JANIS MULLIGAN

 

Descubriendo al traidor

No habían pasado ni cuatro horas desde que Ángela despertó encadenada a la extraña bancada, pero a ella, esas pocas horas le parecieron días. Es lo que tenía ser torturada y drogada a la misma vez, el paso del tiempo se volvía subjetivo. Bajar aquella estrecha y empinada escalera significaba alejarse de una pesadilla y por eso mismo fue la primera en hacerlo, seguido muy de cerca por aquella criatura que parecía un niño. Ángela sabía que no era ningún niño, por supuesto. ¡Tenía largos pelos en el mentón y en el bigote! Pero le había caído simpático al entregarle el chándal que le había conseguido. El problema es que estaba acompañado de ratas y cucarachas y eso le daba cierta grima. Ser una vampira no tenía nada que ver con lo que escribió Bram Stocker; según él, Drácula se codeaba con las ratas y demás alimañas de Londres. ¡Qué tontería!, se dijo a medida que experimentaba un repelo de asco.

La escalera bajó y bajó, adentrándose en el subsuelo de la ciudad, por debajo del sistema de alcantarillado incluso. Detrás de ella, escuchaba a los demás ayudando a aquel centauro a no resbalar sobre los estrechos peldaños metálicos y a girar en los apretados recodos de las mesetas. Mochi le sonrió a su rubia amiga en una de las ocasiones en que miró hacia atrás y eso infundió a Ángela calor y confianza. En ese momento, echaba mucho de menos a Ginger.

Al llegar al final de la escalera, Ángela se adelantó un tanto, extendiendo sus sentidos por si captaba al obispo, pero no tuvo suerte más allá de confirmar que había pasado por allí hacía poco tiempo. Así que no le quedaba otra más que seguir su pista y encontrar la salida, estuviera donde estuviese.

A la vuelta del siguiente recodo, se encontró ante una puerta pequeña de carcomida madera, instalada en el centro de una pared de ladrillos medio desmoronados. Ángela la abrió y entró. Una bombilla desnuda encendida colgaba del bajo techo, el mismo tipo de bombilla que habían ido encontrando por el camino, de floja intensidad. Seguramente el Obispo había atravesado esa habitación en dirección al túnel abierto que continuaba al otro extremo.

—Esto es un cubil de descanso –dijo Ángela a los demás, tras examinar el par de camastros del rincón, que sin duda habían acogido más de una camada de ratas entre las roídas mantas.

— ¿Qué es un cubil de descanso? –preguntó Darius, olisqueando el cajón de un aparador lleno de polvo.

—Se construyeron para que descansaran los obreros que trabajaban construyendo la línea de metro. A veces, estaban demasiado lejos de la salida como para ir y volver antes de que su turno empezara de nuevo. Esto parece que data de los años 50, al menos. Viví casi un año en una de estos cubiles, en Madrid.

—Eso significa que tiene que haber un túnel secundario que desemboque en una línea de metro activa –dijo Cuero Viejo.

—Exacto, por ahí ha debido escaparse ese puto fanático –rezongo Ángela, señalando el oscuro hueco.

—No podemos salir por una estación de metro llevando a Romeo y Matuna. Seríamos portada de los diarios del día siguiente –agitó las manos Zarud.

—Pues no podemos quedarnos aquí. Pronto habrá un montón de polis registrando todo esto –dijo Mochi, cruzándose de brazos.

—Mis chicas dicen que hay otra salida –tuvo que repetir Darius, ya que la primera vez nadie le hizo caso.

— ¿Tus chicas? –preguntó Ángela.

—Las cucarachas. Hay una pared, un poco más adelante, en el túnel, que se comunica con lo que creo que es un garaje construido hace poco.

—Echemos un vistazo.

Todo el mundo siguió a Darius, el cual, a su vez, seguía una larga hilera de rubias cucarachas que se pegaban a la pared para que no las pisaran por descuido. Las ratas habían desaparecido al bajar la escalera metálica, dispuestas a explorar un territorio nuevo.

—Es aquí –dijo Darius, deteniéndose ante una bajera de ladrillos desprendida. –Ellas pasan por una grieta que hay en el muro de detrás.

—O sea, que hay otro muro detrás de los ladrillos del túnel –gruñó Cuero Viejo.

— ¿Puedes hacer algo, Dos Caras? –preguntó con serenidad Zarud.

—Creo que sí. Retroceded todos, esto picará si os salpica –advirtió, adelantándose a todo el grupo.

Se sacó la sudadera y dejó a la vista su otra cabeza, cuyo rostro sobresalía a la altura de su diafragma. A Ángela le recordó una de esas aplanadas caras pétreas que se ven en algunos caños, dejando salir el agua por sus bocas. Solo que lo que expulsaba esa cara no era agua, sino varios tipos de corrosivos ácidos que generaba el estómago que compartían.

El rostro encastrado en la carne pareció tomar aire y su boca sin dientes se abrió exageradamente. Un grueso chorro salió despedido con cierta presión, salpicando sobre los ladrillos primero, y luego, colándose entre ellos, hacia el muro oculto. Un vapor sulfuroso empezó a llenar el estrecho túnel, obligando al grupo a retroceder hasta llegar de nuevo al cubil. A Dos Caras no pareció afectarle ese vapor, y siguió vomitando ácido a intervalos casi regulares. Quince minutos más tarde, les llamó. Necesitaba alguien fuerte para golpear la pared. Bola de Barro se ofreció.

—Casi todo el ácido se ha diluido pero puede que quede aún algo –advirtió el bicéfalo.

—No importa, puedo perder un poco de barro sin problemas –le tranquilizó su compañero.

Bola de Barro trabajó rápido y eficaz. Sus grandes manos se aplastaban sobre los ladrillos, perdiendo su forma y colándose en los resquicios para crear más presión cuando traqueteó la vieja pared, adelante y atrás con fuerza. Parte del muro de ladrillos se vino abajo, liberando también mucha tierra, pero un soplo de aire fresco les acarició los rostros a través de unas grietas en el hormigón que había detrás, mucho más moderno, evidentemente.

—El garaje o sótano que haya detrás está situado más alto que este túnel. Vamos a salir a través de su suelo –dijo Bola de Barro. –Pero hay que seguir cavando a través de esas grietas.

—Tengo una idea –Cuero Viejo sacó un par de granadas de su cinturón y las unió con una brida que le pasó Darius, –Necesito meterlas en un agujero. ¿Quién me hace el favor?

Mochi utilizó uno de sus machetes para excavar un agujero suficiente para introducir las granadas. Cuero Viejo los hizo retroceder y tras encajarlas bien, tiró de la anilla. Ni siquiera corrió a refugiarse con los demás; se alejó andando, casi despreocupado mientras que, a su espalda, el muro estallaba, arrojando cascotes y polvo al túnel.

