JANIS MULLIGAN

 

La casa madre

8 de abril de 2014.

Las alturas siempre habían ayudado al cerebro de Ángela a pensar. Por eso mismo, se encontraba sentada sobre una de las gárgolas de la catedral gótica de Santa Eulalia, alejada de los focos de su fachada. Balanceaba los pies en el vacío, siguiendo el ritmo que marcaban las dos guitarras y los timbales de los chicos reunidos y sentados en los escalones de la plaza, y que tenían todas las pintas de ser nuevos hippies con padres ricos.

La vampira se debatía entre hacer lo correcto o lo conveniente. Todo se había vuelto caótico desde el regreso de Francia. En primer lugar, se encontraba sola. Dumbala, tras dormir la primera noche en el apartamento, se trasladó a la Casa Madre del clan por requerimiento del Comandante, sin más explicaciones. El apartamento se convirtió en un inmenso mausoleo para la vampira. Segundo, todas las actividades, entrenamientos, y obligaciones que conllevaba pertenecer a la Brigada se habían suspendido por el momento. Los heridos fueron ingresados en la clínica De Santiago, pero ella tan solo necesitó una cura ambulatoria de sus heridas para sacarle la metralla bajo la piel – la bala había entrado y salido – y luego fue enviada a casa.

Raquel, por su parte, sí requirió una larga operación para extraer la bala de su espalda. La cosa no pintaba nada bien. La médula espinal fue sido seccionada al paso del proyectil así como dos vértebras quedaron destruidas. Raquel no podía mover las piernas ni tenía sensibilidad en ellas. Había cierta esperanza que sus genes adanitas sanaran los daños con el tiempo, pero nadie podía asegurarlo ni saber cuántos meses o años requeriría. Visitarla tras la operación fue duro para todos, tanto Raquel como Ángela lloraron, abrazadas la una a la otra, y también fue muy emotivo el agradecimiento que Barbie demostró a Dumbala por salvarla. El médico aconsejó a Raquel que fuera enviada a una de las casas de reposo del clan, en el sur del país, donde podría seguir un excelente programa de rehabilitación que le permitiría avanzar mucho mejor en su sanación. En un principio, Raquel no quería pero entre Ángela y Dumbala la convencieron que era lo mejor que podía hacer. Podría recuperar sus piernas y volver a caminar, así que nada de llantos y penas.

Tercero, lo peor fueron los entierros de sus compañeros. El clan Tutatis consiguió simular todas aquellas muertes con diversos accidentes, unos de tráfico, otros como un fatal accidente de escalada en los Alpes. Ángela ni siquiera consiguió imaginar cuanta gente tuvo que sobornar el clan para que todos aquellos cadáveres pasaran una autopsia que, en sí, fue toda una reconstrucción de sus heridas para dejarles presentables para sus familiares. Las autoridades pertinentes comunicaron los fallecimientos a sus familiares y todo siguió su curso, salvo para los más allegados. A diferencia de otros padres, los de David no pertenecían a la Casta y no sabían nada de ella, por lo que el entierro se celebró aquella misma mañana, a plena luz del día, impidiendo así que Ángela pudiera asistir, lo que la reconcomía fuertemente. Sus uñas arañaron la piedra de la gárgola en forma de unicornio con enfado. Para colmo, había recibido varios mensajes y llamadas de Mirella, con verdaderos tintes desesperados, a los que no había aún contestado.

El dolor de la catalana debía ser el mismo que sentía la vampira, o incluso mayor. La pareja realmente se quería y se había quebrado de la peor forma posible. Ángela sentía un sordo dolor que le roía las entrañas y formaba un nudo de congoja en su garganta cada vez que rememoraba alguna escena vivida junto a David. Mirella necesitaba consuelo y se obsesionaba en que solo ella podía dárselo. Y en esa disyuntiva se encontraba en aquel momento. Lo correcto era, sin duda, consolar a Mirella, y lo conveniente para ella en aquel momento era buscar a Ginger y olvidar todo lo que le hacía daño.

Pero aún había más cosas en la mente de la vampira, otros detalles que la confundían y frenaban. Por una parte estaba su puesto como Guerrero. Aunque vencedora, la Brigada había quedado diezmada y debía rehacerse desde las cenizas, según el Comandante Araña. Tras los funerales programados a los que debía estar presente el Comandante, Ángela sería invitada a una reunión especial del clan en la que se hablaría del futuro y se celebraría la heroicidad de Ángela.

Por otra parte, su veleidosa alma oscura, que ya no la asustaba tanto, deseaba más que nada cumplir una cruel y sangrienta venganza en la que toda la “Sociedad del puto Van Helsing” quedara descuartizada a sus pies. Por fin, con la matanza del club ecuestre había comprobado y confirmado realmente de lo que era capaz en un momento dado. Eso la impelía a buscar y atrapar a más fanáticos, pero no quería esperar a que el clan diera su beneplácito sobre ello. Podía hacerlo ella sola con muchas menos trabas, de eso estaba segura.

Todas esas cuestiones rondaban en su cabeza, sin determinar cual de todas era más prioritaria. Seis días después de la masacre, Ángela se sentía más perdida que nunca. Miró hacia el este y apercibió los característicos tejados del barrio de El Raval y, un poco más a la izquierda, el viejo Barrio Gótico. Allí vivía Ginger y se ubicaba el club de La Gata Negra, lo que acabó decidiéndola. Iría a visitar a Ginger antes de nada y le contaría todo; entonces, se dejaría aconsejar como siempre.

Ginger suspiró, contagiada de la tristeza que emanaba la vieja película romántica que estaba viendo en la tele. Estaba acurrucada en su sofá, con las piernas tapadas por su manta preferida, y picoteando de una bolsa de apetitosos aperitivos. Vestía una de sus viejas y largas camisetas que se había colocado tras regresar del ensayo en La Gata Negra y tomar una buena ducha. Ni siquiera tenía realmente ganas de cenar, así que pensaba engullir algunos aperitivos más y comer algo de fruta antes de irse a la cama cuando llamaron a la puerta.

Enarcando una ceja – eran más de las diez de la noche –, se puso en pie y abrió la puerta para encontrarse con una sonriente Ángela. Con un gritito casi infantil, la tailandesa se arrojó al cuello de la vampira para sumirse ambas en un fogoso beso allí mismo, en el pasillo.

—    ¿Qué haces aquí? ¿Sabías que no trabajaba hoy? – le preguntó la tailandesa, tirando de las caderas de la rubia para entrarla en casa.

—    Llamé al club primero. Domingo me dijo que tenías la noche libre.

—    Ah… ven al sofá. Veía vieja película de Rock Hudson – Ginger la condujo hasta el sofá, sentándola a su lado y tapando las piernas de ambas con la manta. Le puso la bolsa de snacks salados entre las manos y le ordenó: — Toma, come.

