JANIS MULLIGAN

 

El Tío Julián

11 de abril de 2014.

Ángela se encontraba en una situación realmente privilegiada, un estado que nunca antes experimentó en tal magnitud. Al menos, eso sentía en la penumbra del dormitorio de Ginger, dejándose mecer beatíficamente por los sonidos del anochecer que llegaban hasta ella desde la calle. Sus sentidos no detectaron la presencia de la tailandesa en el pequeño apartamento, así que debía haber acudido a un ensayo, quizás, o bien a comprar algo dulce para el “desayuno” de Ángela. Esta había regresado rayando el alba de su viaje a la Casa Madre y, por lo tanto, no había visto a su compañera nada más que para besarla en un hombro al acostarse a su lado y quedar profundamente dormida.

La vampira suspiró, girando su cuerpo desnudo sobre el mullido colchón hasta quedar boca abajo, la mejilla derecha contra la sábana. Se dedicó a tonificar sus pequeñas nalgas, contrayendo y relajando los músculos, mientras su mente repasaba de nuevo el actual estado de su existencia.

Pertenecía al clan Santiago. Bueno, era una forma de decirlo. Ángela no sentía en absoluto que perteneciera a nada ni nadie. Había pasado demasiados años, sola e independiente, para que la sensación arraigara súbitamente en ella, pero, de alguna manera, había aceptado esa especie de simbiosis social: el clan la amparaba, regularizando su existencia, y, a cambio, ella les servía como Guerrero. Tenía que reconocer que era un buen trato, libre de inútiles convenios o futuros compromisos que, a lo mejor, no podría cumplir. Esta era la Ángela que querían y no había más y estaba agradecida por ello, pues no tenía que adoptar falsos roles ni engañar para ello.

No se hacía demasiada ilusión con los parabienes recibidos en la Casa Madre, pero fue agradable ser felicitada por una vez en su vida. Sin embargo, era consciente que había sido una manera de cubrir la preocupación que se sentía entre las diversas ramas del clan. Ella había servido de sutil mordaza para impedir aviesas críticas y recriminaciones.

De todas formas, a pesar de que eran de su especie, Ángela no se fiaba de ninguno de ellos. Le habían dado la impresión que eran aún más animales políticos que los humanos, buscando poder, gloria o placer con mayor intensidad, si podía ser posible. Quizás la parte humana que compartían ambas razas las hermanaba de esa manera, haciendo hincapié en sus peores cualidades. El maestro Rodela lo insinuó veladamente en cuanto le contó la historia del clan; también lo había advertido en las despectivas pullas de Atranicus, en las nerviosas miradas de los enviados de otros clanes, o en los tensos rictus faciales de los miembros del Consejo. No solo estaban preocupados por el asunto, sino que estaban esperando a que alguno entre ellos quedara expuesto y se debilitase para saltarle encima como fieras.

“Eso a ti ni te va ni te viene”, se dijo, sintiendo de nuevo como se quedaba atrapada en el poderoso vórtice de emociones que la invadía desde la muerte de David. La impactante imagen de su cuerpo roto y acribillado se apoderaba de su mente, haciendo hervir su sangre con el odio y el deseo de venganza. “Todo lo que quiero es atrapar a esos putos beatos de la Sociedad Van Helsing y hacerme un collar con sus tripas”, masculló para sus adentros.

La rabia palpitaba dentro de ella como algo vivo, tensando los músculos que recubrían su vientre e iniciando una molesta vibración en su nuca. Alguien medianamente entendido le habría dicho que su tensión sanguínea estaba por las nubes y que debería rebajar el estrés emocional. Claro que tampoco había nadie así cerca de ella, ni se lo hubiera permitido, sin duda. Pero la idea de la venganza –una venganza terrible y sangrienta por supuesto – se paseaba como un puñetero guardia británico en el interior de su cabeza, de un lado para otro, marcando con su firme paso una dinámica que no dejaba otras ideas acercarse demasiado.

La orden del Comandante Araña de mantenerse a distancia del asunto se encendió, surgiendo como un retorcido semáforo en sus pensamientos. “¡Pero no puedo esperar a que reconstruya la B.A.E.! Para entonces, puede que los planes de los Clanes vayan por otro camino y podrían asignarme un nuevo puesto y tener que mudarme de país incluso”, se lamentó mentalmente, dejando escapar un resoplido. “No puedo esperar tanto… ¡No, no quiero esperar tanto! ¡Puedo hacer algo por mi cuenta! Romper unas cuantas cabezas y achicharrar unos culos, sin tener que preocuparme de la jodida política subterránea”.

Esa parte oscura que anidaba en lo más profundo de su ser, la asaetó con una fuerte sensación anormal que produjo un fuerte escalofrío en su cuerpo, tal y como lo llevaba haciendo desde su regreso de la misión. Como de costumbre, no utilizaba palabras, sino sensaciones y ciertas imágenes o recuerdos que Ángela comprendía por mera intuición, o bien se quedaban en su mente, rebotando como traviesas pelotas hasta que la obligaban a realizar una vivisección de todo ello para entenderlo.

El rostro ensangrentado de David dominaba sus pensamientos, consiguiendo que una sorda furia se mantuviera asentada en su vientre, formando un nudo cada vez más sólido y cálido. Era como si coincidiera completamente con la venganza que pretendía y le hiciera saber que estaba deseando descabezar totalmente la Sociedad de Van Helsing, sin esperar a nadie más.

No quería pensar en quién podía ser el traidor, en quién se beneficiaba de todo ese dolor y muerte. Sólo necesitaba salir a cazar bajo la luna, a buscar a esos cruentos beatos por toda la ciudad, y meterles una mano garganta abajo, desgarrando lentamente, sintiendo el frenesí de la venganza…

Ángela se incorporó sobre la baja cama, mandando al pairo a la diminuta vocecita de su conciencia. ¡No tenía por qué contenerse, ni esperar más órdenes! El Comandante Araña se había marchado y no iba a volver en un tiempo aunque ella dejara una estela de muertes inexplicables. Era el momento idóneo para obtener algo de la vieja y auténtica justicia.

Ni siquiera la necesitaban por lo que podría escaquearse de todo. Los asuntos de intendencia de la B.A.E. estaban cubiertos con el pelotón diurno. Adela y sus compañeros, seis en total, eran suficientes para cubrir esa gerencia. Al menos, ellos estaban vivos.

Pero no podía salir y recorrer los tejados como una loca furiosa. Templar nervios y despejar su mente eran los pasos a seguir. Ginger no podía darse cuenta de su fijación, ahora que había vuelto a vivir con ella. Después, cuando terminara con su venganza, quizás pudiera llevarla a un sitio bonito en unas merecidas vacaciones. Ahora disponía de medios y oportunidad para hacer las cosas que tanto Ginger como ella habían deseado siempre; organizar de una vez ese viaje que habían planeado entre fantasías. La verdad era que tenía cincuenta mil euros que le estaban quemando el bolsillo. Sí, un viaje con Ginger sonaba bien. ¿Y si añadía a Mirella?

Ese pensamiento activó una pícara sonrisa en su boca, calmando un tanto su fuego interno. Se metió en el cuarto de baño para ducharse, dándole vueltas a cierta idea que había empezado a germinar en su revuelta mente. Ginger regresó pocos minutos después y la voz de Ángela le llegó, imponiéndose al ruido del secador.

—    Ginger, flor de loto. Tengo un hambre de lobo, ¿qué te parece si salimos a devorar unos cuantos burritos en El Ranchito.

—    Tú burrito, yo quiche –advirtió Ginger con el dedo. –No me fío de lo que hay dentro de esas cosas.

—    Cobardica –la chinchó la rubia, asomando la cabeza.

