JANIS MULLIGAN

 

Y la venganza será mía

22 de junio de 2014.

Mochi bajaba las escaleras de la última planta del edificio, allí donde se encontraba la antigua cabina de proyección, hoy reformada en el minúsculo apartamento de Cristian. Había pasado una buena tarde charlando con el chico y viéndole trabajar en uno de sus inventos. ¡Hasta incluso le ayudó a colocar pernos! Mochi no tenía ninguna prisa por iniciar una relación más seria con él. Le gustaba pensar que todo tenía que venir rodado, empujado por la naturaleza misma, y no caer en una seducción agresiva.

“Tal y como hace mamá.”, ese pensamiento había surgido de forma involuntaria, pero tenía que reconocer que era cierto. La Dama Amnu- Bassin era poco romántica. Buscaba amantes cuando necesitaba fecundar un nuevo hijo y duraban en su vida justo el tiempo necesario para quedarse embarazada. Después de eso, bueno, su propio padre fue un ejemplo perfecto, enviado por la asunamata en una delegación de apoyo en Indochina, de la que nunca regresó. Su madre se deshacía de sus amantes, pues no podía soportar que la rondaran, una vez embarazada, y, segundo, no quería tener cerca la influencia de un padre mientras ella condicionaba la lealtad de su retoño en sus primeros años.

Mochi tenía una creencia más romántica sobre las relaciones personales, aunque era consciente que, a medida que los dones maternos fueran apareciendo, su moral se vería afectada, pero ya se preocuparía de eso cuando tocara. Ahora, era joven –según su madre, apenas una niña –, y pretendía vivir un romance con el chico genio, sin que nadie se inmiscuyera en ello.

Suspiró y alejó esos pensamientos de su cabeza. No era el momento de pararse en ellos. Un mensaje de Ginger la había sacado del cubículo de Cristian. Lo leyó antes de llegar a su propio rellano.

“No t puedo decir dónde estoy pero me han avisado del hospital. Nessy ha salido de esta, pobre chico. Ángela dice k si le puedes hacer llegar una cesta de fruta o bombones, o lo k sea. Muxas gracias, wapa.”

“¡Hasta la tailandesa tiene secretos, me cago en tó!”, se dijo, irritada por cómo estaba llevando las cosas la vampiresa. Les había dejado a todos al margen y estaba preocupada por lo que estaría planeando ese torbellino rubio. Pensó en llevarle algo al chico negro que las ayudó tan diligentemente. “Sí, esta tarde…”

Escuchó unos nudillos tocar en una puerta y consideró que aún era temprano para que ningún cliente de las chicas guerreras que vivían en el edificio las buscara aún. Descendió el último tramo de escalones que la separaba de la planta donde se encontraba su apartamento y descubrió que había alguien delante de la puerta del apartamento de Ginger y Ángela. Parecía una mujer llevando un hiyab de color celeste que tapaba sus rasgos.

—Llevan unos días fuera –avisó mientras sacaba la llave del bolsillo de su falta vaquera.

La mujer se giró hacia ella, dejando entrever unas extrañas pupilas ambarinas rodeadas de oscuras pestañas ribeteadas de oscura abeñula. El pañuelo ocultaba sus otros rasgos.

— ¿Conoces a Ángela? –le preguntó a Mochi.

—Sí, así es.

La musulmana dio un paso hacia la hermafrodita y se la quedó mirando fijamente. Titubeó un segundo y después afirmó con aplomo:

—Tú también eres una hermana de la Casta.

Mochi respingó y acercó su mano izquierda al codo derecho, donde sepultaba un cuchillo para lanzar.

—Soy amiga de Ángela, Apoyo es mi nombre adanita –se apresuró a decir.

— ¿Tú eres Dumbala? –la curiosidad reemplazó cualquier otra emoción en Mochi.

—Ya veo que te ha hablado de mí.

—Sí, en general bastante bien, aunque hubo un momento en que lanzaba pestes sobre ti –sonrió la asunamata.

—Puedo comprenderlo y conociéndola tuvieron que ser unas maldiciones a recordar.

—Ya lo creo. Pasa, por favor –la invitó Mochi a entrar en su piso, abriendo con la llave. –Yo soy Mochi.

— ¡Por el Profeta! ¡No esperaba encontrar aquí a la futura Dama! –Dumbala se quedó parada en el rellano por la sorpresa.

—Con Mochi es suficiente. No soporto los títulos, al menos de momento –dijo, aún con la puerta asida y haciendo un gesto para que la egipcia pasara.

En cuanto Dumbala pasó al interior, echó hacia atrás el hiyab, mostrando su hermoso rostro. Parecía que su duro periplo en tierras africanas había aumentado su belleza, incluso Mochi, que era la primera vez que la veía, quedó impresionada por la pasión que se podía adivinar en sus rasgos.

—Así que sois amigas –musitó Apoyo, aceptando la invitación de sentarse en el sofá, junto a su anfitriona.

—Así me considero aunque debo reconocer que hace muy poco que nos conocemos, pero creo que hemos conectado muy bien las tres.

— ¿Las tres?

—Me refiero a Ginger.

— Ah, ¿esa humana aún sigue con Ángela? –parpadeó Dumbala con sorpresa.

—Oh, sí, incluso la ha nombrado su fasim…

—No llegué a conocerla, pero hubo apuestas entre los conocidos que no duraría demasiado a su lado.

—Ginger ha demostrado ser de toda confianza, incluso ha arriesgado su vida por nosotras. ¡Oh, por Buda, soy un desastre! –exclamó Mochi de repente, poniéndose en pie. — ¿Dónde se ha quedado mi cortesía? ¿Quieres aceptar un té, Dumbala?

—Me encantaría, gracias.

Mochi se alejó hacia el otro extremo de la habitación, donde se ubicaba una pequeña cocina bajo una buena campana extractora, y puso una tetera con agua sobre uno de los inductores eléctricos. Mientras seguía charlando, fue preparando una bandeja con las tazas, cucharillas, el azúcar, un jarrito con leche, el bote de la miel, así como el de la canela. Trató de recordar si tenía pastas o algo parecido, pero eran las siete y media de la tarde, no era hora para eso.

