JANIS MULLIGAN

 

La madriguera

18 de marzo de 2014.

—Hemos sufrido una serie de crímenes esta noche.

El tono de Dumbala fue muy suave pero la voz sonó muy seria, mientras untaba queso fresco sobre su tostada, Ángela y Raquel la miraron, intrigadas. La tele emitía una entrevista con una diva mexicana en algún programa de moda, a la que ninguna hizo caso.

— ¿Qué clase de crímenes?— preguntó Raquel, dejando de cortar pedacitos de pan para echarlos en su sopa.

Las tres se sentaban a la mesa del salón para la cena de medianoche. Esa noche no habían tenido entrenamiento, por lo que Ángela y Raquel habían hecho limpieza del apartamento mientras que la egipcia acudía al lado del comandante Araña. La verdad es que desde que volvió, poco antes de sentarse para la cena, su semblante se mostraba serio y ceñudo.

—Cinco adanitas asesinados. Uno en Tarrasa, otro en Montmeló, dos aquí, en Barna, y otro más en Sant Quirze del Valles. Todos ellos ejecutados por la hoguera.

— ¿Qué? ¿La hoguera?— Ángela dejó caer su cuchara dentro del plato. — ¿A qué te refieres?

—Quemados vivos, a eso me refiero. La Sociedad Van Helsing quiere que sepamos que han sido ellos.

—Jodeeeer…– dejó escapar Raquel.

— ¿Cómo les han encontrado?— Ángela demostró ser más pragmática.

—Aún no se sabe gran cosa pero eran adanitas del Pueblo Llano, totalmente integrados en la comunidad humana, sin gran relevancia para el clan.

—Entonces, ¿por qué matarlos?— abrió las manos Raquel.

— ¿Quién sabe? Quizás un mensaje, una advertencia para el clan. Ahora la Sociedad ha crecido y recibe grandes cantidades de material, dinero y puede que hasta hombres de otras logias.

— ¿Una declaración de guerra?— gimió Raquel, perdiendo el hambre totalmente.

—La guerra siempre ha estado declarada de su parte, desde hace siglos, pero puede que nos quieran decir que ahora ya están preparados y armados para correr a la batalla y dejarse de escaramuzas.

Ángela asintió con la cabeza, de acuerdo con el comentario de Dumbala. Se limpió los labios con la servilleta, contemplando el rostro de la egipcia. Intuía que había algo más que le rondaba por la cabeza.

—Puede que las víctimas hayan sido descubiertas mediante una labor de espionaje, pero eso significaría que la Sociedad dispone de muchos efectivos para organizar una red de espionaje y eso no cuadra por mucha inyección de material y demás que reciba. Nuestros hermanos muertos estaban demasiado dispersos cómo para ser el resultado de una búsqueda.

— ¿Si?— la animó Ángela a seguir con su línea de pensamiento.

—Más bien parece un soplo…

— ¿Un soplo? ¿Quieres decir que algún Casta se ha chivado de su gente?—gimió Raquel.

—O bien que tienen acceso al Códice de Job— apuntó Ángela, casi inocentemente.

— ¡Pero eso es imposible!— la exclamación de Barbie no hizo que la rubia apartara la vista del rostro de Dumbala. Esta tenía las mandíbulas apretadas y el ceño fruncido.

—Vaya, parece que he dado en el clavo— murmuró Ángela, retomando el ritmo con la cuchara.

—El Maestro Ojeador de este distrito ha desaparecido…

— ¿Basilisco?— Ángela saltó, con un pellizco de preocupación en el corazón.

—Sí, lleva unos días sin dar señales.

—Pero… ¿cómo han podido acceder a un Ojeador? Se supone que están protegidos y ellos mismos son de la Alta Cuna – jadeó Barbie. Todas se habían olvidado de la cena.

—No lo sabemos pero hemos puesto a buen recaudo los Ojeadores de otros distritos. No creo que Basilisco esté soltando nombres, al menos voluntariamente, pero es la única explicación que se nos ocurre – la gravedad de la situación esculpía un rostro perfecto en la egipcia.

—Basilisco es duro, resistirá, ya lo verás – masculló la rubia.

—Los Ojeadores no disponen de ejemplar del Códice pero sí tienen sus propias notas sobre los adanitas que ayudan o descubren. Cuando hemos acudido a investigar, tanto la casa de Basilisco como su despacho en la clínica habían sido limpiadas de toda clase de archivos, los discos duros de sus ordenadores quitados. Sus ayudantes más directos están ayudando a recomponer su lista de pupilos para ponerlos a buen recaudo, pero es una labor complicada, dada la propia privacidad del Maestro Ojeador.

—Sí, Basilisco es bastante reservado con sus asuntos – asintió Ángela. Ella misma no supo nada de los demás pupilos del Ojeador cuando la estuvo entrenando, salvo de David.

—Lo más probable es que esos nombres hayan salido de las notas robadas, al menos eso ha dicho el comandante, pero está seguro que si tiene razón los asesinatos seguirán incrementándose.

—Se me ha quitado el hambre— dijo Ángela, empujando su plato de sopa.

—Pero la Brigada se ocupará de esto, ¿no? Haremos algo, sin duda – gimió Raquel.

—Sí, pero primero tenemos que poner a salvo a cuantos puedan recordar los ayudantes de la lista. Es el momento de proteger, no de hacer planes de ataque. Partimos de la premisa de que están torturando a Basilisco para que suelte prenda; el hecho de que sólo hayan atacado a cinco de los nuestros da cierta esperanza de que nuestro Ojeador debe de estar resistiendo fuertemente. Es un Alta Cuna… Sin duda los nombres de las víctimas estaban en algunos documentos sin encriptar. Según creemos, debían de ser pupilos antiguos, de hace más de cinco años, apenas conectados con los asuntos del clan, porque ningún ayudante les recuerda. Me pregunto cómo han llegado a saber que Basilisco es un Ojeador… ¡esos jodidos monos ni siquiera deberían saber lo que es un Ojeador, maldición!

