JESSI PINK

Desde que tengo uso de razón siempre he consentido mi dulce vagina, a muy temprana edad, aunque no sabía por qué lo hacía, me encantaba juguetear con mis dedos, sentía unas cosquillitas que me hacían reír, en ese momento me parecía chistoso y divertido, así que empecé hacerlo más seguido. Tenía muchas muñecas, mi padre me las compraba seguido, me gustaba peinarlas, tomar el té con ellas, pero sobretodo desvestirlas y tocarlas; eso de alguna manera me “excitaba”. Si hay algo bonito en la creación es el cuerpo femenino.

Pasaron los años, me volví experta en masturbación, la practicaba todos los días; no había un día en el cual no jugaba con mi clítoris. ¡Mi coño húmedo me hacía delirar de placer!

Mis padres eran muy devotos, todos los domingos sagradamente íbamos a misa, junto con mi hermano Damián, hacíamos cualquier cosa para no ir, pero mis viejos eran muy estrictos y nos obligaban. Mi padre decía que teníamos que estar en la gracia del Señor o sino íbamos a terminar en el infierno; y bueno, no sé en qué paila del infierno estoy ahora pero bueno ja, ja, ja…

Un domingo, después de regresar de la santa eucaristía, fui a mi habitación a dibujar un poco; el tiempo se fue consumiendo poco a poco, la tenue brisa del verano anunciaba que ya iba anochecer, en ese instante escuché un ruido no muy familiar y aquel ruido provenía de la habitación de Damián, curiosa, dejé de hacer lo que estaba haciendo y caminé de puntitas hacía el cuarto de mi hermano, abrí la puerta suavemente; lo que observé en aquél momento hizo un tsunami en mi cabeza: vi a mi hermano jalándosela mientras observaba una película porno. Realmente no fue tan traumático verlo masturbándose, y no era que yo quisiese follarme a mi hermano, no, mi fascinación por las vergas nació esa noche. De ahí en adelante supe que no jugaría más con mis muñecas y que no habría un juguete más rico que una verga bien venosa.

Consumía pornografía diariamente, me acariciaba varias veces en el día, pero no era suficiente, sentía que no me llenaba, siempre quería más y más. En el colegio había un profesor que me encantaba, fantaseaba con él, fue el primer hombre que deseé que me penetrara duro y sin piedad. El gusto era mutuo, aunque el malnacido sabía disimular, su miraba decía que quería sumergir su lengua en mí.

Aquel último día de clases, nunca lo olvidaré. Esperé que todo el mundo se fuera y aceché al profesor en el aula de clases, me lancé sobre él, lo besé eufóricamente sin darle tiempo de reaccionar. Era mi primera vez, pero con tanto porno ya tenía una que otra idea en mi cabeza. Rápidamente, me volteo y me puso encima del escritorio, yo sentía mi vagina caliente, bien caliente. Alzó mi falda, abrió mis piernas, dijo: Qué húmeda estás. Sentí cómo su lengua abrazaba mi clítoris, cómo sus labios se juntaban para besar mi preciado coño; aquellos gemidos eran lo más cercano a la gracia del Señor que tanto hablaba mi padre. Sus dedos dentro de mí, hicieron estallar ese demonio lujurioso que ha estado conmigo desde siempre, cada pequeña embestida y cada lengüetazo hacía de mí desbordar el gozo en todo mi cuerpo y mi alma. Volví a estar con él dos o tres veces más, hasta que se fue repentinamente de la ciudad y nunca más volví a saber de él.

Esa sensación de turbulencia erótica que alcancé experimentar en mi cuerpo desde aquella primera vez, hizo de mí una pequeña puta aventurera que su único propósito era buscar un gran falo venoso para sentirse satisfecha con la vida. Tantos amantes pasaron por mis piernas, tantas vergas me penetraron hasta el cansancio, inclusive llegué a pensar que esa era la anhelada felicidad que yo estaba buscando. Esos primeros años de maniática sexual me brindaron seguridad, pensaba que tenía el mundo a mis pies, que podría acostarme con el que yo quisiera y a la hora que yo quisiera, pero la realidad era otra, mientras yo quería tener sexo a toda hora, mis ex-parejas se aburrían de mí, los hijos de puta me gritaban una y otra vez la misma frase cliché de siempre: “No tienes nada más que ofrecer, sólo piensas en sexo” Quién lo creyera los hombres también tienen sentimientos. Para mí el amor es un gran falo erecto que me pueda romper hasta los ovarios de placer, no conozco otra clase de amor.

