JANIS MULLIGAN

 

Predes e hijos

19 de abril de 2014.

Pasaba la medianoche cuando Ángela se detuvo ante el pórtico del antiguo monasterio. Miró en ambas direcciones y no detectó más que un par de profesionales metidas en los portales. No había mucha vida en El Raval un miércoles de madrugada. Dirigió su atención a la fachada del pétreo edificio. Estaba demasiado iluminada para escalarla sin ser vista.

No lo pensó más y saltó la verja que acordonaba el jardín exterior. Aprovechando la cobertura de los árboles, se encaramó a uno para alcanzar los muros circundantes del claustro. Las viejas piedras talladas en el siglo X –al menos eso pensó ella— constituían un cómodo agarre para escalar. Se dejó caer, casi liviana como una pluma, en el pequeño claustro a los pocos minutos. El suelo del patio estaba empedrado y una corta hierba crecía entre sus viejas juntas. Al contrario que en otros claustros no existía ningún pozo central. Los arcos de la galería se apoyaban sobre altas columnas rematadas con capiteles decorados con motivos diversos, basados en escenas de caza, en temática bíblica, sirenas pudorosas, guerreros, monstruos, o animales.

Tras asegurarse que no había nadie más cerca de ella, se dirigió hacia el final de la galería donde unos escalones se perdían en el suelo. Ángela vestía mallas oscuras que se pegaban a sus piernas como unas medias y un fino jersey marrón de manga larga. Esta vez llevaba su melena rubia recogida en dos infantiles trenzas que había doblado sobre sí mismas, utilizando bandas elásticas. De esa forma, llevaba el cabello recogido en previsión de lo pudiera encontrarse allí dentro.

Sus pies, calzados con elásticas zapatillas de blanda suela, descendieron los viejos escalones en medio de la más absoluta oscuridad. No necesitaba una linterna para saber por dónde andaba, pues sus dilatadas pupilas recogían la poca luz ambiental que había.

Cuando llegó al final de la estrecha escalera tenía el olfato entumecido por el moho y la humedad que reinaban allí. Así que se detuvo un momento, agazapada y con los oídos atentos. No detectó a nadie. Tanta soledad la estaba escamando. Se dijo que si este sótano era uno de los sitios de reunión de la logia, debería estar más vigilado… ¿O es que se habían vuelto demasiado confiados tras la emboscada?

A la media hora de entrar y husmear en salas y habitáculos, Ángela llegó a la conclusión que aquello no era un sótano sino una base militar en miniatura. Era mucho más grande de lo que creía y, sin duda, se extendía bajo el subsuelo de El Raval, sin conocimiento de la ciudad ni de los vecinos. Sin embargo, allí no había nadie, ni nada. Se lo habían llevado todo, muebles incluidos. La vampiresa había visto las marcas en el suelo de piedra, las zonas limpias que quedaban bajo las alfombras que habían utilizado, incluso habían arrancado la instalación eléctrica. Unos tipos muy meticulosos, se dijo.

Estaba en otro callejón sin salida y se sintió frustrada y colérica. El edificio llevaba muchos años sin tener uso para ninguna orden, tan solo la iglesia se utilizaba en algunas celebraciones. Sin embargo, aún pertenecía al patrimonio eclesiástico y, seguramente, la Sociedad se había beneficiado de ello. Esta era otra de las ayudas que obtenía de sus simpatizantes. Una idea germinó súbitamente en ella. Allí abajo no había visto nada parecido a un sitio para cocinar, ni una despensa. Había encontrado unas letrinas cutres y malolientes y poco más. ¿Podrían haber utilizado las instalaciones del monasterio?

Subió la estrecha escalera a toda prisa y probó la primera puerta que se encontró al llegar al claustro. Por supuesto, estaba cerrada. Estuvo a punto de descerrajarla de una patada pero se contuvo. No quería dejar evidencias de su paso. Entonces, sonrió.

¡Eso era! Puede que las instalaciones del sótano estuvieran más o menos ocultas y a salvo de miradas indiscretas, pero si habían utilizado las estancias del monasterio… Allí entraban y salían cuidadores, encargados, administradores que quizás no pertenecieran a la logia. ¡No podían haberse llevado también los muebles ni los enseres! Aún tenía una posibilidad.