Una hora más tarde, Ginger contempló con asombro como su amiga daba cuenta de tres gruesos burritos, uno tras otro. Incluso las parejas sentadas a la mesa vecina animaron a la rubia con el último. Uno de carne asada y mozzarella, otro de pollo, fríjoles y guacamole, y el tercero de arroz frito y jalapeños. La rubia se relamió al acabar con la parsimonia y sensualidad de un felino. Hubo aplausos en la mesa vecina y Ángela sonrió, inclinando la cabeza. Ginger, más comedida, pellizcó su redonda quiche de atún hasta terminarla.

—    ¿Cómo fue tu viaje? ¿Dónde era esa Casa Padre? –preguntó Ginger en voz baja.

—    Madre, Casa Madre. Acabé cerca de Zaragoza y fue un viaje aburrido. Iba yo sola en un pedazo de limusina. Si hubieras podido venir… pufff… ¡qué de locuras hubiéramos hecho en ese mullido asiento de cuero!

Ginger sonrió y le pegó suavemente con los dedos en el dorso de la mano.

—    Zaragoza, eh… lejos… ¿Puedes decirme qué pasó allí?

—    Sí, claro, pero ya sabes. Chitón.

—    ¿Chitón? –parpadeó la asiática, confusa hasta ver el gesto de su amiga echando una llave imaginaria a sus labios. –Ah, sí, chitón.

—    Había gente muy elegante y muy importante allí reunida. Era una enorme finca rural, a la orilla del río Ebro. Fue entonces cuando realmente comprendí el entramado del clan, insertado en el mismo tejido social de los humanos –Ginger enarcó las cejas, el sentido de la frase se le escapó. La rubia intentó explicarlo mejor. –Parecen humanos, visten como ellos, hablan como ellos, y viven entre ellos, pero es solo una fachada, un disfraz con el que han aprendido a convivir y que les garantiza el anonimato y el poder en la sombra.

—    ¿Eso sientes tú? –preguntó Ginger con mucha suavidad.

—    No lo sé realmente. Hace muy poco que conozco la verdad. Siempre he creído que era un monstruo, una vampira como ya sabes, condenada al infierno y a no tener una familia. Me volví indiferente y hasta cruel a lo largo de los años. Ahora, descubro que sí que tengo una familia y, aún más, que hay toda una especie con la que puedo prosperar, en la que puedo apoyarme y organizar un futuro que creía que no tenía… no, yo no utilizo disfraz, este es mi auténtico rostro –Ángela tomó la mano de su compañera y la apretó.

—    Mucho mejor así. No te escondas a mí, por favor.

—    Nunca, cariño.

—    Así que has conocido los “boss” del clan –Ginger retomó el asunto.

—    Sí y están muy preocupados. No esperaban la emboscada sufrida en territorio francés ni, por supuesto, perder la Brigada. Ahora tienen que buscar el posible traidor y la presión proviene también desde otros clanes.

—    ¿Y de ti, qué dicen? –Ginger apoyó su cara sobre la palma de una mano, arrugando deliciosamente uno de sus párpados.

—    Pues que soy una heroína –sonrió Ángela. –La mejor Guerrera del clan… pfff… hasta me han dado un cordón de oro, un cordón del Valor. Es como una medalla militar, sabes –Ángela abrió el cuello de su blusa para mostrar el grueso torque a su amiga, quien lo toqueteó atónita.

—    Pareces bueno, ¿no? Te… como se dice… consideran valiosa –comentó la asiática tras pensarlo.

—    No sé, creo que les asusto más que nada. He salido viva de una infernal emboscada y me he cargado a todo lo que se movía, dejando una zona de guerra quemada. Creo que eso es lo que les ha impresionada, sin duda –se encogió de hombros. –Pero también he sacado algo de provecho que quiero compartir contigo.

—    ¿Conmigo? ¿Qué es?

—    Me han recompensado con cincuenta mil euros y pienso gastarlos con tu ayuda.

—    ¡Cincuenta mil! –los ojos de Ginger alcanzaron el tamaño de lo que para ella eran estar desorbitados. –P-pero… es mucho dinero… no puedes…

—    Sí puedo, así que ya le estás pidiendo a Olivia una excedencia sin fecha porque no vas a volver a bailar en ese club nunca más. ¿Has comprendido? –la señaló con el dedo la rubia, súbitamente seria.

—    Sí –cabeceó suavemente la tailandesa, bajando los ojos, de repente humilde y obediente. Comprendía lo en serio que su amiga estaba hablando y eso la hacía muy feliz, aunque se cuidará mucho de manifestarlo.

—    Quiero gastarme ese dinero contigo, cariño. Disfrutar de él, quizás unas vacaciones…

—    ¿Vacaciones? ¿Dónde? –preguntó suavemente Ginger.

—    No sé, dónde sea –Ángela se encogió de hombros. A ella le daba igual, en verdad. No tenía una clara preferencia.

—    No, esto es serio. Un lugar no es lo mismo que otro. ¿Quieres frío o calor?

—    Lo que te apetezca a ti, tonta –se rió la rubia.

—    Por eso mismo pregunto. Tú vas a pasarte el día acostada y yo tendré que esperar. Si hace calor mucho mejor para salir y ver cosas, ¿no crees?

Ángela se quedó en silencio, mirando su amiga. De repente, se hizo consciente de las horas que Ginger pasaba a solas, protegiendo su espacio seguro, mientras ella estaba prácticamente catatónica. Llevar a Ginger a un sitio bonito para solamente vivir de noche quizás no era lo que más podía apetecerle a la tailandesa. ¿Qué podía hacer durante todo el día mientras ella dormía? ¿Tostarse al sol? ¿Nadar en la playa? ¿Beber margaritas? ¿A solas o la dejaría ligar para que no se aburriera? Quizás por eso mismo Ángela no había tenido nunca una relación seria, porque no podía compartir el mismo tiempo con quien fuera su pareja.

Cabeceó y se inclinó lentamente sobre la boca de Ginger, la cual manifestaba un pequeño mohín de preocupación. Ángela pellizcó aquellos dulces labios con los suyos un par de veces, para luego quedársela mirando a los ojos fijamente.

—    Tienes razón, Gingercita –le dijo, utilizando un diminutivo que su amiga no comprendió del todo –, y yo peco, como siempre, de egoísta. Eres mi amiga, mi amante, no mi sirvienta. Es algo que suelo olvidar, lo sé. Pensaré en ello, te lo prometo, y encontraré una solución.

—    No me estaba quejando, de verdad, Ángela. Yo iré a cualquier sitio que digas con tal de estar juntas, pero… –Ginger se quedó callada, mordisqueando su labio inferior.

—    Lo sé, lo sé. Soy una capulla a veces. Me he acostumbrado a pensar solo en mí. Defecto de vampira –terminó a modo de disculpa.

—    Sería mejor si tener una amiga como antes estaba Ruth –comentó Ginger antes de apurar lo que quedaba de su refresco, sorbiendo ruidosamente por la pajita. –Podría pasar el día con ella y la noche contigo.

—    Ah, la buena de Ruth. ¿Sigue con su casa alquilada a universitarios?

—    Supongo. Hace semanas que no hablamos.

—    Sí, en verdad Ruth era una respuesta apropiada. ¿A quién tenemos más como amiga?

Ginger la miró con una mirada triste, haciéndola comprender.

—    ¿Tantas, eh? –ironizó la vampira. –De mi parte, tampoco es que haya muchas más, últimamente se me mueren todas…

—    Ángela –la tailandesa pronunció su nombre como una llamada de atención.

—    Vale, vale. Serenidad y ánimo ante todo. Tan solo era una idea hacer un viaje. También podemos quedarnos aquí y hacer cosas divertidas, cosas que siempre hemos dejado apartadas para un mejor momento. ¿Podría ser este el momento ideal?

