JANIS MULLIGAN

 

La subyugación

6 de junio de 2014.

Ángela decidió esperar hasta el fin de semana para seguir adelante con sus planes con respecto a la Sociedad. No tenía un plan preestablecido. Ese no era su estilo. Sin embargo, sabía que el señor Alba Carrillo salía de golfas casi todas las noches, pero se recogía temprano si había que trabajar al día siguiente. Ángela quería disponer de más tiempo para asegurar su jugada.

El sábado noche, Cuero Viejo se encargó de seguir los pasos del masón, gracias a un Hyundai que Ángela alquiló. El Casta era el único que sabía conducir, para desespero de la vampiresa. Las tres chicas y el adanita ocupaban el interior del vehículo. A la una de la madrugada, el sujeto dejó los bonitos y modernos tugurios situados en el puerto deportivo. Ángela no se había querido acercar a él en una zona tan frecuentada y llena de cámaras. Prefirió esperar a que el tipo estuviera un poco más bebido y calentorro para disponer de más ventaja. Así que siguieron su coche hasta el polígono de Pedrosa, cercano al viejo puerto y famoso por las prostitutas que pululaban por allí a todas horas. También se ubicaba allí, entre las naves industriales y almacenes, cierto local con solera, el club Riviera.

A pesar del poco tiempo que Ángela llevaba viviendo en Barcelona, había escuchado hablar del puticlub en cuestión en varias ocasiones. Según las compañeras de La Gata Negra y algunos clientes habituales, El Riviera llevaba más de cuarenta años funcionando, pasando de un propietario a otro, y disponiendo de las mejores chicas de la ciudad condal. Por eso, cuando el Peugeot color crema del señor Alba se encaminó hacia el conocido polígono, Ángela supo enseguida cual sería su destino y que, finalmente, disponía de su ocasión.

El miembro de la logia aparcó a distancia del establecimiento y, encendiendo un cigarrillo, dio un lento paseo hacia las rutilantes letras de neón celeste y rosa que parpadeaban en la fachada del club.

—No tiene ninguna prisa el pavo –masculló Cuero Viejo, con las manos sobre el volante.

—Es un sibarita –bromeó Ángela. –Le dejaremos unos minutos de ventaja, pero no demasiados…

—Para que no tenga tiempo de escoger chica, ¿es eso? –las cejas de Ginger se arquearon con el comentario.

—Chica lista –la rubia le dio un pellizquito en el muslo como recompensa.

— ¿Qué piensas hacer? –preguntó Mochi, girándose en su asiento para mirarla.

— No estoy segura, pero me gustaría acercarme a él… ya sabes, seducirle y llevármelo a un sitio discreto.

— ¿Piensas que te preferirá a ti en vez de las jamonas que debe de haber ahí dentro? –ironizó Cuero Viejo.

—Por eso vamos a ser dos –respondió por ella Ginger. –Dos chicas complacientes y dispuestas para las mayores travesuras.

—Joder, Ginger, cada vez hablas mejor el castellano –Ángela le echó un brazo sobre los hombros. –Cuero, cuando entremos lleva el coche lo más cerca posible del club. No sé cómo lo haremos pero no quiero tener que arrastrar a ese tipo mucho trecho si la cosa va mal.

—Oído, jefa –respondió el adanita con sorna.

— ¿Y yo? ¿Qué hago? –preguntó Mochi, sentada en el asiento del copiloto.

—Apoyo moral –le dijo Ángela, palmeándole un hombro antes de abrir la puerta y salir.

La entrada de Ángela y Ginger en el Riviera fue apoteósica, al menos para los clientes más cercanos a la entrada. Las chicas, vestidas para matar, todo hay que decirlo, se reían y se abrazaban, fingiendo un falso estado de embriaguez. Ángela bajó una mano y sobó descaradamente el trasero de su amiga, la cual, siguiendo con la comedia, dio un saltito y una risotada. Unos jóvenes que formaban un grupo compacto frente a una gran jaula vacía, soltaron unas cuantas groserías y Ángela les sacó la lengua y tironeó de la faldita hasta mostrar la parte trasera de su braguita. Los chicos aplaudieron e hicieron ademán de acercarse, pero la vampiresa, cogiéndose al brazo de Ginger, echó a andar decididamente hacia la barra, la cual se situaba en un semicírculo al fondo. La atención de los jóvenes se vio inmediatamente acaparada por dos chicas neumáticas que se acercaron a ellos, vestidas con vaporosos camisones que no tapaban apenas nada y, lógicamente, dejaron en paz a las dos amigas.

Ángela bromeó con uno de los camareros, un tipo joven y apuesto, seguramente un universitario, al preguntarle si sabía hacer cócteles. Ginger, subiéndose de puntillas al posapies de metal que recorría el frontal del mostrador, enseñó audazmente, a todo el mundo, el escotazo que le dejaba el vestido, al reflejarse perfectamente en el gran espejo del muro de la barra.

Muchos de los hombres que se acodaban en el mostrador empezaron a comprender que aquellas dos chicas no pertenecían al equipo del local. Ángela entregó a Ginger un chupito de algo que tenía un vistoso color carmesí, brindó con ella y ambas bebieron el contenido de un trago. Ginger se estremeció e hizo una mueca exagerada. Ángela, en cambio, subió ambos brazos y agitó su cuerpo en un estudiado paso de baile que hizo las delicias de los más cercanos.

— ¿Qué pasa? ¿Aquí no baila nadie? –exclamó con fuerza, lanzándose a menear sus esbeltas caderas con un endiablado ritmo.

—No es de ese tipo de local –le dijo un galán de pelo engominado, inclinándose sobre su oreja. Ángela le miró de reojo y sonrió. El sujeto hedía a colonia de Antonio Banderas como si se hubiera duchado con ella.

— ¿Ah, no? Pero hay música, ¿cierto?

—Sí, sí, pero…

—Pero nada –le cortó. –Vamos, Ginger, a bailar.

