JANIS MULLIGAN

EPÍLOGO.

4 de marzo de 1016.

Huni se incorporó sobre un codo y besó la espalda desnuda de la mujer que estaba acostada a su lado en la cama. Esta rebulló en sueños y se giró hasta quedar encarada a la joven tailandesa, quien adelantó un poco el rostro para besarla dulcemente en la nariz y boca.

—Es muy tarde, Nolani, debo volver a casa –le dijo quedamente.

—Ummmm…hace calor para salir –murmuró la mujer, remisa a despertar.

—Mi madre espera, Nolani. Me vestiré y me iré.

—Dale recuerdos a tu madre, Huni.

—Así lo haré –respondió Huni, levantándose de la cama y tomando su ropa tirada por el suelo.

Se puso rápidamente la blanca blusa y la sencilla falda de amplio vuelo, así como las zapatillas deportivas. Cuando iba a visitar a Nolani, no llevaba ni siquiera ropa interior. En Tailandia, el calor diurno permite hacer esas cosas todo el año. Miró de nuevo a la mujer y comprobó que se había dormido de nuevo. Nolani estaba metida en la treintena y tenía cierta ascendencia china en su genealogía. Era amiga de la familia de Huni y se había interesado de una manera especial por ella cuando regresó de Europa, tras la muerte de su padre. Además, era la segunda esposa del alcalde Tiegham, una persona ilustre en la comarca.

Huni salió a la calle y caminó rápidamente calle arriba hasta llegar a una de las pequeñas tiendas de alimentación que salpicaban los barrios de la colina Kagi Wa, y compró cereales azucarados y unos batidos de sabores. Diez minutos más tarde, Huni llegó a la gran casa familiar que se ubicaba en lo alto de la colina, dominando prácticamente la comuna de Hiong Ram, del distrito Khong, uno de los más ricos de la provincia de Korat, la abreviatura más común de Nakhon Ratchasima. La comuna no era muy grande. En el interior del país una población alta iba en detrimento de la comodidad. Tenía casi diez mil almas y una importancia estructural en la política de la provincia. Además, disponía de buenas plantaciones de caucho y las minas de cobre, en la que trabajan gran parte de los hombres de la ciudad.

—Hola, mamá –saludó al entrar en la casa.

Su madre estaba atareada repasando nuevas aportaciones a su programa de Bienestar Social, en un portátil que mantenía abierto sobre la mesa de la terraza cubierta. Desde un par de años antes de la muerte de su padre, la madre de Mochi se había implicado en la propuesta de Bienestar del ayuntamiento, controlando y aprovisionando los dos comedores sociales que se habían habilitado en la ciudad. Con las pescaderías familiares alquiladas y sin hijos menores de los que preocuparse, Moili Sun necesitaba algo que llenara su vida, y encontró adecuada la obra social.

—Hola, hija… ¿vienes de casa de Nolani?

–Sí, le he estado dando otra clase de castellano.

— ¿Estaba su marido allí?

—No, creo que dijo que estaba reunido con los gerentes de las minas.

— ¡Qué fastidio! Necesitaba que me confirmara unos envíos…

—Ya le llamaras más tarde. El hombre tiene preocupaciones con la amenaza de huelga.

—Lo sé, lo sé… ¿Vas a subir a… verla?

—Voy a prepararle el desayuno. Pronto estará despierta –le dijo Huni con el ceño fruncido.

A pesar de llevar en casa algo más de cinco meses, su madre aún no se acostumbraba a que durmiera con su amiga, con la extranjera que había traído con ella. Se dirigió a la cocina y llenó un bol con leche fría, cortó algunas frutas y las colocó con arte en un pequeño plato. Puso la caja de cereales sobre la bandeja y tomó esta entre sus manos, subiendo las escaleras hacia lo que la familia llamaba el Minarete.

