RUBÉN DARÍO RAMÍREZ


La otra noche,  una de esas en que las sombras cubren el pequeño valle,  salió de la madriguera a su encuentro con el destino. El recuerdo de ella se hacía más latente, más penetrante.
Deambuló por las calles como quien tiene en su felinidad un deseo auscultado de amor. Un deseo de no seguir trasegando la calle fría y solitaria. Una huella le llevaría a ella, a  la barda donde ella lo esperará como lo hace casi todas las noches en que la luna sale expectante a cubrir la niebla de la ciudad. Él en su lenguaje sabe que la vida con ella no es más que un momento, siempre a expensas de los extraños afectos,  roza su cuerpo con ella y siente que su calor logra trasportarlo a lugares donde solo sus tantas vidas muertas resucitan y se elevan por fin hasta lo eterno.
Ella en tanto lame su cuerpo. De vez en cuando un pelo se cruza en su garganta pero ella sabe según ha dicho su dueña que esto le ayuda en su digestión. Un pelo en su estómago, una parte de ella en ese proceso asqueroso de digestión. La digestión… ahí en ese espacio interno donde se sabe amada. Donde él logró poner mariposas (…) ellas bailan a esta hora a la espera de que él de un salto,  esté frente a su mirada.
Caminando por la calle, con ese movimiento que caracteriza a los de su especie, perdido en el deseo de nuevamente mirar la luna, no se percata de que se acerca el conserje. En un santiamén se encuentra prisionero en una bolsa. Se mueve sigiloso, pero no bastaron los arañazos en el rosto de otros tiempos, de otras noches, de otras oscuridades para liberarse del destino al que ahora era sujeto.

Desplomado en una jaula donde se siente absurdamente prisionero llora con amargura su momento de desdicha.
Ella lo espera en el balcón con la misma intensidad de siempre.
Él en su nuevo destino,  lejos de lo que antes amaba, prefiere olvidar su vida de basura.  Ahora era la felpa de un hombre quien todos los días lo abrazaba, to tocaba, lo besaba, lo amaba y mimaba como se halaga algo muy querido. Él no sentía repugnancia. Sentía esa extraña ternura de la que ahora era cautivo.
Temía abandonar aquel lugar donde sin saber porque lo poseía todo, donde a sus anchas vagabundeaba por los espaciosos lugares que ahora le pertenecían: el amor se había transformando en un deseo profundo de poseerlo todo sin esfuerzos, sin miedos y sin buscar en las canecas las plétoras de porquería para calmar el hambre.

Ella lo seguía esperando con la misma ternura desde la noche en que no acudió a su cita cotidiana. De repente escucha la voz en la sala. La llaman por su nombre. No acude a la cita. Siempre fue demasiado independiente para exhibirse ante un simple grito desprevenido. Mira la luna. Maúlla… y en un gesto desprovisto de sentido se derrumba y se arroja en el precipicio. En la acera se le ve con sus ojos azules, gigantes y perdidos en el infinito como cuando era sorprendida por él al llegar. Abrazada al asfalto saldó la última de las siete vidas que tenía, lo cual le indicaba que la séptima vida de un gato siempre es la que multiplica su amor en las otras seis, esas que se fueron muriendo desde que su gato se perdió para siempre de su vista.

3 comentarios sobre “Nocturnos

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