Ni corta ni perezosa, Ángela ayudó a su amiga a subirse sobre una tarima enlosada –seguramente un podio para que las chicas se exhibieran cuando quisieran –y aprovechó una nueva canción para comenzar a golpear rítmicamente su cadera contra la de Ginger.

Como si fueran los entusiastas voceadores de un viejo circo, los hombres del local se vieron atraídos casi al unísono por su entusiasta contoneo, formando una masa compacta de cabezas a la altura de las cinturas femeninas de las dos bailarinas. Desde su atalaya, Ángela consiguió divisar al hombre de la Sociedad Van Helsing, sentado a una mesa situada en un lateral del local, justo al lado de una cascada simulada sobre un gran vidrio. En un arranque de inspiración y aprovechando que el tipo las estaba mirando, le lanzó un beso volado que hizo sonreír al hombre.

Había hecho contacto.

Al cabo de un par de canciones, decidieron bajarse, sorteando las manos de varios clientes más audaces. Se acercaron de nuevo al mostrador y el camarero les informó que tenían bebidas pagadas por un caballero. Ángela miró a Ginger y se relamió. Sabía perfectamente quien era el caballero, pero, aún así, preguntó. El camarero se giró y señaló hacia la mesa del señor Alba.

Cogidas de la mano y con la bebida en la otra, las dos chicas se contonearon hasta la mesa del masón, pudiendo sentir sobre sus cuerpos la intensidad de su mirada. Ángela se detuvo delante de la mesa, dejando que el hombre recorriera toda su figura con los ojos.

—Eres muy amable –dijo, agradeciéndole la invitación. –Yo soy Ángela, ella es Ginger.

—Yo soy Simón. Por favor, sentaros –el hombre abarcó los sillones a su lado con un gesto. –No os he visto nunca por aquí…

— ¿Es que eres socio o qué? –bromeó Ángela.

—Vengo casi todos los fines de semana… y unas chicas tan guapas como vosotras no se me habrían pasado por alto.

—Vaya… gracias –sonrió Ginger, atusándose el oscuro flequillo.

— ¿Sois estudiantes?

—La has clavado, amigo –se rió Ángela estridentemente, soltándole una palmada en el brazo a Simón.

—Estábamos buscando piso para curso que viene –explicó Ginger.

— ¡Sí, y estamos celebrando que lo hemos encontrado! –Ángela brindó de nuevo con su amiga.

Ginger había aportado una excelente explicación, mucho mejor que todo lo que tenía pensado Ángela, que, en suma, no era más que otra de sus improvisaciones. La tailandesa estaba revelándose como una joven astuta y digna de toda confianza.

—Me alegro por vosotras –los ojos de Simón estaban enrojecidos y las pupilas se movían un tanto erráticas. — ¿Y cómo habéis acabado aquí?

—Oh… ella y yo salíamos con unos amigos del auditorio, en el Ensanche… y nos invitaron a seguir la marcha, ya sabes. Hemos estado de copas y de risas, pero los cabrones nos han dejado tiradas en este puto polígono. Menos mal que hemos visto este… sitio… ¿es un puticlub, no? –la rubia bajó la voz como si alguien se fuera a ofender si la escuchaban.

—Exacto. Esto es un antro de perversión –se rió Simón.

—Ya decía yo que las chicas con las que nos hemos cruzado nos miraban mal –dijo Ginger, mirando hacia dos de ellas.

—Creen que sois competencia… pero no os preocupéis, niñas, os llevaré a donde me digáis. Tengo el coche fuera.

— ¡Chachi! –exclamó Ángela, girándose hacia su exótica amiga y chocando la palma en alto con ella.

Simón pidió una nueva ronda y se unió a las risas y comentarios de las chicas. La actuación de ambas convenció totalmente al tipo, jugando con su ego y con su libido, y dejando que el alcohol ayudara con el engaño. Ángela empezó a pegar su cabeza a la de Simón cuando hablaban, como si deseara más intimidad, y Ginger, por el otro costado, se apoyaba indolentemente en el hombro del masón, dejando que sintiera su menudo pecho contra el brazo. Con todo ello, Simón poco le faltaba para echar humo por las orejas. Sus manos recorrían los suaves muslos de las chicas bajo la mesa, ya que los breves vestidos dejaban casi totalmente al descubierto sus piernas. A pesar de lo que llevaba bebido, una dura erección se erguía en el interior de su pantalón.

— ¿Sabes…? –los labios de Ángela rozaron la rasurada mejilla del viudo. – A mi amiga y a mí nos… van los maduritos…

— ¿Maduritos como yo? –la punta de la lengua asomó entre los labios masculinos.

—Sí, nos parecen mucho más interesantes que esos jóvenes arrogantes –puntualizó Ginger, antes de dejar que Ángela le metiera un juguetón dedo en su boca, justo bajo la mirada de Simón.

Este tragó saliva, a la par que abría los ojos de par en par. Ginger lamió sensualmente el dedo de su amiga.

— ¿Te imaginas dónde puedo meter este dedo lubricado? –preguntó la rubia en un susurro.

—Oh, Dios… ¿de verás? –parpadeó el hombre, sin creérselo aún.

—Ya te digo. ¿Te gustaría vernos a las dos?

— ¡Más que nada! –barbotó, terminando el culo del vaso de un trago. — ¿Otra ronda?

—Creo que sería mejor si supieras de un sitio más íntimo que esto –Ángela rodó los ojos hacia el techo.

— ¿Qué os parece mi casa? –apuntó Simón, con el corazón alocado en su pecho.

— No estará tu esposa, ¿no? –frunció el ceño Ginger al preguntar.

— ¡No, nada de eso! Soy viudo desde hace unos años…

—Oh, pobrecito –Ángela deslizó sus dedos por el pelo del hombre. –Tan necesitado…

—Oh, sí… famélico –puntualizó con una risita.

—Pues… deprisa, Simón –le jadeó Ginger al oído, usando la punta de la su lengua para recorrer el pabellón. –Me voy a sentar a tu lado y voy a hacerte cositas muy guarras mientras conduces…

Simón se puso en pie como un resorte. Riéndose, las chicas se aferraron cada una a un brazo y, siendo envidiado por más de uno en la sala, el hombre las llevó hasta la puerta.

