JANIS MULLIGAN

 

La emboscada

11 de junio de 2014.

Para matar la espera de recibir cualquier llamada del Comandante o del mismo Clan, Ángela decidió enseñar la ciudad a Mochi, y, para ello, nada mejor que contar con la ayuda de la chica adecuada, la incombustible Mirella. Enseguida la indostaní y la catalana hicieron buenas migas y el grupo de cuatro chicas recorrió monumentos al atardecer y cenó en rincones que costaba descubrir a cualquier visitante.

La catalana aún paladeaba las mieles de la especial relación a tres bandas que acaeció en las vacaciones en Tenerife. Por ello, muchas veces se sorprendía mirando intensamente a sus amigas, unas veces a Ángela, otras a Ginger. Sin embargo, Mirella siempre fue consciente que todo había sido una cosa muy puntual, como un empujoncito para levantarle la moral y rehacer su vida, y que no podía esperar con algo más duradero. Además, conocía perfectamente lo que sentía la rubia por la asiática y viceversa. Por nada del mundo se interpondría en un sentimiento como ese, pero eso no quitaba que echara de menos esas madrugadas frenéticas, envueltas las tres en suaves sábanas.

Salieron a pasear y recorrer la ciudad la noche del martes y la del miércoles. El jueves al mediodía, Mirella llamó a Ginger, ya que suponía que Ángela estaría durmiendo, y las invitó a una velada playera que organizaba la comunidad inglesa de Premiá de Mar para celebrar la victoria en un juicio civil. El bufete donde trabajaba Mirella había llevado el caso y estaban todos invitados a asistir.

— ¿Velada playera? –inquirió Ginger, dejando de cortar cebolletas. — ¿Qué se hace en eso?

—Hija, parece que vienes de Venus en vez de Tailandia –rezongó Mirella. –Pues se bebe, se baila, se fuma, y se retoza en la arena…

— ¿Retoza?

—Sí, eso quiere decir que se folla, niña –explicó la catalana tras una carcajada. –Habrá muchos guiris, algunos muy guapos, que los he visto con mis propios ojos…

— ¿Y eso es esta noche?

—Yap…comienza al atardecer. Es buena hora para venir a recogeros, ¿no?

—Vale, pero aún tengo que decírselo a Mochi y a Ángela.

—Coño, que Mochi vive en vuestro mismo descansillo –se exasperó la catalana. –Ve a hablar con ella ahora mismo y me mandas la respuesta. Espero que todas vengáis.

—OK, Mirella. Ahora mismo voy.

—Un beso, guapa.

Por supuesto que estuvieron encantadas con el plan. Ángela necesitaba algo que le despejara la mente de preocupaciones y Mochi estaba encantada con la experiencia de tener amigas de su supuesta edad. No tenía muchas oportunidades de salir a divertirse cuando estaba en el Nido de las montañas y, aunque disponía de todas las comodidades y ocio que le permitía la tecnología, a veces echaba de menos el calor de una amistad.

Cuando les llegó el mensaje de texto de Mirella, diciendo que las esperaba abajo, el sol aún no se había puesto del todo. Las chicas bajaron las escaleras entre risas. Vestían todas con shorts brevísimos y camisetas que no bajaban del ombligo. En los bolsos de playa que colgaban de sus hombros, llevaban otras camisetas e incluso alguna que otra chaquetilla de manga larga, por lo que pudiera refrescar en la playa. Mirella estaba al volante de un imponente y oscuro Volvo clásico que había aparcado en doble fila y tocaba el claxon con impaciencia, incluso viéndolas aparecer.

— ¡Vaya carro! –exclamó Mochi al subirse atrás, junto a Ángela.

—Es de mi padre, así que mucho cuidadito con lo que se derrame dentro –avisó, dedo en ristre.

—Creo que tú esperas derramar cosa blanca esta noche –Ginger, que se había sentado en el asiento del copiloto, le lanzó una palmada al muslo que una corta falda estampada con ramilletes floridos dejaba al descubierto totalmente.

— ¡Ay! ¡Mira la bruja envidiosa! –Mirella le devolvió el golpe, pero en el hombro. Todas se rieron a carcajadas.

Premiá de Mar se encuentra a apenas veinte kilómetros de Barcelona, por lo que no tardaron ni media hora en llegar a la playa Bellamar, justo al lado del varadero. Se encontraron con varias hogueras prendidas, sobre las que se estaban colocando asadores. Varios hombres y mujeres preparaban diversos tipos de viandas para asar sobre unas mesas improvisadas y, retirados del agua, los maleteros de algunos coches exhibían su función de bares móviles. El idioma que más se oía entre ellos era el inglés, aunque también el catalán. La mayoría vestía ropas blancas, como si se tratase de un party ibicenco. Ángela inspiró hondamente la brisa marina cargada de cordialidad y festejo.

— ¿Qué litigio han ganado? –le preguntó súbitamente a Mirella.

—Contra la constructora que edificó una importante urbanización para guiris, donde viven la mayoría. La empresa reclamaba unos últimos pagos como costas de habitabilidad o algo así… no sé. El caso es que los residentes han ganado el pleito y el juez ha condenado a la empresa a resarcirles construyendo una nueva piscina y una zona ajardinada.

—Pues están de un contento que te cagas –se rió la rubia.

—Pues espera que empiece a correr el alcohol en serio. Estos ingleses son cubas con piernas…

Un chico rubio de no más de dieciséis o diecisiete años pasó repartiendo cervezas que sacaba de un hondo barreño de plástico lleno de hielo y que transportaba en un carrito. Puso una fría lata en la mano de cada una mientras sus ojos admiraban a las chicas. Cuando fue consciente que ellas le devolvían la atención, enrojeció y se marchó.

—Toda una ricura –reconoció Mochi.

—Los prefiero más hechos –repuso Mirella.

Brindaron entre ellas y pronto se unieron al grupo de personas que bailaba al son que marcaban los grandes altavoces instalados sobre los techos de los vehículos. Todo el mundo estaba descalzo, disfrutando de la aún cálida arena en la incipiente noche. Tras estar desaparecida un buen rato, Mirella apareció trayendo a un grupo de jóvenes, casi de la mano.

— ¡Mirad, chicas! Estos son uuuhh…Max, John, Mike, y William –los señaló con el dedo, uno por uno.

Los chicos protestaron aludiendo que esos no eran sus nombres, pero Mirella los calló con un gesto. Empezaba a estar un poquitín tocada por el alcohol consumido. Se abrazó al talle de uno de ellos y les dijo:

—Esos serán vuestros nombres por esta noche, boys… ¡Chicas! ¡Son universitarios que han venido a pasar el verano a nuestra gran Cataluña! ¿No es maravilloso? Atrapad uno para cada una… self service… ¡Tope! –y besó al chico al que se abrazaba en la mejilla. Sus compañeros se rieron como tontos, pues no habían entendido nada de lo que Mirella decía en castellano.

— ¿Está peda ya? –le preguntó Mochi a Ángela.

—Mirella tiene un problema con el alcohol. La desinhibe mucho antes de hacerle efecto verdaderamente.

—O sea, que se está haciendo la borracha.

