JANIS MULLIGAN

 

Los hermanos de Aínsa

15 de junio de 2014.

Mirella despertó sobresaltada. Miró el reloj despertador de su mesita y comprobó que apenas eran las dos y catorce minutos de la madrugada. Había echado el primer sueño profundo de la noche, pero algo la había despertado. Con el corazón en vilo, paseó su mirada por la penumbra que reinaba en su alcoba, traspasada por algunos destellos de la iluminación urbana. Había una sombra desacostumbrada contra su tocador. El espejo no reflejaba más que oscuridad, pero a Mirella le parecía que había alguien sentado en el butacón. Reprimiendo un grito, alargó la mano y pulsó el interruptor de la lamparita y el sobresalto la hizo hacerse un ovillo contra el cabecero de la cama.

—Buenas noches, Mirella –la saludó suavemente Ángela, acariciando el cabello de una de las muñecas de la catalana que tenía sobre sus rodillas.

Estaba sentada en el butacón, con las piernas cruzadas, sin molestarse en esconder las braguitas que su corta falda dejaba al descubierto. El pie de la pierna que mantenía encima, se mecía lentamente, y la sandalia rosa colgaba del dedo gordo, balanceándose indolentemente al mismo ritmo.

— ¿Qué haces… aquí? –Mirella tuvo que tragar saliva para poder hablar.

—Ya sabes… no llamas… no escribes… –Ángela dejó la muñeca sobre el tocador y se colocó la sandalia bien, antes de ponerse en pie.

—No… no puedes estar aquí… mis padres…

—Tus padres… tus padres… tú y yo hemos estado retozando sobre esa cama, sin preocuparnos por tus padres… ¡No me jodas, Mirella! ¿Qué te pasa conmigo? –explotó Ángela, soltando las palabras entre siseos.

Mirella se apretó tanto contra el cabecero que estuvo a punto de hacerle un agujero al muro. Sus ojos se agrandaron al ver a ver como la rubia se acercaba a su cama.

—Ya veo –Ángela se detuvo en seco y su rostro se puso triste. –Me tienes miedo ahora… Ginger y Mochi ya me dijeron que tuvieron que contarte algo sobre mí tras el ataque de la playa.

—Sí…

— ¡Soy la misma chica que siempre!

—No eres una chica –esta vez el tono no sonó asustado, sino decidido. –No eres humana… eres… eres una cosa… una cosa que bebe sangre de los humanos…

—Nunca me he alimentado de ti o ante tus ojos.

— ¡Pero te he visto lanzar fuego con tus manos! ¡Y saltar tan alto que parecía que estabas volando!

—Puedo comprender que haya sido una experiencia traumática –repuso Ángela, sentándose a los pies de la cama de Mirella. –Pero, dime, si esa noche hubiera desplegado unas alas ¿hubieras pensado que era un ángel? No hice más que salvarte de unos locos…

Mirella se encogió de hombros. El caso es que entendía el punto de vista de Ángela, pero no se trataba de comprender o de aceptar, de una forma más o menos lógica, un hecho que transgredía los parámetros naturales, sino que la invadía una repulsa a nivel celular que la llevaba a rechazar la presencia de Ángela con todo su ser. Ni siquiera se preguntaba si tenía algo que ver con descubrir que su adorado David también era otro monstruo. El desengaño le roía las entrañas y no tenía con quien pagarlo más que con Ángela. Sentía nauseas tan solo por tenerla sentada en su cama, y estaba deseando que se marchara para cambiar las sábanas. Era como una respuesta biológica que trataba de negar la propia existencia de un ser sobrenatural. La repugnancia le cerró la garganta y tuvo que tragar de nuevo saliva.

—No eres humana –negó con la cabeza, mientras se abrazaba las rodillas. –No puedes tocarme… no puedes entrar en mi casa sin mi permiso…

—No soy una criatura de leyenda, Mirella. Esto no es The Vampire Diaries. No necesito permiso para entrar en una casa, no huyo ante cruces, ni agua bendita. Bebo algunos mililitros de sangre cada pocos días para recargar mis dones.

—El sol te mata. Yo lo vi, tuvimos que enterrarte en colchonetas para que no ardieras –la increpó.

—Sí, tienes razón, el sol es mi debilidad, pero también para los albinos, coño. Lo único que me hace diferente a ti son unas hebras en la espiral del ADN.

—Eso es para los mutantes, que he leído los X-Men, gilipollas –barbotó Mirella. –Tú eres una criatura de… ¿cómo lo llamó Mochi? La Casta, eso es… perteneces a la Casta…

Ángela suspiró y se puso en pie, los ojos húmedos. Miró en silencio a Mirella.

—Entonces, ¿así es como va a ser? –preguntó.

Mirella asintió varias veces, muy rápido, solo quería que Ángela desapareciera.

—Está bien. He venido a disculparme por haberte puesto en peligro. También te agradezco que me salvaras, pero si no puedes verme más allá de un monstruo, me marcharé. Podría subyugarte ahora mismo, sin esfuerzo, y no recordarías nunca nada de todo esto, pero prefiero que me recuerdes, aunque sea con miedo. Ah, una cosa… yo que tú, no contaría nada de lo que has visto; nadie te creería y podrías acabar en una institución mental, Mirella. No es broma, la Casta está por todas partes, y muchos de sus miembros salen despreocupadamente bajo el sol…

Mirella, temblando de ansiedad, apagó la lamparita y metió la cabeza bajo la sábana para no verla salir por la ventana. Ángela saltó al vacío, dejando que la velocidad de la caída se llevara las lágrimas. Mirella había sido una buena amiga y un vínculo con el recuerdo de David. Le dolía que su relación terminara tan mal, pero Ángela sabía que tenía que ser fuerte en ese aspecto, su vida abarcaría mucho más que la de un ser humano, incluso más que la de varios humanos juntos. Siempre tendría que dejar relaciones atrás, de una forma u otra.

* * * * * * * * * * *

18 de junio de 2014.

Ángela se detuvo ante la fachada de cuatro plantas del hotel Dos Ríos. El aparcamiento estaba lleno de coches, así que la vampira supuso que sería un sitio decente para dormir. Todo estaba en silencio. Eran las cinco y media de la mañana. Un cartel pegado en el tablón de anuncios de la puerta principal llamó su atención: Vª Semana de jornadas de reflexión y seminarios, del 22 al 28 de junio. Lugar: sala capitular del castillo.

“¡Eso huele a Sociedad Van Helsing!”