— ¿Ha funcionado? –preguntó Mochi desde atrás.

—Tendremos que aupar a Romeo para que pase por ahí, pero yo diría que sí –dijo Cuero, asomándose.

—Pues démonos prisa –los arengó Zarud. –Hay un horario que cumplir.

— ¿Un horario? –preguntó Ángela con extrañeza, pero no le contestó, atareado en ayudar a Romeo a escalar sobre las piedras sueltas.

En efecto, era un garaje que debía estar en los bajos de un bloque de pisos. Por fortuna, no habían dañado a ningún vehículo porque la explosión había liberado los escombros hacia abajo. El agujero quedó muy pegado a la pared de carga. Siendo el primero en trepar, Darius exploró todo el sitio en el tiempo en que los demás consiguieron pasar sus cuerpos. Cerca de la puerta, se topó con varios interruptores que accionó. Uno de ellos abría la puerta elevadora del garaje, otras encendían diversos fluorescentes en aquel gran sótano con capacidad para una veintena de coches.

—Podemos abrir la puerta sin problemas desde el interior –informó el Casta pequeñito.

—Bien. Llamaré para que vengan a recogernos –dijo Zarud, sacando su móvil.

Ángela alzó sus manos, llamando la atención de todos.

—No hemos tenido tiempo de nada desde que hemos salido de la sede de la Sociedad, pero ahora quiero daros las gracias a todos por habernos salvado, a mí y a Basilisco –se giró hacia Matuna que seguía llevándole como a un bebé. Basilisco estaba roncando, extenuado por lo que había vivido. –Habéis arriesgado vuestra vida para salvarme, sin conocerme de nada… gracias de todo corazón.

Ángela se inclinó lentamente y realizó el saludo Casta en honor a sus acompañantes y ellos se lo devolvieron. Mochi dio un paso y la abrazó, emocionada.

—No podía dejarte allí –le dijo. –Así que llamé a mi hermano para que me echara una mano. Él fue quien trajo a todos los demás. Bueno, Cuero se apuntó de inmediato, ya sabes.

— ¿Qué es ese chaleco raro que lleva?

—Me ha dicho que es lo que queda de un Seal que le perseguía. Ahora parece ser que dispone de sus conocimientos y habilidades cuando se lo pone, amén de que es un perfecto chaleco antibalas.

— ¡Buuuaaag! –Ángela imitó el gesto de vomitar y Mochi se rió.

—Te presento a mi hermano Zarud –Mochi la empujó hacia el adanita que se guardaba el móvil en ese momento. –Es quien custodia a mi madre. Tengo otros cincuenta y tres hermanos repartidos por el mundo, pero es con él con quien mejor me llevo. Hemos pasado mucho tiempo viviendo juntos.

— ¿Cincuenta y tres hermanos? –la sorpresa de Ángela era enorme.

—Hemos sido muchos más pero, lamentablemente, no vivimos tanto como nuestra madre –sonrió Zarud.

—Madre ha parido cientos de hijos a lo largo de su más de mil quinientos años de vida. Cada uno de ellos ha tenido su cometido para con ella –explicó Mochi.

—Tengo que ponerme al día sobre los diferentes tipos de adanitas ahora que hemos recuperado a Basilisco –sonrió Ángela, tendiéndole la mano a Zarud.

—Es un placer conocer a un Guerrero de tu renombre –le dijo el hermano de Mochi al apretar su mano.

—Bueno, no sé si de renombre, pero seguro que me voy a poner de un “porculera” que te cagas con todo esto.

—Sobre eso quería hablarte –Zarud levantó un dedo. A su lado, su hermana levantó una ceja. – He pedido un furgón grande en el que cabrán todos ellos y un coche para nosotros tres.

Ángela no entendía la distinción y así se lo hizo saber.

—Mi hermana, tú y yo vamos a las instalaciones de El Prat, donde nos espera un helicóptero que nos llevara a la Casa Madre esta misma noche. Creo que tienes información sensible que transmitir.

— ¡Ya lo creo! Pero antes necesito un teléfono para hablar con Ginger.

—Toma el mío –le tendió el suyo Mochi.

Ángela se apoyó en uno de los coches mientras la llamada se establecía. Ginger lo cogió al primer timbrazo, nombrando a la asunamata.

—Cariño, soy yo –la cortó Ángela.

— ¡Ángela! ¿Te han sacado de ese sitio? –la alegría burbujeaba en la voz de la tailandesa.

—Sí, claro que sí. Mochi y su hermano me han salvado.

— ¡Oh, que feliz estoy! ¿Cuándo vienes?

—Ginger, escúchame con atención –Ángela sintió ponerse seria, pero el tiempo apremiaba. – Ahora voy a tomar un helicóptero hacia la Casa Madre. Hay mucho de lo que informar y no puedo dejarlo…

—Comprendo. Es cuestión de honor.

—Mira debajo de mi colchón, Ginger. Encontraras unos papeles y un montón de dinero. Mételo todo en una maleta, añade algo de ropa para ti, y sal del piso. ¡Vete de ahí!

— ¿Qué pasa?

—Le hemos dado una paliza a esos cabrones, pero puede que vengan de otras partes buscando esos papeles. Tienes que irte y esconderte en algún sitio, y rápido, cariño. Yo regresaré en un par de días y te buscaré.

—Está bien, me pongo a ello enseguida. Cuídate. Te quiero, Ángela.

—Y yo a ti, tonta –correspondió con dulzura.

Devolvió el teléfono a Mochi, comentándole lo que le había dicho a Ginger.

—Sí, no es seguro por ahora –estuvo de acuerdo Mochi.

— ¡Está despertando! –anunció Darius, refiriéndose a Basilisco.

Todos los presentes habían pasado por las manos del Ojeador en algún momento de su vida, así que estaban preocupados por él. Descalzo y apoyando el culo en un coche, Basilisco encendió un cigarrillo que le pasó Dos Caras. Se le veía cansado y cabizbajo, quizás deprimido.

— ¿Cómo estás? –le preguntó Ángela, apoyándose a su lado.

—Cabreado, avergonzado, humillado… asustado… –empezó con fuerza para irse apagando. –Les he contado muchas cosas, Ángela, demasiadas. Creo que han muerto muchos por mi culpa, o eso me dijo el hijo de puta ese de Salomón.

—No ha sido tu culpa. Yo tampoco he podido resistirme a esa droga que tienen y eso que he estado solamente cuatro horas en su poder. Tú has estado semanas…

—Pero soy un Ojeador, entreno Castas… debería haber aguantado más…

—Ya no podemos hacer nada… es pasado, pero sí podemos machacar a esos fanáticos de una vez por todas. Tenemos los medios y la oportunidad.