—Ojala nuestra primera misión sea asaltar la sede de la Sociedad— masculló Ángela entre dientes.

— ¡Ja, esa sería buena, sin duda, pero aún tendríamos que encontrarla! – Dumbala agitó una mano despectivamente.

— ¡Pues deberíamos saber más de esa puta Sociedad!— exclamó la rubia, golpeando la mesa. –¿No te parece, Apoyo? Ellos parecen saber más de la cuenta de nosotros, ¿o es que la Casta es tan engreída que ni siquiera controla los movimientos de su enemigo?

Dumbala no contestó pero apuntó a Ángela con el índice y sonrió, dándole la razón. Más molesta de lo que se esperaba estar, Ángela se levantó de la mesa, atrapó su móvil y subió a la azotea. Una vez allí, bajo el cielo estrellado, se sentó en el ancho murete, con los pies colgando en el vacío, y llamó a Ginger. La voz de la asiática solía calmarla. Ginger contestó al tercer aviso. La música de La Gata Negra resonó de fondo.

— ¿Cómo va la noche, guapa?— preguntó Ángela.

—Llena de universitarios— contestó Ginger con su peculiar acento.

—Eso está bien. Les suelen quemar los billetes en las manos.

— ¡Síiiii! ¿Y tú, qué tal va?

—Bueno, ya sabes… tengo que morderme la lengua para no tachar de imbécil al jefe pero… bien, estoy bien, cariño…

— ¿Cuándo vendrás otra vez?

—No lo sé pero puede que seas tú la que vengas a verme.

— ¿De verdad?

—Sí, el jefe ha dicho que debemos integrarnos más en la comunidad humana. Ya sabes, tenemos vecinos humanos y todo… así que creo que va a permitirnos recibir visitas humanas, como familiares, amigos y hasta amantes. Claro que, al principio, tendrá que ser en un horario establecido pero… es un comienzo.

—Avísame cuando pueda ser, amor, que tengo muchas ganas de verte.

—Yo también. ¿Cómo le va a Ruth?— Ángela cambió la conversación cuando Raquel asomó por la puerta y se sentó a su lado, en silencio.

—Oh, muy bien. Alquiló habitaciones de su casa a estudiantes.

—Sí, algo de eso me comentaste. Eso la tendrá ocupada.

—Más que ocupada – el tono de Ginger era risueño. –Tiene dos inquilinos, chico y chica… Lisa y Roque, creo. Muy guapos y muy limpios. Como no sabe a cual escoger, decidido meterlos los dos en su cama.

— ¿Qué me dices?— Ángela soltó una carcajada.

—Y los dos a la vez, la muy guarra. Creo que encontrar su paraíso, por fin.

—Me alegro por ella, de verdad. Dos universitarios en su cama… cómo ha crecido nuestra pequeña católica…

—Ya lo creo. La veo a veces, sobre todo en el mercado, comprando, pero ya no quedamos…

—Claro que no, ya no tendrá tiempo para sus amistades, todo el día con las piernas abiertas— rió de nuevo con ganas la rubia. Raquel se pegó más a ella y apoyó la cabeza en su hombro, la mirada perdida en las luces de la ciudad.

—Tengo que dejarte, amor. Deber me llama – de fondo había una voz masculina que reclamaba la atención de la asiática.

—Un beso muy fuerte, cariño.

—Otro para ti— y la conversación se cortó.

— ¿Era Ginger?— preguntó Raquel, sin moverse.

—Sí— Ángela le había hablado de su convivencia con la tailandesa y de lo que significaba la humana para ella.

— ¿La invitaras cuando el comandante nos deje hacerlo?

—Por supuesto. Te gustará, Raquel, ya verás.

—No sé, quizás me haga sentirme celosa.

—Eso es una palabra mayor, pelirroja.

—Puede ser… aún estoy algo confusa con lo que siento— susurró Raquel, levantando la cabeza y mirándola a los ojos.

Justo en ese momento, sus rasgos se desdibujaron y asumió el aspecto de Ginger. Sus dedos se enredaron juguetonamente con la lisa melena oscura y se llevó un mechón a la boca.

—Vaya, tiene un cabello maravilloso— dijo con una sonrisa.

—Sí, como una muñeca tailandesa. ¿Por qué usas tu poder ahora?

—Sabía que estabas pensando en ella y quería sentirla— respondió con un encogimiento de hombro.

—Raquel— musitó Ángela, atrapando con sus dedos la barbilla de su compañera—, lo que siento por ella no se parece en nada a lo que siento por ti.

— ¿A qué te refieres?

—La quiero como no he querido a nadie en mi vida.

—Oh, es amor…– dijo burlona.

—Sí.

— ¿Y lo mío no es amor?

—También pero no de esa clase.

— ¿Ah, no?— musitó la pelirroja con tono infantil y quejoso.

—No, lo que siento por ti es lujuria… una tremenda lujuria – susurró Ángela, abrazándola por la nuca y besándola profundamente, a medida que Raquel recuperaba su verdadero aspecto.

— ¿Molesto?— dijo la voz de Dumbala detrás de ellas.

Las dos chicas se separaron y giraron la cabeza, pero no dejaron de abrazarse. No habían dado muestra alguna ante la egipcia pero tampoco les importaba.

—Claro que no, Dumby – sonrió Ángela, palmeando el cemento con su mano libre. –Siéntate con nosotras.

—No me gusta Dumby – arrugó la nariz al sentarse al lado de la rubia.

—Vale, no te llamaré Dumby, pero tampoco Apoyo – la sonrisa de Ángela se hizo más amplia.

—Me gusta como suena Dumbala – dijo Raquel.

—A mí también – repuso la egipcia, levantando la mano en un remedo infantil.

—Pues sea Dumbala – sentenció Ángela, alzando la palma libre y haciendo que sus compañeras chocaran la suya.