Pero los sentimientos encontrados que Ángela tenía a flor de piel no la dejaron acomodarse. Inclinó la cabeza y dejó que la angustia y la pena surgieran en forma de silenciosas lágrimas. Una terrible congoja se aposentó en el pecho de Ginger al ver el sufrimiento de su amada y no saber a qué era debido. La abrazó por los hombros e hizo que recostara la rubia cabeza sobre el cálido nido de su pecho.

—    Ya sabes que puedes contar todo, amor mío. Tus secretos guardados para siempre en mi corazón. Deja que salga todo… no me vas asustar – murmuró la asiática con deliciosa suavidad.

Pero si se asustó cuando comprendió lo que había hecho la vampira allende las fronteras. Ángela soltó todo cuanto recordaba, sin omitir detalle ni pecado; casi fue una confesión para intentar redimirse, pero, la verdad, no consiguió cambiar gran cosa más que estremecer a su amiga.

—    Tenías que hacerlo, Ángela. Era único modo de salvar a tus compañeros. Tu comandante tiene razón… eres héroe…

Ángela asintió, sorbiendo parte de sus lágrimas, y entonces emitió un largo sollozo que obligó a Ginger a estrecharla aún más contra su cuerpo.

—    P-pero no pude… salvar a David… y lo he p-perdido – lloriqueó la vampira, la voz amortiguada contra el pecho de la asiática.

—    No podías estar en todas partes, tonta… es una lástima. Echaremos de menos a David, las dos – asintió Ginger con la cabeza mientras mecía a su amiga. – Era un buen chico… de los mejores… sí, mucha mala suerte.

Ángela levantó la cabeza y sorbió de nuevo, pasando el dorso de una de sus manos por su goteante nariz. Miró a su amiga a los ojos y susurró:

—    Mirella no para de enviarme mensajes. Quiere llorar conmigo pero no puedo verla aún…

—    ¿Eres amiga de la novia de David? – se extrañó Ginger.

—    Sí, desde la fiesta de Noche Vieja, ¿te acuerdas?

—    Sí, sí. Bueno, es mucho mejor, ¿no? Quedas con ella y lloráis un rato y después unos chupitos… ya sabes cómo son estas cosas – Ginger abrió las manos en un gracioso gesto.

—    No, no me he explicado bien. Mirella cree que nos hemos acostado las dos – Ángela recordó que su amiga no sabía nada de lo ocurrido en la desenfrenada fiesta de La Gata Negra.

—    ¿Y cómo cree eso? – el ceño de la tailandesa se frunció, amenazando tormenta.

—    Mi compañera Barbie usó su poder con Mirella cuando David la trajo de visita. Ya te conté que Raquel tiene el don de convertirse en la persona que más deseas o necesitas y, en ese momento, la persona que Mirella tenía en mente…

—    Eras tú, ¿verdad? – Ginger la apuntó con un dedo que podía significar cualquier cosa en aquel momento.

—    Sí – asintió gravemente la rubia.

—    No quiero saber por qué te tenía en su cabeza – Ginger agitó las manos en el aire. – Sé que eres como tóxica algunas veces con la gente. Te quedas pegada a su mente. Así que Barbie se hizo tú, ya, ¿y qué pasó?

—    Pues que la llevó al dormitorio y la volvió un poquito loca – Ángela elevó las comisuras de sus labios en un intento de sonrisa.

—    Y, entonces Mirella cree que estuvo contigo, ¿sí? – Ginger le devolvió la sonrisa.

Ángela no contestó pero se mordió el labio inferior en una graciosa mueca que lo quería decir todo.

—    Y ahora – siguió adivinando la asiática – busca consuelo muy especial para quitarse dolor de la pérdida de su chico, consuelo debajo de sábanas ¿cierto? – la mirada baja de Ángela confirmó todo. – En cualquier otro momento, todo eso no habría sido mala idea para ti.

—    No, pero… ahora sería muy… duro… como engañar a David – Ángela retorció sus finos dedos.

—    ¿Has pensado que sería consuelo muy bonito?

—    ¿A qué te refieres, Ginger? – parpadeó la rubia.

—    David estaría muy contento en tumba si viera a las dos amándose para despedirle.

—    ¿Contento? Más bien empalmado – la carcajada brotó de forma natural de la garganta de la vampira.

—    Eso también – exclamó con una sonrisa la asiática. – Tienes que quedar con ella, Ángela. Creo que ser bueno para las dos.

—    ¿Tú crees? – le preguntó Ángela, mirándola a los ojos y tomando sus manos. — ¿No te sentará mal?

—    A ver, no ser fiesta nacional para mí, pero sé que lo necesitas, que tienes que cerrar capitolio.

—    Capítulo – la corrigió Ángela con una sonrisa más amplia. Se inclinó y la besó suavemente en la punta de la pequeña nariz.

—    Eso. Tú eres criatura de la noche, sexual y especial. Tú eres así y no puedes cambiar. Yo lo comprendo y te quiero igual – las oscuras perlas que eran sus ojos brillaron de forma especial y Ángela supo que su amada la empujaba en aquella dirección más que darle un permiso explícito.

—    Gracias, cariño – Ángela se colgó de su cuello para darle un largo beso. – Aún no estoy segura del todo, pero me he quedado sola en el apartamento. No me siento nada cómoda… ¿puedo mudarme de nuevo aquí?

—    ¿Aquí? ¿Tú y yo de nuevo? – los ojos de Ginger no podían ponerse más redondos ya. — ¿No broma?

—    No es broma. No puedo garantizar qué va a hacer mi jefe ni el tiempo que estaré, pero me encantaría estar aquí otra vez, como al principio.

—    ¡Oh, sí, sí, SÍ! ¡Claro que sí! – la abrazó fuertemente la asiática.

—    Me gustaría quedarme ya esta noche, si puede ser. ¿Has quitado mi colchón o…?

—    ¡No hace falta ya colchón! ¡Tú duermes en mi cama y no preocupes por sol de la mañana! Voy a tapiar ventana – se rió Ginger, absurdamente feliz.

Tanto la conversación como la clásica película perdieron interés para ellas. Las manos, bajo la manta, se entrecruzaban y se afanaban en pícaras caricias que elevaban al cielo sus sentidos. Los besos se convirtieron en totales degustaciones de saliva, en intrincadas duelos de apasionadas lenguas que martirizaban sus sensibilizados labios. Ginger consiguió desnudar a su nueva compañera de piso con una habilidad que debía haber aprendido últimamente en algún sitio, ya que Ángela apenas se enteró de nada. Se lo agradeció introduciendo una rodilla entre los muslos de la asiática, procurando que moviera las caderas y se frotara contra ella.

—    Me matas, amor mío – jadeó Ginger, mirándola a los ojos. — ¿Por qué no vamos a cama y me lo haces bien, bien?

—    ¿Hacerte el qué? – sonrió Ángela, poniéndose de rodillas sobre el sofá.

—    Follarme… frotar nuestros coñitos hasta chillar – se quejó Ginger, lanzando su pelvis hacia delante para contactar de nuevo con la rodilla de la rubia.