“Mejor un bocata de chorizo.”, pensó con humor, llevando la bandeja hasta la mesita ratonera que se encontraba delante del sofá.

—El caso es que he venido a pedirle disculpas y contarle sobre nuestra huida –confesó Dumbala.

— ¿Con el Comandante Araña?

— Así es.

—Ángela estuvo muy preocupada cuando te telefoneó. No, esa no es la palabra, mejor “decepcionada” al creer que podías ser una traidora.

—Lo supongo. También nosotras tuvimos una buena conexión el poco tiempo que compartimos apartamento, Barbie, ella y yo.

—Lo siento, no me ha hablado sobre ello –dijo Mochi, retirando la hirviente tetera de la placa.

—Fue al comienzo de crear la Brigada. Tengo que llamar a Barbie y saber cómo está… la pobre quedó muy herida en la emboscada de Freneux.

— ¿También estuviste en la matanza? –preguntó Mochi, echando agua en la taza. — ¿Un poco de leche? ¿Canela, miel?

—Sí, por favor, un poco de leche y canela sería perfecto. Sí, estuve allí y casi muero. Ángela se hizo cargo del contraataque, de protegernos, en suma, de sacarnos vivos de allí. Sabía que era un buen combatiente, pero nadie se imaginó que alcanzaría tan rápidamente un nivel como el que demostró poseer.

—Al verla, jamás creerías que es una bomba en potencia—bromeó Mochi, al llenar su propia taza.

— ¡Exacto! –se rió Dumbala.

—Volviendo a tu historia… todos nos quedamos patidifusos cuando la etnimai Rowenna confesó que te había puesto a cargo de proteger la vida de su hijo.

—Para que la cosa funcionara, tenía que hacerse en el más estricto secreto. Créeme, ni siquiera el Comandante Araña sabía que yo era su sombra. Conseguí convencerle de buscar nuevos reclutas entre los Clanes de África porque allí la presencia de fanáticos religiosos es menor, pero, aún así, lo pasamos mal cerca de Yamena, en el Chad, y, luego, en la frontera con Burundi. Masacraron nuestros guías y nos dejaron sin víveres, perdidos en un pantano cercano al río Tanganyika. Tuve que incrementar la energía de Paris para que pudiera sacarnos de allí. Estuve a punto de dejarme la piel allí…

—Bueno, al menos las indagaciones de Ángela han conseguido sacar a la luz tanto el complot como los culpables. Ahora, los clanes están sobre aviso y pueden defenderse.

—Sí, también le debemos eso a la rubia –dijo Dumbala alzando su taza de té en un mudo brindis. — ¿Y dónde está en este momento?

Mochi alzó los hombros y las manos, con las palmas hacia arriba, en un gesto de ignorancia.

—Cuando la sacamos de la sede de la Sociedad, llamó a Ginger, diciéndole que saliera del apartamento a toda velocidad y que se escondiera –explicó la asunamata. –Aún sigue oculta y no sé si Ángela está con ella o no, pero la única que sabe con seguridad donde está ese torbellino es su fasim, seguro.

—Una lástima. A saber en lo que está metida esa chica en estos momentos.

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25 de junio de 2014.

El Obispo Salomón salió de uno de los bungalows llevando un liviano batín, color vino tinto, sobre su bañador. Calzaba unas gruesas sandalias sin abrochar que resonaban sobre el camino de tablas que conducía hasta donde se ubicaba el solarium con el jacuzzi. Era un nombre grandilocuente ese de “solarium”. En sí, la instalación no era más que una gran carpa de lona con un tejado de aluminio que incorporaba grandes ventanales de plexiglás, lo que permitía pasar los rayos de sol pero no el viento. Para el invierno tenía que ser genial, pero en aquel momento, a finales de junio, pues solo venía bien por las noches, ya que refrescaba bastante en las montañas, sobre todo si se tenía el cuerpo mojado. Aún así, era un lujo al que el Obispo no quería renunciar.

En el interior de la gran carpa había una docena de chicas en bikini, unas tomando aperitivos de la larga mesa dispuesta a un lado, también llena de botellas, otras llevando bebidas a los prebostes que flotaban entre burbujas en el jacuzzi. El Obispo sonrió. Le interesaba que sus colegas se relajaran cuanto más mejor; así serían más susceptibles a sus sugerencias y peticiones. Por el momento, había conseguido ponerles de acuerdo sobre el peligro que suponía unos monstruos organizados bajo el mandato de una élite. Ahora, solo tenía que facilitarles la ubicación de esa élite para que la mayor unión de nuevos cruzados se les echara encima, a sangre y fuego.

Una de las chicas se le acercó por detrás, despojándole del batín con suavidad. El Obispo, en amable respuesta, le acarició una nalga que su tanga dejaba casi por completo al aire.

— ¡Amigo Salomón! –exclamó en inglés uno de sus colegas en remojo, concretamente el orondo Mérito Primario de la Orden de Herión, Ajim Séb-Samur, un nombre que en sánscrito se podía traducir por El Que Ha Llegado A Tocar El Sol. –Ven a refrescarte con nosotros.

El Obispo pensó que poco se refrescaría en aquel caldo de fideos, pero sonrió y descendió la pequeña escalinata que conducía al interior del jacuzzi. El Mérito le estrechó la mano, como siempre hacía cada vez que lo veía, con una intencionalidad que mosqueaba bastante al Obispo. El líder de los caballeros templarios de Alejandría no le gustaba ni un pelo. Sospechaba que era más falso que Judas y siempre ponía mucha atención a sus palabras.