Las tres chicas quedaron en silencio después de esto, cada una ocupada en sus asuntos pero con las miradas perdidas en el horizonte urbano.

* * * * * * * * * * * * *

20 de marzo de 2014.

El móvil de Ángela zumbó sobre la barra de la cocina del apartamento. La rubia alzó una ceja sin dejar de sacar la lengua en una mueca que solía adoptar cuando jugaba con el mando de la Xbox. A su lado, Calvin le sacaba ventaja en la partida de Forza Horizon. El crío francés de catorce años, hijo de sus vecinos del piso superior, le estaba dando una paliza, como siempre. Calvin no dejaba de saltar y aullar en el sofá, mientras que Ángela maldecía como un carretero, incapaz de superar la habilidad del chico. Raquel, que se divertía muchísimo contemplando la pulla, fue quien contestó a la llamada.

—Ángela… es David – alzó el teléfono Raquel.

— ¡Vete a tomar por culo, franchute!— exclamó Ángela, arrojando el mando de la consola sobre la mesita. El chaval se carcajeó lindamente a su lado. –Pásamelo, guapa…

—Ángela, tengo que pedirte un favor – resonó la grave voz de su amigo.

—Dispara, Colmillo – Ángela se burló al utilizar su apodo de combate.

—Ya te vale, rubia. Mira… Mirella va a venir mañana a visitarme y no quiero llevarla directamente a la Madriguera… saldría corriendo seguro.

La Madriguera era como llamaba toda la Brigada a la comunidad de Cambiantes instalada en el bajo del edificio que se situaba justo enfrente. No todos sus integrantes pertenecían a la Brigada, solo algunos, pero compartían sitio como un buen grupo de amigos. Ángela sabía que había otros dos licántropos en ella, dos chicas que estaban en la reserva de la Brigada, pero, tal y como había aprendido, los Cambiantes pertenecían a muchas subespecies. Los había de la rama felina, como una mujer pantera o el famoso chico dientes de sable, y también de otros tipos más extraños, como el tipo que copiaba rasgos de los demás, el mimético urbano, o el chico mangosta. La mayoría tenía afinidades con ciertas especies animales, de ahí el nombre de Madriguera.

— ¿Y qué has pensado?— preguntó la rubia.

—En visitarte primero. Llevaría a Mirella primero a tu apartamento, pues me ha preguntado por ti muchas veces desde aquella noche, sabes.

—Bien calladito te lo tenías, compadre.

—Sí, bueno. El caso es que podrías ayudarme a ponerla en situación. Le he dicho que vivo en una moderna comuna de estudiantes desde que me fui de la casa de mis padres.

— ¿Crees que puedes hacer pasar la Madriguera por una comuna de estudiantes?— ironizó Ángela.

— ¿Por qué no?

— ¡Tío, si están a todas horas follando en cualquier rincón!

—De eso me encargo yo— la voz de David sonó muy segura, así que Ángela se encogió de hombros.

–-Por mí no hay ningún problema. Me gustará ver de nuevo a tu bomboncito.

—Vale, ¿sobre las seis?

—Las siete mejor.

—De acuerdo, gracias.

Justo en ese momento, Dumbala entró en el apartamento. Con un gesto seco, envió al chico humano a su casa y sus compañeras se la quedaron mirando, esperando nuevas terribles.

—Ha vuelto a pasar… esta vez varias familias en Pallejá. Vivían todas en un bloque de apartamentos del clan que ha acabado reducido a escombros. Se calcula treinta y tantas víctimas – susurró tras dejarse caer en el sofá. – Había niños Durmientes entre ellos y algunos ni siquiera eran adanitas…

—La Virgen María – musitó Barbie. –¿Una bomba?

—Sí, cargas térmicas. Militares.

— ¿Algún objetivo relevante? – preguntó Ángela.

—No, todos Obreros y un par de Técnicos, junto con sus familias. Los han atrapado a todos dentro del edificio y los han asado vivos, los malditos.

—Joder… hijos de puta – masculló la rubia. –Esto se parece a una razzia nazi: buscar y destruir.

—Sí, tienes razón – asintió Dumbala. –Volvemos a los malditos tiempos de la Inquisición… Lo relevante es que algunos de los adultos habían sido pupilos del Maestro Ojeador… quince años atrás, según nos ha comentado una antigua pupila de Basilisco.

— ¿Ninguno de los pequeños? – se asombró Ángela.

—No, todos eran Durmientes o humanos – abrió las manos Dumbala, en un gesto de confusión. –El comandante piensa que todos esos nombres han salido de notas anteriores a la última revisión de seguridad del clan, en la que se dispuso el código de encriptado para los comunicados oficiales. Por eso, todas las víctimas suelen ser adanitas que pasaron por su pupilaje hace años. Al no ser datos actuales, puede que muchos de ellos hayan salvado la vida, al no mantenerse en el lugar que indican esos datos. Algunos se han mudado, incluso de clan; han formado familia o emprendido alguna carrera humana en la que se han camuflado. Es algo que no aparecerá en esos viejos ficheros.

—Todo eso indica que Basilisco se mantiene firme, ¿no? – Ángela intentó darse ánimos ella misma.

—Sí. Supongo que está aguantando los interrogatorios – suspiró Dumbala. —Esos fanáticos puede que no tengan prisa por torturarle si disponen de datos viejos suficientes. Al menos, ya tenemos una lista de los pupilos más recientes… de los últimos dieciocho meses. La mayoría son adanitas muy jóvenes, por lo que los hemos puesto a buen recaudo, pero algunos se han ofrecido para servir de cebo…

—Así que nos ponemos en marcha, ¿no es eso? – sonrió Ángela.

—Pronto, muy pronto – asintió la egipcia, con una sonrisa mayor.

* * * * * * * * * * *

21 de marzo de 2014.

