JANIS MULLIGAN

 

Mochi

2 de junio de 2014.

Ángela soltó la mano de Ginger y se quedó mirando la fachada del edificio. Se trataba de un antiguo y amplio local comercial, pero sus grandes ventanales estaban ahora tapados con afiches de varias fundaciones pro ayuda de diversas causas de índole católica. Sin embargo, aún quedaba un cartel en la esquina sur que proclamaba el vestigio anterior: “Bingo Garcilaso”.

— ¿Este es el lugar? –preguntó Ginger, tomándola de nuevo de la mano.

—Sí, justo a la espalda de la Gerencia Territorial del Ministerio de Justicia –Ángela señaló a su espalda la mole de ventanas apagadas. –La sede de la Sociedad Van Helsing está situada en un antiguo bingo, camuflada como un vivero de ONGs y fundaciones cristianas. Demasiado obvio, ¿no crees?

— ¿Qué significa obvio? –parpadeó la tailandesa.

—Que no se han roto la cabeza para ocultarse mejor –sonrió la rubia.

—Mejor para ti, ¿no?

— ¡Ajá! –Ángela atrajo a su compañera contra ella, usando la mano que tenía sobre la cadera de Ginger. — ¡Quiero unas fotos, cariño! Procura que salga mona y, sobre todo, todas esas ventanas.

Ginger asintió, enarbolando su móvil. Ángela necesitaba vistas del edificio para planear su próximo paso y una pareja de chicas sacándose fotos en la Barcelona estival no llamaba la atención de nadie. Ángela posaba con desenfado, asumiendo posturas gráciles y simpáticas que hacían reír tontamente a Ginger. Sin embargo, su mente no cesaba de procesar la información que había conseguido en Tegueste de Tenerife.

Al regreso de las vacaciones, Ángela dejó que las cosas se enfriaran un poco. Estaba casi segura que no había dejado testigos de su paso por la comunidad de la Sociedad, pero no tenía garantía plena. Aún siendo consciente que las distintas sedes de la logia debían estar en alerta, la tentación era demasiado grande como para estarse quieta. Así que, apenas cinco días de regresar de las islas Canarias, le dijo a Ginger que saliera a pasear con ella al anochecer.

Primero, habían pasado por delante del monasterio de El Raval, donde no detectó presencia alguna. Podía ser que la logia hubiera abandonado ese escondite, se dijo la rubia antes de tomar el metro con su amiga hacia la estación de la Sagrera. Había quedado mucho más contenta ante la localización de la gran sede de la Sociedad en Cataluña. Podía oler la estupidez y la santurronería en el interior. Los malditos humanos estaban dentro, planificando nuevos asaltos, nuevas muertes, más desgracias… Necesitaba más información para instigar ella también, para efectuar un golpe que los enfriara por mucho tiempo.

— ¿Y ahora qué? –preguntó en un susurro la tailandesa acercándose y lamiendo fugazmente la barbilla de su amiga.

Ángela la estrechó entre sus brazos. Para los viandantes que las miraban de reojo, no eran más que unas chicas jóvenes haciéndose carantoñas, apoyadas contra la fachada.

—Tendré que echar un buen vistazo mucho más de cerca, averiguar qué sistemas de alarma hay instalados, o si me puedo colar fácilmente por el tejado –comentó suavemente Ángela, mordisqueándole la pequeña oreja a la asiática, que se estremeció entre sus brazos. –Ya sabes, todas esas cosas que deben hacer los buenos ladrones antes de…

Ángela dejó la frase en suspenso al ver al tipo acercarse a ellas, bajo la luz del alumbrado público. Venía andando por la misma acerca, lentamente, con las manos metidas en los bolsillos delanteros de su sudadera. No era una prenda que llevara nadie con la temperatura casi veraniega que hacía, y menos con la capucha sobre la cabeza; eso llamó fuertemente la atención de la rubia. Lentamente, apartó a Ginger, colocándola detrás de ella, y encaró al sujeto. Cuando estuvo a unos buenos siete u ocho pasos de ella, alzó la mano y abrió los dedos.

— ¡Quieto ahí, tío! –exclamó y fue como si el tipo que se acercaba chocara contra una pared. Se detuvo inmediatamente y Ángela intentó ver algo bajo las sombras que formaban la capucha de la sudadera. No lo consiguió.

— ¿Qué pasa? –barbotó Ginger, su voz vibrando por la preocupación.

—Sería mejor que dieras un rodeo y no te acercaras a nosotras. ¡Te lo digo por tu propio bien! –Ángela no alzó el tono, pero había dureza en su voz.

—Me habían dicho que has crecido, niña, y veo que es verdad –una voz algo cascada surgió de la penumbra de la capucha. Una mano delgada y nervuda tiró de la prenda, descubriendo su rostro. –Me alegro de verte de nuevo, Ángela.

La vampiresa entrecerró los ojos, como si, de esa forma, pudiera reconocer mejor los rasgos que aparecieron, pero no encontró familiaridad alguna en ellos. Era un hombre flaco, de rasgos angulosos como si hubiera pasado hambre en alguna ocasión. Tenía el cabello rapado muy corto, aunque las puntas de aquel vello capilar se volvían grises. Unos ojos inquisitivos y oscuros, bastantes hundidos bajo los arcos orbitales, se movían inquietos. La boca era un tajo entre mejillas flácidas y descuidadas, donde el vello crecía mucho más agreste que en su cabeza. Tenía todo el aspecto de un sin techo pirado y peligroso, sin edad definida.

— ¿Quién coño eres? –exclamó Ángela, avanzando un paso.

— ¿Ella es de confianza? ¿Sabe de la Casta? –el hombre señaló a Ginger con un movimiento de barbilla. Sus manos seguían en el interior de los pocos profundos bolsillos de la sudadera.

—Sí, está al tanto de todo –contestó la vampiresa, colocando su otra mano en el antebrazo de la asiática. No había pensado, ni por un momento, que aquel tipo fuera un Casta.

—Ah… es tu “fasim” –el hombre se apresuró a explicar el término al ver la rubia confundida. – Tu… ayudante humano, algo así como un pupilo o protegido.

—Sí, algo así.

—Mal asunto ese –el hombre finalmente sacó sus manos de los bolsillos y agitó una en un gesto dudoso. —Te aconsejo que no te encariñes demasiado con ellos… los humanos, me refiero. Al final, te decepcionarán… siempre lo hacen.

— ¿A qué te refieres?

—El amor les lleva a pedir casi siempre que los Conviertas y no es una buena idea.

Ángela pudo escuchar el siseo que dejó escapar Ginger a su espalda, tras retener la respiración. No supo interpretar el hecho, ni quiso hacerlo en ese momento.

—Vuelvo a preguntarte ¿quién eres? –los ojos de Ángela brillaron peligrosamente. Sentía presión en su bajo vientre, como si le estuviera avisando de algún peligro.

—Me conociste un año atrás, niña. Mi nombre Casta es Cuero Viejo.