Se dirigió a Recepción donde había un hombre de mediana edad, muy activo para la hora que era. Le sonrió amablemente y le dio la bienvenida. Ángela pidió una habitación en que no le diera demasiada luz del sol, ya que dormía hasta muy tarde por un desajuste de sueño que estaba padeciendo. Muy comprensivo, el conserje le ofreció una habitación pequeña que daba a un patio de luces central, que se pasaba todo el día en sombras. A ella le pareció perfecto y escuchó al conserje suspirar. Sin duda, no sería una de las mejores habitaciones, pero a Ángela le venía bien.

La habitación era mejor de lo que creía, solo que no tenía vistas. ¡Para lo que le servían a ella las vistas! Se echó en la cama, faltaba poco para que amaneciera. Repasó la estrafalaria ruta que había seguido para llegar a la comarca de Sobrarbe. Después de todo, había tenido mucha suerte ya que Domingo fue quien la puso en contacto con un primo suyo que hacía ruta hacia Huesca por el interior, transportando muebles desde una manufactura de Olot a un almacén asociado.

—Siempre me está hablando de los maravillosos paisajes que tiene el embalse de Mediano y, que yo sepa, eso está al lado de Aínsa –le dijo, mientras cenaba con ella y Ginger en el comedor de su apartamento.

Así que dicho y hecho. Domingo llamó a su primo y confirmó que tenía que salir en un par de días con esa misma ruta. Ángela se despidió de su chica, que se quedó trémula y llorosa, aun cuando la rubia le prometió que solo iba a echar un vistazo, y tomó un autobús hacia Olot.

El primo de Domingo, de nombre Federico pero apodado Freddy, era un tipo cuarentón, con un torso de oso y un vientre a juego. Llevaba siempre gorra de béisbol –tenía una extensa colección en la taquilla del trabajo –y era, ante todo, un charlatán. Al menos, Ángela estuvo distraída cuando tomaron la N-260 y recorrieron la vieja nacional bordeando las estribaciones de los Pirineos. Se pusieron en camino después de cenar, ya que Freddy, como muchos camioneros, gustaba salir de noche –lo que le venía de perlas de nuestra vampiresa –y estuvieron en carretera las dos primeras horas, hasta que el primo de Domingo se detuvo a orinar y tomar café. No intentó propasarse ni una sola vez, ya que dejó caer, en un par de ocasiones, que ella era una amiga de su primo y eso se respetaba. Tras otro par de horas, cruzaron el puente sobre el río Cinca que conducía al pueblo de Aínsa.

Tras despedirse del camionero con un par de besos, Ángela quedó a solas en el dormido pueblecito de apenas dos mil trescientos habitantes. Ya había buscado el lugar en Internet antes de ponerse en camino. El pueblo formaba una cuña bañada por dos ríos que se unían en su vértice, el Cinca al este, el Ara al oeste, y, una vez unidos desembocaban en el embalse de Mediano. La zona era propensa a torrentes y cursos de agua que provenían de las montañas y que engrosaban ambos ríos.

Se quedó dormida cuando el sol comenzó a pintar de oro las crestas de las montañas colindantes.

A la noche siguiente, se enfundó unos ajustados vaqueros piratas y una camiseta de manga sisa con la efigie de Thor, dios del Trueno, y salió a recorrer el pueblo. Pronto tuvo visto todo lo que le interesaba. El castillo solo se podía visitar de día, así que ni siquiera se acercó a él. Cenó en un coqueto restaurante en la plaza del castillo y después se sentó en la Plaza Mayor, donde se tomó un helado. Finalmente, a la hora apropiada, entró en un pub que ya había visto antes, llamado L’Abrevadero. Se trataba de un local con carisma, donde la piedra y la madera se mezclaban para acoger risas, charlas y desafíos con dardos. Le gustó que no tuviera más visión desde el exterior salvo los cristales de la puerta de entrada. No había una sola ventana en la planta baja del caserón hecho de piedras rusticas.

La media en la edad de la clientela estaba sobre la treintena y Ángela enseguida sacó partido a los clientes. No solo la invitaron sino que compartieron con ella chismes sobre el pueblo y los numerosos visitantes, ahora que empezaba la temporada alta. Un tal Xontu, un extravagante roquero cuarentón que se creía lo mejor que podía ofrecer la comarca, le habló del camping Peña Montañesa que se encontraba a dos kilómetros del pueblo hacia el norte, a la orilla del río Forcaz. Lo habían remodelado hace poco y estaba teniendo bastante éxito en la comarca. Xontu solía tocar allí con su banda una vez cada quince días. Entonces, sin esperarlo, el tipo de la frente calva y la melena en la nuca le sopló que iría a tocar más noches a la semana siguiente, ya que el camping al completo había sido reservado para un montón de seminaristas que venían de todas partes del mundo. Ya habían estado otros años haciendo sus “jornadas de reflexión” como las llamaban, la verdad es que no eran otra cosa más que pura juerga privada, pero, esta vez, venían muchos más y habían reservado el amplio camping.

— Jornadas de reflexión, eh –sonrió ella al brindar su copa de gin tonic con la cerveza negra de él y, con una súbita inspiración, le preguntó: — ¿Y no sabrás, por casualidad, si tendrán necesidad de más personal en el camping con tanto aluvión de seminaristas?

—Pues no lo sé, pero puedo presentarte a alguien que trabaja allí.

—Eso sería perfecto, Xontu. ¿Tienes que llamarlo?

— ¡Qué va! Le estoy viendo desde aquí jugando a los dardos –se rió el roquero, golpeándose el muslo.

Ángela se giró. Un chico joven, de unos veinticinco años, se burlaba de la chica que estaba lanzando el proyectil en aquel momento. Ella era algo más joven que él, pero con poca diferencia. Ángela apostó que eran hermanos, dado el parecido. Xontu la tomó del brazo y la llevó junto a los jugadores.

—Roberto, esta chica ha llegado nueva a Aínsa. Está buscando trabajo. Se llama Ángela –la presentó Xontu.

–Encantado, Ángela –contestó el chico llamado Roberto, dándole dos besos. –Ella es mi hermana Ana Luisa.

Ángela se giró hacia la chica y le sonrió, ofreciéndole la mejilla que la otra besó rápidamente.

—Os parecéis mucho –comentó la vampiresa. — ¿Sois mellizos?

—No, que va. Roberto es tres años mayor que yo –explicó Ana Luisa.

Xontu empezó a hablar y bromear con la hermana y Ángela trató de meter en conversación a Roberto.