No era estrictamente un minarete, ni allí había musulmán alguno que necesitara ser llamado a la oración. Se trataba de una estructura circular más alta que la casa de dos plantas, que se quedaba debajo del torreón. En tiempos en que el país se llamaba Siam, había albergado un puesto de vigilancia y un cañón antiaéreo. Su padre, así como su abuelo, estaban muy orgullosos de que su casa hubiera sido escogida para ello, y cuando acabó el periodo pertinente, la estructura de hierro y ladrillos construida por el ejército, pasó a ser propiedad de la familia.

Aún teniendo suficiente espacio en la casa de su madre, Huni prefirió mantenerse un tanto aparte. Juntos pero no revueltos, que hubiera dicho Domingo. Así que limpió y acondicionó el torreón para poder tener intimidad junto al amor de su vida. El dinero no era problema, tanto ella misma como su madre, disponían de rentas suficientemente altas como para permitírselo. Al llegar a la puerta que se abría a la escalera de caracol que conducía a la cúspide, tuvo que hacer malabarismos con la bandeja para abrirla, pero al final lo consiguió.

La escalera llegaba hasta una planta abierta de unos buenos cincuenta metros de diámetro y que contenía una gran cama, un cuarto de baño con movibles paredes de cañas, un vestidor abierto, dos sofás haciendo una L, y un pequeño escritorio junto al pasamano de la escalera en espiral. Toda la planta y su contenido eran diáfanos y, en cierto modo, minimalista.

Dejó la bandeja sobre una de las mesitas de apoyo a los lados de la cama, y se sentó para contemplar el sueño de su compañera. Las persianas estaban bajadas y unas tupidas cortinas implementaban la oscuridad. En el interior, a pesar de que el sol brillara fuera, había siempre encendida una lámpara para dar algo de luminosidad. Alargó una mano y apartó un mechón rubio que caía sobre uno de los ojos cerrados de la durmiente. Cada día estaba más bella, se dijo. El clima caluroso y húmedo del interior de Tailandia no la afectaba en absoluto.

Suspiró y la agitó por el hombro, consiguiendo arrancarle un leve gruñido. Ya era algo, eso significaba que podía despertar cuando quisiera. “Cuando quisiera”, esa eran las palabras claves. Había descubierto una cosa sobre lo que le afectaba el calor a Ángela, la volvía asquerosamente vaga e indolente. A veces, se preguntaba si no lo hacía a conciencia. Ángela tenía fuego en su interior, por lo tanto debería ser inmune al calor, pero no parecía ser un discurrimiento válido. Aquel calor húmedo y plomizo sí la afectaba, aunque de una forma curiosa. Se volvía remolona, dispersa en sus pensamientos, a veces gruñona, pero, por otra parte, también estimulaba su libido de una manera tan… pecaminosa que la oculta Ginger en su interior no pensaba quejarse lo más mínimo.

—Despierta, dormilona –dijo en castellano, volviendo a mover el cuerpo de su compañera.

—Mmmm… huelo a leche y fruta –murmuró Ángela, con los ojos cerrados.

—También te he traído esos cereales azucarados que te gustan.

— ¡Chachi! –para sobresalto de Huni, la vampiresa estuvo sentada y abrazándola en un abrir y cerrar de ojos, pasando de la laxitud más extrema a la total animación de su cuerpo.

Salió de debajo la sábana de seda tan desnuda como una Venus mitológica, sin ningún pudor. Se sentó al filo de la cama, al lado de su amiga, y tomó con dos dedos un trozo de mango que se llevó a la boca.

— ¿Qué vamos a hacer esta noche, Ginger?

—Lo que tú quieras, amor –contestó la asiática, aún contemplando las hermosas formas de su dueña y señora.

—Ya veremos –abrió la caja de cereales y echó un buen puñado en el bol de leche. — ¿Qué has hecho tú todo el día?

—Esta mañana, acompañé a mi madre al cementerio, a visitar la tumba de mi padre. Luego fui a la central a supervisar el empaquetado del producto. Hay cierto aumento de pedido desde Camboya…

—Eso es bueno.