Así que se quitó la diminuta mochila que llevaba a la espalda y sacó el juego de ganzúas. Era el momento apropiado para recuperar un arte aprendido en Bilbao durante la década de los 80. Menos mal que, por lo que podía ver, las cerraduras de aquellas puertas no se habían cambiado desde los cincuenta, al menos.

Cuatro horas más tarde, una polvorienta Ángela se metía bajo la ducha del apartamento de Ginger. La exhaustiva búsqueda que había llevado a cabo esa madrugada había terminado pero aún no sabía si había tenido éxito o no. Los miembros de la logia habían sido tan cuidadosos como en el sótano. Los muebles fueron incluso fregados tras su uso. La pequeña cocina del cenobio hedía aún a lejía pura.

“Donde hay cajones siempre se olvida algo”. Esa era la máxima que solía repetir el padre Torrezno y tenía razón.

El padre Torrezno, cuyo verdadero nombre era Tomás y no era sacerdote, ayudaba a una vistosa viuda granadina a regentar un hotelito que tenía ya cierto renombre en Sacromonte. Era el año 1978 y España acaba de abrirse al resto del mundo como país democrático. Los extranjeros ávidos de cultura española invadían el sur de España, dejando dólares y nuevos vicios.

El padre Torrezno la acogió, como había acogido a docenas de chiquillos famélicos del extrarradio de Granada, de ambos sexos, y los utilizaba para aligerar a los turistas de sus bienes. Además del hotel, Tomás le sacaba partido a un tablao flamenco pequeñito, embutido en una de las famosas cuevas del lugar. Allí embriagaba a los clientes y utilizaba dos sistemas para desplumarlos. Si eran clientes suyos, o sea que dormían en su fonda, como él llamaba al hotel, enviaba a sus chicos a registrar el equipaje del beodo en cuestión. Si no eran clientes suyos, le prestaba la ayuda de sus chicos para encontrar un taxi o volver a sus residencias, con lo cual acababan robados.

Sin embargo, tal sujeto poseía ciertos extraños remilgos: nunca dejaba secas totalmente a sus víctimas. Repetía decenas de veces a sus chicos que siempre tenían que dejar un par de billetes en las carteras; nunca quedarse con documentación, así como dejar una muda completa en la maleta. Cuando el golpe se hacía en su hotel, los chicos no sacaban nunca el botín de la habitación del cliente. El dinero quedaba oculto en estratégicos dobles fondos en los cajones, y los objetos en escondites disimulados en los viejos armarios. De esa forma, si había quejas o un registro policial, esos bienes hurtados aparecían con facilidad y podían excusarse como un accidental deslizamiento en el antiguo mobiliario.

Normalmente, la víctima dudaba de si había perdido la cámara fotográfica o algunos de sus billetes en otro lugar, dado el estado alcohólico que había alcanzado la víspera. En otras ocasiones, ni siquiera se daban cuenta de lo sustraído. De ahí, su máxima de “dónde hay cajones siempre se olvida algo” y el padre Torrezno solía tener razón. Lo primero que Ángela encontró fue un calendario del año pasado en una alacena que había sido usado para empapar un derramamiento de aceite. Se trataba de un soso y sobrio calendario de una asesoría jurídica de Montmeló llamada Predes e hijos. En el pequeño escritorio de una de las celdas orientadas al claustro, Ángela sacó del último cajón el resto de una resma de folios encabezados con el logo de la misma asesoría. Si hubiera sido tan solo el dato del calendario, Ángela lo hubiera dejado pasar. Era fácil que un calendario de ese tipo acabara en un cerrado monasterio. La mayoría de administradores tienen amistad en ciertos círculos burocráticos y el calendario de una asesoría es habitualmente una forma de publicidad amistosa. Pero las dos o tres docenas de folios acuñados ya era otra cosa, aunque el grado de implicación aún se escapaba a Ángela.

 

 

 

 

25 de abril de 2014.