— Me he enterado que tendréis el camping al completo en la semana del veintidós.

—Sí. Lo han reservado los seminaristas. Ya lo hicieron hace dos años, pero este año van a venir muchos más.

—Seminaristas… yo creía que eso se hacía en colegios católicos y monasterios –Ángela hizo una mueca.

—Bueno, puede ser, pero esto es más como una introducción a lo que vayan a hacer en el seminario. Al menos eso es lo que dicen.

—Entonces será una semana de mucho curro, ¿no?

—Sí. Mi hermana se ocupa del supermercado del camping y echa una mano como camarera para las cenas. Yo estoy de manitas para todo lo que haga falta en reparaciones, lo mismo cambio una bombilla que arreglo el tejado de un bungalow. Puede que haga falta personal en la cocina…

—Es que yo soy más de vivir la noche, ¿sabes?

—Pues de noche como no sea para algún show, no hay mucho –dijo Roberto, encogiéndose de hombros.

—Bueno, qué se le va a hacer… oye, lo que sí me gustaría es ver el sitio. Me han hablado muy bien del camping.

—Sí, se ha invertido un buen dinero en él. Los bungalows son preciosos, todo en pino rojo tratado para la intemperie y han metido nuevos Mobilhome para cuatro personas y, además, hay terminada una nueva zona de setos altos que han estado mimando los jardineros.

—Vaya, tiene buena pinta –reconoció Ángela.

—Sí que la tiene. Los dueños cuidan mucho el entorno –dijo Ana Luisa, metiéndose en la conversación. Xontu parecía haber desaparecido.

— ¿Dónde se ha metido el “peluo”? –preguntó la vampiresa con una sonrisa.

—Decía que era muy tarde y que se tenía que ir a casa –contestó la hermana.

— ¿Qué pasa? ¿Aún le zurra su madre?

—No, más bien su esposa –criticó Roberto.

— ¿En serio? El capullo me dijo que estaba más solo que la una –Ángela puso los brazos en jarra.

—Para que te fíes de los tíos. Yo solo lo hago de mi hermano, ya ves.

—Y que lo digas, Ana Luisa, la familia es lo único fiable y, aún así, se sacan los ojos con las herencias –Ángela compuso una mueca graciosa al decir lo último que hizo reír a los dos hermanos.

—Llámame Analú. Todo el mundo lo hace.

—Bien, Analú es más bonito. Le estaba diciendo a tu hermano que me gustaría mucho ver el campus, pero…

—Pásate cuando quieras y pregunta por nosotros. Te haremos un tour –la cortó Analú, invitándola de buen grado.

—Veréis, tengo un problema de salud, por eso te he dicho antes que era nocturna –le recordó a Roberto. –Padezco un… digamos un desarreglo hormonal que me vuelve muy susceptiva al sol… no lo paso nada bien de día, así que lo utilizó para dormir.

— ¿Por eso estás tan pálida? –preguntó muy bajito Analú.

—Ahí le has dado –contestó Ángela de la misma manera.

— ¿Es doloroso? –se interesó Roberto.

—No, gracias a Sat… a los santos, pero me produce irritación en la piel, me escuecen los ojos y hasta me dio una vez narcolepsia, que por lo mismo tampoco conduzco. Es más una lata que doloroso…

—Vaya, cuánto lo siento. Creo que leí un artículo sobre ese tipo de desarreglo –comentó Roberto, tratando de quedar bien.

—Déjate de rollos, Roberto, tú lo más que has leído es el Marca los domingos –le soltó la pulla Analú. – ¡Vamos! Esta noche no tenemos nada qué hacer y mañana por la mañana tampoco. ¡Es el momento perfecto!

— ¿De verás? –Ángela adoptó la mirada más inocente de su repertorio.

— ¡Claro que sí! Mi hermana tiene razón. Esta noche es un momento tan bueno como cualquiera. Tengo el coche en la Calle de Abajo.

— ¡Literalmente! –se rió su hermana.

— ¡No jodas! –exclamó Ángela.

—La calle paralela a esta se ha llamado siempre así desde la Edad Media, y así se ha quedado… Calle de Abajo –explicó Roberto.

El coche era un Renault Clio con un montón de polvo encima y unos pocos de años también.

—No ha llovido mucho últimamente, eh –bromeó Ángela, pasando un dedo por los cristales.

—Mi hermano jamás lava el coche, solo lo hago yo cuando tengo tiempo y ganas –aclaró Analú, dándole un sopapo a su hermano en la nuca.

— ¿Es que anda menos si está sucio? –preguntó él con sorna, subiéndose al volante.

Su hermana lo hizo a su lado y Ángela tuvo todo el asiento trasero para ella sola, por lo que se sentó en medio para seguir hablando con los hermanos. Roberto le dio la vuelta al pueblo para tomar la avenida Pirenaica que subía hacia el norte de aquella pequeña península triangular, y al cruzar el río Forcaz, giró a la derecha por una estrecha carretera secundaria no muy bien asfaltada. Durante el camino, Ángela ahondó más en las conversaciones íntimas, contando parte de la suya, mezcla de verdad y mentira, como era habitual en ella. Eso le valió para que Analú le confesara el reciente desengaño amoroso que había vivido con un chico de Arro, una población cercana.

—El desgraciado tenía dos novias –comentó Roberto.

—Ahora entiendo eso de que solo te fías de tu hermano. Tiene que ser un capullo a la fuerza ese tío porque tú eres muy guapa, Analú.

—Gracias –los sensibles ojos de Ángela pudieron captar en la penumbra del coche la rojez que asaltó las mejillas de Analú

Ángela pensó que no estaba diciendo ninguna mentira. Los dos hermanos eran atractivos a su manera. Roberto tenía un cuerpo flexible y trabajado y su mentón y su boca eran muy atrayentes. Su hermana tenía unos ojos más bonitos y rasgados y la nariz respingona. El pelo moreno sobre los hombros demostraba ser rebelde, quizás por eso el chico lo llevara rapado muy corto. Analú tenía una figura más rellenita y usaba ropa ancha, seguramente para disimular algunos kilos de más, pero estaba de buen ver, se dijo la rubia.

No tenía ni idea de lo que estaba haciendo; estaba tocando de oído completamente, pero su instinto no le solía fallar. Estaba tirando anzuelos y no le importaba quien de los dos lo mordiera. Su meta era poder hacerse una idea del sitio en el que iban a descansar los cultistas y desarrollar algún plan. Como siempre, aún no sabía qué era lo que quería llevar a cabo, pero de una cosa estaba segura y era que iba a vengar a David, costara lo que costase. Y por eso mismo acompañaba a los hermanos.

