LILY RUIZ
Aunque con seguridad se puede afirmar que este conflicto inició entre la década de los años ochenta. En un lugar donde dicen que Dios nunca muere. Un estado llamado Oaxaca, patrimonio cultural de la humanidad.
Oaxaca está ubicado al sureste de México, abundante en tradiciones, costumbres indígenas y una gastronomía inigualable. Cuna de ilustres pensadores como Benito Juárez, Porfirio Diaz y grandes maestros que han transcendido en la historia del arte, siendo Rodolfo Morales y Francisco Toledo entre los más representativos. Infortunio que, en esta tierra llena de color y tradición, se gestó un conflicto que cada año surcaba las venas de la ciudad.
Partiendo del día del maestro, cada quince de mayo los profesores hacían una marcha que recorría las principales avenidas de la ciudad, hasta llegar al zócalo y plantarse frente al palacio de gobierno, para exigir ¿Qué cosa? No se sabía con certeza, sus demandas iban desde aumentos salariales, plazas de trabajo o la anulación de una reforma educativa que el ejecutivo federal implementó. Su manifestación duraba días, incluso semanas, tiempo que los niños y jóvenes no asistían a la escuela.
Después ya no era sorpresa ver al estado en los últimos lugares de nivel educativo ante el resto del país.
Pero fue en el 2006, que un gobernador, se enfrentó por primera vez en su mandato, a la ya tradicional manifestación de maestros. Llevaba casi un mes el plantón en el zócalo, cuando a mediados de junio, una madrugada, bajo instrucción de él, la policía desalojó por la fuerza el centro de la ciudad. Los que cuenta haber visto, dicen que fue una batalla campal, los maestros se defendieron al intempestivo ataque, pero al verse derrotados abandonaron su improvisado campamento y de paso su lucha por mejorar sus condiciones laborales. Ya que un trabajo de lunes a viernes, cinco horas de jornada, vacaciones pagadas tres veces al año, no les era suficiente.
Todo podría terminar ahí, el gobierno actuó como un padre enérgico que da un correctivo para detener las acciones rebeldes de su hijo. Desafortunadamente ocurrió lo contrario. El sindicato de maestros tomó el papel de mártir ante la sociedad y a la par surgió una organización: APPO, siglas de asociación de pueblo populares de Oaxaca, integrada en su mayoría por delincuentes y liderados por personas que solo buscaron un beneficio propio. Estos dos grupos se unieron con una exigencia mayor: la destitución del gobernador en turno, por la brutal represión a su derecho a manifestarse.
Dice la constitución mexicana, en su artículo sexto: “La manifestación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, sino en el caso de que ataque a la moral, la vida privada o los derechos de terceros, provoque algún delito, o perturbe el orden público.”
Al parecer no les quedó comprendida la segunda parte. Se manifestaron, como tenían libertad de hacerlo, pero con sus acciones que derivaron en un daño a la vida moral, la vida privada y por supuesto los derechos a la ciudadanía oaxaqueña.
Luego del desalojo fallido, regresaron no solo al zócalo, sino a bloquear calles, avenidas y accesos a la ciudad. Ahí se conoció el significado practico de la palabra “barricadas”. Las personas veían, al caer cada noche, el acordonamiento de calles, con alambres, piedras, palos y grupos armados de hasta diez sujetos, con la orden de “cuidar” que no hubiera más represión.
Oaxaca estaba sitiada. Aquel 2006 fue el que más sufrió, enfrentamientos, caos, pánico. Se dijo que la APPO y los maestros ganaron. Más bien, hubo un perdedor: Oaxaca. Ese año se suspendió la máxima fiesta de folclor y tradición. El auditorio del Cerro del Fortín donde se celebra la Guelaguetza fue atacado. Quemaron el entarimado que recibe a mujeres ataviadas de coloridos huipiles y bailan Flor de Piña, aquel recinto que escucha a miles de voces entonar la canción mixteca, ese año solo escuchó el sonido de las balas y protestas.
El saldo fueron incontables muertos, entre los que están, el asesinato de un periodista
estadounidense que acudió a documentar el conflicto. Un joven en motocicleta que al circular rápido, no vio a mitad de la calle el cable que le cercenó el cuello, muriendo casi al instante, con solo veinte años. Otra persona falleció a bordo de una ambulancia porque los que resguardaban un bloqueo no permitieron el acceso al hospital. ¿Ellos qué vinculo tenían con el conflicto? no eran maestros, eran ciudadanos que cada día salían a trabajar en busca de una vida mejor.
