JANIS MULLIGAN

En manos de la Sociedad Van Helsing

12 de junio de 2014.

Ángela despertó, completamente desnuda, en una extraña posición. Estaba de bruces con los manos y los pies colgando mucho más abajo que su torso. Además, su trasero estaba empinado. Quiso enderezarse y las cadenas que tenía en tobillos y muñecas tintinearon al mantenerla en la misma posición. Barbotó una maldición e intentó hacer fuerzas para liberarse. Aquella rara posición no le permitía hacer suficiente palanca para romper sus ataduras. Relajó el cuerpo y ladeó el cuello para ver mejor sobre qué maldito cacharro la habían colocado. Era una cosa parecida a aquel potro del gimnasio de su colegio que había saltado mil veces, uno de esos con cajones desmontables para añadir o quitar altura y una superficie almohadillada sobre la que se apoyaba el ejercicio. Su profesora de gimnasia lo llamaba de una forma graciosa, “plinton” o algo parecido, quería recordar. Pues este era casi igual, solo que era de una pieza y no tenía cajones desmontables, y, además, otra particularidad: la superficie almohadillada no era recta, sino que tenía la forma angular de un tejado. Eso obligaba a que su cuerpo quedara apoyado sobre el diafragma y los miembros quedaran colgando, sin posibilidad de buscar un buen apoyo.

Se preguntó qué había pasado y quien la había traído a… ¿Dónde se encontraba? Sin tener respuesta a ese detalle, giró el cuello y consiguió ver un cuadro que representaba una bobalicona escena pastoril sobre un muro empapelado con irisadas rayas de distintos tamaños. Del otro lado había un escritorio con un ordenador. El suelo estaba alfombrado con gusto. Desde su posición no pudo ver ventana alguna ni puerta. No tenía ni idea de dónde estaba.

Recordaba perfectamente la emboscada de la playa y cómo el sol le hizo perder el conocimiento. Se miró los brazos y vio pequeños rastros de quemaduras sobre su piel. Llevaba demasiados días sin alimentarse y estaba débil, de otra forma, su cuerpo ya se habría sanado solo. Por eso, sin duda, tampoco podía romper las cadenas que la aprisionaban.

“¡Maldito momento para haber hecho ayuno!”, se recriminó mentalmente.

Pero había una cuestión que rondaba por su mente y que la tenía muy molesta. El ataque había sido personal, habían ido a por ella, ya que ni siquiera conocían la presencia de Mochi. ¿Por qué ahora sabían quién era ella? No quedó nadie en Francia para identificarla, tampoco dejó testigos de su paso por el archivo de Tenerife… Quizás la hubiese captado alguna cámara, pero no creía que la pudieran reconocer fácilmente. Sin embargo, habían enviado muchos hombres para apresarla, porque es lo que querían hacer, capturarla. Ningún disparo fue realmente peligroso, parecía que querían acorralarla y medir su capacidad. Todo apuntaba a una furiosa reacción de la Sociedad.

No se le ocurría más que una situación que pudiera haber disparado tal respuesta: su llamada al Comandante Araña. ¿Acaso Apoyo trabajaba para ellos? ¿Por eso no había querido que hablara con Paris? ¿Por eso parecía enfadada por haber llamado al teléfono por satélite? ¡Por Satanás! Si tenía razón, entonces el Comandante estaba en peligro, quizás ya muerto… Una razón evidente para no ponerle al aparato, claro.

Agitó la cabeza, intentando alejar todos aquellos temores. Si la traidora era Dumbala, sabría perfectamente que, al fracasar la partida de cazadores con ballestas en atraparla, su implicación había quedado totalmente en evidencia. ¿Qué habría hecho ella misma en tal caso?, se preguntó Ángela. Capturarla a toda costa, por supuesto, se respondió inmediatamente.

“Y aquí estoy. Esto es lo más parecido a haber sido capturada, ¿no?”

Su ironía mental se disipó cuando escuchó una puerta abrirse tras ella.

—Ah, ya veo que has despertado. Creía que sería más como en la tradición, ¿sabes? Que no abrirías los ojos hasta que el sol se hubiera puesto en el horizonte. Pero, apenas son las ocho y el crepúsculo aún no ha empezado siquiera… Bueno, mejor así, antes empezaremos a charlar.

Ángela giró el cuello todo lo que pudo en dirección de aquella voz casi estridente. Apercibió un hombrecito que parecía vestido como si fuese a un safari. Pantalón de montar beige tostado, camisa de amplios bolsillos verde claro, y un pañuelo ocre al cuello. Se acercó más a ella y Ángela grabó sus rasgos en su memoria. Aquel hombre era, sin duda, el mandamás de la logia. Su rostro le recordó la caricatura humanizada de un buitre. Ojos pequeños, nariz ganchuda, una gran calvicie con el cabello que le quedaba en la nuca demasiado largo para un hombre bien metido en los cincuenta años, y luego ese cuello largo y enclenque… Normal que se pusiera un pañuelo para disimular la desmesurada nuez de Adán que se adivinaba bajo la seda. Se fijó también en las lustrosas puntas de su calzado al poner los pies casi bajo sus ojos.

“Debería llevar botas de caña alta con esos pantalones.”, se dijo con recochineo la vampira. Sin embargo, era unos caros zapatos italianos de punta fina lo que veía. “Joder, si no estuviera encadenada le partiría el cuello sin querer. No debe llegar a los cincuenta kilos.”

Sin embargo, el timbre agudo de su voz estaba cargado de autoridad, revelando que aquella persona no dudaría en sentenciarla en el momento deseado.

—Soy el Obispo Salomón y creo que tu nombre es Ángel, ¿no es así?

—Ángela –la voz de la vampira brotó ronca.