Dejaron el coche fuera del camping, en un pequeño aparcamiento reservado para los empleados y atravesaron la alambrada por una puerta de servicio cercana al restaurante. El local estaba cerrado, pues eran más de la una de la mañana. Todo estaba en silencio por lo que los tres hablaban en murmullos. La piscina era enorme y había otra pequeña para los niños.

—Es más larga que una olímpica –comentó Roberto, tan orgulloso de ella como si la hubiera construido él.

Cercana al espacioso restaurante, se abría una amplia terraza en un lateral de la piscina, llena de mesas y sillas de recio plástico que indicaban la presencia del bar. La llevaron hasta las instalaciones que se encontraban bajo techo, compuestas por una pequeña piscina cubierta y un grandioso jacuzzi. Así mismo, Analú le mostró el supermercado desde fuera, el cual sorprendió a Ángela por sus amplias dimensiones, y luego descendieron camino abajo para mostrarle las zonas de acampada, las parcelas para caravanas y los bungalows. Para ello, Roberto se agenció una linterna que se guardaba en una especie de caja de emergencia sujeta a un poste.

—Hay unas pocas de estas repartidas por todo el camping. Se supone que deben servir para uso de los clientes, pero el personal las utiliza más que ellos –dijo, palmeando la sólida caja hermética.

Finalmente, Ángela se hizo una idea bastante precisa de la disposición del camping, que formaba casi un rectángulo de más de quinientos metros de largo, por unos sesenta o setenta de ancho.

— ¿Cuáles crees tú que son los más… lujosos? –le preguntó a Analú cuando visitaron la zona de los bungalows.

—Los de la zona alta, seguro.

— ¿Esos que están más cerca de la instalación del jacuzzi?

—Claro. Por eso son los más caros.

—Supongo que los responsables de los seminaristas se quedaran con ellos –comentó Ángela.

—Eso es lo que han hecho desde que vienen a este camping –dijo Roberto.

— ¿Y traen mujeres con ellos? –la socarrona pregunta hizo que los hermanos se mirasen.

—No deberían pero los tíos que están a cargo se traen chicas –admitió Roberto.

—Son putas de la capital. Van a por ellas un par de veces mientras están aquí.

—Pero los demás vienen solos… solo tíos –indicó el hermano.

—Vaya manojo de pollas…

Analú bufó, tapándose la boca para no soltar la carcajada. Su hermano se quedó sorprendido por el comentario de Ángela.

—Bueno, me parece todo muy bonito, pero no vamos a acabar la noche así, ¿no? –preguntó Ángela, dando unas suaves palmas, como si quisiera arrancarlos a bailar.

— ¿Y qué vamos a hacer aquí a estas horas de la madrugada? –abrió las manos Analú con impotencia.

—Siempre se puede hacer algo… vamos, pensad…

—Yo tengo una botella de ron escondida –musitó Roberto como si eso fuera un pecado.

—No nos dejan beber, Roberto, ¿por qué la tienes? –le instó su hermana.

—Bueno, en invierno viene bien un buchecito de vez en cuando –se disculpó él.

— ¡Chachi, me gusta el ron! –exclamó Ángela.

—Pero… ¿dónde vamos a meternos para beberlo? –Analú parecía nerviosa.

—El establo –sugirió su hermano con una gran sonrisa.

— ¿El establo? ¿Hay caballos? –se sorprendió Ángela, ya que no había olido más tufo animal que unos cuantos perros.

—Antes había, pero los acabaron quitando. Demasiados gastos. Pero el establo sigue ahí y lo han convertido en una zona de juego infantil para el invierno, a cubierto –explicó Analú.

—Una buena idea –alabó Ángela, al par que los tomaba de las manos a los dos y tiraba de ellos. –Vamos al establo, hermanitos…

El establo estaba al final de un prado en el que habían sembrado arbolitos nuevos y setos. El prado no se usaba aún demasiado por la escasez de sombras, por el momento, y no había ninguna tienda allí montada. Roberto las dejó para ir a buscar la botella y Analú no soltó la mano de Ángela hasta que no llegaron ante el alto edificio de madera.

El gran postigo de madera chirrió un tanto al empujarlo. Una solitaria luz de indicación revelaba los grandes bultos de varios columpios neumáticos empaquetados y adosados contra una de las paredes. Ahora, en verano, los niños tenían otros sitios donde jugar.

—Vamos arriba –indicó Analú, poniéndole la mano en el hombro para conducirla hasta una escalera de mano que llevaba al pajar. –Ahí arriba podremos encender una luz sin que se vea desde fuera.

Ángela subió con agilidad y ligereza, siendo sumamente envidiada por su nueva amiga. Arriba no había rastro de paja alguna, pero sí delgadas colchonetas enrolladas y tiendas de campaña empaquetadas. Era un buen sitio para que estuvieran aisladas de la humedad. Mientras Analú giraba un fluorescente hasta conectarlo, situado en uno de los ángulos del tejado, Ángela, tomando impulso, se lanzó en plancha, aterrizando sobre un mullido colchón de rollos de plástico.

— ¡Vamos! –retó a Analú, quien, con una risita, la imitó.

Ángela rodó hasta quedar a su lado y apoyó la mano en el costado de la chica, casi con timidez. Se miraron a los ojos.

—Creo que te vendría bien reírte un poco más, Analú –musitó muy cerca de su mejilla.

—No tengo muchas cosas por las que reír últimamente. Tampoco tengo amigas como tú, así de divertidas y un poco locas…

—Pues búscalas. No malgastes toda tu energía en buscar novio, joder… busca amigas. Te aseguro que puedes hacer las mismas cosas con las amigas que con un novio y, seguramente, mucho más tiernas y seguras…

Analú parpadeó al querer descifrar lo que Ángela se refería. Tragó saliva al sentir el aliento de Ángela sobre su nariz.

— ¿Qué quieres decir? –susurró la morena.

—Deja que te lo enseñe…

El beso no pasó de ser el suave aleteo de una mariposa sobre los gordezuelos labios de Analú, pero aún así la dejó con la respiración agitada.

—Eso ha sido menos que un piquito, preciosa… veamos si lo haces mejor…

Ángela pasó una mano sobre el vientre de la chica y la atrajo para besarla con más pasión. En unos segundos, deslizó su lengua entre los cálidos labios de Analú, produciéndole una suave sensación desconocida. Sonrió mentalmente al notar como la lengua de su nueva amiga empezaba a responder. Minuto y medio más tarde, se separaron, Analú jadeando como si hubiera hecho los cuatrocientos metros libres.