No hay registro de la fecha exacta que se puso fin al conflicto en ese 2006. Pero nada volvió a ser igual. A partir de ese año, siguió la costumbre de iniciar su protesta y presentación de pliego petitorio en el mes de mayo. Pero ya no fueron solo manifestaciones. Bloqueaban la mayoría de los accesos de la ciudad de Oaxaca, que, al ser pequeña, el caos era fatal. Durante sus marchas, estaba presente el vandalismo en las calles del centro histórico, pintas con grafiti en la cantera de la catedral de la ciudad, daño irreversible al acervo histórico de la misma.
Un año cerraron la carretera que conecta al estado con la capital del país. La terminal de autobuses cesó temporalmente sus salidas. Si no tenían dinero para un vuelo de avión era difícil ingresar y salir del estado. Esa acción repercutió la economía. Siendo un estado que se solventa por el turismo nacional y extranjero, no tiene un sector industrial grande, las empresas que imperan en su mayoría son micro, pequeñas y medianas. Muchas de las cuales se abastecen de insumos provenientes de la ciudad de México. Con esta impugnable acción, se vieron en la necesidad de despedir personal, no había mercancía para comerciar y la poca que ofrecían no se vendía por que el desempleo creciente.
Otras empresas sufrieron la rapiña de los manifestantes, que tomaban por la fuerza los vehículos de carga o transporte, para usarlos como valla en el bloqueo, de paso despojaban de dinero y mercancía al chofer, si tenía suerte, salía sin golpes. Otras de su acción de protesta era cerrar gasolineras, centros y plazas comerciales. “Fuera transnacionales” decían sus carteles colocados en los anaqueles de las tiendas cerradas. La economía del estado, ya de por si deficiente, con las faenas de estas personas se fue en picada.
Para la ciudadanía, las consecuencias eran desde las más sencillas, como la pareja de novios que no pudo entrar a la función de cine, porque la plaza comercial estaba bloqueada. La mujer que no se despidió de su madre moribunda porque el día programado de su vuelo los maestros cerraron el acceso al aeropuerto. Se recuerda una secuela menos dramática y más romántica. Un fin de semana los maestros bloquearon las calles cercanas a la alameda, desviando a cientos de autos. En uno de esos viajaba una joven engalanada de blanco, su destino la catedral, a las 10:00 horas era la misa
de su boda. Con el tráfico y el bloqueo estaba segura de que no llegaba, desesperada pidió ayuda y un joven aceptó llevarla, así con el largo vestido volando al aire a bordo de una moto cruzó el atrio y llegó a tiempo para decir “si acepto”. Pero no todas las historias tuvieron final feliz. Como aquellos que perdieron dinero en la mercancía que no se entregó al cliente por un bloqueo o porque  saquearon el vehículo. Ante las pérdidas financieras, cerraron sus establecimientos. Y la permanente secuela del deficiente nivel de educación pública, mientras los maestros se manifiestan y bloquean, los niños y jóvenes ven pasar los días en aulas vacías.
Parecía que la sociedad se acopló a estas acciones. “Hoy bloquean, salga con tiempo y lleve calzado cómodo, porque tendrá que caminar” así se informaba en las redes sociales, como si éstos ya formaran parte inherente de la vida en este estado. Todos mostraban su inconformidad, pero nadie hacia nada, si el gobierno no lo hace, mucho menos los ciudadanos. ¿Apatía, temor o costumbre?
En una ocasión, un hombre se desnudó y portando una pancarta con la leyenda “Yo también soy pueblo” se colocó frente a los manifestantes, solo lo ignoraron y el sujeto fue objeto de burlas de la prensa y la ciudadanía. Otro año un conductor al ver que la avenida era bloqueada, bajó de su vehículo, incitaba al resto de automovilistas a defenderse. “¡Somos más, por favor, hagamos algo!” nadie bajo, humillado y frustrado regresó a su vehículo, el calor de casi 35 grados era insoportable.
Fue hasta aquel año del fatal accidente, donde murieron casi cincuenta niños. Era una excursión de una escuela privada a uno de los tantos pueblos mágicos que tiene el estado. La causa fue, en primera instancia el poco descanso del chofer, había pasado las ultimas diez horas en otro trabajo, su situación precaria lo hizo aceptar la conducción del autobús escolar. Salieron de la ciudad, antes del amanecer para evitar el bloqueo en la carretera. Aún estaba oscuro, y no vio la barricada de palos, piedras y alambres, el conductor falló en la maniobra de controlar el pesado vehículo, volcaron a un barranco. La ayuda médica tardo en llegar, los maestros ni al ver la situación de emergencia abrieron el acceso de la carretera, lamentablemente no hubo sobrevivientes.