— ¿A qué te refieres?

—Tengo la lista de todos los peces godos de su logia, así como de sus bienes inmuebles. El Clan o la B.A.E. pueden ocuparse de ejecutar a unos e incendiar otros, ¿no?

—Cortar la cabeza de la hidra… –murmuró Basilisco, con los ojos brillantes. — ¿Se puede saber dónde has conseguido tú ese listado?

—Descubrí su Archivo Mayor y me colé dentro –sonrió ella.

—Parece que me he perdido muchas cosas mientras estaba prisionero…

—Ya te las contaré. A todo esto, quería preguntarte por lo que sabes sobre la asunamata –aprovechó Ángela la oportunidad.

— ¿La madre de Mochi? Bueno, no he tratado directamente con ella, pero me interesé por ella en su momento. Es muy sensitiva, capaz de leer auras y captar emociones en la gente. Algunos piensan que puede leer las mentes a un nivel muy básico. Tiene un ejército de hijos para protegerla y ya ha tenido a su hija, por lo que ha llegado al final de su ciclo fértil. A partir de ahora, tendrá que buscarse otros colaboradores porque sus hijos irán muriendo, uno detrás de otro, por ley natural, pero ella seguirá lozana y viva algunos siglos más. Los dones maternos empezaran a Despertar en Mochi dentro de una o dos décadas, más o menos, y poco a poco, reemplazará a su madre. Es un ciclo, ¿sabes? Son las hembras más longevas que quedan sobre la Tierra, un linaje más antiguo que las pirámides.

–Sí, algo de eso había escuchado.

— ¿Por qué te interesa el tema?

—Digamos que Mochi vino a avisarme de que su madre había tenido una visión en la que yo estaba armando jaleo, junto a su hija.

Basilisco se quedó mirándola con la boca abierta, los ojos desorbitados.

— ¿La asunamata ha soñado contigo? –balbuceó.

—No creo que la palabra sea soñar. Ella dijo una visión.

— ¿Sabes lo que eso significa?

—Bueno… –Ángela se encogió de hombros.

—Has sido Designada.

— ¿Designada?

—Sí, es como entrar en el libro de la Historia. Ya nadie te considerará del Pueblo Llano. Tu futuro será registrado por los historiadores del Clan porque todos pensaran que si la asunamata te ha visionado, es que vas a participar en algo de auténtica importancia.

—O sea, que tendré paparazzi todo el tiempo detrás de mí –bufó la vampira.

—No es algo para tomar a broma…

— ¿Quién dice que esté de broma? ¡Estoy hasta las narices de verme incluida en movidas que yo no me he buscado! Estaba muy bien antes de venir a Barcelona, joder…

Zarud anunció que los coches habían llegado. Los moradores del Nido volverían a su hogar y se llevarían a Basilisco para que descansara unos días. Les contó a todos que el Consejo de la Casa Madre quería ver a Ángela inmediatamente y que él y su hermana la escoltarían. Todos asintieron y se encaminaron hacia la puerta del garaje.

A vuelo de pájaro, o sea sentado en un helicóptero, no hay más de dos horas de trayecto desde Barcelona a Zaragoza, o el Burgo de Ebro, que era lo mismo pues se encuentra a catorce kilómetros de la capital. El piloto aterrizó en el vasto patio empedrado, haciendo gala de mucha pericia y experiencia.

El propio maestro Rodela estaba esperándoles junto a los edificios de la izquierda, con varios sirvientes detrás de él.

— ¡Maestro Rodela! –exclamó Ángela, abrazándole. El anciano le palmeó la espalda, sonriendo.

— ¡Uno no se aburre nunca contigo!

—No era mi intención, de verdad –se encogió de hombros ella.

A su espalda, el motor de las aspas estaba apagándose lentamente. Ángela se giró y señaló a sus acompañantes.

— ¿Conoces a los hijos de la asunamata? Zarud y Mochi –los presentó al anciano.

—No tenía el placer de conocerles personalmente, aunque ya sabía de ellos, por supuesto. Es un placer teneros aquí. Pasad, pasad… –indicó el maestro, dejando que los sirvientes entraran primero y abrieran camino. –El amanecer se nos echa encima, así que lo mejor será que os lleven a vuestros aposentos y descanséis. A conveniencia de nuestros miembros nocturnos, la reunión del Consejo comenzará mañana tarde, a las nueve.

Ángela sonrió e hizo una pequeña reverencia de gratitud hacia el anciano. Casi podía estar segura que la única nocturna entre todos los Altos Cunas del Consejo era ella.

13 de junio de 2014.

Una bonita doncella vino a despertarla suavemente al atardecer. Le trajo una bandeja con un impresionante desayuno y dejó ropa informal sobre la cama. Sabiendo que el Consejo la esperaba, saltó de la cama y se metió bajo la ducha, en un coqueto baño contiguo. Junto al café con leche, encontró un botecito de cristal del tamaño del envase de un caro perfume que contenía unos centilitros de sangre. Se vio tentada de apurarlo, pero lo pensó mejor y no lo hizo, guardándose el frasquito en un bolsillo del tejano que le habían suministrado.

En cuanto asomó al pasillo, un sirviente que la estaba esperando la condujo a la misma sala en la que estuvo con Paris casi dos meses antes. Todos estaban sentados a una mesa larga y ovalada que en la anterior ocasión no estaba. La chimenea, como no, estaba apagada, pero Rowenna Caprizzi parecía preferir estar de pie, apoyando el brazo en la ancha cornisa del hogar. Plantada allí, lánguida en su serena belleza, miraba el ennegrecido interior como si estuviera contemplando llamas imaginarias. Miguel Ángel, su esposo y el otro etnimai del clan, se puso en pie a la entrada de Ángela y los demás le imitaron. La vampiresa se sintió algo tonta al enrojecer por el gesto de respeto, pero siguió caminando hacia un sillón dispuesto ante la mesa pero algo separado. Maestro Rodela le sonrió desde su silla cuando se sentó frente al Consejo.

Paseó la mirada sobre el grupo de Altos Cunas, reconociendo la mayoría de la noche del baile. Todos se sentaron de nuevo salvo Atranicus, quien carraspeó antes de iniciar la reunión. Estiró las solapas de su caro traje mientras proclamaba las formales palabras de apertura. Después, se giró hacia la vampiresa.

—Todos los reunidos aquí tenemos cierta idea de los hechos, pero nos faltan muchos detalles precisos que necesitamos para valorar plenamente la situación. Ángela, ¿te importaría hacernos un resumen con tus propias palabras y tu punto de vista?