—Nunca… había besado a una mujer –confesó, las mejillas arreboladas.

— ¿Te ha parecido algo malo?

Analú negó con la cabeza, sin apartar sus ojos de las encandiladoras pupilas celestes de Ángela.

—Tus ojos son preciosos…

—Solo veo tus labios en estos momento –sonrió Ángela.

— ¿Sí? –Analú adelantó los suyos para ser besada de nuevo.

—Parece que le vas tomando el tranquillo…

— ¿Dónde estáis? Venga, ayudadme…

La voz de Roberto rompió el hechizo y su hermana se sonrojó horriblemente, intentando ponerse de pie a toda prisa.

—Estamos aquí. ¿Dónde te habías metido tú? –le recriminó Ángela, asomándose a la pequeña empalizada de madera que hacía las veces de barandilla.

—He traído vasos, hielo, un par de colas… ¡y nachos! –mostró las bolsas de plástico que traía en la mano.

—Tu hermano sí que sabe complacer a una mujer, ¿no crees?

Analú sonrió tímidamente mientras intentaba serenarse. Ángela se descolgó como un mono escalera abajo y tomó una de las bolsas. Subió enseguida de nuevo, dejando al chico alucinado.

— ¡Eh, esto es perfecto! –reconoció Roberto, al ver dónde se habían instalado las chicas. Rebuscó un par de viejas tablas en un rincón y formó una superficie sólida donde poner los vasos sobre las colchonetas enrolladas. Ananlú abrió la bolsa de nachos. Ángela se ocupó de poner hielo en los vasos y de escanciar un chorreón de ron en cada uno.

— ¿Quién quiere cola con esto?

Los hermanos pidieron, pero Ángela prefería el ron solo, a palo seco. Ella y Analú estaban sentadas juntas y Roberto al otro lado de las tablas.

—Este es un buen sitio para traer a los ligues –reconoció Ángela. — ¿Ya lo has utilizado, Roberto?

—No, no suelo pillar mucho en el camping.

— ¿Y eso? ¡Tienes un cuerpo de bombero, hombre! ¿No ha habido ninguna que se haya interesado?

Él negó con la cabeza.

—Las chicas que suelen venir al camping llevan otro rollo. No se enrollan con paletos de montaña –dijo.

—No eres ningún paleto, Roberto –le susurró su hermana.

— ¿Y tampoco ha habido ninguna jovencita enfurruñada por haber sido obligada por sus padres a venir con ellos a un camping? Esas son las mejores, tiernas, ingenuas, y vírgenes –la sonrisa pícara de Ángela le hizo sonreír.

—Tampoco.

— ¡Macho! ¡Eso es que no te sabes vender! Si yo fuera tú, me habría salido un callo en la punta del pito de tanto follar. ¡Esto es un terreno abonado!

La imprecación de Ángela hizo sonreír, esta vez, a Analú.

—No creo que sea tanto como dices –dijo la hermana, llevándose el vaso a los labios.

— ¿No? Veamos, repasemos los tipos de mujeres que vienen a un camping de esta naturaleza… porque, todo hay que decirlo, pero esto es muy diferente a uno que esté al lado de la playa. Tenemos a la clásica Maruja que viene todos los años con su marido, ya sin hijos… No, es demasiado mayor para ponerle los cuernos, no vale –enumeró con un dedo la rubia. –Luego tenemos a la sufrida madre de mediana edad con un par de críos malcriados que viene a ver si descansa del gilipollas del marido y de sus criaturas, pero al final descubre que sigue teniendo el mismo trabajo que en casa y se queda desencantada… Esa es de las buenas, Roberto, ¡esa quiere follar y no pensar en nada más! En cuanto le sueltes un par de piropos bien colocados, te está llevando al huerto, bueno, en ese caso al establo…

Analú soltó una carcajada al ver la cara de su hermano.

— ¡No me digas que eso te ha pasado, Roberto! –exclamó. El hermano enrojeció y bebió para no contestar.

—Luego, como antes he mencionado, está la niñata de quince o dieciséis años que se hubiera querido quedar en Madrid para disfrutar del verano con sus amigas putonas, pero que el padre ha traído a rastras. Seguramente, ha pillado un rebote que le hace morder a sus hermanos más pequeños cuando se le acercan. Esa está loca por humillar a su padre en su mente, y entrará por el aro en el momento que la mires tres veces y ella se de cuenta que atrae a un macho.

—A mi hermanito le gustan algo más hechas –bromeó Ananlú.

—Bueno, tenemos más clases de mujeres. ¿Qué me dices de esos grupos de amigos que vienen a hacer descenso de barrancos y raffte o como se llame esa cosa de la zodiac? Chicas casi en la treintena, aburridas de ser secretarias, administrativas contables o dependientas, y que quieren sentir un poco de adrenalina. Muchas de ellas vienen con sus novios, claro está, y no es plan de ir rompiendo parejas, pero casi siempre la novia trae a una amiga con ella, como de carabina, y esa suele venir sola, ¿a que si?

Roberto sonrió y asintió. Analú se pegó un poco más al cuerpo de Ángela y le apoyó el codo en el hombro, como si fueran viejas amigas.

—Y esa amiga… ah, esa amiga… –continuó Ángela, chasqueando los dedos –suele ser un compendio de obsesiones y malas experiencias personales. Alguna que otra es la clásica amiga gordita que no se come un rosco; otras han venido para superar una mala ruptura y buscan apoyarse en su amiga, que, por cierto, solo piensa en machacar a su noviete ahora que están fuera de la ciudad y no le hacen demasiado caso. Hay algunas otras que no soportan tanta melaza a su alrededor. Sus amigas tienen novio, su hermana tiene novio, incluso su madre tiene novio… y ella no. ¡Todas ellas quieren venganza, fijo! ¡Todas quieren un tío pero no un problema! Y ahí estás tú, Roberto, el paleto buenorro que no va irse de la lengua porque vive aquí, donde Dios perdió las sandalias. ¿Captas? ¿Sigo presentando más casos?

—No, por Dios –se rió Roberto, alzando las manos. –¿Es que fuiste chico en tu anterior encarnación?

—No, más bien sexólogo –dijo muy seria Ángela, antes de apurar su vaso.

— ¿Cuántos años tienes, Ángela? –le preguntó Analú bajando su mano del hombro a la espalda de la rubia.