Con un poco de esfuerzo, Ángela se levantó un poco antes de las siete. Las tardes empezaban a alargarse con la entrada de la primavera pero las contramedidas del apartamento no dejaban pasar ni un solo rayo del nocivo sol. Así que, medio adormilada, se metió bajo la ducha y se encontraba dándose los últimos retoques con el lápiz de labios cuando el timbre de la puerta sonó. Raquel se encargó de abrir. Hasta donde la rubia sabía, Dumbala no había regresado a casa, quedándose toda la noche rumiando planes con el comandante Araña. Mal asunto, pensó.

La grave voz de David resonó, presentando su novia a Barbie. Ángela sonrió, juguetona con las ideas que le pasaban por la mente. Plegó los labios ante el espejo un par de veces para difuminar el brillo labial y correteó fuera del dormitorio sobre sus altas plataformas. David explicaba algo a Raquel, aún en el vestíbulo del apartamento, mientras que Mirella, adelantada un par de metros, se dedicaba a inspeccionar cada centímetro de lo que veía del piso.

La novia de su amigo licántropo parpadeó al ver el sinuoso movimiento de Ángela al acercarse. Vestía un vaporoso vestidito que parecía a punto de desprenderse en cualquier momento con aquel caminar, digno de un desfile de pasarela. Las piernas aparecían en toda su longitud, debido a la brevedad del vestido, rematadas por unas sandalias de alta plataforma y lentejuelas azuladas. Cuando Ángela conectó con su mirada, Mirella enrojeció divinamente. Diversas escenas brumosas aparecieron en su memoria, atribulados recuerdos que la enervaban muchísimo ahora que tenía a la amiga de su novio delante. Inconscientemente, Mirella había temido aquel momento. No era lo mismo recordar en la intimidad de su alcoba, o incluso en compañía de David, tratando de encontrar diversas explicaciones al impetuoso encuentro de Noche Vieja entre ellos tres, que encontrarse con la hermosa rubia cara a cara. Una abrumadora sensación subía desde sus piernas a su estómago, una sensación que era incapaz de reconocer y clasificar.

—Hola, Mirella – la saludó Ángela, sin darle tiempo a prepararse. Inmediatamente, le puso las manos sobre los hombros y apoyó la cálida mejilla contra la suya. Mirella aspiró su aroma sin ser consciente de ella. Se estremeció cuando los rosados labios besaron su otra mejilla, tan suave como el aleteo de una mariposa.

—Hola – consiguió balbucear la joven catalana.

—Veo que David ya te ha presentado a una de mis compañeras de piso – Ángela alargó la mano hacia Raquel, la cual no dudó en atrapar la punta de sus dedos.

—Sí, sí… ¿tienes otra compañera? – Mirella abrió los ojos bajo el abombado flequillo.

—Somos tres en este apartamento. La otra, Dumbala, ha salido. Es una estudiante de intercambio, de Egipto – explicó Ángela.

—Vaya… qué interesante…

—Deja que te enseñe el piso – le dijo su chico, poniendo una mano sobre su hombro. –Es una pasada, ya verás…

— ¿Qué te parece?— murmuró Ángela al oído de Raquel mientras miraban cómo David hacía de cicerón.

—Muy guapa pero me asombra que salga con David. Es demasiado pija para él – respondió Barbie.

—Sí, eso siempre he pensado yo pero está colgada por sus huesos así que, por ahora, puede más la atracción física que la social.

—Menudo potencial debe tener ese chico para que una pija como ella se olvide de su estatus – dijo la pelirroja entre risas.

— ¡Ya te digo!

La pareja recorrió el amplio comedor/cocina/sala de estar y Mirella palmoteó, entusiasmada por el buen gusto y la comodidad que veía. David iba detrás de ella como un borrego.

— ¿Cómo habéis conseguido un apartamento así? – acabó preguntando.

—Pertenece a mis padres – mintió Raquel con todo descaro. –Ellos prefieren quedarse en su torre de Sitges.

—Sí, hemos tenido suerte y no hemos ingresado en una comuna estudiantil como la de tu novio. ¿La has llevado ya a ver la Madriguera? – preguntó Ángela a David.

Este la miró con ojos sorprendidos. “La mejor mentira es la que más se asemeja a la verdad”, pensó Ángela, como si se lo quisiera transmitir telepáticamente.

—No, aún no – acabó respondiendo el chico.

— ¿Madriguera? – preguntó Mirella, un poco confusa.

—Así es como la llamamos – se rió la rubia antes de sugerir: –¿Qué tal si bajamos todos ahora?

— ¿Ahora? – David casi tembló.

—Claro, antes de que se pongan a cenar, ¿no? – apuntilló Raquel, acabando con la indecisión.

—Eso. Así Mirella puede ver dónde vives y luego nos subimos aquí a cenar juntos. ¿Qué os parece?

—Sí, claro. Perfecto – musitó la humana, al parecer encantada con el plan.

David, por su parte, no contestó, sino que sacó el móvil del bolsillo e hizo una corta llamada que Ángela pudo percibir, a pesar de que sólo fue un murmullo: “¡Ya vamos para abajo!”

Bajaron a la calle y cruzaron la amplia calle bajo la sombra que ofrecía el edificio de enfrente ante el atardecer. La recta calle que descendía hacia el centro de Barcelona estaba repleta de coches aparcados, utilitarios que los vecinos de la urbanización dejaban bajo sus ventanas, al alcance.

Los dos amplios bajos comunicados que constituían la Madriguera habían sido anteriormente negocios con escaparates y todo. El clan había cambiado las frontales acristaladas por obra firme y duradera, así como modificó ambas puertas. Nadie podría decir, desde el exterior, que hubiera una comuna de ningún tipo allí dentro. Ángela sonrió cuando entraron y comprobó los sutiles cambios que los moradores habían llevado a cabo para la visita de la novia humana. Desde luego, parecía más limpio que de costumbre y también más ordenado. No había cojines tirados por cualquier rincón, ni tampoco mantas arrugadas relegadas al respaldar de los sofás, incluso había un par de chicos estudiando en una mesa de la otra sala.

