JANIS MULLIGAN

 

El comandante Araña

12 de marzo de 2014.

Rozando el ocaso, Apoyo recibió un mensaje en su móvil, una simple línea que la activó poderosamente para levantarse de la cama y enviar una alerta a todos los miembros de la Brigada. Escuchó los pitidos de los móviles de Barbie y Ángela resonar más allá, confirmando que el mensaje había sido distribuido con éxito. Miró de nuevo las sencillas palabras que había escrito en la pantallita: reunión en dos horas en la sede para conocer al comandante. Apoyo.

Se quitó la camiseta que utilizaba para dormir y, desnuda, se dirigió a su cuarto de baño para ducharse. Por un momento, pensó de nuevo en Ángela. Habría que buscar un nombre de guerra para ella e intuía que el comandante tendría la última palabra sobre eso.

En la habitación de al lado, la vampira apagaba su móvil de un manotazo. Carraspeó la flema que la sed había depositado en su garganta. Como todos los miembros de la Brigada, hacía dos días que no probaba gota de sangre, dos noches dedicadas a entrenar en la sede durante horas, todos ellos, pero había valido la pena según Tantalio. El entrenador enviado por el comandante, al cual aún nadie conocía más que Apoyo, era un hueso viejo, un tipo acostumbrado a pulir máquinas de combate Casta durante décadas. Le llamaban Tantalio por las dos prótesis que sustituían sus manos, construidas en una aleación de tantalio y berilio. Bellamente moldeadas, brillantes y letales, se podría decir. Por el momento, no había comentado nada sobre cómo había perdido las manos –aún no reinaba demasiada confianza entre ellos– pero sí se había mostrado lo suficientemente habilidoso y eficaz como para poder destripar con ellas a cualquiera de la Brigada.

El caso es que el entrenador buscó los límites de cada uno de ellos, al menos durante el intensivo entrenamiento. No les había dejado alimentarse en dos días y los ejercicios fueron sin duda diseñados para agotarlos de todas las maneras, tanto a ellos mismos como a sus poderes. Sin embargo, a pesar de la sed, Ángela había seguido siendo una de las más destacadas Guerreras, su pirokinesis disminuida por la necesidad pero aún presente. A esas alturas, otros compañeros se habían retirado de los ejercicios, exhaustos y débiles como niños de pecho.

Al mirar el mensaje, Ángela renegó para su interior. Estaba sedienta, lo que la volvía malhumorada y contestona. No era el mejor estado para conocer al comandante; tendría que frenar su lengua para no empezar con mal pie. Quizás tuvieran suerte y se repartieran aperitivos sanguinolentos en el acto que mejoraran su estado anímico, pensó con una sonrisa mental. Lo más seguro es que Apoyo los mantuviera a todos saciados con su poder mientras durase la presentación y después repartiera plasma sanguíneo de las reservas. Ángela alucinaba cada vez que aprendía algo más sobre el don de la egipcia y cómo podía influir en toda la Brigada.

Barbie, siempre la primera en ducharse y vestirse pues no tenía que esperar al ocaso para ponerse en marcha, preparaba el desayuno para sus compañeras. Calmaba su sed untando mermelada de frambuesa sobre panecillos de leche aún tibios. La pelirroja no era ninguna maravilla cocinando –su arte se limitaba a leer las instrucciones al dorso del paquete de comida elegido y meterlo en el microondas– pero se esforzaba por aprovechar los momentos que pasaba sola para asentar la convivencia. Así que, cuando sus compañeras despertaban, solía tener el desayuno –cena en su caso– preparado, esforzándose en mejorarlo en cada ocasión. La verdad es que se estaba volviendo buena en lo de servir desayunos, se dijo.

–Que las bendiciones del Profeta recaigan sobre ti por tus atenciones– dijo Dumbala, surgiendo de su habitación con una oscura y liviana chilaba tapando su desnudo y esbelto cuerpo. Envolviendo sus mojados cabellos, una toalla formaba un artificioso turbante que se mecía a cada movimiento.

—Eso y ya de paso que le busque un novio– dejó escapar Ángela a su espalda, con una risita.