—    Te estás volviendo toda una pécora – bromeó Ángela, poniendo los pies en el suelo.

—    ¿Y de quién es culpa, putón? – contestó Ginger, dándole la mano y caminando así hasta el dormitorio.

 

9 de abril de 2014.

Aquella mañana, Ginger eligió por ella sin consultarlo, contestando al último mensaje que llegó de Mirella mientras Ángela dormía. El mal castellano de la asiática quedó debidamente camuflado con la ortografía usualmente recortada en tales ocasiones, pero básicamente le prometió que se pasaría a verla esa misma noche. Ginger cortó las protestas de su amante al despertar y enterarse con algunos mimos y la frase que más temía la rubia: “No puedes escapar de esto, se trata de David.”

Así que tomó un taxi para volver al apartamento de Montjuic, en donde se duchó y cambió, eligiendo unos jeans y una blusa sencilla y juvenil. Metió toda su ropa y cosas personales en un par de maletas, se puso encima una torera de ante con pequeños flecos a la espalda, y tomó un nuevo taxi de regreso al viejo cine. Le dijo al taxista que esperara mientras subía las maletas y las dejaba en casa de Ginger, la cual ya se había marchado a La Gata Negra, y le entregó, al bajar, la dirección de la casa de los padres de Mirella.

Y allí se encontraba, de pie sobre la acera y mirando la fachada del edificio, dudosa de lo que iba a hacer. Era un viejo edificio de principios del siglo XX, de cuatro plantas, pero muy bien conservado. El barrio, en Sant Gervasi, parecía ser burgués y acomodado. Ángela tomó una buena bocanada de aire y se acercó al portal, buscando el botón del segundo C en el portero automático. Una voz algo distorsionada preguntó “¿Quién es?” y Ángela no supo decir si era Mirella u otra persona. Dijo su nombre e, inmediatamente, sonó el zumbido de apertura de la puerta.

Mirella estaba esperándola en el umbral de la puerta más alejada de las escaleras, los brazos cruzados sobre la bata de estar por casa que vestía. No había huella alguna de los acostumbrados afeites que solía llevar sobre su rostro y su graciosa y redonda melenita estaba recogida hacia atrás con unas horquillas y una coletita. Materialmente, Mirella se echó sobre ella al acercarse, soltando un dramático quejido. Se aferró muy fuerte a su cuello, lloriqueando sobre el hombro de la vampira, mientras que esta no sabía qué hacer con sus manos. Finalmente, con un suspiro, Ángela la abrazó con fuerza, en silencio, pero dándole todo el calor que la otra chica necesitaba. Estuvieron así al menos cinco minutos, abrazadas en pleno pasillo, ambas vertiendo lágrimas y sin poder decir nada inteligible por el momento.

—    ¿Dónde te habías metido? – balbuceó Mirella, sin dejar de sorber lágrimas.

—    No quería ver a nadie. Me he pasado casi una semana metida en la cama – contestó Ángela, muy ceñida a la explicación oficial. – He perdido a muchos amigos en esta desgracia.

—    Lo sé, lo sé – dijo por lo bajo la catalana, dándole unas palmadas cariñosas en el dorso de la mano y conduciéndola al interior de la vivienda. – Malditos Alpes y malditos viajes universitarios…

—    No puedo culpar a nadie y eso me desgarra por dentro. Era un viaje muy esperado por todos… un descanso original antes de emprender el esfuerzo del final de curso. ¿Quién iba a imaginar un… – el sollozo que interrumpió a Ángela no fue nada simulado – desprendimiento que les arrastraría a todos?

Una señora de mediana edad, de aspecto muy cuidado, se acercó a ellas en cuanto entraron en casa. Tanto sus maneras como su prestancia recordaban mucho a Mirella, por lo que Ángela adivinó enseguida que se trataba de su madre. Parecía revolotear alrededor de su hija, muy pendiente de sus necesidades, al menos durante su periodo de luto.

—    Es una compañera de estudios de David, Ángela – la presentó Mirella. La madre le dio la bienvenida y algo más que la vampira ni siquiera escuchó.

Ángela recorrió con sus ojos el apartamento, deteniéndose milisegundos en los detalles personales más reveladores. Cuadros, retratos fotográficos, algunos costosos adornos, todo ello hablaba de una familia acomodada desde hacia generaciones, puede que un tanto elitista quizás. Por el rabillo del ojo, Ángela apercibió el movimiento de otro miembro de la familia que trataba de pasar inadvertido, alejándose en silencio de ellas. El padre de Mirella, al contrario que la enervante solicitud de su esposa, buscaba ser un furtivo en su propia casa, sin duda incapaz de serenar el alma de su hija, o quien sabe, incapaz de refrenar la alegría que sentía al haberse desembarazado de lo que había catalogado como un novio vulgar para su hija. Ángela recordó alguna de las cosas que le contó David en confianza. Sí, podía ser eso mismo.

Mirella, asida al brazo de la rubia vampira, la condujo directamente a su dormitorio, donde quedaron a salvo de las preguntas y atenciones de la madre. Se sentaron en un coqueto canapé muy mullido que completaba un rincón de la amplia alcoba. Una cómoda moderna, de gran espejo iluminado, y un pequeño escritorio, se alineaban contra las otras paredes. Otra puerta entreabierta, frente a la que habían utilizado para entrar, mostraba un oscuro espacio que bien podría ser un cuarto de baño o, quizás, un vestidor. En el centro de la habitación, una gran cama antigua, alta y con un vistoso dosel aterciopelado.

—    ¿Cómo estás? – preguntó finalmente Ángela, entrelazando sus dedos con los de Mirella.

—    Agotada de tanto llorar, de reprimir gritos de rabia. Es todo tan… irreal y absurdo. ¿Por qué ha tenido que pasar esto?

—    Sí, sí… yo también me lo pregunto. Mirella, siento mucho no haber estado a tu lado desde el principio – susurró Ángela, mirándola directamente a los ojos. – Me sentía incapaz de presentarme ante ti, de compartir tu dolor, ahogada completamente en el mío propio. He sido egoísta, una mala amiga, y me avergüenzo de ello…

—    Ssshhh… calla, calla, ángel mío. Cada cual lleva el dolor como puede… ahora estás aquí, es lo que cuenta – la cortó Mirella, echándole los brazos al cuello y atrayéndola hasta abrazarla con fuerza. Los labios de la catalana rozaron su oído al murmurar: — Aaah, cuanto he deseado poder estar las dos juntas, así como estamos, y llorar abrazadas. Ahora sobran las palabras.

Ángela se dejó arrastrar por el abrazo de Mirella, recostándose aún más contra ella hasta que sus cuerpos quedaron medio enterrados en el ampuloso y mullido respaldo. La catalana aspiraba el aliento de su invitada, pues estaban mejilla contra mejilla, y nunca el tacto de una piel contra la suya fue tan agradable. Cerró los ojos y suspiró hondamente, disfrutando del calor del abrazo, de la cercanía con otra alma dolorida, y el solaz de la compañía anhelada.

