PSIQUE W

Fin de la jornada en la siderúrgica. Las manos de los obreros, callosas y quemadas de trabajar, dejan las herramientas por hoy. Mañana, hay que volver a un trabajo peligroso y mal pagado, pero por hoy ya ha sido suficiente.

Como un rebaño de ovejas, los hombres van saliendo a la calle. Hoy es día de paga, han cobrado un mísero salario y van a gastarlo en el pub de Watson. Se merecen una buena pinta de cerveza para refrescarse el gaznate. Después, volverán a casa con sus familias, y entregaran lo que les quede a sus mujeres o madres.

Pero al doblar la esquina para ir al pub, se encuentran con una manifestación. Los de la fábrica de automóviles de enfrente están en huelga. Por sus pancartas y carteles, los siderúrgicos ven que piden más salario y mejores condiciones en su fábrica. Esto último era, al parecer, porque el mes pasado había muerto un chico de quince años mientras trabajaba allí.

Entonces Tom, mira a su hijo Harry. Tiene la misma edad que ese chico muerto en la fábrica de automóviles:

  • ¿Quién era? –le pregunta Tom a su hijo.
  • Era Charlie, hijo de Peter Owen. Vivía al final de nuestra calle. Su madre trabaja limpiando escaleras.

Ahora se acordaba Tom de aquel chico. Conocía a su padre de vista. No pudieron ir al funeral porque tenían que trabajar, y los patrones no le dieron permiso. “A decir verdad, los patrones nos tratan como animales”, piensa Tom. El padre mira con mucha atención al hijo. Sufría cuando lo veía trabajar, manejando hierro ardiendo o cargando piezas metálicas más grandes y pesadas que él. “Ojalá pudiera estudiar. Ojalá pudiera pagarles los estudios”, se lamenta Tom. Pero en casa eran muchas bocas para alimentar, Betty estaba de nuevo embarazada, y Harry era el mayor. Tenía que trabajar.

Mientras el grupo de obreros observa la manifestación en silencio, llega Frank, que trabaja en la artillería:

  • ¿Qué bicho les ha picado a esos con la huelga? –gruñe Frank.
  • Piden más salario y más seguridad en la fábrica –responde Harry.
  • ¿Más dinero y seguridad? Sí, claro… ¡Lo que tenéis que hacer es trabajar más y mejor inútiles! –les grita Frank a los huelguistas.

Estos le escuchan gritar, y se enzarzan con él en una discusión. Incluso uno de ellos sale del tumulto con intención de darle una paliza. Pero sus propios compañeros lo paran.

  • ¿Qué se habrán creído? –masculla Frank.
  • Ahora todo el mundo se manifiesta y exige cosas por nada Frank –dice John, el más veterano de todos, a Frank -. Hasta las mujeres. Dicen que quieren los mismos derechos que nosotros. Por el amor de Dios, ¡quieren votar!

Todos ríen con grandes carcajadas. Tom y Harry siguen observando la manifestación. Mientras, sin percatarse ni prestarle atención a lo que hacían padre e hijo, los demás siguen su conversación.

  • Mi hija mayor quiso ir el otro día a una manifestación de esas sufragistas –relata Ron, otro de los más veteranos -, me encerré con ella en el cuarto y le di una paliza. Se le quitaron las ganas de ir.

Otra vez rompen a reír con estruendo. El comentario les hace gracia.

  • Hiciste bien Ron. Mi mujer también llegó ayer con un panfleto que le habían dado esas histéricas –señala Frank -. Lo tuve que quemar. Mujeres votando, ¿qué será lo próximo? ¿Mujeres en la guerra? ¿Mujeres en el gobierno?
  • Tienes razón Frank. Las mujeres no tienen capacidad para esas cosas, lo dicen todos los científicos –comenta Ron -. En cuanto a estos huelguistas. Seguro que algún socialista aprovechado les habrá lavado el cerebro.
  • La huelga y la manifestación no les servirán de nada. El patrón, siempre será patrón. El rico, siempre será rico. Y el pobre cada vez será más pobre –dice John -. Creedme, soy viejo. Por más que nos empeñemos, eso no cambiará nunca. Esos pobres infelices pierden el tiempo.

Entonces, el grupo se encamina hacia la taberna, pero Harry sigue allí clavado en la esquina, observando la manifestación. De pronto, de ambos lados de la calle, surgen pequeños grupos de trabajadores de otras factorías. Van a unirse a sus compañeros de la fábrica de automóviles.

  • ¿Quieres que nos unamos a ellos? –pregunta Tom a su hijo.
  • ¿Tú no piensas como John y los demás? –duda Harry, volviendo la vista a su padre.
  • Para nada hijo.

Y mientras unos se van a gastar su escaso salario en pintas de cerveza. Padre e hijo, cruzaron la calle para unirse a sus compañeros.

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