—    Tienes razón –palmoteó Ginger.

Poco después, las dos se encaminaron a casa, disfrutando del paseo. Las cabecitas apoyadas la una en la otra y las manos enfundadas en el bolsillo trasero del pantalón de la compañera. Ni siquiera hablaron, ensimismadas en sus propios planes y anhelos. Un viejo sin techo, de los llamados cartoneros, se las quedó mirando mientras preparaba el nido para pasar la noche, justo en la puerta de una tienda de muebles. Sonrió al verlas así abrazadas.

“Una rubia y otra morena. Lo mejor para pasar la noche calentito”, murmuró con su boca sin dientes.

 

13 de abril de 2014.

Ángela despertó al escuchar el bajo zumbido de su móvil. Lo mantenía siempre en silencio ya que su oído captaba perfectamente la débil vibración. Fuera de la habitación, la tele murmuraba y percibió el crujido de las galletas de jengibre que Ginger mordisqueaba. Miró su teléfono y se encontró con varios mensajes de Mirella.

Aquella madrugada se había decidido a invitarla a cenar la noche del sábado, junto con Ginger, y le envió un mensaje que la catalana no debió de ver hasta despertar. Al entender que no estarían solas en la cena, Mirella se negó primeramente, pero sin duda lo pensó mejor y envió otro mensaje con la aceptación. Tardó otras dos horas en preguntar lo que le rondaba la cabeza:

“¿Tb t acuestas con ella?”

Luego otro lapso de una hora o así y llegó la pertinente disculpa:

“Lo siento, Ange. No suelo pnrme celosa. Ya sé k no hay na serio entre nosotras. Perdóname.”

Como si fuese una posdata, varios minutos más tarde recibió una simple pregunta:

“¿Será wapa al menos?”

A media tarde, otra nota parecía crispada y furiosa:

“¡Podrías cntestar como una persona adulta, joder! No sé a k vienen estos silencios, ni dónde t metes. ¡Seguramente follándote a esa amiga special! ¡No cuentes conmigo para esa noche!”

El último mensaje recibido, segundos antes, revelaba un ánimo mucho más calmado:

“¿Voy yo o pasas a recogerme? No me has dicho dónde vamos a cenar ni si hay k ponerse wapa. Dime algo.”

Ángela sonrió. Mirella era toda una artista de los mini berrinches. Se dijo que la cosa iba bien y le envió otro whatsapp que decía:

“Ponte to lo wapa k puedas k nostras vamos a starlo tb. Toma un taxi hasta el Conservatorio Municipal, en la calle del Bruc para estar allí a las 9’30. ¡Nos lo vamos a pasar genial! XXX.”

Un súbito vahído se apoderó de ella en el instante en que soltaba su móvil sobre uno de los estantes cargado de camisetas dobladas. Se tuvo que apoyar hasta recuperarse. Necesitaba sangre, llevaba días sin tomar, desde que había dejado el gran apartamento.

“Aguanta un poco. Tienes trabajo esta noche y podrás hartarte, Ángela. Contrólate”, se dijo, saliendo de la habitación.

Ginger estaba en su posición preferida, de espalda a la puerta del dormitorio y con las piernas recogidas bajo su trasero enfundado en un pijama sedoso y ocre. Pasó en total silencio hasta el cuarto de baño y orinó. Después, se higienizó rápidamente en el bidé y se lavó los dientes. Cuando Salió del cuarto de baño, Ginger ya la había escuchado y mantenía el ceño fruncido, el mismo con el que se había acostado la noche anterior. Ángela se sentó en el brazo del sofá, al otro extremo del mueble, y miró a su compañera, la cual pretendía seguir viendo algún programa de chorradas televisivas.

—    ¿Aún sigues enfadada porque te dije que quiero que conozcas a Mirella? –preguntó la rubia, con un tono de voz muy bajito, tanto que atrajo inmediatamente la atención de la tailandesa.

Ginger la miró y encogió un hombro para volver su atención a la pantalla.

—    Creía que echabas de menos una amiga, sobre todo para esas horas en que yo estoy en el otro mundo. Eso era Ruth, ¿no? No sé, a lo mejor era algo más y no me he dado cuenta –Ángela bajó la cabeza, dejando que su lacio pelo rubio le cubriera casi el rostro.

El aire contenido que surgió de los labios de Ginger resonó con fuerza, haciendo sonreír a la vampira, pero no por eso levantó la cara.

—    ¡Pero ella no es solo amiga! ¡Te acuestas con Mirella! ¡Tú me lo has dicho! –explotó Ginger, los brazos abrazando una rodilla que levantó al cambiar de postura.

—    Sí, tienes razón… te dije lo que iba a hacer con Mirella y tú lo entendiste –ambas se miraron unos segundos, y entonces, Ángela hizo su jugada. –¿Qué pasó con Ruth, Ginger?

La tailandesa se calló y giró el cuello, ocultando su rostro a los ojos de la vampira.

—    ¿Ginger?

—    ¡Vale, vale! ¡Está bien! Ruth y yo nos acostamos varias veces, ¿contenta? –exclamó la tailandesa, alzando las manos nerviosamente.

Ángela la miró y sonrió, haciendo comprender a su compañera que no estaba disgustada en absoluto.

—    ¿Qué sentiste al hacerlo? ¿Estabas enamorada de ella? –preguntó la rubia, muy suavemente.

—    No, no… era… fue cosa entre amigas, la necesidad de mantenernos juntas y felices por un rato, ¿sabes? Tú no estabas y…

—    Lo sé, tonta –musitó Ángela acercándose hasta su amiga y pasando un brazo sobre sus hombros. –¿Es que no comprendes que Mirella es algo parecido? Nos une el recuerdo de David y la necesidad de cariño. ¿Por qué estás celosa de ella cuando sabes de mis otros líos?

Ginger se encogió de hombros, sin dejar de mirarla a los ojos, y balbuceó algo:

—    Por eso mismo…

—    Explícate, cariño.

—    Porque era novia de David –su voz siguió pareciendo estrangulada pero sonó algo más fuerte. –Es elegante y hermosa… y estaba con tu mejor amigo… no tardarás en irte con ella…

Ángela se quedó unos segundos asumiendo el temor de su amiga y apretó los labios un segundo antes de abrazar a la tailandesa con mucha fuerza.

—    Oh, joder… pero que niña más tonta y adorable eres…

—    Sí… sí –murmuró Ginger, con la boca pegada al pecho de su amiga rubia.

—    Mira, escúchame bien, Huni Go Mei –Ángela utilizó, por primera vez, el nombre completo de Ginger. Entonces, tomándola de los brazos, la separó un tanto de sí misma para mirarla fijamente a los ojos. –Mirella es… una especie de agarradera, un recordatorio que me he impuesto para encauzar mi pensamiento hacia David, algo para mitigar un tanto la rabia que me consume, porque no quiero ser un monstruo cuando estoy contigo… no puedo permitirme eso. ¿Comprendes lo que quiero decir?

—    Sí –susurró la tailandesa, parpadeando varias veces.

—    Mirella es una pija envuelta en una bestial crisis de identidad, una mujer que se debate entre el recuerdo del perdido amor de su vida y su necesidad de seguir con su vida. Tanto su familia como sus amistades la animan a pasar página, pero David era demasiado especial como para olvidarle, así que se aferra a sus recuerdos y a lo único que conoce que él amase: yo –Ginger asintió, sus ojos clavados en los de su amiga. –Ella piensa que es pasión lo que siente por mí, pero tan solo es otro recordatorio de lo que sentía por David, un sucedáneo. La dejo que siga creyendo eso porque me interesa que se mantenga a mi lado, pero no siento nada de eso por ella, más que la normal atracción por una chica guapa.