—Tengo el coche a un par de calles –trató de explicar al salir a la calle, pero Ángela le obligó a pegarse a la fachada en cuanto doblaron la esquina.

—No tengas prisa, hombre, tenemos mucha noche por delante –le dijo la rubia, deslizando su lengua por la barbilla del hombre.

—Sí… unas caricias aquí, en la oscuridad –susurró Ginger, dando un paso para unirse a ellos. Aferró suavemente el paquete genital y tiró de esa forma de Simón hacia una zona más oscura, fuera de la influencia de los neones.

—Oh, Jesús de mi vida –gimió el hombre, siendo dulcemente arrastrado hacia la penumbra.

Aquella manita le estaba volviendo loco, sobre todo al contemplar la expresión de vicio que presentaba el rostro asiático. Por el otro lado, la rubia estaba succionando la piel de su garganta, atrayendo la sangre bajo la dermis. En ese momento, le importó bien poco las marcas que pudiera dejarle en el cuello. ¡Como si le mordía como una fiera!, pensó.

—Ginger… –Ángela apartó los labios del cuello de Simón, jadeando. Había estado a punto de morderle. –Llama a casa y dile a mamá que vamos a llegar más tarde… quizás por la mañana.

La tailandesa frunció el ceño durante dos segundos, pero comprendió a qué se refería su amiga. Se retiró unos pasos y sacó el móvil del pequeño bolsito dorado que llevaba en bandolera. Dentro del Hyundai alquilado, el teléfono de Mochi sonó.

— Os hemos visto salir. ¿Nos lo llevamos ya? –preguntó la indostaní sin darle tiempo a hablar.

—Puede que no volvamos a casa esta noche, mamí. Ángela tiene otros planes, pero no te preocupes, un simpático caballero nos va a llevar a su casa.

— ¡Ese no era el plan!

—Ángela ha improvisado. La cosa ha salido de otra manera. Nos vemos en su apartamento –musitó rápidamente y colgó.

— ¿Se lo has explicado a mamá? –le preguntó Ángela, que tenía la mano del hombre bajo el vestido.

–Sí. Todo arreglado.

Vamos, Simón… ¡a follar! –la vampiresa lo apartó de la pared y echaron a caminar en la madrugada hacia el coche.

* * * * * * * * * * *

Simón apenas tuvo tiempo de salir del ascensor e introducir la llave en la cerradura de la puerta de su apartamento, cuando aquella rubia jovencita –no había querido preguntarle su edad por miedo a que le dijera que era menor de edad –empezó a parecerle un pulpo. Le introdujo toda la lengua en la boca, como si estuviera degustando un pastel de merengue y el hombre solo le quedó que gemir y tratar de atrapar aquella lengua con la suya.

Ginger se ocupó de echar un somero vistazo al piso y encontrar el camino hacia el dormitorio más cercano. Los muebles estaban pasados de moda y al apartamento le hacía falta una mano de pintura, pero estaba arreglado y limpio. Sin duda, Simón tenía una asistenta y todo cuanto había en el interior lo compró su difunta esposa años atrás. Guió a la pareja que no dejaba de besarse con sus manos, hasta dejarles caer sobre la colcha de una cama de matrimonio.

Un cuadro de Jesucristo con el corazón en llamas le devolvió la mirada a la tailandesa desde su puesto de honor sobre el cabecero.

“Este tío no ha cambiado nada de su casa desde la muerte de su mujer. No será por respeto porque sí que se va de putas cada noche”, pensó Ginger, un segundo antes de posar sus ojos sobre su amiga.

La urgencia que demostraba Ángela no parecía ser ficticia. Estaba cabalgando al hombre, echada de bruces sobre él, y le tomaba la cabeza con sus manos, mesando el cabello sin dejar de besarle con toda pasión. Simón, por su parte, recorría todo lo que podía del cuerpo de la rubia con sus manos, colándose bajo el vestido tanto por arriba como abajo.

Ginger se sentó en el borde de la cama, atraída por el dinamismo de su amiga. Intuía que se debía a la sed de sangre. Le había entregado la suya propia en anteriores ocasiones, pero no había tenido la oportunidad de verla así, frenética y hambrienta. Una mano de Ángela dejó la cabeza del hombre y descendió como una flecha hasta la entrepierna masculina. Al igual que Ginger hizo en la puerta del club, acarició el oculto y henchido falo, consiguiendo que Simón gimiera largamente con el contacto.

—Quiero verla –susurró Ángela, despegando sus labios unos milímetros de la boca de Simón, quien no contestó siquiera.

Ginger se mordió el labio inferior al contemplar la habilidad de la mano de su amiga para desabrochar el cinturón y la bragueta hasta sacar el miembro erecto al exterior. No era muy grande pero sí gorda, juzgó. A Ángela no pareció importarle el tamaño, ya que la aferró de inmediato, acariciándola con energía.

—Estás muy caliente, tigre… hay que hacer algo enseguida, ¿verdad? –dijo Ángela a su amante, mirándole fijamente a los ojos. –Te voy a hacer una paja para que después puedas durar más con nosotras…

Simón asintió vehementemente y abrió sus brazos en cruz sobre la colcha. La mano de Ángela siguió meneando su apéndice pero adoptando un ritmo pausado, apretando diestramente el morado glande cada vez que su mano subía. Su otra mano estaba atareada en desabotonar la camisa de Simón. Cuando el pecho masculino quedó a la vista, la vampiresa volvió a inclinar la cabeza, besando los pezones del hombre a través de una maraña de vello canoso. A la misma vez, miró largamente de reojo a su amiga, quien no le quitaba el ojo de encima. Ginger tuvo un fuerte estremecimiento al descubrir aquella mirada intencionada. Como si su cuerpo respondiera a la intención de aquellos ojos, su braguita se mojó al recoger los humores lascivos destilados en el interior de su vagina.

—Oh, Dios… ¿dónde has aprendido a m-menearla… así? –jadeó Simón.

—Hice mis pinitos en el insti… me costó aprender, no te creas –bromeó la rubia, todo sin dejar de dar besitos por todo el velludo pecho masculino.