Oaxaca estuvo de nuevo en boca de todos los noticieros del país que transmitieron las imágenes de la desgracia, dijeron que fue un crimen sin culpable, quizá era el gobernador por no ejercer su posición de mandatario estatal o la ciudadanía por no impedir la violación de sus derechos.
Como costumbre la ciudadanía no actuó, no exigió castigo a los culpables. Sin embargo, esos tiempos de parsimonia aguardaban una acción contundente. Fue como la calma que antecede a una tormenta.
El principio del fin sucedió a medianoche. Después de años que los maestros tomaban con plena libertad el centro de la ciudad, dejaron de hacer sus rondines de vigilancia, por lo que fue fácil para los ciudadanos entrar. Cercaron las calles colindantes al zócalo con vallas metálicas y reforzadas para que nadie saliera y ellos entraron al plantón con bidones de gasolina que vaciaron sobre las casas de campañas, un cerillo fue la llave al infierno.
Los ciudadanos formaron una fortaleza. sin importar los gritos, las suplicas, el llanto ningún maestro pudo escapar del fuego. las barricadas se sostuvieron por centenares de manos de campesinos, jóvenes, amas de casa, doctores, empresarios, no importaba la profesión, eran uno solo, unidos por el espíritu oaxaqueño de defender su ciudad. Los que pudieron salir con el cuerpo a medio quemar, se encontraron con una turba enfurecida armada de palos, herramientas o lo que encontraron de paso para luchar.
En las periferias de la ciudad, donde aún permanecían grupos de vigilancia, se usó la artillería pesada. Camiones de gas a toda velocidad se impactaron en las barricadas impuestas, atrás de ellos, ciudadanos que hicieron frente a los manifestantes.
El cuerpo de policía del estado no fue suficiente para detener ese levantamiento. Los ciudadanos los superaban y con creces. “¿A quién defendemos, a los maestros o a las demás personas?” preguntó un policía que no obtuvo respuesta. Ninguno se movió del flanco que formaron a las cercanías de la revuelta en el zócalo. Algunos se despojaron de su placa de policía y se unieron a la contienda por su ciudad, para terminar de una vez con el daño a su estado.
Dieron las doce horas del aquel día, luego de una lucha victoriosa por su ciudad, su estado, sus derechos civiles, su vida. Coincidió con la estación radiofónica que, de costumbre avisa la llegada del mediodía con el tema “Dios nunca muere”, vals mexicano escrito por el compositor, orgullosamente oaxaqueño, Macedonio Alcalá.
Los ciudadanos bajaron las armas. Aquellos que estaban postrados por el cansancio se pusieron de pie. Todos se postraron frente al palacio de gobierno entonando al unísono:
Muere el sol en los montes
Con la luz que agoniza
Pues la vida en su prisa
Nos conduce a morir
El gobernador observó oculto detrás de su ventana, los teléfonos no paraban de sonar, las noticias de la guerra civil que el estado a su mando desató ya habían llegado a oídos de todo el país.
Pero no importa saber
Que voy a tener el mismo final
Porque me queda el consuelo
Que Dios nunca morirá
Infinidad de dudas rondaban su mente. ¿Era permisible que una población entera sea llevada a juicio?, ¿Bajo qué cargos?, ¿Hacer lo que desde un principio correspondía a la autoridad en turno?
Defender el estado y a quienes lo habían elegido democráticamente para ese cargo. Sin decir nada el gobernador dio media vuelta, salió de la oficina, dejando atrás el insistente teléfono y los ojos aterrados de sus colaboradores.
Sé que la vida empieza
En donde se piensa
Que la realidad termina
Sé que Dios nunca muere
Y que se conmueve
Del que busca su beatitud
Sé que una nueva luz
Habrá de alcanzar nuestra soledad
Y que todo aquel que llega a morir
Empieza a vivir una eternidad feliz.
Todo empezó en el 2006 y terminó aquel diez de junio.

lasmilyunaletrasdeliana.wordpress.com

Un comentario sobre “Todo empezó en 2006

  1. Reblogueó esto en La Materialización Mundana de las Palabras.y comentado:
    Este relato de mi autoria, tiene una gran parte de veracidad, es sobre mi estado, #Oaxaca, molesta de ver el daño que hacen con sus manifestaciones, surge en mi imaginación un desenlace dramático a este conflicto.
    Solo eso es ficción, el desenlace.
    Ojalá en la vida real, se ponga punto final a estas personas de un modo más ortodoxo.

    Le gusta a 1 persona

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