El Obispo se sentó en el reborde a tal efecto bajo el agua y saludó a los otros tres dirigentes de logias internacionales que se encontraban allí. Shaimar El Brillante, Gran Imam de los Iluminados Hijos de Alá, un maduro hombre sin mucha carne y sí mucho vello corporal. Este grupo religioso y radical controlaba prácticamente toda la costa atlántica africana. Balany Nafrael era el más anciano de todos los allí reunidos, pero eso no le impedía tener cada brazo alrededor de una chica. Era el Gran General del Ejercito de la Santa Sangre, unos cruzados eslavos que se formaron para luchar contra los otomanos, allá en la Edad Media y que ahora se dedicaban a otras cosas que no tenían todo el apoyo de Dios. Finalmente, Helmut Camarwisser dirigía, junto con su hermano menor, los Herederos Teutones, una facción algo racista de la Iglesia Teutónica. Helmut estaba cerca de los cincuenta años pero su cuerpo estaba cincelado por el ejercicio y la disciplina. Su hermano Bender no salía nunca de suelo ario, así que había venido solo a la convención.

—Me gustó mucho su discurso –le felicitó Balany Nafrael en un inglés de acento rumano muy marcado. – Me gusta que se hable de los valores adquiridos en la fe.

—Muy agradecido, General –el Obispo inclinó un tanto la cabeza para después aceptar una copa de champán casi helado que le ofreció una rutilante morena de cuerpo exuberante. –Gracias a ti también, guapa. Siéntate aquí, a mi lado…

—Creo que todos estamos muy de acuerdo con tú –subrayó en un chapurreado castellano el ario. –Has descubierto más… monstruos que todos nosotros. Es necesario que todos… hacemos algo, aunque sea aquí, en España.

—Así que está de acuerdo con la unión de fuerzas –quiso confirmar el Obispo.

—En ese caso, sí, pero queremos cosas diferentes a largo plazo –advirtió Helmut.

—Por eso mismo, debemos sentarnos a discutirlo con calma. Tenemos que sentar unas bases comunes que nos permitan edificar una visión futura mucho más amplia, caballeros –el Obispo comenzó a utilizar su labia. Sabía perfectamente qué prometer y que ofrecer para que aquellos líderes se sintieran atraídos por lo que él les pintaba.

—Sí, es una buena idea –farfulló el Mérito Primario, hundiendo la cabeza de una chica entre sus piernas, debajo del agua. –Pero ahora no es el momento de poner las neuronas a funcionar. No con estas señoritas tan bellas y dispuestas a nuestra disponibilidad.

Se rió cuando la chica salió a tomar aire, tras acariciar bucalmente el pene del craso árabe. Enseguida, la volvió a hundir. El Obispo Salomón asintió. No había que apurar las negociaciones, estas iban bien y sabía que conseguiría su objetivo, que no era otro más que arrasar esa Casa Madre y sus servidores.

Él mismo se interesó por su compañía femenina, sacándole un macizo pecho del sujetador del bikini. La chica se rió tontamente, quizás pensando en lo que le iban a pagar al final de la noche. Salomón se obsesionó manipulando con sadismo ambos pezones, pensando en perforarlos él mismo más tarde. La chica había invertido una buena suma de dinero en sus pechos, y empezaba a temer que era posible que tuviera que invertir algo más con ese cliente.

Muy pronto, aquellos cinco poderosos hombres se entregaron a sus propios placeres, sin importarles compartir el mismo lugar y agua. Las chicas restantes que se movían alrededor del jacuzzi se acercaron, ofreciendo su compañía a aquellos que querían más carne a su alcance, o bien sentándose en el reborde exterior del estanque artificial, con sus pies dentro del agua, a observar los juegos eróticos. Algunas se acariciaban distraídamente los senos o las piernas, y una en particular le metía mano a la compañera que estaba a su lado.

Helmut era el único que no tenía compañía femenina. No era porque no le gustaran las mujeres, su problema era que no le gustaban “esas” mujeres. Recorrió de nuevo los rostros de las chicas que quedaban libres, incluso de aquellas que ya estaban lidiando con sus colegas, por si alguna de ella le llamaba la atención, pero masculló un reniego cuando no hubo suerte.

Justo entonces, como si se la hubiera enviado el mismísimo Dios, una chica entró por la puerta de la carpa. Llevaba puesto un diminuto bikini amarillo con costuras negras y su pelo rubio natural destacaba como un faro entre tantas morenas y caobas. Era joven y de facciones arias, justo lo que iba buscando. Además, se movía con garbo y con seguridad, y florecía una sonrisa en sus labios a medida que se acercaba al jacuzzi.

Helmut se puso en pie y apoyó un pie sobre el bordillo, extendiendo una mano hacia ella. La sonrisa de la chica se amplió aún más cuando tomó los dedos masculinos con su propia mano, y Helmut se sorprendió de su juventud. Todo un acierto para él, se dijo. Sin más palabras, la joven rubia se deshizo de sus sandalias y el ario pudo distinguir los exquisitos deditos de uñas pintadas de carmesí. Siguió al hombre hasta meterse en la tibia agua burbujeante y se sentó sobre sus rodillas con todo descaro.

—Soy Helmut.

—Ángela –sonrió ella, mirándole con unos preciosos ojos celestes.

Y mientras el hombre acariciaba sus muslos y su cintura, Ángela recorrió con la mirada a los demás usuarios de la gran bañera. Sonrió al pensar en lo fácil que había sido colarse entre las demás chicas. Había tenido que esperar unos días hasta que Roberto la avisó del día en que los encargados del asunto habían ido a Huesca para traerse chicas para los líderes. Analú le había abierto la puerta de servicio para sortear a los guardias dispuestos en las entradas, y se había desnudado para quedar con aquel bikini que se había comprado para la ocasión. Luego solo había tenido que echar a andar hacia la carpa; nadie se lo había impedido.