— ¿Cuántos crees tú? –replicó la vampira, girando el cuello y mirándola a los ojos.

—No sé… me engañas. Al principio creí que eras joven, apenas en los dieciocho, pero ahora, más de cerca… lo dudo. Hablas con experiencia sobre cosas que cuesta años aprender y tus ojos parecen haber contemplado mucho.

—Eres una persona observadora, Analú –le sonrió Ángela. –Por eso te voy a dejar ponerme la edad que a ti te parezca mejor… la que te interese que tenga…

Roberto frunció el ceño al observar el lenguaje corporal de las chicas. Su hermana miraba embelesada los ojos de la rubia y sus dedos aleteaban acariciando cualquier parte cercana de su cuerpo. En cuanto a Ángela, enviaba ciertas señales que le confundían. Si estuviera hablando con él, habría pensado que flirteaba descaradamente, pero se dirigía a su hermana… No podía ser. Sin embargo, algo había sucedido en algún momento que parecía haber generado una confianza entre ellas en la que él no estaba incluido.

—Creo que elegiré los diecinueve… te sientan bien.

—Pues sean diecinueve –Ángela se inclinó y la besó voluptuosamente en la mejilla. Analú tuvo la misma sensación que si la besara en la boca y enrojeció de nuevo. — ¿Por qué te sientas tan lejos de nosotras, Roberto?

La pregunta le pilló por sorpresa y casi se atragantó con su cubalibre.

—No estoy lejos… solo frente a vosotras. No sé, creía que era uno de esos rollos chicas con chicas –se excusó.

— ¿En plan torti? –Ángela arqueó una de sus bellas cejas.

— ¡No! No, nada de eso, más bien en plan de confidencias… pensé que os habíais sentado juntas para charlar de vuestras cosas… no sé… no me hagas mucho caso. Recuerda que soy el paleto aquí –sonrió.

—Ven aquí, tonto –Ángela palmeó la colchoneta enrollada de su lado. — ¿Tú que piensas, Analú?

—Que está muy lejos de nosotras –respondió con una sonrisa que su hermano no le había visto nunca. Era como si la presencia de Ángela hiciera surgir de Analú facetas que llevaba toda su vida ocultando.

— ¡Venga! ¡Vamos a llenar las copas y a brindar por habernos conocido! ¡Qué coño! –exclamó Ángela, alzando la voz.

— ¡Chissssss! Baja la voz –la reprendió Roberto, sentándose a su lado. Analú se rió tontamente.

El nivel de la botella no tardó en quedar a la cuarta parte y los hermanos tenían los ojos vivaces y las mejillas arreboladas. Ángela, por su parte, fingía su estado alcohólico; tenía que beber mucho más que eso para sentirse un poco afectada. Sin embargo, se dejaba manosear inocentemente por ambos costados, unas vez con cosquillas, otras con suaves empujones, y hasta cayeron un par de besos en sus mejillas en la hora siguiente.

En un momento dado, se giró para mirar a Analú y le dijo, muy seria:

—Perdóname, princesa, pero hay algo que tengo qué hacer. Lleva toda la noche tentándome…

Entonces, se giró hacia el otro lado y se inclinó rápidamente hasta aplastar los labios de Roberto con los suyos. El chaval no se quedó quieto y respondió inmediatamente con su lengua. Algo cortada por la sorpresa, Analú se quedó mirando aquellos labios y no se le ocurrió apartar la mirada. Al contrario, sintió un pinchazo de envidia en su interior.

—Buenos labios –musitó Ángela, apartándose y chasqueando los suyos. –Me gustaría comprobar si es una cualidad genética…

Entonces, se giró de nuevo hacia Analú y la besó profundamente, sorprendiendo, esta vez, a ambos hermanos. Por un breve momento, la hermana luchó contra la vergüenza de ser besada por otra mujer delante de su hermano, pero acabó ganando la inquietante sensación de recibir aquella lengua en su interior, y subió su mano hasta la nuca de Ángela para incrementar la presión.

—Pues sí, decididamente es una cualidad familiar –opinó la rubia, al terminar el beso.

—P-pero… –balbuceó el sorprendido Roberto.

— ¿Qué? –lo atajó Ángela.

—Eso digo yo… ¿Qué? –le encaró su hermana por el lateral.

—No sé… creo que me habéis pillado con la guardia baja –se echó atrás el chico rápidamente. –No sabía que te gustaran las chicas, Analú.

—Yo tampoco –sonrió ella.

Los tres se rieron y decidieron vaciar la botella en una nueva ronda.

—Sería estupendo que trabajaras aquí –dijo Roberto, alzando su vaso.

—Lo que sería estupendo es que se quedara todo el verano –repuso su hermana.

—Bueno, no adelantemos acontecimientos… hoy sigue siendo hoy –brindó la vampira.

—Va a ser una faena –musitó Analú.

— ¿A qué te refieres? –preguntó Ángela.

—A que has despertado en mí la curiosidad por tocar una chica y por aquí no abundan las oportunidades.

—Bueno, es algo a lo que habrá que poner remedio mientras se pueda, ¿no? –dijo la vampiresa, apurando su vaso de un trago.

— ¿Qué… es lo que vas a… hacer? –balbuceó Analú, mirando cómo la rubia se inclinaba sobre ella.

—Lo que estás esperando, solo eso –Ángela la tumbó sobre las colchonetas, quedando ella encima.

—Pero… mi hermano está…

—Sssshhh… déjale que mire… así no se aburrirá –y le selló la boca con sus labios.

Roberto se quedó en silencio, pegándole pequeños sorbos a su ron cola, y mirando muy atentamente como aquella preciosa rubia descarada le comía la boca en profundidad a su hermana. Las chicas rodaron sobre las mullidas colchonetas intercambiando un par de veces los puestos. Cuando Analú quedó encima, Ángela deslizó su mano por debajo de la ancha camiseta de la chica, pellizcándole la parte inferior de uno de sus senos. La chica respingó pero no apartó la boca. Con sus dedos, Ángela reconoció unos pechos grandes y pesados, muy agradables al tacto. Bajo el sujetador, el pezón que estaba siendo estimulado se puso como una piedra y la rubia lo alternó con el otro. Analú gimió en su boca.

Su hermano no era ajeno a todos esos movimientos y notaba como su pene se erguía dentro de sus pantalones. Intentaba decirse que era su hermana la que estaba allí, que lo único que sentía era curiosidad por lo que las chicas estaban haciendo, pero su miembro estaba cada vez más duro, más de lo que nunca había estado, creía. Incómodo, se agitó e intentó hacer sitio a su pene en el interior de su ropa interior. Carraspeó sin proponérselo.