—Por supuesto, señor –Atranicus parecía más serio que la última vez que estuvo ante él. No había rastro de su altanería o de su ironía.

Para hablar, prefirió ponerse en pie y así poder mirarles a los ojos desde una posición de ventaja.

—Tras la emboscada a la B.A.E., decidí llevar una investigación por mi cuenta, más por tener la impresión de estar haciendo algo que por otra cosa. Había perdido a una persona muy querida para mí y estaba muy cabreada –Ángela miró las nueve personas que la escuchaban y comprobó que parecían interesadas. – El caso es que averigüé que existe un lugar dedicado a guardar toda la información confidencial de la Sociedad. Se encuentra en Tenerife, concretamente en un pueblecito llamado Tegueste, en el macizo de Anaga. Ya que aquí, me refiero a Barcelona claro, las pistas que seguía se secaron y no sacaba nada en claro, convencí a mi fasim y a una amiga más para irnos unos días de vacaciones a Canarias. Solo quería echar un vistazo más de cerca a donde me llevaba la inspiración. Además, tenía cincuenta mil euros para gastar que ustedes me dieron como recompensa –la audiencia sonrió ante el comentario.

“Tuve suerte. Maté al archivero mayor, borré las huellas de mi paso por allí, y me traje dos listados conmigo. Uno enumera cada casa, cada local, nave, o terreno que posee la logia –un murmullo se elevó entre los consejeros pero quedó extinto de inmediato cuando oyeron las siguientes palabras de la vampiresa. –El otro detalla todos los puestos de relevancia dentro del esquema de la Sociedad, sus nombres y direcciones. Creo que es la primera vez que tenemos información fiable sobre la Sociedad.”

— ¿Dónde tienes esos listados? –preguntó Atranicus, interrumpiéndola.

—A buen recaudo, señor.

—Me gustaría echarles un vistazo –insistió el Alta Cuna, recuperando el tono que ella recordaba.

—Quizás más tarde, señor.

—Está bien. Continua, por favor.

—Con esa información en mi poder, pensé tirar un poco más del hilo. Descubrí su sede central en Barcelona, sita en La Sagrera, por cierto, y elegí a dos humanos de la lista que tuvieran un puesto en el que pudieran recabar información. Ya estaba al tanto de los rumores sobre una posible reunión de la Sociedad con otras organizaciones religioso-militares y quería saber más. Fue en esos días en que la hija de la asunamata del Nido vino a verme.

“Me contó sobre la visión de su madre y que, en ella, Mochi y yo estábamos presentes. Lo que me contó sobre esa visión me facilitó decidirme a controlar uno de los ayudantes del líder de la Sociedad, el Obispo Salomón. Me consiguió fotografías de unos documentos que muestran los preparativos de un congreso secreto entre diversas logias internacionales con las que la Sociedad Van Helsing piensa sellar una alianza, sin importar ya sus motivaciones religiosas ni racistas. Con esa unión, pretende erradicarnos totalmente.”

— ¿Cómo se supone que conseguirán hacer eso? –se mofó otro de los miembros del Consejo.

—Muy fácil. Aparte del incremento de hombres y armamento que se va a producir en cuanto sellen sus alianzas, conocen este sitio, la ubicación de la Casa Madre –Ángela abrió las manos en una pose casi inocente.

Tal aseveración tuvo la virtud de ponerles a todos en pie, gritándose los unos a los otros, hasta que el etnimai dio un sonoro golpe sobre la superficie de la mesa.

— ¡SILENCIO! ¿Cómo pueden saber eso? –preguntó Miguel Ángel Caprizzi a la vampiresa cuando sus congéneres se callaron.

—Ya hablamos de eso la última vez que estuve en esta habitación. Hablamos de la posibilidad que hubiera un topo entre ustedes, un traidor. Ahora, ya no es una posibilidad, es un hecho, etnimai –contestó Ángela, sosteniendo la dura mirada del padre de Paris.– ¡No solo el traidor ha filtrado la ubicación de este lugar, sino también los códigos de los microchips que se le implantaron a todos los miembros de la B.A.E. Eso fue lo que les permitió tenderme una emboscada y secuestrarme más tarde. Me rastrearon cómodamente, como harán con todos los otros Castas de la Brigada.

Esta vez, el etnimai no consiguió acallar los comentarios de sus consejeros por mucho que golpeó la mesa.

—Al menos, este secuestro me ha permitido descubrir otros detalles que nos pueden ayudar a prepararnos –continuó Ángela, acallando las protestas con sus palabras. –El Obispo Salomón tenía mucho interés en atraparme y hacerme pagar mis… ofensas –Ángela se rió brevemente. –Me torturó con una droga mágica que han sacado de un grimorio de brujería o algo así, pero os aseguro que funciona. Gracias a esa poción, le han estado sacando una preciosa información a Basilisco y funcionó conmigo también. El obispo se jactó que solo funcionaba con las criaturas malignas, o sea, nosotros.

El maestro Rodela se mesó los cabellos nerviosamente. Atranicus miraba a unos y otros con suspicacia. Desde su lugar en la chimenea apagada, Rowenna miraba hacia su marido, con tristeza.

—Como iba diciendo, el obispo es un humano muy pagado de sí mismo. Intuí mucho de sus baladronadas, como que aún mantenía a Basilisco vivo y encerrado, o el importante dato sobre el hecho de que fue el topo quien se puso en contacto con la Sociedad para traicionarnos, y no al revés. Desde que sospeché de la existencia de un traidor, siempre pensé que había sido tentado por riquezas o incluso que había cedido debido a algún tipo de arrepentimiento. Sin embargo, ahora estoy segura que todo ha sido una pérfida manipulación muy bien organizada. Nuestro topo solo se vale de la Sociedad para meter palos en nuestras ruedas mientras él persigue su meta, sea la que sea. Así que me hago una pregunta: ¿si la Casa Madre cae, quien de ustedes se beneficia?

Esta vez no hubo protestas ni comentarios, sino un silencio sepulcral que nadie osó romper. Las miradas esquivas pasaban de consejero en consejero, tratando de dilucidar quién podía ser el culpable.

—Ya no podemos seguir escondiéndonos de esos humanos –Ángela cerró los puños al hablar. — ¡Debemos atacar ahora, frenar sus ímpetus si queremos salir más o menos indemnes!

— ¡La apoyo totalmente! –exclamó maestro Rodela, poniéndose en pie. –¡Disponemos de las identidades y la situación de sus bienes, podemos dejarlos sin recursos y sin dirigentes con una buena acción planificada en todo el territorio!

Ángela asintió. Era lo mismo que pensaba. Sin embargo, los consejeros más ancianos no disponían ya del arrojo necesario para ello.

