LOIS SANS

 

Capítulo 11: La chica del ascensor
Sentada en la camilla escucho atentamente las explicaciones del médico, aunque, en
realidad, no he entendido nada. Mientras miro a mi madre de reojo, que intenta
disimular su temor, me oigo susurrar:
• Me lo puedes repetir, por favor, no he comprendido nada de lo que has dicho.
• Hemos observado unos pequeños coágulos de sangre, donde recibiste el golpe.
Te vamos a ingresar porque queremos tenerte en observación unos días para
descartar la posibilidad de que se transformen en tumores – explica el doctor.
• Pero, no me va a pasar nada ¿verdad? – pregunto aterrorizada.
• Lo más probable es que estos coágulos se disuelvan por si solos, sin embargo,
debemos vigilar si afectan a tu comportamiento. De momento has tenido dos
pérdidas de conocimiento y tienes amnesia. Hay que ser prudentes y vigilar si se
producen mareos, fiebre, pérdida de la visión, vómitos – continúa exponiendo.
• De acuerdo – murmuro.
• Voy a rellenar la hoja de ingreso y en seguida que podamos, te subiremos a
planta – sigue comentando.
Cuando el médico se va, Miguel se acerca, me abraza y, con voz suave, me dice:
• Tranquila, Martina, estas en buenas manos. Seguro que todo irá bien.
• Gracias, Miguel – le digo al oído, dejándome arropar por su cariño.
Cuando sale del box, mamá y yo nos abrazamos, intentando disimular ese miedo
incontrolable que nos invade, noto sus mejillas húmedas por las lágrimas que se escapan
de su control. Quiero tranquilizarla, pero estoy aterrorizada, así que nos quedamos
abrazadas, sin decir nada, escuchando el rápido palpitar de nuestros corazones.
No sé si han pasado dos minutos o dos horas, el tiempo se me hace eterno, estirada en la
camilla intento dejar la mente en blanco, sin embargo, no puedo evitar pensar en
Valeria.
Por fin entra Andrés que viene a buscarme para llevarme a una habitación. Mamá coge
mis cosas y nos sigue. Cuando entramos en el ascensor, hay una chica muy guapa, que
no deja de mirarme. Me recuerda a alguien, pero no sé a quién.
Cuando se abre la puerta del ascensor, mientras Andrés maniobra con la camilla, la
chica me mira intensamente, incomodándome, y, luego, desaparece.
Entramos en una habitación con dos camas. En la cama que hay al lado de la ventana
hay una señora, con la pierna escayolada.
La otra cama es para mí. Andrés quiere ayudarme, pero no le dejo, con tanto cuidado
me hacen sentir invalida. Quiero ir al baño, quiero lavarme y, sobre todo, quiero que mi
madre me traiga un camisón para poder quitarme esta horrible bata abierta por detrás.
Al final he convencido a mamá de que vaya a casa a buscarme unas cuantas cosas. Me
ha costado un montón, pero por fin se ha ido.
En cuanto nos quedamos solas, mi compañera de habitación empieza a contarme el
accidente que ha sufrido con todo tipo de detalles, continua con la operación y luego
aprovecha para quejarse de su marido y sus hijas.
No para de hablar, al principio la escucho y sigo la conversación, pero ya no puedo más,
así que le digo que no me encuentro bien, que me siento mareada y que debo descansar.
Por fin se ha callado.
Cierro los ojos, aprovechando este momento de silencio que, por desgracia, no dura
mucho, porque, al parecer, agotada de tanto hablar, empieza a roncar.
Tengo la impresión de que alguien me observa y cuando abro los ojos veo a la chica del
ascensor, delante de mí, mirándome fijamente. Me hace sentir incomoda y, al fin, me
atrevo a preguntar:
• ¿Quién eres?
• Soy la hermana de Valeria – dice con un tono seco.
• Vaya, y ¿cómo está? – sigo preguntando.
• ¿Estabas con ella? ¿Qué le has hecho a mi hermana? ¿Qué ha pasado? – dispara
enojada.
• No sé, no recuerdo nada – contesto intimidada.
• Si tú no eres de sus mejores amigas, ¿qué hacías con ella? – sigue investigando.
• Quedamos para ir juntas al centro comercial – digo dudando.
• Lo sé, he visto el móvil de mi hermana, antes de que se lo quedase la policía –
contesta en ese tono huraño que la caracteriza.
• Y ¿qué dice la policía? – indago un poco atemorizada.
• Me pregunto por qué la gente tiene tendencia a juzgarla cuando nadie la conoce
bien ni sabe por todo lo que ha tenido que pasar – explica dejándome pasmada.
• No sé qué quieres decir. Creo que Valeria es admirada por la mayoría. Yo estaba
encantada de que hubiese quedado conmigo, porque quiero ser su amiga – aclaro
sin pensar.
• ¿Por qué quieres ser su amiga? – pregunta sin tapujos.
• Me parece una persona interesante, con muchas ganas de vivir, me encanta su
grupo y me gustaría estar con ellos – me sincero.
• Sin embargo, sé que otras chicas la critican – me interpela.
• Supongo que hay personas que no soportan tenerla como rival – comento
intentando sonreír.
• ¿Estas segura de que no recuerdas nada? – pregunta mirándome fijamente,
intimidándome, haciéndome sentir pequeña.
• No, pero lo intento – contesto evitando su mirada.
• ¿Crees que podrás recordar pronto? – dice como si rogara.
• Lo intentaré, pero, dime, ¿qué ha dicho el médico de Valeria? ¿Va a despertar
pronto? – interpelo antes de que siga con su interrogatorio.
• Dicen que puede despertar en cualquier momento, pero también hay la
posibilidad de que se quede así varios años – responde sin dejar de examinarme.
La observo detenidamente, los ojos grandes, claros, no sabría decir si grises o verdes, tal
vez una mezcla, pero con una mirada muy intensa. La boca muy sensual, aunque no sé
si sabe sonreír. El pelo rubio recogido en una coleta alta, que le favorece mucho. Lleva
un mono vaquero, el pantalón corto, con una camiseta negra.
Parece un duelo, nos estudiamos en silencio, aunque me imagino que yo no tengo muy
buena pinta, después de todo lo que acabo de pasar.
Tras un largo e incómodo silencio, se abre la puerta, entra una enfermera y ella, sin
decir nada, aprovecha el momento para escurrirse de la habitación, dejándome aquí,
aliviada de que se haya ido, aunque deseando que vuelva a visitarme para conocerla un
poco más.

Un comentario sobre “Toda la verdad (11)

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