Aquellas palabras cayeron en el aire nocturno como una sentencia. Ángela se tensó y los especiales músculos de su mandíbula hicieron brotar los colmillos de las encías, involuntariamente.

— Te creía muerto –masculló.

—Estuve a punto. Tu fuego es muy difícil de extinguir… tuve que permanecer casi dos horas bajo el agua hasta desembarazarme de todas mis pieles. Prácticamente fue una forma de morir para mí –las manos del adanita cayeron laxas a ambos costados, como si recordar aquello le hiciera sufrir aún.

—Bueno, si mal no recuerdo, tú estabas dispuesto a secuestrarme y violarme –espetó la vampiresa.

—Quería hacerte mi reina.

— ¡A costa de mi amigo!

— ¿El perrito? Bueno, creo que al final han sido otros los que lo han matado…

— ¡Jodido cabrón! –Ángela avanzó unos pasos, los puños cerrados, pero Cuero Viejo alzó las manos en signo de rendición.

—Tranquila, niña, eso ya quedó atrás. No soy enemigo para ti. Mis nuevas pieles aún se están curtiendo y no tengo puesta más que la que me protege del sol. Me venciste, niña, y me dejaste indefenso. A mi edad, he tenido que empezar desde cero, como si fuese un imberbe recién Despertado – el tono del adanita era sarcástico pero dolido.

—Entonces… ¿qué quieres, Cuero Viejo?

—Caminemos, niña. Estamos llamando la atención frente a la casa de nuestro enemigo –dijo el hombre, señalando con el pulgar por encima del hombro.

Cuero Viejo se puso a su altura, pero algo separado de Ángela. Ginger se aferró al brazo de su amiga, al otro costado, pero no abrió la boca. Sin una palabra, caminaron hasta dejar atrás el antiguo bingo y ocultarse en los pequeños jardines de Virginia Woolf, apenas al cruzar la calle. Allí, Cuero Viejo tomó a Ángela por sorpresa al inclinarse profunda y respetuosamente ante ella.

—Me siento orgulloso de haber sido derrotado por la mejor Guerrera del Clan Santiago. He aprendido a respetarte y admirarte. La batalla en el campo de entrenamiento de la logia será tema de estudio entre los próximos aprendices de Guerreros –le dijo, mirándola directamente a los ojos. –Tu pericia fue más que evidente para mí cuando me derrotaste.

—Euh… gracias –atinó a decir Ángela.

—También supe de la desgraciada muerte de tu amigo, el lobo. Era apenas un niño.

—Sí, era un niño hermoso y amable. Bueno, pues ya que estamos con las disculpas, siento haberte quemado tanto pero me mosqueaste un montón.

—Lo sé, lo sé –asintió Cuero Viejo con una sonrisa. –Suelo producir ese sentimiento.

—Pero parece ser que te estás recuperando –musitó Ginger, queriendo dejar constancia que también se encontraba allí, tan asombrada como cabía ser posible.

—Sí, va lento pero tiempo es de lo que dispongo en abundancia. Hay que seguir la pista a las pieles especiales, asegurarse de que son idóneas, conseguirlas, curtirlas… aprender a usarlas… tardé trescientos años en adecuar las que tenía.

—Y te has quedado en los huesos –bromeó Ángela, mirándole.

—En este caso, el hábito sí hace al monje –respondió él con otra chanza. –Sin embargo, no es tu caso, niña.

— ¿A qué te refieres?

—Tú apenas has necesitado tiempo para llegar al cénit de tu poder. Se oyen muchos comentarios sobre tu don pírico y lo que puedes conseguir con él. Has crecido muy rápido desde que nos enfrentamos y escalado puestos en una sociedad desconocida para ti. Eso es bueno y malo, a la vez –Cuero Viejo meneó la cabeza.

— ¿Por qué?

—La Casta no es humana pero comparte muchos sentimientos de los humanos, como la envidia, por ejemplo. Tu posición en el seno del Clan ha llamado la atención de unos y otros y despertado ciertos sentimientos negativos, ¿comprendes?

— ¡Que se joda el Clan!

Cuero Viejo se rió fuertemente por la imprecación de la vampiresa.

— ¡No me digas que has venido solo a advertirme de lo celosos que se han puesto los draculinos esos! –Ángela se cruzó de brazos ante la figura del Casta y Ginger se abrazó tímidamente a ella, desde atrás.

—No, nada de eso, ni siquiera saben que estamos hablando tú y yo. Ya que estamos, sería mejor hacerlo ante una cervecita, ¿no?

Sentados a la terraza de un pequeño bar de la calle Felipe II, justo al lado de un flamante Telepizza, Cuero Viejo chasqueó la lengua tras beberse media caña del tirón y atrapó con los dedos un trozo de tortilla con pimientos que les habían puesto como tapa. Tras chuparse los dedos, encaró a las chicas, dejando atrás toda pose burlesca.

—Cuando quemaste mis pieles, niña, me quedé tan débil, tan herido, que tuve que arrastrarme de vuelta al Nido y dejar que me cuidaran durante muchos meses.

— ¿Dónde está ese Nido? –preguntó Ángela.

—Me reservaré el lugar pero sí te diré que está aquí, en Cataluña, oculto en las montañas. El hecho es que, poco después de la sarracina del cuartel de la logia, en Francia, hubo repercusiones por ese asunto: atacaron nuestro Nido.

— ¡Joder! –exclamó Ángela con tanta fuerza que sobresaltó a Ginger.

—No consigo comprender cómo descubrieron el Nido si ni siquiera lo conoce la gran mayoría del Clan. El asalto fue muy intenso, llevado a consciencia. Disponían de información precisa, como contraseñas de puertas, la cantidad de gente que trabajaba allí, los guardianes que cubrían las instalaciones, incluso los Castas que se refugiaban en el Nido.

—Estoy cada vez más segura que hay un topo entre los altos dignatarios del Clan –masculló Ángela. –Además, tienen en su poder al Ojeador Basilisco.

—Lo sé. Nunca lo habría creído posible, pero a la vista está con estos hechos –asintió Cuero Viejo con la cabeza. Alzó la mano para llamar la atención del camarero para pedir una nueva ronda, aunque las chicas apenas habían probado la fría cerveza de sus vasos, pero el camarero se hizo el desentendido. —Por suerte, no conocían el detalle clave de ese Nido en particular. Es un dato tan viejo, tan antiquísimo, que no está recogido en el Libro de Job; solo pasa de regente en regente.

—Acabas de despertar mi curiosidad –Ángela se inclinó hacia delante y apuró su vaso.

—Supongo que has aprendido más cosas sobre los Nidos desde que te dí la primera explicación –Cuero Viejo esperó a que ella asintiera. –Verás, lo normal es que un Nido se estructure para cuidar de una serie de individuos que no pueden moverse ante el mundo humano. Las instalaciones se suelen actualizar muy de tarde en tarde, cuando llega un Casta con necesidades demasiado especiales. Pero este Nido es diferente a todos los demás, se construyó para albergar y cuidar a un solo Casta, a un ser de… leyenda. Todo está erigido y dedicado para cuidar de él, prácticamente se construyó alrededor de su cámara de descanso. Los demás que nos refugiamos allí debemos contar con su beneplácito.