El tiempo se hizo esquivo y distante. No supieron cuánto rato estuvieron así, calladas y conscientes de las diminutas caricias que sus inquietos dedos realizaban instintivamente sobre la ropa de la otra, de manera inocente. Una llamada a la puerta del dormitorio las espabiló:

—    Mirella, la mesa está puesta, cariño. ¿Tu amiga se va a quedar a cenar?

Mirella miró a Ángela a los ojos, casi implorante. La rubia sonrió y asintió en silencio, ganándose una sonrisa y un rápido beso.

—    Sí, mamá, se queda y puede que también a dormir – replicó Mirella a través de la puerta.

10 de abril de 2014.

Ángela llevaba más de hora y media sentada sola en el amplio asiento trasero de un BMW clásico y potente. Una división de oscuro cristal la separaba del conductor y una extensa selección de suave música clásica amenizaba su viaje hacia Zaragoza. Una llamada la había casi despertado para comunicarle que el clan le enviaba un coche en media hora y que debía estar preparada para salir de inmediato. El Comandante Araña ya le informó que la celebración tendría lugar en la Casa Madre del clan Santiago y ella no tenía ni idea de dónde estaba eso.

El chofer, a quien vio la cara apenas un minuto, tampoco le dio más información. Por lo que pudo ver por la ventanilla, tomó dirección hacia Zaragoza al salir de Barcelona. Así que Ángela se acomodó en el cómodo sillón de cuero, teniendo buen cuidado de no arrugar demasiado su falda plisada de corte colegial, y se dedicó a ver el paisaje y a rememorar lo bien que había quedado la noche anterior, en casa de Mirella.

Tanto ella como su nueva amiga catalana apenas tomaron unas cucharadas de la casera sopa de verduras, así como unas lonchas de jamón de York y algo de queso, demasiado estragadas por los llantos anteriores. Así que Mirella, disculpándose con sus padres, se llevó de nuevo a Ángela a su dormitorio y se encerraron allí.

Se tumbaron un rato sobre la principesca cama, sobre la cual Mirella contó toda su historia pues, al parecer, perteneció a los condes de Mallorca, y vieron la tele un buen rato, metidas bajo las mantas y con las manos entrelazadas. En un momento dado, Mirella dejó de lado el dramático capítulo de la serie “Envenenados por el amor” y se giró hacia Ángela, depositando un suave beso en la mejilla de esta y susurrándole:

—    Significó mucho para mí nuestro encuentro en La Madriguera.

Ángela conocía cada detalle de lo que ocurrió, por supuesto, y le sonrió.

—    Te dije que seríamos amigas – respondió en otro susurro Ángela.

—    Es lo que necesito ahora.

—    Lo que necesitamos – dijo Ángela, girándose de costado también y abrazándola.

La vampira recordó el glorioso beso que vino tras aquellas palabras, un beso a recordar sin duda. Un delicioso beso que las unió definitivamente en el recuerdo del desaparecido David. Después de aquello, todo fue confuso, las partes del pijama volando, las mantas apartadas, dedos enervados, bocas ansiosas… caderas febriles empujando para encontrar el máximo placer; quejidos engolados que aprobaban las nuevas caricias justo antes que los ojos giraran en el interior de las órbitas, como si quisieran acompañar el gozoso placer que se escurría de sus cuerpos y mentes.

Ángela suspiró. Debía tener cuidado con Mirella. Esa mojigata se colaba en sus venas como un dulce veneno, debido a su conexión con David. Ella amaba a su tailandesita, se dijo con tesón. Bueno, quizás si jugaba bien las cartas que tenía, podría integrar a Mirella en una nueva posición que ella controlara mejor, pero solo era un quizás.

El coche abandonó la autovía y se internó en una carretera secundaria poco transitada. Atravesaron un pequeño pueblo llamado El Burgo de Ebro, cuyos habitantes se recogían para la cena. Finalmente, el vehículo se detuvo en la plazoleta de una finca rural cercana al río, en la que los huertos lucían simétricos y alineados, debidamente regados por las acequias practicadas en el Ebro.

El propio Comandante Araña la esperaba, sentado sobre un poyete encalado bajo una vieja parra que servía de porche para el inmenso cortijo de dos plantas. Ángela solo podía ver su fachada principal, pero parecía de grandes proporciones y construcción antigua. El chico se puso en pie. Vestía con un uniforme de gala, blanco y azul, y varias chorreras y medallas complementaban la chaqueta. De hecho, Ángela sonrió con la idea que parecía Napoleón resucitado.

—    ¿Qué tal el viaje, Ángela?

—    Bueno, creía que íbamos a llegar al culo del mundo – bromeó ella.

—    Casi, casi. Esto es muy tranquilo.

—    Sí, ya he visto el pueblo – dijo ella, señalando por encima de su hombro. — ¿Está segura la Casa Madre aquí?

—    Por supuesto. Ese pueblo por el que has pasado, El Burgo, tiene dos mil cuatrocientos habitantes y todos y cada uno de ellos son adanitas a nuestro servicio – dijo el Comandante con orgullo.

—    Joder.

—    Vamos, entremos. Todo el mundo está esperándote.

—    ¿A mí?

—    Sí. Tu reputación crece como la espuma y, casi a la par, la de Dumbala.

—    No tenía ni idea.

El interior del caserío resultó más interesante que su exterior. La puerta de entrada desembocaba en un extenso patio empedrado, enclaustrado por una balconada tejada. Bajo esta, sin duda, caballerizas y cobertizos debieron funcionar antiguamente, pero ahora parecían destinados a otras funciones. Al fondo del enorme patio, el terreno parecía descender pero el edificio continuaba con la misma cota. Al acercarse más, Ángela descubrió los pilares en arco que lo sostenían. El terreno descendía en escalón hacia el río y seguramente los bajos quedaban anegados en algunas épocas del año, de ahí aquella arcada de gruesos pilares que mantenían al edificio firme y y alejado de inundaciones. Sin embargo, habían aprovechado el espacio que quedaba entre los pilotes de piedra y mortero instalando grandes contenedores estancos de duro plástico en los que guardar un poco de todo, desde leña y semillas hasta diversas mulas mecánicas. Esos contenedores podían cerrarse herméticamente y quedar aislados del agua.

Entraron en el edificio a través de unas grandes puertas acristaladas que, al abrirse, dejaron salir el murmullo y la melodiosa música de lo que parecía ser un cuarteto de cuerda. El comedor al que llegaron era enorme, digno de cualquier palacio europeo. Una de sus paredes corría paralela al río y se podía ver este a través de al menos ocho ventanales de dos metros de altura. Los presentes en la reunión/celebración se encontraban pegados a la puerta de entrada, en la que varias mesas de bebidas y aperitivos hacían la función de vestíbulo. La gente formaba corrillos y, copa en mano, reían o discutía con gran armonía y distinción. Casi todo el mundo vestía traje de tres piezas y las mujeres vestido de cóctel nocturno, pero también, aquí y allá, se podía ver algún que otro uniforme militar. En aquel momento, Ángela fue consciente que su vestimenta de seudo colegial no era muy acorde con la ocasión, pero ya era tarde para cambiarse.