—No, no es eso –medió Ginger. –Ella se cree que está borracha y pierde totalmente la vergüenza y la moral, pero no ser consciente de ello.

—Lo que se dice “perder los guarros” nada más empezar la juerga –bromeó la rubia.

— ¡Fiiiuuu! –silbó Mochi. — ¡Qué envidia!

— ¿Qué? ¿Te animas a tomar uno?

Mochi se quedó mirando al grupito que rodeaba a Mirella, como si se lo pensara, y luego negó con la cabeza.

—No he venido preparada –musitó, pero Ángela intuyó que se sentía desencantada con no aprovechar la ocasión. –Pero me los llevaré a bailar. Así dejo que Mirella puede pasar a segunda base con el que ha escogido.

Ángela y Ginger se rieron mientras Mochi tomaba a dos de los chicos del brazo y se los llevaba ante los altavoces, Mirella alargó una mano y atrapó al más rezagado de la muñeca, uniéndole al compañero al que estaba abrazada.

— Why you do not remain with us, beauty, and do we hide all behind one of these dunes? –Ángela escuchó perfectamente el susurro que Mirella le dedicó al chico y aunque su inglés era muy básico, entendió perfectamente lo que la lanzada secretaria estaba proponiendo.

El universitario asintió vigorosamente y la catalana se alejó caminando hacia el fondo de la playa con un chico de cada mano. Su expresión era de total triunfo.

—Vaya con la mosquita muerta… ¡Cómo ha madurado la tía! –comentó la rubia, mirando a Ginger. Esta se rió por lo bajito y le echó los brazos al cuello.

—Creo que la culpa es tuya, cariño… perviertes totalmente a cuanto te rodea.

—Sí, y yo me lo creo –le contestó la vampiresa, abarcándola por la cintura.

— ¿Y tú? ¿Cómo estás? No has vuelto a tomar sangre desde el sábado, de Simón.

—Estoy bien –la tranquilizó a la par que le daba un besito en los jugosos labios. –Tomé doble ración, así que aún no estoy demasiado necesitada. De todas formas, no quiero perder el control por un capricho. No tan lejos de casa…

Ginger asintió, comprendiendo la razón de su compañera.

—Ya tomaré un “bocado” al llegar a casa. ¿Qué me dices? –bromeó Ángela, pegando el cuerpo de la asiática al suyo

— ¿Es una promesa? –Ginger le ofreció sus labios entreabiertos y la vampiresa se hundió en ellos por toda respuesta. Durante un buen rato, ninguna de ellas habló más, y fueron el excitante objetivo de más de una mirada a su alrededor.

Detrás de la mencionada duna, Mirella estaba bastante atareada. Había pasado a mayores desde el primer momento y los dos universitarios estaban recostados en la arena, con los pantalones por los tobillos. La catalana se pasaba de un miembro a otro, deslizándolos en la húmeda sedosidad de su boca. La corta falda estaba totalmente arremangada y las manos de sus dos amantes se turnaban para acariciar en profundidad cuanto tenían a su alcance. En su fuero interno, trataba de decidirse por cual de los dos instrumentos de cálida carne iba a ser el primero en rellenar su hambrienta vulva.

Finalmente, se decidió por aquella que temblaba menos, y, alzándose sobre sus rodillas, cabalgó al elegido, introduciéndose ella misma el erguido pene. El otro universitario, a una indicación suya, se puso en pie y volvió a arrimar su pene a los labios femeninos. Mirella tuvo buen cuidado de no arañarle con los dientes, dada la galopada que estaba realizando sobre su otro amante, y consiguió equilibrar ambas funciones para tomar y dar placer.

—Espera, espera –lo repitió en inglés hasta que ambos chicos le hicieron caso. –Quiero que tú me la metas por detrás… los dos a la misma vez… doble penetración ¿Te apetece?

El joven sonrió de tal manera que Mirella se sintió la mujer más guarra sobre la Tierra, y eso le encantó en aquel instante. Mientras ella y su amante de debajo se quedaban quietos, el otro compañero se afanó con dedos y saliva para relajar el prieto esfínter, el cual, desde que David faltaba, no había sido usado de nuevo más que en sutiles caricias femeninas.

Jadeó como un animal cuando notó que el elegido para la sodomía se posicionó sobre sus nalgas, el glande apuntando como si se tratara del cañón de un tanque Sherman. El chico gruñó, el pene firmemente empuñado por su propia mano, intentando horadar el agujero que había casi rendido con sus manoseos. Mirella se relajó lo que pudo y se tumbó sobre el pecho del joven que le hacía de colchón. Estuvo a punto de correrse cuando el glande penetró en su ano, a pesar del agudo dolor que sintió. En su obnubilada mente, la catalana no dejaba de repetirse: “Esto es lo más sucio que he hecho nunca. Soy una sucia perra. Espero que David me esté mirando y lo disfrute como yo.”

Ella fue la primera de los tres en correrse, sin aspavientos, sin gritos, un largo estremecimiento mientras los chicos se seguían moviendo en su interior. Después, el gemido del chico de debajo la hizo sonreír, manteniendo los ojos entornados.

—Ooooh…Edward… no aguanto más –dejó escapar, enronquecido.

Y tuvo el detalle de sacar su pene de la vagina en el momento del éxtasis para evitar un embarazo, pero su amigo estaba demasiado cerca, hundiéndose entre las nalgas de Mirella. Así que terminó derramándose totalmente sobre el perineo y los testículos de su compinche, quien, al experimentar esa sensación, se contorsionó y gritó –Mirella no pudo saber si de asco o de gusto –, pero el hecho es que le hizo eyacular portentosamente en el intestino de Mirella. Con todo ello, la catalana volvió a correrse dulcemente, intuyendo que los chicos habían quedado manchados del semen del otro cuando este goteó del inundado ano.

Rodó sobre la arena hasta quedar boca arriba y se llevó el dorso de una mano a la frente, mientras observaba como los chicos se despojaban de la ropa y corrían desnudos hacia el agua para limpiarse.

“¡Qué tontos son, madre mía! ¡Si yo los hubiera limpiado gustosamente con la lengua!”, pensó, feliz y relajada.

La fiesta en la playa siguió y siguió. Las chicas volvieron a unirse, comieron hamburguesas, costillas adobadas y perritos calientes hasta hartarse, bebieron cerveza y tinto con limón antes de pasarse a las bebidas espirituales, y varios porros de hierba aparecieron mágicamente hasta acabar entre sus dedos.

Sobre las tres de la madrugada, la gente empezó a irse lentamente, pero quedó un núcleo de una veintena de personas, la mayoría jóvenes, que rodeó la única fogata que quedaba encendida. Las cuatro amigas, como no, estaban entre ellas, y se mostraron encantadas cuando un par de ingleses, un chico y una chica, aportaron sus guitarras acústicas. Enseguida, otro trajo unos timbales, uno de los pocos españoles que había en la fiesta volvió con un cajón rítmico, y, finalmente, una armónica excelente se unió a la improvisada orquestra.