— ¿Qué ser es ese? ¿Es poderoso? –se atrevió a preguntar Ginger.

El adanita miró largamente a la rubia, con expresión seria, hasta que esta dejó escapar un bufido.

—Respondo totalmente de ella, con mi vida, ¿de acuerdo? –Cuero Viejo alzó las manos en aceptación.

—Veréis, niñas, hay ciertos Castas que viven mucho, muchísimo, tiempo, tanto que crean largas dinastías para protegerse. A cambio, estos seres reniegan de las pasiones más emblemáticas, tanto humanas como adanitas. No desean conquistar imperios, ni obtener poder, ni tampoco envidian a la mujer del prójimo. Son casi divinos pero no se sienten dioses… no sé si me explico.

—Sigue –para motivarle, Ángela fue la que pidió una nueva ronda.

—Hace mil quinientos años, más o menos, una hembra asunamata alcanzó su periodo adulto, la edad de procrear…

Cuero Viejo se detuvo con la llegada del camarero y Ángela aprovechó para preguntarle que era un asunamata. Era la primera vez que escuchaba el término.

—Bebe, pequeña, que se te está acumulando el bebercio –dijo el adanita, chocando ligeramente el culo de su vaso recién lleno con uno de los dos vasos que Ginger aún tenía delante. – Bueno, veamos cómo te explico lo que es un asunamata. ¿Has visto esas representaciones del dios hindú Shiva o su contrapartida malvada Kali?

—Sí.

—Pues las hembras asunamata fueron el modelo utilizado por el primer artista para representar esta divinidad. La asunamata de mi Nido mide algo más de tres metros de altura, tiene la piel azul brillante, y seis brazos. Sin embargo, los machos de esa Casta pueden confundirse con humanos perfectamente, por lo que se han convertido en los cuidadores de la hembra, auténticos protectores hasta la muerte. Como os he dicho, el Nido fue construido para esta asunamata hace mil quinientos años. Llegó de Oriente, huyendo de su propia madre, ya que por lo visto tenían diferencia de opiniones sobre las directrices que debían tomar la familia. A través de los siglos, ha estado pariendo hijos y enviándolos a distintos rincones del mundo, como manda la tradición de su familia: sus hijos, todos varones, son los que se ocupan de los negocios familiares, asegurando el bienestar y las riquezas de la dinastía. Una de las particularidades de las hembras asunamata es que sus hijos solo heredan los dones paternos, debidamente potenciados por la genética materna, pero solo las hijas disponen de todo el potencial de su madre. Claro que para una asunamata tener descendencia femenina es bastante difícil, dilatándose la proporción en el tiempo. Lo habitual es que tengan a su única hija al final de su ciclo fértil, como una disposición genética para pasar el testigo a una nueva generación.

—Entonces, el problema de la asu…mata con su madre… –farfulló Ginger.

—Era debido a que su madre aún no estaba dispuesta a pasar ese testigo. Digamos que la tuvo demasiado pronto y trató de quitarla de en medio. Eso trajo ciertos problemas en los clanes orientales –asintió Cuero Viejo.

—Cría cuervos… –murmuró Ángela.

—Bueno, el caso es que este tipo de Casta es muy escaso, cada vez menos frecuente, pero sus dones son muy poderosos y necesarios. En este momento, solo existen dos hembras asunamata en el mundo. La otra está en el Himalaya. En lo que conocemos de los anales de la Historia, la vez que más asunamata vivas coincidieron fue durante el reinado de los antiguos faraones egipcios. Esta Casta no solo dispone de una increíble longevidad, sino que su capacidad para procrear machos sirvientes es apabullante. Eso, unido al físico y aptitudes que poseen, las convierten prácticamente en una entidad legendaria cuando menos. Debes comprender que, a medida que envejecen van creciendo, pudiendo alcanzar hasta ocho y diez metros de estatura si es verdaderamente longeva. Su piel vira cada centuria hacia el azul oscuro hasta alcanzar el índigo y, en diversas fases de su vida, les crecen dos pares de brazos más, hasta acabar pareciendo, como he dicho, a las divinidades hindúes. Por si eso fuera poco, algunas de ellas desarrollan con la edad percepciones psíquicas, o poderes mentales si lo preferís. En el caso de Naruniana, la asunamata a la que debo respeto desde mi nacimiento, experimenta ráfagas de visiones de posibles futuros y por eso me ha enviado a ti.

Ángela y Ginger se miraron, demasiado impresionadas como para decir nada. Cuero Viejo se echó un puñado de aceitunas a la boca y escupió certeramente un hueso detrás de otro hacia el bordillo de la acera.

— ¿Me estás diciendo que esa asunamata ha tenido una visión que está relacionada conmigo? –silabeó lentamente Ángela.

—Eso parece, niña.

— ¿Y qué ha visto? –preguntó ansiosamente Ginger.

—Eso no lo sé –dijo el adanita, encogiéndose de hombros y levantando su vaso de cerveza.

— ¿QUÉ? –la exclamación de Ángela hizo girar las cabezas de muchos clientes en la terraza.

— Naruniana me envió a ponerme en contacto contigo por nuestro pasado, pero yo no soy el mensajero de su profecía.

— ¿Ah, no? –Ginger no acababa de salir de su asombro.

—No. Debéis conocer a una persona que ha venido conmigo.

— ¿Dónde está? – quiso saber la rubia.

—En la clínica De Santiago, esperando en el gimnasio del pobre Basilisco –dejó caer el adanita con una sonrisa. –Creo que deberías pedir la cuenta, Ángela.

* * * * * * * * * * * *

—El ataque al Nido estuvo a punto de destruir todo. Fue muy intenso, casi rabioso. Los humanos fueron muy crueles, matando a todo lo que se encontraban a su paso, hasta los niños pequeños que aún no habían Despertado –dijo Cuero Viejo en voz baja a Ángela, de pie en la acera de la clínica De Santiago. Ginger estaba pagando al taxista que les había llevado hasta allí. –Pero conseguimos sobrevivir gracias a refugiarnos en la cámara primaria de la asunamata, que acogió a todos los que huían. El acceso a esa cámara estaba muy bien escondido y disimulado. No sobrevivimos muchos, es cierto, pero aún así, el Nido perdura.

—Conozco el odio que nos tiene la Sociedad Van Helsing –cabeceó Ángela, al mismo tiempo que le daba la mano a su amiga.

—Sí, son putos fanáticos. El caso es que atrapamos a uno de ellos y lo llevamos ante Naruniana para que uno de sus hijos le interrogara, pero no hizo falta. Su sola presencia en la espaciosa cámara detonó una potente visión en ella que la dejó tirada en el suelo.

Por la forma en que Cuero Viejo contó aquello, la vampiresa tuvo la certeza que impresionó bastante al adanita. Bajaron al aparcamiento de la clínica mientras Cuero Viejo seguía explicando lo sucedido.