Ginger y Ángela caminaron de la mano hasta la estación de metro de Jaume I, en el Barrio Gótico. El sol ya se ponía tras las estribaciones de las sierras interiores, dejando de enviar su inaudible canto somnífero a la vampiresa. Una buena temperatura primaveral llevaba reinando toda la semana, lo que permitía a la tailandesa imitar a su amiga en vestir ropa “inadecuadamente” atrevida, perfecta para destacar en ambientes fiesteros. Vestían, de común acuerdo, unos uniformes de colegiala católica, debidamente arreglados y acortados; Ángela con camisa en azul oscuro, faldita escocesa de raya roja y paño marrón, y Ginger en gris perla, con falda a juego. Calcetines blancos por encima de la rodilla para las dos, así como zapatillas deportivas Adadass de cordones luminiscentes, y dos mini rebecas que aunque no eran capaces de abrocharse sobre sus senos, completaban el uniforme junto con unas anchas felpas debidamente conjuntadas que les otorgaba un aspecto primoroso y cándido a primera vista. Las muy pillinas no dejaban de sonreír al levantar silbidos y comentarios a su paso por el Barrio.

Levantaron pasiones entre un grupo de jugadores de baloncesto que regresaba de su entrenamiento y que ocupaba todo el extremo del vagón. Ellas se hicieron las timoratas y apartaron las miradas con todo artificio y deleite. Entre risas, se bajaron en la estación de Bogatell, en la que esperaba Mirella charlando con unos chicos, sentados en uno de los bancos metálicos. La catalana alzó una mano y la agitó alegremente, acompañándola de una gran sonrisa. Las alabó sinceramente, animándolas a dar una vuelta sobre sí mismas para observarlas mejor. Seguidamente, se besaron las mejillas y Mirella presentó a sus acompañantes como Rubén y Mario, unos compañeros de trabajo. Ángela sonrió, mirándoles atentamente.

“Me juego el cuello a que son sus queridos amiguitos gays”, se dijo con malicia.

—    Se apuntaron cuando les referí que íbamos a divertirnos al Razzmatazz – explicó la hermosa secretaria, encogiéndose de hombros. — ¿No os molesta, verdad?

—    Pues claro que no – aseguró Ángela, agitando indolentemente una mano. – Cuantos más, mejor.

—    Eso – confirmó escuetamente Ginger.

Durante el trayecto hasta la cercana calle de Pamplona, Rubén se mostró dicharachero y simpatiquísimo, explicándoles parte de sus cometidos en el bufete de abogados y cómo Mirella lo tomó bajo su responsabilidad cuando llegó como tierno pasante. Hicieron cola junto a la puerta de entrada, donde se abría la hornacina de la taquilla, junto con un centenar de impacientes jóvenes. En el otro extremo, la puerta de salida estaba cerrada, aún no era hora para que se iniciaran el típico circuito de salir para fumar y entrar por la otra puerta.

El local ya se estaba llenando de un público heterogéneo y hasta discordante. Había grupos de trascendencia Indie, unos cuantos rastafarianos, muchos “perros flauta”, eléctricas niñas pro ballenas, y hasta una docena de carrozas intelectuales de lustrosa calva y largas guedejas resecas. Todos ellos se mecían sobre sus piernas, siguiendo inconscientemente el ritmo que marcaba la música.

—    ¿Quién toca hoy? – preguntó Ángela, contemplando el panorama. Sobre el escenario del fondo de la sala, había gente aún graduando luces y moviendo equipo.

—    Creo que es un grupo francés que hace reguetón – explicó Mirella, buscando en el ticket de su entrada.

—    Reggae – la corrigió Mario con una risita. – Es un grupo reggae y es bueno. Se llama Dub Inc y dispone de un buen repertorio de temática social.

—    Ya veo, hay mucha rasta pija aquí dentro – rezongó la rubia.

—    Y mucho pachulí, coño – protestó la catalana, agitando una mano ante su nariz y levantando sonrisas en todos ellos.

—    Pues yo voy a pegarme un lingotazo para quitarme el aroma – Ángela se dirigió hacia la larga barra que seguía el muro en paralelo, justo en frente de los grandes ventanales cuadriculados que se abrían en la fachada principal del club.

Mirella se la quedó mirando mientras se alejaba y le confesó a Ginger:

—    Mírala, ya está liándola – señaló hacia la vampiresa, la cual se había acodado en un hueco y llamaba la atención tanto del camarero como de su bebedor vecino.

—    Seguro que le saca unos chupitos gratis – se rió Ginger.

—    ¡Ya te digo! Con el tipo de colegialas putones que lleváis no me extraña. Hasta a mí me entran ganas de meteros mano, chica. ¿No os corta que todo el mundo os devore con los ojos?