—Bien, Ángela. Has resultado ser un maldito dolor de muelas. Te has llevado la vida de muchos fieles servidores de la logia, demasiados debería decir para ser un monstruo tan joven.

—Tengo más años que tú, obispo de los cojones.

—Oh, sí, ya lo supongo, las criaturas como tú engañan mucho, pero yo estoy más allá de eso. Cuando te miro, no veo tu hermosa cáscara, ni tu cabello dorado, sino el nido de inmundicia y pecado que bulle debajo. Ya me conozco a los demonios de tu clase.

— ¡Cuánta retórica, coño! –masculló ella.

—Así es, la capacidad de comunicarse con palabras y el arte de embellecer estas son dones totalmente humanos –repuso el maestro de la logia con orgullo.

—No olvides que a Satán le llaman el Príncipe de las Mentiras y que es capaz de tentar a cualquiera –bromeó Ángela.

—No lo olvido, pero la Sociedad de Van Helsing está por encima de las tentaciones. Nuestro camino es claro y nuestra meta está a nuestro alcance, ahora que conocemos el paradero de tus amos.

— ¿De qué coño estás hablando?

—Bien, bien, ya veo que sientes curiosidad. Ya volveremos sobre esto, pero, ahora veamos como reaccionas a nuestra mezcla explosiva –dijo el Obispo, tomando un escabel de debajo del escritorio, que situó entre las piernas abiertas de la vampira. –He tenido buenos resultados con otros de tu calaña. Se han vuelto muy comunicativos.

El Obispo Salomón se subió sobre el taburete y Ángela sintió un leve pinchazo en la base de su columna, cercano al coxis. El hombre le quitó una vía que estaba introducida allí y de la que no se había dado ni cuenta. El líder masón avanzó hasta colocarse ante ella. En su mano portaba una bolsa de suero vacía y recogía, con su otra mano, la vía, enrollando la goma.

—Verás, esto lo descubrimos a consecuencia de investigar un tratado de brujería. Una poción que anula la voluntad. Es como la escopolamina, la burundanga que tanto se nombra hoy en día, solo que afecta exclusivamente a las criaturas malignas. Se podría decir que esto hace hablar a un muerto –el Obispo dejó escapar una risita como homenaje a su propio chiste.

En ese momento, la vampira fue consciente de lo que corría por sus venas, alterando su consciencia, minando su resistencia, su propia inteligencia. Si no estuviera tan débil podría haber quemado la droga en su sangre, activando su poder, pero dudaba que pudiera siguiera hacer humear su piel.

—Lo genial de esta mezcla es que altera los límites del cuerpo y de la mente. Es diferente para cada sujeto, es cierto, pero, en general, convierte el dolor en placer, en un placer tan refinado y sensitivo que se vuelve muy adictivo. Llegará un momento en que pidas que siga haciéndote daño, sabiendo que eso te matará, y no te importará lo más mínimo. A cambio de ese placer masoquista, me dirás todo lo que yo quiera; me ofrecerás a tu propia familia en bandeja para que la descuartice para sentir una migaja más de dolor –el hombre se inclinaba sobre ella y le susurraba toda aquella patraña en el oído.

El cerebro de Ángela empezaba a reaccionar de forma extraña, alterando sensaciones y sentidos, dejando libres oscuros instintos que ni siquiera sabía que poseía. Un dedo del Obispo se deslizó por una de sus desnudas nalgas y descendió lentamente por su muslo. Esa caricia produjo un doloroso chirrido en su mente que encrespó todas las terminales nerviosas de su cuerpo.

—He esperado hasta que casi estuvieras despierta para que la droga se incorporara a tu torrente sanguíneo con el incremento del ritmo de tu corazón y ya veremos el resultado… Si finalmente me siento satisfecho con tus respuestas, te daré la libertad total. Te expondré en una cruz en la azotea para que el sol te queme hasta el tuétano –la amenaza terminó con un fiero tirón del cabello que la hizo gemir.

A pesar de empezar a perder el mundo real de vista, había algo que se clavaba con fuerza en un pequeño reducto mental de la vampira, un rincón que aún mantenía la cordura. ¿Por qué insistía en hablar de brujas y demonios, de leyendas y tradiciones, cuando tenía un topo en el Clan? ¿No sería mucho más lógico que, habiendo descubierto la estructura de la Casta, tratase de desmoronarla con la verdad? A menos que…

Cayó el primer golpe. Ángela, debido a la influencia de la droga, alternó lágrimas con risas. El Obispo esgrimía una larga fusta con la que le azotaba las nalgas con todas sus fuerzas, así como la parte de atrás de los muslos. Cada trallazo repercutía en el alterado cerebro, el cual interpretaba erróneamente lo que transmitían las terminales nerviosas. El dolor se convertía en un perverso placer, un éxtasis que duraba tanto como lo hacía el dolor que podía producir la lesión más grave. El placer era constante, eterno, vivaz, exprimiendo la poca fuerza de que disponía su cuerpo. Apenas la dejaba respirar, toda su piel estaba empapada en sudor al cabo del quinto fustazo. Si hubiera podido ver el rostro del Obispo al golpearla, habría entendido que él tampoco estaba libre de pecado; era un sádico empedernido desde hacía años.