Devastada con la vida, aborrecida de mí, asqueada con mi cuerpo, quise suicidarme, ¿para qué una vida dónde el dolor es tu protagonista?, No entendía muy bien por qué solo con el sexo yo me sentía más viva que nunca y no comprendía por qué después de llegar al clímax del orgasmo quería desaparecer del mundo. El vacío emocional es como una droga que te va consumiendo poco a poco. Exiliada en la soledad, al borde de la muerte llegué a conocerme mejor; sabía que por más que quisiera no iba a cambiar, así soy y así seré hasta el día en que mi cuerpo se pudra bajo tierra.

Empecé a disfrutar de los manantiales de la sexualidad sin reproche alguno, cada día que pasaba quería experimentar cosas nuevas, quería comerme el mundo con mi vagina y mi culo. Si bien había días en los que quería morirme, había otros donde quería follar hasta morir. Tenía dos muy buenas amigas, Ángela, como su nombre lo dice, era un ángel, pero cuando tomaba su vagina se transformaba en una maquina sexual y Mercy, una drogadicta muy puta. Cada día me convencía más ese famoso refrán que dice: “Dios los hace y el diablo los junta”. Éramos un ensueño para muchos hombres, la pelirroja, la rubia y la morena; salimos mucho a enfiestarnos, nos ahogábamos en alcohol y la cocaína era nuestro pan de cada día. Todos los fines de semana, sin necesidad de buscar llegaban aquellos atrevidos hombres en busca de diversión en algún bar, yo ya sabía a lo que iba, sexo sin compromisos, quería sentirme plena por ese amor carnal que sólo un pito me podría dar. Absorbida por el deseo terminé follándome a mis amigas, el cuerpo femenino siempre me ha cautivado, pero nunca había sentido el interés de chupar una vagina o hacer la tijera hasta sentir que te corres de placer.

Pero cómo disfrute tener cuatro tetas en mi boca…

El día de acción de gracias, estuvimos en una cabaña alejadas de la Ciudad, fuimos con unos amigos de Mercy, llenas de juventud, libres de toda clase de ataduras, nos empapamos de la naturaleza, fundidas en la marihuana dejamos caer nuestras ropas y poseídas por el demonio de la lujuria hicimos una flamante orgía. La felicidad nunca ha estado de mi lado, después de ese asombroso paseo vendría una de las mayores desgracias de mi vida, de regreso a casa, no había ni una sola alma que no estuviera contaminada de alcohol; vi la muerte tan cerquita que por un momento pensé que había llegado mi hora y estaría contenta, pero salí bien librada de ese terrible accidente que le costó la vida a mi amiga Ángela, dejando a Mercy cuadripléjica.

Mercy no quiso saber nunca más de mí, ni del mundo y terminó suicidándose en Navidad.

Desconsolada, maldita y enfurecida decidí darle un nuevo rumbo a mi vida, fue la decisión más radical que había tomado en mi corta existencia en este mundo doble moralista e insano. Me presenté en el convento y me aceptaron, tuve que decir mentiras sobre mi virginidad, pero las adorables monjitas me acogieron en su seno y creyeron en mí. En realidad, quería un cambio, quise acercarme a Dios de esta manera y remediar todo lo malo que había hecho. Fui tan idiota al pensar que al convertirme en monja iba a cambiar, que iba a dejar de ser una maldita ninfómana, ja, ja, ja…

Siendo novicia, seguía masturbándome en mi habitación, no podía dejar de hacerlo, luego me sentía culpable y terminaba rezando el rosario. Mi cerebro estaba tan lavado que yo creía que era un demonio enfermizo, Y si, efectivamente lo soy. En medio de tantas mujeres, logré controlarme un poco, pero en las noches fantaseaba con las mejores vergas que me había comido.

El acontecimiento había llegado, iba a tomar los votos con Nuestro Señor, iba ser su esposa para toda la vida, pero antes debía confesarme, y lo hice, lo que no contaba era que iba a conocer al diablo hecho carne, el mismísimo satán en persona, aquel sacerdote que me iba a perturbar mi existencia y que iba a desear cogérmelo como nunca me había cogido a alguien en mi puta vida.

Todo lo que había creído se fue en un viaje de no retorno a la mierda, supe que mi destino iba ser ese, lo que soy, una maldita ninfómana…

Con el habito de monja en mi cuerpo, fue como si el diablo tomará poder sobre mí, algo en mí se despertó en ese momento y lo que iría a ocurrir en el convento lo ratificaría…

https://laesferaquenogiramas.wordpress.com

Un comentario sobre “Demencia hecha sexo

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