Durante una hora, todo el mundo disfrutó de las versiones que allí se tocaron. Hubo un poco de todo, desde flamenquito al estilo Triana, temas de Camarón, algo de Bob Dylan, canciones inolvidables de los Beatles, y hasta una versión inglesa de las protestas musicales de Víctor Jarra y Quilapayún. Corearon las letras que conocían y fumaron lánguidamente mirando las llamas.

Los otros dos chicos que constituían el cuarteto elegido por Mirella, sin duda alucinados por lo que le habían contado sus colegas, rondaron a esta hasta susurrarle algo al oído. La catalana sonrió y se puso en pie, alejándose en la oscuridad con ellos.

— ¡Los cuatro! ¡Se va a tirar a los cuatro, la muy puta! –exclamó Ángela a media voz, dándole un codazo a Ginger.

Mochi, a su otro costado, se quedó mirando las figuras que desaparecían en la noche y preguntó:

— ¿Estás segura que es humana, Ángela?

Las tres se rieron flojamente arropadas por el canto de los demás.

Pasó otra hora y Ginger estiró los brazos por encima de la cabeza, rebullendo en su postura de loto. Miró el reloj de su muñeca y luego hacia atrás.

—Deberíamos irnos, Ángela. Pronto amanecerá –dijo. –Mirella no ha vuelto todavía…

—Hay que darle un poco de cancha, son dos para saciar, tía –respondió Mochi, quemando trozos de algas.

—La buscaré –Ángela suspiró al decir aquello y con suma agilidad se puso en pie.

—Sí, vamos –Mochi le tendió la mano a Ginger, ayudándola a levantarse. –Además, tiene la llave del coche y me gustaría cambiarme de camiseta.

Ángela tomó la dirección que antes recorrió su amiga, seguida de los chicos, maximizando sus sentidos. Sin embargo, no escuchó nada revelador. Utilizó el olfato y aspiró un sutil aroma a narcisos y cítricos caribeños. El perfume de Mirella. Se internó en la franja más oscura que separaba la playa del Camí Ral, la carretera del litoral. Mochi y Ginger la siguieron en silencio.

— ¿Dónde coño ha ido a follar esta tía? –barbotó Mochi tras un buen trecho bajo la carretera.

—Huelo a miedo –susurró Ángela, alzando una mano enérgicamente.

Mochi husmeó a su vez pero no tenía los sentidos tan aumentados como Ángela. La vampiresa siguió el tenue efluvio, caminando silenciosamente por entre de los pilares de la carretera en dirección a la capital.

— ¡Allí! –exclamó al término de unos minutos, señalando con el dedo a uno de los pilares.

Antes de llegar al punto indicado, Ángela supo que algo no estaba bien. Mirella estaba atada con cinta americana al pilar. Casi parecía una momia con la cinta rodeando todo su torso y piernas y, además, el grueso cilindro de hormigón. Cuando sus amigas surgieron de la oscuridad, Mirella las miró con ojos llenos de pánico. Se agitó lo que pudo y gritó:

— ¡No os acerquéis! ¡Largaos, huid!

—Os dije que vendría a buscarla, ¿no es cierto? –dijo una voz grave y ufana.

Los focos de unas potentes linternas las deslumbraron, sobre todo a Ángela, cuyas pupilas estaban totalmente dilatadas para ver en la oscuridad. Se tapó los ojos con un brazo mientras la sensación de peligro crecía y crecía en su vientre. Para Ginger eran muchas linternas las que las rodeaban y no comprendía qué buscaban. Pensó, por un momento, que era una especie de broma o juego que habían preparado los residentes ingleses, pero acabó desestimándolo cuando les escuchó hablar con el característico acento catalán.

— ¡No se te ocurra huir, monstruito! Tu amiga pagaría por ello, no lo dudes –amenazó otra voz. –Hemos sido hasta considerados con ella, pues la hemos dejado tirarse a esos dos pavos antes de atraparla –se alzaron algunas risas.

Mochi había comprendido inmediatamente que aquello era una celada y que Ángela era el objetivo. Adoptó una postura defensiva, un tanto agazapada, adelantando una pierna para mostrar un flanco y proteger así órganos vitales. Su mano izquierda estaba alzada a la altura de su boca mientras que el pulgar de su mano derecha descendió lentamente hasta la pierna que tenía retrasada. La uña del dedo creció y se curvó, afilándose como un bisturí. Lentamente, la uña fue cortando con facilidad la tersa carne del exterior del muslo, dejando surgir regueros de roja sangre. El corte ocupó toda la longitud del muslo, de la cadera a la rodilla, el tejido adiposo y el músculo abriéndose en una horrenda herida. Ginger fue la única que se dio cuenta de ello, pues estaba a su lado, tapando con su cuerpo la visión de los que conformaban el cerco. Se llevó una mano a la boca, impresionada al distinguir algo blanco entre la carne sangrante, que ella intuyó que era el fémur.

Mochi no disponía de grandes poderes, sobre todo maternos –aún tardarían años en surgir, puede que cientos de ellos –, pero sí poseía el don paterno y estaba orgullosa de ello. Su padre era un Alta Cuna y un Criador de Dagas. Mochi no tuvo la suerte que su padre la enseñara como el Guerrero que fue, pues murió antes que ella creciera y Despertara, pero poseía su herencia y había entrenado mucho con ella.

Introdujo sus dedos en la herida del muslo y aferró un objeto sepultado paralelamente al fémur. Dio un tirón y el largo machete de afilado hueso surgió a la luz de las linternas. Mochi sonrió al escuchar las imprecaciones de los asaltadores.

— ¡Son dos!

— ¡Cuidado!

— ¡Es otra bruja y no nos han avisado!

El fulgurante movimiento de Mochi los tomó a todos por sorpresa. Con un enloquecido giro que ni una bailarina profesional conseguiría realizar con tanta perfección, se aproximó a los dos humanos que se situaban a la espalda de Ginger. El machete mordió con saña, uno en el costado, abriéndole un labio que dejó un par de costillas al aire; el otro recibió el corte al final del muslo, muy cerca de la rodilla. La indostaní sabía que estarían pronto muertos si no conseguían frenar la hemorragia y no se preocupó más de ellos. Completó el final de su movimiento, lo que le permitió empujar a Ginger entre los dos heridos, gritándole que corriera.

Animando con otro grito a Ángela para que se moviera, antes de utilizar el filo del machete para cortarse el exterior de su brazo izquierdo, del que sacó un nuevo puñal, corto y ancho. Las hojas de ambas armas estaban hechas del mismo material calcáreo que los huesos de Mochi. Esas armas crecían como si fuesen malformaciones, excreciones de sus huesos, dotadas de la extrema dureza que ostentaba la familia paterna. Su densidad ósea era más resistente que el acero y el filo de uno de sus cuchillos podía cortar el bloque de un motor sin quedar romo. Su carne se abría al contacto de sus dedos para permitirle acceder a sus armas secretas y volvía a cerrarse en segundos, dejando, eso sí, un río de sangre que solía echarle a perder toda la ropa. Así que solo utilizaba su don paterno en última instancia, cuando ya no quedaba más remedio.