Ángela sonrió para sí misma y rodó de nuevo hasta recuperar el puesto superior, mientras le daba una serie de besitos rápidos y cortos a los labios de su amiga. Se alzó un tanto para contemplarla.

— ¿Le dejamos unirse? –preguntó en un susurro. Analú, toda roja y jadeante, le sonrió, asintiendo levemente. –Ven aquí, machote… necesito un par de manos sobre mí…

Roberto no se lo pensó dos veces, una invitación como esa no caía de los cielos todos los días. Ni siquiera le importó que su hermana estuviera tan cerca, él no pensaba tocarla. Se iba dedicar totalmente a Ángela, al menos era sincero en esa intención. Se hincó de rodillas al lado de las chicas y, aprovechando que la vampiresa estaba de rodillas y erecta, le tomó el rostro con sus manos para besarla muy suave, pero insistentemente.

“Intercambian lengua y fluidos con bastante pasión.”, pensó Analú mientras les miraba desde abajo. Admiró la técnica de su hermano, superior a la suya sin duda. Tenía más experiencia que ella, reconoció. Como los minutos iban pasando y parecían haberla olvidado a un lado, empezó a mosquearse, a tener envidia más bien, y no supo decidir si envidiaba la lengua de Ángela o la de su hermano. Sabía que Roberto era un chico atractivo y simpático, pero nunca había tenido una fantasía con él. Había leído que eran habituales tener cierto pensamientos eróticos entre hermanos, pero ella no lo había… ¡Mentira!, le gritó una voz de su interior. Había soñado con Roberto, más de una vez, y había despertado con la braguita y el pantalón del pijama humedecidos. Lo había apartado de su memoria porque había sentido mucha vergüenza.

En ese momento en que estaba debatiendo consigo misma, la mano de Ángela la tomó de la muñeca. Condujo su mano hasta tocar el vientre de Roberto, depositándola allí pero no la soltó. Mientras Ángela se seguía besando, instó a la hermana a pasar la mano por el estómago y pecho de Roberto.

“¡Dios, qué duro está! Parece esculpido…”, pasó por su mente, y se mordió el labio inferior, culpándose de ese pensamiento. Como una forma de compensar ese sentimiento, llevó su otra mano al vientre de Ángela, que onduló a su contacto. Acarició a placer, comprobando lo firme que estaba también y la considerable calidez que desprendía. Era como si tuviera fiebre. Cuando quiso acordar, estaba magreando tanto a la rubia como a su hermano, con idéntico placer.

Por su parte, Ángela lidiaba con las manos de los dos hermanos sobre su cuerpo. Roberto había dejado de sostenerle el rostro y estaba ocupado apretando nalgas y pecho como un infante hambriento. La vampiresa se estaba poniendo en órbita rápidamente y acabó dejándose caer, arrastrando con ella al chico. Los dos hermanos quedaron uno al lado del otro, hombro contra hombro, y ella encima de ambos. Se pasó a besar a la olvidada Analú, que la recibió con inmensa alegría, pero mantuvo una mano acariciando el pecho masculino.

Roberto miraba aquellas lenguas fusionarse desde una perspectiva mucho más cercana ahora. Se habría lanzado a cazar apéndices con el suyo si hubiera sido otra chica, pero no se atrevía siendo su hermana, aunque las ganas le estaban devorando. Descubrir la bisexualidad, o lo que fuera aquello, de Analú, le había mostrado una faceta realmente sensual de su hermana, una especie de brillo que la volvía mucho más bella e interesante a sus ojos, y su moral estaba luchando contra eso. Al menos lo hizo hasta que la mano que acariciaba su pecho subió hasta su barbilla y atrajo su boca hasta unirse a las de ellas. Todo se convirtió en un torbellino de emociones incontroladas, de esfuerzo maxilar, de salivas incontenidas y anheladas. Ángela abrazaba a los dos hermanos y, lentamente, fue retirándose para observarles besarse golosamente. Sonrió al ver la bella escena incestuosa. El mérito era de ella, la que los había conducido pacientemente a ese desenlace, solo por capricho. Pudiera haberse marchado tras explorar el camping, pero se sentía juguetona.

Dejando los hermanos atareados en explorarse bucalmente el uno al otro, Ángela se deslizó hacia abajo, desabotonando tanto el pantalón de uno como el del otro. Ninguno protestó, quizás ni se habían dado cuenta siquiera del gesto, pensó divertida. A continuación, Roberto sí notó perfectamente como una suave mano le acariciaba el miembro y lo sacaba del slip. Ángela echó un vistazo al miembro, era de tamaño medio y algo doblado a la derecha. El glande asomaba a la mitad, ya humedecido. El chico entreabrió los ojos e intentó adivinar si su hermana se había dado cuenta que tenía el pene fuera, pero Analú seguía besándole con los ojos cerrados.

Gimió levemente cuando Ángela enfundó su glande entre sus labios, formando un cálido y exasperante estuche. Un dedo juguetón se deslizó por su escroto y perineo, volviéndole medio loco de deseo. Era algo que no le habían hecho nunca. Ángela envolvía la base del pene de Roberto con dos dedos de su mano derecha, haciendo una especie de remedo del signo O.K., mientras que su mano izquierda estaba atareada en introducirse bajo la braga de algodón blanco de Analú. Esta no quería abrir los ojos por miedo a ver la expresión de su hermano si comprendía que estaba gozando como una burra de aquellos dedos que se afanaban en su entrepierna. Agitaba la cadera lentamente para no producir un movimiento que pudiera hacerse notar cada vez que aquel dedo sabio despuntaba su clítoris. En respuesta, estaba a punto de tragarse la lengua de Roberto de tanto succionar. Sin duda, Ángela le estaría haciendo algo también a su hermano, allí abajo, porque no dejaba de gemir con un cachorro.

Entonces, la mano de la rubia volvió a tomar la suya, aquella que estaba acariciando el suave cabello de Ángela, y la bajó lentamente hasta obligarla a asir algo cálido y duro. Analú abrió los ojos instintivamente, al intuir qué era lo que estaba empuñando. Se encontró con la mirada de su hermano prendida a la suya. Tenía la boca entreabierta y una expresión irracional de deseo. En aquel momento, Analú estuvo segura que él sabía que la mano que empuñaba su pene era la de su hermana y, vista su expresión, era muy feliz por ello. Esa certeza la calmó y la ayudó para dar el siguiente paso: masturbar lentamente aquel príapo que el destino le había ofrecido.