Y, ahora, les tenía a su alcance. Ni siquiera el Obispo Salomón se había dado cuenta de su presencia, ocupado en maltratar los senos de la chica que se sentaba a su lado, la cual gemía y se quejaba sin osar moverse del sitio. Durante varios minutos, permitió que la mano del ario recorriese su cuerpo con toda libertad. Ángela se había instalado a horcajadas sobre los muslos del hombre y hundía la cara en su cuello, ocultando parte de sus facciones. Sus sentidos estaban esperando recoger cierta información que debía provenir del exterior de la carpa. Roberto y su hermana, ambos convenientemente subyugados por sus mordiscos, habían estado camuflando garrafas de gasolina en varios puntos del camping. Las habían situado debajo de los suelos de piedra sobre los que se sostenían los Movilhome y los bungalows; colocaron otras de tal manera que cuando las perforaran, algo que estaban haciendo justo en ese momento porque su nariz ya percibía los efluvios del combustible, crearían un reguero que rodearía gran parte de las tiendas y del mismo camping, creando el pánico y confusión que ella necesitaba.

En cuanto el olor a humo llegó hasta ella, bajó una de sus manos hasta sobar el erguido pene del ario que aún mantenía dentro del bañador. Él sonrió, contento por la decisión de ella, y Ángela se deslizó hacia abajo, hasta quedar de rodillas en el piso del jacuzzi, con el agua por encima de sus pechos. Se ocupó de deslizar el bañador masculino piernas abajo hasta quitárselo, y, con mucha delicadeza, lo abrió de piernas con algunas caricias. Ángela inclinó su cabeza hacia el sumergido pene, cuyo glande quedaba unos centímetros bajo la superficie líquida, y jugó a excitar al hombre, hundiendo algo la boca y rozando la punta del miembro con sus labios. Sus manos seguían apoyadas en los muslos abiertos de Helmut, como si fuera parte del juego. Entonces, tomando impulso, Ángela empujó fuertemente con sus manos y el alarido del ario sobresaltó a todos los presentes. Las caderas de Helmut crujieron como cañas secas, proporcionándole un dolor que lo dobló tan sobre sí mismo, incluso metiendo su rostro bajo el agua.

Mientras que los demás presentes en el jacuzzi se preguntaban qué había ocurrido e intentaban ayudar al alemán que no dejaba de berrear, Ángela se irguió ante el Obispo Salomón. La reconoció de inmediato y su tez palideció tanto que, por un momento, pareció un ahogado. Chilló como una rata, intentó salir de la gran bañera, al mismo tiempo que intentaba avisar a los demás.

— ¡ES ELLAAAA! ¡Por Dios, está aquí! ¡Guardias, guar…!

Su voz se truncó cuando ella le atrapó por detrás, reteniendo sus brazos escuálidos a la espalda. Con una maligna sonrisa, retorció los brazos hasta quebrar la articulación de ambos codos con unos estremecedores chasquidos. Los gritos histriónicos del Obispo le levantaron completamente la moral.

Shaimar El Brillante vino en su ayuda, salpicando agua en su avance. Una mueca de desprecio se extendía por sus facciones, iniciándose en su boca. Como buen imam que era, no creía en las aptitudes que una mujer pudiera tener frente a un hombre, y la llamo “perra pecaminosa” en árabe. Ángela no entendió el insulto, pero sí la intención y le encantó que el musulmán se enfrentara a ella. Su aspecto esbelto y juvenil no les llevó a suponer que ella fuera una de esas criaturas malvadas que perseguían.

Frenó al musulmán sujetándole por los pómulos con una mano. A Shaimar, la mano de la chica le pareció un cepo de acero inmisericorde que estaba a punto de astillarle los pómulos. Pataleó en el agua cuando le levantó a pulso. Entonces, su otra mano se disparó, alcanzándole como un obús en el costado izquierdo. El imam escuchó partirse sus propias costillas, lo que le sacó todo el oxígeno de los pulmones. Cuando la mano femenina soltó su rostro, cayó al agua como un fardo, encogido sobre sí mismo, y estuvo a punto de ahogarse en un metro de agua.

Las chicas salieron corriendo, gritando y generando una barahúnda que ayudó a que tanto el obeso Ajim Séb-Samur como el anciano Balany Nafrael, soltaran al pobre y medio desvanecido Helmut en el agua, y salieran del jacuzzi con una presteza y agilidad que nadie hubiera creído posible. El ario tuvo que buscarse la vida para sostener su cabeza fuera del agua. El Mérito Primario iba salpicando agua de sus carnes trémulas mientras imploraba la ayuda de su dios cristiano copto. Dos pasos por delante, el viejo rumano maldecía sus músculos y tendones por haberse vuelto débiles. Ambos patinaron al encontrarse con aquella núbil criatura rubia frente a ellos, que les había adelantado incomprensiblemente para cerrarles el paso hacia la puerta. Sin embargo, no hizo nada para impedir la salida a las prostitutas que escapaban como almas llevadas por el diablo.

— ¿Cómo ha…? –farfulló el anciano.

Con un grito de mujer histérica, el reverenciado Séb-Samur, intentó convencerse de que comportándose como un rinoceronte y atropellando con su masivo y desnudo cuerpo a la sonriente criatura, conseguiría escapar. La patada que se llevó en el pecho resonó como un tambor, y lo arrojó hacia atrás, casi metiéndole de nuevo en el agua.

— ¿Quién eres? –preguntó el rumano, alzando los pellejudos brazos para protegerse.

—La muerte.

Balany Nafrael se persignó varias veces a la par que musitaba protecciones contra el mal de ojo, muy habituales en su país. Ni siquiera vio la patada que Ángela le lanzó a la rodilla y que desplazó la rótula. El viejo cayó al suelo, sollozando. La vampiresa le atrapó por un brazo y lo arrastró sobre la tarima de madera hasta dejarle caer junto al implorante Mérito Primario, quien le ofreció toda su fortuna personal a cambio de seguir viviendo. La respuesta de Ángela fue un pisotón sobre uno de los tobillos que le fracturó la cabeza de la tibia y del peroné. Entonces, los tiró dentro del jacuzzi, como si estuviera haciendo una sopa de gimientes doloridos.