—Sí, la distribución de heroína y cocaína va bien. Mantenemos bajo control el imperio criminal de Prak Gi Choi, nada de permitir los desmanes que se producían antes –suspiró Ginger, que solo podía ser ella misma cuando estaba al lado de Ángela. Para los demás, era Huni, la que había escapado a Europa para no casarse, deshonrando su familia.

— Y eso que tú no querías volver con tu familia cuando recibiste la noticia que tu padre había fallecido –dijo Ángela tragando cereales mojados en leche con la cuchara.

—No quería traerte a un país atrasado como este, cariño, ni que mi familia te mirase con malos ojos…

—Bueno, es algo que hemos solucionado, ¿no?

—Sí, sobre todo cuando el cerdo de Prak pretendió recuperar lo que se le debía –se señaló a sí misma con un dedo. –Saliste aquella noche a por él y regresaste controlándole absolutamente.

—No fue difícil, el cerdo solo tenía ojos para mis piernas. Fui con la intención de matarle, pero lo acabé pensando mejor. Si le mataba, otro espabilado tomaría su lugar y controlaría la ruta de la droga, a sí que… ¿por qué no ser nosotras las controladoras? Así que ahora trabaja para nuestro beneficio. ¿No es eso justicia?

—Eres la mejor, cariño –le dijo Ginger, inclinándose para besarla en la mejilla.

— ¿Y qué me dices de tu familia, de tu madre? ¿Quieres que la muerda un poquito y cambie de opinión sobre nosotras? –preguntó Ángela, mirando a su chica de reojo mientras terminaba el bol de cereales.

—No, no. Por muy tentador que suene, prefiero tenerla vivaz y alerta. Ya se irá acostumbrando a nuestro ritmo, sobre todo a medida que compruebe lo importante que la hemos hecho con nuestra presencia. Jamás pensó que se codearía con las autoridades del distrito…

—Bueno, como siempre he dicho, era hora de que la vida nos sonriera, y, ahora, ¿me vas a acompañar a la ducha o me vas a esperar desnudita en la cama, putilla mía? –le preguntó la rubia, relamiéndose ante sus ojos.

Ginger salió corriendo hacia las separaciones de bambú, riendo y dando grititos cada vez que Ángela azotaba sus nalgas con la mano. La tailandesa no tardó en estar desnuda bajo los chorros de la regadera, enjabonando y besando a su adorada criatura de la noche.

—He estado toda esta tarde en casa de Nolani –susurró al oído de Ángela.

— ¿Quería regocijarse de nuevo contigo?

— ¿Regocijar?

—Meterte en su cama –le explicó.

—Sí, sí, quiere hacerlo casi todas las tardes, cuando su marido no está –le dijo, riéndose y pasando la esponja por su espalda.

—Nos ha salido puta la jodida esposa del alcalde –masculló Ángela.

—Muy puta –asintió Ginger, a la par que soltaba una risita. –Está lista para ti, mi amor.

— ¿Lo crees?

—Sí, sí, absolutamente. Le he estado hablando de ti, sobre todo lo que ideamos para tu falso status en Europa. Está deseando conocer a una sobrina de Carolina de Mónaco…

— ¡Jajaja! ¡Yo, de la realeza! –Ángela se giró para abrazar a Ginger y la besó dulcemente, jugueteando mucho rato con su lengua. Cuando se separó, la miró intensamente a los ojos. –A ver si puedes hacer que sea para mañana, necesitaré sangre muy pronto…

—Creo que podré convencerla para recibirte. ¿Me dejarás ayudarte con ella?

—Por supuesto, mi dulce Huni –Ángela volví a besarla y le aferró una nalga con fuerza. –Creo que te está gustando demasiado este juego…

— ¿Qué puedo decir, amor? Me has pervertido completamente –musitó Ginger, echándole los brazos al cuello y fundiéndose ambos cuerpos bajo los refrescantes chorros de agua.

Afuera, el sol se ponía tras las montañas Phetchabun y empezaba a levantarse la bruma en los límites de la jungla, al disiparse el calor del suelo. Ángela había encontrado un nuevo hogar en aquel hermoso país lleno de ruinas misteriosas y selvas.

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