A la entrada de Ángela y el Comandante, todo el mundo se giró hacia ellos y hubo muchos murmullos hasta que, espontáneamente, los asistentes se volcaron en un fuerte aplauso. El Comandante Araña alzó una mano, agradeciendo el gesto y apretó el brazo de Ángela para que hiciera lo mismo. Dumbala apareció de entre la gente, sonriendo. Vestía una entallada túnica blanca y dorada que acrecentaba el moreno de su piel. Tomó a Ángela de las manos, apartándola de su líder, y la besó en las mejillas.

—    ¡Cuanta gente hay! ¿Quiénes son? – murmuró al oído de su compañera.

—    Está el Consejo del clan, varios Altos Cunas importantes, otros miembros imprescindibles del clan y, lo más memorable, algunos representantes de otros clanes.

—    ¿Y eso por qué? – preguntó Ángela, devolviendo sonrisas a su alrededor.

—    Quieren saber si nos equivocamos, si la B.A.E. no estaba suficientemente preparada, y, sobre todo, han venido a conocerte.

—    ¡Mierda! – rechinó entre dientes.

—    Tú sonríe y aprieta el culo. Eso es todo.

La sonrisa de Ángela se hizo enorme cuando el Comandante Araña la tomó de nuevo por el brazo. El chico le llegaba apenas por el hombro pero su propia apostura y la aparente juventud de la vampira conseguían que apenas desentonaran.

—    Maestro Rodela, quisiera presentarte a nuestra más poderosa Guerrera, Ángela – el Comandante interpeló a un anciano de huidizo pelo grisáceo, que vestía un traje marengo al que cruzaba una banda plateada con un raro símbolo en el centro.

—    ¿Acaso no tiene nombre Casta? – una de las pobladas cejas del anciano se movió elegantemente con la pregunta.

—    Pues, la verdad es que no. Sus compañeros no tuvieron tiempo de encontrar un nombre adecuado para ella – dijo el Comandante con un encogimiento de hombros. —Es el maestro Rodela, mi instructor y el instructor de mi madre y de mi abuelo.

—    Un placer conocerle, señor – respondió Ángela, inclinándose un poco hacia delante.

—    Tutéame, jovencita. En cuanto a tu nombre Casta… hay que hacer algo, quizás podamos encontrar alguno apropiado esta noche – sonrió el anciano con simpatía.

—    Sería todo un placer, maestro Rodela – respondió ella, jugueteando con el bajo de su falda, a la que pellizcaba.

—    Esa falsa ingenuidad de colegiala es, sin duda, una de tus mejores armas – se rió maestro Rodela, descubriéndola de inmediato.

—    Lo siento si peco de prudencia pero… nunca me he fiado de los extraños. Así es como me protegía lejos de mi familia – intentó explicar Ángela.

—    Puede que más adelante en la velada puedas contarle tu vida al maestro. Ahora hay más gente que debes conocer – cortó el Comandante.

—    Así será, Paris – el anciano inclinó la cabeza apenas unos centímetros para despedirse.

El Comandante fue paseándola de un grupo de asistentes a otro, presentándola tanto a hombres como mujeres. Los nombres y tratamientos específicos se acumulaban en su memoria. Ella sonreía y mejoraba sus pequeñas reverencias. Miguel Ángel y Rowenna, los padres del Comandante, fríos y hermosos; Atranicus, el Consejero Mayor, un melifluo personaje que la asqueó; Zancos Oráculo, un viejo loco que caminaba sobre altas plataformas atadas a sus zapatos para alejarse cuanto pudiera del suelo, porque cuando aposentaba un pie sobre la tierra, las visiones le alcanzaban con inaudita fuerza y claridad. Conoció a Altas Cunas de otros clanes, clanes de África y Oriente Medio, de más allá de los Urales, de Escandinavia, y hasta uno de la India occidental.

Suspiró cuando un agudo carillón llamó para la cena, algo nerviosa por conocer a tanta gente nueva. La larguísima mesa tenía cada sitio reservado con el nombre pulcramente escrito en una dorada etiqueta que descansaba sobre el plato. El propio Comandante la acompañó, tomándola de la mano, hasta su puesto en el lateral izquierdo, justo en el centro. La etiqueta solo ponía: Guerrero Ángela. Sonrió, al sentarse, pensando qué mandamiento rompería si no aceptaba ningún apodo Casta y todo el mundo acabara conociéndola simplemente como Ángela. Tendría que preguntárselo al Comandante. Debido a cierto azar en el que no creía, maestro Rodela quedó a su derecha y ella le sonrió sin ningún artificio esta vez.

Una joven vestida de garçon francés le preguntó si deseaba carne o pescado al llenarle la copa de agua, para así poder servirle el vino adecuado según su elección. La cena resultó ser un poco medieval cuando de primer plato trajeron largas brochetas de carne mechada y cortada en dados descansando sobre un lecho de verduras a la parrilla. Los comensales charlaban entre ellos y tomaban los dados de carne recubiertos de salsa de almendras con los dedos, sin importar manchar los costosos trajes y vestidos. No parecía que la etiqueta fuera un deber allí. La verdura asada estaba deliciosa, condimentada con aceite, limón, pimienta negra y cilantro, consiguiendo un contraste elegante para las brochetas.

Maestro Rodela sorprendió las asombradas miradas de Ángela, que repasaban a todos y cada uno de los comensales, al menos a los más cercanos a ella en ambas direcciones.

—    No estás acostumbrada a estos saraos, ¿verdad? – afirmó el anciano más que preguntar.

—    En absoluto. De hecho, hace apenas unos meses que me enteré de la existencia de la Casta y del clan Santiago – contestó ella, mientras se limpiaba la boca con una servilleta de suave lino.

—    ¡No me digas! ¿Así que has crecido sin saber dónde pertenecías?

—    Sí, por eso mismo le contesté de esa forma antes.

—    Vaya, tenemos que ponernos al día en cuanto tengamos ocasión – sonrió el maestro Rodela, levantando su copa de vino como si hiciera un brindis.

—    No creo que me quede por aquí mucho tiempo – dijo ella, acompañando la frase de una suave carcajada.

—    ¿Quién sabe? Todo puede suceder en este mundo oculto – Ángela miró al anciano, intrigada. Quizás él supiera algo que aún desconocía…

—    Así que fuiste el mentor del Comandante – la vampira prefirió cambiar de tema y alejar la curiosidad del anciano sobre su persona. — ¿Ya no lo eres? El Comandante parece aún muy tierno.