—Me voy… a correr… encanto…

— ¡Ginger, rápido, pásame tus bragas! –le pidió Ángela a su amiga, mirándola y deteniendo su mano mientras la tomaba por sorpresa.

— ¿Mi braguita? –preguntó en un susurro, las cejas alzadas.

— ¿Sus bragas? –repitió la pregunta Simón, alzando la cabeza unos centímetros.

—Te vas a correr en sus bragas, amigo mío, y luego se las pondré de nuevo cuando nos vayamos a casa, para que camine con los restos de tu lefa entre las piernas –musitó Ángela con una ronca intensidad.

—Dulce Espíritu Santo… que guarrerías… ¡Me encanta! –dijo el hombre sonriendo y dejando caer de nuevo su cabeza, al comprobar que Ginger la pasaba una sucinta braguita celeste que se quitó en un santiamén.

Ángela puso la prenda íntima alrededor del talle del miembro y retomó su masturbación. Esta vez no quitó los ojos de su amiga durante el proceso mientras se relamía. Ginger, totalmente afectada por aquella intensidad casi desconocida en su amiga, levantó un tanto su vestido, dejando al descubierto su sexo, tan solo adornado con una estrecha tira vertical de vello púbico. Ángela sonrió al ver tal gesto.

—Tócate, cariño –silabeó casi en silencio.

El dedo corazón de Ginger bajó hasta su entrepierna sin vacilación, como si estuviera esperando esa orden desde hacía horas. Su vulva pulsaba, hinchada y húmeda. El dedo separó las íntimas carnes hasta deslizarse sobre un encrespado clítoris que le transmitió un placentero estremecimiento.

—Aaaah… sí… qué m-ma…nita, madre mía –tartamudeó Simón, corriéndose sin remedio. Un reguero de semen se deslizó mansamente hasta empapar la tela de la braguita de Ginger.

— ¡Perfecto! –gruñó Ángela.

Hizo una bola con la prenda y, con una velocidad inhumana, la introdujo en la entreabierta boca del hombre, quien intentó protestar, pero ya era tarde. La vampiresa se echó sobre él, manteniéndole fijado sobre la cama, y mordió su garganta con un gruñido animal. Ginger se sobresaltó por esa acción inesperada. Sabía que el plan era subyugar al hombre, utilizando su saliva hechizadora, pero nunca esperó ese arranque de ansia en su amiga. Simón se tensó al sentir los agudos colmillos penetrar en su carne, pero, por mucha fuerza que hizo, no consiguió romper aquel letal abrazo.

Ángela no tomó demasiada sangre –pensaba darle otro mordisco antes de marcharse para reforzar la subyugación –, pero su estado anímico ya estaba bastante agitado esa noche, entre las caricias, el alcohol y la sed desatada. Le había llevado a ese extremo por un solo motivo: la subyugación era mucho más fácil y poderosa cuando sus víctimas se abandonaban al placer. Justo en ese instante, su mente estaba totalmente indefensa.

Lamiendo los restos de sangre que pudiera haber sobre sus labios, miró a Ginger, la cual estaba aún atareada en acariciarse íntimamente con sus dedos, muy excitada por cuando había visto y hecho aquella velada.

—Ayúdame con el calor, amor…

La imploración que Ginger vio en sus ojos la motivó para acudir en ayuda de su compañera. El vestido salió en un segundo por encima de su cabeza, dejándola totalmente desnuda, y saltó sobre la cama para abrazar a su amiga rubia.

—Quietecito ahí, Simón. Puedes mirarnos pero no tocarnos –le ordenó Ángela al hombre, al mismo tiempo que acogía a la asiática entre sus brazos. Despectivamente, le dijo: –Bastante me has sobado esta noche, desgraciado.

—No te había visto nunca así –susurró Ginger, mientras desnudaba a su amiga.

—He tenido que hacer de tripas corazón, cariño. ¡Odio estos tíos y hacer el rol de calentorra con él… casi me ha superado! –Ángela calló para besar a la tailandesa en cuanto estuvo libre de su vestido.

Ambas cayeron sobre la cama, Simón se movió un poco para dejarles espacio y no tocarlas. La orden de la chica había sido muy clara. Sin embargo, sus ojos parecían querer salirse de las órbitas, intentando no perderse ni un solo detalle de la batalla amorosa que se estaba llevando a cabo a unos centímetros de su nariz. Aunque jamás lo admitiría abiertamente, no le importaba lo más mínimo que aquella chiquilla le hubiera engañado, resultando ser una criatura maligna. Es más, estaba totalmente seguro que si le pedían que las siguiera aquella misma noche, el mundo no volvería a saber más de Simón Alba, Adepto de Primera Orden de la Sociedad Van Helsing.

Ginger se colocaba sobre su amiga. Tenía un muslo insertado entre las piernas de la rubia y se atareaba en mordisquearle los endurecidos pezones.

— ¡Deja los preliminares, cariño! Noto el fuego en mis venas… házmelo ya, joder… –Ginger sonrió al escuchar la imprecación de su amiga. Sabía que perdía los papeles cuando bebía sangre.

Utilizó los codos para descender hasta la entrepierna y deslizó el diminuto tanga de Ángela piernas abajo. Inmediatamente, aplicó sus labios y lengua al chorreante sexo, abierto de par en par por los propios dedos de su dueña. Ángela casi se encabritó cuando la boca de la asiática le presionó ardientemente el clítoris. Deslizó una mano por el suave cabello de Ginger para coger un buen puñado y tironear de él como si fuese una rienda. Era algo instintivo en ella y a Ginger le gustaba, así que no se cohibía de hacerlo.

Movió la cintura, haciendo rotar las caderas. Su pelvis cobró vida propia a medida que la lengua de Ginger realizaba nuevas acometidas, agitándose y ondulando como solo las bailarinas del vientre saben hacer. Ginger la lamía con tantas ganas que pronto no pudo hablar, tan solo gemir sordamente entre jadeos. En un pequeño rincón de su mente, dejó guardada la verdad sobre lo que había sentido con el toqueteo de Simón. Odiaba la Sociedad, bien lo sabía su Oscura Majestad, y los quería a todos muertos, pero esa noche, llevando a cabo la pantomima de la chica golfa, hubiera terminado follando como una loca con el tipo si Ginger no hubiera estado a su lado.