—Cuando Naruniana se recuperó de su trance, se encontraba muy débil para hablar y sus hijos la dejaron descansar en su enorme cama. Los demás nos situamos en la parte más alejada de la cámara, cerca de la entrada, para dejarle intimidad y sosiego. Aún no podíamos salir, los soldados de la logia estaban fuera, quemando todo lo que encontraban –Cuero Viejo se calló cuando llegaron ante la puerta blindada que conducía al gimnasio y las instalaciones de Basilisco.

Ángela puso su mano en el lector de huellas de la pared y, tras unos segundos, la puerta se deslizó a un lado sin un ruido.

—Ginger –la advirtió Ángela suavemente –no deberías entrar pero no pienso dejarte fuera, así que ya supondrás que no puedes hablar de este sitio con nadie, ¿comprendes?

—Perfectamente, Ángela. Seré una tumba –contestó la asiática muy seria.

El adanita sonrió de forma aviesa antes de cruzar el umbral y las chicas le siguieron. Desde que Basilisco fue secuestrado, nadie venía por allí y las instalaciones estaban silenciosas y vacías. Cuero Viejo las condujo hasta el pequeño despacho que Basilisco disponía allí abajo, abriéndoles la puerta y haciéndolas pasar antes que él. Una chica estaba sentada al escritorio y tecleaba casi furiosamente en un portátil, la punta de la lengua asomada por la comisura de los labios. Levantó los ojos con su presencia y las observó. Cierto rubor apareció en sus mejillas. Se puso en pie inmediatamente, rodeando el escritorio para acercarse a ellos.

—Ella es Mochi, la hija de Naruniana. La rubia es Ángela, la otra Ginger –las presentó parcamente Cuero Viejo.

— ¿La hija de…? – parpadeó confusa la vampiresa.

—Naruniana, la asunamata –repitió la chica, llevándose tres dedos a la frente e inclinándose un poco.

Ángela se obligó a repetir el saludo Casta para recobrar la compostura y, de paso, observó mejor a la chica adanita, buscando alguno de los rasgos maternos que le había descrito Cuero Viejo. Para su decepción, no vio ninguno; era de apariencia totalmente humana. Representaba unos veinte años y poseía un hermoso tono de piel oliváceo, propio de la etnia indostaní. Sin embargo sus rasgos no coincidían con las de las mujeres de la India, más bien tenían esa particularidad geométrica de las féminas eslavas que le otorgaba una belleza asimétrica destacada. Unos grandes ojos chispeantes de pupilas verde-grisáceas le devolvieron la mirada. Bajo ellos, una nariz recta y bien definida, clásicamente romana, daba paso a una boca pequeña de labios abultados teñidos de rosa, a juego con uno de los dos mechones que partían su flequillo; uno rosa y el otro celeste. El resto de su cabellera era de un tono trigueño, debido a las múltiples mechas que la ornaban; una cabellera exquisitamente recortada sobre sus hombros, formando un perfecto cortinaje sedoso, de puntas recogidas hacia el interior. Bajo el flequillo, Ángela pudo distinguir algún tipo de ornamento pintado sobre la frente, al estilo hindú.

—“Mochi” es pastelito de arroz en japonés –comentó suavemente Ginger.

— ¿Qué? –Ángela parpadeó para despertar del suave embrujo que parecía emanar de la joven adanita. — ¿Te llamas pastelito?

—Sí, según mi madre es lo que le parecía en aquel momento –explicó la chica con una sonrisa. Su castellano tenía un sutil acento que Ángela no supo situar pero que le prestaba mucho más encanto. –Mi madre no es muy buena para los nombres. Varios de mis hermanos se llaman como el mes en que nacieron.

Las chicas se rieron a la vez, demostrando una instintiva compenetración.

—Así que ella es la mensajera, ¿no? –preguntó Ángela, encarando a Cuero Viejo.

—Sí, yo solo hago de intermediario, pero te garantizo que pienso quedarme para la entrega del mensaje. ¡Me tiene bastante intrigado!

—Entonces, tomad asiento y escuchad. He aquí la visión de mi madre –dijo Mochi casi declamando, el índice en alto.

Mochi no se sentó, sino que siguió moviéndose y gesticulando suavemente cuando inició su relato.

—El don de mi madre no es una ciencia exacta, ni mucho menos, pero ha acertado tantas veces en sus predicciones que sería de necios no tener en cuenta su visión. Como siempre que ocurre, una serie de retazos visuales la alcanzan, como si le dispararan con imágenes. Por ello, no dispone de una crónica temporal con ellas y, a menudo, otros deben interpretar el ritmo evolutivo de las visiones. Pero lo que preocupó mucho a mi madre fue la agobiante sensación que englobaba esos retazos que llenaron su mente. Según sus propias palabras, todo ello estaba como rebozado de una creciente locura fanática como nunca experimentó. También dijo que era como asistir al alzamiento de un nuevo y desconocido Führer, solo que sin esvásticas.

—La Sociedad Van Helsing y sus aliados –murmuró Ángela.

—Así es, madre entrevió reuniones y órdenes para otras matanzas por todo el globo. Nadie estará a salvo cuando la Orden emerja tras su paso por el crisol que la amalgamará con otras facciones de fanáticos enemigos. Sin embargo, distinguió un camino de fuego a través de las impactantes imágenes que invadían su mente. Un camino de fuego que recorría una chica joven y rubia. Nunca me dijo el nombre de esa chica, pero sí me dio un detalle: que el fuego se derramaba de sus dedos y manos.

—Si es blanco y en botella… –se encogió de hombros Cuero Viejo, con una sonrisa en sus labios al mirar a Ángela. Levantó un tanto las manos, con las palmas hacia arriba, en un gesto de aceptación.

—Como ya os he dicho, las visiones de madre no son claras en absoluto, pero van acompañadas de pequeños detalles como sonidos, voces, algunas palabras sueltas, y, sobre todo, sensaciones. En algunos casos, son auténticas emociones las que embargan a mi madre junto con la visión; unos sentimientos que reafirman las imágenes –explicó Mochi, capturando de nuevo la atención de todos. –En esta, en particular, la ira y la necesidad de venganza llenaban su pecho y oprimían terriblemente su corazón. Sintió una poderosa seguridad en su persona, como si pisotear todo con el fuego fuera un derecho sagrado para ella. Pero no estaba sola en la visión, varias personas seguían a la chica rubia como a un líder a través de las llamas y yo era una de ellas…

Ginger se llevó la mano a la boca al escuchar aquello, pero Ángela casi había intuido algo así. Esa era la razón por la que la asunamata había enviado a su hija hasta ella: compartían destino.

—Madre sabe lo acertadas que son sus visiones, aunque debo advertirte que no son inmutables. El futuro nunca está cerrado y puede alterarse con el vuelo de una simple golondrina –Mochi sonrió dejando que su mano izquierda aleteara elegantemente ante ella. –Comprendió el potencial de esa joven líder, y la admiró por ello, pero también captó los oscuros enemigos que se ocultan entre las sombras que las llamas no pueden alzar.

