JANIS MULLIGAN

 

El Arcipreste guanche

13 de mayo de 2014.

Ginger miró el gran panel electrónico donde se listaban los vuelos que salían y llegaban en El Prat. Comprobó el suyo, billete en mano, y sonrió como una boba, inmensamente feliz. Un poco más allá, Ángela estaba escribiendo furiosamente con los pulgares en su móvil. Apenas quedaba media hora para subir al avión y la “coñona” – según Ángela – de Mirella aún no había llegado. En eso mismo estaba, enviándole un mensaje detrás de otro.

— ¡Por fin! –escuchó decir a la rubia tras ella y Ginger se giró.

La catalana llegaba taconeando como una bailarina de flamenco, el gran bolso aferrado bajo el brazo y las gafas de sol sobre la cabeza, a pesar de que eran las diez de la noche. Al menos había confirmado el equipaje.

— ¿Dónde coño estabas? –la amonestó la vampira.

—Me dejé el Smartphone en la mesita del vestíbulo con la mierda de las prisas, coño –explicó, con el pecho agitado. –Tuve que decirle al taxista que diera la vuelta a medio camino. ¡Ginger!

Con una risa, la asiática se dejó atrapar en los brazos extendidos hacia ella. En los algo más de quince días que habían pasado desde que compartieron “la cama redonda” en el apartamento de Ginés, la amistad entre ella y la catalana había ascendido varios peldaños, sin pretenderlo. Tenía que reconocer que pasar rato con Mirella hacía descender los niveles de ansiedad que las preocupaciones de la vida de Ángela aportaban. Era una especie de equilibrio kármico sin explicación pero que funcionaba bien. Mirella era una de esas chicas inconsecuentes, solo preocupada por su aspecto y por su posición social, pero llena de turbios pecados e intenciones. Siempre que podía, le preguntaba a la asiática sobre perversas situaciones en su trabajo o por experiencias personales. Ginger se inventaba la mayoría, regodeándose en la excitación que rebosaba por las orejas de Mirella. Tras el abrazo, Mirella tomó de las manos a sus dos amigas y se las quedó mirando, hasta que empezó a temblar y a dar saltitos que las contagiaron.

— ¡Nos vamos de vacaciones a Tenerife! ¡Yiiiiiiiiii! –acabó gritando en medio de la sala de embarque. Los demás pasajeros del vuelo nocturno sonrieron.

Convencer a la catalana que lo que le convenía en aquel momento era unas vacaciones con unas amigas que entendieran perfectamente por lo que estaba pasando, fue relativamente fácil. En el fondo, ella sabía que las necesitaba, y añadir a ello a la nueva amiga que Ángela había aportado era un extra muy atractivo. Había hecho falta pocos días para apreciar realmente a Ginger. La tailandesa era una persona realmente carismática, divertida, y sobre todo leal. Claro estaba que ninguna de las dos tenía ni la más remota idea que aquella rápida conexión era trabajo de la influencia de Ángela.

La vampira sonrió con toda aquella algarabía. Mirella se había mostrado como una persona mucho más decidida y alegre de lo que David hubiera creído jamás. Solo había necesitado alejarla un poquito de todas aquellas pretendidas normas sociales que condicionaban su entorno y apoyarla en sus nuevas decisiones. A cada día que pasaba, se mostraba más valiente, más segura, y, asombrosamente, más soez. Ángela no comprendía aún de dónde le venían esas ganas de decir palabrotas malsonantes, ni jurar como un arriero, pero, al parecer, formaba parta del nuevo carácter que emanaba en Mirella. A Ginger le hacía una gracia terrible escucharla, sobre todo cuando se vestía de acorde a su gusto. Para la asiática, ver a una persona como ella, bien vestida, hermosa y mal hablada era toda una diversión.

Por supuesto, la idea de salir de vacaciones había partido de la rubia vampira, así como el destino, aunque hizo el paripé de dejarlas escoger entre varios destinos. Ella sabía perfectamente dónde tenía que ir y jugueteó un tanto con sus amigas hasta encauzarlas hacia lo que quería. Finalmente, fue Mirella la que se decidió por las islas Canarias y, entonces Ángela dejó caer lo de Tenerife. Mirella estuvo de acuerdo de inmediato. Según ella, tenía todo lo que buscaban, buen tiempo, playas, buenos hoteles…

Ginger no decía nada. A ella le daba exactamente igual dónde la llevaran con tal de estar juntas. Sin embargo, intercedió cortando la alegría de Mirella cuando preguntó por la severa alergia de Ángela, tal y como lo habían ensayado en casa.

— ¿Alergia? ¿Qué es eso de una alergia? –preguntó la catalana, mirando a Ángela.

—Bueno, Ginger lo llama alergia pero no entra en esa categoría –se encogió de hombros la vampiresa. –Según el Dr. Labrado, el psicólogo al que acudo desde hace años, se trata de un extraño trastorno del sueño que ha empeorado a raíz de la desgracia de David. Antes era una especie de trasnoche cada vez más exponencial que me llevaba a acostarme a altas horas de la madrugada, pero ahora se ha convertido en algo preocupante… no puedo dormir de noche.

— ¿No puedes dormir? ¿Insomnio?

—Sí. En cuanto mi cuerpo se serena sobre la cama, mil imágenes pueblan mi mente, girando en un torbellino cada vez más emocional. Veo a David, le oigo llamándome pidiendo auxilio, tumbado sobre la fría nieve, solo, asustado… –el tono de la rubia era constreñido.

Mirella se estremeció, mirándola con los ojos muy abiertos. Cambió para abarcar a Ginger, quien lo confirmó todo, asintiendo lentamente, con expresión grave.

—Ángela no duerme nada hasta que el sol no sale. No para de dar vueltas y tiene como pesadillas, incluso despierta. Más de una noche, he tenido que pasarme a su cama para abrazarla y calmarla –explicó la asiática en una perfecta mentira.

—Según un joven doctor buenorro del Hospital Universitario –puntualizó Ángela –podría tratarse de una fobia a la oscuridad, magnificada por algún trauma, que me hace recurrir a imaginaciones y alucinaciones para mantenerme despierta. Para sobrellevar esas vigilias, veo la tele, me harto de comer chucherías, paseo o salgo a la terraza y, sobre todo, hago el amor.

Mirella, por supuesto, quedó totalmente asombrada de esta reacción y cómo se había agravado con la muerte de su novio. No solamente ella sufría, sino que Ángela había alterado hasta su patrón de sueño por la angustia. Aquello la hermanó aún más a la vampira y, por asociación, a Ginger que era la que la cuidaba de ella durante el día, cuando caía exhausta en la cama. Para Mirella, las dos chicas compartían mucho más que piso, compartían la vida.

En un principio, la catalana quiso anular Tenerife como destino y buscar algo más adecuado a la alergia de Ángela, pero la rubia fue la que la convenció de que no se preocupara por ella. Tenerife estaba bien. De día, Mirella y Ginger podrían dejarla durmiendo y salir a la playa, de compras, o de excursión, y reunirse con Ángela a la caída del sol para continuar la fiesta. Eso sí, tendrían que dormir buenas siestas por las tardes, porque no pensaba dejarlas acostarse hasta el alba.

Finalmente, escogieron la fecha que permitía a Mirella solicitar a la empresa su periodo de vacaciones: mediados de mayo hasta finales. Y esa noche, las tres subieron ilusionadísimas al aparato a través del pasillo neumático, cada una por diferentes motivos. Para Ángela, era su primer vuelo y aunque no tenía ningún temor, sí estaba nerviosa. Para Mirella, se trataba de una oportunidad más para deshacerse de la sombra de David y unirse más a la apasionante Ángela. En cambio, para Ginger era una especie de prueba, un camino que temía y anhelaba emprender al mismo tiempo. Ángela la estaba atrayendo lentamente hacia su mundo y debía comprobar si estaba dispuesta a seguirla. Aún así, eran sus primeras vacaciones desde que llegara a España y pensaba disfrutarlas.