“Vaya, que modositos”, ironizó la vampira en su mente.

David empezó a presentar compañeros a su novia, a medida que se los iba encontrando. Los chicos y chicas se ponían en pie y se acercaban a Mirella con francas sonrisas. Los besos en las mejillas se sucedieron largamente y Ángela observó atentamente la contenida expresión de la chica humana, captando sin problema la vorágine que pasaba por su cerebro en aquel momento. Sin duda, David ya le habría comentado que la comuna era mixta en género, pero Mirella parecía extrañarse de la cantidad de chicas que se encontraban allí.

En realidad, de los doce moradores de la Madriguera tan solo cinco eran varones, los demás eran hembras, y eso sin contar que no hubiera alguna visita femenina en ese instante. Sabiamente, Ángela empezó a presentar las chicas en primer lugar, tomando el papel de cicerón. Dafne, quien la estrechó en un sincero abrazo que ponía de manifiesto la parte ursina que ocultaba; Belén y Anabel, las reservistas licántropas de la Brigada, unas primas norteñas que parecían hermanas; Judit, tan cimbreante como si su parte de pantera se mantuviera activa bajo la piel; Marga, siempre altiva para disimular la glotonería de su apetito de cocodrilo; Carolina, a la que habían apodado Lego por su capacidad de incorporar componentes inorgánicos del entorno a su cuerpo, y Eliz, la delgada y tímida chica gacela, de hermosa sonrisa.

Mirella era consciente de que las chicas eran atractivas, cada una a su manera, como si despidieran un invisible efluvio que atraía la atención sobre ellas, y eso le produjo un doloroso pellizco en alguna parte entre su corazón y su estómago. Sin embargo, dejar los chicos para el final, paliaba, de alguna manera, la tensión que Mirella sentía. David comprendió entonces la intención de su amiga.

Ashudi “Kimbo” Daffnú se sentó de nuevo dignamente en su sillón, sin perder la página que marcaba con el dedo de un libro de biología. El chico mangosta pakistaní se veía un tanto turbado tras los besos de rigor, aunque su tez cetrina disimulaba el rubor de sus mejillas. Barbie le dio un suave codazo al costado de su amiga para indicárselo. Ernesto, el juguetón adolescente con cabeza de dientes de sable cuando asumía su don; Vitorino, un atildado joven proveniente de Italia que era capaz de cambiar de rasgos, color de pelo y ojos, e incluso estatura con solo disponer unos minutos del modelo original; Raúl, alto, fornido, y callado, que podía hacer crecer un exoesqueleto sobre su piel que le hacía parecerse a un gigantesco armadillo, y, finalmente, Pedan – Pedro Antonio – siempre sonriente con ese peculiar detalle ladino que le confería su oculta personalidad de ofidio.

David, tomando a su novia del brazo, la arrastró en la visita guiada que acabó, ciertamente, mostrando su propio dormitorio, el cual compartía con Ernesto. Mirella ya conocía este detalle pero comprobar físicamente la cama deshecha del joven mallorquín la tranquilizó aún más. El esquema de la comuna era simple: seis cuartos de baños se repartían entre los dos bajantes generales del desagüe comunitario. Adheridos a ellos, como gigantescos moluscos inertes, seis amplios dormitorios se abrían, simulando artificiales tréboles. En el extremo sur, al fondo de la larga estancia, se instalaba una abierta cocina, con más isla que superficie culinaria había que decir, y que tan solo usaban Kimbo y Dafne, voluntarios para preparar los almuerzos. Todo el demás espacio, que era bastante, se utilizaba como zona común, la más cercana a la puerta que se usaba estaba habilitada para el ocio, televisión y videojuegos, principalmente; la otra, aledaña a la cocina, se dedicaba al estudio, a la lectura, o a los juegos de mesa.

Belén y Carolina repartieron una suave y refrescante caipirinha que habían preparado durante la tarde y se agruparon alrededor de Ernesto y Pedan, los cuales disputaban una reñida partida de Call of duty. Mirella, aferrada al fuerte brazo de su novio, observó en silencio la camaradería que se respiraba en la comuna y se rió con ganas con las pullas de unos y otros. Poco a poco, su indicador de celos fue descendiendo hasta un estado poco usual en ella. Mirella era una persona posesiva y celosa por naturaleza pero, en aquel momento, no era consciente de las especiales feromonas que poblaban la atmosfera de la comuna, que apaciguaban su desasosiego y manipulaban sus inhibiciones.

Aquellas feromonas solían ser habituales en la Madriguera y eran liberadas de forma inconsciente por varios de sus habitantes, tanto por ser adolescentes aún en pleno apogeo, o bien por condición de su especial naturaleza. Ninguno de ellos, ni siquiera Ángela, era consciente de ello, ni le hubiera dado más importancia de serlo. Los adanitas, por naturaleza, eran seres muy carnales, volcados en sus impulsos sexuales y de pocos prejuicios morales. Se decía que todo Casta era bisexual, tanto por voluntad como por necesidad. Aquel adanita que estuviera en posesión de feromonas o alguna otra sustancia surgida de sus especiales glándulas, solía exudarlas o verterlas en cuanto estuviera en un lugar cómodo y seguro, y la Madriguera cumplía con esas funciones.

Así que, con un hondo y reprimido suspiro, Mirella se relajó totalmente, pegando aún más su cuerpo al de su novio. Si en aquel instante, dos de los moradores de la comuna se hubieran desnudado y enrollado en el sofá ante ella, como era costumbre habitualmente, Mirella hubiera sonreído y animado con unos gritos y palmas. Su moralidad y sus valores éticos estaban adormecidos. No era nada parecido a lo que sintió en la experiencia de Noche Vieja, sus demás sentidos funcionaban perfectamente; no se sentía ida, ni mucho menos… solo se notaba eufórica, llena de vitalidad, extasiada por lo que la rodeaba… En una palabra, cachonda.