—NO podemos descubrirnos ante los humanos –Atranicus negó tal acción moviendo las manos frenéticamente. –Tenemos que respetar los Mandamientos.

—No es el momento de declarar una guerra abierta –dijo otro.

— ¡Necesitamos más información antes de tomar una decisión! ¿Cuántas logias van a unirse? ¿Son muy numerosas? –preguntó Miguel Ángel.

Ángela inclinó la cabeza, mirando al suelo. No conseguiría nada de aquellos apoltronados Altas Cunas, refugiados en sus Mandamientos y en sus prioridades.

   Unos golpes en la puerta calmaron algo los ánimos. Un sirviente entró mientras otro abría los dos batientes de la puerta de par en par.

—Perdonadme la interrupción, mis etnimai, pero la Dama Amnu-Bassin desea asistir a la reunión –anunció con voz afligida.

— ¿La asunamata está aquí? –preguntó el líder del Clan con cara de sorpresa.

— ¡Así es, querido amigo! Sé que no salgo mucho pero ese no es motivo para no invitarme a una reunión de crisis, sobre todo habiendo sido una de las damnificadas –respondió una voz de tono muy meloso y musical.

Amnu-Bassin, la asunamata, atravesó la puerta, inclinando la cabeza para no golpearse con el dintel. Recuperó inmediatamente su gracia al caminar, demostrando lo que se puede aprender en una vida tan larga. Ángela no pudo apartar la mirada de aquellos seis brazos que parecían hechos para no quedarse quietos jamás. Detrás de ella, venían Zarud y Mochi. Tanto la madre como los hijos vestían trajes ceremoniales indostaníes, en tonos crema para las mujeres, y verde oscuro para el hombre.

—No creía que salieras alguna vez del Nido –repuso suavemente Atranicus, con una leve mueca de desprecio en su boca.

—Es lo mínimo que puedo hacer cuando he enviado a combatir a dos de mis hijos. Atranicus, el más petulante del consejo… veo que te conservas estupendamente.

—Nada comparado contigo –y, para sorpresa de Ángela, Atranicus sonrió plenamente, abrazándose a la gigantesca hembra que lo encerró entre sus seis brazos de un azul profundo y brillante, formando una especie de jaula de carne con ellos.

Uno a uno, la asunamata fue saludando a los consejeros, soltando un chiste, un elogio, un comentario a un recuerdo, y abrazándoles a todos, uno a uno. Dejó para el final a los etnimai, como correspondía el protocolo. La madre de Mochi volvió a sorprender a la vampiresa al arrodillarse ante Rowenna, colocar las palmas de las manos de sus brazos inferiores en el suelo, y abrazar a la etnimai tan solo con los brazos superiores, mientras que los del medio se replegaban a su espalda. Ángela no supo si era una deferencia desconocida para ella o porque era la forma adecuada para tratar a otra mujer. Esperó a ver qué ocurría con Miguel Ángel, así podría saber más.

—Eres cara de ver, Amnu –le dijo la hermosa Rowenna, apoyando su frente contra la de la hembra azul.

—Bueno, ahora, con la menopausia es posible que salga más… ya sabes un viaje con el Inceso y eso…

Ambas mujeres se rieron con la ocurrencia. Parecían viejas amigas. Ángela no podía dejar de mirar aquella mujer inmensa. A pesar de que Mochi se la había descrito anteriormente, era impresionante tenerla delante. Su cabello era largo, muy largo, formando ondas y bucles sobre sus hombros, y era oscuro y brillante, como una noche estrellada. El traje le dejaba los brazos al aire, así como la zona donde debería estar el ombligo, solo que allí no había tal depresión, sino un delgado zarcillo de quince o veinte centímetros que se movía con vida propia. Era como si no le hubieran cortado bien el cordón umbilical a su nacimiento y este hubiera despertado a la vida. La abombada falda se remetía hacia dentro a la altura de las rodillas, entre las piernas, dejando estas al descubierto casi en su totalidad. Unas sandalias de pedrería rutilante y cordones de estrecho lazo adornaban sus pantorrillas y sus pies. Amnu-Bassin era una mujer muy bella, de rasgos indostaníes, con unos ojos de párpados oscurecidos en donde destellaba la inteligencia. Mientras hablaba y se movía, sus brazos parecían flotar a su alrededor, como si realizaran una danza inacabable.

Entonces se acercó a Miguel Ángel para saludarle, al igual que a su esposa, pero el etnimai dio un paso hacia atrás y se cruzó de brazos, mirándola fijamente.

“¿Le ha hecho la cobra?”, se preguntó Ángela, muy sorprendida. Quizás tuviera sus motivos. La vampira no conocía la historia que compartían.

— ¿Rechazas mi abrazo, Miguel Ángel? –la asunamata se irguió en toda su estatura, dominando totalmente al consejo en pleno.

— ¡Aleja tus aduladores brazos de mí, Dama Amnu-Bassin! ¡No voy a caer bajo tus encantos como todos estos! –el etnimai señaló a sus consejeros. –No puedes venir ahora, tras décadas de mantenerte aislada, para tener voto en el consejo del Clan. Regresa a tu Nido, con tus hijos y tus sirvientes. De todas maneras, el Clan corre con todos los gastos, ¿no?

Rowenna se llevó una mano a la boca, impresionada por el desprecio que mostraba su esposo. Era todo un insulto para la asunamata y nadie sabía como podía reaccionar una hembra de su edad y talante. El consejo se apartó lentamente de la mesa ovalada, procurando dejar solos a los dos Castas encarados. Sin embargo, la asunamata no parecía ofendida por el rechazo del líder del Clan, pero sus brazos se mecieron, alzándose un poco más, y sus manos rilaron suavemente, sacudiendo los septenarios dorados que lucía en sus muñecas. Resonaron como el sonajero de una serpiente cascabel enfurecida, sin duda una posible advertencia ante la grosería.

—Tienes razón, mi etnimai. Hace años que no me relaciono, que no participo en la edificación del Clan que me protege y me alimenta –la Dama Amnu-Bassin se retiró hacia la chimenea, colocando una de sus manos sobre el hombro de Rowenna. –Caballeros, por favor, tomen asiento –y esperó a que todos, incluido Miguel Ángel Caprizzi se sentaran de nuevo. –Estuve aquí, en la gran sala del Clan cuando ocupaste el puesto de tu abuelo Carlos Alonso. Aquí, como tantos otros Altos Cunas, te juré fidelidad y apoyo. También estuve presente cuando tomaste a Rowenna Romanov como tu legítima esposa y lloré de júbilo, mi joven etnimai.