El orgasmo llegó como un tren de mercancías sin frenos, arrollando sus pensamientos e inquietudes, equilibrando con su llegada el fuego de su interior. Cientos de chispas de absurdos colores destellaron sobre el fondo oscuro de sus párpados. Ginger se quejó suavemente cuando su amiga tiró demasiado de su pelo al arquearse con el clímax. Sonriendo, Ángela le soltó la melena y la atrajo hacia ella, manejando su peso como si fuese una simple muñeca. Se besaron golosamente, salivando en demasía quizás, al participar de esa sensación lujuriosa que había planeado sobre ellas toda la noche.

—Ahora, lo haremos más despacio, mi vida. Tenemos toda la noche, ¿no? –susurró Ángela, introduciendo un dedo en la vagina de su amiga, y ladeando el cuello para mirar a Simón a los ojos. Descubrió con sorpresa que el hombre estaba llorando y le dijo, como consuelo: –Puedes seguir mirando, mi fiel perro…

Al filo del amanecer, Cuero Viejo y Mochi llegaron al apartamento, respondiendo así a una llamada de teléfono de Ginger. Nada más entrar, el adanita husmeó el aire del piso y sonrió. A pesar de que habían abierto las ventanas, los efluvios sexuales aún impregnaban el ambiente.

— ¿Algún problema? –preguntó Mochi.

—No, que va. Ha sido todo un corderito, ¿verdad? –Ángela puso una mano sobre el hombro de Simón, quien estaba sentado en una silla del comedor. Todos estaban vestidos de nuevo y Ginger, más práctica, estaba haciendo café.

— ¿Te ha dicho algo? –preguntó Cuero Viejo, mirando con desprecio al hombre sentado y callado.

—No mucho. Aunque es un oficial de alto rango en el estamento de la Sociedad, solo conoce rumores. Me ha contado que se va a celebrar una gran reunión al más alto nivel en suelo español, pero no sabe dónde, ni quienes van a asistir, ni qué se va a discutir. Al parecer, el jefe de la zona de Cataluña y Baleares, un tal Obispo Salomón, lleva todo el asunto con mucho secretismo –explicó Ángela.

— ¿Entonces? –Mochi se encogió de hombros al preguntar.

—Entonces ya le he dado instrucciones para buscar en el despacho del Obispo que tiene en la sede de la logia.

— ¿Tiene acceso? –preguntó Cuero Viejo, alzando una de sus raquíticas cejas.

— ¡Pues claro! ¿Por qué te crees que elegí a estos dos tipos? Ambos son ayudantes del Obispo y conocen dónde puede estar esa información, así como las idas y venidas de todo dios allí dentro.

—Vale, solo preguntaba –Cuero Viejo alzó una mano en son de paz.

— ¿Queréis café? –preguntó Ginger desde la cocina.

—En grandes cantidades –gruñó el adanita, sentándose a la mesa de roble que presidía el comedor. — ¿Eso es todo lo que habéis estado haciendo toda la noche?

—Es la primera vez que intento una subyugación tan profunda –explicó Ángela sin alterarse por el irónico tono. –Hasta ahora, solo necesitaba cosas sencillas, como que me dieran refugio, algo de sangre, dinero… pero mañana, este tío va a espiar para mí. Tenía que atar muchos cabos para que su mente no se rebelara a la primera situación estresante, ¿sabes? Esto no es como el espectáculo de un hipnotizador de salón.

—Tranquila, Ángela. Cuero lo sabe, solo que está disgustado por no haber estado presente en lo que sea a lo que habéis dedicado la noche –Mochi le guiñó un ojo a la vampiresa, arrancándole una sonrisa.

—Ángela le ha mordido dos veces y le ha dado un montón de instrucciones; una para cada situación que se le pueda presentar –explicó Ginger con su peculiar acento. Traía una gran cafetera en una mano y en la otra una torre de vasos.

— ¿Y cuando consiga esa información… qué haremos? –dejó caer Cuero Viejo, mientras se llenaba un vaso hasta el borde de humeante y oloroso café.

—Tendremos que esperar a tenerla y ver de qué trata exactamente antes de actuar –dijo Mochi, soplando sobre su vaso.

—Ojala podamos joderles bien con lo que saquemos de allí –masculló Ángela.

* * * * * * * * * * * *

8 de junio de 2014.

El Adepto de Primera Orden Simón salió silbando de su apartamento a primera hora de la mañana del lunes. Lo que había vivido durante el fin de semana le mantenía aún alegre, lleno de vitalidad. Condujo hasta la sede de la Sociedad, sita en el antiguo bingo Garcilaso, y dejó su vehículo en la habitual plaza del parking subterráneo, también propiedad de la logia. Subió a la planta baja del edificio gracias al ascensor que unía el aparcamiento con el gran local y, nada más salir, saludó a dos Adeptos de inferior rango con los que se cruzó.

El gran vestíbulo disponía de una recepción con una chica permanente para disuadir amablemente a cualquier civil que entrara en busca de alguna de las falsas ONGs y empresas que se anunciaban. Todo en la sede estaba camuflado, oculto a plena vista como le gustaba decir al Obispo Salomón.

Simón estaba de muy buen humor esa mañana. Lucía un día espléndido en el exterior y él disfrutaba de uno igualmente maravilloso en su interior, en su mente. Casi podía sentir de nuevo aquellos cuerpos esbeltos y adorables, cálidos y lustrosos por el sudor, que reptaban aún sobre él en su memoria. Sus rostros se habían desdibujado en el recuerdo pero sus cuerpos… ah, sus cuerpos…

Algo en su interior le llamó al orden y parpadeó, saliendo de la abstracción en la que se había perdido por unos segundos. Saludó a otros miembros bien conocidos al ascender por la gran escalera del lado oeste del local, que le condujo a la segunda planta. Allí se encontraba el despacho del Obispo, así como su propio escritorio. Llamó suavemente a la puerta, que tenía una placa dorada en la que se podía leer “Consultoría medioambiental norteña. C.M.N.”, y entró sin esperar permiso alguno. El Obispo estaba hablando por teléfono, de pie junto a una de las grandes ventanas de la planta. Por ella, se podía contemplar parte de la avenida Meridiana, más allá de los jardines de Virginia Woolf. Le hizo una seña con el dedo a Simón para que se sentara ante el macizo escritorio de caoba.