—    Professional deformation – dijo Ginger en inglés, encogiéndose de hombros con una falsa modestia que era todo un reclamo.

—    ¿Qué sabes de ella? ¿De su familia? – el tono confidencial de Mirella hizo comprender a la tailandesa el interés que la catalana sentía por Ángela. Era algo que todo el mundo que conocía a la rubia acababa sintiendo y ni siquiera se molestó por ello. Empezaba a acostumbrarse.

—    No cuenta mucho, ni siquiera a mí que vivo con ella. Parece que ha tenido problemas con familia y se ha apartado de ella. Yo respeto secretos de familia, en mi país es algo de tradición. Tendrás que preguntar a Ángela.

—    Coño con el clan Corleone – ironizó Mirella, refiriéndose a la película “El padrino”. Miró cómo Ángela brindaba con chupitos con un grupo de chicos. — ¿Qué te dije? Ya los ha encandilado.

Ginger se rió al observar a su rubia amiga. Estaba entre cuatro chicos jóvenes, consiguiendo como siempre convertirse en la voz cantante. Uno de ellos pidió una nueva ronda mientras Ángela se giró hacia sus amigas y les hizo un gesto para invitarlas a unirse. Rubén y Mario fueron los primeros en empujarlas suavemente, animándolas con unos pícaros comentarios. Todos se presentaron a gritos, pronunciando el nombre y poco más, e intercambiaron manidos besos de cortesía.

Al menos, no eran “perros flauta”, se dijo Mirella, calibrándolos de una disimulada mirada. El más joven estaría en los veintidós o así, el más viejo, muy cercano ala treintena. Vestían de sport pero con buenas marcas, nada de pelo largo y todos iban bien afeitados. Para ella, olían a administrativos, pasantes, o algo por el estilo, lo que le hizo estar cómoda con ellos.

Rubén y Mario, con ese especial radar que todo homosexual desarrolla, charlaban con el potencial gay del grupo, el cual no parecía mostrar maneras algunas, pero ya se sabe… “Dios los cría y ellos se juntan”.

Ginger pronto tuvo un admirador incondicional, sin duda debido a su exotismo, que se inclinaba muy a menudo sobre el oído izquierdo de la tailandesa para gritarle, mientras ella se balanceaba sorbiendo de su bebida y se reía ocasionalmente.

Por su parte, Ángela parecía interesada, desde el momento en que se acercó al mostrador, por el mayor de todos, llamado Ginés. Mirella contempló los bailecitos insinuantes y terriblemente provocativos de la rubita, que atraían poderosamente las manos del recién conocido. Se preguntó, atendiendo siempre a los comentarios del que parecía interesado en ella, si Ginger no le había enseñado a su compañera de piso algunos de los movimientos que, sin duda, empleaba en el trabajo.

Justo en el momento en que el discjockey hacía de maestro de ceremonias desde su cabina y anunciaba la presencia de la esperada banda sobre el escenario, el grupo se movió, abandonando la barra y buscando un sitio mejor frente a la actuación.

Desde su inició, la machacona música que esgrimía el grupo, compuesto en su mayoría por franceses de origen semita, se apoderó de los cuerpos y sentidos de las chicas. Era fácil de tatarear, incluso sin saberse las letras, y el ritmo agitaba sus caderas, alzando cada vez más las falditas colegiales. Con los brazos sobre la cabeza, sujetando el vaso de plástico casi vacío en una mano, Ángela sonrió, contoneándose aún más al sentir las manos de Ginés posarse sobre su cintura.

Mirella, a pesar de sus años de estudio del idioma del país vecino, no se enteraba de nada de lo que cantaba el solista principal, pero tampoco es que le hiciera falta. No había escuchado nunca este grupo en concreto, al menos conscientemente, pero sonreía al ver a su compañero –Marcel— gritar los pegadizos estribillos. La sorprendente y gutural voz del cantante secundario, o sea el que solía hacer los estribillos, la había tomado por sorpresa. Era una voz profunda, muy grave, parecida al tono que utilizaría un endemoniado en una película de terror, pero quedaba perfecta englobada por la música. Por un momento, se olvidó de David y de su dolor, agradecida al apoyo de sus nuevas amigas.