–¿Os quedáis todos a cenar, verdad? Es noche de pizzas y hemos pedido suficientes para todos – exclamó Vitorino con un aleteo de sus manos que ponía de manifiesto su ascendencia italiana. Marga le puso una mano en el hombro y asintió vigorosamente, como si fuera la mejor idea del mundo.

–Bueno… habíamos pensado – balbuceó David, pero enseguida fue cortado por la rubia vampira.

— ¡Me encanta la pizza! – exclamó Ángela mientras miraba directamente a Mirella.

— ¡A mí también! – respondió la catalana con una risita.

¡Decidido! ¡Nos quedamos! – afirmó Raquel, batiendo palmas tontamente.

David, con una ceja enarcada, le hizo una muda pregunta a su rubia amiga, confundido por el cambio de planes. Ángela se encogió de hombros levemente, restándole importancia. “Si se siente bien aquí, ¿por qué llevarla de nuevo arriba?, pensó para si misma.

Hay que decir que ninguno de los presentes era consciente de la existencia de la constante nube de feromonas que se repartía diariamente en la Madriguera, ni siquiera aquellos que la emitían al aire. Aún tardarían unos años en conocer aquella faceta de atracción animal. Sin embargo, era una explicación totalmente factible si se hubiera llegado a descubrir la existencia de aquellas partículas flotando en el ambiente. Toda una explicación a las súbitas y espontáneas parejas que se organizaban casi a diario y que terminaban fornicando en cualquier sitio, sin ningún pudor.

Aquella velada no iba a ser distinta, por supuesto, y Mirella, por ser humana, fue la primera en quedar afectada por las feromonas. Su humor había mejorado tanto que se unió a una ácida conversación de las chicas, en la cual pilló repaso todo el mundo, desde la última moda cani hasta la vida personal de actores y políticos. Ángela apretó el antebrazo de su amigo para que se fijara en lo bien que parecía adaptarse Mirella a sus compañeros de madriguera. David sonrió, cabeceando suavemente, e inclinó su cabeza hasta susurrar un quedo “gracias” en el oído de la vampira.

Las pizzas llegaron y, con ellas, varias botellas de suave vino italiano rosado, un aporte de David y Ángela que fue celebrado por la mayoría. Entre bocado y bocado a la esponjosa masa recubierta de queso fundido y otras exquisiteces, las amistosas pullas fueron empapándose de aquella atmosfera relajante y excitante a la que estaban acostumbrados casi todos. Las alusiones sexuales se sucedían rápidamente, a cual más osada si podía ser, haciendo estallar risotadas y toses de atragantarse por igual. Mirella, insuflada por el vino, por la temática, y por el estado de excitación en el que rebullía, se atrevió a hacer una confesión que era incapaz de guardar más tiempo:

— Debo admitir que… como casi todas las chicas, he tenido curiosidad por tocar y besar otras chicas – dijo en un tono tan suave que obligó a los demás a callar y prestar atención.

Se habían quedado en el extremo más alejado de la cocina, repartidos entre el gran sofá de falso cuero y la gran mesa de oscura formica sobre la que solían estudiar.

–Pero no fue hasta que me encontré… entre los brazos de Ángela – las palabras surgían sin dificultad de su boca aunque con una fuerte carga sentimental que arrebolaba totalmente sus mejillas. Aún así, sus pupilas buscaron el sonriente rostro de la vampira, sentada en uno de los brazos del sofá. – que no descubrí lo que puede hacerte sentir otra mujer.

Sentada a la mesa, a su lado, Barbie bajó su mano para apretar el dorso de una de las de Mirella, como si quisiera transmitirle su apoyo.

— ¿De verdad lo has hecho con ella? – preguntó Ernesto, señalando hacia Ángela con el pulgar.

— Sí – asintió Mirella, bajando la mirada – pero estaba David también.

Los chicos dejaron escapar sonoros epítetos mientras lo más cercanos palmeaban rudamente la espalda del mencionado, quien se ruborizó fuertemente.

–No hay nada de malo en un trío – casi dijeron a la vez las primas Belén y Anabel, admitiendo así como solían ser sus relaciones. La mayoría asintió con la cabeza o con murmullos.

— ¿Verdad? – preguntó Mirella con una expresión radiante pero inmediatamente bajó los ojos y apretó la mano de Raquel instintivamente al admitir: — Creo que me he obsesionado algo con repetir ese encuentro, más que nada para completar lo que imagino en mis brumosos recuerdos.

David, con el rostro encendido y los ojos brillantes, tomó la mano libre de su novia y besó los dedos en muda respuesta.

–Eres muy valiente al confesarnos tu deseo – le dijo Carolina desde el sofá. – Todos nosotros somos de mente abierta y espíritu libre, pero no todos los hum…las personas – rectificó prontamente – son tan comprensivas.

–Es que me siento realmente bien aquí, entre todos vosotros, como si os conociera de toda la vida – sonrió Mirella.

–Eres la chica de uno de los nuestros – musitó Raquel a su oído. – Así que también eres de la comunidad.

–Gracias – musitó la catalana, girando el rostro para mirarla a los ojos.

Se habían comido las pizzas y apuraban sus copas de vino. La atención cambió de foco y fue Eliz quien hizo otra confesión con su tímida voz. Raquel, aprovechando un titubeo de la chica gacela, se puso en pie y preguntó si alguien quería un yogurt del frigorífico, pero nadie contestó. Caminó en silencio hacia el otro extremo del larguísimo seudo loft, hacia la cocina. Mirella giró la vista al cabo de unos segundos para observarla cuando abrió los ojos de par en par. Quien abría la nevera no era Raquel sino Ángela, quien la miraba sonriente. Giró de nuevo la cabeza para mirar hacia delante y su boca se abrió, incrédula. Ángela estaba en su mismo sitio, sentada sobre el brazo del sofá y charlando con Kimbo.