—¡Zorra!– respondió Barbie, tirándole un panecillo que la rubia atrapó al vuelo.

Ángela vestía solo que la ropa interior deportiva, en un gris oscuro, y caminaba descalza. Sus compañeras de apartamento ya se habían acostumbrado a sus necesidades naturistas y al calor corporal que desprendía al ponerse en movimiento. Las tres se sentaron alrededor del pequeño mostrador que servía de separación del área de la cocina con la zona común. Ángela, tras relamerse un dedo lleno de confitura, preguntó:

— ¿Desde cuándo conoces al comandante, Dumbala?

–Unos seis meses, más o menos. Entré en el proyecto de la Brigada cuando él me buscó.

— ¿También pertenece al clan Oasis de Dios?– se interesó Raquel.

–No.

— ¿Cómo conocía tu existencia?– Ángela la miraba fijamente, sosteniendo un panecillo en una mano y el cuchillo de untar en la otra, inmóvil.

–Es un Alta Cuna y puede revisar el Códice de Job cuando le parezca– musitó la bella egipcia, encogiendo uno de sus hombros.

— ¿El códice de Job?– Ángela y Raquel hicieron la pregunta a la vez.

–Bueno, pertenecemos a un grupo especial así que puedo hablaros del Códice– repuso Dumbala, adoptando cierto aire conspirador. –Según se cuenta fue Job quien empezó a registrar tanto las pertenencias del clan al que pertenecía como los adanitas que englobaba…

— ¿Job? ¿Ese Job, el de la biblia?– preguntó Barbie, olvidándose del desayuno.

–Sí, al menos esa es la leyenda. Los textos sagrados hebreos y cristianos hablan de que era un rico comerciante y, en ellos, se listan los bienes que acaparaba. En realidad, los maestros eruditos de la Casta teorizan con que no eran sus bienes, sino una parte de lo que pertenecía a su clan; sin duda, Job era tan solo un administrador, en suma.

–Entonces, ¿qué hay de las pruebas a las que lo sometió Satán?– Ángela enarboló el cuchillo de untar como una batuta.

–¿Quién sabe lo que hay de cierto en la Biblia y cuánto de bulo?– la pícara expresión de Dumbala las hizo reír. –El hecho es que esa especie de listado que él inició se fue ampliando siglo tras siglo, abarcando finalmente la totalidad de los clanes. Se ha convertido en un extenso archivo constantemente actualizado y en él estamos todos incluidos, posesiones y adanitas. Puede ser consultado por cualquier Alta Cuna pero…

–Pero no por el Pueblo Llano, ¿no?– terminó la frase Ángela.

–Así es. Debemos pedir permiso al clan para hacerlo– Dumbala hizo un gesto con las manos que quería decir: “así son las cosas”. –De esa forma fue cómo supo de mi existencia y me reclamó para la Brigada. No sé a qué tipo de acuerdo llegó con mi clan por mi persona, ni me interesa; empezaba a estar bastante harta de mi vida en aquel colegio de Basora.

–¿Cómo es él?– preguntó Raquel, curiosa.

–Lo vas a conocer en una hora. No quiero que os hagáis falsas impresiones; tenéis que verlo por vosotras mismas– replicó la egipcia, cerrando la conversación y levantando un halo de misterio.

Barbie y Ángela se miraron pero no dijeron nada, dedicándose a terminar con el desayuno. Poco después, una vez vestidas, bajaron a reunirse con otros miembros de la Brigada que se encaminaban hacia la sede secreta. Esta no estaba lejos de la urbanización, así que todo el mundo iba andando, cruzaba la carretera por el paso elevado de peatones y subía el escalonado camino de roca que ascendía por detrás del camposanto. Una de las entradas a la sede se encontraba allí, camuflada como una caseta de peones, excavada bajo un risco.