Tuvieron suerte con la disposición de asientos en el Airbus A-321 al que subieron. Sus asientos iban correlativos en la banda izquierda, ocupando la fila de tres sillones, y no cayendo dispersas. En suma, Ángela pidió viajar juntas al reservar los billetes. Cuando los demás pasajeros estaban aún revoloteando, colocando sus equipajes de mano, o buscando sus sitios, ellas se encontraban ya sentadas, con los cinturones abrochados y sonriéndose. Estuvieron de acuerdo en dejarle el asiento de ventanilla a Ginger, aunque Mirella la avisó que no vería gran cosa de noche, y Ángela quedó en medio.

Asistieron al ritual explicativo de las auxiliares de vuelo, dándose pequeños codazos las unas a las otras, y cuando despegaron, Ángela pidió un par de esas livianas mantitas de Iberia con las que quedaron las piernas de las tres cubiertas y abrigadas. Ángela disfrutó realmente del despegue y de la sensación pero pronto quedó aburrida. Las auxiliares pasaron preguntando si querían agua, zumo, o alguna otra bebida, pero ninguna quiso. Luego, cuando el vuelo quedó tranquilo, Ángela se sintió traviesa, dispuesta a remediar el aburrimiento. Deslizó sus manos bajo las mantas, cada una en dirección de las piernas de una amiga. Procuró hacerlo muy lentamente y con mucho disimulo, no solo para que los demás pasajeros o las auxiliares no se dieran cuenta, sino para que tampoco Ginger y Mirella pudieran ver lo que ella hacía al otro extremo de la fila.

Ginger rebulló al sentir la mano de su amada entre sus piernas enfundadas en la oscura malla. Alzó los ojos y miró alrededor. La cabina quedaba a medio iluminar, muchos pasajeros dormitando ya. Sonrió ladinamente y se bajó ella misma la malla, dejando las braguitas descubiertas. Sacó las manos y pellizcó el filo de la manta para que no se cayera en ningún momento, y siguió mirando por la oscura ventanilla, más atenta a aquellos dedos que a cualquier otra cosa.

Mirella, por su parte, tragó saliva, cuando notó la mano de Ángela replegar su falda hacia arriba. Cerró los muslos instintivamente, pero recibió un duro pellizco de reprimenda. Suspiró y se abrió de piernas de nuevo. Con una mano sostenía la manta, en la otra reposaba su mejilla y sien, intentando disimular el enrojecimiento de su rostro.

Ángela se movió con mucha lentitud, subiendo sus manos hasta el sitio adecuado y acomodándolas a la perfección. No empezó a mover sus dedos hasta estar segura de no realizar ningún gesto delator. Aquella lentitud y la perversa intención de lo que iba a realizar hizo que sus amigas alcanzaran un buen grado de excitación cuando sobó el tejido de la ropa interior. Mirella tenía la braguita ya mojada al acariciarla con el dedo corazón. Ginger no tanto, pero se estremeció toda al apretar su pubis, buscando su oculto clítoris. Ángela las miraba de reojo, alternando su visión de una a otra, buscando pequeños gestos en sus rostros, diminutos detalles que delataran la pasión que ella iba creando en los vértices de sus piernas. Mirella tenía los labios entreabiertos, respirando por la boca, pero se mantenía completamente quieta, ya que era la más expuesta al pasillo. Ginger movía apenas sus caderas, como si se tratase de un temblor nervioso, pero había cerrado los ojos, con el rostro girado hacia la ventanilla. Ángela sonrió de esa forma diabólica que adoptaba cuando conseguía lo que quería e introdujo sus dedos bajo cada braguita, intensificando el tacto.

Al cabo de unos minutos, Mirella utilizó la mano con la que aferraba la manta para presionar la que Ángela mantenía entre sus piernas, buscando más presión, perdida en sus propias sensaciones. Ni ella ni Ginger se dieron cuenta de que una de las auxiliares, una bonita treintañera de castaño pelo recogido, pasaba lentamente, mirando alternativamente fila tras fila, a la espera de cualquier indicación o petición. Ángela clavó aún más sus dedos en las abiertas vaginas de sus compañeras y levantó los ojos hacia la aeromoza, sonriéndole ladinamente. Aunque sus manos no se vieran, la posición de sus brazos, la actitud de las chicas, y su propia sonrisa pícara, hizo comprender perfectamente a la auxiliar lo que estaba haciendo en aquel momento.

La mujer se quedó sin saber muy bien cómo reaccionar. Ángela no dejó de mover sus manos, aún con mayor presión, aprovechando que el cuerpo de la mujer tapaba cualquier mirada exterior. Las mejillas de la auxiliar enrojecieron y respiró hondo. Bajo su barbilla, Mirella se quejó muy quedamente, a punto de correrse. La auxiliar se giró hasta cubrir a caso hecho con su cuerpo la fila en cuestión, ocultando la reacción de la catalana con todo su cuerpo. Los pies de Mirella se apoyaron contra el asiento delantero y se mordió el meñique para no gemir demasiado alto al correrse dulcemente, pero no abrió los ojos por lo que no se dio cuenta de la proximidad de la mujer.

Ángela sacó la mano bajo la manta y sin dejar de sonreírle a la azafata, se la llevó a los labios, lamiendo la humedad que la perlaba. Tras esto, susurró un suave “gracias” a la auxiliar, la cual asintió cada vez más roja. Se marchó sin que Mirella o Ginger supieran de su presencia. La catalana inclinó su cabeza hacia el hombro de la rubia y la reclinó allí, recuperando la respiración, los ojos cerrados y una bonita sonrisa de satisfacción en los labios. Al otro lado, Ginger había abierto sus muslos todo lo que la malla le permitía y trataba de controlar los espasmos de placer que la recorrían. Llevó su mano entre las piernas de Ángela, apretando un muslo cubierto del tejano, y en cuanto recuperó el control tras el orgasmo, intentó desabotonar la bragueta de la rubia.

—Déjalo, estamos a punto de llegar –susurró Ángela.

Ginger giró al cabeza y abrió los ojos. Vio a Mirella dormitar sobre el hombro de Ángela.

— ¿Quedado dormida? –preguntó.

—Solo descansaba los ojos –contestó la propia Mirella, mirándola.

Minutos más tarde, la voz del capitán anunció la maniobra de descenso al aproximarse a la isla y recobraron la compostura. Un perfecto aterrizaje, una salva de aplausos y todo el mundo en pie en el pasillo, buscando la salida. La auxiliar la miró de una forma extraña ante la puerta de desembarque. Ángela no supo si la amonestaba o la estaba citando.

Un autobús nuevo esperaba a la mayoría de los pasajeros fuera de la terminal de los Rodeos para llevarles hasta el puerto de la Cruz, a veintiséis kilómetros. Estaban al filo de la medianoche y Ángela inspiró con fuerza antes de subirse al vehículo. Parecía haber recobrado aquella libertad de años anteriores, aunque sabía que solo era una ilusión.

A la media hora, el autobús se detuvo frente a la mole rectangular de un alto edificio frente a un rompeolas. Solo la carretera separaba el hotel Bahía Príncipe San Felipe del mar. El conductor informó del nombre del hotel a aquellos viajeros que tenían reserva en él y las chicas se bajaron para sacar las maletas, junto con algunas parejas de recién casados y un par de sexagenarios. Arrastrando sus maletas hasta el enorme y lujoso vestíbulo del hotel, Ángela sonrió, aún disfrutando de la sorpresa que esperaba a las chicas.

— ¿Cómo que una sola habitación? –estalló Mirella, mirando a la impasible rubia.

—No es una habitación, es una suite y de las caras –respondió, sonriendo al conserje nocturno. — ¿Verdad?

—Sí, así es. Es una de las mejores suites del hotel, señorita. Tiene capacidad para cuatro personas.

— ¡Pero solo hay una cama! –Mirella se llevó los puños a la cintura, como muestra de enfado. A su lado, Ginger mantenía la vista baja, reconociendo en todo aquello la mano de su compañera de piso.