Ángela se maravilló de lo rápidamente que Analú había cedido a la tentación. Había dejado de jugar oralmente con el pene de Roberto para apartarse unos centímetros y contemplar su logro, bajo la fría luz del fluorescente. La hermana movía su mano suavemente, apretando diestramente con sus dedos la base del glande en forma de pequeña seta. A medida que iba tomando pericia, los dedos iban cubriendo más superficie del prepucio hasta llegar a formar un cálido capuchón de carne al final de cada movimiento.

Roberto había dejado de besar a su hermana y gemía, la nariz apuntando hacia el tejado. En cuanto Ángela le había sacado el pantalón completamente, tirando de las perneras, había abierto sus piernas para mayor comodidad de Analú. Esta había arrimado su boca al cuello de Roberto, recorriéndolo con pequeños besos y húmedos lengüetazos. Ángela hizo lo mismo con el pantalón corto de Analú e hizo recorrer a la braguita el mismo camino.

Ángela tuvo que rectificar la primera impresión que tuvo de Analú. La ropa la hacía parecer más fornida de lo que era, sin duda había perdido peso durante el invierno y aún no se había comprado ropa nueva, se dijo la vampira. Analú se abrió de piernas al quedar desnuda de cintura para abajo y mostró un escaso vello púbico bien recortado en forma de V. Su vagina estaba muy húmeda y exudaba un aroma muy atrayente para Ángela, que acabó inclinándose sobre aquel manjar deseado. Abrió la vulva con dos dedos y aplicó su endiablada lengua, la cual hizo botar literalmente a la joven a los pocos segundos.

Roberto, forzando la postura, podía ver la cabeza rubia atareada sobre la entrepierna de su hermana, y esta casi retorciéndose a cada pasada de lengua. Había dejado de mimar el cuello de su hermano, incapaz de mantener la coordinación. Sin embargo, seguía aferrada al manubrio de Roberto con cierta desesperación. Ahora, su manipulación se limitaba a apretar el glande con pequeños espasmos que apenas controlaba mientras que su otra mano se aferraba al cabello rubio de su amable torturadora.

Sabía que se iba a correr, que iba a estallar en un grandioso orgasmo del que llevaba careciendo más de una semana, pero, por otra parte, no quería alcanzarlo ya que eso significaría que todo aquel sueño acabaría. La punta de la lengua de Ángela se insinuó sobre su esfínter y esa fue la gota que colmó el vaso. Su mano, la que tironeaba del rubio cabello, empujó aún más y contrajo la pelvis una, dos, hasta tres veces mientras emitía grititos que estuvieron a punto de hacer derramarse a su hermano.

Ángela se irguió, deslizándose sobre el cuerpo de su amiga, hasta alcanzar su cuello. Depositó varios besos, subió hasta los labios donde dejó un par de ellos, y se desvió hacia su oreja, metiéndole la lengua y haciéndola reír. Analú era feliz en aquel momento.

—Te has corrido como una campeona, ¿verdad? –susurró Ángela en su oído, el rostro oculto por el cabello de Analú.

—Ssííí –siseó la chica de la montaña.

—Y, ahora, te vas a follar a tu hermanito, so guarra –Analú se envaró al escuchar aquellas palabras. Ahora que estaba un poco más calmada, volvían a asomar los miedos y prejuicios.

—Ángela, yo… –intentó excusarse, pero la vampiresa lo tenía muy claro.

—Tienes la polla de tu hermano aún en la mano, no la has soltado en ningún momento… ¿no crees que tienes que dejarte de remilgos? El pobre está a punto de reventar, no le podemos dejar así…

—Hazlo tú, por favor… –a su lado, Roberto estaba callado, escuchando atentamente lo que Ángela vertía en la mente de su hermana.

—No, debes de ser tú. Habéis descubierto algo que teníais enterrado muy profundamente, algo que os hacía buscaros el uno al otro. Lo habéis disfrazado con mil excusas, pero, al final, sabes de qué se trata, ¿verdad? Tú deseas a tu hermano y él te desea a ti, esa es la puta realidad. ¿Vas a renegar de eso, cariño?

Analú giró el cuello y miró a su hermano durante unos segundos, entonces, lentamente, alargó la mano que tenía libre, ya que la otra seguía asida al falo fraternal, y acarició la mejilla de Roberto, antes de acercar sus labios y besarle dulcemente en la boca.

—Vamos, valiente –la animó Ángela. –Es solo un primer paso, después, lo demás viene solo.

Analú se levantó sobre sus rodillas y pasó una pierna por encima de su hermano, cabalgándole. Inmediatamente, la vampiresa se acercó a ellos, introduciendo su mano entre los dos cuerpos y apoyó el enhiesto pene sobre la hambrienta y cada vez más chorreante vagina. Los hermanos apenas eran conscientes de su presencia. Se miraban a los ojos y habían unido sus manos, en un apretón de amantes. Analú se dejó caer lentamente, respaldada por la firme mano de la rubia, empalándose tan lentamente como pudo, dispuesta a sentir la presión que el pene de su hermano generaba en sus entrañas.

—Oh, Dios… Roberto… que bueno –exhaló ella con un jadeo.

Él no contestó pero movió la pelvis para llegar más profundo. Ángela se apartó, ya no pintaba nada allí. Los había unido tan certeramente como un sacerdote une a una pareja en santo matrimonio. Se retiró un par de metros y se despojó de la ropa que aún llevaba puesta. Se arrellanó cómodamente sobre un par de colchonetas y utilizó el sólido petate de una tienda de campaña como respaldo. Se abrió de piernas y mojó con saliva el dedo corazón y el anular, llevándolos a su ávida vulva.

Frente a ella, Analú cabalgaba a su hermano con fiereza mientras él, manos alzadas, pellizcaba con acierto los gruesos pezones de ella y lo alternaba con el manoseo de los rotundos pechos. Los amantes incestuosos cambiaron varias veces de posición, para alegría de la vampiresa, la cual acabó alcanzando el clímax mediante sus dedos hasta en tres maravillosas ocasiones. Y, aunque le ofrecieron la posibilidad de yacer con ellos, no quiso entrometerse en el puro sentimiento que había nacido aquella noche entre los dos hermanos.

Afuera, el camping Peña Montañesa seguía dormido, a la espera de acontecimientos.

CONTINUARÁ…

Un comentario sobre “Ángel de la noche (32)

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