En unos minutos, el Obispo terminó la conversación telefónica y se sentó frente a su ayudante.

—Estaba hablando con El archivo Mayor, en Tenerife –le informó su superior. –Ese incendio es de lo más extraño…

— ¿Fue provocado? –preguntó Simón.

—Aún no hay datos determinantes. Están investigando todavía pero intuyo que sí, que fue un ataque, aunque no pueda demostrarlo. No hay rastro de acelerante alguno, ni testigos, ni señales de incursión… pero nos ha costado un buen pico de dinero y, sobre todo, hemos perdido muchísima información que reteníamos en papel.

—Sí, es una pena que no podamos fiarnos de los archivos electrónicos…

—Toda esa tecnología se puede piratear, Simón. Es mucho más… era mucho más seguro a la vieja usanza. Bien, el caso es que El Archivo está llamando a todas las delegaciones para que les reunamos la documentación que aún mantenemos en nuestros propios archivos y se las enviemos para reconstruir el gran archivo. ¿Te encargas de ello?

—Sí, por supuesto, Eminencia. Necesitaré algo de ayuda. Hablaré con Mateo –dijo Simón, levantándose del butacón que ocupaba.

—Deja a Mateo. Está ocupado en otro asunto. Toma un par de chicos para ayudarte y ponte a la obra. Recuerda que hay casos en mis archivos personales que necesitaras –el Obispo señaló hacia el rincón, donde un gran armario archivador estaba escoltada de un ficus trepador en un gran macetero. –Ya sabes dónde está la llave. No estaré en toda la mañana.

—Por supuesto, Eminencia –asintió Simón, girándose para salir del despacho. Sonrió entonces. Hoy iba a ser su oportunidad. No tendría al beato de Mateo sobre su chepa y dispondría de tranquilidad para revisar el contenido del armario blindado. Todo a gusto de su hermosa dueña.

Bajó hasta la planta baja y se encaminó al área de ocio, en la cual siempre había varios miembros desocupados. Reclutó a dos de ellos, que le acompañaron a lo que llamaban la sala de archivos y que no era más que un hueco ganado al terreno en la construcción del aparcamiento subterráneo. Era una gran habitación sin ventanas y de paredes de hormigón. Allí, contra los grises muros, una hilera de metálicos archivadores descansaban como soldados en posición de firmes. El resto de la dependencia estaba llena de viejos trastos que aún podían ser útiles, como varias docenas de sillas apiladas, procedentes del antiguo bingo, un par de máquinas tragaperras, y varias docenas de grandes cajas de cartón llenas de un sinfín de objetos. Simón les mostró cuál iba a ser su tarea y cómo realizarla, y los dejó solos.

Salió a la calle y le dio la vuelta a la manzana mientras se fumaba un cigarrillo. Lo apagó al llegar ante la puerta de un bar rematada con un toldo verde con las letras doradas: bar Tres d’ Oros. Era un sitio habitual para tomar café o un aperitivo y que solía estar frecuentado por la mayoría de los miembros de la logia. Se pidió un café con leche y un suizo con mantequilla. No tenía hambre, pero sabía que se concentraba mejor con el estómago lleno.

Mientras desayunaba, vio salir por la salida trasera del aparcamiento el coche del Obispo, un BMW sobrio y potente que conducía su hombre habitual. Apuró su café y mordisqueó un poco más el bollo hasta consumir la mitad.

“Ponte en marcha”, se dijo, dejando un billete de cinco euros sobre el mostrador.

Como esperaba, el despacho del Obispo Salomón estaba vacío. Sacó la llave del armario archivador del escritorio, donde siempre estaba, y empezó a repasar archivos, empezando por los de fecha más antigua. Las indicaciones que generaban su subconsciente le convencieron de tener varios archivos abiertos para disimular por si alguien aparecía de repente. Solo entonces, empezó a buscar en serio. Tardó casi veinte minutos en encontrar lo que buscaba: una serie de documentos inmersos en una banal carpeta de gastos contributivos.

Cuidadosamente, los dispuso en orden cronológico sobre el escritorio y los fue fotografiando con el móvil. Cuando estuvo seguro que no había más información que necesitara, volvió a dejarlos en su sitio y envió un archivo con todo el material al número que le suministró la dueña de su alma. Una vez cumplida su misión, siguió trabajando en la documentación que se requería enviar al Archivo Mayor de Tenerife.

A la hora del almuerzo, tras haber cumplido la tarea encomendada por su Eminencia, Simón tomó de nuevo su coche y condujo hacia la costa, silbando alegremente al volante. Cruzó todo Sant Marti hasta terminar en la playa de la Mar Bella, justo detrás de la pista de atletismo. Caminó hasta un chiringuito al que solía acudir con su esposa años atrás, el Mamma Beach, en el que pidió una fritura y una jarra de cerveza.

Tomó varias cervezas comiendo e incluso comentó algo del noticiario con un parroquiano, mirando la televisión del local. Se bebió un carajillo de coñac como postre y pagó, dejando una generosa propina que dejó maravillado al camarero. Paseó por el amplio espigón de Bac de Roda como un turista más y cuando llegó al final, sin pensárselo siquiera, saltó a las rocas aprovechando que no había nadie cerca. Quedó flotando en las batientes olas, su cadáver sangrante en el agua, roto cual muñeco abandonado. Había cumplido la última instrucción de su maravillosa dueña.