—    Entonces… ¿vamos a cenar con ella por…?

—    Porque las dos necesitamos una amiga y ella estará dispuesta a serlo en cuanto te conozca, ya verás.

—    ¿Esto es por lo que hablamos en el Ranchito? ¿Qué me quedo sola cuando tú duermes? ¿Es eso?

—    Chica lista –sonrió Ángela, colocando su índice sobre los labios de su amiga.

—    Pero yo no…

—    Ssshhh… –la acalló suavemente. –Quiero que os conozcáis. Cenaremos, charlaremos y ya veremos lo que ocurre, Ginger. Solo deseo eso, cielo.

La tailandesa relajó los hombros y suspiró, sin ser consciente que su mente respondía a la débil subyugación que la saliva de Ángela implantaba en ella cada vez que la mordía.

—    Está bien.

—    ¡Perfecto! –palmoteó la vampira. –Y ahora, por favor, cosita mía… ¿me dejas que te dé un bocadito? Estoy hambrienta…

El vientre de Ginger se acaloró súbitamente al escuchar esas palabras. El pequeño condicionamiento impuesto involuntariamente en su mente activó un sentimiento de lujuria y entrega. Sonrió y alzó los brazos para que Ángela le sacara el pijama por la cabeza para no mancharlo de sangre. Echo esto, se dejó caer hacia atrás, atrayendo a su amiga sobre ella y ofreciéndole su esbelta garganta con todo amor.

Veinte minutos más tarde, tras calmar la fogosidad de Ángela, ambas se estaban duchando entre risitas y salpicones. Ginger parecía totalmente de acuerdo con conocer a Mirella y hasta ansiosa, consecuencia de la reafirmación que la saliva de la vampiresa había reforzado en su mente. Mientras elegían vestuario, Ángela le recordó cuáles serían sus identidades. Ambas debían pasar por estudiantes universitarias, compañeras de piso, y por supuesto, Ginger también había conocido a David como compañero, aunque no le tendrían tan tratado. Ginger asintió, comprendiendo su papel. Mientras elegía ropa se dio cuenta, en el fondo, que todo aquello empezaba a divertirla. Si mantenía bajo control su moralidad y sus sentimientos, hasta se lo pasaría bien.

Tomaron un taxi que las dejó sobre la acera del Conservatorio Municipal de Música de Barcelona a las nueve y veinte. Hacía buena noche, así que esperaron la llegada de Mirella paseando acera abajo y arriba. La gente se estaba recogiendo en sus hogares, invocados por el espíritu vespertino de la cena. Un taxi amarillo y negro se acercó a ellas, deteniéndose. Mirella abrió la puerta trasera y sacó un pie, saludándolas con la mano.

—    Al menos es puntual –susurró Ginger al dirigirse hacia ella.

—    Buenas noches, Ángela –Mirella se puso en pie y la besó en las mejillas de inmediato. –¿Necesitaremos el taxi?

—    No, el restaurante está justo ahí detrás –señaló la rubia. La catalana se inclinó sobre la ventanilla del conductor y abonó su trayecto, despidiéndole. –Creo que os conocéis, por lo menos de vista.

—    Sí, coincidimos en la fiesta de Año Nuevo, ¿cierto? –Mirella entrecerró los ojos.

—    Sí, eso mismo –asintió Ginger.

—    Bien, pues ella es Huni, mi compañera de piso –la presentó oficialmente Ángela.

—    Por favor, llámame Ginger, todo el mundo lo hace.

—    Está bien –Mirella se inclinó y besó las suaves mejillas de la tailandesa. –¿Y bien, dónde vamos a cenar? Espero que no sea una pizzería –preguntó, arrancando risitas.

—    No, vamos a ir a un restaurante en la calle Aragón, El Argentino –dijo Ángela, aferrándose al brazo de la catalana. Ginger lo hizo al otro costado de su compañera.

—    ¿Un argentino? ¡Qué cuco! –exclamó la catalana, batiendo suaves palmas en un ademán totalmente artificial.

Cruzaron la acera y descendieron hasta la siguiente calle paralela que, en efecto, era carrer d’Aragó y giraron a la derecha, descendiendo la calzada. Recorrieron unas ocho manzanas de aquella forma, mientras la catalana les explicaba sus dudas entre ponerse un traje chaqueta para la cena o un vestido de Asunción Bastida que aún no había estrenado. Finalmente, se había decidido por algo más simple y coqueto, en consideración al guardarropa de Ángela. Esta miró a su amiga asiática, como si quisiese comunicarle mentalmente la razón que tenía para llamarla pija. Ginger sonrió, comprendiéndola perfectamente.

Enclavado en un edificio de principios del siglo XX, que hacía esquina con un parquecito, El Argentino se ofrecía gracias a sus dos cristaleras que dotaban de luz natural al local. Una de ellas era la puerta de entrada, flanqueada por macetas colgadas y el atril de los menús; la otra estaba resguardada por dos altos taburetes y un tonel mediano que hacía de mesa, todo expuesto en el exterior del cristal. Entre la ristra de macetas colgantes, se podía ver parte del mostrador a través del grueso vidrio. Las chicas entraron, siendo rápidamente atendidas por uno de los camareros que parecía pretender el puesto de maître.

Ángela había reservado mesa, así que fueron conducidas hasta ella, justo contra un muro repleto de fotografías de personalidades argentinas de la política, del arte y del fútbol, la mayoría en blanco y negro. Mirella echó un vistazo al alargado salón de colores claros y lámparas colgantes parecidas a micrófonos, a la par que se quitaba el abrigo.

—    Bonito –se pronunció, alabando el gusto de decorar las mesas con sillas de color oscuro y otras blancas, realizando así un damero –, pero tienen vacas colgando del techo –señaló con un dedo la silueta recortada de un de estos animales que colgaba como una antiguo cartel de posada.

Ángela la chistó para que se sentara de una vez y no llamara más la atención de los clientes que estaban cenando. El comedor estaba medio lleno y de sus conversaciones ascendía un conglomerado de acentos característicos que le decían a la vampira que la mayoría de ellos eran oriundos del país de la pampa. Ginger se rió por lo bajo, empezando a comprender el carácter de la catalana.

Pidieron vino de la Ribera del Duero, algunas empanadas y un chorizo a la criolla para trocear y compartir.

—    ¿Cómo te ha dado por elegir este sitio? –preguntó Mirella a su rubia amiga.

—    Bueno, sé que te gusta la carne y a Ginger también, así que…

—    Hace mucho tiempo que no vengo a un argentino. El hecho es que siempre estuve a punto de traer a David. Él si que enloquecía con la carne.

—    Ya te digo.

—    Pero siempre había otro plan, otra idea más inmediata y lo fui dejando –el tono de Mirella se fue convirtiendo en un murmullo.

—    ¿Te he dicho ya que Ginger también conoció a David? –Ángela intentó cambiar el repunte de tristeza.

—    Oh, sí, sí lo hiciste. En clase, ¿no? –le preguntó a la asiática.

—    Sí, curso de Historia de España –puntualizó Ginger, recordando todo lo que había hablado con Ángela.

El camarero trajo el vino que fue rápidamente descorchado y servido. Ángela propuso un brindis en memoria de David y las tres apuraron las copas. Un par de minutos después, llegaron los primeros platos y Ginger se ofreció a trocear las humeantes empanadas.

—    ¿Lleváis viviendo juntas mucho tiempo? –preguntó Mirella. No sabía nada de sus vidas como bailarinas, creyéndolas estudiantes. Ángela le había dicho que compartían piso en el Barrio Gótico.

—    Casi un año –asintió Ginger.

—    Vaya. ¿Os conocisteis en clase?