¿Quién hubiera dicho que Mirella Sabrala, de los Sabrala de Talamanca, se sintiera a gusto en este tipo de ambiente? Sonrió para sí misma, regañándose. Desde que conoció a David había cambiado mucho, lo sabía, así como su familia, quien no dejaba de lamentarse por eso.

¡A la mierda su familia y sus ideales clasistas! Agitó la cadera para golpear con ella a Marcel y se lanzaron ambos a unos vertiginosos pasos de baile que los hizo reír como locos.

Al término de la actuación, Raúl, otro de los nuevos conocidos, trajo botellitas de agua para todos y alguien propuso salir a la calle a echar un pitillo y descansar los oídos de tanto decibelio. Muchos de los presentes habían pensado lo mismo, por lo que había todo un gentío ante la fachada del Razzmatazz. Mirella aceptó un cigarrillo pero sus amigas no, dedicándose a apurar sus botellitas de agua.

Era el momento ideal para saber más cosas de los chicos y fue Ángela quien empezó con las preguntas pertinentes. Ginés, Raúl, Marcel y Miguel, el más joven, se habían conocido en el trabajo. Marcel y Ginés habían estudiado juntos pero nunca fueron amigos hasta coincidir en la asesoría familiar de este último, Predes e Hijos, fundada por el abuelo de Ginés. Como ambos ya se conocían de antes, el vínculo surgió casi por inercia. Por supuesto, Ginés optada a un puesto fijo muy pronto como abogado de empresa y Marcel se conformaba con la pasantía. Raúl era administrativo, aunque a él le gustara llamarse perito administrativo, y se especializaba, sobre todo, en fraccionar cuentas y facturas para hacerlas pasar inadvertidas; un truco habitual en las asesorías. Finalmente, Miguel no pertenecía a la empresa, pero se habían conocido todos allí pues trabajaba en una empresa de mensajería muy vinculada a Predes e Hijos.

Ángela escuchaba todas aquellas explicaciones con mucha atención y con una gran sonrisa. Parecía estar extasiada con ello, pero sus amigas parecían quedarse algo mustias, perdiendo lentamente la magia que había durante el concierto. Ese momento fue aprovechado por Rubén y Mario que le propusieron a Raúl, el pseudo gay, llevarle a conocer un último garito de ambiente en el Eixample.

Ginés aprovechó la ocasión para murmurarle algo a Ángela al oído. Ella le miró y sonrió. Entonces, se giró hacia sus amigas y les dijo, en voz alta:

—Ginés me ha invitado a su apartamento. ¿Qué os parece, chicas? ¿Os apuntáis?

Tanto Mirella como Ginger asintieron sin ni siquiera mirarse la una a la otra. Sentían algo magnético en la corriente sanguínea que las empujaba a seguir a la rubia en lo que fuera.

—Deberías preguntarle a tus amigos si se apuntan – le susurró Ángela maliciosamente al boquiabierto Ginés que, ni por un momento, había pensado llevar a sus compinches a su pequeño ático en el cercano Sant Marti.

No le quedó otra, para alegría de sus amigos quienes se apuntaron inmediatamente entre alegres exclamaciones. Tras diez minutos de paseo, llegaron a una plazoleta desde la cual se podía ver la cúspide de la torre Agbar. Ginés señaló un edificio de ocho plantas, de balconadas curvilíneas de claro estilo Art Nouveau. Aún siendo un edificio con cien años, parecía perfectamente conservado.

—Vivo en el ático –dijo.

—Parece que te va bien –dejó caer Mirella.

—El edificio es propiedad de mi familia –se encogió de hombros mientras sacaba las llaves del bolsillo y se acercaba a la puerta principal.

Ángela suspiró cuando la mano de Ginés se coló bajo su faldita, aprovechando las estrecheces del ascensor. No era la primera vez que la acariciaba así desde que se habían conocido esa noche. El ático era pequeñito pero precioso, al menos para la opinión de Mirella. Una amplia sala/cocina los acogió al entrar, con una gran zona de mullidos y planos asientos que más bien se asemejaban a varios divanes unidos y recubiertos de cojines de todos los colores. La cocina ocupaba un rincón al lado de una cristalera que daba a una grandiosa terraza totalmente acondicionada para hacer la vida en ella.