Ángela cabeceó al entender la advertencia, pero se mantuvo callada.

—La chica rubia avanzaba mirando cada rincón por el que pasaba, como su estuviera buscando alguien. Pronunció el nombre de una ciudad varias veces, quizás eso contenga una pista para ti.

— ¿Qué ciudad? –preguntó Ginger, más ansiosa que nadie.

—París. La impresión que recibió madre fue que buscabas a un pequeño, un hermano, quizás un hijo –explicó suavemente Mochi.

Ángela supo perfectamente a quien debía estar buscando y no estaba en París, ni mucho menos. Estaba buscando al Comandante Araña, a Paris Caprizzi. Sin embargo, no hizo ningún gesto de entendimiento y siguió mirando a la asunamata para que siguiera con la visión de su madre.

—Finalmente, madre obtuvo una imagen de gran calidad. Una gran extensión de terreno boscoso estaba ardiendo, rodeando un castillo de piedra que también era pasto de las llamas en su interior. Los humanos se afanaban en apagar el gran incendio. Había coches de bomberos bombeando columnas de agua y otros vehículos con unos logotipos verdes: Comunidad Autónoma de Aragón, pudo leer en uno de ellos, y eso es todo.

— ¿Ya está? –parpadeó Ginger. –¡No ser nada! ¡Solo caos en una advertencia! –se quejó.

—Es más de lo que tenía, cariño –contestó Ángela, poniéndose en pie. –Tampoco sé lo que significa lo que vio tu madre, pero supongo que insiste en que no debo quedarme quieta y que necesito refuerzos. No estaba buscando nada en París, sino que es a Paris a quien debía buscar… Paris, el hijo de los etnimai del clan Santiago.

— ¡Claro! Paris Caprizzi –exclamó Cuero Viejo, dándose una fuerte palmada en la pierna que mantenía cruzada.

—Es el líder de la Brigada, el Comandante Araña.

— ¿Ese mocoso es el famoso Comandante Araña? –los ojos de Cuero Viejo se abrieron enormemente por el asombro.

—Al fin sé algo que tú no sabes –bromeó la rubia. –Sí, así es. Bueno, al menos sé que tengo que buscarle y que él puede ayudarme. Un dato a favor. En cuanto a la ira y el deseo de venganza… la Sociedad mató a mi amigo David y a muchos compañeros. Mi amiga Barbie quedó paralítica de cintura para abajo… sí, tengo algunas cuentas que arreglar con esos santurrones –masculló Ángela.

— ¿Y todo ocurrirá en… Aragón? –preguntó Ginger, buscando el nombre en su cabeza.

—Casi seguro –repuso Mochi, asintiendo con la cabeza.

—Habrá que averiguar en qué punto de Aragón exactamente –dijo Cuero Viejo tras encender un apestoso cigarrillo liado.

—Bueno, sé exactamente quién puede saberlo –canturreó Ángela, agitando un papel doblado que sacó del bolsillo trasero de sus jeans.

— ¿Qué es eso? –preguntó Mochi, acercándose a ella.

—La lista de capitostes de la Sociedad y dónde pueden estar.

Mochi se la quedó mirando como si se le hubiera aparecido la Virgen de Fátima en un urinario público y Ángela saltó un poquito a la izquierda en el momento en que el brazo de Cuero Viejo pasó por encima de su hombro para arrebatarle el papel, fallando por unos centímetros.

— ¿Es una broma, no? –preguntó Mochi con un hilo de voz.

— ¿Dónde has conseguido eso? –preguntó Cuero Viejo, mirando a la rubia desplegar el folio.

—Hice mis averiguaciones y descubrí dónde estaba el archivo mayor de la Sociedad –dijo Ángela, quitándole importancia con un gesto de la mano.

— ¿Dónde?

—Digamos que hace cinco días que hemos regresado de unas buenas vacaciones en Tenerife. ¿Verdad, cariño? –Ángela se giró hacia la asiática que, en ese momento, empezaba a comprender el verdadero motivo de haber viajado a la isla canaria.

La vampiresa entregó el papel al insistente Cuero Viejo, quien lo leyó con voracidad.

— ¿Se lo has comunicado al Clan? –le preguntó Mochi con suavidad.

— ¡Ni de coña! ¡No me fío de la mitad de la cuadrilla! –atajó con acritud Ángela. –Mira, le he dado un buen palo a la puta Sociedad Van Helsing. He conseguido las direcciones de sus bases y sedes, de sus casas seguras, así como un listado de los nombres de los cargos relevantes –señaló con un dedo el folio que aún seguía leyendo el adanita. –Me cargué al supervisor jefe y quemé toda la documentación y un montón de pasta que tenían guardada. Lo mejor es que no dejé testigos de mi paso, así que aún estarán pensando qué han hecho de malo para que su dios les haya castigado con tanta virulencia.

— ¡Bestial! –exclamó Cuero Viejo, los ojos brillantes. Se giró hacia la joven indostaní para decirle: — ¿Te lo dije o no? ¡Es una puta Guerrera!

Mochi alzó una mano para atajar sus comentarios joviales y se encaró de nuevo con Ángela.

—Pero necesitarás apoyo para lo que haya que hacer en adelante. No puedes dejar el Clan fuera. No son solo los consejeros de los etnimai, hay jerarquías dentro de las mismas jerarquías –con aquellas palabras, Mochi reveló que su juventud era solo una apariencia. Sin duda, debía ser mucho más mayor de lo que se veía y, así mismo, estar mejor informada que la vampiresa en la cuestión interna del Clan.

—No voy a dejar al Clan fuera. Sé que necesitaré ayuda en su momento, pero estoy segura que hay un maldito topo entre los Altas Cunas y no pienso perder la ventaja que he conseguido con esta lista –y al terminar de decirlo, arrebató de un fugaz movimiento el folio de las manos del aún turbado Casta.

—Están todos ahí, en la lista –murmuró este. –Nombres, cargos y direcciones… ¡Jesús, María y José!

—Exacto, así que vamos a escoger uno que nos venga bien y vamos a exprimirle cuanto sabe –una sonrisa malévola se pintó en la faz de la vampiresa.

— ¿Puedo quedarme con su pellejo? –preguntó casi inocentemente Cuero Viejo.

* * * * * * * * * * * * *

—Un interesante edificio –comentó Mochi al cruzar el portal del antiguo cine.

Habían estado hablando bastante tiempo en el sótano del aparcamiento de la clínica, sobre la inconveniencia de quedarse en instalaciones que el Clan controlara. Por el momento, era mejor pasar inadvertidos y planificar con cuidado. A pesar de cómo sonaba, había sido la propia Ángela la que lo había sugerido. Así que cuando Ginger sugirió ir a casa y comer algo, Ángela asintió, con medio plan elaborado en su mente.

—Puedes quedarte con nosotras en el apartamento –propuso la rubia tras comentarlo brevemente con Ginger. –Necesitamos estar juntas para pensar en todo este embrollo.

—Tienes razón –admitió la indostaní.