Retrocediendo hacia la puerta de la carpa, Ángela echó un vistazo al exterior. Los bungalows más alejados estaban ardiendo, así como la mitad de los contenedores móviles. La gente corría en todas direcciones y la mayoría intentaba salir del camping, pero las llamas también se alzaban allí, lo que impedía una huida masiva. Los más serenos podían ver los huecos que las llamas dejaban y se colaban por ellos, pero la histeria hacía que muchos de los cultistas solo vieran fuego por todas partes. Ángela sonrió. Los hermanos habían cumplido con las instrucciones. Disponía de unos minutos a solas con los prebostes de las logias más secretas y destructivas de aquella parte del mundo e iba a disfrutarlo.

Caminó hasta el borde del jacuzzi y dejó que el fuego surgiera de la punta de sus dedos y de sus palmas. Los hombres la contemplaron con horror, pero como estaban dentro del agua, no creyeron que el fuego los alcanzara. Y no estaban equivocados, Ángela había pensado otra cosa al verles a todos dentro del jacuzzi. Aunque el fuego de la adanita podía arder en el agua, había alcanzando un nivel más de control sobre él. Esta vez se limitó a apuntar a una zona cercana al reborde del jacuzzi y empezó a verter fuego allí. Las llamas parecían apagarse al contacto con el agua. Instintivamente, los cinco hombres, más mal que bien, se movieron, alejándose de aquel lugar. El jacuzzi era grande, con mucha capacidad de litros, y los líderes intentaron escapar por el otro lado. Tranquilamente, Ángela caminó hacia ellos, quienes apenas podían moverse para huir, y los fue empujando de nuevo al agua. Entonces, sin volver a su anterior sitio, siguió calentando el agua, cada vez más rápida, cada vez más caliente, pues eso estaba haciendo, convirtiendo el jacuzzi en un gran caldero que pronto empezaría a hervir.

Los iba a cocer en el jacuzzi, de la misma manera que los caníbales hervían  a los misioneros para devorarlos; la idea de hacer una sopa se le ocurrió cuando Roberto le habló de las diversiones que organizaban allí. Una muerte por cocción, sería divertido…

Cuando una de sus víctimas intentó escapar de nuevo, se limitó a salpicarle con algunas gotas de fuego, lo que obligó al hombre a volver al agua, entre gritos, para calmar el ardiente contacto. Ángela había cambiado la particularidad del fuego, haciéndole más liviano, más etéreo. Ya no era ese gel que se pegaba a cualquier superficie y ardía incluso bajo el agua; era más bien un sucedáneo, que le permitía alargar el sufrimiento de los monstruos que mantenía en el caldo que ella había ideado. El agua estaba alcanzando la temperatura que tiene el agua de una bañera cuando nos hemos despistado y hemos dejado abierto el grifo del agua caliente. A todos nos ha pasado, que hemos metido la punta del piel y se nos ha arrugado el cogote de la impresión.

Los prebostes aún aguantaban porque su piel había estado acostumbrándose al incremento gradual de la temperatura, pero todos estaban sudando y se sentían escaldados.

—Por favor… ten piedad –musitó, implorante, el Obispo. Sus brazos flotaban en el agua, inertes.

—Oh, sí, la misma piedad que tuviste con los bebés de la meggoma, a los tus hombres quemaron vivos junto con su madre –respondió Ángela duramente y ellos comprendieron que no habría ninguna piedad.

Ángela estaba a punto de añadir otro chorro de fuego, cuando alguien entró por la puerta, disparando. La vampiresa se movió vertiginosamente, esquivando, aún así se llevó un balazo en un costado, pero ya había atravesado la fuerte lona de la tienda como si su cuerpo fuese un cuchillo. Tres hombres en pantalones cortos –podían ser boxers –salieron a buscarla, con las armas enarboladas. Sin embargo, Ángela había saltado la carpa, como un niño salta un castillo de arena, y los sorprendió por la espalda. Acabó con los dos primeros por el sencillo procedimiento de atravesar sus cuerpos con sus manos en shuto, auténticas lanzas de carne y hueso. El tercero pudo disparar pero la andanada de la Uzi pasó por encima de la cabeza de la vampiresa al agacharse velozmente. El hombre estuvo agonizando un par de minutos con la tráquea rota, sin saber qué le había alcanzado.

De vuelta a la tienda del jacuzzi, Ángela se lamió la sangre que tenía en las manos, la cual sirvió para dos cosas: una, aumentar la velocidad de la curación de la herida que se abría en su costado; dos, mantener su poder de fuego. De alguna manera, el Obispo estaba a punto de salir de la tienda. Aún sin tener la ayuda de sus brazos, consiguió encaramarse al borde del jacuzzi y salir. Lo mandó de vuelta de una despectiva patada en las posaderas. El hombre lloraba al igual que un niño perdido en unos grandes almacenes.

Dispuesta a terminar su ejecución, Ángela imprimió más calor al jacuzzi mientras los gritos de los condenados se alzaban ante ella. Ya estaban cansados, medio hervidos, y con sus espíritus quebrados por la desesperación. Contempló como sus pieles enrojecían tanto que se abrían, la grasa hervía formando costras, la piel rasgada se acartonaba y se enrollaba por el calor del agua. La cabeza de Helmut flotaba entre burbujas, sus ojos en blanco, al igual que los de un pescado cocido. Fue el primero en morir al no poder mantenerse fuera del agua.

Uno detrás de otro, fueron rindiéndose al desesperante calor, al tremendo dolor que reflejaban todas las terminaciones nerviosas que quedaban al descubierto. Los corazones empezaron a fallar, todo el sistema se colapsaba en cadena, y ella no les dejó ni el alivio de perder el sentido. En varias ocasiones, volvió a salpicarles con fuego para reanimarles.

Cuando les vio a todos flotar en el aromático guiso, cambió de nuevo la textura de su fuego y llenó el jacuzzi de plasma denso que ardió como un holocausto nuclear. Ella se alejó de aquel enorme brasero que consumía los cuerpos hervidos. Fue encontrándose en su camino más y más cultistas de unas y otras logias que se acercaban a ver qué pasaba con sus líderes. No esquivó a nadie, no perdonó a ninguno. Ángela se sentía el “ángel de la noche” que visitó Egipto al ruego de Moisés, llevándose los primogénitos de las familias, y, en aquel momento, como tal, necesitaba almas para llevarse con ella.