—La terraza es más grande que el ático –bromeó Ginés, aún diciendo la verdad. Estaba orgulloso de esa terraza, casi invisible para sus vecinos. Había fines de semana que se los pasaba tirado como un lagarto al sol. –Por allí está el cuarto de baño si queréis utilizarlo –señaló, girándose hacia el lado contrario de la sala –y también mi dormitorio. Lo siento pero no voy a prestarlo y es el único del piso.

Miró a Ángela con toda intención al decirlo pero ella actuó de una forma inesperada.

—Bueno, lo justo sería que ninguno acaparara ese dormitorio, ¿no es cierto? –Ángela miró a los demás, como pidiendo su opinión. –Deberíamos quedarnos todos juntos en esos divinos sillones que parecen estar llamándome.

Saltó como una pantera hasta caer desenfadadamente sobre el nido de cojines y todos se rieron, aceptando la sugerencia. Se sentaron formando un coro, cada pareja frente a las demás. casi con toda naturalidad acabaron jugando a Verdad o Prueba, un juego que, en esta ocasión, tenía como prioridad pícaras pruebas sobre todo para las chicas.

A pesar de la clara intención sexual, ni Mirella ni Ginger, mucho más acostumbrada, parecían intimidarse con las pruebas sugeridas. Los chicos aún estaban vestidos cuando impusieron la prueba a Ángela de sacarle la blusa a Mirella. La vampiresa, ya en braguitas, lo hizo de un modo lento y totalmente erótico, consiguiendo que las miradas de todos los reunidos se mantuviesen clavadas en la escena. No había que ser muy listo para darse cuenta que las dos chicas estaban disfrutando de la atención. Los chicos aplaudieron y silbaron cuando el pecho de Mirella quedó a la vista.

En contra de lo que había temido, la catalana no estaba particularmente cohibida por desnudarse ante aquellos jóvenes casi desconocidos, sobre todo teniendo a Ángela a su lado. Era consciente de la mirada de Ginger y de su bella sonrisa. Pensó que quizás era la única persona de allí que la ponía algo nerviosa, o mejor dicho, ansiosa.

Ángela, por su parte, notaba la cálida respiración de Ginés detrás de ella, casi inclinado sobre ellas para no perderse un detalle. Para enredar aún más la situación, la vampiresa, en su turno de peticiones, obligó a Ginger a besar largamente a Marcel, soliviantando un tanto a su amigo Miguel. Intentando buscar un equilibrio, Marcel, a su vez, procuró que Miguel gozara de la golosa boca de Mirella.

Pero cada vez más rápido, el juego iba encajando las parejas que se gustaban. El ambiente era totalmente propicio para ello y, en uno de los últimos besos que las chicas compartieron entre ellas, Ángela musitó al oído de Mirella:

—Esto no es traicionar a David –la vampiresa esperó a que su amiga asintiera en silencio. –Necesitas airear esas telarañas, Mirella. Esta noche vas a exprimir a ese chico como Dios manda, ¿me entiendes? Y mañana será otro día.

Y la envió a morrearse largamente con Marcel, dando así el juego por terminado. Con una sutil indicación, hizo lo mismo con Ginger, quien ya se estaba frotando a horcajadas sobre el alucinado Miguel. Entonces, Ángela se volvió hacia Ginés y lamió su cuello de forma sucia y licenciosa. La tailandesa, que los estaba mirando de reojo, intuyó qué es lo que iba a hacer su amiga vampira. Se dejó caer sobre el amplio sofá y rodó hacia Mirella, la cual había quedado boca arriba abarcando los hombros de Marcel, quien no dejaba de besarla. Ginger puso una mano en la frente del chico atareado mientras que, con la otra, arrastraba a Miguel para situarse a su espalda.

—Ahora me toca a mí –susurró, mirando a Mirella a los ojos.

La catalana tragó saliva, sin saber muy bien a qué se refería Ginger, pero no se opuso lo más mínimo cuando los hermosos labios de la exótica bailarina se posaron sobre los suyos. La lengua serpenteó maravillosamente entre sus dientes hasta alcanzar la suya propia y alzó una mano para empujar la pequeña nuca de Ginger, prolongando el beso y perdiendo de vista lo que pudiera hacer Ángela.