—    Bueno, algo así –intercedió Ángela. –Yo vine de Castellón para ingresar en el Politécnico de Cataluña pero la beca se me quedaba algo corta, así que tenía que buscar algo que compartir, ya sabes. El mejor sitio para encontrar este tipo de ofertas es en las bibliotecas universitarias y allí nos conocimos. Ginger estaba colgando su apartamento en el tablón de anuncios. Enseguida congeniamos…

—    Sí, sí, ella muy simpática desde primer día –aseguró Ginger, alucinada por la facilidad con la que Ángela inventaba mentiras.

—    ¿Y tú Ginger? ¿Has venido a estudiar a Barcelona desde China? –se interesó Mirella.

—    Tailandia, soy de Tailandia.

—    Ah, perdona.

—    Si, también beca hace tres años, pero ya agotada. Ahora trabajo y estudio.

—    ¿Ah, sí? Eso debes de ser bastante duro. ¿En qué trabajas?

Ginger abrió la boca y la cerró. Miró a Ángela en busca de ayuda. La rubia intervino con decisión.

—    Veras, a Ginger no le gusta hablar demasiado de su faceta de currante –Ángela pasó una de manos sobre los hombros de la asiática, ya que se sentaban juntas en una de las caras de la mesa. –Cuando la beca se terminó, tuvo que escoger algo que diera dinero suficiente para mantenerse en España y que, encima, le dejara tiempo para seguir estudiante. Las ofertas que abarcaran esto no eran muy numerosas.

—    ¿No me digas que te metiste en la prostitución? –se asombró Mirella, mirando a la asiática quien negó rápidamente.

—    No, no tan profundo, pero Ginger baila en el club donde pasamos el Año Nuevo: La Gata Negra.

—    ¿Strip tease? –Mirella se llevó la mano a la boca al dejar escapar la palabra en un tono más alto.

—    Sí, yo bailo para hombres –afirmó Ginger, echando una mirada de reojo a su compañera, la cual se encogió de hombros como diciéndole que de esa forma todo era más sencillo.

—    ¡Dios! ¡Qué interesante! Así que vives con una stripper…

—    Pues sí –asintió vehementemente Ángela.

—    Y tendrás muchas historias jugosas que contarle, ¿no? –Mirella se inclinó para pinchar un trozo de empanada y se quedó con ella en el tenedor, esperando la contestación de Ginger.

—    Bueno, hay algunas, sí. Cosas de clientes, de otras chicas, de novios…

—    No sé muy bien cómo funciona ese mundillo. ¿Los clientes pueden tocarte?

—    No, solo nosotras tocamos. Clientes solo miran.

—    Claro, claro –finalmente, Mirella se llevó el trozo de empanadilla a la boca.

—    He visto bailar varias veces a Ginger y es buenísima. Tiene un cuerpo maravilloso y mucho arte –la piropeó Ángela, haciéndola sonreír.

—    ¿Os digo un secreto? –dejó caer Mirella tras beber un sorbo de vino. –Cuando era más jovencita, solía bailar en mi habitación ante el espejo grande de mi armario. Me movía todo lo sensual que era capaz y llegué a desnudarme en ocasiones. Imaginaba ser una bailarina de puticlub…

—    ¿Eso te excitaba? –preguntó Ángela, interesada.

—    A veces, pero era más bien una fase de rebeldía contra las normas cívicas impuestas en casa por mis padres.

Ángela asintió y se dedicó a perseguir un trozo de chorizo en su salsa.

—    Yo sí me excito cuando bailo –Ángela no esperaba esta afirmación de Ginger y estuvo a punto de atragantarse.

—    ¿Con esos tíos guarros? –se asombró Mirella.

—    No con todos, pero algunos son… especiales –casi susurró la tailandesa.

—    ¿A qué te refieres? –preguntó esta vez Ángela.

—    No siempre hay hombres maduros en el club, también vienen universitarios, jóvenes trabajadores. Es fácil descubrir quienes no están acostumbrados a ver mujeres desnudarse ante ellos. Sus ojos están asombrados, no se entrecierran como viciosos, sabes. Ellos me excitan, pienso que soy yo quien los pervierte.

—    No lo sabía –murmuró Ángela, mirándola. Ginger se encogió de hombros.

—    ¿Has llegado a… ejem… tener un orgasmo con esos clientes? –Mirella titubeó un tanto hasta decirlo.

—    Solo con uno, el Sr. Lolo.

—    ¿Señor Lolo? –la pregunta brotó tanto de los labios de la catalana como los de Ángela.

—    Sr. Lolo es un hombre muy especial. Está casado y cuando aparece por club, viene con esposa.

—    ¿Lleva su esposa al club? –se asombró Mirella.

—    Él disfruta eligiendo bailarina para que se siente con su esposa y la acaricie. Él se sienta enfrente y mira cómo mujeres se besan y meten mano. Esposa muy guapa y muy lanzada, muchas de nosotras gusta de ser elegidas.

—    La Virgen… –susurró Mirella, atenta a la historia.

—    Sr. Lolo no toca las chicas nunca, él solo mira y sonríe. Siempre usan reservado cerrado para eso y, al final, se acerca a esposa para que ella le haga una paja o se la chupe para correrse, justo después de que esposa y bailarina ya tengan orgasmos –detalló Ginger. Ángela sabía perfectamente que era totalmente cierto lo que la asiática estaba contando.

—    ¿Y tú has estado con ellos? –Mirella casi paladeó la pregunta.

—    Sí.

—    ¡Joder!

—    Nunca me habías contado esa historia –musitó Ángela mirando a Ginger fijamente, quien se encogió de hombros.

—    La esposa es muy guapa –retomó la tailandesa –y también… mandona…

—    Autoritaria –la ayudó Ángela, con el ceño algo fruncido.

—    Sí. Ella controla todo aunque parezca que es el marido quien manda. Él es… como se dice… “lamb”…

—    Borrego –tradujo Mirella, encandilada con la historia.

—    Eso. Él es un borrego, una tapadera. El vicio es de la señora que gusta de meter dedos en coños de bailarinas y hacerlas correrse bajo su control. A mí me lo hizo dos veces hasta ponerme de rodillas entre sus piernas y lamer.

—    ¿Y después te paga?

—    Sí, claro –parpadeó Ginger, sorprendida.

—    ¡Menuda zorra! –exclamó la catalana, seguido de una carcajada. –Seguro que habrás conocido personajes estrafalarios en ese club.

—    Oh, sí, pero también hay gente buena, sobre todo entre compañeros de trabajo.

Ángela sonrió al pensar en Domingo y su dicción llena de pedantería. Cuando miró a los ojos de Mirella, pudo reconocer la excitación en ellos. La catalana tenía sus propios demonios internos, seguramente. Justo en aquel momento, llegaron los platos principales. Una fuente con entraña a las brasas le fue puesta ante Ginger y un enorme entrecot a compartir para Mirella y Ángela, junto con otra fuente de patatas paja y judías tostadas.

—    ¡Woah! Creo que esto va a necesitar otra botella de vino –exclamó Mirella, hablándole al camarero.

—    ¡Al ataque! –soltó Ángela con una carcajada.

Hubo una especie de tregua silenciosa a partir de entonces, en la que se dedicaron a trinchar, masticar, saborear, deglutir, y finalmente rebañar, hasta que aquellos deliciosos trozos asados de carne roja desaparecieron casi completamente. Las chicas brindaron un par de veces al final, más que nada para verle el culo a la nueva botella.

—    Así que te van las chicas, ¿no, Ginger? –Mirella hizo más una aseveración que una pregunta.

—    Aún no lo sé –contestó tras una risita. –He tenido novio antes de venir a España. He tonteado con chicos en la uni, pero desde que empecé en el club, las relaciones que he tenido han sido con chicas. No sé a cual prefiero más.