—No veía motivos para contratar más habitaciones. Podemos dormir las tres en la cama, es suficientemente grande. Si te molesta, siempre puedes ocupar el sofá, Mirella, ¿o es que te da vergüenza dormir con tus amigas?

La suave amonestación de Ángela sirvió para calmarla inmediatamente.

—No, no es eso, pero creía que… –y sus ojos se clavaron en Ginger, la cual no lo advirtió pero Ángela sí.

—Vamos, es tarde para empezar una discusión –dijo ella, tomando la tarjeta llave y el asa de su maleta, para caminar hacia el ascensor.

Una vez en él las tres, Ángela aprovechó el tiempo para subir a la planta novena para decirle a Mirella.

— ¿Creías que ibas a dormir conmigo y enviar a la pobre Ginger a otra habitación?

—Bueno, pensé…

—Ginger es mi compañera de piso y dormimos muchas veces juntas. ¿Por qué separarnos en distintas habitaciones? Hemos venido a divertirnos, ¿no?

—Vale, siento haber saltado así –se disculpó Mirella en el momento en que el ascensor llegaba a su destino.

—A ver, 92B –dijo Ginger, encabezando la búsqueda. –Por allí…

Las tres quedaron impresionadas con la suite cuando entraron en ella. Disponía de una cómoda sala de estar con una balconada al mar y una televisión de cincuenta pulgadas al menos. Mullidos sillones y un gran diván, forrados a juego con el papel de las paredes parecían llamarlas a sentarse.

— ¡Coño con la cama! –exclamó Mirella al entrar al dormitorio.

—Pues sí, es algo más que dos por dos –asintió Ángela. Había sido clara cuando reservó la suite, quería una cama grande y… ¡vaya que si era grande!

Otra balconada, también dirigida al oscuro mar, se abría al fondo del dormitorio, envuelta en etéreos cortinajes. Ginger estaba investigando el gran baño que se abría al otro lado. Salió de él y levantó un pulgar a sus amigas y amplió su sonrisa.

—A ver, zorras, ¿no os parece que nos lo vamos a pasar de puta madre? –preguntó Ángela, abriendo los brazos.

— ¿Habrá servicio de habitaciones a estas horas? Me comería un sándwich y una ensalada –comentó Mirella, descolgando el teléfono de la mesita de noche. Habló unos segundos con el conserje y se giró hacia sus amigas. — ¿Queréis algo vosotras?

—Lo mismo que tú pidas para mí –respondió Ángela. Ginger asintió, completamente de acuerdo.

Quince minutos después, un camarero subió todo lo encargado empujando un carrito con mantel. Mirella firmó la factura y se instalaron en la balconada del salón, disfrutando de la brisa marina. Ángela incluso se había despojado de su ropa de viaje, quedando con un ceñido y corto culotte de juvenil estampado. Se dejó caer en una de los butacones, atrapando su sándwich con una mano.

— ¿Qué pasa? ¿Tienes calor? –preguntó Mirella.

—No, pero venir a Tenerife y quedarse con la ropa puesta me parece una estupidez –dijo con la boca llena la vampira.

—En eso tiene razón –la apuntó Ginger con un dedo.

— ¡Pues entonces, ropa fuera! –gritó Mirella, despojándose de su falda piernas abajo.

Entre risas, imitaron a Ángela, quedándose en bragas las dos. Comieron sus sándwiches y las ensaladas, mirando las estrellas guiñar sobre el oscuro mar.

—Creo que me va a gustar esto –musitó Ángela, apurando su lata de cola.

14 de mayo de 2014.

Mirella y Ginger despertaron tarde para bajar a desayunar al comedor y no quisieron llamar al servicio de habitaciones para no molestar a la dormida Ángela, a pesar que Ginger insistió que no se enteraría de nada. Con una súbita inspiración, Mirella la retó a dar una vuelta por el Puerto de Santa Cruz, ver sus calles, sus tiendas, tapear algo… Ginger aceptó inmediatamente y rebuscó en el gran armario compartido unos shorts tan diminutos que tenía que estar prohibido seguramente salir a la calle con ellos.

Mirella la imitó aunque sus pantaloncitos eran algo más recatados, a medio muslo. Optó por un top bicolor que le dejaba el ombligo al aire, mientras que Ginger se enfundaba un ancho sujetador deportivo oscuro y, por encima, una camisola de mangas recortadas que no abrochó. Sandalias de plataforma y cintas y un amplio bolso playero como complemento.

— ¡Ale, vestidas pa matar! –bromeó la catalana, metiendo la llave de la habitación en el monedero.

Para el mediodía, las dos ya caminaban de la mano con toda confianza, deteniéndose en escaparates, en plazoletas dignas de contemplar, y señalaban constantemente hacia la línea azul del mar, a las triangulares velas que se veían en el horizonte. Ginger estaba feliz, maravillándose de lo bien que se llevaba con Mirella, a pesar de sus primeras objeciones. Ninguna chica le había caído así a excepción de Ángela, ni siquiera Ruth. Podía hablar con ella de cualquier cosa, contarle dudas y confesiones que no se atrevería a compartir con nadie más.

Se sentaron en una terraza a la sombra de las altas palmeras de una plaza. Una sonriente camarera vino a tomarles nota y pidieron cerveza helada y “papas arrugás”. Ginger alucinó probando los tres tipos de mojo que trajo la chica junto con las papas.

—Eshto se parece muusho a la salsa de gambas de mi país –dijo intentando tragarse media papa que quemaba como el demonio.

—Seguramente por eso tenéis todos la expresión agriada –bromeó la catalana.

— ¿Qué? ¿Qué quiere decir eso? –preguntó Ginger, lamiéndose los dedos.

—Ya sabes… los ojos achinados y eso… bah, déjalo –Mirella agitó una mano cuando no consiguió que la asiática comprendiera la pulla. — ¿Qué vamos a hacer después de almorzar?

—Siesta –Ginger no se lo pensó siquiera –, las dos junto a Ángela y después piscina. Cuando ella despierte que se reúna con nosotras.

—Me parece perfecto –Mirella levantó su vaso de cerveza para brindar por la propuesta.

Regresaron al hotel para la hora del almuerzo, que tomaron junto a las grandes cristaleras del gran comedor del restaurante, con vistas a los jardines y la enorme piscina. Escogieron pescado y coctel de langostino, junto con un frío vino Rueda, y compartieron una gran copa de fresas, nueces y chantilly entre risas y susurros.

Tras unas buenas infusiones, subieron a la novena planta y se quedaron contemplando a la dormida Ángela al entrar en el oscuro dormitorio. La rubia no se había movido desde que salieron de la habitación a media mañana. Se encontraba en el centro de la gran cama, boca arriba, con una mano sobre su desnuda barriguita y la otra metida bajo la almohada. Su pecho subía y bajaba muy despacio, como si le costase respirar.

Tomando por sorpresa a Mirella, Ginger atrapó la mano que Ángela tenía sobre el vientre y tiró de ella, arrastrando todo el cuerpo hasta dejarlo en el extremo del mueble.

—Es como muerta –explicó soltando la mano desde su punto más alto sobre el pecho de Ángela, la cual ni se inmutó.

—Joder que sueño más pesado –murmuró la catalana.

—Venga, ¡siesta! –exclamó Ginger despojándose de la camisola con una gran sonrisa.

— ¿No la despertaremos?

—No preocupes. Puedes hablar a gritos si deseas, no despertará. Ya he probado muchas veces, muchas maneras –agitó Ginger una mano, mientras que con la otra se bajaba los shorts.

Saltó a la cama, pasando sobre el cuerpo dormido y aterrizando de rodillas. se quedó allí, mirando como Mirella se quedaba en ropa interior y rodeaba la cama para tumbarse en el otro extremo, dejando a la asiática en el centro. El sutil aire acondicionado mantenía la ropa de la cama fresca.

—Alguna vez tendrán que entrar las camareras de piso –dijo la catalana, refiriéndose al cartel de No Molestar que habían dejado puesto en la puerta al marcharse.