Parpadeó, preguntándose cómo era posible tal cosa. Volvió a mirar hacia la cocina, comprobando que otra Ángela idéntica, pero con la ropa de Raquel, apoyaba sus nalgas contra la encimera y abría la tapa del yogurt sin dejar de mirarla. Tenía una sonrisa provocativa y sensual, al menos en opinión de Mirella. De repente, le hizo una señal con la cucharilla que tenía en la otra mano, animándola a ir hacia ella. la catalana pasó la lengua por sus labios, súbitamente resecos, y se levantó lentamente de la silla. David se ladeó para mirarla y, entonces, él también vio a Ángela en la cocina, solo que reconoció inmediatamente a Barbie. La instintiva protesta se quedó atascada en su garganta y soltó la mano de su novia para permitirle avanzar hacia la cocina. Miró a su alrededor, comprobando que todos sus compañeros seguían pendientes de las palabras de Eliz.

La guapa catalana caminó hasta la abierta cocina sumida en penumbras. La figura de Ángela se divisaba gracias a la luz que surgía de la entreabierta nevera. La rubia arrebañaba el interior del pote de yogurt con la cucharilla y lamió esta con glotonería, mirando a los ojos de Mirella quien se detuvo a su lado.

— ¿Cómo es posible? – susurró la atónita catalana.

Barbie colocó uno de sus dedos sobre los turgentes labios de Mirella, acallando sus preguntas.

—    Creo que no es momento de comerte la cabeza, ¿verdad? Preferiría que tú y yo nos perdiésemos en uno de los dormitorios y diésemos rienda suelta a tus fantasías. ¿Qué me dices?

—    Pero…

—    No hay peros que valgan, cariño. Piensa que soy un poco bruja y que he realizado un sortilegio para escaquearnos de los demás. ¿Tanto te extraña?

Mirella negó con la cabeza, con los labios aún presionados por el dedo de Barbie.

—    Seguro que se mueres por besarme.

—    Sí – respondió Mirella, con los ojos chispeantes. Asomó la punta de su lengua para lamer el dedo que medio cerraba sus labios.

Su mirada se perdía en la inmensidad azul que se abría en los ojos de Ángela. Que David estuviera más allá, a su espalda, ya no significaba nada para ella, motivada por lo que sentía, por las feromonas que alteraban sus valores hormonales, por el aroma que emanaba del cuerpo deseado que se erguía a centímetros de ella.

David notó la suave presión de una mano sobre su hombro y dejó de mirar hacia la cocina para girar el cuello y mirar hacia arriba. Ángela se apoyaba sobre él y también miraba hacia la zona en penumbras.

—    Vaya con Barbie – musitó la rubia. – Creo que se la va a llevar a la cama.

—    ¡No jodas! – exclamó David. Marga, a su lado, le miró con extrañeza.

—    Bueno, tú me dirás entonces – susurró Ángela, inclinándose sobre el oído de su amigo. – Ya escuchaste la confesión de tu novia, que soñaba conmigo… y ahora está cuchicheando con mi sosias a oscuras en la cocina.

—    Mirella no me haría eso – gruñó el chico.

—    ¿De verdad estás celoso? ¿No has imaginado algo parecido a esto desde que tu novia empezó a interesarse en mí? – preguntó Ángela con tono burlón.

—    Pssccheeé – dejó escapar David, encogiendo un hombro.

—    Ya sabes que Barbie solo puede adoptar el aspecto que su objetivo tiene en mente en ese momento. Mirella está pensando en mí y, por lo que veo, con bastante intensidad.

—    Ya – el tono de David fue menos brusco esta vez, como si estuviera aceptando la situación.

—    Solo podemos hacer una cosa cuando las veamos desaparecer en una de las habitaciones.

—    ¿Cuál?

—    Perdernos nosotros en otra… tengo unas ganas enormes de que me revientes el culito, David.

El ardiente susurro en el oído del chaval tuvo un largo efecto en su cuerpo: izó todo el vello de sus antebrazos así como enardeció su pene en el interior de su pantalón. Mientras tanto, Barbie tiró el pote de yogurt a la basura, dejó la cucharilla en el fregadero, y tomó la mano de la aún aturdida Mirella para conducirla rápidamente hacia uno de los dormitorios. Ni siquiera sabía a quien pertenecía, ni le importaba. La pasión que Raquel sentía en aquel momento no se debía tanto a las feromonas existentes, sino más bien al morbo de suplantar a su amiga en una situación tan lujuriosa.

Nada más cerrar la puerta del dormitorio, que por cierto era el que pertenecía a las dos primas licántropas, la una se echó en los brazos de la otra, fundiéndose en un apretado y retorcido beso que les llevó varios minutos antes de separarse. Mirella, jadeando, buceó en las azules pupilas, sonriendo tontamente mientras Barbie le aflojaba el cinturón y le bajaba el ajustado y blanco pantalón. Se estremeció toda al sentir los blancos dedos de Ángela rozar la piel de sus muslos al bajarle también la sucinta braguita beige. Descalza y desnuda de cintura para abajo, Mirella se lanzó de nuevo a besar aquella boca que la enardecía en sueños. La espalda de Barbie chocó contra la puerta sordamente, debido al impulso que la catalana dio a su abrazo. Una de las desnudas piernas se coló entre las suyas, aún cubiertas por la liviana falda pantalón que vestía. Su pelvis se lanzó automáticamente hacia delante, en busca de un agradable contacto que deseaba más que nada. Ronroneó en la boca de Mirella al frotarse largamente contra su pierna.

Las manos de la novia de David se atarearon con urgencia sobre su cintura, buscando el cierre de su prenda para quitársela de una vez. Sin embargo, Mirella se atareó un buen rato masajeando sus nalgas antes de despojarla de su ropa interior. Durante otros pocos minutos, ambas se quedaron abrazadas en pie, con los traseros al aire y devorando sus labios con pasión, las camisetas subidas por encima de los enervados pechos, que libres de cualquier sujeción se frotaban dulcemente, unos contra otros, los pezones erguidos y rosados, la piel encendida.