* * * * * * * * * * *

Aquella tarde, cuando Ángela despertó sobre las ocho, se encontró a todo el mundo esperándola en la salita del pequeño apartamento que compartía con Ginger. Cuero Viejo ocupaba todo el sofá, mientras que Mochi se sentaba en una de las sillas de la mesa central. La buena de Ginger estaba atareada haciéndole unas tostadas.

— ¿Qué? ¿Se ha muerto alguien? –bromeó Ángela, bostezando al salir del dormitorio. Vestía una camiseta cortada por encima del ombligo y una braguita de algodón blanco que la hacía parecer más joven aún.

—Supongo que tu marioneta habrá palmado a estas horas –comentó Ginger mientras le ofrecía una taza de café.

— ¿Mi marioneta? ¡Coño! ¡Simón! –cayó en la cuenta y, con asombro, preguntó: — ¿Lo ha hecho ya?

—Sí y de buena mañana. Envió un archivo comprimido al móvil de Ginger –sonrió Mochi.

—Joder, sí que tiene que ser bueno lo que le diste para que ese tío actuara así, aún siendo un puto fanático –masculló Cuero Viejo, jugueteando con el mando de la tele.

—Pseee… recursos que tiene una –se pavoneó Ángela, medio en broma. — ¿Lo habéis visto?

—No, estábamos esperando a que despertaras –dijo Mochi, empujando con el dedo el teléfono móvil que estaba sobre la mesa.

Esta vez, todos se sentaron alrededor de la mesa, expectantes por saber qué se cocía en las entrañas de la malvada Sociedad Van Helsing. Ángela abrió el archivo y empezó a ampliar foto tras foto. Sus ojos leían con avidez, pero su gesto no revelaba nada sobre lo que aprendía.

— ¡Coño, di algo! –estalló Cuero Viejo.

—Bueno, si he entendido bien estos documentos… va a haber una reunión… no, esa no es la palabra –Ángela se detuvo, con el dedo alzado. Dejó el teléfono para que otro lo cogiera y mirara el archivo. –Una jodida convención, eso es… se va a celebrar toda una convención de fanáticos beatos, muy pronto. No solo va a participar la Sociedad, sino que estarán otros de distintos países, como los Hijos de Alá, los cruzados rumanos de la Santa Sangre, o la Orden de Herión, entre otros…

— ¡La hostia puta! –rezongó Cuero Viejo. –Pero si esos se matan entre ellos a la mínima, ¿cómo…?

—Ni idea. Aquí no pone nada de quién es el responsable de unirlos a todos, salvando grandes diferencias –dijo Mochi, tras examinar las fotografías.

—Esto tiene que ser cosa del Vaticano, seguro –Cuero Viejo señaló su comentario con una palmada sobre la mesa.

—Sea como sea, el asunto es peliagudo y nos supera a todos. Tengo que ponerme en contacto con el Comandante Araña –Ángela sabía que necesitaba ayuda.

— ¿Dónde será esa convención? –preguntó Ginger, mordisqueando una de las tostadas olvidadas.

— En Ainsa, un pequeño pueblo medieval de la provincia de Huesca, en la comarca de Sobrarbe, en la…

—… Comunidad Autónoma de Aragón –Mochi terminó la frase por Ángela. –Es lo que vio mi madre en su visión.

—Las cosas empiezan a encajar –musitó la vampiresa.

— ¿Y eso qué significa? ¿Qué tenemos que hacer nosotros? –preguntó el adanita, más ceñudo que nunca.

—Para empezar, informar y que los altos poderes decidan –repuso la rubia.

—Sea como sea, recuerda que tú y yo estamos en la visión de mi madre, así que terminaremos yendo a ese pueblecito –advirtió Mochi, muy seria.

* * * * * * * * * *

Ángela empezaba a sentirse desesperada. Llevaba toda la noche llamando tanto al móvil de Dumbala como al de Paris, pero ninguno de ellos contestaba. Es más, en el caso del móvil del Comandante Araña, la operadora automática le decía que es número ya no existía. Se encontraba sentada en su cama, desnuda por la temperatura reinante. Pasó sus dedos por el flequillo de Ginger, dormida a su lado, con amoroso cuidado. Debía avisar al Clan de lo que se estaba gestando, pero no tenía garantía alguna de sí eso podía significar una ayuda o una metedura de pata. Estaba segura que había alguien en el seno del Clan informando a la Sociedad y no tenía ni remota idea de quién podía ser.

Entonces, con una súbita inspiración, se acordó del único Casta que le cayó de verdad bien aquella noche en que acudió a la Casa Madre: el Maestro Rodela. Aquel simpático y charlatán viejo la puso en antecedentes de varios secretos del Clan y eso la hacía confiar en él. Se levantó de la cama y caminó hacia las estanterías donde guardaba toda su ropa. Rebuscó entre sus camisas hasta encontrar la tarjeta que el Maestro Rodela deslizó en el bolsillo al marcharse de la Casa Madre.

— ¡Sí! –exclamó en un susurro de alivio.

No se lo pensó dos veces y marcó los dígitos en su propio teléfono. Era muy tarde –o muy temprano, según se mirase –, pero no podía quedarse inactiva más tiempo. Una voz madura y medida contestó al tercer aviso.

— ¿Quién es?

—Maestro Rodela, soy Ángela, la piroquinética de la B.A.E., ¿se acuerda de mí?

—Por supuesto, la jovencita vampira rubia –Ángela le imaginó sonriendo al decir aquella frase. — ¿Qué puedo hacer por ti?

—Tengo una información urgente que debo hacer llegar a Paris, pero ni él ni Apoyo tienen activos sus teléfonos, ni sé en que punto del planeta se encuentran. Pensaba que, a lo mejor, usted sabía algo más sobre ellos…

Hubo una pausa y después un suspiro del anciano, lo que no auguraba nada bueno.

—No sé tampoco nada de ellos, jovencita. El Clan lleva sin noticias de Paris desde que se marchó de la Casa Madre, dos días después de que tú vinieras. Tampoco sus padre pueden aportar más datos, solo que está vivo y lejos, dado su nexo. ¿No puedes hablar con alguien más, algún miembro de la Alta Cuna?