—Mañana pasamos a Ángela al sofá y la tapamos con manta. Así pueden cambiar sábanas y eso –sugirió Ginger, poniéndose de costado y encarando a Mirella, dándole de esa manera la espalda a la yaciente vampira.

—Es una buena solución.

Mirella, tras esa respuesta, se giró, adoptando la misma postura que la asiática, las dos frente a frente, observándose. Estuvieron así un largo momento, en silencio, solo recorriendo las facciones y el cuerpo de la contraria.

— ¿De verdad vamos a dormir? –preguntó Mirella con un deje infantil.

—No.

—Ah, ¿y qué vamos a hacer?

—Ssshhh… –Ginger alzó un dedo que posó suavemente sobre los labios de Mirella. –Técnica de siesta…

Ginger adelantó el cuello, buscando los labios de la catalana con los suyos, y esta la imitó. Las bocas se unieron casi tímidamente, degustando la sal depositada en ellos por la brisa y la comida. Dos, tres besos castos hasta que la lengua de Mirella se decidió a buscar un contacto más profundo, más lascivo. Ginger se removió al aceptar aquella lengua golosa, acercándose más a Mirella y subiendo una de sus manos hasta colocarla sobre la redonda cadera de su amiga. El abrazo se cerró por ambas partes, uniendo sus cálidos cuerpos por el pecho. Al cabo de varios minutos se separaron mansamente, necesitadas de aire, y se miraron de nuevo.

— ¿Esto está bien? –musitó Mirella, echando un ojo a la dormida Ángela.

—Sé que habéis acostado las dos, no importa. Ángela sabía que esto pasaría al venir de vacaciones. Mejor que empecemos nosotras a conocernos, ¿no? –Ginger acarició el suave cabello castaño de Mirella.

— ¿Ella ya pensaba compartirme contigo? –las finas cejas de la catalana cayeron por la sorpresa.

—Oh, sí, Ángela siempre comparte si puede –Ginger besó la punta de la nariz. — ¿No te parece bien?

—No sé… creía que ella y yo teníamos una relación –Mirella entrelazó sus dedos con los de Ginger. –Aunque tampoco estoy segura de nada.

—Las relaciones de Ángela son… extrañas. Ella no quiere novio o novia, demasiado aprisionada por esos valores, ¿entiendes? Ángela es libre como una libélula.

—Sí, entiendo lo que quieres decir –los grandes ojos de Mirella se llenaron de humedad. –Pero no es algo que esperaba oír.

—Te ha amado a su manera, Mirella. Estuvo a tu lado cuando la necesitabas, consolándote de la pérdida de David. Ha estado contigo hasta reponerte y me ha presentado para ser la amiga que debes tener cuando ella no está. Eso puede implicar sexo o no entre nosotras, pero debes saber que yo deseo amarte, y seguramente que ella se alegrará también cuando despierte.

— ¡Qué raras sois! –se rió Mirella.

— ¡Únicas en el mundo! –sentenció Ginger, antes de besarla de nuevo.

— ¿Y vamos a hacer el amor a su lado? –más que una pregunta tenía el tono de una aseverada esperanza.

—Por supuesto, para que luego no diga que la excluimos.

Las dos se rieron quedamente y ya no hubo más palabras entre ellas, sino pura pasión y deseo.

Mucho más tarde, con el ocaso, Ángela las encontró en la piscina, recostadas en hamacas gemelas, y bebiendo San Franciscos con alcohol mientras charlaban. Sus manos libres estaban entrelazadas. La mayoría de bañistas ya se había retirado, preparándose para la cena. La vampiresa paseó su esbelto y hermoso cuerpo en un bikini vintage de tonos estroboscópicos para unirse a ellas.

—Hola, zorras –las saludó, dejándose caer en una de las cercanas butacas.

Sus dos amigas le sonrieron mientras la saludaban alzando los últimos restos de sus cócteles.

— ¿Qué habéis hecho todo el día?

—Pasear, comer y dormir, básicamente –repuso Mirella.

—Sí, buena siesta a tu lado –asintió Ginger.

—Ya lo creo. Me desperté y aún olía a vuestros coños recalentados, guarras – se rió Ángela, ruborizando a la catalana. –Os habéis pegado una siesta bien caliente.

Ginger sonrió y brindó con Mirella, sin decir nada más.

—Venga, me hago unos largos y nos vamos a cenar –dijo Ángela, situándose en el borde de la larga piscina y tirándose al agua con estilo.

Las cenas solían ser temáticas en el Bahía Príncipe San Felipe y esa noche servían comida típica mejicana. Ángela devoró golosamente enchiladas y tacos, Mirella se decantó por diversas fajitas de variados condimentos y Ginger probó el pozole blanco y los totopos con queso y salsa de jalapeños, todo ello regado con una buena cantidad de pulque y tepache debidamente fríos.

Para una buena digestión, salieron a pasear por la cercana playa y remontaron la avenida que servía de paseo marítimo. Se pararon a tomar una copa en la terraza de un elegante piano club donde un maduro pianista tomaba peticiones de hits internacionales de los 90. Finalmente, decidieron volver al hotel de mutuo acuerdo. Por el camino, compraron una botella de buen ron que saborearon, mezclado con cola o naranja, en la balconada del dormitorio.

Medio tocada por el alcohol, Mirella entró en el dormitorio y se dejó caer sobre la cama, los brazos abiertos. Alzó la cabeza y miró a sus compañeras, que aún bebían en la pequeña terraza.

— ¿Es que me vais a dejar aquí abandonada, zorras? –preguntó con voz ronca la catalana.

— ¿Qué es lo que pretendes que hagamos contigo, dulce Mirella? –inquirió Ángela a su vez.

—Quiero que tú –Mirella la señaló con un dedo –y la putita tailandesa me folléis. ¡Así como lo escuchas! ¡Quiero chillar esta noche! –la cabeza alzada de la catalana cayó hacia atrás y rió.

—Está borracha –dijo Ginger.

—Eso la vuelve sincera –repuso Ángela caminando hacia la cama.

Ángela empezó a desvestir a la catalana y Ginger pronto estuvo a su lado, ayudándola. Entre largos sobeos y húmedos besos, las tres chicas quedaron desnudas y entrelazadas sobre la cama. En un momento dado, las tres lenguas estuvieron unidas en un pretencioso beso triple que las obligó a contorsionarse. Al segundo, una de ellas rodaba sobre sí misma, arrastrando a las demás a seguir el movimiento, mientras manos y muslos se esforzaban en palpar y rozar.

—Ayúdame, Ginger. Tú por arriba y yo por debajo –exclamó Ángela entre dientes, colocando a Mirella a cuatro patas sobre la cama.

La rubia se deslizó bajo el cuerpo de la ardiente pija, en un triscado sesenta y nueve, y lamió largamente la ansiosa vagina. Ginger, arrodillada e inclinada sobre la frente de Ángela, se ocupó de la zona anal con la punta de la lengua. Mirella se quedó sin aliento al recibir la doble caricia. Sus ojos voltearon en las órbitas, mostrando el blanco del globo. Las manos estrujaron la sábana con intensidad mientras sus caderas temblaban sin control. Ángela le mordisqueó el clítoris de una forma deliciosa y Ginger cambió su lengua por un afilado dedo que se coló a duras penas en su ano.

—Oh, Dios… por la Santísima Madre de Jesús…oh, joder –masculló Mirella hundiendo la cara en la sábana al fallarle las fuerzas y dejarse caer hacia delante. Aún se estremecía cada vez que sus amigas la rozaban. Un orgasmo a recordar, se dijo.

— ¿Es esto lo que querías? –susurró Ángela.

—Si me pidieras ahora mismo que me casara contigo, diría que sí –jadeó la catalana con un tono que no indicaba una broma.

—Entonces no te lo pediré –dijo la vampira con una sonrisa para Ginger.

—Aquí falta algo –dijo esta, acodándose sobre el colchón.

— ¿El qué?

—Oscar… –murmuró la asiática.

— ¿Quién? –preguntó Mirella.