“Sin embargo, me has defraudado, a mí como regente del Nido, a aquellos de nuestra especie que han muerto perseguidos y torturados, a los que han tenido que ocultarse, abandonando su familia humana por miedo a ser descubiertos… a tu hijo que sigue perdido en alguna parte, abandonado a su suerte…”

Ángela podía ver como las palabras de la Dama iban calando en todos los presentes, de diferentes maneras. Unos parecían avergonzados y otros exaltados. Si aquello era otro poder de la asunamata, no la querría como enemiga, se dijo.

—Todos sabemos lo difícil que puede llegar a ser el dirigente de un Clan; cuánta presión hay que soportar, cuántas tremendas decisiones hay que tomar, cuántas amistades hay que perder…Has demostrado tener la pasión necesaria para ello y la compañía adecuada –la asunamata apretó cariñosamente el hombro de Rowenna, antes de separarse de ella y caminar hacia el sillón donde se encontraba sentada Ángela. –Todos los aquí presentes conocemos a tu hijo, su terrible don y la exquisitez con la que ha contribuido con el Clan. Su llegada fue un todo un cambio caótico para vosotros, sus padres, lo sabemos. Empezamos compadeciéndoos, unos padres unidos a la voluntad de su hijo… Tenía que ser una cosa terrible quedar vinculados de esa manera, pero, al pasar los años, comprendimos el alcance del poder de Paris y lo que pretendía hacer con el Clan, con su vida, con sus padres, y ya no resultó tan terrible a nuestros ojos. Tu hijo te permitía descansar de todas esas responsabilidades que te ahogaron siempre, Miguel Ángel. Él tomaba las decisiones pertinentes y tú solo tenías que ejecutarlas. Tú y tu esposa vivisteis la unión más pura y especial que nadie pueda conocer, que nosotros, la Casta con todo su poder, soñamos con experimentar alguna vez. Tú y tu familia fuisteis uno solo en espíritu. Algo que siempre envidié, debo reconocer. Hubiera sacrificado cualquier cosa para ser una con mis hijos…

La Dama Amnu-Bassin se inclinó sobre el hueco libre que quedaba en uno de los extremos de la mesa, colocando cuatro de sus manos sobre la pulida superficie de la mesa. Se encontraba justo delante del sillón de Ángela, quien se inclinó a un lado para poder seguir mirando la expresión de la asunamata mientras seguía con su improvisado discurso.

— Y después de todas esas vivificantes experiencias, de disfrutar de ese regalo que te hizo Dios, ¿crees que necesito tocarte para ver la negrura que impregna tu aura, Miguel Ángel Caprizzi?

La asunamata levantó sus seis brazos de repente, irguiéndose. Sus manos superiores golpearon las descubiertas vigas de madera del techo con un sordo estampido que sobresaltó a todos los presentes. Todos clavaron los ojos en lo que iba a hacer a continuación y el etnimai, susurrando un obsceno juramento, se inclinó para sacar a través de la camisa su aguijón espinal, que se elevó por encima de su cabeza, preparado a clavarse en cualquiera que se le acercase. Tenía un cierto parecido con la cola de un escorpión, salvo que surgía de la nuca del líder del Clan y era más corto, pero contenía una durísima aguja de veinte centímetros en su extremo, repleta de una toxina devastadora. Miguel Ángel se puso en pie con una mueca y miró fijamente a la asunamata que se mantenía estática al otro lado de la larga mesa. Le sonrió, desafiándola a atacarle con algo más que palabras.

Y aquella sonrisa se congeló en sus labios. Dos grandes manos azules se posaron en sus sienes, otras dos atenazaron su aguijón con la fuerza de un torno, y dos brazos más le abrazaron prietamente por la cintura, todas ellas procedentes justo de detrás de él. Con ojos desorbitados, contempló como la efigie de la Dama Amnu-Bassin que tenía enfrente, se deshacía en un fino polvo que se quedó flotando hasta depositarse sobre la mesa.

Ángela tardó algunos segundos en comprender lo que había pasado. La asunamata ahora estaba detrás del marido de Rowenna, arrodillada para aprisionarle mejor, y Miguel Ángel parecía haber caído en un trance que le hacía temblar, con los ojos desorbitados. ¡La Dama había usado algún tipo de ilusión de sí misma mientras se desplazaba, de alguna forma que ella no pudo ver, hasta la espalda del líder, aprovechando que todos estaban atentos a una imagen falsa! Ingenioso, alabó la vampira.

— ¡Leí las auras de todos los presentes nada más entrar, iluso! La tuya, Miguel Ángel destaca entre todas por la maldad que genera. Está llena de envidia, de celos, de ambición y de despecho –exclamó la asunamata, a la espalda del líder, teniendo cuidado de no soltarlo. –Abracé a los demás, buscando algún tipo de visión que me confirmara lo que mis sentidos gritaban, pero no sucedió hasta que tuve el cuerpo de Rowenna entre mis brazos. Entonces, como una patina sobre su piel, degusté tu amargura, el odio que has desarrollado por tu hijo, los malos tratos hacia tu esposa, desahogando en ella tu mala bilis…

Rowenna lloraba, el rostro hundido entre sus brazos apoyados aún en el repecho de la chimenea. Sus hipidos alzaban sus hombros pero nadie se atrevió a moverse para consolarla. La asunamata acaparaba toda la atención, no solo físicamente, sino con unas revelaciones que nadie había intuido siquiera.

—¡Has estado muy ocupado diseñando una complicada red de manipulaciones y engaños para conseguir hacer desaparecer tu hijo Paris y así recuperar el poder que te fue arrebatado con su nacimiento! Ese encono en tu interior se ha ido convirtiendo en hiel y veneno para tu alma, siempre mantenido oculto a todo el mundo. La única persona que podía descubrir el mal que te corroe llevaba muchísimos años recluida voluntariamente en un Nido, así que no te preocupaste por mí en un principio; solo hasta que encontraste un ejército de fanáticos humanos que seguían tus recomendaciones y designios… Nadie te relacionaría con ellos, cubriste muy bien tus huellas… ¡Así que los enviaste a destruir mi Nido, cabrón sin alma! ¿Para qué? ¿Para mantener en secreto todo esta mierda, asegurarte el liderazgo del Clan?

El largo cabello oscuro de la asunamata empezó a flotar hacia arriba, las guedejas oscilando como si estuvieran vivas, animadas por la energía que parecía proceder del enfado de la hembra de seis brazos.

—Ah, sí… ahora puedo ver con más claridad las distintas traiciones a tu propio Clan. Entregaste los planes de ataque de la Brigada y cayeron en una emboscada mortal… Basilisco fue una especie de regalo para que Obispo Salomón estuviera contento, ¿verdad? –los oscuros ojos de la madre de Mochi se clavaron en la vampiresa. –Luego, cuando Ángela empezó a ser un problema tanto para la Sociedad como para ti, filtraste los códigos de los microchips de los miembros de la Brigada para que pudieran rastrearla, ¿si? ¿Cuándo empezó todo esto, Rowenna?