Ángela, aún sin ver con nitidez, reaccionó al grito de Mochi, saltando hacia arriba con fuerza y encaramándose al pilar más cercano a una altura de unos cinco metros. Los asaltadores se quedaron boquiabiertos al verla sujetarse al liso hormigón con facilidad. La vampiresa parpadeó, recuperando la vista justo en el instante que varias saetas golpeaban el pilar muy cerca de ella. Los humanos estaban armados con potentes ballestas.

Se impulsó con ambas piernas hacia delante y antes que la gravedad atrajera su cuerpo hacia el suelo, dejó caer un par de bolas ígneas que consiguieron dispersas a los atacantes. Uno de ello quedó impregnado de llamas, pero rodó por el suelo y las apagó a tiempo. En su ropa no quedó trazas de quemadura.

— ¡Joder! ¡Llevan ropa ignífuga! –le gritó a Mochi, justo antes de alcanzar a un enemigo de una fortísima patada.

— ¡Ya lo he visto! –el gran machete cortó en dos la ballesta que la apuntaba y se llevó también un par de dedos de la mano que la sujetaba. –Pero no solo es eso… ¡Mira!

Mochi apoyó la planta de su pie en el pecho de otro hombre y lo empujó duramente hacia donde estaba la vampira, la cual había creado un cerco de fuego a su alrededor y se arrancaba una saeta clavada en el vientre. Tenía otra en la espalda pero no tenía tiempo para sacársela. Ángela cazó al tipo de un manotazo y lo usó como escudo mientras le examinaba rápidamente.

— ¿Qué coño…? –masculló.

El humano llevaba una ristra de ajos alrededor del cuello y aferraba una cruz de lo que parecía plata a primera vista en su mano.

— ¿En serio? –Ángela elevó el tono con furia. – Cruces de plata y ajos… ¿con eso pensáis pararme, capullos?

Le arrancó la cruz de la mano del humano y, con un gruñido, se la clavó en la frente, atravesándole el hueso y llegando al cerebro.

— ¿Son de la Sociedad? –preguntó Mochi, consiguiendo desviar una saeta que buscaba su corazón.

—Puedes jurarlo, y por lo visto, vienen al más puro estilo Van Helsing, como putos cazadores de vampiros –ironizó la rubia.

El cerco de cultistas se había abierto, poniendo algunos metros entre ellos y aquellas dos furias. Ángela dio un rápido vistazo a su alrededor y no vio señales de Ginger. Deseó que hubiera escapado. Las ballestas las apuntaron y el que parecía llevar la voz cantante le puso una de ellas en la sien a la atada Mirella.

— ¡Quietas, malditas criaturas… quietas o la mato! –amenazó.

—Esa es la actitud, cobarde. Amenazas con matar a una humana, a una de los tuyos –replicó Mochi, enarbolando sus cuchillos.

—Si anda contigo ya no es de los nuestros. Es una traidora a su raza.

— ¡No sabe lo que somos, imbécil! –rugió Ángela, más asustada de lo que creía al pensar que Mirella podía morir.

—Bueno, así podrá redimirse a los ojos del Señor. ¡Entrégate y la dejaré vivir, libre!

Ángela sabía que si se entregaba, ni ella ni Mirella saldrían vivas de aquel asunto. Desesperada, miró hacia el mar. El horizonte clareaba, amanecería en unos minutos y ya no podría ser de ninguna ayuda.

Uno de los masones más cercano a ella agitó algo en su mano. El líquido salpicó la cara y pelo de Ángela. Instintivamente, sacó la lengua para degustar lo que era. Agua, simple agua.

— ¡El agua bendita no le hace nada, Félix! ¿Qué coño de información nos han dado? –gritó el hombre al ver que la vampiresa no reaccionaba.

Algo se acercaba a su espalda, haciendo un ruido rodante que quedaba amortiguado por el murmullo de las olas o por los cada vez más frecuentes vehículos que pasaban por encima de sus cabezas. Era un coche que rodaba cada vez más rápido por el empinado camino de tierra que circundaba la playa. ¡Ginger! ¿Desde cuándo sabía conducir, la maldita?

Sin pensárselo, avanzó hacia el jefecillo que seguía amenazando a Mirella, haciendo flamear su mano. El miedo se pintó en el rostro del hombre pero no se amilanó, pinchando el cuello de la catalana con la punta de la saeta que asomaba en su arma. Detrás de Ángela, los hombres alzaron las ballestas pero ya no confiaban en sus armas, así que echaron a correr detrás de ella, dispuestos a impedir que atacara a su líder, que era exactamente lo que pretendía la vampira. En un abrir y cerrar de ojos, saltó en otra dirección, hacia Mochi, arrastrándola con su impulso.

En ese preciso momento, un motor rugió y unos potentes faros deslumbraron a todo el círculo de hombres. El pesado Volvo entró con fuerza entre ellos, llevándose por delante unos cuantos miembros de la Sociedad, unos atropellados por el vehículo, otros aplastados bajo sus anchas ruedas, hasta que se detuvo al estrellarse con fuerza contra uno de los pilares.

Poniéndose en pie tras rodar por el suelo, Mochi lanzó su cuchillo más pequeño y ancho con letal acierto. El líder cayó redondo, con la daga clavada profundamente bajo uno de sus ojos. Estaba muerto antes de tocar el suelo.

Ángela no quiso ser menos y apuntó una de sus bolas de fuego a la cara de uno cultista que levantaba su ballesta para disparar. Sus ropas podían ser ignífugas, pero la piel humana seguía siendo muy poca cosa para soportar unas llamas tan ardientes. Sus ojos se derritieron en segundos. Su cuerpo siguió agitándose en el suelo, el rostro incendiado, pero ya no sentía nada.

De repente, la media docena de hombres que aún quedaban con vida o ilesos, dieron media vuelta y desaparecieron terraplén arriba. Mochi quiso perseguirles, pero Ángela la detuvo.

—El sol está saliendo –le dijo, anormalmente pálida. –Tenéis que protegerme del sol o me quemaré como una tea.

Ginger surgió del destrozado coche, peleándose con el abrazo que le daba el airbag vomitado por el hueco central del volante. Sus piernas aún temblaban por la adrenalina, pero se acercó rápidamente hasta las chicas para sujetar a una tambaleante Ángela. Mochi se acercó hasta el pilar donde estaba atada Mirella y cortó de un tajo la cinta, de arriba abajo.

—Has sido muy valiente, guapa, pero he pasado mucho miedo por ti –susurró Ángela a la tailandesa.

—No sabía qué hacer hasta que pensé en el coche.

—No sabía que supieras conducir…

— ¡Y no sé! Solo lo más básico. La tonta de Mirella había dejado las llaves sobre una de las ruedas, así que lo dejé caer en punto muerto hacia donde estabais.

— ¿Cómo lo supiste? Lo de la llave, digo…

—Mi padre hacía lo mismo. Es lógico si no dispones de bolsillos en una fiesta en la playa –explicó Ginger, encogiéndose de hombros.

Ángela intentó reír pero dejó escapar un gemido. Mochi y Mirella ya estaban a su lado, sujetándola. El sol brilló sobre la línea del horizonte. Ángela quedó tumbada en el suelo, respirando débilmente.