Lo que el clan había construido en el seno de Monjuic, bajo los pabellones deportivos, los múltiples jardines y paseos, el viejo cementerio judío, el teatro musical, o las escalonadas piscinas de Bernat Picornell, era verdaderamente grandioso. Claro que toda la obra empezó en 1751, cuando Juan Martín Cermeño construyó el castillo en su cima. Siendo un arquitecto adanita, el clan aprovechó para horadar la montaña lentamente, cada vez más profundamente. Cuando los opositores a Franco eran fusilados en el patio de armas de la fortaleza y enterrados en el cementerio del lado sudoeste de la montaña, ya existía un vasto complejo subterráneo Casta bajo sus pies, totalmente acondicionado e ignorado por los humanos.

La sede de la B.A.E. ocupaba un ala de galerías en la ladera este de Monjuic. Disponía de espacio para alojar cómodamente a toda la Brigada si era necesario, con una enorme sala de reunión que podía convertirse en comedor. Había vestuarios totalmente acondicionados, así como tres salas de entrenamiento diferenciado, una galería de tiro, una armería bien surtida, y hasta una pequeña sala de proyecciones.

Todo era nuevo, brillante y limpio, pero a Ángela no le acababa de gustar. Olía a aire reciclado y todos aquellos muros bicolores oprimían su mente tras unas horas. Podía soportarlo como base pero dudaba de que pudiera vivir allí abajo. Se abstuvo de comentarle nada a Barbie –no quería que la tachara de quejica– y, aprovechando que Apoyo había desaparecido, se acercó a David cuando le divisó al entrar en la gran sala de reuniones.

–¿Ya no saludas a los amigos, tigre?– le susurró tras pellizcarle un costado.

–Ay— se quejó él, sonriendo. Se inclinó y la besó en la mejilla. –Has estado perdida estos días.

–¿Yo? Creo que eres tú el que está disfrutando de esa madriguera de bestias sarnosas que tenéis en la planta baja– contestó ella, cínicamente, aferrándose al durísimo brazo del chico. –A ver, cuéntame… he visto que dormís por parejas, o sea, dormitorios de dos. ¿Ya hay habitaciones mixtas?

–Algunas– asintió David, con una amplia sonrisa. –Pero yo tengo compañero de cuarto.

–Sí, creo que me lo presentaste. ¿Mala Cabeza?

–Mala Testa– la corrigió él. –Es en honor del villano del Capitán Alatriste , ya que el chico se ha leído todo lo que ha sacado Pérez-Reverte, y como además su don es triangular y analizar situaciones… pues…

–Ya, Mala Testa, ¿no? Cachondeo sano – ironizó ella.

–Algo así. ¿Y tú, ya tienes nombre de guerra?

Nop– negó con la cabeza Ángela– y nadie parece querer ponerme uno.

–No te preocupes, ya surgirá. Aún estoy tratando de lidiar con el mío.

–¿No te gusta “Lindo Pulgoso”?– se rió ella mientras observaba como se llenaban de chicos las dos largas mesas de la sala de reuniones.

–Bufff… gracias a Dios que no se te ocurrió abrir la boca en aquel momento, ya tengo bastante con que me hayan puesto Colmillo, como el perro medio lobo de Jack London– suspiró el chico.

–Yo creo que te pega– respondió Ángela antes de despedirse y volver con sus compañeras, a la otra mesa.

Barbie la llamó con una mano, indicándole el sitio que le guardaba a su lado. La egipcia no se veía por ningún lado, lo que era normal si era la ayudante del comandante; se habría reunido con él antes de aparecer ante la Brigada. La puerta del fondo de la sala se abrió, acallando todos los murmullos. La Brigada, al completo, giró la cabeza hacia allí, deseando conocer a su comandante. El murmullo de asombro y sorpresa fue unánime, rebotando en techo y paredes, siendo imposible acallarlo al entrar los mandos superiores.

Un chiquillo rubio entró pisando fuerte con sus botas relucientes. Vestía unos pantalones militares mimetizados, remetidos en las bajas cañas de sus botas, y una sudadera negra con las mangas blancas y una leyenda escrita en letras amarillas y rojas sobre el pecho que decía: “Hoy lacasitos, mañana Viagra”. Caminaba con el cuerpo erguido, las manos a la espalda, una aferrando la muñeca de la otra en una pose cómoda y segura. Su aniñado rostro estaba serio y concentrado, pero la expresión no era lo suficiente adusta como para menguar su belleza y juventud. Ángela lo reconoció como el efebo que apareció de la mano de Apoyo cuando les anunciaron la creación de la BAE, allá en el barracón del campo de entrenamiento. Ahora que Ángela lo veía bajo una luz mejor y una perspectiva de frente, estuvo segura que debía ser el hijo de los Caprizzi, los etnimai del clan. Poseía la belleza materna en su rostro y la apostura de su padre latía bajo su piel.