— ¿Yo también? –la pregunta de Cuero Viejo sonó algo sarcástica.

—No hay más sitio. Es un apartamento diminuto –alzó las manos Ginger ante la mueca irónica del adanita.

—Tú puedes traerme el desayuno a las ocho de la tarde, pringao –masculló Ángela y se giró hacia Mochi. — ¿Eres nocturna?

—No, suelo dormir cada cuatro días, no importa si es de día o de noche –respondió la joven indostaní con un encogimiento de hombros.

—Es bueno saberlo. ¿Te quedarás aquí, Cuerito, en la clínica? –le interpeló Ángela.

— ¡Qué remedio! No creo que Basilisco venga a echarme –iba a seguir con la broma, pero calló al ver la dura mirada de la rubia. –Buzón cerrado –acabó musitando, dando un giro a una imaginaria llave ante sus labios.

Eran casi las dos de la madrugada cuando las chicas llegaron al viejo cine reformado, pero eso no impidió que se cruzaran con el activo Cristian en las escaleras, quien venía cargando una corta escalera bajo el brazo.

— ¡Cristian! ¡Guapo! –Ángela lo abrazó cariñosamente, consiguiendo que la escalera de mano chocara contra la pared y la barandilla varias veces. — ¿Aún trabajando?

—Solo estoy disponiendo las cosas necesarias en el ojo de patio para comenzar por la mañana a pintarlo. ¿De dónde venís, chicas? –preguntó, mirando de reojo a la que era desconocida para él.

—Bueno, hemos estando dando un rulo por ahí, para enseñarle la city a nuestra nueva amiga –Ginger señaló a Mochi con una extensión de su mano. –Cristian, te presento a Mochi… Mochi, Cristian…

Dejando apoyada la escalera de mano contra la pared, el joven se inclinó para besar las mejillas de la sonriente indostaní, que se encontraba en un escalón más abajo.

—Mochi se va a quedar con nosotras unos días, hasta que encuentre algo mejor, ya sabes…

—Claro, por supuesto… no pienso decirle nada de ello a mi tío –dijo Cristian, guiñándole un ojo a su amiga. — ¡Eh! Se me olvidaba. Isandra se ha marchado, su apartamento ha quedado libre esta misma mañana.

— ¿Isandra se ha marchado? ¿Dónde? –preguntó Ginger, dando vueltas en su mano a las llaves del apartamento.

—Se ha mudado con uno de sus antiguos clientes. Creo que le propuso matrimonio.

—Me alegro por Isandra –musitó Ángela. – ¿No es como algo dejado caer por el destino, chicas? Mañana, con más tiempo, se lo enseñas, Cristian. Podríamos ser vecinas, ¿no?

—No estaría mal –sonrió Mochi, pensando en las palabras que le había dicho su madre al enviarla en busca de la vampiresa. “Haz lo que sea necesario para que el futuro nos sea propicio, pero no dispones de mucho tiempo, Mochi”. No pensaba defraudar a su madre; nunca lo había hecho.

Cristian bajó las escaleras y luego se dio cuenta que había dejado la escalera de mano apoyada más arriba. Subió rápidamente, las mejillas enrojecidas, mientras las chicas se reían subiendo finalmente a la planta. Aquellos ojazos verdosos se habían quedado clavados en su memoria y parecían derretirle el cerebro. Se hizo la firma promesa de averiguar más sobre aquella chica.

3 de junio de 2014.

Cristian llamó a la puerta del apartamento de las chicas cerca del mediodía, para darle tiempo a que despertaran por ellas mismas. Claro que Ángela seguía roque en la cama pero eso era algo sabido por todos. Encontró a Ginger y Mochi desayunando y no debían hacerse levantado hacía mucho porque llevaban puesta poca ropa bajo los batines que se colocaron cuando él entró.

—He venido por si quieres ver el apartamento que ha dejado Isandra, antes que mi tío, que es el casero, lo prometa a alguien más –le propuso a Mochi.

—Claro, por supuesto. Espera un minuto que me vista…

—No hace falta, es justo enfrente, al otro lado del descansillo –señaló él con el pulgar por encima de su hombro.

— ¿De verás? ¿Vecinas de rellano? –exclamó alegremente Mochi.

—Vecinas –batió palmas Ginger.

Isandra había cuidado muy bien del apartamento, incluso había mejorado el cuarto de baño y la cocina, y Mochi tuvo una impresión muy favorable. Además, la cercanía con sus nuevas amigas era lo más atractivo del lugar. Visto y hecho. Firmó un contrato por seis meses en la misma mañana y se fue con Ginger a ver algunos muebles cuando terminaron el delicioso almuerzo que la tailandesa preparó.

Con el ocaso, Ángela asomó la nariz, encontrándose con un desfile de mozos que subían muebles, desplegaban alfombras, y montaban una gran cama. Otro tipo, con cara de ratón, instalaba un magnífico equipo informático sobre un escritorio reluciente.

— ¡Vaya! ¡Todo esto no ha salido de un mercadillo! –exclamó Ángela entrando en el apartamento y comprobando la calidad de los muebles y de los accesorios.

Se acercó a Mochi y, ni corta ni perezosa, la agarró del talle para darle un par de sonoros besos sobre las mejillas.

—Parece que la pasta no falta, eh –le susurró, dándole una suave palmada muy cerca del glúteo.

— ¿Crees que mis hermanos han estado ociosos todos estos siglos? –dijo Mochi con una amplia sonrisa.

—Así que tú eres la heredera pija, ¿no?

—Bueno, heredera sí, pero pija no lo creo en absoluto.

— ¿Dónde está Ginger? –se interesó Ángela.

—Ha bajado a comprar pan y unos croissants para ti.

—Ah, cómo me mima esa chica –suspiró la rubia.

— ¿Sois pareja?

—Somos compañeras ante todo, pero sí… puedo confesarte que, ahora mismo, es la persona más importante de mi vida –admitió Ángela, mirando intensamente los ojos de Mochi.

—Es algo maravilloso. Me alegro mucho por vosotras –repuso la indostaní, colgándose del brazo de la rubia y caminando hasta el dormitorio donde dos tipos bregaban montando una cama de alto dosel.

— ¿Todo eso lo quieres para ti sola? –señaló Ángela la cama.

—No tengo pareja si es lo que querías saber, pero no me gusta dormir sola. Así que…

—Comprendo, comprendo –susurró Ángela, palmeando el dorso de la mano de su nueva amiga en el interior de su codo.

— ¿Qué vamos a hacer esta noche? –preguntó Mochi, bajando la voz.

—Después de cenar, los cuatro vamos a visitar unos lugares, más que nada para conocer el entorno y ver lo que se puede hacer, ya sabes…

— ¿Los cuatro? –Mochi alzó una bien dibujada ceja.

— ¿Crees que el tarugo de Cuero Viejo o la deliciosa Ginger se quedarían atrás en esto?

Las dos chicas se rieron y siguieron mirando el trabajo de los montadores.