Esta aprovechó la ocasión que le brindaba su compañera y mordió velozmente la yugular de Ginés, aprisionándole entre sus brazos. Sofocó su gemido con una mano y tomó un par de largos tragos, al mismo tiempo que desabrochaba el pantalón del hombre, urgida por el creciente fuego de su interior.

Un par de minutos después, Ginés gruñía como un animal al traspasar el esbelto cuerpo desnudo de Ángela. La estaba penetrando sin miramiento ni vergüenza alguna, ante las miradas de sus amigos y amigas. Miguel, muy enardecido, le imitó de inmediato, colocando a Ginger a cuatro patas. Con una mano le subió la faldita y con la otra le bajó las bragas de algodón por las piernas, dejando al descubierto las pequeñas nalgas temblorosas. Ginger aún llevaba la blusa puesta, aunque desabotonada. Con una sonrisa, la tailandesa escuchó al chico rebullir a su grupa, tratando de quitarse los pantalones a toda prisa. Con una sonora palmada en sus expuestas nalgas, le animó a penetrarla de una vez.

Miguel no se lo pensó dos veces y estuvo a punto de colarse de un golpe. En ese momento, la mano de Mirella le detuvo. Giró la cabeza y la miró, confuso.

—No sin condón – musitó la catalana. A su lado, sentado sin pantalones ni gayumbos, Marcel rebuscaba en su cartera.

Miguel asintió, retomando el control, y gateó hasta sus propios pantalones. Entonces, miró el frenético vaivén de Ginés.

—Él no lleva condón –masculló, señalándole con el pulgar.

—Peor para él –sonrió Ginger. – Ángela usa DIU.

—Ah –eso fue suficiente para Miguel, dedicándose a buscar un preservativo en su cartera que no sabía si tenía. Finalmente, su colega Marcel le pasó uno y regresó a su posición inicial, el pene erguido y enfundado en el brillante látex.

Ángela se corrió rápidamente, como era habitual en ella, y se giró a toda prisa para que Ginés pudiera acabar en otra postura. De esa forma, pudo observar a sus amigas, la una al lado de la otra, una en posición de perrita, la otra en un clásico misionero. Se miraban y se sonreían mientras los machos se afanaban en penetrarlas y contentarlas. Ángela sonrió, diciéndose que no había tenido que mediar apenas entre ellas para iniciar la chispa y eso era bueno para todas.

— ¿Alguna me cambia al chico? –preguntó Ángela con una risita, recogiendo con sus dedos el semen que Ginés había dejado sobre sus nalgas. –Este se ha agotado.

* * * * * * * *

2 de mayo de 2014.

Ángela y Ginger estaban medio desnudas, recostadas en el sofá recubierto de terciopelo. La vampiresa abrazaba a la asiática, manteniéndola recostada sobre su pecho, que la entreabierta camisa dejaba casi al aire. Le estaba contando sobre las festividades por el Dos de mayo que se celebraban en Madrid cuando era pequeña cuando el móvil de Ángela vibró sobre la mesita baja. Con una mirada de reojo, comprobó que se trataba de Ginés.

—Tengo que responder, guapa, pero tú no te muevas – le dijo a su compañera, alargando una mano hacia el teléfono. — ¿Tienes algo para mí?

—Sí, aunque me ha costado toda la semana buscarlo – respondió Ginés.

—Pues empieza por el principio, sin prisas –Ángela acarició el cabello de Ginger, al mismo tiempo que empujaba su boca contra uno de sus pechos. La asiática entendió enseguida lo que quería que hiciera y atrapó una de las rosadas y pronunciadas aureolas, dispuesta a endurecer y sacar el pezón.

Mentalmente, la rubia se felicitaba por haber elegido a Ginés de entre todos los trabajadores y activos de Predes e Hijos. Ángela empezó a seguirle cuando se decidió pero el joven siempre iba acompañado cuando salía y entraba del trabajo o permanecía en sitios demasiado controvertidos como para acercarse a él, así que esperó al fin de semana. Le había escuchado mencionar que pensaba asistir al concierto del Razzmatazz, así que Ángela convenció a sus amigas para ir también.

La “cama redonda” fue fruto de la improvisación pero le sirvió estupendamente y no solamente para hechizar a Ginés, sino para abrir una puerta necesaria entre sus amigas. Ahora, una semana después, su hombre en Predes e Hijos parecía haber tenido suerte.