—Preferiría no llegar a eso –la palabra traidor se quedó aferrada a sus dientes. Maestro Rodela no estuvo en la reunión de los pesos pesados del Clan, así que ella no sería la que le hablara de un posible topo.

—Espera… he recordado algo. Disculpa, la edad tiene estas cosas –el tono del anciano era un tanto bromista. –Estaba con Paris cuando hacía su equipaje. Metió un teléfono por satélite en la maleta…

— ¿Paris tiene un teléfono de los cañeros? –la esperanza subió en el espíritu de Ángela.

—Déjame averiguar su número. En seguida te llamo, Ángela, y…

— ¿Sí?

—Lo que sea que hayas descubierto no se lo cuentes a nadie más que a Paris. No te fíes de nadie, jovencita.

Así que el viejo instructor sabía más de lo que hacía entrever, se dijo la vampiresa. Le gustaba cada vez más ese Casta.

—Entendido, Maestro Rodela. Muchas gracias por ayudarme.

Se metió en la cama, a la espera de la llamada del maestro adanita, y se abrazó al cuerpo de Ginger, oliendo el aroma de su cuello, de su pelo… un olor que le encantaba un poco más cada día. Un buen rato después, el móvil zumbó con la entrada de un mensaje. Era un listado de códigos de satélites y el número del teléfono de Paris.

Esta vez salió del dormitorio para no despertar a su amiga. Empezó marcando el código del primer satélite de la lista y después el número pertinente. Hizo tres intentos y no consiguió nada. Marcó el segundo satélite. Con el cuarto satélite, la voz de Dumbala, lejana y seca, la sorprendió.

—Aquí Gacela, contraseña…

— ¡Dumbala! ¿Eres tú, verdad? ¿Dumbala? ¿Apoyo, me escuchas? –las palabras se atropellaron en la boca de Ángela.

—Contraseña –repitió la voz, separando las sílabas.

— ¡A la mierda la contraseña, joder! ¡Soy Ángela, tu compañera de piso!

— ¿Ángela? –la voz de Dumbala pareció sorprendida. — ¿Quién demonios te ha dado este número? ¿Por qué llamas?

— ¡Me lo ha dado Maestro Rodela y no me ha dicho nada sobre una maldita contraseña! ¿Qué es eso? ¿Es que juegas a los espías?

— ¿Qué quieres, Ángela? –el tono de Apoyo volvió a ser seco. Ahora parecía haber mejor recepción.

—Tengo que hablar con el Comandante. Es urgente.

—No puedes. No está aquí.

— ¿Y dónde está, coño? ¿Dónde estáis los dos? –Ángela empezaba a irritarse. No era en absoluto la conversación que había imaginado.

Al otro extremo de la comunicación, Dumbala se encontraba en el interior de una tienda de fuerte lona caqui, echada en una hamaca de red, medio desnuda. Su piel canela estaba perlada debido al húmedo calor ecuatorial y se mantenía casi desnuda bajo los pliegues de tela mosquitera que cubría la hamaca.

—No te lo voy a decir, Ángela –Dumbala puso el pie en el suelo de la tienda y levantó la mosquitera para acercarse a la puerta de lona.

La tienda era grande y alta. No era una de esas estrechas tiendas militares, sino que era casi un hogar tras varias semanas de uso. Los dedos de Dumbala entreabrieron con cuidado la lona y echó un vistazo. A una decena de metros, Paris estaba sentado sobre medio tronco de árbol caído, removiendo con un palo las ascuas de una fogata que se estaba apagando. Tenía una expresión pensativa bajo la rojiza iluminación que surgía de las brasas, la cual le otorgaba cierto aire de madurez. Más allá de la hoguera terminaba el claro donde habían levantado las tiendas y empezaba lo más frondoso de la selva profunda del Congo-Kinsasa, por el momento apenas unas sombras más oscuras en la noche.

La misión que les había llevado hasta allí estaba lejos de acabar y Dumbala, a pesar de haber nacido en Egipto, no estaba acostumbrada a ese calor pegajoso y los hambrientos mosquitos. Por un momento, envidió a Ángela, allá en España, aunque su voz sonara preocupada.

— ¿Cómo que no me lo vas a decir, cacho guarra? –exclamó la voz de la rubia por el auricular.

—Mira, guapa, no es asunto tuyo dónde estemos o lo que hagamos. No deberías haber llamado, punto. Te sigo hablando por respeto a nuestra amistad, pero no me toques el coño, ¿vale? ¿Qué ocurre ahí para que tengas que buscarnos?

Con un suspiro, Ángela le contó todo lo que había hecho y averiguado, lo que no llevó demasiado tiempo. Dumbala la escuchaba en silencio, espiando lo que Paris hacía fuera. El Comandante tenía su propia tienda, y había otra para el par de guías que le conducían por la selva hacia un destino misterioso, junto con una reata de mulas que cargaban con las grandes tiendas, cuando se desmontaban, y los víveres.

—El Comandante tardará aún unas horas en llegar, pero no te preocupes, Ángela, le explicaré todo eso de inmediato y él decidirá. Pero es muy importante que entiendas una cosa: no vuelvas a llamar a este número, por ninguna circunstancia. ¿Entendido? –la advirtió Dumbala.

—Sí, lo entiendo. No volveré a llamar, pero…

—Paris decidirá lo que hacer. Te llamará a ti o bien informará directamente al Clan. No te preocupes.

—De acuerdo, Dumbala. Siento haberte ocasionado problemas. Yo…

—No pasa nada. Esta búsqueda de nuevos Castas para la B.A.E. está siendo más pesada de lo que creíamos, eso es todo. Ya tendrás noticias nuestras, querida. Adiós.

Ángela no tuvo tiempo de despedirse, la comunicación quedó cortada. Se preguntó con qué problemas tendrían que lidiar Paris y Dumbala, estuviesen donde estuviesen. Bueno, cada uno con los suyos, se dijo, volviendo a la cama. Ella había hecho lo que creía necesario y le tocaba mover ficha a otros.

CONTINUARÁ…

Un comentario sobre “Ángel de la noche (28)

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