Quemó, abrasó, destripó, arrancó miembros, y hasta cortó un par de lenguas a mordiscos, añadiendo pánico generalizado a la gran confusión que ya reinaba por los incendios. Cubierta de sangre ajena, se tiró a la gran piscina al llegar a ella, y se quitó todo lo que pudo. En una de las escalerillas, Analú la esperaba con una gran toalla, con la cual la secó amorosamente. Roberto trajo su ropa y ambos hermanos se abrazaron mientras la contemplaban vestirse.

Muchos coches habían abandonado el recinto, huyendo del infierno desatado. Pronto subirían los bomberos de la comarca, la previno Roberto, pero ella le sonrió.

— ¡Vámonos, queridos! ¡Llevadme al pueblo!

En L’Abrevadero de Aínsa, la esperaba Xontu, frente a un refresco de limón. Llevaba sin beber nada de alcohol en toda la noche, pues su bella ama se lo había pedido así. Frente al ayuntamiento, tenía su coche aguardándoles, con el depósito lleno. Ángela se permitió suspirar al llegar a ese punto. Ya había terminado con su misión. Abrazó a los hermanos, los besó una última vez y les dio la orden de olvidarla, de aferrarse al sentimiento que compartían ahora entre ellos y de ser felices. Se colgó del brazo de Xontu, que se sintió el hombre más feliz del mundo con ello, y ambos salieron por la puerta del pub.

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30 de junio de 2014.

La conocida sala del consejo en la Casa Madre estaba dedicada a una actividad inusual en ese día. Etnimai Rowenna había querido darle una cena de bienvenida a su hijo, recién regresado. La larga mesa estaba engalanada con grandes manteles de lino crudo y bordados bien trabajados. Una vajilla de excelente porcelana y ribetes de oro y plata se mantenía encima. Cristal de Bohemia para la cristalería y cubertería de plata de ley completaban el conjunto. Varios sirvientes iban y venían, aportando bebidas y nuevos platos.

A la cabecera de la mesa se sentaba etnimai Rowenna luciendo más maravillosa que nunca, con los bucles dorados de su cabello esparcidos sobre los bronceados hombros. A su lado derecho se encontraba su hijo Paris, sereno y también bronceado por su temporada en África. A su izquierda, una invitada que representaba a la Dama Amnu-Bassin, su hija Mochi, llevando un sari tradicional confeccionado en seda roja.

El resto de sitios estaban ocupados por el consejo, con Atranicus a la cabeza, maestro Rodela como nuevo hombre de seguridad de la Casa Madre, y un enviado especial del Clan Ixtab, venido de América Central.

Paris contempló sin disimulo a su madre, la cual charlaba con Mochi y el maestro Rodela, también próximo a la cabecera de la mesa. Estaba más bella aún desde que su padre no podía amenazarla. ¿Cómo era posible que no hubiera visto esos celos y envidias en su progenitor hasta ahora? De alguna forma, había conseguido mantener oculta una parte de su mente. No era que Paris pudiera leer las mentes de sus padres, pero cuanto se relacionaba con él y con su bienestar estaba a su alcance. Sin embargo, esto era importante para su seguridad y no había podido verlo ni anticiparlo. ¿Habría evolucionado algún don de Miguel Ángel, interponiéndose en su control?

El poder del Comandante Araña actuaba sobre el amor que sentían hacia él. Toda aquella persona que se sintiera atraída, que experimentara un deseo, un anhelo, incluso el impulso instintivo como el de protegerle, se veía atrapada en la invisible red sensitiva que él generaba inconscientemente. Sus padres, sus ayas, su familia, sus compañeros de juegos infantiles, y, por supuesto, ahora los pocos que quedaban vivos en la Brigada, formaban parte del entramado de confortabilidad que siempre le rodeaba. Por eso mismo, la traición de su propio padre le dolía tanto, aunque disimulaba muy bien ante los demás.

Su madre le protegió tanto como pudo, aún siendo superada por los sentimientos negativos que habían crecido en el corazón de su padre, quien había comenzado a odiar también a su esposa tan solo por la devoción que le tenía a su propio hijo. Pero ahora, etnimai Rowenna estaba a salvo, amparada por el poder y el amor de Paris, quien la consideraba la mujer más importante del mundo para él.

—Etnimai Rowenna, ¿qué va a pasar con esa venganza de Ángela? –la pregunta de Mochi sacó a Paris de sus pensamientos.

La hija de la asunamata se mantenía con la cuchara llena de sopa, detenida en completo equilibrio bajo su barbilla, y miraba a la líder del Clan, esperando su respuesta.

—Posible venganza –rectificó la dama Rowenna. –La investigación de los humanos aún es confusa. Ha muerto asesinada mucha gente en ese camping y aún están confirmando identidades. Nuestros informantes dentro del Ministerio y en el propio equipo de investigación han confirmado que los humanos reconocen positivamente que se ha hervido gente dentro del jacuzzi y después han quemado, de alguna forma, casi totalmente los restos dentro del agua. El ADN que queda está muy contaminado y mezclado como para confirmar las identidades. Los testigos aseguran que, aquella noche, los líderes espirituales de la congregación…

— ¡Ppffff! Congregación… –masculló Astranicus tras escupir la sopa de la boca de nuevo al plato. — ¿Quién ha utilizado esa palabra?

—Así es como se identificaron para firmar el contrato de alquiler con la dirección del camping, mi buen Astranicus –contestó Paris. –Una congregación de seminaristas.

—Como iba diciendo, solo los líderes estaban utilizando el jacuzzi aquella noche. Por lo visto, había cierta cantidad de chicas ligeras de ropa con ellos –continuó, inmutable, la etnimai.

—El caso es que no hay pruebas fehacientes que esas personas hayan muerto allí, por lo que no se puede culpar a nadie de sus muertes. Además, las pruebas que están encontrando parecen demostrar algún tipo de atentado con más de una veintena de garrafas de gasolina ocultas. Ángela, si es ella la causante de todo esto, ha sido muy lista. Nadie, ni siquiera el Padre puede acusarla de algo certero –terció maestro Rodela.