Ángela sonrió al comprobar cuanto parecía estar gustándole el juego de mentiras a la asiática; la veía cada vez más segura. Por otro lado, los ocultos vínculos que había sembrado en la mente de ambas chicas, cuando se alimentaba de ellas, habían conectado sin duda.

—    Sí, te entiendo. A mí me pasa lo mismo –dijo Mirella, mirando a los ojos de la vampira.

—    ¿Postre, señoritas? –preguntó el camarero, acercándose. –Tenemos un delicioso panqueque de manzana o dulce de leche, el tiramisú artesanal del chef, o bien, alguna tarta casera…

—    Para mí solo café y un Bailey con hielo –le cortó Ángela y las demás estuvieron de acuerdo con esa elección.

—    Me alegra haber aceptado venir –murmuró Mirella –y haberte conocido, querida –esta vez se dirigió a Ginger.

—    Yo también –sonrió la asiática.

—    Entonces tenemos que repetir esto de nuevo pronto –zanjó la cuestión Ángela.

—    ¿Una salida a bailar? Oh, lo siento, Ginger. A lo mejor tú no puedes –Mirella se disculpó con la mirada.

—    No pasa nada. Me he quedado sin trabajo hace poco –se encogió de hombros Ginger, dándole un pellizco a Ángela en la pierna. –Por mí está bien.

—    Vale, pues entonces para la semana que viene –la rubia empezó a hacer planes en su mente para añadir un suave influjo en sus dos amigas cuando se alimentara de ellas. Estaba muy satisfecha de cómo había acabado la velada y solo tendría que darles un empujoncito para que su nueva amistad se convirtiera en algo más íntimo.

* * * * * * * * * * * *

16 de abril de 2014.

Julián Osorve echó el cierre metálico de su carnicería cuando el último de sus empleados se marchó. Suspiró, contemplando el suelo fregado a la suave luz que provenía de la trastienda. Le gustaba quedarse a solas un rato en “su dominio”, lejos de empleados, clientes, y, sobre todo, de su esposa. Allí, a solas en el cerrado negocio, podía ser él mismo. No lo hacía todos los días, pero sí un par de veces por semana, a principios de ella y a finales.

Entró en la trastienda, olisqueando el aromático efluvio a pino del quitagrasas industrial que usaban para limpiar las máquinas y la zona de despiece, y se dirigió a su pequeño despacho. Con satisfacción, dejó caer su orondo cuerpo sobre el curtido sillón tras el pequeño escritorio, el cual crujió lastimosamente. De uno de los cajones, sacó una pitillera plateada –un regalo de su esposa por su cumpleaños quince años atrás— en la que guardaba varios cigarrillos de manufactura india que solía comprar en el mercadillo dominical en Sant Antoni. Encenderse un prohibido pitillo en su despacho era casi un ritual para él, una forma casi infantil de rebeldía hacia la normativa de higiene y, sobre todo, para mantener en secreto uno de sus vicios. Su mujer llevaba diez años creyendo que había dejado de fumar.

De otro cajón, extrajo la carpeta de facturas que debía atender al final de la semana. Se quedó mirando una nota de su gestor que le recordaba el pronto pago de la Seguridad Social de sus empleados. En la corta lista, el último nombre le hizo sonreír. Era el del chico que había contratado para sustituir al monstruo de su sobrino. Su mente se sumió inmediatamente en un recuerdo del entierro de David. Durante todo el tiempo que estuvo en el interior de la iglesia donde se le dio el último responso, Julián tuvo que controlarse para no sonreír. Escuchaba los lamentos de su cuñada, los suspiros de su esposa, los murmullos de conocidos y vecinos sobre aquel fatal accidente en las montañas francesas y se reía a carcajadas en su fuero interno.

Aunque no sabía de qué manera había muerto su sobrino, como buen Hermano de la Sociedad había sido puesto en conocimiento que su familiar había sido ejecutado por la logia, y eso le hacía sumamente feliz. Aunque David dejó de trabajar en la carnicería por voluntad propia para seguir estudiando, Julián no podía soportar verle en los ineludibles encuentros familiares, sabiendo que era una criatura demoníaca. A menudo se preguntaba qué pecados habían cometido sus padres para haber engendrado un monstruo así.

Pero el Obispo Salomón había cumplido la promesa que un día le hizo, la Sociedad Van Helsing se había ocupado de su sobrino y él había asistido a su funeral con gran placer.

El chirrido del cierre metálico al alzarse le hizo sobresaltarse. Soltando un fuerte reniego, apagó el cigarrillo en el cenicero de su mesa, y se puso en pie. Estaba seguro que había cerrado el candado del cierre, así que alguien estaba intentando entrar con malas intenciones. Echó mano a su teléfono móvil y marcó el 112 pero su pulgar no pulsó la tecla para enviar la llamada. Esperó, con los oídos atentos, a escuchar la evidencia que le indicara que quien sea había entrado en la tienda. Todo estaba en silencio y solo oía los acelerados latidos de su propio corazón. Pasaron los minutos sin que escuchara nada más. Ya no estaba seguro de si el cierre se había subido o solamente algo lo había golpeado. Decidió subir a comprobarlo.

Julián era un tipo robusto, acostumbrando a manejar grandes pesos, a descuartizar y descarnar reses toda su vida, y no era ningún cobarde. Así que atrapó un afilado trinchante al pasar por delante de la gran mesa de despiece y salió a la penumbrosa tienda. Le tranquilizó ver que el cierre metálico estaba bajado y cuando se acercó más, comprobó que el candado seguía cerrado. No había nada delante de la puerta que explicara el ruido que escuchó antes, pero seguía estando seguro de ello.

Dejó escapar el aliento que contenía y bajó el trinchante, abandonando la postura defensiva que seguía manteniendo. Quizás había sido uno de esos perros que se acercaban al contenedor, pensó al girarse. Entonces, la adrenalina activó su bajo vientre, amenazando con hacerle perder el control de su esfínter.

¡La ventana! La fachada principal de la carnicería presentaba, además de la puerta, un mediano escaparate donde se exponían sus mejores salchichones, jamones, y productos envasados, pero, en la otra fachada menor, que se abría al callejón posterior, había otra ventana. Una ventana que no se utilizaba más que para dejar entrar el sol de la tarde en invierno. Poseía un pequeño cierre metálico que apenas se había abierto en diez años. Ahora, el cierre estaba doblado en una de sus esquinas, como una vieja lata de sardinas abierta, mostrando un hueco por el que alguien podía deslizarse perfectamente y la ventana estaba abierta de par en par.

Con el semblante lívido, volvió a teclear el número de emergencia en el móvil que no había abandonado su mano en momento alguno, pero sus dedos temblaban tanto que tuvo que meter el trinchante bajo su axila izquierda para tomar el teléfono con una mano y marcar con la otra.

—Deja que te ayude con eso – dijo una suave voz detrás de él, al mismo tiempo que le arrebataban hábilmente el teléfono de las manos.

Julián se giró prestamente, aferrando el trinchante en su mano derecha alzada. Una gutural amenaza se quedó trabada en su garganta al ver, con asombro, a la jovencita rubia que tenía delante. No parecía una amenaza ni llevaba armas en sus manos, las dos enlazadas sobre la parte delantera de sus tejanos. Le miraba tranquilamente, con unos desarmadores ojos celestes bajo las finas cejas rubias.

— ¿Quién coño eres tú? – la pregunta surgió como un disparo de los labios de Julián.

—Eso no importa, tío Julián. Tenemos que hablar… seriamente. ¿Qué tal si pasamos atrás? Creo que tenías un despacho allí, ¿no?