La espolsa levantó la cabeza al escuchar su nombre y sorbió, antes de sonarse la nariz con un pañuelo que le entregó galantemente Zarud al acercarse a ella.

—Empecé a ser consciente de lo que sentía verdaderamente mi esposo cuando Paris empezó a buscar talentos para crear la Brigada. Hasta aquel momento, mi hijo no se había ido de nuestro lado más de un día completo; siempre estábamos juntos los tres. A medida que Paris pasaba más y más tiempo lejos de nosotros, los cambios en Miguel Ángel eran más evidentes, pero estoy segura que tuvo que lidiar con todo ese sentimiento negativo mucho antes, solo que el poder de nuestro hijo lo matizaba, lo dejaba enterrado, hirviendo en lo más profundo de su alma.

Todos quedaron impresionados con la confesión de la etnimai Rowenna y, sobre todo, lo que había soportado por amor y dedicación a su hijo y esposo.

—Así que cuando él mismo fue consciente de lo que deseaba realmente, se puso en contacto con la Sociedad, ofreciéndole su traición –la asunamata contempló el puzzle. — ¿No habría sido más fácil matar a tu hijo, Miguel? Así el poder volvería a recaer en ti y en tu esposa.

—No puede hacerle daño directamente a Paris, ni siquiera ordenárselo a otros para que se lo hagan. Ninguno de los dos podemos –explicó Rowenna. —Por eso tenía que buscar un enfrentamiento caótico para que sucediera en combate o por un accidente…

—La emboscada de Freneux –masculló Ángela.

—Como no lo consiguió, aprovechó el viaje de Paris a los Clanes de África en busca de nuevos talentos para la B.A.E. para urdir un nuevo plan. No buscaba matarlo porque no podía, pero sí podía hacer que lo secuestraran y convertirle en un esclavo de por vida, lejos de aquí. Se puso en contacto con ciertos humanos de pocos escrúpulos en Centroáfrica que estaban dispuestos a secuestrar a un niño blanco y rico. Sin embargo, no sabía que yo había dispuesto a un guardián a su lado que ni mi hijo conocía.

—Apoyo –el apodo de Dumbala se escapó de los labios de Ángela al comprender cual era su papel. La egipcia no era una traidora, sino una protectora.

—Exacto –dijo Rowenna, mirando a la vampiresa. –Dumbala fue puesta a su lado, como supuesta ayudante de mi hijo, desde que empecé a sospechar lo que atormentaba a mi marido.

“Estaba protegiendo a Paris cuando me dijo que no los llamara más. Sin duda, ese teléfono estaba vigilado por su padre.”, reflexionó Ángela. “Quizás, a consecuencia de esa llamada, el etnimai envió a la Sociedad a capturarme o matarme.”

— ¿Qué vamos a hacer con él? –preguntó Atranicus, diciendo en voz alta la pregunta que todo el mundo se hacía.

—No nos pertenece la decisión final. No podemos matarle sin que el Padre dé su aprobación –dijo la asunamata.

—Pero podemos disponer un juicio de honor para él –repuso Rowenna, acercándose a su esposo.

“¿Qué cojones es un juicio de honor?”, se preguntó Ángela pero se abstuvo de preguntar.

Rowenna pidió la opinión del consejo sobre ese particular y, uno a uno, los adanitas asintieron gravemente.

—Bien. El juicio se dispondrá cuando el Padre se avenga a responder. Ponedle un cepo para el aguijón y encerradle –ordenó su esposa, quien parecía mucho más enérgica y altiva que nunca.

La responsabilidad del Clan había recaído sobre ella y hasta que su hijo no regresara, sería digna de su cometido. Dos Guerreros entraron, portando un extraño casquete que se cerraba con llave sobre el cuello, impidiendo que se lo pudiera sacar. Ángela ya lo había visto una vez, en una demostración en el aula de entrenamiento de la Brigada. Era un inhibidor mental que impedía que las reacciones primarias e instintivas estuvieran despiertas. El sujeto podía mantener toda su inteligencia y aprendizajes superiores, pero, a cambio, no controlaba las respuestas instintivas de su cuerpo. Se vería incapaz de contener sus propias heces y orina, o de moverse instintivamente, y menos aún utilizar unos dones innatos. Maestro Rodela acompañó los dos Guerreros cuando se llevaron a Miguel Ángel Caprizzi.

Aún estaba siguiéndole con la mirada cuando Ángela se dio cuenta que la asunamata estaba a su lado, mirándola y sonriendo. Mochi la había traído hasta ella, cogida de una mano. Instintivamente, la vampiresa se inclinó respetuosa ante ella. Dama Amnu-Bassin la tomó por sorpresa, arrodillándose para quedar a la misma altura que ella y su hija. Entonces, la abrazó. Ángela comprendió que la estaba “leyendo”. El abrazo era cálido y fuerte, generando seguridad en los abrazados, según supo después.

—Es un placer verte realmente, Ángela –dijo la hembra azul con una sonrisa. –Mi hija me ha dicho muchas cosas sobre ti, buenas cosas.

—Lo agradezco –Ángela sonrió a su vez a Mochi, quien le guiñó un ojo. –Señora… tengo una duda…

—Deja que adivine –el bello rostro de la asunamata se inclinó sobre ella. –Te estás preguntando si vamos a ir a la guerra o no.

Ángela asintió, esperanzada, pero esta se desvaneció cuando la madre de Mochi negó con la cabeza.

—A pesar de haber descubierto la traición del etnimai el asunto no ha cambiado –dijo.

—Pero… no comprendo… Nos atacan, nos asesinan… ¿y no vamos a hacer nada?

—Bueno, tomaremos medidas defensivas. Ya no nos tomaran por sorpresa al no disponer de la información de Miguel Ángel. Cambiaremos de localización a aquellos que hayan quedado expuestos por las confesiones de Basilisco y la partida volverá a reiniciarse, que es cómo debe estar –explicó la asunamata pacientemente.

—Discúlpame, señora, soy una ignorante…

—Llámame Dama Amnu, pequeña, y no eres ignorante. Eres un Guerrero y ansias combatir, lo noto, lo sé.

—Es que no entiendo por qué no podemos exterminar a la maldita Sociedad Van Helsing de una vez.

—Porque podríamos quedar expuestos ante la raza humana.

— ¡Pero si ya lo saben los cultistas! ¡Tienen información sobre nosotros!