—Así es como llama Ginger a su consolador vibrante. ¡Una polla a pilas, vamos! –cuando observó la expresión confusa de la pija.

— ¡Ah! Un minuto, niñas –dijo la catalana de repente, saltando de la cama y rebuscando en las maletas al lado del armario. — ¡Ajá! Vale más mujer previsora que coro de comadres…

Con una feroz sonrisa mostró tres consoladores de brillante silicona, dos de color anaranjado y otro en verde lima, no tan grandes ni gruesos como Oscar pero de un tamaño adecuado para el juego.

— ¿De dónde coño has sacado eso? –preguntó Ángela, asombrada.

—Una compra de última hora –respondió Mirella, encogiéndose de hombros.

— ¡Me pido el verde! –exclamó Ginger con vocecita de niña.

Mirella, algo más relajada que las otras, se ocupó de lidiar con su calentura. Las obligó a sentarse sobre las almohadas, las piernas abiertas, los talones clavados en el colchón, y tras enjabonar los consoladores los introdujo en sus vaginas con una facilidad que la hizo estremecerse de nuevo.

Ginger alargó la mano y acarició un seno a Ángela, quien ladeó la cara y la miró intensamente. Los consoladores, que no tenían vibración, entraban y salían con un ruido de succión que aumentaba la libido de todas ellas. Los muslos temblaban, la piel sudorosa, y los pechos se agitaban, ocupados en inhalar todo el aire posible.

—Ah, sí… aaaaahhh… sí, sí… me voy a c-correr… ahora… –avisó Ginger, apretando su pubis con una mano.

— Mírame… Ginger… mírame mientras te corres… quiero mirarte –jadeó Ángela, con la cara vuelta hacia ella.

Con un largo gemido, la asiática la obedeció, clavando sus ojos en su compañera. Las aletas de su nariz se contrajeron, formando un sensual pinzamiento, y sus labios se redondearon en una minúscula apertura. El morbo que sintió en aquel momento no era comparable a nada, que su amor la contemplara correrse era lo más romántico del mundo.

Aquella expresión de presuroso goce en la faz de Ginger bastó para que Ángela alcanzara la cúspide de su clímax y se apoyara en su coronilla para curvar toda su espalda, el cuerpo recorrido por un necesitado orgasmo.

A las cuatro de la madrugada, aún estaban empecinadas en buscar el placer que las sumiría en un reparador sueño, sobre una cama de sábanas arrugadas y empapadas por el sudor. Ángela estaba tumbada de espaldas sobre el colchón, sosteniendo a Ginger a la inversa, o sea con sus nariz a un palmo de las bien trabajadas nalgas de la asiática. En vez de cerrar el sesenta y nueve con sus lenguas o dedos, utilizaban los consoladores. Ginger introducía el verde lima en el coñito de Ángela y esta horadaba con fuerza el de su compañera, usando el más grueso de los consoladores naranjas.

Mirella, arrodillada sobre la grupa de la asiática, dejaba caer un hilo de saliva para que el pene de silicona que esgrimía se deslizara lentamente en el apretado ano tailandés. En ese momento, unos frenéticos golpes en la puerta hicieron que levantaran sus rostros y miradas hacia el vestíbulo de la suite.

—Lower your tone, I chub bitches, which took hours trying to sleep! Or else open the door and let me go that I’ll give you yours, dykes! –gritó una voz cascada, como la de un anciano.

— ¿Qué demonios está diciendo ese imbécil? –preguntó Ángela, deteniendo el movimiento del meneo que le estaba dando a Ginger.

—Creo que quiere que bajemos el tono y dice que somos perras, que lleva toda la noche queriendo dormir y que no puede –tradujo Ginger, con una sonrisa.

—Sí, también he entendido lo último, eso de que le abramos la puerta que nos va a dar lo nuestro por bolleras –bufó Mirella, tapándose la boca con una mano.

—Entonces… ¡esto se merece un final apoteósico en Do mayor, niñas! –exclamó Ángela, retomando el ritmo.

Y de esa manera mantuvieron a sus airados y envidiosos vecinos de suites despiertos hasta casi el amanecer, mientras ellas no dejaban de gozar y chillar.

25 de mayo de 2014.

Ángela se bajó del taxi que la había llevado hasta Tegueste, en el extremo noroeste del macizo de Anaga, en la punta más afilada de la isla. Esta era la dirección que le había enviado Ginés tras husmear en los asuntos de su familia. Ya llevaba vigilando el lugar varias noches para cerciorarse de sus defensas.

Tegueste era un pequeño municipio cercano a San Cristóbal de la Laguna y próximo también al aeropuerto. Sin embargo, estaba resguardado por las montañas y los barrancos que lo cruzaban, lo que dividía también el núcleo urbano en otras seis aldeas que formaban un reguero de casas sin orden en la llanura y las laderas. La casa a vigilar se encontraba en una de esas aldeas llamada Las Toscas.

Desde lejos, parecía una casa normal, de planta baja y un piso superior, con una larga balconada de madera que cubría toda su fachada sur. La madera utilizada era nueva por lo que se adivinaba que la casa había sido remodelada hacía poco pero conservaba su estilo isleño del siglo XVIII. Tras la primera noche de vigilancia, Ángela descubrió que el par de guardias que hacían la ronda, desaparecían en el umbral de la última casa de la esquina, y volvían a aparecer por detrás de un gran olmo que se levantaba en un patio al otro extremo de la manzana. Comprendió que no se trataba de una sola casa, sino que toda la manzana estaba agrupada e interconectada, formando una especie de comunidad.

No había forma de saber cuánta gente había en el interior ni cómo estaban distribuidas las diferentes salas. Ángela trató de convencerse que era una locura tratar de entrar allí dentro pero su vieja alma tenía otras intenciones.  Antes de llegar a la isla, tuvo la fantasía de poder introducirse donde fuera, en silencio, y robar la información necesaria sin que se disparase ninguna alarma. De esa forma, podría tomar a la Sociedad Van Helsing por sorpresa en su primer ataque, pero ahora veía que no iba a ser posible. Incluso si conseguía esa información, enseguida las sedes iban a ser informadas de su asalto, perdiendo así el factor sorpresa.

Pero ya que estaba ahí, en Tenerife, sería una afrenta total marcharse sin intentarlo, se dijo. Tendría que confiar de nuevo en su capacidad de improvisación, en sus instintos y aptitudes y, sobre todo, en la suerte. Esperó un poco más, calculando posibles rutas de entrada. Las noches anteriores en que vino a vigilar, había tenido que esperar que las chicas se quedaran dormidas, cansadas de hacer el amor o borrachas tras un par de botellas. El lugar se hallaba a unos treinta kilómetros del Puerto de la Cruz, así que tenía que moverse en taxi, ya que no disponía de carné de conducir para alquilar un coche, y tampoco era cuestión de involucrar en el asunto a Mirella, la única que sí disponía de licencia.

Sin embargo, esa noche necesitaba más tiempo pues iba a ser la noche de la intrusión, así que las dejó tumbadas en la cama, desnudas, después de alimentarse de ellas. Implantó en ellas la orden de bajar a cenar y se marchó sin dar más explicación. Esperaba que se cansaran de esperarla y se durmieran tras una sensual sesión de sexo. Ya habría tiempo de explicar y excusarse si salía viva de aquella locura.

No se arrepentía de nada; habían sido unas vacaciones geniales, de auténtico lujo. Las chicas habían hecho excursiones diurnas a muchas partes de la isla, mientras ella dormía; habían almorzado en sitios pintorescos, se habían bañado juntas en las piscinas del complejo del lago Martiánez y en las negras playas del sur. Habían yacido juntas cada tarde en la autoimpuesta siesta, sellando más y más su incipiente amistad y la esperaban cada atardecer para empezar una nueva ruta nocturna que las enloquecía sin remedio.