—    Te aseguro que estás equivocada si piensas así. Llevo al servicio del clan más de trescientos años y una buena parte de ellos ha sido educando a ese crío – comentó el anciano, sacando la última tajada de carne de su brocheta. La tragó y, de paso, se lamió los dedos antes de girar la cabeza hacia su interlocutora. – Paris nació durante la revolución rusa. Ha tardado cien años en alcanzar la talla y aspecto de un niño humano de diez años. Si esa proporción quiere decir algo, te apuesto que cumplirá mil más y no tendrá peor aspecto que el mío.

Ángela silbó cortamente, impresionada por la posible longevidad de su Comandante.

—    Trescientos años con el clan Santiago es mucho tiempo – comentó la vampira tras unos cuantos segundos de silencio. Ambos habían terminado sus platos y esperaban a que fuesen retirados, así que la conversación se hacía interesante.

—    Nací en este clan, en Pontevedra. Mi padre era Alta Cuna pero mi madre era una sirvienta del Pueblo Llano. Sin embargo, mi padre me reconoció como su hijo y cuando demostré mis aptitudes como Guerrero, ingresé en la guardia del clan – rememoró el anciano, con la expresión de degustar cada palabra. — Pero pronto mostré más inclinación hacia la estrategia y la enseñanza que hacia el combate en sí, lo cual llamó la atención del abuelo de Paris. Me nombró instructor de la guardia y, más tarde, me requirió como instructor personal para su familia.

—    ¿Cuánto tiempo lleva el clan Santiago al frente de la Casta española?

—    Siempre ha estado al frente, desde que los humanos llegaron a estas tierras procedentes de las costas de África. El clan ha desaparecido y cambiado numerosas veces de nombre, cada vez que empezaba a captar demasiada atención de los reinados humanos, pero sigue siendo el mismo. Fue Tarshish o Tartessos en los tiempos oscuros, se llamó Terra Larvis en la edad romana, y Al-Habris entre los sarracenos, y antes que eso tuvo otros nombres y otros emplazamientos y también controló muchas más tierras que esta península.

—    Vaya – apenas pudo decir Ángela, mientras la camarera se colaba entre ambos para retirar servicios.

El siguiente plato, “la piéce de resistence”, consistió en media pierna de cordero horneada a la sal y a la menta, servida con pequeñas patatas asadas no más grandes que ciruelas y bañadas en compota de boniato indio. El aroma que acompañaba el plato hizo salivar a la vampira y, de común acuerdo, decidieron no hablar más hasta dar buena cuenta de aquel manjar.

—    Pues los etnimai del clan parecen muy lozanos, teniendo en cuenta que su hijo tiene esa edad – comentó Ángela mientras se lavaba las manos en una hermosa jofaina de loza blanca decorada con ramilletes lilas, que una sirvienta mantenía en sus manos. Otra chica más joven vertía el agua de un aguamanil de metal argentado y ofrecía un suave paño para secarse.

—    El clan Santiago ha cambiado bastante desde que los Caprizzi se hicieron cargo del control. La familia Caprizzi, como bien indica su nombre, provino originalmente de Florencia. Como otras pudientes familias tuvieron que exiliarse a la muerte de Lorenzo de Médicis, solo que los Caprizzi eran adanitas y Altos Cunas y fueron bien acogidos en el clan Santiago. Expertos en medrar en las sombras, la familia Caprizzi escaló puestos hasta situarse, hacia el siglo XVII, en el sillón “consecutor”, al frente del clan. Desde ese momento ha mantenido la hegemonía sin discusión alguna. En 1908, Miguel Ángel Caprizzi tomó las riendas, muy joven aún pero totalmente capaz, debido al desgraciado asesinato de su abuelo y mentor, Carlos Alonso, quien le crió como un hijo cuando el suyo propio y padre de Miguel Ángel fue linchado en la Rebelión de los Pueblos, en América.

—    ¡Qué interesante es todo eso! – Ángela se acodó mejor en la mesa, poniendo todo su interés.

—    Solo son “batallitas” – se rió el anciano, pero retomó el hilo de inmediato. – Sin embargo, había una facción del clan que no veía con buenos ojos un advenedizo como Miguel Ángel, aunque Carlos Alonso no hubiera tenido más descendencia reconocida.

—    Suele pasar – ironizó ella con suavidad.

—    Sí – asintió maestro Rodela con una sonrisa igualmente irónica. – El caso es que se llegó a un acuerdo en el Consejo…

—    ¡No me lo diga! – casi chilló Ángela, levantando una mano. — ¡Había que casarle!

—    ¡Exactamente! – el anciano dio un brusco palmetazo sobre la mesa, sumamente divertido, que atrajo alguna que otra atención, pero no hizo ningún caso. – Tenían que “oficializar” su posición con una boda. Por supuesto, la dama escogida era hija de otro regidor de clan, en este caso del clan Honor Blanco que controlaba el imperio ruso, y, para colmo, perteneciente a la familia Romanov, prima hermana del zar Nicolás II para más datos: Rowenna Catalina Romanov.

—    ¡Belcebú! ¡Toda una princesa!

—    Así es, y de la más pura Cuna.

—    ¿Los Romanov eran adanitas? – preguntó Ángela con sorpresa.

—    Sí y fue toda una pérdida para la Casta y también para los humanos, pues el zar tenía ideas muy adelantadas a su época para con las relaciones entre razas. Pero… ocurrió lo que ya todos conocemos y todo quedó en “aguas de borrajas”. ¿Por dónde iba?  — el anciano levantó un dedo. – Ah, sí, la boda se llevó a cabo unos pocos años antes que estallara la segunda revuelta rusa y asesinaran a los Romanov. El matrimonio resultó ser todo un éxito, tanto para ellos mismos como para el clan, puesto que llevaron a cabo unos acertados cambios radicales en la manera en que se relacionaba con la sociedad humana. Debo reconocer que hemos crecido mucho desde entonces, tanto económicamente como en control. Disponemos de muchas empresas que se insertan perfectamente en el mundo humano, controlando amplios sectores decisivos. Nuestras inversiones son seguras y productivas, y el Pueblo Llano está más contento que nunca.

—    Entonces, todo el mundo contento, ¿no?

El maestro Rodela no contestó y miró en la dirección del Comandante Araña. Ángela intuyó una pizca de preocupación en el temblor de su ceño al observarle.

—    Debería ser así… ¿quién sabe? – se encogió de hombros y, acto seguido, apuró su copa de vino, pidiendo a una sirviente que la llenara de nuevo.

—    A ver, abuelo, no me he tragado la clase de Historia para que ahora se calle lo mejor – masculló Ángela. El maestro Rodela la miró y sonrió ampliamente.

—    Debes tener un endemoniado carácter para que Paris te trate con tanto tacto. Está bien, te contaré lo que la mayoría de la gente no sabe, pero debes mantenerlo para ti o perderás la ventaja que eso puede darte.