— ¡Debemos protegerla del sol! ¡Crear una espesa sombra para ella! –Ginger organizó lo necesario en segundos. –Mochi, ve a la zona de hamacas de aquel chiringuito y trae un par de sombrillas. Mirella, ve con ella y coge tres o cuatro colchonetas de las hamacas. ¡Rápido!

Mientras, ella misma arrastró el cuerpo de Ángela, que se estaba quedando laxo, hasta situarla detrás de uno de los pilares. La sombra pareció reanimar ligeramente a la vampiresa, que abrió los ojos y le sonrió.

—Si no despierto… quiero que sepas que… te quiero –musitó.

— ¡Vete a la mierda! –exclamó Ginger, a punto de llorar. — ¡No te vas a morir! Tiene que haber algo que podamos hacer para salvarte.

—Ni siquiera tenemos coche para salir de aquí –jadeó la vampiresa.

—Podemos llamar un taxi para que venga a por nosotras –sugirió Mochi que llegaba justo en ese momento, cargada con dos grandes parasoles publicitarios.

—No podemos –negó Ginger, bajando la vista. –En cuanto vean el estado de Ángela, llamarían a Emergencias, y no tardarán en hacer lo mismo los vecinos cuando vean esto.

Mochi giró la cabeza y miró el cuadro que las rodeaba. No había tenido tiempo de pararse a hacerlo, acuciada por la urgencia de Ángela. Había tipos muertos por doquier y mucha sangre que manchaba la arena. Algunos quejidos se elevaban de aquellos que aún seguían con vida pero impedidos por las heridas y las fracturas. Mochi cabeceó, comprendiendo. Seguían atrapadas. Mirella llegó a su vez, arrastrando un puñado de finas colchonetas.

—Vale. Lo primero es quitarse de aquí –replicó Mochi. –Al menos que no nos pillen con la mano en la masa. Te pondremos sobre una colchoneta y te taparemos con las otras. Te voy a llevar a tres o cuatro pilares más allá.

Puso mano a la obra. Se echó el cuerpo de Ángela al hombro, como un fardo que no pesaba apenas nada. Ginger la cubrió como pudo con una colchoneta. Mochi salió corriendo por la abundante grava que había entre los pilares, mientras Ginger y Mirella se ocupaban de transportar los parasoles y las restantes colchonetas en pos de la adanita. Ángela gemía por lo bajo cada vez que la colchoneta que la cubría se agitaba y la luminosidad del sol impactaba sobre sus desnudos brazos o sus piernas. Por fin, quedó a resguardo del pilar escogido, a unos trescientos metros del lugar anterior, protegida por la sombra que proyectaba en el suelo la estructura de hormigón. Ginger plantó rápidamente el mástil del parasol y ayudó a Mirella con el otro. Mochi se encargó de hundir con fuerza en el suelo los mástiles de aluminio, dejándolos inclinados para crear la mayor sombra posible sobre la yaciente Ángela.

Esta suspiró de alivio al conseguir un momentáneo descanso de la quemazón. Agitó débilmente una mano para que Ginger se le acercara. Su rostro estaba a medio cubrir por la tela rayada de las colchonetas que le habían echado por encima.

—Estoy a punto… de desmayarme –su voz era apenas un susurro, por lo que la tailandesa tuvo que inclinarse hasta pegar la oreja a la boca de Ángela. –En mi móvil… llama a Nes…sy…Nessy… me debe un favor… que venga a por todas…

Los ojos de la vampiresa se cerraron y quedó inerte, temporalmente a salvo de las graves quemaduras solares gracias a una sombra cada vez más menguante.

—Los bolsos aún están en el coche, con los móviles dentro –dijo Mirella, abriendo por primera vez la boca desde que la habían rescatado. No paraba de frotarse las manos y las líneas de su rostro parecían más marcadas de la cuenta.

—Ven conmigo –la tomó del brazo Mochi, echando a andar de vuelta.

—Estás llena de sangre –la señaló la catalana, al cabo de unos minutos, andando a su lado.

—No es nada. Estoy bien.

— ¿De dónde sacaste ese machete?

Mochi se detuvo y la miró, sin contestar. Mirella apartó la mirada y echó a andar más rápido. Llegaron hasta el Volvo. Uno de los heridos había conseguido arrastrarse sendero arriba y Mochi le dio alcance, propinándole un tremendo pisotón en la espalda que le arrancó un aullido. Mirella cerró los ojos al oír crujir sonoramente la columna con la segunda patada y abrió el maletero del coche, donde habían guardado los bolsos fuera de la vista de cualquiera.

—Mochi…

— ¿Sí?

Las dos chicas regresaban apresuradamente hacia el refugio de Ángela.

— ¿Quiénes eran esos tipos?

—Fanáticos.

—Llevaban cruces y flechas, hasta estacas… te llamaron bruja y algo peor aún a Ángela. ¿Por qué?

—No soy quien para contártelo. Deberás esperar a que Ángela despierte, entonces decidirá…

— ¿Es una vampira, verdad? Al final, esas cosas existen… vampiros y demonios que lanzan fuego por sus manos –musitó la catalana, reprimiendo un escalofrío, realmente impresionada. –No quise pensar en ello cuando me confesó que dormía durante el día… como una muerta, me dijo, jaja… –la risa fue absolutamente falsa, por supuesto –, me troncho… pero, Dios, lo que he… visto…

—No insistas, Mirella. Todo eso es algo que debe contarte ella, no yo. Eres una buena amiga suya, creo que lo hará lo más sinceramente que pueda. En cuanto a mí, solo te diré que he sido entrenada para el combate, entrenada para matar, ya lo has visto. Ahora, date prisa, Ginger necesita ese teléfono…

Las manos de la tailandesa temblaban cuando tomó el móvil de su compañera. Buscó en el listín el nombre de Nessy y lo pulsó. Mientras esperaba la conexión, rezó en su idioma natal para tener algo de esperanza.

—Vaya, hacía mucho tiempo que no hablábamos –repuso una voz juvenil pero varonil a la vez.

— ¿Nessy?

—Claro que soy yo.

—Me llamo Ginger y soy la compañera de Ángela.

— ¿Qué pasa? ¿Por qué me llamas con su teléfono? –Nessy empezó a intuir que pasaba algo raro.

—Tú sabes lo que es ella, ¿verdad? –Ginger no sabía de qué forma abordar esa cuestión.

—Algo así. Me salvó el pellejo y la vi hacer cosas tremendas.

—Esta noche nos han atacado y ha amanecido sin que ella pudiera ocultarse. Estamos atrapadas en una playa de Premiá de Mar. Somos cuatro. Antes de caer inconsciente me dijo que te recordara que le debes un favor.

— ¿Qué quieres que haga? –la voz sonó serena y decidida.

—Tienes que venir a recogernos. Necesitarás un vehículo con los cristales tintados o algo así. Es vital, Nessy.

—Vale. Dame una hora. Envíame las coordenadas de donde os encontráis.

—Gracias, muchas gracias –dijo Ginger con un suspiro.

Las tres amigas se quedaron mirándose, sin hablar. Mochi acabó por sentarse en el suelo, al lado de las colchonetas en las que estaba envuelta Ángela, y las demás la imitaron.

— ¿Y ahora qué? –preguntó Mirella.