Ángela echó a andar hacia la trastienda sin esperar permiso ni asentimiento del hombre, quién no pudo dejar de barbotar unas inacabadas preguntas en voz baja. Julián caminó tras ella, preguntándose quién podía ser y qué quería de él aquella niña. La pregunta que empezó a martillear su sorprendida mente mientras le indicaba hacia donde quedaba su despacho, reemplazó las primeras. ¿Cómo una frágil criatura como aquella había doblado el cierre metálico? Ni siquiera llevando una palanca lo habría conseguido. ¿Había más cómplices con ella? ¿Lo estaba engatusando mientras otros desvalijaban la carnicería? La jovencita irradiaba aplomo y una firme confianza en sus actos quizás debido a que no estaba sola, pero, por otro lado, poco había que robar en la tienda, salvo unos embutidos y unos jamones. Nunca tenía dinero allí.

—A ver, ¿por qué te has colado en mi carnicería, niña? ¿Qué quieres? – gruñó Julián, sentándose en su sillón y soltando el trinchante sobre el escritorio con un ruido seco. Ni siquiera le ofreció la silla del otro lado para que se sentara.

—Verás, tío Julián… ¿te puedo llamar así? Es que David te llamaba de esa forma cuando me hablaba de ti, ¿sabes?

Julián alzó sus hirsutas cejas al escuchar el nombre de su sobrino. Una bocanada de bilis subió hasta su esófago.

— ¿David? – musitó, tragando.

—Sí, era mi mejor amigo y no teníamos secretos entre nosotros – cabeceó Ángela, apoyando sus nalgas sobre el escritorio. –Su muerte me dejó un tanto idiotizada… ver su cuerpo agujereado por tantas balas… no sé… fue como si mi cerebro se cerrara en banda y no pudiese pensar en otra cosa más que en su muerte, en el hecho que ya no se encontraba en este mundo. Había perdido su sonrisa, sus chistes, sus preguntas…

— ¿Has dicho balas? –Julián se lamió los labios que se habían secado casi por ensalmo. – Fue un accidente de escalada…

—Sí, esa es la excusa oficial, pero yo estuve a su lado en el ataque al campamento de la Sociedad Van Helsing. Toda una elaborada emboscada en nuestro honor –Ángela sonrió con tristeza. –No me digas que no sabías nada, tío Julián.

El hombre sacudió la cabeza en una insegura negación, pero en sus ojos apareció el miedo a lo desconocido. Aquella niña había reconocido un ataque a la logia junto con su sobrino… ¿Quién era? Mejor dicho: ¿Qué coño era?

—David era aún un niño, a pesar de su apariencia. Estaba descubriendo cómo reaccionaba su cuerpo, controlando las reacciones que le asaltaban con los diversos cambios, empezaba a experimentar el amor… era todavía ingenuo, pero de ninguna manera tonto…

—No sé a qué te refieres, niña, ni por qué has entrado en mi tienda, pero será mejor que…

—Será mejor que te calles, comadreja – casi silbó Ángela con odio. – David nunca estuvo seguro de dónde procedió el ataque de la Sociedad, pero, días después, me contó que te escuchó hablar por teléfono en este mismo despacho. Él estaría allí, liado con la carne – señaló Ángela la gran mesa a su espalda. – David era un lobo feroz, ¿sabes? Un licántropo, un cambia pieles. Sus sentidos estaban muy desarrollados por el reciente Cambio. Para él era completamente normal poder escuchar una conversación desde allí, incluidas las palabras de tu interlocutor.

La tez del hombre se volvió aún más blanca cuando la comprensión que trajo aquellas palabras penetró en su mente. ¡Su sobrino era un maldito hombre lobo, como los que salían en las películas de su adolescencia, y había escuchado su conversación con el Obispo Salomón!

—Pero, hasta ahora, estaba demasiado bloqueada por el dolor de su pérdida para recordar este detalle. No ha sido hasta hace un par de horas que el dato regresó a mi coco, con todo lo que implica…

—Yo… yo…

—Podría torturarte para sacarte lo que quiero, de hecho, estoy deseando hacerlo, pero ese placer puede traer consecuencias como matarte demasiado pronto o pasar ciertos datos por alto. No puedo arriesgarme a eso porque eres mi única pista por el momento.

El terror que se apoderó del alma del carnicero le hizo enloquecer. Su mano aferró el trinchante y, con un grito de locura, saltó como un resorte para acuchillar a la vampiresa. Con suave elegancia, Ángela dio un paso atrás y esquivó la cuchilla echando la cabeza y el cuerpo un poco hacia atrás. El trinchante se clavó con fuerza en la madera del escritorio y, justo entonces, la aparente delicada mano de Ángela apretó el grueso cuello masculino con la fuerza de un rudo dogal de esparto. Julián, con el resuello cortado, fue empujado sobre su sillón, como si se tratase de un gordo peluche maltratado. Se encontró con los ojos de la chica frente a los suyos, las narices casi tocándose. El celeste de las pupilas se había desvaído hasta convertirse en un sucio gris que le transmitió la frialdad de otro mundo. Tuvo la certeza que su vida había llegado a su fin.

La chiquilla rubia se espatarró sobre él, pegándose como una lapa a su cuerpo, impidiendo que pudiera mover brazos ni despegar la espalda del asiento. Le seguía mirando fijamente y sus labios se retrajeron, iniciando una sonrisa que se fue volviendo más y más fiera al mostrar sus dientes. Con los ojos desorbitados, Julián observó el crecimiento de sus blancos caninos, que se convirtieron en unos colmillos estilizados y puntiagudos, ominosos en su significado. Trató de gritar y agitarse pero no sirvió de nada. Sintió la fuerte mordedura en su cuello, el gruñido impaciente de la criatura al recostarse sobre él, el diabólico sonido de la succión, y el regusto metálico de la sangre en su propia boca.

— ¡Joder, tío Julián, qué sangre más rica tienes, cabrón! ¡Como se nota que te hartas de carne! – susurró Ángela al separarse de la herida, la cual no se dignó a cerrar. – ¡Dulce Satán, cómo hace hervir mi sangre!

Ángela se puso en pie, entre jadeos, y contempló el cuerpo desmadejado de Julián sobre el sillón de cuero. La camisa se le había subido, mostrando una barriga peluda y redonda como la de una preñada de seis meses.

—Oh, por la santa Trinidad del Infierno, te odio cantidad, carnicero, pero estoy ardiendo literalmente –le espetó ella, al mismo tiempo que se desembarazaba de los tejanos a tirones.

La visión de aquellas esbeltas piernas desnudas, y, justo después de que ella bajase las braguitas por ellas, del pubis inmaculado frente a él, hizo olvidarse de toda preocupación al aterrorizado Julián. Nunca había sido un hombre demasiado erótico, ni dado a desenfrenos carnales. Siempre le había bastado con su esposa o con algún buceo mensual en las páginas porno de costumbre para satisfacer su libido, pero, en aquel momento, su propia alma clamaba por acariciar aquella piel de ensueño. Si en ese instante, el propio Jesucristo hubiese aparecido, reclamándole su pureza, él mismo le habría crucificado de nuevo por interrumpirle.

Con una sonrisa alelada, se despojó del amplio pantalón que solía llevar en el trabajo, mientras miraba como la niña se despojaba de la corta camiseta, revelando que no llevaba nada más debajo. Los pezones aparecieron encrespados y duros, tan rosados y apetitosos que sin duda estarían prohibidos por Dios. La erección del carnicero alcanzó el grado máximo, más allá de cualquier otra erección que hubiera tenido en su vida. Su miembro lucía circuncidado, de grueso glande morado y tallo aún más dilatado. No era largo, pero si anormalmente ancho. De hecho, Julián sentía complejo de su pene desde que una prostituta se quejó de él en su juventud. Le costó lo suyo acostumbrar a su esposa a su tamaño y realmente no estaba seguro si ella había disfrutado en alguna ocasión, ni le importaba.