—No tienen más que rumores y creencias, lo que siempre han tenido a lo largo de los siglos. Este baile no ha empezado ahora, Ángela, llevamos mucho tiempo con esa pareja de baile. Los romanos masacraron los druidas en Britania, que no eran más que adanitas que vivían ocultos en los bosques. La Inquisición torturó y quemó a miles de humanos, solo para exterminar a unos pocos cientos de nosotros. Siempre nos han perseguido y nosotros nos hemos defendido, así es nuestra historia. Pero… si asoláramos la logia y sus aliados como pretendes, podríamos dejar pruebas físicas e irrefutables de nuestra existencia. Los humanos no pueden saber que la Casta existe, tienen que seguir creyendo en monstruos y criaturas que moran en la oscuridad y que pueden o no ser reales, pero que nadie encuentra. Esa es nuestra mejor defensa. Además, como he dicho antes, al igual que no podemos sentenciar a Miguel Ángel, tampoco podemos entrar en guerra sin el beneplácito del Padre.

— ¿Quién es ese padre? –preguntó Ángela, muy intrigada.

—Ese es un tema que debe quedar fuera de tu conocimiento, por ahora, pero te diré que hay un escalafón en el Clan superior al título de etnimai, y que todos nosotros, Alto Cunas, consejeros y líderes de Clanes, debemos respetar y acatar.

— Y el Pueblo Llano no sabe nada de eso, ¿verdad? –más que una pregunta fue un comentario burlón lo que dejó caer la vampira.

La asunamata no respondió pero sus brazos compusieron una postura casi poética, con las palmas de sus dos brazos medios unidas en plegarias y las demás imitando las ramas de un árbol. Era una forma de darle la razón. Ángela aprovechó el acercamiento de Rowenna para dejar caer.

— ¿Qué hay entonces de su visión, Dama Amnu? ¿No sucederá?

—El futuro no es inmutable, constantemente cambia a causa de nuestras decisiones. En ocasiones, veo disposiciones generales hacia un suceso en especial, digamos, lo que sería más lógico que pasara, pero solo son posibilidades. Sin embargo, te prevengo que, de alguna manera, harás algo relacionado con ese posible futuro, mi hermosa niña –los dedos azules acariciaron su mejilla y cuello con una ternura que evocó recuerdos de su propia madre.

Hubo un silencio entre ellas y, entonces, la asunamata se irguió y se alejó con un balanceo sensual y danzarín. Ángela, tratando de recomponer el efecto que había dejado en ella, se volvió hacia Rowenna.

—Etnimai, por favor, ¿cuándo volverán Paris y Dumbala?

—Ya están intentando comunicarse con ellos, pero parece que hay problemas con su teléfono por satélite.

—No son problemas, señora, Dumbala no va a contestar a ese cacharro porque yo la llamé por él hace unos días y no se fía ya de utilizarlo. Yo… creía que ella estaba al servicio del traidor y que había secuestrado, o algo peor, al Comandante Araña –confesó Ángela, bajando la mirada.

—Has hecho muchísimo por el Clan. No quieras ser perfecta, Ángela. No te preocupes, hay otras formas de encontrarles, pero tardarán unos días en volver aquí. Las últimas noticias de ellos llegaron desde Tanzania…

—Vaya –Ángela quedó abrumada.

* * * * * * * * * * * * * *

14 de junio de 2014.

 

Ángela y Mochi regresaron a la noche siguiente a Barcelona. La asunamata le contó que su madre y su hermano regresaron al Nido en el helicóptero a la mañana siguiente. La etnimai Rowenna se había puesto en contacto con los Clanes más próximos para ponerlos sobre aviso del asunto del congreso de fanáticos y de las intenciones que tenían. En cuanto la noticia empezara a correr entre el Pueblo Llano, los adanitas adoptarían medidas mucho más drásticas para protegerse, tanto ellos como sus familias.

En ese aspecto, Ángela se sintió más tranquila. Mochi, casi llegando a Barcelona, empezó a hacerle preguntas sobre su estancia en La Gata Negra y si había disfrutado de esa experiencia.

— ¿Qué pasa? ¿Es que quieres ser stripper? –le preguntó Ángela, dándole un codazo, las dos sentadas en el asiento trasero del cómodo Mercedes.

— ¡No! Que va, tía, es solo curiosidad.

—Bueno, debo confesar que los mejores mordiscos los he dado a los clientes del club. Era sangre muy acelerada, repleta de excitación y lujuria. Sabían a gloria, te lo juro –le dijo entre risas.

— ¿Y a Cristian? ¿Le has mordido alguna vez?

—No que yo recuerde, pero sí me lo tiré una noche que estaba algo nostálgica.

— ¿De verdad? ¿Y qué tal? ¿Es bueno? –Ángela no se dio cuenta del interés en los ojos de la hermafrodita.

—Naaaa… pero eso sí, pone todo de su parte. Creo que no tiene mucha experiencia con chicas… no sé, al menos esa es la impresión que me dio. Ahora bien, tiene toda la pinta de ser uno de esos románticos incurables que no te dejan ni a sol ni a sombra.

Mochi se rió, más tranquila. Era exactamente lo que ella pensaba del chico y, ahora que la cosa se había tranquilizado algo, estaba dispuesta a entablar una relación con el chico. Aún había que solucionar ciertos asuntos, como por ejemplo, contarle lo de sus dos sexos, lo que podía ser algo traumático, claro.

— ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer ahora? –le preguntó a la vampira, en el momento en que pasaban por delante del centro comercial Splau, buscando la B-10 que las llevarían hasta el Barrio Gótico.

—Lo primero, ir a recoger a Ginger. Está pasando unos días con Domingo, el portero de la Gata Negra. Es un buen amigo y una mala bestia si hubiera problemas. Tengo muchas ganas de verla después de creer que iba a morir en manos del cabronazo del Obispo.

—Te entiendo.

—Y después… no sé, de veras. Estoy desencantada con toda la mierda que hay dentro del Clan. Creía que todo eso sería diferente al mundo humano, pero es más de lo mismo. No estoy dispuesta a entregar mi vida por unos capullos así, ¿me comprendes?

—Sí, sé lo que sientes. Me he pasado media vida en la tranquilidad del Nido, allí las cosas son muy diferentes… pero cuando mamá empezó a educarme, a prepararme para lo que me encontraría fuera, y comprendí que la mierda siempre flota, en todas partes… Bueno, ya no me apeteció tanto dejar el Nido.

—Pues no lo hagas, vuelve al Nido.

— ¡Coño! ¡Es que me aburro tela allí!

Las dos se echaron a reír como locas y se abrazaron. Fuera del coche, la noche barcelonesa bullía de actividad, como si festejara su vuelta.

CONTINUARÁ…

Un comentario sobre “Ángel de la noche (31)

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