MANGER

Maneja la vieja el bolillo cual eficaz cirujana; de izquierda a derecha los lleva con soltura increíble tejiendo el encaje con sus finos hilos. Te mira descuidando sus dedos, sus curvados dedos, de soslayo a tus ojos, casi huyendo de ellos por miedo de encontrarse el desprecio, o buscando en algún descuido sumirse en su fondo en defecto del cariño que merece y quizás le has negado, por olvido, por despego, por distancia, por ausencia, por silencios ni siquiera estudiados.

Canturrea la anciana una rancia canción de labranza que habla de un amanecer lejano en la que el sol, la azada y los bueyes interpretan la pasada historia de una antigua nación, casi extraña para ti, de cuento de miedo quizá; y se nota que siente en su frente el hoy seco sudor del esposo marcando otra dura faena en el pedregal, rompiendo la tierra a golpe de esfuerzos y “¡mecagoendios!”; y el botijo, el fresco botijo que amparó del cansancio y la sed al labriego con el dulce frescor de su arcilla.

Maneja la vieja el puchero cual curtida hostelera, sentada en su baja sillita de mimbre del mil novecientos frente al fuego del hogar, rojo y crepitante, absorta en ambas faenas mientras dibuja en el hervidero del sustancioso magma esos circulares y rítmicos bailes con la misma cuchara de tosca madera que batió en su guerra tantos tropezones y secos garbanzos… desde entonces.

De nuevo se ha vuelto y te ha buscado con esa mirada huidiza, sin palabras, vestida de negro azabache, como siempre desde que naciste, desdentada y arrugando su ceño; su cabeza es un bulto pequeño que deja escapar un mechón plateado de un pelo que esconde un viejo pañuelo de paño…  Y, quizás aburrida de ver que no miras y tampoco le hablas, retoma con quebrada voz ese canturreo de albas en el duro campo, sus albas, y deja escapar una lágrima por saberse querida por él, que en el Cielo está y también la espera, como afirma entre lloros cuando reza en silencio al salir el sol…

Y lo admira abriendo su ventana, su única ventana, frente al pedregal.

Vuelve al trabajo, observa de nuevo el puchero del que surgen vapores airados, se sienta y remata bajo un esperanzador suspiro el último encaje en ese blanco sudario que lleva tejiendo más de diez años desde su partida.

El traje de novia está listo.

Maneja la abuela su tiempo cual sutil relojero…

El poco que le resta…

Mirando a su nieto…

Que la ignora.

Un comentario sobre “Del mil novecientos

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s