—Por lo que acabarán culpando de la acción a algún grupo de humanos terroristas de los que tanto pululan –sentenció Paris, volcando su plato para apurar la sopa.

—Así que Ángela le ha hecho un último favor al Clan, ¿no? –resumió Mochi.

—Así es –asintió Rowenna.

— ¿Y dónde está ahora?

—No lo sabemos –respondió Paris a la pregunta de Mochi. –El chip implantado ha dejado de emitir, así que he enviado gente a indagar. Su fasim tampoco aparece, sus conocidos no saben dónde puede estar y no ha dejado pista alguna en su apartamento. Ni siquiera se ha llevado ropa…

—Ángela empezaba a estar harta de las…contradicciones –Mochi eligió la palabra con cuidado –que se han estado sucediendo en el Clan.

— ¿Podría haber huido lejos con su fasim, alejándose de cualquier Clan? –sugirió el anciano maestro. –Hay que tener en cuenta que se ha criado sola, sin supervisión adecuada, ni ningún tipo de guía de conducta. Podría haberse sentido algo… constreñida por nuestras reglas.

—Puede que tengas razón, maestro Rodela. Ya pude ver como las órdenes no le hacían ninguna gracia durante su entrenamiento –dijo Paris desde detrás de la servilleta con la que se limpiaba la boca.

— ¿Y qué vamos a hacer en consecuencia? –preguntó Astranicus, con una sonrisa enigmática.

—Nada –respondió etnimai Rowenna, mirando a su hijo. –No haremos nada. Ángela se ha ganado el derecho de ser libre si así lo quiere, ¿o acaso alguien piensa que no es así? No la buscaremos y, de esa forma, no tendremos que mentirle al Padre si se interesa por ella. Solo nos queda esperar que sea ella la que se pongan en contacto con nosotros o con otro Clan, solicitando ayuda o recursos y, en ese caso, la ayudaremos con gusto.

Astranicus levantó su servilleta y la agitó brevemente, como si fuera una bandera blanca.

—El Clan le está muy agradecido, Astranicus. Descubrió la traición y al traidor. Se enfrentó ella sola a amenazas que nos habían superado y las venció. Y, ahora, ha vengado a los caídos sacrificando su puesto en el Clan, seguramente –enumeró el Comandante Araña. De repente, se puso en pie levantando su copa de vino, lo que acalló a todos los presentes. — ¡Por Ángela, nuestra guardiana a la que apodo a partir de hoy Pyrix, la Llama Eterna!

Los comensales se pusieron en pie como un solo individuo, las copas alzadas.

— ¡Por Pyrix, la Llama Eterna! –corearon con fuerza y todo el mundo bebió por ella.

Mientras bebía de su copa, Mochi pensó en como se había cumplido parte de la visión de su madre. Ángela había estado en Aínsa y había organizado aquel fuego que había exterminado los grandes enemigos de la Casta, pero ella no había podido estar a su lado. Miró a los demás comensales y llegó a la conclusión que, quizás, Ángela había elegido lo mejor para ella.

* * * * * * * * * * * * *

5 de julio de 2014.

Los dos cuerpos desnudos rodaban por la gran cama con dosel, sin importarle el calor de la noche estival. Se besaban con ardor, se regodeaban en mirarse mutuamente a la débil luz de las lamparitas de sendas mesitas de noche. Varios insectos revoloteaban alrededor de las pantallas en silencio.

— ¿Te gustan estos roces? –susurró Mochi, antes de lamer la punta de la nariz de Cristian, el cual estaba debajo de ella.

—Oh, sí… sí…

El gemido coincidió con cierta esgrima que Mochi estaba realizando, haciendo coincidir su propio miembro con el del chico, ambos tan erectos y duros como auténticas espadas. Mochi se alzó más sobre las palmas de sus manos, lanzando su pelvis a frotarse obscenamente con el otro pene, generando una dulce fricción que Cristian tuvo que detener al poco.

—Si sigues así, no voy a aguantar, Mochi –la advirtió.

—No quiero que te corras todavía, guapo. Descansemos unos segundos… Ahora, dime… ¿qué piensas de mí? –estaba claro para los dos que la pregunta se refería a su doble sexo.

—Que eres la mujer perfecta, mi dulce Mochi. Tienes la hermosura de una mujer, la capacidad de ser madre, y puedo decir, sin faltarte al respeto, que sueles pensar con la polla en cuestión de sexo –susurró Cristian, mirándola fijamente.

—Adulador –ella le besó apasionadamente de nuevo, retomando la lid amorosa.

Ella descendió su mano, uniendo los dos penes y abarcándolos con los dedos para masturbarlos conjuntamente, de forma muy delicada.

—Me encanta lo que me haces –gimió de nuevo el chico. –Tienes mucha experiencia…

—Sssshhh… calla, que me desconcentras, cariño… ¿Quieres que te la meta yo… o tú a mí?

—Primero yo… después podrás hacerme lo que quieras cuando ya me haya corrido… –repuso él, cogiendo su pene para conducirlo a la anhelante vulva.

—Eso… es… ufff… pura lógica machista –barbotó ella, a la par que el pene de su chico se abría camino en su interior.

— ¿Eso quiere decir que soy el macho en esta relación?

—Chistoso –murmuró ella, empezando a cabalgarle con lentitud. –Ahora cállate y fóllame duro…

Cristian rodó con la chica, colocándose encima en una cómoda posición de misionero que le permitió penetrarla más profundamente y moverse sobre ella de la forma que a Mochi le gustaba, con fuerza y ardor. No era el momento de pensar en ello, pero la hermafrodita no pudo alejar la idea de quedarse embarazada de Cristian. Le había dicho que tomaba la píldora, pero era mentira. Los anticonceptivos humanos no funcionaban en los adanitas y menos en una asunamata. Sabía que el chico no era el mejor padre posible para tener descendencia. Era un humano sin ningún don que heredar y si eso ocurría su madre le iba a echar una bronca, pero un tremendo morbo se apoderaba de ella cuando esa posibilidad se asomaba a su mente. Tener un hijo humano… sería la caña…

Todo eso desapareció de su mente, embargada por el placer que le producía la urgente penetración. Reconoció la tensión en la espalda de Cristian e, instintivamente, bajó su mano, apoderándose del miembro de su chico justo en el momento en que comenzaba a correrse. La sacudió con fuerza y pericia, salpicando semen sobre todo su cuerpo e incluso su rostro, mientras su amante se retorcía y gemía sobre ella.

