Me
levanto de un salto, mirando, incrédula, cada rincón de mi habitación, mientras oigo a
mi madre gritar desde la cocina:
• ¡Martina! ¡Date prisa o llegarás tarde al último día del curso! Hoy empiezas
vacaciones, ya tendrás tiempo de holgazanear durante el verano.
• ¡Voy mamá! – respondo sonriendo.
Desayuno en un momento y, después de abrazarla, salgo a la calle, donde me encuentro
a Javi esperándome, nos besamos y después, cogidos de la mano, empezamos a correr,
dejándonos llevar por la felicidad que nos envuelve.
Sin embargo, si todo es tan fantástico, me pregunto porque tengo ese peso en el pecho
que me oprime, impidiéndome respirar. Tengo la horrible premonición de que algo no
va bien.
Cuando llegamos al instituto, Valeria está en la puerta, esperando y parece muy enojada.
Con los brazos en jarra, se coloca delante de mí y empieza a gritar:
– ¿Quién te has creído que eres para quedar con mi Javi?
– ¿Tu Javi?, pero si hace meses que lo dejasteis – me defiendo, plantándome delante de
ella, mientras el chico desaparece sutilmente.
– ¿Y tú qué sabes? Será mi Javi mientras yo lo diga – sigue gritando.
– Pero si no estáis juntos, ¿qué más te da? – intento convencerla.
– ¡Si yo digo que no, es que no! ¿Te enteras, idiota? ¡Aquí mando yo! – continúa
chillando.
De repente, levanta el brazo, observo que tiene algo en la mano y, antes de que me dé
cuenta, me golpea fuertemente en la cabeza.
Caigo al suelo soltando un alarido de dolor, delante de la mirada desconcertada de los
compañeros y compañeras de clase. De repente todo está oscuro, sólo hay sufrimiento y
temor.
Cuando, por fin, puedo abrir los ojos, no entiendo dónde estoy, no recuerdo que ha
ocurrido.
Claro, ahora entiendo, estoy en el hospital, ingresada, parece ser que he tenido una
pesadilla.
Supongo que mi compañera de habitación ha avisado a la enfermera, porque la mujer ha
entrado corriendo y me pregunta:
• ¿Qué ha pasado? ¿Te encuentras mal?
• Creo que he tenido una pesadilla – respondo atropelladamente mientras mi
corazón late apresuradamente.
• Voy a tomarte la tensión y luego te pondré un sedante para que puedas descansar
– dice enseguida.
Dejo ir un gran suspiro, con el que pretendo que se esfumen todos esos fantasmas que
me persiguen.
La enfermera me trae un vaso de leche con cola cao, junto con el tranquilizante. A ver si
ahora puedo dormir toda la noche, porque, realmente, me siento muy cansada.
Sinceramente, me da miedo dormirme, no quiero volver a soñar con Valeria, sin
embargo, no me importaría tener un sueño con Javi. Siempre me ha gustado, incluso
cuando salía con Valeria y yo sabía que no había nada que hacer. Cuando lo dejaron me
alegré, pensé que tal vez tendría una pequeña oportunidad, aunque sabía que era
mínima, porque, seguramente, ni se fijaría en mí.
Por eso, esa noche que salía de casa de Sofía, cuando lo encontré en la calle y se me
acercó, mil mariposas revolotearon por mi estómago, mientras me preguntaba con esa
sonrisa tan bonita:
• Hola Martina, ¿dónde vas? ¿Puedo acompañarte?
• Hola Javi. Voy a dar una vuelta. Por supuesto que puedes acompañarme – me
apresuré a contestar.
• ¿Sabes que tienes una sonrisa muy bonita? Hasta ahora no hemos coincidido
muy a menudo, pero me gustaría conocerte más a fondo – dijo haciéndome
sonrojar.
• Claro, a mí también me gustaría conocerte más a fondo, pero ¿qué dirá Valeria?
– respondí un poco acalorada por la emoción.
• Bueno, no puede decir nada, porque no estamos juntos, eso ya terminó – me
explicó guiñándome un ojo.
Seguimos caminando y hablando de mil cosas y de nada, entretanto me sentía la chica
más feliz de la tierra.
Llegamos a un parque infantil, nos sentamos en un banco y, después de decirme lo
mucho que le gustaba al oído, nos besamos en la boca. Quiero recordar toda mi vida
este momento mágico en el que el mundo desapareció y solamente estábamos él y yo.
De repente, cuando nos separamos, mirándonos a los ojos, oímos unos pasos que se
acercaban, era Raquel, la mejor amiga de Valeria que nos observaba con una mirada de
reproche. Y desde aquel día no hemos vuelto a coincidir.
De repente le veo de nuevo delante de mí, pidiéndome que nos marchemos, que
salgamos al campo a dar una vuelta.
Salimos juntos, cogidos de la mano, llegamos a un bosque, con árboles frondosos y
parterres de flores y, al final del camino, se ve un gran lago donde se refleja el rojo sol
mientras se pone y deja sitio a la luna que cada vez brilla con más fuerza en el cielo.
Una suave brisa con aroma a jazmín nos envuelve cuando llegamos a un embarcadero.
Subimos a una pequeña barca y, mientras él rema, yo acerco mi mano al agua,
acariciando la superficie con la punta de los dedos, cuando, de pronto, del fondo del
lago, aparece la cara de Valeria, con los ojos muy abiertos. Asustada, abro la boca, pero
no puedo gritar.

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