Sin embargo, a pesar de la desbordante agonía, Ángela había comprendido algo muy importante: el topo en el seno del Clan no era un peón de la Sociedad, sino que, al contrario, estaba utilizando la logia para su propio interés. De alguna manera, la había convertido en una fuerza de la que poder prescindir cuando ya no le fuera necesaria. El informante, fuese quien fuese, no había revelado la estructura del Clan, ni las particularidades de la Casta. Había seguido manteniendo al Obispo en su ignorancia, confiado en las tradiciones centenarias de la logia. Ángela, más segura cada vez, estaba dispuesta a apostar que incluso el traidor habría añadido leña al fuego, inventando falsas leyendas que causaban tropiezos a los cultistas. Un ejemplo claro estaba en los cazadores que las habían atacado en la playa. Si ya sabían quien era ella y lo que podía hacer, ¿por qué enviarles con ballestas, ajos y cruces a atraparla? Eso era condenarles de antemano.

Solo tenía explicación si la información que habían recibido hubiera sido manipulada a su antojo. Esa idea se transformó en un centro de fuerza, en un ancla a la que aferrarse para no perder totalmente la cordura ni la esperanza, y así siguió gritando y gozando.

El Obispo detuvo los fustazos y recuperó el aliento, con una mano apoyada en la pierna de la vampira. No era un hombre de aptitudes físicas, prefería observar a otros hacer el daño. Pulsó la tecla de un comunicador que se encontraba sobre el escritorio y, en menos de un minuto, dos enmascarados entraron en la sala. Portaban unos trajes grises oscuros que recordaban en su corte al uniforme nazi de la GESTAPO, pero exentos de simbología. Cubrían sus rostros con pasamontañas, sin que hubiera motivo para ello. Pero según explicaban ellos a sus compañeros, se sentían como verdugos oficiales de la logia y debían ir con los rasgos tapados.

— ¡Hacedla sufrir! –les ordenó el Obispo, señalando a la vampiresa. –Yo le haré las preguntas.

Uno de ellos abrió un maletín de cuero, muy parecido al que utilizaban los médicos a principios del siglo XX en sus visitas a domicilio, pero este había sido llenado con otro tipo de instrumental por lo que pudo ver Ángela. Había pinzas, alicates, largas cánulas, y toda una variedad de extraños fórceps y espéculos metálicos.

— ¡Ese primero! –eligió desde el escritorio el Obispo, señalándolo con un tieso dedo.

El verdugo puso el instrumento ante los ojos de Ángela para que lo pudiera ver bien. Tenía unas aberturas redondas para meter los dedos y asirlo, parecidas a las de unas tijeras, pero ahí acababa todo parecido. Continuaba en una especie de émbolo sembrado de medias esferas del tamaño de garbanzos que engrosaban el objeto hasta simular una panocha metálica. Movió los dedos y el extremo del objeto se abrió con un chasquido, formando un anillo que doblaría el tamaño del émbolo al menos. Ambos enmascarados se situaron a la grupa de Ángela, quien cerró los ojos al sentir los dedos abrir aún más sus nalgas. Sin ningún miramiento, aquellos verdugos ahondaron en la expuesta carne con sus manos, como si necesitaran explorar primero el camino más adecuado que usarían con aquel infernal instrumento.

    Ángela cerró los ojos cuando el frío metal rozó su palpitante esfínter a medio dilatar por aquellos dedos. Gimió al sentir deslizarse el instrumento sobre la mucosa anal, profundizando en su intestino. Su cintura se arqueó y las caderas vibraron respondiendo a la increíble sensación placentera que se disparó en su cerebro. ¡Le habían reventado el culo y ella no podía hacer otra cosa que relamerse!

—Sé que estuviste en el asalto al campo de entrenamiento de Freneux y fuiste una de los pocos supervivientes. ¿Quién os avisó de la emboscada?

Ángela jadeó, recuperando algo de aliento para responder.

—N-nadie… nadie me dijo nada…

Escuchó el chasquido que nació en su recto. El extraño espéculo se había abierto en su interior, dilatando el intestino súbitamente. Frunció los labios, sacando la punta de la lengua, de la cual manó un goterón de saliva. El placer llegaba en olas y cada una barría sus pensamientos coherentes.

— ¿Quién?

—Oooh… dulce… Belcebú… los c-cabrones nos… tenían rodeados… uufff…uuuhh…el Comandante… quedó… aisladooooo… –la voz de Ángela se quebró para respirar afanosamente. Sus pies se agitaron y se curvaron, delatores del feroz orgasmo que la traspasó. Al cabo de veinte segundos, pudo seguir hablando. – Más de la mitad de mi gente ya estaba… muerta… David murió…

— ¿La perra está llorando? –preguntó con asombro el Obispo Salomón.

—Eso parece –respondió uno de sus hombres.

—Estaba desesperada… y asustada… eso fue lo que incrementó… el fuego en mí y lo… quemé… quemé todo… lo que veía… no hubo ningún… aviso…

—El fuego… ¿Ese fuego que brota de tus manos?

—Sí…

—Ese es otro tema que me interesa. Vamos a hablar de ello, criatura. Utilizad otro espéculo con ella.

Los verdugos se decidieron por otro instrumento sin émbolo pero con un largo tallo en espiral, igual al rabo de un cerdo. Lo fueron introduciendo lentamente, sin lubricarlo en absoluto, de nuevo en su ano, girándolo lentamente al introducirlo para que fuera ahondando en las tripas. Ángela chillaba y se contorsionaba todo lo que podía. La saliva que se escapaba de su boca se acumulaba sobre el acolchado y se deslizaba mansamente por el reborde hacia la alfombra. Antes de que le hiciera otra pregunta, tuvo otro clímax que le hizo temblar la barbilla violentamente.

— ¿De dónde procede ese fuego? Me han dicho que el agua no lo apaga… ¿Qué entidad infernal te lo ha concedido? ¿O es acaso resultado de un embrujo?