—Ahora tenemos que pensar qué vas a decir cuando vayas a la policía –contestó Mochi.

— ¿Yo? ¿A la policía? –Mirella abrió mucho los ojos.

—Deja que te lo explique. Van a encontrar el coche de tu padre rodeado de cadáveres. Lo siguiente que harán será llamar a la puerta de tu casa.

— ¡Joder!

—Así que en cuanto dejemos a Ángela a salvo, volverás aquí y acudirás a la comisaría, a denunciar el robo del coche de tu padre. No tienes que mentir mucho. Di la verdad, que estuviste de fiesta en esta playa, con los ingleses, pero que cuando quisiste irte a casa, al amanecer, el coche ya no estaba. Eso y el testimonio de los tíos que te has follado te darán una coartada.

— ¡Eres dinamita, Mochi! –aplaudió Ginger.

—Me chupo un montón de series policíacas en casa –Mochi abrió las manos y sonrió. –No menciones que has venido con nosotras, pero sí que quedaste con unas amigas en el party.

— ¿Y tu sangre? ¿Pueden rastrear tu ADN? –la pregunta de Mirella fue hecha con toda timidez.

—No, no estoy en el sistema. Además, mi sangre se degrada en minutos. No quedara evidencia alguna cuando el equipo forense analice la escena.

— ¿Cómo estás segura de eso? –la miró con suspicacia Mirella.

— ¿No te resulta evidente, después de lo que has visto, que Mochi ni Ángela son humanas? –inquirió Ginger tras dar un bufido.

—Ya le he advertido que solo Ángela puede tomar la decisión de contarle la verdad, pero es una preguntona –cabeceó Mochi al hablar.

—Mantén la calma, Mirella. No es tan malo como parece, solo algo extraño, diferente. Pero te voy a decir algo que te hará pensar… David era como ellas –Ginger señaló a Mochi y la inconsciente Ángela.

— ¡David! ¿Mi David? –la palidez se adueñó del rostro de Mirella.

—Sí, era un lobo, un hombre lobo –admitió Ginger, bajando la mirada.

— ¡Eso es imposible! Un… ¿Una bestia? No puede ser, yo he estado paseando con él bajo la luna llena –gimoteó Mirella, retorciéndose los dedos.

—La realidad no concuerda a veces con la leyenda –dijo Mochi. –Hay cosas que coinciden y otras no.

—David no murió en un accidente de montaña. Le mataron unos tipos hermanos de esos –Ginger señaló la dirección hacia los cadáveres con un movimiento de su cabeza –y Ángela los mató a todos, vengándole.

—Menuda masacre cuentan que hizo –asintió Mochi.

—Oh, Dios mío –Mirella dejó caer las manos sobre su regazo y empezó a llorar a grifo abierto. Unos hipidos entrecortaban su respiración de tanto en tanto.

Las otras chicas la dejaron llorar a gusto; las lágrimas se llevarían el dolor. Ginger se giró hacia Mochi y alargó la mano, tomando la suya.

—Me aterró cuando te vi rasgar tu carne y sacar ese cuchillo –cuchicheó con su nueva amiga. –No sabía que podías hacer eso.

—Es la herencia de mi padre. Era un Criador de Dagas. Ese es el don de su familia, literalmente. Pueden criar diferentes tipos de cuchillos adosados a sus huesos y extraerlos cuando lo desean. La carne se rasga y se cierra, la sangre desaparece, salvo la que mancha mi piel; esa se queda –Mochi señaló el muslo cubierto de sangre seca.

— ¿Y qué haces con esos cuchillos cuando has terminado? ¿Los vuelves a meter en tu cuerpo?—preguntó Ginger, curiosa.

—No, ya se están desarrollando otros nuevos filos en mi interior. A veces los guardo, otras los regalo. Mi padre solía venderlos, son muy estimados por los Guerreros.

—Es una suerte que esta noche estuvieras aquí, con nosotras. No creo que Ángela hubiera podido sobrevivir sola.

—No estoy tan segura de eso. Ángela se ha contenido esta noche, para no herirla a ella –Mochi señaló discretamente a Mirella, la cual seguía llorando, ahora mansamente. –Pienso que podría haberlos barridos a todos desde el primer momento, pero nos hubiera puesto a todas en peligro, así que se contuvo.

—Así es mi bella Ángela –sonrió Ginger, moviendo un poco la colchoneta que hacía de cubierta para tapar mejor a su dormida amiga. –Un monstruo con corazón…

Esperaron en silencio. Mochi estaba preocupada por si alguien descubría el escenario de la pelea antes de que llegaran a rescatarlas, pero la suerte terminó por sonreírles. La masacre se descubriría a media mañana por los traviesos hijos de un matrimonio extremeño que estaba de vacaciones en aquella parte de Cataluña.

Nessy llegó en una destartalada furgoneta Nissan, de un verde descascarillado y con la trasera abollada. Venía por el sendero levantando arena y polvo, procedente de Barcelona, así que no se topó con los cuerpos. Se bajó con una sonrisa al detener el vehículo. Ginger le miró y se preguntó en qué historia estuvo metida Ángela para conocer a un inmigrante negro como ese.

—Hola, soy Nessy –se presentó en un perfecto castellano con acento catalán.

—Yo soy Ginger, la que ha hablado contigo por teléfono. Ellas son Mochi y Mirella.

Nessy alzó una mano para saludarlas pero se acercó de inmediato hasta las colchonetas. Metió la mano para comprobar el lento pulso de Ángela. Acuclillado, levantó la mirada hacia las chicas y dijo:

—Así que no le puede dar el sol, eh. Mal asunto pero ya me esperaba algo así de ella. He tapado la ventana trasera con doble capa de cartón y traigo una gran manta de esas de los bomberos, de las que refractan. La envolveremos en ella.

—Buena idea –dijo Mochi, abriendo la puerta deslizante de la furgoneta.

Tomó la manta ignífuga de uno de los asientos y la desplegó. El brillante tejido plástico atrapó la luz del sol. Con la ayuda de las chicas, Nessy envolvió rápidamente el cuerpo de Ángela, tapándole hasta la cabeza, y la sentaron en uno de los asientos traseros del vehículo. Mientras tanto, Ginger cerraba los parasoles y camuflaba los colchones tras el pilar.

En camino, Mirella se lo pensó mejor y le pidió a Nessy que la dejara en El Masnou, el pueblo adyacente a Premiá de Mar, desde el cual tomaría un taxi para acudir a la comisaría. Mochi decidió acompañarla porque la catalana aún no estaba muy recuperada de cuanto había visto y aprendido. La adanita, desconfiada por naturaleza, no estaba dispuesta que Mirella, en un ataque de nervios, soltara toda la historia ante un asombrado policía.

* * * * * * * * * * *

— ¿Por qué nos paramos en las Ramblas? –preguntó Ginger a Nessy, cuando detuvo la furgoneta en una calle que desembocaba a media altura de la conocida rambla.

—Podéis quedaros en mi casa hasta que penséis en algo.

—Pero si vivimos cerca de aquí. Es una tontería… –Ginger señaló con el pulgar por encima de su hombro.