—    No comprendo una mierda, maestro…

—    Escucha y calla – dijo el anciano, bajando la voz. – Tras la Gran Guerra, o sea, la primera Guerra Mundial, las cosas se calmaron en el mundo humano y los Caprizzi decidieron tener descendencia. El embarazo llegó casi de inmediato y todo el mundo lo celebró. Nació el heredero, un hermoso varón de ojos despiertos, al que llamaron Paris. Como asesor y mentor de Miguel Ángel, estuve presente en todo, y no me di cuenta de lo que aquello significaba…

Ángela presentía una revelación que no habría obtenido de nadie más, algo que era tremendamente importante para el anciano, y quizás para el clan. La curiosidad roía su intelecto como una rata hambrienta.

—    No supe nada hasta casi cuarenta años después, aunque hubo muchos indicios que me hicieron sospechar que algo extraño ocurría. Desde que nació su hijo, el matrimonio comenzó a cambiar. Aunque evidentemente se gustaban, los esposos no estaban demasiado unidos, cada uno con una vida dirigida de antemano hacia otros intereses o placeres. Por eso, me extrañé cuando empezaron a compartir hobbys, que entonces no se llamaban así, por supuesto, pero sus intereses y diversiones coincidían cada vez más. y otra cosa asombrosa, el bebé estaba siempre con ellos, a todas horas, en todo momento. No había nana ni niñera que se ocupara de él, más allá de un par de horas. Tanto Rowenna como Miguel Ángel estaban volcadísimos en su retoño.

—    Es lo que pensé cuando vinieron a la academia en entrenamiento para nuestra graduación. El chico estaba allí, con ellos, de la mano de Apoyo, prestándonos una inusitada atención. Me dije que acompañaba sus padres por alguna razón.

—    La razón es que Paris nació siendo sentiente, totalmente consciente de su entorno y de cuanto decían, pensaban o sentían sus padres.

—    ¡No jodas!

—    Desde el momento de su concepción, o quizás unos meses después, cuando aún su cuerpecito no estaba del todo formado en el vientre de su madre, Paris ya escuchaba y comprendía todo, aprendiendo. No pudo hablar al nacer porque su paladar aún no estaba endurecido, pero ya comprendía el castellano. En un par de años en los que continuó haciéndose el indefenso bebé, aprendió otros idiomas, entre ellos la lengua de Enoc, nuestro idioma secreto. Sin embargo, ya controlaba totalmente a sus padres por aquel entonces, de ahí el cambio radical del matrimonio. Todo cuanto ha avanzado el clan en sus mejoras sociales, en sus inversiones, en la modificación de viejas leyes y tradiciones, TODO ello se debe a la voluntad de Paris.

Ángela se quedó mirando al anciano con la boca abierta. No pudo evitar girar la cabeza y mirar con disimulo lo que estaba haciendo el Comandante en ese momento, y le encontró discutiendo vehementemente con uno de los enviados de otros clanes.

—    ¿Controla a sus padres desde que nació? – preguntó en un susurro, aún incrédula.

—    Así es – asintió el maestro Rodela. – Me lo confesó su padre cuando Paris le permitió hacerlo, como ya he dicho, casi cuarenta años después de su nacimiento. Él disfruta experimentando la vida a través de los sentidos de sus padres, al menos hasta ahora. comida, bebida, drogas, la ingestión de sangre, refocilarse con amantes o con el servicio, compartir sus amantes…

—    ¡Joder, qué perverso! – exclamó Ángela, sacudida por la impresión.

—    E inteligente, a la vez. Sus mejoras en los asuntos del clan no pueden ser más osadas y competentes. Las decisiones que toma tras sus marionetas de carne han sido hasta ahora muy acertadas.

—    Ya veo. ¿Paris controla a alguien más aparte de sus padres?

—    Eso es algo que nadie sabe, pero no creas que le llaman Comandante Araña por nada. Manipula cuanto toca de una forma u otra, teniendo acceso a los secretos de cuantos le rodean. Es como si hilara una gigantesca telaraña que él controla desde su centro.

—    En la incursión a la finca de la Sociedad, dijo que había sido sorprendido. Sus escoltas murieron y dijo que él tuvo que ocuparse de los humanos, en persona, ¿qué quiso decir con eso? ¿Dispone de algún don físico que le permita hacer eso? ¿Algún entrenamiento?

—    Por supuesto que ha sido entrenado en diversas artes bélicas que le permiten a desembarazarse de cualquier enemigo. A pesar de tener la constitución de un niño, sus músculos se han endurecido con un continuo entrenamiento. También sabe utilizar una multitud de armas, así que puede hacerse cargo de una situación difícil, si es necesario. Pero sospecho que su control mental está empezando a potenciarse, a crecer, y eso es lo que me asusta. Paris está perfectamente preparado para liderar tanto cualquier fuerza de choque como todo un clan. Si encima puede hacerlo sin que haya la más mínima oposición, estaríamos ante el tirano perfecto…

—    ¡La hostia!

Ángela comprendía la preocupación del anciano mentor, pero también empezaba a ver a su Comandante como algo más que un niño mimado. Intentaba hacerse a la idea que ese ser – ya no podía llamarle niño – había sido desde su creación el alma del clan, controlando los destinos de miles de poderosos adanitas, y que, además, usaba a sus padres para los placeres más sibaritas e incestuosos.

Al término de la copiosa cena, el Comandante Araña le hizo una seña para que se acercase al grupo que le rodeaba, compuesto por Atranicus y los miembros del Consejo, así como por los enviados de otros clanes. Sus padres le flanqueaban con las manos aposentadas sobre los hombros de su hijo. Ángela echó un buen vistazo a los ojos de los Caprizzi pero no parecían drogados, o más bien subyugados. Tenían la mirada limpia y atenta y no daban muestras de ser obligados a adorar a su hijo más de lo que podía hacerlo naturalmente unos padres.

Todos ellos pasaron a otra sala contigua, mucho más pequeña, dotada de cómodos sillones, una buena chimenea donde crepitaba ya un fuego alimentado con madera de haya y álamo, y un bien surtido bar, atendido por dos deliciosas muchachitas.

—    Paris – empezó el enviado del clan Tutatis, agitando la panzuda copa media de coñac –, los últimos informes que mi clan ha conseguido sobre los asociados de la Sociedad Van Helsing nos preocupan. De alguna forma, ha conseguido que el propio Vaticano les patrocine con armas, equipos y refugios.

—    ¡Eso los hace aún más peligrosos! – exclamó otro, mirando las llamas de pie frente a ellas.

—    Ya sabemos lo peligrosos que son. Lo hemos sufrido en nuestras propias carnes – contestó Paris, sentado en el brazo del sillón en que se acomodaba su madre. – Pero la traición es algo que me preocupa más que eso.

—    ¿La traición? – repitió Atranicus con un amanerado gesto de su mano.

—    No hay otra palabra que describa cuánto sabía la Sociedad sobre la Brigada y el plan de asalto. Controlaron todos nuestros movimientos con elaboradas emboscadas que nos devastaron. El movimiento de pinzas con el que pensaron darnos la puntilla fue desmantelado sólo gracias a la imprevista acción de Ángela a última hora. De no haber sido por ella, estaríamos todos muertos ahora – dijo sin inmutarse el Comandante mientras aferraba la mano de su madre.