—Joder… si Darwin te escuchara –Ángela dejó escapar una risita junto con un bufido. Tenía los ojos y la cabeza colgando, la frente apoyada sobre su propia saliva. Su pecho subía y bajaba frenéticamente. –Se llama piroplastia o pirokinesis… los rusos ya lo estudiaron… durante la Guerra Fría… si hasta Stephen King escribió una novela sobre ello… Ojos de Fuego…

— ¿Qué quieres decir?

— ¡Que no hay nada sobrenatural en ello, palurdo! –la espiral penetró más de veinte centímetros en su recto, lo cual la hizo callar unos segundos, digiriendo la intensidad. –Es una capacidad presente en algunos cerebros… algunos pueden hacerlo y otros no… eso es todo. No hay magia…

Le costaba muchísimo disfrazar la verdad y ni siquiera podía plantearse mentirle, pero aún así procuraba no hablarle de la Casta.

— ¿Me estás diciendo que es algo innato en ti?

—Sí…

—No hay ningún vampiro en los anales de la Sociedad que haya controlado los elementos o la magia. No mientas –el Obispo, apoyado en el filo del escritorio, negó con la cabeza y agitó una mano, despectivo.

—Conoces tu droga… y sabes qué puede hacer. Si crees que estoy mintiendo… haya tú –murmuró ella, en medio de algunas ventosidades que se escapaban de su intestino al dilatarlo salvajemente.

El Obispo Salomón le lanzó una mirada asesina.

— ¡Azotadle las plantas de los pies! –ordenó.

Darius frenó su caída en el pozo de ventilación usando sus cuatro piernas, rasgando y abollando varias secciones de galvanizado, pero finalmente aposentó las sensibles plantas de sus pies humanos en el corredor que se abría en esa planta, por encima del techo de placas. Recogió su otro par de piernas, las de saltamontes, contra sus riñones, y avanzó cómodamente a cuatro patas. A ambos lados de su cuerpo, pegadas a los ángulos de unión del conducto, avanzaban dos líneas de aliados. A su derecha estaban las viciosas ratas, a la izquierda, las unidas cucarachas; cada una por su lado, nunca mezclándose.

Darius las escuchaba perfectamente. Le hablaban en dos idiomas distintos, uno, el de las ratas, era feromonal; el otro, el de las cucarachas, era subsónico. Ese era su don, su habilidad, desde que cumplió doce años: comprender los lenguajes de todos los animales y comunicarse con ellos. Tres años después, le crecieron unas largas patas quitinosas a su espalda, brotando de la parte superior de sus caderas, unas patas que recordaban mucho a las potentes extremidades de un saltamontes. Por eso tuvo que refugiarse en el Nido.

Tanto las ratas como las cucarachas le habían asegurado un camino seguro hasta la sala de las pequeñas ventanas luminosas. Así llamaban a las pantallas que controlaban las cámaras del edificio. Su misión era llegar hasta allí y anularlas para que los demás pudieran entrar sin dar la alarma nada más asomar las narices. Las cucarachas eran las que conocían mejor el edificio, pero les faltaba perspectiva debido a su tamaño, así que por eso había pedido ayuda a las ratas también. El mejor lugar para entrar había sido por los respiraderos de la azotea y sus aliados le llevaron hacia abajo, hacia la planta baja, donde se encontraba su destino. Tanto las ratas como las cucarachas cambiaron súbitamente de conducto, derivándose a la derecha. Darius las siguió de forma automática, perdido en sus pensamientos.

Había aceptado de inmediato cuando Zarud, el hijo de la asunamata que estaba a cargo ahora de la seguridad del Nido, le dio la oportunidad de volver, por unas horas, a la ciudad. Llevaba ya cinco años en el Nido, sin pisar la civilización, y tener esa oportunidad no le dejó pensar en el peligro que podía correr. Sin embargo, cuando supo lo que tenía que hacer, la adrenalina se apoderó de sus temores. La excitación era demasiado poderosa, y si, además, con ello ayudaba a la hermosa Mochi, mejor que mejor.

No se hacía demasiadas ilusiones sobre hacerse el héroe. Era el más pequeño de todo el Nido. Según su madre, dejó de crecer al cumplir nueve años y ya entonces era pequeño para su edad. Ahora tenía veinte años ya cumplidos y seguía midiendo ochenta y seis centímetros, aunque sus proporciones eran perfectas. No era ningún enano patizambo o atrofiado, más bien podía representar algún gnomo retozón o un travieso elfo, pero con dos putas patas de insecto atrás.

Darius, en la seguridad de las tierras altas del Nido, pronto descubrió lo que podía hacer con sus patas adicionales, la increíble capacidad de salto que le otorgaban así como la bestial potencia de sus nuevos músculos. Voluntariamente, se convirtió en uno de los vigías del Nido y en su mejor explorador. Poder comunicarse con toda la fauna de su entorno y sacar importante información de ello, unido a su formidable capacidad de moverse y meterse por sitios en los que nadie osaría entrar, le hacían un elemento indispensable para el retiro adanita.

Un aroma acre llenó el conducto. Era el reclamo de las ratas. El peculiar chirrido de las cucarachas se añadió a ello. El conducto se estrechaba a partir de allí, llevando un ramal, la mitad de ancho, hasta la sala de las ventanitas luminosas. Una rata entró en el nuevo conducto y regresó al cabo de un par de minutos. El olor que despidió su piel le decía que solo eran unos pocos metros hasta la rejilla. Darius inspiró y se introdujo a rastras. Ya no podía gatear debido a la estrechez, pero avanzaba bien impulsándose con los antebrazos y las rodillas. Podría haber desplegado sus patas traseras para ir más rápido, pero habría hecho ruido y no quería alertar al vigilante de las cámaras. Varias cucarachas le adelantaron, dispuestas a explorar la salida por él.