“¿Qué hacía en la sede? ¿Acompañaba de nuevo a sus padres?”, pensó, al igual que la mayoría de sus compañeros Guerreros. Sin embargo, Ángela no tenía esa sensación, ya que el efebo se movía como si estuviera en su casa, con total decisión y autoridad. Por otra parte, Tantalio y Apoyo lo flanqueaban, dos pasos por detrás, dejando bien claro su puesto. La vampira sintió su boca aún más seca de lo que la sed la mantenía.

–¿Ese… niño es nuestro comandante?– musitó Barbie a su oído.

–Creo que sí. Un jodido y precioso efebo…

–¡ATENCIÓN BRIGADA! ¡EN PIE!– aulló Tantalio, tomándoles por sorpresa. Inmediatamente, con un rumor de cuerpos moviéndose, todo el mundo estuvo firme, los brazos pegados a los costados.

–¡Guerreros de la Brigada, os presento a vuestro comandante!– se adelantó Apoyo al otro lado. –¡Paris Caprizzi! ¡El comandante Araña!

–¡SALVE COMANDANTE!– clamaron más de una veintena de gargantas, haciendo el gesto ritual adanita de llevarse los tres dedos a la frente.

El efebo alzó una mano, acallándoles y, con una elegancia innata, saltó sobre la mesa, quedando en pie sobre ella, encarado a sus hombres. A cada momento que pasaba mirándole, Ángela estaba más y más segura que bajo aquel físico pubescente y hermoso, había algo mucho más… temible. Le costó encontrar la palabra que respondía a su impresión, pero se aferró a ella con decisión. Aquel niño imponía su presencia de alguna manera y conseguía que su estómago respondiera con una serie de gruñidos crispados.

–Nuevos Guerreros, sé que estáis deseando mostrar vuestro valor, las ansias de servir a vuestro clan, de probaros en combate real– el joven Caprizzi comenzó a hablar sin aspavientos, manteniendo sus manos tras él, sin grandes inflexiones de tono, con la voz suave y moderada. Pero aunque su voz era la de un jovencito, sus palabras decían otra cosa. –He soñado con esta Brigada durante bastante tiempo, esperanzado en reprimir el hostigamiento de los fanáticos cazadores, esperanzado en incrustarnos aún más en el tejido social humano para reafirmarnos sobre las riendas que manejamos desde hace siglos. Hasta ahora, la Sociedad Van Helsing tan solo constituía un rincón donde algunos filósofos humanos se refugiaban, apoyados por ciertos elementos disfuncionales que podríamos llamar, desde nuestro punto de vista, terroristas.

Hubo asentimientos silenciosos entre los Guerreros. Los ojos de muchos de ellos comenzaban a brillar, primer signo de la emoción empezaba a flotar en la gran sala.

–No estoy dispuesto a que ningún adanita más caiga en manos de esos locos que no están dispuestos a ver más allá de su fanatismo religioso, y menos ahora que la Sociedad ha recibido un tremendo apoyo de otras logias, procedentes de diversos países. Ya no son unos conspiradores de taberna, sino una amenaza real que pende sobre nuestras cabezas. Puede que muchos de vosotros me mire y vea solo un niño mimado y malcriado que se cree una especie de Juana de Arco adanita pero… os aseguro que eso está muy lejos de la realidad. No solo los etnamai apoyan esta estrategia de diversificación, sino que todos los integrantes del concejo del clan han depositado su confianza en mí y, por ende, en vosotros. Pronto demostraremos que somos muy dignos de pertenecer a esta Brigada.