—    Sabían exactamente cuales iban a ser nuestros pasos – habló Ángela, sin saber si se lo permitirían o no, pero quería dejar esa parte bien clara. – Fue como si hubieran tenido acceso a nuestra sala de guerra y a los diagramas del asalto.

—    Pero… pero… eso quiere decir que alguien os ha traicionado – balbuceó Atranicus, los ojos desorbitados.

—    Así es – asintió el niño comandante.

—    ¿Quién, por el Santo Jesús? – preguntó otro miembro del Consejo.

—    Eso está por descubrir aún – Paris se levantó y caminó alrededor del semicírculo de sillones. – Tiene que ser alguien que pertenece a la B.A.E, por supuesto, aunque con tantas bajas es posible que esté ya en el otro barrio.

—    ¿Cómo es posible que un Casta traicione su raza? – el representante del clan escandinavo posó la cuestión que rondaba la mente de todos los adanitas.

—    ¡Eso sería embarrar los Mandamientos de la Casta! – alzó la voz un reseco africano de ondulado pelo blanco.

—    Sea quien sea, no creo que solo les haya dado nuestro plan de ataque – el Comandante dejó que sus palabras arraigaran en su público.

—    ¿A qué te refieres, Paris?

—    Se refiere a que puede que toda nuestra infraestructura haya sido puesta al aire – contestó su padre por él, dejando caer la bomba. Ángela no pudo saber si fue por decisión propia o que su hijo se restó importancia de aquella forma.

—    ¡Dios santo! Nuestra estructura interna…

—    El conocimiento que no somos monstruos ni criaturas de leyenda – terminó otro.

—    Sí, todo eso y más. Podríamos estar enfrentándonos a la mayor exposición de la Casta desde la Inquisición – fue el turno de intervenir de Rowenna Caprizzi.

—    ¡Ningún adanita traicionaría esos principios! ¡Eso sería como suicidarse! – chilló agudamente Atranicus. — ¿Quién iba a ser tan tonto?

—    Alguien lo suficientemente motivado para que no le importe morir – dijo Ángela en voz baja pero suficientemente audible para todos ellos.

—    Exactamente – afirmó Paris, sentándose de nuevo junto a su madre. – Pero todo esto son suposiciones. No sabemos cuánta información se ha filtrado ni si el topo sigue vivo, pero tenemos que tomar medidas drásticas.

—    ¿Qué medidas? – preguntó Atranicus.

—    Aún tengo que ultimarlas – Paris agitó la mano, como quitándole importancia.

—    ¿Qué va a pasar con la B.A.E.? – preguntó el enviado por el clan de la India. — ¿Vas a seguir con el programa?

—    Sí. A pesar de lo ocurrido, ha demostrado ser un cuerpo rápido y eficaz, pero el clan Santiago está muy diezmado de potenciales reclutas. Espero que vuestros clanes estén dispuestos a apoyar la idea con aportaciones de personal – el Comandante señaló con la mano en dirección a un par de enviados, que cabecearon afirmativamente.

—    La idea es que la nueva B.A.E. no solo defienda los intereses de un clan en su territorio, sino que crezca para abarcar varios clanes que compartan fronteras – expuso un árabe con un turbante suelto al estilo saudí – Paris asintió esperando a que el adanita semita diera más explicaciones. – Nuestros clanes están de acuerdo en cooperar a mucho más nivel, aportando hombres, material, o dinero, pero la Brigada debe estar al servicio de todas las comunidades implicadas, como una fuerza de élite.

—    No lo veo absurdo en absoluto. Ya discutiremos el asunto con más detalle. He pensado viajar a varios territorios de clanes para hacer algunos castings personalmente. Ya comunicaré las fechas precisas – de nuevo, los emisarios asintieron, contentos con las primeras negociaciones. – Queda el asunto de la prueba de valor que la Guerrera Ángela llevó a cabo en la incursión. Ella sola terminó con la mayoría de los soldados que nos emboscaron.

—    Humanos – comentó despectivamente Atranicus.

—    ¿Qué quieres decir con eso? – se giró Miguel Ángel Caprizzi para mirar al Consejero Mayor.

—    Que solo eran humanos, tampoco hay que exagerar.

—    Te recuerdo, oh paradigma de este clan – masculló el padre del Comandante – que esos pobres humanos acabaron con toda la Brigada.

—    Con emboscadas y trampas, no hay que olvidarlo – levantó un dedo el consejero, sonriendo.

—    Como sea. El caso es que no tuvieron oportunidad – sentenció finalmente el regidor del clan.

—    Lo que quiero proponer es que se le entregue un Cordón de Valentía y una dote a Ángela por su hazaña, y así podamos seguir contando con ella, ¿no os parece? – terminó el Comandante.

—    ¡Por supuesto! – aplaudió Atranicus sin hacer ruido, animando a los demás a aprobar la moción.

Era bien de madrugada cuando Ángela regresaba a Barcelona en el mismo coche que la llevó a la Casa Madre. Aislada en el reconfortante asiento trasero, manoseaba el grueso cordón de oro trenzado que llevaba al cuello, abierto al estilo de las torques celtas que engalanaban a los jefes y mejores guerreros. El cordón no solo tenía un valor económico, sino que la hacía sentirse orgullosa de sí misma y, sobre todo, de lo que había conseguido dominar: el fuego que siempre trataba de controlar, de esconder, de ahuyentar, ahora estaba a su servicio. Tampoco había que despreciar los cincuenta mil euros que había recibido como recompensa. Con ellos pensaba convencer a Ginger de dejar el club para siempre.

Sonrió con un tinte sardónico, al pensar que su primera salida del país no había hecho nada de turismo, pero sí había vivido momentos que no se le olvidarían nunca. Queriendo alejarse de esos tristes pensamientos, volvió a pensar en la asiática y en cómo la alegraría contándole las inesperadas vacaciones sin fecha con las que se había encontrado. Antes de salir hacia Barcelona, el comandante Paris y Dumbala la habían despedido en el patio empedrado, comentándole de su futuro viaje a otros clanes para escoger nuevos Guerreros en cada uno de ellos y conformar una B.A.E. aún mayor y más poderosa. No sabían aún cuanto tiempo les llevaría en cada lugar por lo que no tenían fecha de regreso, pero cualquier actividad de la Brigada quedaría en suspenso hasta que ellos no completaran su tarea y regresaran con los nuevos efectivos. Dumbala ya había enviado los mensajes pertinentes al equipo diurno de la Brigada, así como a los supervivientes.

Sin embargo, lo más importante que Ángela había conseguido en su noche en la Casa Madre fue la confidencia que maestro Rodela le hizo, narrándole el ascenso de la familia Caprizzi al liderato del clan y el impactante secreto incestuoso de su Comandante.

Quizás le serviría para algo, más adelante.

CONTINUARÁ…

Un comentario sobre “Ángel de la noche (23)

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