LOIS SANS
Capítulo 4: David
Me levanto de un salto justo en el momento que escucho mi nombre:
• ¡Martina! ¿Qué ha pasado? – grita mi hermano
Mientras me cuelgo de su cuello con fuerza, me acaricia la espalda suave pero
vigorosamente, como siempre, haciendo que me sienta protegida, igual que cuando era
pequeña.
En ese momento, pasan por delante de mí imágenes de toda nuestra vida juntos: me veo
agarrándole fuerte de la mano mientras me acompaña a mi primer día de cole. Recuerdo
cuando mamá nos dijo que se separaban, él me abrazo, como ahora, mientras me
susurraba al oído lo mucho que me quería haciéndome sentir importante y amada. Lo veo
el día de mi cumpleaños, entrando en el comedor con una tarta de chocolate y las velitas
encendidas mientras canta desafinando, como siempre. Me vienen a la memoria aquellos
días de playa, en que juntos hacíamos castillos con arena, para después saltar encima
cogidos de la mano destrozando la construcción. Esos maravillosos días de piscina,
enseñándome a nadar, a tirarme de cabeza y a bucear. Cuantos marrones se ha comido
por mi culpa, porque yo siempre he sido la niñita mimada y él soportaba las broncas
aunque la mayoría de ideas maléficas fueran mías.
Cuánto nos hemos reído, espiando a papá con alguna de sus amantes, probándonos ropa,
disfrazándonos como si fuésemos detectives, de la policía secreta o agentes del FBI.
Todavía no comprendo cómo pudo escoger la carrera de Derecho, tan seria, si él es de lo
más divertido, a mí me parece que no tiene pinta de abogado, para nada.
Y, dulcemente, me susurra al oído:
• Tranquila, nena, estás conmigo, yo te protegeré.
• Lo sé, grandullón, pero estoy muerta de miedo, todavía no recuerdo nada – le
contesto temblando.
Me agarra del hombro y tira de mí hacia fuera. Salimos como podemos, pasando en medio
de todas esas chicas que disfrutan probándose ropa. Veo algunas de mis amigas y,
automáticamente, agacho la cabeza, disimulando.
Nos dirigimos a la cafetería La Flor de Lis, una de nuestras preferidas y, por suerte,
encontramos una mesa con dos sillas. Una vez sentados, me da un cachete cariñoso en la
nuca y yo grito, mientras me toco la herida, que todavía está sangrando.
Me aparta el pelo y mira la herida arrugando la frente, como siempre que está preocupado
por alguna cosa, luego dice:
• ¿Cómo te has hecho esta herida, nena? Tiene mala pinta, tendré que curarte.
• No lo sé, no lo recuerdo – contesto agobiada.
• A ver, intenta recordar desde que te encontraste con Valeria – me apremia a
evocar.
• Recuerdo haber salido de casa sobre las cuatro de la tarde, creo. Pero no sé qué
más… Lo siento. Me estoy agobiando. Me duele la nuca. – contesto con la voz
entrecortada.
• Creo que deberíamos ir a Urgencias, podría infectarse – resuelve él.
Lola se acerca sonriendo, mientras dice:
• ¿Qué vais a tomar, chicos?
• Un agua tónica para mí y una cola para mi hermana – contesta David
rápidamente.
• ¿Puedes traer un vaso de agua, unas gasas y agua oxigenada o un desinfectante?
– pregunta mi hermano
• Claro, algo hay en el botiquín, ahora os traigo lo que pueda. ¿Estáis heridos? –
dice la chica.
• Mi hermana se ha dado un golpe en la nuca, nada grave – responde él sin darle
importancia al asunto.
Mientras me toco la herida y me noto la mano mojada de sangre pegajosa, suena el
teléfono de mi hermano. Le oigo contestar:
• ¿Si? ¿Alguna novedad?
Su expresión va cambiando, su tez se vuelve más blanca y su semblante se va
ofuscando, mientras va asintiendo, sin decir nada.
Busco sus ojos y veo que evita mi mirada. No sé qué pensar, tal vez Valeria ha
empeorado, quizás han encontrado pruebas, cuando hui, en el suelo había un cuchillo
manchado de sangre. Me parece que me he metido en un buen lío.
Después de colgar, se levanta, se coloca detrás de mí y empieza a limpiar el corte con
una gasa mojada en el agua. Le pregunto:
• ¿Qué hay de nuevo, David? Dime la verdad, quiero saberlo. ¿Es grave?
Él sigue limpiando, ahora con el desinfectante, escuece mucho, pero no tanto como el
dolor que siento en el pecho, esta opresión tan fuerte que no me deja ni respirar.

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