Esta vez, afirmaciones enérgicas se sumaron a los asentimientos. La delgada figura que se mantenía de pie sobre la mesa había crecido a ojos de los presentes, como si un aura divina le envolviera, incrementando su carisma. Ninguno de los Guerreros presentes pensaba ya que se trataba de un niño, sino que su aspecto era tan solo una simple faceta de su atrayente personalidad.

–Pero no estaremos dedicados solo a combatir las incursiones de la Sociedad Van Helsing, mis Guerreros… ¡Existen otros problemas que agobian a nuestro clan, que perjudican nuestros intereses, y, por eso, la Brigada será una respuesta dura y concisa a todos esos peligros! ¡Dispondremos de todo el apoyo que las instituciones humanas aporten para que nuestras actuaciones sean precisas con el enemigo y queden ocultas a ojos indiscretos! Debéis saber que Tantalio me ha hablado sobre cada uno de vosotros y me siento muy orgulloso de vuestros avances. Seguid así y pronto tendremos nuestra primera incursión. Creo que todo el mundo conoce ya a Apoyo– el jovencito se giró un tanto para señalar a Dumbala con la barbilla. –Ella es mi ayudante personal, mis ojos y oídos entre vosotros, mi intermediaria. Ella os transmitirá las órdenes comunes y atenderá cualquier queja o petición en mi nombre. Eso es todo. Gracias.

Una salva de aplausos escoltó al comandante hasta la puerta, por la que desapareció solo. Tantalio elevó su voz de sargento mayor y les informó que todos se pasaran por la refrigerada despensa de la sede para recoger una bolsa de plasma con la que calmar la sed.

–¡Es un puto crío!– espetó Ángela en el momento en que Dumbala se unía a ellas.

–Sí, pero es una monería— contestó Barbie con una amplia sonrisa.

–No es un niño, Ángela. No caigas en esa creencia que te hará subestimarle— la aconsejó la egipcia en voz baja. –El comandante es un Alta Cuna, a pesar de su imagen y edad, y posee el poder suficiente para respaldar ese hecho, no lo olvides.

–¿Acaso ser un crío es parte de su poder?— se interesó Raquel.

–Algo así pero no me corresponde hablar más, lo siento.

–Creo que ya lo intuía al verle— contestó la vampira, mientras las tres se dirigían hacia el enorme almacén de la sede. –Hay algo en él que me impresiona…

Una gran cámara frigorífica, de al menos cuatro por tres metros, esperaba con la puerta abierta. En su interior, reposando sobre anaqueles metálicos que llegaban al techo, paquetes y paquetes de víveres de todo tipo se amontonaban. Tres baúles frigoríficos ocupaban los bajos de las estanterías, tan grandes como para contener un par de cadáveres cada uno de ellos. Uno mantenía su tapadera levantada, revelando que estaba lleno de bolsas médicas de plasma sanguíneo humano congelado. Los Guerreros entraban en la cámara, tomaban su bolsa y volvían a salir del almacén. Los más impacientes usaban la cocina de la sede para descongelar el fluido al baño maría y acababan succionando el plasma amarillento allí mismo, con ansia, pero la mayoría esperaría a estar en su apartamento para darse el placer. El alimento solía ser algo muy privado y personal para un adanita; no era como tomarse una copa en un pub, charlando sobre el Barça o los chicos de moda.

Apoyo se despidió de sus compañeras y se alejó, llevando en la mano su bolsa de sangre. Tenía que atender asuntos con el Comandante Araña y no supo decirles a qué hora terminaría.

–¿Qué significará ese título, Comandante Araña?— preguntó en voz alta Barbie, en el momento en que las dos chicas salían de la sede.

–Ni idea, Barbie. Puede que sea el nombre de guerra para un Alta Cuna— se encogió de hombros la vampira. –Pero el caso es que no relata nada sobre su don o su cometido. Una araña puede ser cualquier cosa, desde asquerosa a glotona.

–También es astuta, no lo olvides— advirtió Raquel, levantando un dedo.