Entonces, como si la pasión venciera su equilibrio, se movieron sin soltarse hasta caer sobre una de las camas. Barbie, que mantenía la mente más libre y que tenía quizás más experiencia que su amante, rodó hasta quedar encima y, sin dejar de aspirar y deleitarse con la lengua de Mirella, cabalgó una de sus piernas, consiguiendo que cada sexo se pegara a un cálido y sensual muslo. Tanto la una como la otra percibió la perlada humedad que se deslizaba sobre la sensible piel del muslo correspondiente y que confesaba el incontenible deseo de cada una.

—    Vamos a follarnos, zorra – musitó Barbie, mordisqueando el labio inferior de la catalana.

—    Sííííí… — dejó escapar Mirella, accionando sus poderosas caderas para frotarse ávidamente contra su rubia amante.

David sostenía a Ángela de rodillas sobre su cama. Ambos estaban desnudos y abrazados, él a la espalda de ella, besando suavemente su nuca, ella abrazando las caderas masculinas echando sus brazos hacia atrás. Ladeaba su cuello para dejarle una buena porción de sensible piel a su lengua. Gemía al notar los dedos de David apretando su pecho y otros posados sobre su cadera, controlando los largos envites que hundían su duro miembro en el ano de Ángela.

Ella estaba demasiado ansiosa como para desear otra cosa en cuanto entraron en el dormitorio de David. Ni siquiera les importó disimular ante los demás al dejar la mesa. Ángela deseaba ser sodomizada y eso es lo que iba a ser

Ella misma se quitó el etéreo vestido por encima de la cabeza y se tumbó de bruces sobre la cama, las piernas abiertas, las pequeñas nalgas temblorosas. Contempló a David desnudarse por encima de su hombro, sonriéndole y haciéndole muecas provocativas con la boca. A pesar del deseo y la provocación, David fue aún consciente de abrir las nalgas presentadas y escupir en el esfínter de Ángela, así como en su propio miembro, antes de comenzar la penetración.

Sonrió ante el concierto de quejidos, bufidos y súplicas de Ángela, pero no cejó en su esfuerzo de ahondar en el intestino, sabiendo que ese era el deseo de ella.

—    Eres la más puta de todo el clan – jadeó él al conseguir meterle todo su pene finalmente.

—    Lo… sé… — sonrió ella, iniciando un suave bamboleo.

Al cabo de unos minutos ambos gemían y ella le pidió que la aupara hasta quedar ambos de rodillas y erguidos. Ángela quería sentirse abrazada y besada, una niña entre los robustos brazos y pecho de su amigo.

—    Quiero degustarte otra vez – musitó Ángela, manteniéndose a cuatro patas sobre el derrengado cuerpo de Mirella, mirándola a los ojos.

—    Dios… otra vez…

—    Sí, y otra más quizás… ¿tan cansada te sientes que no quieres seguir?

—    No, pero podríamos echar un cigarrillo, ¿no crees? – repuso la catalana con una sonrisa.

—    Bueno, me gustará el sabor a tabaco en tu boca – contestó Barbie, dejándose caer al lado de su amante.

Las dos lucían sudorosas, con las cabelleras despeinadas, y los ojos febriles. Mirella sacó un paquete de cigarrillos de su bolso y encendió uno. pasó un brazo por encima de los hombros de la rubia quien se acurrucó contra ella.

—    Dios, no pensé jamás que esto fuera a ser así – dijo, tras echar una bocanada de humo.

—    ¿Así cómo?

—    Tan intenso y tan…

—    ¿Orgásmico? – se rió Ángela.

—    Pues sí, exactamente. Tenía una vaga noción de lo que pasó en Noche Vieja, de lo bien que nos lo pasamos los tres, pero no había nada claro y preciso, nada como lo que acabamos de experimentar – Mirella se giró un poco para mirar a su amante a los ojos.

—    Pero eso no significa que hayamos iniciado una relación – Ángela levantó una mano como advertencia. – Tienes un novio maravilloso.

—    Lo sé, lo sé, soy consciente de ello, pero…

—    Pero nada. No empieces con cosas que no existen – el tono de la rubia fue seco. Se izó sobre un codo para mirar mejor a su compañera de cama. – Esto que ha pasado ha sido un pronto, un capricho, algo que hemos disfrutado y que puede que repitamos en el futuro, pero que no significa nada, absolutamente nada. Tú estás muy feliz con David y él es uno de mis mejores amigos y no pienso perderle por nada del mundo. ¿Entendido?

—    Sí, por supuesto. Lo que quería referirme – empezó Mirella tras unos segundos de silencio – es que sería genial contarte como amiga, ¿sabes? Desde que David y yo salimos me he distanciado de las mías. Bueno, ahora que miro hacia atrás empiezo a comprender que no eran las mejores amigas del mundo y que los círculos en que me movía eran… algo ficticio.

Barbie, bajo su apariencia de vampira, asintió con la cabeza, no queriendo comprometerse en alguna afirmación que desconocía.

—    Si pudiéramos ser amigas, tú y yo, sin tener en cuenta las veces que podamos meternos en la cama… me harías muy feliz, Ángela.

—    Ya lo somos, tonta. Es más, mis amigas también serán tuyas, ya lo verás – apuntó Barbie, pensando en ella misma y quizás en Ginger, y tratando de hacerle un favor a Ángela.

—    ¿Tus amigas?

—    Quien sabe…

Y Barbie cortó la conversación por el sencillo método de descender a besos por el mórbido cuerpo de la catalana hasta pegarse como una lapa a su entrepierna. Mirella, con un gemido, apagó el cigarrillo en el cenicero de la mesita antes de cerrar los ojos y abandonarse a la urgente sensación que, una vez más, recorría su cuerpo.

CONTINUARÁ…

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s