—Me vas a follar como no lo has hecho a nadie en tu vida, ¿verdad, tío Julián? –musitó Ángela subiéndose a horcajadas sobre el regazo masculino. –Duro y rápido, volcando muchas cochinadas en mi oído. Necesito correrme de inmediato, beato de mierda… unas pocas veces si es posible.

Ángela pasó sus manos bajo su cuerpo, buscando la tranca que había entrevisto hasta aferrarla con dedos ansiosos. Hizo un sonido procaz con la lengua al comprobar la tersura y el tamaño de tal émbolo y cabalgó sobre él de inmediato. A pesar de la evidente humedad de su vagina, el pene no entró a la primera, y se frotó contra él con desesperación, sintiendo como pulsaba sobre su clítoris, volviéndola frenética. Con el segundo intento, lamió la gruesa nariz del carnicero al mismo tiempo que su vulva engullía el grueso salchichón con voracidad.

— ¡Toda dentro! –gruñó Julián al dar un caderazo que incrustó el grueso manubrio en el interior de la vampiresa.

Ángela le echó los brazos al cuello, pegando su mejilla a la frente del hombre y dejando escapar un hilo de saliva de su entreabierta boca que acabó deslizándose por la órbita ocular del carnicero, como si se tratase de una erótica lágrima. Se alzó sobre sus muslos, desencajando el miembro masculino con un débil sonido de succión que la hizo sonreír. Se dejó caer de nuevo, gozando de los inciertos bultos que salpicaban el falo y se imaginó que eran feas y gordas verrugas, con lo cual aumentó su loco placer.

Julián, aún perdido en su delirio sexual provocado por la mordedura, llegaba a asombrarse de la forma en que aquella niña lo estaba montando, disfrutando de él como si fuese un enorme muñeco masturbatorio que le hubieran traído de una extraña feria.

— ¡Más adentro, cabrón! ¡Méteme ese obús hasta el útero, jodido Van Helsing! – susurraba Ángela con un hilo de voz.

Julián solo podía jadear y musitar un ahogado asentimiento mientras forzaba su embate. Notaba su pene hundirse en una hendidura tan caliente que casi le escaldaba pero ese convulso dolor le permitía controlarse. Sus manos aferraban con fuerza los divinos glúteos que parecían derretirse bajo la presión de sus dedos. El desnudo cuerpo de la chiquilla despedía tanto calor que estaba sudando como un cerdo, pero aún así, lamía los delicados hombros de Ángela cuando tenía ocasión. Los espasmos de la pelvis femenina le tomaron por sorpresa cuando empezó a saltar sobre él como una poseída.

—Aaaah… tío Julián… me c-corro… toda… que bien… lo hasss hessho…–dejó escapar la chiquilla en un balbuceo, alzándose lo que pudo y colocando sus pechitos sobre la cabeza del carnicero.

El hombre intentó alcanzar su propio placer pero una manita descendió raudamente para atrapar como una tenaza la pulsante polla, deteniendo su ritmo y roce. Julián se quedó quieto, jadeando y mirando la fresca boquita juvenil, pintada de rosa, que le dijo:

—Aún no, mi mantecoso gañán… esa polla gorda tiene que llenarme bien el culito.

—Sí… sí… a ver el culito – respondió el carnicero con un tartamudeo que le hacía parecer más idiota aún.

Ángela dejó que las rudas manos del hombre la giraran sobre su regazo, quedando con la espalda apoyada contra la oronda barriga masculina. Sus piernas se apoyaron en el suelo mientras frotaba las nalgas cobre el enhiesto pene. Julián le indicó con una presión de sus manos que se pusiera en pie y esas mismas manos se atarearon en abrir su esfínter utilizando para ello la propia emisión de fluidos que había soltado al correrse. Los gruesos dedos del hombre se colaban en su dilatado ano con fluidez pero sin demasiada experiencia. Ángela, de puntillas sobre sus deportivas, se sostenía con una mano en la nuca del carnicero, su cuerpo echado hacia delante, la lengua asomada entre sus dientes, silbando por lo que la feroz caricia anal le hacía sentir.

—Ahora… ahora… métemela ya…

Fue un auténtico aullido el que exhaló Ángela cuando Julián traspasó su ano sin más miramiento. La rubia se aferró a los antebrazos del carnicero que cruzaban sobre su vientre, los ojos cerrados, la boca abierta en un silencioso grito que clamaba en su interior. El dolor apagaba sus llamas mucho más rápido que el placer pero no siempre podía disponer de él o estaba dispuesta a sufrirlo.

Levantó sus manos, llevándolas hacia atrás, atrapando la cabeza peluda del carnicero. Su espalda se pegó aún más al cuerpo masculino y subió sus pies calzados hasta posicionarlos sobre las rodillas del hombre, totalmente abierta. Puso su esbelto cuello al alcance de los labios de Julián, quien no dudó en besuquear y lamer a conciencia la suave piel, todo sin dejar de enfundar en lentos vaivenes su grueso pene entre las prietas nalgas.

—Jamás había follado así – musitó el hombre, entre lametones.

— ¿Nunca habías tenido una niña como yo entre los brazos? –preguntó ella con toda malicia.

—No… esto debe de ser pecado, seguro…

—Seguro –dijo Ángela con una risita –y por eso mismo, me vas a decir algo…

Ángela se puso en cuclillas sobre las piernas del carnicero, tomando su propio ritmo de enculada y dejando al hombre quieto sobre el sillón.

— ¿Cómo te pones en contacto con la logia, Julián?

—En el cajón… derecho del escritorio… está el número del Obispo…

— ¿Dónde puedo encontrarle?

La pregunta fue dicha entre dientes. Ángela tenía los ojos cerrados y las aletas de su pequeña nariz palpitaban con vida propia, a punto de experimentar un nuevo orgasmo. Se refrenó para poder entender la respuesta.

—Solo he estado una vez…

— ¿Dónde?

—En el monasterio de Sant Pau del Camp… en el sótano del claustro…ooh, dios mío… necesito cor-correrme…

Hazlo, mamón… hazlo en mi culito de demonio… córrete yaaa…

Aquellas palabras sirvieron de detonante para el carnicero que, con un largo quejido, se dejó ir en aquel estrecho túnel caliente y sedoso. Ángela se estremeció con fuerza al sentir el esperma deslizarse en su tripa y se sumergió en su tercer orgasmo con una sonrisa.

Julián no había aún recuperado su ritmo respiratorio cuando Ángela ya se había puesto en pie y le obligaba a hacer lo mismo. Le hizo darle el número de teléfono del Obispo Salomón, un nombre demasiado opulento, pensó ella. Después de eso, le posó varias preguntas sobre la gente de la logia que había allí, en aquel pequeño monasterio ubicado en El Raval. El carnicero no pudo contestar a ninguna de ellas. No sabía su número, ni su disposición, ni siquiera si tenían sistema de alarma o contraseñas.

Solo entonces, le condujo, ambos desnudos, goteando sudor y esperma, hasta la sala de despiece. Le dejó con los brazos abiertos entre ganchos que colgaban de recias cadenas desde las vigas metálicas, mientras le explicaba que pensaba colgarle como a un cerdo sacrificado, en memoria de David, su sobrino.

Julián solo pudo llorar calladamente mientras la chiquilla que se había convertido en su diosa le clavaba dos ganchos, uno en cada axila, y lo izaba con fuerza inaudita hasta dejarle colgando, aferrado a un sordo mundo de dolor que le llevaba lentamente a la muerte, gota a gota de su sangre perdida.

 

(CONTINUARA)

Un comentario sobre “Ángel de la noche (24)

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s