* * * * * * * * * * * *

El edificio estaba en silencio en la madrugada. Hacía poco que habían vuelto todos de la ronda de vigilancia que había preparado Ángela. Dos hombres fueron los objetivos seleccionados, ambos de mediana edad y pertenecientes a la élite de la ciudad. Uno se llamaba Mateo Udrade Mejías, directivo de una caja de ahorros, casado y padre de cuatro hijos. Según el comentario de la propia Ángela, debía de ser del Opus. El otro, Simón Alba Carrillo, trabajaba en una concejalía del ayuntamiento y era viudo, además de todo un golfo. Lo habían seguido a lo largo de cuatro whiskerías hasta que se fue a casa. No parecía que los miembros de la logia tuvieran una alta moralidad como denominador común. Según Ángela, era el odio y el fanatismo lo que los unía. Así que el tal Simón había sido designado como candidato para la noche siguiente, para sonsacarle precisa información.

Mochi se instaló ante el caro ordenador de sobremesa que le habían instalado aquella misma tarde y abrió una sesión en Skype. Vestía un liviano pijama veraniego, de corto y ancho pantaloncito. Tras unos minutos de espera, la conexión se hizo y un rostro masculino, de rasgos afilados, apareció. Tenía los mismos ojos verdosos de Mochi.

—Hola, hermano –saludó la joven con una amplia sonrisa en sus labios.

—Hola, pequeño colibrí –respondió el hombre, sonriendo a su vez. — ¿Te has instalado?

—Sí, ha sido rápido. ¿Puedo hablar con mamá?

—Está liada con la cuadrilla de reconstrucción en el lado norte. Puedo enviar a buscarla pero no creo que le guste ser molestada si no es importante.

Mochi asintió. Lo que tenía que informar era rutinario, así que realizó un gesto de “no importa” con la mano y escogió bien sus palabras para dejar constancia del informe. Era demasiado pronto para que supieran que estaba allí, pero Ángela podía estar vigilada y no quería que sus palabras quedaran registradas por una casualidad.

—Está bien. Dile a mamá que he encontrado un sitio adecuado para quedarme y que voy a empezar el curso de inmediato. Tengo buenas compañeras de clase y un horario ya establecido para las clases –el hombre asintió. –Ya la llamaré con más tiempo. Besos a todos, hermano.

—Para ti también, hermanita.

Mochi cerró el programa y se quedó pensando en la vigilancia de aquella noche. Ángela se movía rápido y con decisión y no esperada a nadie cuando tenía la cosa clara. Era una cualidad que le gustaba a Mochi. Los informes que tenían sobre la vampiresa hablaban muy bien sobre sus intuiciones y la manera de llevarlas a cabo. De todas formas, al igual que su madre, Mochi era una criatura realmente emocional y, para ella, contaba mucho la primera impresión al conocer a alguien. Sin duda, la impresión que le había causado Ángela fue muy buena.

No estaba cansada, por lo que, inconscientemente, sus dedos recorrieron el teclado y entraron en un chat IRQ que solía frecuentar a menudo, llamado “Tender Little Birds”. Al poco de empezar a leer conversaciones aleatorias y algo difusas, sonrió y se relajó. Se utilizaba exclusivamente el inglés en la sala principal y la mayoría de nicks representaban a perfiles masculinos.

Mochi sabía perfectamente que aquel sitio virtual era un lugar de encuentro para transexuales de todas las índoles: travestíes gays, locas hormonadas, transexuales muy femeninos y educados, y muchos otros tipos, tantos como fantasías existen en la mente de un hombre. Un par de conocidos la saludaron y entablaron conversación por ventanas privadas. Los dedos de Mochi corrían a toda velocidad sobre el teclado. Le gustaba escribir y leer, siendo para ella mucho más apasionante que los micrófonos que traicionaban los matices que debían quedar ocultos en principio.

Contestó a las preguntas de rigor, hizo las suyas propias, y, finalmente, se despidió de aquellos amigos virtuales, buscando nuevos horizontes. No tardó mucho en recibir un toque de atención de alguien que no reconoció de entrada.

—Eres Mochi, ¿verdad? –escribió el desconocido, dejándola asombrada.

— ¿Quién eres? –preguntó de inmediato.

—Disculpa, no quería inquietarte, Mochi. Soy Cristian, ya sabes, el sobrino de tu casero.

— ¿Cristian? Joder, no me ha dado tiempo a introducir tu contacto en mis redes –habían intercambiado números de teléfono y correos electrónicos aquella misma mañana.

— ¡A mí sí! –un emoticono de carita sonriente terminó la frase.

—Ya veo, ya –Mochi utilizó otro emoticono a su vez.

— ¿Qué haces aquí, en esta sala de pervertidos?

—Eso mismo podría preguntarte yo –respondió Mochi, riéndose en la soledad de su piso.

—Bueno… a veces entro para charlar –la respuesta de Cristian tardó dos segundos de más.

—Bueno, bueno… no te hacía yo gay, de verdad.

— ¡Y no lo soy! –escribió el chico en un parpadeo y luego continuó: –No del todo, al menos… He tenido experiencias en… ambas opciones… no sé si me entiendes…

—Perfectamente, Cristian, y es algo que respeto profundamente.

—Me alegro, pero yo sí que tengo un corto en mi cerebro. Tú no pegas aquí ni con cola…

— ¿Y eso por qué? –Mochi interpuso una carita de enfado.

—No te cabrees. No tengo nada en contra de un encuentro lésbico pero… ¡es que aquí no hay chicas!

Mochi dejó escapar una carcajada frente a su ordenador y, a continuación, reflejó su estado anímico con una larga fila de “jajaja”.

—Puede que esté buscando un tipo especial de chico –dijo ella, sacando la punta de la lengua por la comisura.

—Bufff… no creo que encuentres entre todos estos alguno que se interese por una chica, aunque sea tan bonita como tú.

—Vaya, no esperaba galanteo alguno de tu parte.

— ¿Por qué no? –esta vez la carita de enfado procedió de la parte de Cristian.

—Muchas gracias. Así que… has tenido alguna experiencia homo, ¿no?

—Sí, un par de encuentros en un campamento, más curiosidad que otra cosa, y un lío con un compañero en el politécnico, años después.

—Vaya, eso suena a serio.

—Bueno, fue algo pasajero pero intenso, sí –Mochi imaginó un resto serio en los rasgos del chico.

La realidad es que Cristian se encoñó de aquel compañero. Daniel, el alegre y carismático Daniel, que no lo hizo suyo hasta mediado de curso y solo se mantuvo interesado en él un par de semanas. Aún dolido, Cristian tenía que reconocer que en ese tiempo escaso, Daniel le había mostrado todas las vertientes del sexo homosexual, incluso las más depravadas. Después de esa aventura, Cristian no había tenido ninguna relación seria y menos aún, un nuevo contacto con el sexo masculino. Todo lo más, había salido con varias conocidas al cine o a cenar, sin tener más sexo que unas caricias y unos besos, al menos, hasta conocer a Ángela.

Sea como fuere, Mochi intuía un carácter pasivo a Cristian, desde el mismo momento en que le conoció, y como buena hembra asunamata era algo que apreciaba.