Mochi le abrazó y le acarició la nuca delicadamente mientras el chico se recuperaba.

—Ha sido glorioso –murmuró él, besándola en el cuello con dulzura. –Te quiero…

—Y yo a ti, yogurín –le respondió ella con una sonrisa. Quizás era demasiado pronto para decir esas palabras, pero era lo que sentía en aquel momento.

Apenas llevaban saliendo una semana, pero había sido muy intensa, sobre todo tras descubrirle que era una hermafrodita. No le habló de su madre, por supuesto, ni de la Casta, ni nada que perjudicara al Clan, pero le hizo entender, de cierta manera, que su doble sexo provenía de una anomalía genética familiar, y él lo aceptó con toda ingenuidad y candor. No había que ser un lince para comprender que Cristian estaba coladito por ella y Mochi, en su fuero interno, se juró que estaría todo el tiempo que pudiera con ese humano que había convertido en su primer amante en serio.

—A ver ese culito, cariño –le dijo ella suavemente, girándole para tener acceso a sus nalgas.

—Suave, eh… que soy muy delicado –bromeó él, pero ella sabía que temía un poco que le sodomizaran.

Le tumbó de bruces y se ocupó de lubricar bien es esfínter con su especial saliva, la cual resultaba ser más adecuada que el mejor lubricante del mercado. Cuando hubo dilatado el músculo con la ayuda de sus dedos, se subió cobre su chico, colocando el glande contra el obstáculo de carne con toda la ternura que fue capaz. Cristan rebulló bajo ella cuando empezó a empujar. Tenía el rostro girado de lado sobre el colchón y estaba tan guapo con los ojos cerrados y un tenue rictus de dolor, con aquellas largas pestañas que sombreaban sus párpados a la difusa luz de la lámpara.

El pene de Mochi, a aquella altura de su vida, era pequeño y sensible aún. No le costó demasiado trabajo enfundarlo totalmente, ni causó verdadero dolor a su amante. Dentro de unos años, crecería al igual que cambiaría su cuerpo, adoptando rasgos de asunamata. Su madre, la Dama Amnu, poseía un pene considerablemente enorme cuando lo desplegaba en toda su gloria, pero uno de sus dones podía influir sobre ese tamaño, dependiendo de la capacidad de sus amantes.

Se inclinó sobre Cristian hasta alcanzar su boca y lamió sus labios. El joven respondió, girando el cuello lo que pudo para presentar más superficie labial. Suavemente, Mochi comenzó a moverse en el interior de su chico. Él levantó sus caderas para que ella pudiera hundirse más y le amó solo por eso.

“Un hombre solo puede entregarse completamente a una mujer que pueda también penetrarle.”, le dijo su madre en una ocasión y era totalmente cierto.

Mochi se siguió moviendo con lentitud en el ano masculino, como si frotase todo su cuerpo contra la piel del hombre a la misma vez. Cristian gemía debido a la mano de su chica que le atormentaba los genitales al mismo tiempo. Varios minutos más tarde, Mochi le susurró al oído:

—Estoy lista, cariño.

—Entonces… dame caña…

Con un tirón, Mochi le alzó las caderas a su chico, colocándole de rodillas, la mejilla contra la ropa de cama. Incrementó su empuje sin llegar a ser duro ni frenético. El pene de la asunamata no servía para dar ese tipo de castigo, pero pronto estuvo jadeando, el oscuro pelo pegado a su rostro por el sudor, y sus níveos dientes mordiendo el labio inferior. Cualquier mirón hubiera dicho que aquel era un espectáculo de primera por la entrega de los actores. Mochi no quiso sacar su miembro del recto de Cristian para correrse. Lo hizo en su cálido interior con largueza, derrumbándose finalmente sobre su espalda. Los dos yacieron, uno encima del otro, hasta que Cristian se quejó.

—Pesas demasiado para lo delgada que estás –le dijo.

—Tengo los huesos pesados –gruñó ella, la mejilla doblada contra la espalda masculina, y no era ninguna mentira.

Rodó hacia un lado, con la respiración agitada, quedando con los brazos y las piernas abiertos, desmadejados. Cristian aprovechó el momento de pausa para levantarse y meterse en el cuarto de baño. Mochi escuchó el ruido del chorro de orina y después el agua del bidet correr. ¡Qué aseado era su chico!

Cristian regresó y sacó un paquete de cigarrillos que Mochi tenía en la mesita. Encendió uno, le dio un par de caladas y se lo pasó a su chica, tumbándose a su lado. Mochi solamente fumaba un par de pitillos tras un buen rato de sexo. Un vicio como otro cualquiera.

—Ayer llevé todas las pertenencias de Ginger y Ángela al guardamuebles que tiene alquilado mi tío. He dejado su apartamento limpio. ¿Estás segura que no volverán? Sería un marrón…

—No van a volver, Cristian. No sé a dónde se han ido pero ambas parecían dispuestas a desaparecer cuando hablé con ellas –esa era la excusa que tenía para su chico.

—Es que es muy extraño. Se dejaron mucha ropa y, en el caso de Ginger, muchos recuerdos y cosas de valor sentimental. Es como si hubieran salido a escape.

—Sí, han escapado de todo –asintió Mochi, dando una buena calada y pasando el pitillo.

—Una lástima, me caían genial.

—Y a mí –suspiró ella. –Tenía unas vecinas geniales. A ver qué es lo que me toca ahora…

 

FIN?

 

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