El miembro de la logia que se sentaba en el sillón rotatorio frente al panel de doce pantallas hubiera dado cualquier cosa por disponer de una cámara en la sala privada del Obispo. Se imaginaba lo que estaría haciendo con esa vampiresa e, inconscientemente, bajó la mano a la bragueta, dándose un par de apretones en el morcillón pene. Tendría que preguntarle después a Carles y Manuel, los voluntariosos verdugos, qué les había permitido el Obispo hacer con la criatura. Por reflejo, paseó la mirada por las pantallas, controlando la entrada del aparcamiento, el vestíbulo, las escaleras, varios pasillos, la salida a la calle de atrás…

La placa del respiradero del aire acondicionado se soltó y unos deditos la retuvieron para que no cayera al suelo, girándola y metiéndola de nuevo en la seguridad del conducto. La cabecita de Darius asomó. Su cabello apenas se movió pues lo llevaba siempre de punta. Sonrió al ver que las cucarachas tenían razón, el vigilante estaba de espaldas. Echó un ojo a la sala, más bien una pequeña habitación de 3×3 metros, con la consola de pantallas, unas taquillas, y una mesa con una silla en el otro extremo, justo debajo de la rejilla por la que pensaba descolgarse. Nada de comodidades para que el vigilante no se durmiera en su puesto. Bien visto, se dijo Darius, realizando una pirueta que le dejó de puntillas sobre la mesa.

Sin embargo, siempre tiene que haber una pega a cualquier acción bien realizada. La mesa estaba coja y temblequeó al desplazar su peso. En el silencio de la habitación, aquello restalló casi como un disparo y el vigilante se giró sobresaltado para encontrarse con un niño de pie sobre la mesa de los cuadrantes.

¿Un niño con bigotera de varias semanas? Aquella idea surrealista se insertó en su cerebro, obligándole a intentar dar la alarma. Justo en ese momento, Darius se giró y dejó ir sus dos patas quitinosas con fuerza. Una golpeó al masón en el pecho y la otra, al mismo tiempo, en el pómulo. El hombre fue levantado del suelo, golpeó con la espalda las cámaras, las cuales, encastradas en un mueble aguantaron el impacto, y finalmente cayó al suelo, completamente noqueado.

Darius hizo un gesto victorioso antes de meter la mano en el bolsillo y sacar el comunicador de onda corta. Se puso el auricular en el oído y activó el terminal, buscando la frecuencia adecuada.

—Aquí Saltamontes. Cámaras controladas. Iniciando asalto. Mochi, tienes la chica de recepción frente a la puerta. Puedo ver dos tíos al fondo del vestíbulo…

—Gracias, Darius –respondió Mochi entre crujidos estáticos.

— ¡Joder, usa el apodo! –la recriminó él.

—Vale, chiquitín.

— Ya te daría yo chiquitín –musitó para si mismo. –Romeo, hay un tipo en la caseta del aparcamiento. Posiblemente tenga un botón de alarma allí dentro.

—Comprendido –repuso una voz grave. –Me muevo.

—Zarud, acabo de desconectar la alarma de la puerta de emergencia trasera. Puedes echarla abajo cuando quieras.

—Copiado.

Darius se entretuvo un par de minutos viendo a los demás penetrar por tres puntos antes de girarse y atar al inconsciente cultista con unas cuantas bridas que llevaba en el bolsillo trasero. Después, se sentó en el sillón, con las piernas humanas colgando, y asistió al espectáculo, pendiente del teléfono por si alguna alarma estaba conectada con la policía o alguna empresa.

El Obispo Salomón estaba sonriendo. Al principio había estado preocupado por lo que pudiera saber la sometida vampira sobre la Sociedad, pero a medida que confesaba más y más cosas, comprendió que la situación era controlable si la hacía desaparecer. Por algún motivo que no podía comprender, se había guardado para ella cuanto había descubierto. Así que el hombrecillo empezó a disfrutar en serio de los abusos a los que la tenía sometida.

Ya había confesado que ella había sido la causante del incendio del Archivo Mayor y qué documentos había sacado de allí. Eran importantes, sí, pero seguían en su apartamento. No se los había mostrado a nadie, así que solo tenía que enviar a alguien a recuperarlos y el dinero también. Ahora, se concentraba más bien en que le explicara qué era esa brigada de monstruos que habían organizado para atacar el campo de entrenamiento en Francia y dónde se escondían las criaturas que habían sobrevivido. Era sumamente interesante comprobar que esas respuestas eran las que causaban más dolor, o placer en ese caso, a la vampiresa. Se notaba perfectamente que quería protegerles pero la droga se lo impedía.

Se asombró mucho con la increíble capacidad de la criatura, que no dejaba de correrse cada ocho o diez minutos. Estaba toda sudorosa y eso dispersaba un aroma extraño y nuevo en la habitación poco ventilada. El Obispo no quería conectar el reciclaje de aire porque aquel hedor le ponía muy cachondo. Había permitido que Carles se desahogara con ella, sodomizándola con furia, y ahora su compañero lo imitaba pero por la vagina.

La vampira gemía y gruñía como un animal en celo, sus nudillos blancos por aferrarse con fuerza al inclinado respaldar acolchado sobre el que estaba tumbaba. La había sorprendido lamiendo soezmente el cuero sintético humedecido con su saliva y sudor. Sabiendo que todo ello estaba siendo grabado, el Obispo se dijo que ya repasaría después todos los detalles.

—En la cara… échaselo todo en la cara –le indicó a Manuel cuando intuyó que estaba a punto de eyacular.

—Sí, señor –respondió el tipo, que iba medio desnudo pero llevaba aún el pasamontañas.