Verse rodeada de una multitud que caminaba arriba y abajo, sin preocupación aparente, la hacía sentirse más segura. Además, la cercanía de su piso era todo un atractivo reclamo.

— ¡No podéis ir a vuestro piso! Por lo que me has contado os han encontrado en una fiesta a la que fuisteis invitadas de sopetón, ¿no? Si es así, ¿no crees que sabrán perfectamente dónde vivís? Tendrán vigilado vuestro apartamento –Ginger suspiró y asintió. –Voy a traer un carrito del súper que tengo ahí dentro y la pondremos dentro. Con la manta, nadie sabrá que es un cuerpo humano… bueno, un cuerpo –rectificó con un sonrisa.

Poco después, Ángela estaba acostada en una cama y Nessy estaba sellando las ventanas con cartones, a pesar que las persianas estaban bajadas. Ginger estaba arrodillada en el suelo, al lado de la cama, y limpiaba con alcohol las quemaduras que Ángela mostraba en manos, brazos y rostro.

— ¿Queréis un café o algo para desayunar? –preguntó desde el pasillo una bonita chica con acento andaluz. Iba en ropa interior sin mostrar pudor alguno.

—No, graciasBea –dijo Nessy cuando vio a Ginger negar con la cabeza. –Lo que tienes que hacer es volver a la cama, que es muy temprano y anoche te quedaste hasta tarde.

Nessy, que había terminado de sujetar el cartón sobre los cristales, salió al pasillo y tomó a Bea de la cintura, acompañándola hasta otro dormitorio, volcando en su oído tiernas frases. Cuando regresó a la habitación donde se encontraba Ángela acostada, venía solo.

— ¿Eres su chulo? –le preguntó Ginger, señalando con el dedo al pasillo.

—Prefiero el término proxeneta o agente, pero sí, la represento a ella y a otras tres que también están durmiendo. ¿Algún problema con eso?

—No, no, solo que no pensaba que te dedicaras a eso.

—Ya, lo más fácil es hacerme delante de una manta llena de cachivaches en el paseo del litoral –ironizó Nessy.

—No debería haber dicho nada. Yo también soy una ilegal aquí.

—El caso es que tengo la nacionalidad española. Nací aquí, en Barcelona. Venga, voy a prepararte una manzanilla… no tienes buena cara.

—Estoy cansada y tengo sueño –dijo ella, siguiendo a Nessy hasta la cocina. Al diluirse la adrenalina en su sangre, el cansancio caía sobre ella como una losa.

Mientras se calentaba el agua, Ginger, más para mantenerse despierta que por otra cosa, le preguntó sobre lo enorme que parecía el apartamento.

—Son dos pisos unidos, toda la planta, de hecho. Así mis chicas no tienen que salir de casa para recibir “visitas”. Me costó lo mío convencer al casero para unificarlos, pero me comprometí a pagar la obra y hacer varias mejoras estructurales. Ahora lo verás cuando te enseñe una habitación libre para que te eches un rato.

—No hace falta, estoy bien…

—Estás bien para hacer una peli de terror, coño. Estás que te caes y así no ayudas a nadie. Y no te preocupes, las chicas cambian las sábanas a diario.

Ginger sonrió y aceptó la taza de manzanilla. No hubiera podido meterse otra cosa más sólida en el cuerpo, así que lo agradeció realmente. Apenas prestó atención a la visita del apartamento pero cabrían cuatro como el suyo allí dentro. Era enorme, con un montón de habitaciones totalmente acondicionadas y varios cuartos de baños. El edificio era antiguo pero estaba bien conservado y en un sitio muy concurrido para aquella profesión. Finalmente, Nessy llevó a Ginger hasta un pequeño dormitorio con una cama infantil.

—Es de la hija de una de mis chicas… ahora está pasando un tiempo con su padre pero mantenemos su habitación preparada –explicó el joven.

Ginger miró una fotografía sobre la mesita de noche. Una mujer joven, de bellas facciones caucásicas, abrazaba a una niña de cuatro años, pelirroja y pecosa.

— ¿Todas tus chicas son… blancas? –preguntó Ginger, sorprendida.

—Blancas y españolas hasta ahora, pero puede que una yanqui se venga a vivir pronto aquí.

—No te pareces en absoluto a los otros tipos negros que conozco.

—Eso suena a lisonja, hermana.

—Tómatelo como una, en serio.

—Venga, te dejo que descanses… si hay algo, te avisaré.

—Gracias por todo, Nessy –le sonrió Ginger, tumbándose sobre la cama.

—Es lo menos que podía hacer por ella, te lo aseguro –dijo Nessy, saliendo de la habitación y cerrando la puerta.

Cuando Ginger despertó, no supo decir cuánto tiempo había pasado. Comprobó que era la hora del almuerzo al mirar su reloj de muñeca. Habían pasado pocas horas desde que se tumbó, por lo que dedujo que algo la había despertado. Entonces, escuchó los cuchicheos en el pasillo. Eran voces de hombres, reconoció. ¿Clientes para las chicas? No parecía una hora acorde para ello.

De repente, la voz de Nessy resonó claramente, furioso. Parecía venir corriendo por el pasillo.

— ¿QUÉ COÑO ESTÁIS HACIENDO AQUÍ?

Hubo un fuerte golpe contra la pared y dos débiles taponazos. Un ruido de cristales quebrados. Ginger saltó de la cama y se escondió tras el pequeño hueco que quedaba contra la pared si se abría la puerta, con el móvil en la mano. Con la respiración contenida buscó el número de Mochi. Se alzaron los gritos de varias mujeres y esta vez escuchó perfectamente lo que decían aquellos hombres, que ya no cuchicheaban en absoluto.

— ¡No dejemos testigos! ¡Cárgatelas, coño! –y, a continuación, se escucharon otros taponazos y unos cuerpos se desplomaron.

— Joder, qué calor –dijo otra voz.

— ¡No te quites el pasamontañas, capullo! ¡No hasta que lleguemos por lo menos a la sede! ¡Hay cámaras por toda la puta calle!

—Vale, vale.

—Registrad este sitio y no uséis más las pistolas, joder… tenéis las picanas para algo –el que parecía llevar la voz cantante sonaba enfadado.

Con la espalda pegada a la pared y temblando de miedo, Ginger escuchó saltar el buzón de voz de Mochi. Para ella, era su única esperanza.

—Mochi, están aquí… nos han encontrado otra vez… ayúdanos –musitó la tailandesa en el aparato, con las lágrimas saltadas.

La puerta se abrió y ella se apretó todo lo que pudo en el estrecho espacio, mordiéndose el labio con fuerza para no chillar.

— ¡Está aquí, dormida! ¡No parece despertar! –avisó alguien más lejano.

—Es una vampira. Estará catatónica –respondió el hombre que había entrado en la habitación donde se ocultaba Ginger. — ¡Preparadla para el transporte y terminar de registrar este burdel!

Entonces, el intruso se dio cuenta que estaba en un dormitorio infantil y que la cama estaba deshecha, así que decidió entrar completamente y buscar un posible crío escondido. Sonrió al cerrar la puerta y contemplar a la temblorosa Ginger. Viéndose descubierta, se lanzó sobre el hombre con un chillido de rabia pero no consiguió más que caer sobre los electrodos de una potente picana. La descarga sacudió todo su cuerpo y cayo desmadejada al suelo, inconsciente.