Ahora ella tenía que divertirse a su manera y para eso había esperado hasta la última noche que pasarían en la isla. A la noche siguiente, tomarían otro vuelo nocturno para regresar a Barcelona. Tensó las correas de la mochila que llevaba a la espalda y donde no llevaba más que un pesado martillo de bola que le había quitado a un empleado de mantenimiento del hotel, en previsión de lo que pudiera encontrarse. Se decidió por la alta palmera que presidía el terreno usado como aparcamiento ante la casa principal. Ángela estaba oculta detrás de un oscuro todoterreno y surgió en un fuerte impulso, corriendo hacia el rugoso tronco de la palmera.

Instintivamente, hizo crecer sus uñas hasta convertirlas en garras, clavándolas fuertemente en la fibra vegetal e impulsándose con ellas, trepando con la misma agilidad y velocidad que un mono. Se mantuvo en equilibrio, oculta por las grandes hojas, sobre el cogollo superior de la palmera. Desde allí, varios metros por encima de los tejados, podía ver el patio empedrado que se había construido en una de las casas adyacentes. Distinguió movimiento y no solamente el tipo de la ronda exterior; había gente apostada, fumando, charlando, y también vio un par de perros.

La cosa se complicaba. Entonces distinguió un cuadrado edificio de piedra, casi en el centro de la manzana. No tenía ventanas y estaba separado físicamente de cualquier otro edificio. Era como un polvorín en un cuartel, aislado de todo. “Allí es donde guardan el tesoro.”, se dijo con una mueca. “Apuesto a que solo tendrá una línea eléctrica que alimente el alumbrado interno y las alarmas. Nada de módem o teléfono, ningún camino para acceder desde el exterior, ¿verdad?”

No podría nunca deslizarse hasta allí, no ella sola. Suspiró, pensando en cuanto iba a suceder, pero si tenía que ser así… no sería ella quien se echaría atrás.

Contrajo fuertemente los músculos de sus piernas y los distendió en un tremendo salto que la llevó hasta caer tras una de las chimeneas del tejado más largo. Se quedó acuclillada al abrigo de los ladrillos, auscultando la noche con sus sentidos, asegurándose que no había sido vista. Cuando estuvo segura de ello, se deslizó por el tejado hasta situarse encima de la larga balconada de madera. Dejó libre una muestra de su poder pirokinético y regó de fuego líquido las tejas y los travesaños de madera que formaban el inclinado tejadillo de la balconada. El fuego se escurrió por la estructura cayendo abajo en gruesas gotas que salpicaron cristales, marcos e incluso visillos. El temible fuego devoró el barro de las tejas, prendiendo la tela asfáltica que había debajo en segundos. Cuando las llamas comenzaron a alzarse, Ángela se retiró de allí para no ser descubierta a contraluz. Saltó a otro tejado, al amparo de otra chimenea.

Los gritos se iniciaron, varios hombres armados cruzaron el patio corriendo y señalando las llamas que se alzaban ya por encima del tejado. Desde el interior, otros intentaban apagar las llamas con extintores pero aquel fuego no se comportaba como debía, siguiendo alimentándose de cuanto tenía alrededor.

Varias mujeres y niños salieron al patio en pijama, obligados por las llamas. Ángela se mordió el labio pues no había pensado que pudiera haber niños en aquel lugar. Pero ya no podía detenerse, debía organizar tal caos que no pudieran buscarla ni pararla. Saltó a una ventana abierta en el patio y se escabulló al interior con toda rapidez. Se encontró en una especie de despacho con una estantería llena de libros viejos que repasó rápidamente. Ensayo, clásicos, mucho de mitología pero nada que la ayudara. Había un monitor sobre el pequeño escritorio y un teclado, todo conectado a una gran impresora, pero no había caja base ni unidades de almacenamiento. Allí no había nada para ella.

Prendió la estantería y salió de la estancia, pisando como un fantasma. Encontró una despensa llena de resmas para la impresora, lápices y bolígrafos, varios montones de blocs y variado material de escritorio que hizo crepitar alegremente con una bola de plasma incandescente. No perdió más tiempo y bajó al piso bajo por unas escaleras de madera que fue regando a medida que descendía.

Tuvo el primer encontronazo cuando estaba a punto de salir al patio. Un hombre de mediana edad, armado de un pequeño megáfono asomó por la puerta y gritó por el aparato, alertando del fuego a quien pudiera estar dentro. Prácticamente, se topó con Ángela y enmudeció por la sorpresa. Seguro que allí dentro se conocían todos y una chiquilla rubia con una larga trenza y vestida de comando no le sonaba de nada. Ángela atrapó el megáfono con una de sus manos, aplastando el plástico y tirando hacia dentro. Mala suerte para el tipo que el amplificador de voz estuviera sujeto a su muñeca con una tirilla. Le aplastó la cabeza contra la pared como si se tratase de una cucaracha.

Salió al patio, pegando la espalda a la fachada. A unos metros, un par de tipos estaban conectando una gran manguera a la toma de agua. Se deslizó furtivamente, alejándose de la acción, hasta alcanzar el otro extremo del patio donde una doble puerta de cristal y madera permanecía abierta, el interior iluminado. Arriesgó una mirada. Se trataba de una especie de recepción en la que había un pequeño mostrador y todo. En la pared de detrás, un centenario tapiz mostraba un escudo de armas y un par de líneas en latín que no entendió.

Se decidió a entrar y explorar esa parte. Según sus cálculos, la casa sin ventanas se encontraría a la espalda de este edificio. Tenía que ver si podía saltar hasta él…

Con un par de miradas, estuvo más segura que aquello era un recibidor; quizás la comunidad se comportaba como una colonia o bien alguien había metido la pata y ella estaba atacando una residencia de inocentes guiris. Una de las puertas del fondo conducía a unas escaleras que ascendió sin pensárselo. Fuera, los gritos de alerta y las órdenes vociferadas iban en aumento. Aún así, Ángela escuchó unos pies bajando las escaleras, quizás calzados con unas livianas zapatillas. Esperó en el descansillo, apoyada en la barandilla, con el rostro oculto por sus manos como si estuviera llorando.

— ¿Qué haces ahí parada, joder? –preguntó una voz grave con un gruñido. –La alarma nos está convocando a todos en el patio.

Una mano se posó sobre su hombro y entonces, Ángela se giró con una velocidad imposible, retorciendo aquella mano y, por añadidura, el brazo. El hombre, un tipo fornido de mediana edad, bramó de dolor, cayendo sobre una rodilla, la cabeza golpeando los barrotes de madera. Aturdido, fue izado y constreñido contra la pared. El rostro de la vampiresa se afiló, los pómulos y la mandíbula potenciados por el incremento de musculatura. Los colmillos aparecieron y mordió con ansias el cuello del hombre, cortando en seco sus gritos. La víctima abrió mucho los ojos y boqueó, intentando apartarse pero parecía fusionado con la pared, sus brazos atrapados en los dos poderosos cepos que eran las manos de Ángela.

— ¿Qué es este lugar? –silbó la pregunta a unos centímetros del rostro masculino, manteniendo el contacto visual. Notaba la sangre calentarle el vientre.

—La Sede del Archivo –contestó el hombre, aunque se notaba en la rigidez de su cuerpo que trataba de negarse.

— ¿Cuál es su cometido? ¡Rápido!

—Guardamos toda la documentación de la logia. Fichas de los miembros, de los simpatizantes a los que recurrir, la documentación de las propiedades o de los alquileres… ese tipo de documentación –el hombre apretó los dientes con saña.

—Seguro que también los anales de la Sociedad Van Helsing, ¿no?

—Sí.

—Y todo se guarda en el ese edificio sin ventanas, ¿verdad?

El hombre asintió, el rostro cada vez más enrojecido.

— ¿Cómo accedo a él?

—No puedes, solo el Arcipreste Guanche y sus acólitos tienen el código de entrada.

— ¡Mierda! ¿Alguna entrada secundaria, un pasadizo subterráneo?

—No, salvo… –Ángela estuvo segura que el hombre intentó morderse la lengua. Su rápida intervención aferrando su mandíbula con una mano impidió un daño profundo.

— ¿Salvo qué? –le obligó a mirar sus celestes ojos, incrementando de esa manera la subyugación por la saliva.