—Así que empezaste en un campamento –escribió Mochi, con una mueca pícara en su rostro. — ¿De boys scouts?

—Sí, al menos la primera vez. Después de ese ya no fui a más…

— ¿Eso por qué?

—Bueno, nos pillaron haciéndonos una garola el uno al otro y nos sacaron del grupo.

— ¿Una garola?

—Sí, ya sabes…

—No, no sé –Mochi insertó un emoticono de una carita con la lengua sacada de través.

—Una paja, mujer.

—Aaaah… ¿y cuántos años teníais?

—Éramos niños… trece o catorce, creo.

—Sería tu primera experiencia, ¿no?

—Pues sí y fue todo un trauma cuando nos descubrieron en la tienda con los pantalones cortos bajados. ¡Menos mal que mi madre no se enteró! Murió al año siguiente.

— ¡Jobar! Lo siento, no lo sabía.

—Después de su muerte, mi tío me acogió. Tenía dieciséis cuando pasé un mes en una colonia de verano en Sitges.

— ¿Esa fue la segunda vez? –preguntó Mochi.

—Sí. Él era el veterano que estaba a cargo de mi sección.

— ¿Veterano? ¿De guerra?

— ¡Nooo! Ja…jaja… veterano de otros campamentos. Se llamaba Ricard y tenía dieciocho, creo.

— ¡Ooooh! ¡Una corrupción de menores! –Mochi puso un emoticono risueño, pero, sin embargo, su mano descendió hasta la entrepierna, apretando su pelvis en un conato de excitación.

—No fue para tanto… cosas de críos.

Cristian rememoró varios de aquellos encuentros furtivos en aquel campamento a la orilla del mar, repleto de rústicas cabañas de rojiza madera. La agresiva forma que tenía aquel chico de acorralarle en diversos sitios poco frecuentados para besarle y sobarle de forma atormentadora. Había sobremesas en que Cristian estaba tan excitado por aquellas fugaces caricias que corría prácticamente hasta la cabaña de Ricard para meterse en su cama y pasar todo el tiempo de la siesta desnudo bajo él.

Ricard fue quien le desvirgó y, años después, Cristian llegó a la conclusión que no era el primer desfloramiento que había realizado el chico, quizás con chicos más jóvenes que él, tan maravillados como el propio Cristian. El caso es que Ricard fue posesivo con él pero, a la misma vez, cariñoso y protector. Cristian estaba muy necesitado de alguien cercano con el que compartir su tristeza por la muerte de su madre. Sentir el calor y el peso del cuerpo de Ricard sobre su espalda, sus manos aferradas a sus caderas, el entrecortado jadeo en su nuca… todo ello le otorgaba una sensación cauterizadora que paliaba la falta de su madre.

Cristian se asombró de su anormal falta de vergüenza cuando se vio contando detalles sobre lo que hicieron Ricard y él en aquel campamento. No se había sincerado nunca con nadie sobre este asunto, pero se sintió bien al hacerlo con Mochi, aún sin estar presente físicamente. Le habló de lo protegido que se sentía en aquel estrecho camastro, abrazado por su amante y con el ano aún pulsando por el paso de su miembro; de las largas sesiones de húmedos besos que le hacían fantasear más tarde con diversos romances cual colegial enamorado.

Le habló de las largas mamadas a las que se sometía de rodillas en el bosque de pinares que había tras el campamento, aferrado a una pierna de Ricard con una mano y sobándole delicadamente los testículos con la otra, mientras su boca y su lengua se afanaban en un lid interminable sobre el hinchado glande. Pero no le confesó el orgullo innato que sentía cuando conseguía tragarse todo el esperma que se escanciaba en el sedoso interior de su boca, ni del pecaminoso sentimiento que nacía en algún lugar de su pecho justo después, como consecuencia de los remordimientos infantiles que aún le atenazaban por aquel entonces.

Llegados a ese punto, Mochi ya había deslizado el pantaloncito de su pijama piernas abajo, y se mantenía despatarrada sobre el celeste sillón rotatorio, con los pies subidos al asiento. En aquella expuesta entrepierna, destacaba un miembro que no debería estar allí, un erguido pene, pequeño y enrojecido, que oscilaba merced a los movimientos de los dedos que tecleaban. Era un pene precioso, delicado, de piel suave y pálida, con un glande rosado y húmedo que no descollaba en su plenitud. Para más extrañeza, el escroto se había transformado en una inflamada vulva que se entreabría en una delicada sonrisa vertical y donde no se apreciaba existencia alguna de testículos.

Ambos sexos, el femenino y el masculino, se perfilaban bajo un pubis totalmente exento de vello. Con mano habituada, Mochi acariciaba sus dos sexos, pasando de uno a otro con delicadeza y cierta urgencia. Las confesiones de Cristian la habían excitado más de lo que creía. Sacudir vigorosamente su pene le otorgaba un tipo distinto de placer que acariciar su oculto clítoris o introducir uno de sus dedos en la vagina, por eso alternaba sus caricias de uno a otro.

Alargó la mano hacia un cubilete que se encontraba en un extremo del escritorio y que contenía varios bolígrafos, lápices y un par de gruesos rotuladores. Se apoderó de uno y lo introdujo, con mucha pericia y con una sola mano, en su vagina. Se llevó un nudillo del dedo índice de esa misma mano a la boca y gimió largamente, al constreñir los músculos de su vagina sobre el objeto. Su otra mano meneó rápidamente el tieso pene, iniciando una especie de contrapunto en su interior, una pauta que la llevaría al éxtasis en unos segundos, tal y como su propia madre la había enseñado años atrás.

El placer de una asunamata era único y especial. Podían estar horas y horas gozando, dejando que el orgasmo se alargase y disminuyese a voluntad, para después, en el momento oportuno, incrementarlo hasta extremos casi peligrosos para su sistema nervioso. Era justo en ese momento cuando las hembras asunamata, debido a su condición hermafroditas, podían quedarse embarazadas, tanto de sí mismas como de algún otro macho.

Mochi fantaseó con una imagen de si misma clavándose entre las esbeltas nalgas de Cristian y la viveza de tal visión fue tan nítida que no pudo refrenar el clímax que su especial organismo estaba creando. Tuvo especial cuidado que el chorro de cremoso semen, un tanto amarillento, cayera al suelo y no resbalara ninguna gota hacia su vulva. En un éxtasis de tal magnitud, podía preñarse ella misma sin quererlo y aún era demasiado joven para empezar a engendrar hijos a sus cincuenta y dos años.

Chupando unas gotas de fluido que se habían quedado en uno de los dedos, se despidió de Cristian, el cual no tenía ni idea de lo que había conseguido con su instintiva confesión, y apagó el ordenador. Aún con el pene erguido, se fue a la cama, a seguir manipulando el placer onanista que era capaz de procurarse.

Esa era una de las razones por la que dormía tan de tarde en tarde…

CONTINUARÁ…

Un comentario sobre “Ángel de la noche (27)

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