—Mi abuelo Felix es quien lleva ese tema. No encontré nada bajo el nombre de Sociedad Van Helsing ni obispo Salomón en el sistema, pero me acordé que mi abuelo mantenía documentación física en su despacho, bajo llave. Nunca ha sido demasiado bueno con la informática y, ahora que está retirado, mucho menos. El despacho de mi abuelo no se usa, permanece cerrado, pero me camelé a la vieja secretaria para que me abriera. Para eso soy el ojito derecho del viejo, ¿no? –bromeó Ginés a través del móvil y Ángela, condicionada por la lengua de su compañera, recreó el rostro del hombre cuando se corría sobre ella. –El caso es que encontré información sobre el monasterio Sant Pau de Camp: cesión temporal del edificio, pagos retributivos, facturas de mudanzas, cosas así. La mayoría de papeles están firmados por alguien llamado Arturo Marquilla. Le he buscado…

— ¿Y?

—Hay poco. Parece ser un vicario que ayudaba en la iglesia Alianza Barcelona. Le dieron una especie de mención honorífica por una de esas labores evangelistas…

—En suma, un don nadie, un títere.

—Ajá, pero lo que me extrañó totalmente es que mi abuelo, que ya no pinta nada en la empresa, siga siendo el que lleve exclusivamente todos esos papeles.

“Eso significa que pertenece al cotarro, tonto”, pensó Ángela.

—Así que fui al otro sitio posible en donde mi abuelo tuviera más papeleo: su casa. Aunque visito esa casa habitualmente, debía esperar a que él no estuviera. Una cita médica vino de perlas y husmeé en el despachito que tiene allí. Nada.

—Ginés, ve al grano, capullo –le recriminó la vampiresa, acariciando la tersa mejilla de la tailandesa.

—Sí, sí. Así que me colé en el desván y estuve buscando entre pilas de cajas polvorientas hasta descubrir la veta, amor mío –exclamó triunfalmente.

Ángela hizo rodar los ojos, impaciente. Ginger se había cambiado de pezón.

—Di con una serie de correspondencia entre mi abuelo y un tal Arcipreste Guanche, con dirección en Tenerife. En ellas queda claro que mi abuelo no solo recibía un estipendio por su trabajo sino que, de alguna forma, unía sus propios valores a la organización, que dicho sea de paso, nunca ha tenido nombre. Así mismo, toda documentación almacenada debía ser enviada semestralmente a Canarias, dejando los archivos totalmente limpios.

—Así que tu abuelo es como un intermediario.

—Sí. La fecha de la última carta –hay que dar gracias a que el viejo no le gusten los e-mails— es de noviembre del año pasado.

—Está bien. Gracias, Ginés, lo has hecho muy bien. Envíame la dirección completa de ese sitio en Tenerife. Te compensaré tu trabajo –repuso Ángela, colgando.

Era una buena y una mala noticia. Buena porque todas las respuestas estarían en un sitio; mala porque debería viajar fuera de España. Si quería saber dónde podía esconderse el Obispo Salomón, las sedes secretas de la Sociedad Van Helsing, la lista de sus miembros, sus vínculos con otras logias… tendría que viajar a Tenerife.

El aviso de un nuevo mensaje la sobresaltó. Se trataba de la dirección pedida. Dejó el móvil sobre la mesita y se ocupó de asuntos más inmediatos. Con un dedo, levantó la barbilla de Ginger, haciendo que la mirase a los ojos.

—Ya está bien de mordisquearme las tetitas, cariño. Tengo una hendidura toda mojada que te está esperando con impaciencia –le dijo a la tailandesa, empujando su cabecita hacia su desguarnecida entrepierna.

Ginger, con una sonrisa feliz pintada en sus labios, se acodó mejor y deslizó la lengua entre los sensibles pliegues íntimos de la mujer de su vida. Ángela se recostó con un hondo suspiro y sus dedos se sumergieron en la cascada de oscuro pelo de Ginger, disfrutando tanto de esa sensación como de la punta húmeda de la lengua sobre su inflamado clítoris.

La mente de Ángela tuvo aún un claro pensamiento, antes de hundirse en el más absoluto placer: cuando terminasen debía planear su primer viaje de vacaciones. Por una vez, la vida parecía sonreírle.

(CONTINUARÁ)…

Un comentario sobre “Ángel de la noche (25)

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