—Hay una salida de aire en el tejado para mantener la atmosfera interior óptima. Los conductos son amplios… con tu tamaño podrías colarte por allí –barbotó el hombre, escupiendo sangre de su boca.

—Bien –Ángela pensó que su suerte aumentaba.

Dejó que el intenso calor manara desde su vientre. Tenía que liberarlo de inmediato y no podía dejar con vida aquel humano. Una cosa llevaba a la otra. Le dejó arder en la escalera mientras ella remontaba hasta arriba. El edificio, de dos plantas superiores, era el más alto de la comunidad, y Ángela encontró una salida al tejado por una claraboya. Una vez tumbada en el punto más alto, se situó, encontrando el bunker inmediatamente. No tenía tejado convencional, todo el edificio estaba construido en piedra basáltica. La piedra del tejado estaba inclinada para verter el agua y, en un reducido espacio plano, se instalaban las máquinas de extracción y filtración de aire.

El incendio que estaba arrasando las escaleras bajo sus pies pronto atraería la atención, solo tenía que esperar unos minutos. Contempló los otros puntos que había incendiado y comprobó que estaban ya sin control. Medio centenar de personas de todos los géneros y edades, se concentraban en el patio y empezaron a ser evacuadas al aparcamiento exterior cuando descubrieron el nuevo foco pírico. Entonces, Ángela tomó carrerilla y saltó hacia el tejado de piedra del edificio que se erigía como una isla entre los demás.

Soltó un fuerte reniego cuando llegó ante los sistemas de purificación de atmósfera y comprobó que no existía ninguna escotilla, sino que los conductos se encontraban detrás de la maquinaria, sellados y herméticos. El hombre subyugado no le había mentido pero tampoco la había ayudado. Necesitaría más distracción aún, que aquellos sectarios se vieran rodeados por el fuego, en una palabra. Se puso en pie sobre el tejado de piedra y encaró los demás edificios que aún no había visitado y, por un momento, revivió recuerdos del campo hípico francés, al arrojar casi una docena de bolas incendiarias hacia ventanas y tejados.

Entonces, sacó el martillo de bola de la mochila y se empleó con todas sus fuerzas a romper remaches y juntas, hasta conseguir un hueco suficiente para colarse. Guardó la herramienta y amplió el agujero con sus propios dedos, tirando de la chapa hacia atrás. No sabía si alguien había escuchado los golpes contra el metal pero no podía ya perder más tiempo. Se deslizó con facilidad por el conducto. Al menos el interrogado tenía razón, su cuerpo cabía perfectamente por el interior de la cuadrada tubería.

Siguiendo la pequeña pendiente de los conductos, Ángela acabó saliendo por una rejilla situada a dos metros del suelo. Mortecinas luces de situación caían desde el techo, revelando las gruesas columnas interiores que sostenían el edificio y el millar de archivadores que se repartían en hileras. En ese momento, comprendió por qué había un monitor y un teclado pero no una caja madre en el sistema informático que vio antes. El Archivo no disponía de datos compilados que pudieran extraerse o robarse fácilmente. Todo se volcaba a papel y se archivaba allí dentro. Se mordió el labio, ¡tendría que fisgonear horas allí dentro! ¿Y luego qué? ¿Llevárselo en una carretilla?

Lo primero era averiguar de qué manera estaban clasificados los archivos y si había un directorio mayor. Sin embargo, parecía más difícil de lo que podía pensar. No había indicativo alguno en los archivadores, más que una tarjeta con colores y números. Intentó abrir una y la encontró cerrada, así como todas las demás que tironeó. Aunque destrozara a golpes los archivadores, tardaría días encontrar lo que buscaba, pensó Ángela, dejándose caer hasta quedar sentada en el suelo, la espalda apoyada en uno de los múltiples archivadores. El desánimo estaba haciendo mella en ella. Quizás si le hubiera hablando de su plan al Clan… ¡Ni hablar! No se fiaba de ninguno de ellos, ya había quedado claro que se escondía un traidor en sus filas. Además, lo que pretendía hacer no era por el Clan, sino por su amigo David.

El fuerte siseo de la apertura automática de una puerta resonó más allá, en un extremo. Ángela se puso en pie de un salto y buscó un sitio para esconderse. Enseguida supo que el único sitio era encima de los altos archivadores. Tenían algo más de dos metros y eran anchos. Un salto la llevó arriba y se tumbó de bruces mientras escuchaba voces que se acercaban.

— ¡Hay que poner al mínimo la temperatura aquí dentro! ¡No tenemos tiempo de poner nada a salvo, así que procuraremos que se calienten lo menos posible! El fuego no traspasara la piedra pero elevará la temperatura en el interior.

Ángela decidió arriesgar un ojo. La voz sonaba autoritaria y cargada de sabiduría. Atisbó un hombre mayor con amplia túnica ribeteada de un tono ocre que apenas podía vislumbrar en aquella penumbra. Una larga barba cana cubría parte de sus facciones. Tres chicos jóvenes revoloteaban a su alrededor, en bermudas y sandalias, uno de ellos sin camisa. Parecía que les hubieran sacado de la cama un minuto antes. Ninguno de ellos portaba linterna o luz artificial, como si estuvieran muy acostumbrados a moverse entre aquellos archivadores que creaban grandes sombras.

— ¿Y si mojamos los archivadores, Arcipreste? Puedo traer una manguera en un minuto –propuso uno de los chicos.

“Bueno, bueno, ¿a quién tenemos aquí?”, sonrió Ángela en su escondite, reconociendo el título.

—Dañaríamos los documentos con el agua que calaría. Los archivadores no son estancos. Es preferible enfrentarse al calor que al agua –contestó el anciano. — ¡Antonio, tú regula el control de temperatura! Giraud, ocúpate del sistema de refuerzo de la puerta para cuando salgamos, y tú, Isaías, conmigo… vamos a guardar el dinero en la caja ignífuga.

Ángela entrevió una oportunidad si se movía con rapidez y decisión. Con suavidad, se giró sobre el archivador, encarando la dirección que el Arcipreste y su pupilo seguían, hacia el otro extremo del amplio bunker. Los demás habían regresado sobre sus pasos. Los archivadores de madera y chapa no eran buenos para amortiguar sus pasos, así que decidió bajarse de ellos, saltando al pasillo paralelo al que habían tomado el acólito y el mentor.

Acabaron ante varios escritorios dispuestos en cuadro. En el centro, cuatro cinco carritos con estantes se encontraban vacíos, esperando una nueva carga de documentos sin duda. Sujetos a la pared de piedra, detrás de los escritorios, varios anchos anaqueles aparecían repletos de amontonados fajos de billetes y estuches de joyas.

— ¡Vamos, no perdamos tiempo! –exclamó de nuevo el hombre de la barba cana, tomando uno de los carritos y dirigiéndose hacia el dinero. — ¡Isaías, hay que darse prisa, hombre! –rezongó al no escuchar los pasos del chico tras él.

Se giró, enfadado, y se llevó un sobresalto. Una chica monísima, vestida de oscuro, sujetaba a su acolito por el cuello, pasando un esbelto brazo como dogal, y no parecía tener dificultad en retenerle inmóvil.

— ¿Cómo has entrado aquí? –preguntó el hombre, súbitamente ronco.

—No es un problema para una vampiresa –dijo Ángela, desenfundando sus colmillos al máximo y mostrándolos al Arcipreste.

— ¡Dios de mi corazón! –musitó el chico, estremeciéndose aún sin ver aquellos agudos caninos. Sin embargo, el viejo se santiguó.

—Así que la Casta finalmente nos ha encontrado –susurró.

—Solo quiero recuperar el estatus quo –sonrió fieramente Ángela. –Ya sabe… ustedes saben dónde estamos y quienes somos, y yo quiero conocer lo mismo para que la paz se haga de nuevo.

—No puede haber paz para las criaturas del infierno –masculló el anciano.

—Bla… bla… bla… lo mismo de siempre, joder. ¡No os importa masacrar a familias completas, niños inocentes que ni siquiera aún han desarrollado su herencia Casta, y nos llamas monstruos! ¡Putos beatos fanáticos!