Le dio la vuelta a la bancada y encaró a Ángela. Su colega tomó a la vampiresa del pelo, sujetándola para que no se le ocurriese morder, aunque eso era poco factible dado lo enloquecida que estaba por la droga anuladora. El verdugo restregó su miembro lleno de hebras sobre nariz, boca y pómulos. Instintivamente, Ángela abrió la boca y sacó la lengua, ofreciendo al hombre una superficie suave y húmeda sobre la que frotar su herramienta.

—Uuuuhhh… Dios… que guarraaaaa… –musitó, sintiendo como el semen brotaba ante tal rendida visión.

Se derramó profusamente sobre ella, llenando sus labios y su lengua y, cuando terminó, chocó la palma con su colega verdugo.

—Tiene un coñito de vicio, de lo más apretado y caliente que he probado –le dijo en un susurro.

—Joder, me he puesto cachondo nada más de ver lo que le hacías. Tengo que probarlo –contestó.

—Ese comandante que dices… ¿Cómo se llama? –preguntó el Obispo en ese momento.

—Paris –respondió Ángela, tragándose el semen que llenaba su boca. –Paris Caprizzi…

— ¿Y dónde se encuentra ahora?

—No lo sé… pero creo que… muerto… traicionado…

El líder masón se rió con ganas, cada vez más seguro que sus planes no habían sido modificados.

— ¡Es maravilloso comprobar cómo os estoy destruyendo desde dentro! ¡El Bien manipulando al Mal con sus propias armas! ¡Poético!

—Eminencia… ¿podría probar ese agujerito antes de que se eche a perder? –preguntó el verdugo Carles, aprovechando el buen humor de su líder.

—Adelante, amigo mío, disfrútalo… Yo me daré el placer de acabar con ella, exponiéndola mañana a la gloria del sol naciente.

En ese momento, la puerta se abrió y Amador, el fornido escolta y chofer personal del Obispo entró. Al romper la insonorización de la sala, especialmente diseñada por el Obispo Salomón, se escucharon varios alaridos distantes y una serie de preocupantes y sordos estallidos que recordaban a pequeños petardos.

— ¿Eso son disparos? –le preguntó el Obispo a su esbirro, sin darle tiempo a informar.

—Sí, Eminencia, han entrado por todas partes. Todas las salidas están cerradas. No sé quienes son pero hay informes preocupantes y extraños, sobre un caballo que dispara y una estatua de barro… he querido que repitieran el informe pero ya no contestan. Nos están acorralando, sean quienes sean –el Obispo jamás había visto el miedo aflorar a los ojos de Amador, y eso le motivó más que cualquier otra cosa.

—Usaremos el pasadizo –dio el líder, sacando un pequeño llavero del bolsillo y apuntando hacia la pared del fondo, frente a la puerta. Una sección del muro se retiró mostrando una puerta maciza de acero con un panel de códigos. Poniéndose delante, el Obispo tecleó y la puerta se abrió. Tomó a Amador del brazo y se giró hacia los dos verdugos, los cuales tenían la mirada desorbitada bajo los pasamontañas. Nadie de la logia conocía aquella salida secreta. –Necesito que me consigáis tiempo, queridos hermanos. Vosotros tenéis una posibilidad de sobrevivir que yo no poseo si me quedo.

—Lo comprendemos, Eminencia. ¡Escape, rápido!

— ¡Acabad con esa perra! ¡Esparcid sus tripas! –masculló el fanático hombrecito señalando a Ángela.

— ¡Así lo haremos, descuide! –prometió el otro verdugo a su vez.

El Obispo y Amador se escabulleron y cerraron la puerta blindada desde el interior. El panel del muro no volvió a su sitio, dejando la puerta expuesta perocerrada. Carles se volvió hacia su colega y le apremió:

— ¡Trinca la puerta, tío! ¡Quiero terminar de tirarme esta tía!

— ¡No hay tiempo! ¡Córtale el cuello y puedes seguir follándotela!

— ¡No soy un puto necrófilo, coño! –respondió Carles, contemplando como su compañero cerraba la sólida puerta con llave.

— ¿Qué más da? Es una no muerta, joder.

—Me gusta que mis chicas se agiten debajo de mí, llámame romántico –se rió abriéndose la bragueta y sacando un miembro bien empalmado que le mostró a la callada y jadeante vampiresa.

—Hazme daño… mamón –le incitó antes de lamerse los labios.

— ¡Me encanta esta droga! –exclamó Carles subiéndose al escalón del potro que le permitía acceder con comodidad a la entrepierna de la prisionera. — ¿Cómo dices que se llama?

— ¿Quién? ¿La puta vampira? –respondió Manuel, quien no tenía más ojos que para la puerta blindada.

—No, hombre, la poción esta que le hemos dado –dijo con un gruñido, al hundirse de un tirón en la vagina expuesta.

—No creo que aún tenga nombre, pero he escuchado que querían ponerle algo parecido al Santo Grial –le contestó su colega, mirando cómo embestía a la aullante rubia. Por un momento, pensó que jamás había conocido a alguien que disfrutara tanto mientras le torturaban.

— ¡Qué bien te lo pasas, draculina! –se carcajeó Carles, palmeando furiosamente una nalga tras otra, siempre sin dejar de clavar su miembro brutalmente.

Ángela no contestó. En verdad, no podía. Había perdido la cuenta de los brutales orgasmos que sufría y, en aquel momento, estaba experimentando uno de los más gordos, acuciada por el miedo a perder la vida. Sus ojos estaban vueltos, el cristalino vidrioso por el placer. Se mordió el labio inferior con tal saña que la sangre resbaló hacia sus mejillas. Sus caderas se agitaron espasmódicamente y la pelvis buscaba fundirse con el ángulo acolchado que tenía debajo.