Media hora más tarde, Mochi empujó con cuidado la entreabierta puerta del apartamento y entró, pisando despacio, con una daga en la mano. Pronto descubrió los cuerpos tirados en el pasillo: Nessy y dos chicas. El afro hispano estaba muy mal pero aún respiraba, las chicas estaban muertas. Rápidamente, Mochi registró el apartamento, descubriendo a Ginger en el suelo. Suspiro con alivio cuando comprobó que solo estaba desvanecida. Un par de suaves palmadas en las mejillas la despertaron.

— ¡Mochi! ¡Has venido! –exclamó Ginger, incorporándose y llevándose una mano a la sien. Parpadeó y los recuerdos despertaron en su mente. — ¿Y Ángela? ¿Dónde está?

—No está –negó Mochi con la cabeza, al mismo tiempo que ayudaba a la tailandesa a ponerse en pie.

— ¡Se la han llevado! –gimió Ginger.

Mochi no se esperó a reconfortarla, sino que regresó al pasillo, sacando de una pequeña mochila que llevaba a la espalda, un frasquito con un líquido rosado. Se arrodilló al lado de Nessy y levantó la vista hacia su amiga.

—Ven, ayúdame a incorporarlo, Ginger.

— ¿No está muerto? –preguntó débilmente, mirando los cadáveres de las prostitutas.

—Aún respira. Tengo que hacerle tragar un poco de esto para darle una oportunidad de salvarse.

Ginger se acuclilló frente a Mochi, manteniendo el cuerpo de Nessy entre las dos, y pasándole una mano bajo la nuca, alzó su cabeza. La hija de la asunamata entreabrió los labios del joven con los dedos y volcó un chorrito del elixir en su boca.

— ¿Qué es eso? –quiso saber Ginger.

—Una poción destilada de la sangre de mi madre –Mochi sonrió al ver la mueca de desagrado en su amiga. –Detendrá las hemorragias y le dará tiempo a que lleguen los sanitarios. A la Casta, esto suele curarla del todo, pero con los humanos no funciona igual. De todas formas, si llamas ahora, puede salir de esta.

—Sí, sí –-dijo Ginger, poniéndose en pie y sacando el móvil del bolsillo de su short.

— ¡No, tonta, con ese no! –la detuvo Mochi, alzando la mano. –Grabarán la llamada a Emergencias y después rastrearan ese número. Busca otro teléfono en la casa. Habrá un fijo o las chicas muertas tendrán sus móviles en sus cuartos. Además, hay dos tías más en los dormitorios del fondo, inconscientes. Seguramente le han hecho lo que a ti.

—Una puta descarga eléctrica –masculló Ginger, moviéndose rápido hacia el final del pasillo.

Encontró un móvil fácilmente, tirado al lado de otra Bella Durmiente y llamó al 112. Se hizo pasar por una vecina que había escuchado disparos y que, cuando se atrevió a comprobar lo que había ocurrido, había encontrado dos muertos y un herido con dos balazos. Dio las señas y colgó cuando la operadora insistió en que diera su nombre.

— ¿Ya? Venga, tenemos que irnos –le metió prisa Mochi.

— ¿Y Mirella?

—Se fue a su casa. ¿Tienes ropa o algo aquí? ¿Dónde está tu bolso?

—En la sala principal –Ginger, algo aturdida, señaló hacia la salida del apartamento.

—Ve a por él mientras yo paso un trapo por los lugares más evidentes donde hayas podido dejar tus huellas.

— ¿Mis huellas?

— ¡Tira ya! Pareces un papagayo, coño…ah, mira si está el bolso de Ángela también. No vayamos a meter la pata ahora.

Mochi no la dejó bajar a la calle, sino que la encaminó hacia la azotea. Mientras subían las escaleras le explicó el por qué. La policía examinaría las cámaras de la calle para ver quien había entrado y salido del edificio. Tres muertos metían presión a los comisarios y estos liberaban más recursos para la investigación. Peinarían todo el apartamento en busca de huellas y pruebas de ADN. Ginger tenía la ventaja que tampoco estaba en el sistema como ilegal, si no la había arrestado la policía alguna vez. Ella negó con la cabeza, con vehemencia. Si encontraban algún rastro de ella y siendo la casa un burdel, había muchas posibilidades que no le dieran la importancia necesaria.

Cuando llegaron a la azotea, pequeña y llena de cuerdas para tender, Mochi la hizo quedarse quieta, en el centro, mientras ella examinaba cada lateral. Desde unos metros de distancia, le preguntó a la tailandesa la manera con la que habían sacado a Ángela de la furgoneta para meterla en el edificio.

—La metimos en un carrito de supermercado, bien tapada con la manta. Nessy la dispuso de forma que pareciera un bulto y no un cuerpo.

—Bien pensado, Nessy. Ven, vamos a saltar por aquí –con un gesto, le indicó a Ginger que se acercara.

La asiática se asomó por el murete. Había un tejado más abajo, con poca inclinación, a unos tres metros de distancia.

—Está alto –murmuró.

—Si te cuelgas de las manos apenas es un metro y medio. Puedes hacerlo, Ginger. Yo te ayudaré. Venga, súbete…

Las dos se subieron al murete, el cual era bastante ancho para alegría de Ginger. Mochi se colocó a horcajadas y aferró una de las muñecas de su amiga.

—Te voy a sujetar para bajarte. No patalees…

No hubo más aviso ni preparación. Ginger dio un gritito cuando se vio colgando de la muñeca y sin poder agarrarse a nada más.

—Escúchame bien, Ginger –Mochi mantenía su torso pegado al murete para bajar a la tailandesa todo cuanto pudiera. –Te voy a soltar. Flexiona las rodillas al tocar el tejado y déjate caer a un lado, de esa forma no rodaras. ¿Me has entendido? –Ginger asintió, asombrándose que el rostro de su amiga ni siquiera se congestionara algo al sostener su peso de una sola mano. –Una, dos,…

El tres marcó su aterrizaje. Fue menos duro de lo que pensaba y se acordó de dejarse caer sobre un costado, lo que la dejó inmóvil sobre las tejas. Un segundo después, Mochi estaba a su lado, con el mismo esfuerzo que hace el que baja un escalón. La ayudó a caminar sobre las tejas y a encaramarse a la azotea de otro edificio, del cual usaron las escaleras para ganar la calle. Mochi le echó el brazo por los hombros, obligándola a bajar la cabeza y caminaron como si fuera una joven susurrando secretitos al oído de su pareja.

Ocho minutos más tarde, un coche de los Mossos se detuvo frente al portal del edificio de Nessy y otro más lo hizo en la misma Rambla. Una pareja de policías subió mientras que sus compañeros aseguraban el portal y buscaban alguna salida trasera. Una ambulancia con paramédicos llegó un par de minutos después y consiguieron estabilizar al pobre Nessy, aunque no tenían ni idea de cómo había aguantado con esas heridas hasta su llegada.

CONTINUARÁ…

Un comentario sobre “Ángel de la noche (29)

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