Por un momento, los ojos del Arcipreste reflejaron confusión ante aquellas palabras de tono sincero, pero pronto volvió a su postura rígida y amenazante.

—Suéltale, no podrás salir de aquí… es mejor que te rindas…

—Tú flipas, abuelo –se rió Ángela. –A ver, primera pregunta… por veinticinco pesetas… ¿para qué coño sirve tanta pasta?

—No es de tu incumbencia, monstruo.

—Vale, vale, una respuesta clásica. Verás, ya sabes que soy un monstruo, una vampiresa que está empezando a sentirse nerviosa y hambrienta. Así que si no me respondes, me voy a tragar esta alma inmortal como aperitivo y luego buscaré a los otros porque parece que les tienes mucho cariño, Arcipreste Guanche –fanfarroneó Ángela, pasando una dura uña por el pecho desnudo y lampiño del chico.

— ¿Cómo sabes…?

—Tsk, tsk… –cloqueó con la lengua la vampiresa. –No tengo demasiada paciencia, viejo.

— ¡Está bien, está bien! –exclamó, asustado cuando los colmillos se acercaron al cuello de su acolito. –Este dinero sirve para pagar equipos, alquileres, y financiar otros asuntos. Actuamos como el banco de la Sociedad. Enviamos dinero según las sedes lo necesitan o bien recibimos las diferentes colectas y donaciones.

—Vaya, qué organizados. Ahora, la ubicación de vuestras sedes, venga… el calor está aumentando, ¿lo notas?

—No puedo decirte eso, no puedo –el tono del Arcipreste era suplicante.

Ángela no dijo nada pero mordió lentamente la expuesta garganta del chico, dejando que la sangre corriera por la piel pero sin tomar una gota.

— ¡Por Dios! Te lo imploro… no le mates –el viejo cayó de rodillas, uniendo las manos bajo su barbilla. Su miedo era auténtico, quizás el chico era su nieto, o más bien, calentaba su cama por las noches. El caso es que la desesperación asomó a su mirada.

—Ya sabes lo que tienes que hacer si no quieres que me lo beba como un refresco y despierte tres días después, como un alma en pena –Ángela estuvo a punto de soltar una risotada con aquello, pero se obligó a mantener el papel.

— ¡Que el Señor me perdone! Sígueme –el Arcipreste pasó con paso decidido delante de ella, dirigiéndose hacia otro pasillo de archivadores.

Se detuvo ante uno de ellos, que no se diferenciaba en nada de los demás, y levantó la extraña tarjeta identificadora que había sobre la cajonera, relevando un extraño hueco, en el que el Arcipreste introdujo el sello del anillo que portaba en su mano derecha. Con un chasquido, el cajón surgió lentamente.

—Aquí tienes –dijo el anciano tras buscar unos segundos. –Listado de sedes y listado de miembros, actualizados al mes pasado –una vacilante mano le tendió las dos gruesas carpetas.

—Llévalas hasta los escritorios, pienso ataros allí –le indicó Ángela, retrocediendo con el chico aún apresado.

Para divertirse, su mano libre bajó y se introdujo en los bermudas, arañando ligeramente uno de los tensos glúteos. La dominación la ponía cachonda, ciertamente.

— ¿Dónde están los otros chicos? —le preguntó al anciano, antes de llegar a los escritorios.

—Nos esperan junto a la puerta pero ya se estarán preocupando.

—Eso es bueno, así entraran y os liberaran mientras yo me piro.

Ángela sentó al chico en uno de los sólidos sillones de escritorio, que se asemejaban más a sillas del comedor real de Luis XIV. Rebuscó en varios cajones hasta encontrar una ancha cinta adhesiva de celofán, con la que envolvió muñecas y tobillas del chico. Después hizo lo mismo con el Arcipreste. No les tapó la boca, eso no le preocupaba. Hojeó las carpetas, asegurándose de que contenían lo que deseaba, y las introdujo en la mochila. Justo entonces, dudó, como acordándose de algo, y, con la mochila en la mano, anduvo hasta los anaqueles que sostenían el dinero. Llenó la mochila de fajos de billetes de cien y doscientos euros, así como tomó varios collares, anillos y pulseras enjoyadas y un buen puñado de diamantes de un cajón recubierto de terciopelo. No tenía ni idea de cuánto había tomado, pero que Satán la dejara ciega si no llevaba más de doscientos mil pavos. Eso la ayudaría a llevar una buena vida junto a sus amigas. ¡Ja, una vida de vicio pagada por santurrones!

—Bueno, es el momento de despedirse –le dijo al Arcipreste, mostrándole una mano que se cubría de llamas azules.

—Oh, Virgen Santísima –murmuró el anciano comprendiendo su destino.

—Sí, Arcipreste Guanche, no puedo dejarles vivos, como tampoco puedo dejar toda esta documentación que debe contener muchos secretos, y por supuesto, nada de ese dinero destinado a perseguirnos. Así que –Ángela se encogió de hombros, mientras derramaba las hambrientas llamas sobre uno de los escritorios de madera.

Sin importarle los gritos que los dos proferían, inflamó los demás muebles, los anaqueles y el interior de la gran caja fuerte que estaba abierta al fondo. Los billetes empezaban a volar, los precintos quemados, remontados en el aire caliente. Los engarces de las joyas se derretirían malográndolas…

El anciano empezó a gritar cuando su larga barba empezó a arder por el calor que la envolvía. Ángela se alejó, quemando a su paso docenas de grandes archivadores. Antes de llegar a la puerta, repartió unas cuantas bolas incandescentes por otros pasillos, generalizando así el incendio. Cuando llegó a la puerta, los otros chicos no estaban, quizás habían huido si habían escuchado los gritos, quizás habían entrado, dirigiéndose por otros pasillos, al encuentro de su mentor. Ángela se despreocupó de ello. Lo que le interesaba era cómo salir de allí ahora.

Cuando salió del bunker, la risa la alcanzó con fuerza. Los incendios se habían extendido de una forma absoluta y ya no podían extinguirse. De hecho, ya no quedaba allí nadie porque la temperatura era infernal y el humo caótico. Como un insecto, trepó de nuevo al tejado de piedra del bunker, dispuesta a alcanzar la cuña de casas que había dejado sin prender para garantizarse una salida. La piedra aún estaba fría bajo sus pies, pero no tardaría mucho en convertirse en una plancha natural con la cantidad de material combustible que había debajo. Corrió a toda velocidad por el alero inclinado hasta llegar al final y saltar como nunca lo había hecho hacia un tejado libre de llamas.

No se detuvo a mirar a su alrededor, las pavesas giraban alrededor de su cabeza y su cabello no se prendía aún por su alta tolerancia, pero no era una buena idea quedarse allí. Saltó a otro tejado que estaba comenzando a incendiarse y, de allí, a una zona en sombras donde había columpios de niños. Entró en una casa al final de la manzana, rompiendo la puerta de una patada, y saltó por un balcón, encontrándose en el exterior de la comunidad. Al fondo, por la carretera, las titilantes luces de varios vehículos policiales y de bomberos se acercaban, sus sirenas agitando la quietud de la noche.

Sabía lo que tardaría en llegar hasta Los Rodeos caminando –ya lo había hecho antes como prueba –donde pensaba tomar un taxi de vuelta hasta el hotel. Tendría que tomar una buena ducha para quitarse el pestazo a humo antes de acostarse.

Caminando por el arcén de la carretera, sonrió al mirar de nuevo hacia atrás. El cielo estaba enrojecido por las llamas, creando la impresión, desde la distancia, de una grandiosa fogata de San Juan. Una vez más, la suerte había venido en su ayuda, sacándola de otro de sus líos.

Palpó la abultada mochila a su espalda. Apenas cedía de lo hinchada que estaba. A pesar de todo, había sido una buena noche y le había hecho una buena herida a los jodidos Van Helsing.

CONTINUARÁ…

Un comentario sobre “Ángel de la noche (26)

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