— ¡Sí, sí! ¡La noto como se corre, la maldita zorra! ¡Se está corriendo como una burra todo un largo minuto! –aulló Carles, incrementando sus propias embestidas en busca de su goce. — ¡No para de correrse la…! ¡AAAAAHAAH!

El aullido fue tan formidable que Manuel supo instintivamente que aquel no era ningún grito de éxtasis, sino de puro dolor. Carles se tambaleó hacia atrás, bajándose del escalón de apoyo. Se pegaba torpes manotazos en la entrepierna, pero su colega no distinguía que le pasaba, así que dio un par de pasos hacia él. Entonces, vio las ratas que caían sobre el escritorio, procedentes de uno de los respiraderos del aire. ¡Decenas de gordas ratas oscuras!

—Ayúdame… por favor –la débil súplica de su compañero le hizo girarse.

Aún estaba de pie, pero se estaba encorvando como si quisiera enroscar sobre él cuando llegara al suelo. Sus manos aferraban un gran bulto negro que colgaba de su entrepierna. Manuel creyó que era su pene, que le pasaba algo en él, pero acabó viendo lo que era en realidad y un dolor empático nació en su propia entrepierna. Carles tenía una rata inmensa colgando de sus partes. El animal había mordido con saña, hundiendo sus afilados dientes a través del escroto y traspasando uno de los testículos. El hombre había intentado lanzarla lejos pero enseguida se dio cuenta que la rata no iba a soltar el bocado, así que si la arrancaba, también perdería el testículo, puede que ambos incluso. Así que lloraba y suplicaba para que su amigo hiciera algo que él ya no podía.

No dio tiempo a nada más. Un tremendo golpe reverberó sobre la puerta de entrada a la habitación, haciendo temblar incluso las paredes. La puerta saltó de sus goznes y quedó colgando de una bisagra. Manuel, con asombro, contempló la grupa de un caballo blanco con manchas marrones, que aún rebullía tras dar la tremenda coz doble que había derribado la puerta. La lustrosa cola blanca estaba arqueada debido a la tensión del animal. ¡Alguien había entrado a caballo en la sede!

Pero cuando el animal se giró, la sorpresa fue aún más enorme, tanto que se olvidó de su pobre colega y de las ratas. Un hombre de torso desnudo y rasgos afilados, con una alta crin de pelo albo e inmaculado, entró velozmente. Llevaba un subfusil entre las manos, rematado por un grueso silenciador, con el que apuntó a los acólitos. Sin embargo, no fue la amenaza del arma lo que paralizó a Manuel, sino al comprobar que en vez de ver unas nalgas desnudas en el tipo, crecía la grupa trasera del hermoso caballo que había creído ver antes, como si fuese un extraño hermano siamés.

— Un… centauro –balbuceó.

Manuel retrocedió ante el avance del ser, quien no dejaba de apuntarles. Ayudó a su colega a mantenerse en pie y al que el dolor del mordisco le tenía apabullado.

— ¡Contra la pared! –ordenó el centauro con una voz perfectamente humana.

Manuel comprobó que no era como los centauros que siempre se habían representados en cuadros o películas. Poseía unas piernas y unos pies de hombre, al menos los que estaban delante. El lomo del caballo surgía de la espalda y de las nalgas de la criatura y eso, de alguna forma, le hacía parecer a esos disfraces de caballo que comparte una pareja, uno siendo la cabeza y el otro la grupa.

—Ya puedes soltarle, amigo, y vete a lavarte la boca –le dijo Darius a la rata, apareciendo por el respiradero cabeza abajo.

El roedor se soltó, dejando escapar un reguero de sangre de la herida, y se escabulló entre sus hermanas que se pegaban a la pared, sin mostrar miedo alguno. Mochi y Cuero Viejo entraron en ese momento. El adanita llevaba un extraño chaleco de piel sobre su torso desnudo y unos pantalones mimetizados remetidos en unas botas militares. Iba armado con un M4 y portaba un correaje lleno de equipo de intrusión.

—La han jodido bien esta vez –musitó a Mochi, mirando a la vampiresa atrapada.

—Parece que sí –Mochi se acercó y cortó fácilmente las cadenas con el mismo machete que consiguió la noche anterior. — ¿Cómo estás, Ángela?

—Bufff, no te imaginas la noche de marcha que llevo –bromeó quedamente mientras Mochi la ayudaba a ponerse en pie.

—Bueno, tengo algo que hará que te recuperes. ¿Te apetece un chupito? –al mismo tiempo, le hizo un gesto a Cuero Viejo, quien empujó a los masones hacia las manos de la asunamata. –A mí me vendría bien un trago, así que a ti más todavía –le dijo alegremente, pasándole a Carles, quien se aferraba el paquete genital con desesperación.

— ¡A tu salud! –brindó Ángela haciendo que la cabeza de Carles chocara rudamente con la de su colega Manuel, y entonces mordió con saña al hombre en el hueco del cuello.

Sentía una sed tremenda, como nunca experimentó antes. A lo mejor pudiera ser que lo hiciera la primera vez que se alimentó, pero ya no se acordaba bien. Tragó sangre caliente y vital con ansia y cuando se calmó un tanto, abrió los ojos y miró cómo lo hacía Mochi. Se asombró aunque no por ello apartó los labios de la herida. Mochi no disponía de colmillos, como la mayoría de adanitas, sino que desplegaba de alguna forma su lengua, comos si fuese una delgada serpiente que surgiera de su boca, y se introducía en la boca de su víctima. No podía ver dónde se conectaba, si a la propia lengua de Manuel, al paladar, o bien descendía por la garganta en busca de algún órgano. La lengua pulsaba y se movía con pequeños estremecimientos, como si se regodeara al trasvasar el elemento vital a su dueña.

El calor aumentó en sus venas, pero mucho más tarde que en cualquier ocasión. Era como si la sangre tomada fuera primeramente dirigida a fortalecer el sistema y a sanar heridas, antes de alimentar su poder, pero, aún así pronto tendría que empezar a soltar fuego enseguida. Dejó caer a Carles al suelo; se le había quedado flácido, como un odre vacío, y contempló a Mochi terminar con el suyo completamente, con glotonería.

— Muchas gracias, hermana –susurró tocando delicadamente la barbilla de la indostaní.

—Era mi deber, hermana –sonrió Mochi.

— ¿Cuántos sois?

— Hay unos pocos guardando las entradas.

—Diles que vengan. Saldremos por ahí –señaló hacia la puerta blindada del otro extremo.

—Eso parece que tiene código –dijo Cuero Viejo.

—No te preocupes por el código. Trae a tus compañeros. El Obispo Salomón se ha escapado por ahí y no creo que dispongamos de tiempo para escapar por otro lado. Todos esos tiros han tenido que alertar a los vecinos.

—La policía está a un par de manzanas según dicen las cucarachas –informó Darius y Ángela asintió.

Mientras Mochi conectaba su comunicador, Ángela invocó el fuego, haciendo hervir la sangre en sus venas, quemando así la droga que aún quedaba en su organismo. De la posible dependencia que generara en ella, tendría que ocuparse en otro momento.

Con las fuerzas recuperadas, Ángela se enfrentó a la puerta blindada. En su mente, visualizó lo que hacía una lanza térmica, como iba incrementando los grados en una zona localizada que le permitía fundir el acero con una facilidad pasmosa. Nunca lo había hecho antes, pero se sentía lo suficientemente furiosa como para intentarlo. Aplicó los dedos dos dedos por encima de la caja de dígitos, que se localizaba en la misma puerta, y dejó que el fuego surgiera por una estrecha franja hacia un punto definido. En un par de minutos, el acero viró al rojo y la temperatura subió bastante en la habitación.

Los que faltaban del equipo de incursores fueron llegando y se quedaron en silencio, mirando aquella rubita desnuda que estaba fundiendo pacientemente una puerta que podría servirle a cualquier banco.

Zarud, el hermano de Mochi, de serio semblante, le preguntó algo al centauro, que se llamaba Romeo, y este señaló al techo. Un tenue silbido hizo aparecer la cabeza de Darius. Le dijo que buscara algo de ropa para Ángela en el otro piso, donde había dormitorios y armarios. Zarud podría pasar perfectamente por un ser humano, siempre que llevara ocultas sus pupilas felinas o no se fijaran demasiado en sus orejas sin lóbulos. Había comandado el asalto por la puerta de emergencia del local, la cual echó abajo con la furgoneta que traía. Dos de sus incondicionales le acompañaban: Bola de Barro, una especie de gólem con sobrepeso y hecho de algo que parecía barro fresco, y Dos caras, un bicéfalo cuya cabeza alojada en su vientre escupe ácido.

Quizás el adanita más extraño era Matuna, una mantis desuk-ria. Fue la última en llegar a la habitación sin ventanas y traía alguien tomado en sus brazos. Se quedó cerca de la puerta, vigilando el pasillo y meciendo la persona que llevaba cogida, envuelta en una manta. Poseía el rostro de una bella mujer negra pero todo el resto de su cuerpo era de insecto, una mantis religiosa, más alta que un humano. Al parecer, por lo que le explicaron a Ángela después, Matuna podía plegarse sobre sí misma para parecer una mujer normalmente sentada, siempre que se pusiera algo que tapara el resto de su cuerpo. De esa manera, había conducido el coche que tiraba del transporte equino en el que había venido Romeo.

Cuero Viejo se acercó a ella y le preguntó a quién llevaba allí. Matuna giró una de sus extrañas muñecas para apartar un poco de la manta y revelar el rostro del dormido Basilisco.

— ¡Ángela! ¡Hemos encontrado a Basilisco! –exclamó Cuero hacia la rubia.

Ángela dejó un momento de fundir la puerta y girándose, brindó una gran sonrisa y alzó un pulgar. Había abierto un buen agujero en la puerta que dejaba a la vista parte de la cerradura y el cableado del teclado de dígitos.

—Suponía que estaba aquí. El obispo insinuó que había probado su droga en él. Creo que le ha sacado un montón de información sobre el Pueblo Llano –explicó Ángela. — ¿Está bien?

—Deshidratado y desorientado. Ahora está durmiendo por mi picadura, para que descanse –dijo Matuna, alzándose un poco para sobresalir entre el grupo y hablarle a Ángela.

Darius apareció, esta vez por la puerta. Traía un chándal y unas zapatillas que entregó a la vampiresa con una franca sonrisa. Se giró hacia los demás y dijo:

—La poli está aquí. Ya no hay forma de escapar por abajo.

Afuera, las sirenas ululaban frente a la fachada y los vehículos policiales empezaban a detenerse con fuertes frenadas. Las unidades de Mossos iban incrementándose a medida que rodeaban el edificio y cortaban las calles adyacentes.

—Bien, acabemos ya con esto –dijo Ángela, que se había vestido a toda velocidad.

Ni siquiera se había atado los cordones de las zapatillas o cerrado la cremallera de la sudadera, dejando entrever sus menudos y pálidos senos. Se enfrentó de nuevo a la puerta, la cual acabó cediendo con un seco chasquido a poco que dirigió su fuego al interior.

—Vamos –dijo. Una estrecha escalera metálica descendía, débilmente iluminada.

Los demás la siguieron en silencio.

 

CONTINUARÁ….

Un comentario sobre “Ángel de la noche (30)

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