Haciendo cábalas y suposiciones, las dos chicas llegaron ante el inmueble de su apartamento. En el ascensor, manosearon impacientemente las bolsas sanguíneas que llevaban bajo las ropas, cuarteando el plasma congelado del interior. El picor en la lengua de Ángela era ya muy intenso, enloqueciéndola. Las ansias acabaron por matar la conversación y un silencio opresivo se instaló durante el corto recorrido del habitáculo. Nada más entrar en el apartamento, Barbie se dejó caer pesadamente sobre el sofá más grande y exhaló un largo suspiro. Le lanzó su bolsa de plástico transparente a su compañera, quien la atrapó del otro lado de la sala, junto a la placa vidriada. Ángela se agenció rápidamente un cazo grande y lo puso medio de agua; introdujo las bolsas de plasma en él, cuidando de sumergir la mayor parte del contenido, y terminó saltando sobre la barra de la cocina, donde quedó sentada, balanceando los pies y contemplando a Barbie. Ninguna de las dos habló, demasiado ansiosas para conversar banalmente.

Ángela giró el cuello, observando el contenido del cazo. El hielo del interior de las bolsas se resquebrajaba y empezaba a fundirse. Si no hubiera estado tan débil, lo habría hecho ella misma, con su poder, en unos segundos. Agitó la lengua en el interior de la boca, paliando escasamente el incesante picor del ansia. Se concentró nuevamente en el tono amarillento del fluido envasado, solo para dejar pasar los segundos. Los científicos Casta hacía ya tiempo que descubrieron que era el plasma sanguíneo el que renovaba el don adanita. Los electrolitos, proteínas, hidratos de carbono, hormonas y vitaminas que componían ese preciado líquido que transportaba los glóbulos rojos y blancos y las plaquetas a hacer su cometido, eran los ingredientes necesarios para recuperarse. Claro estaba que tenía un gusto insípido sin la hemoglobina de los glóbulos y, en particular, no dejaba realmente saciada a Ángela, pero recuperaría su poder y su resistencia casi de inmediato. Aún así, la vampira, como muchos de los adanitas, prefería la sangre fresca al plasma congelado.

Finalmente, el baño maría descongeló completamente el plasma y Ángela sacó las bolsas, introduciendo los dedos en el agua hirviente, sin preocuparse de ello. Le pasó una de las bolsas a su compañera y volvió a subirse en la barra, para dejarle espacio a Barbie. Sujetaba firmemente entre sus dedos el recio plástico, como si la sensitiva piel de las yemas pudiera ya saborear el espeso líquido que abarcaba.

Balanceando sus pies con un suave y alegre ritmo, rompió el sello superior y apretó el fondo de la bolsa con una mano, a la par que se llevaba el tubito a la boca. “A falta de pan, buenas son tortas”, se dijo, tragando voluptuosamente. De reojo, contempló a Raquel, quien había mordido directamente el envase, perforándolo con los caninos que habían brotado en su boca. Eran más pequeños y finos que los que crecían en las encías de Ángela, pero igualmente afilados. Los colmillos, en mayor o menor grado, eran una de las constantes comunes entre la Casta.

En unos segundos, los hombros de Ángela empezaron a humear. Inconscientemente, repartió el incremento de calor por todo su cuerpo, permitiéndole el tiempo adicional para acabar la bolsa de plasma. Tras esto, saltó de la barra y se dirigió hacia su dormitorio para calmar el ardor que comenzaba a apoderarse de ella. Necesitaría algo más que sus dedos para apagar el incendio y por ello contaba con una buena réplica anatómica de un falo masculino enhiesto bajo el colchón.

–No te vayas— musitó la voz de Barbie, que la miró suplicante, recostada en el sofá.

–Tengo que hacerlo, Raquel… ya sabes lo que me ocurre cuando bebo sangre.

–Pero… puedo convertirme en quien más necesites en este momento— Barbie dejó brotar su poder a medida que su voz sugerente atraía a su compañera.

–Raquel…— Ángela se mordió el labio inferior, notando como sus ojos no podían apartarse de Barbie.

–Deja que te consuele, que te…— Raquel extendió los brazos hacia su amiga y, de repente, su voz se quebró y quedó estática. Contempló con asombro sus antebrazos pecosos, salpicados de fino vello rojizo. –Es imposible…

Se sentó en el diván y quedó encarada con el espejo redondo de la entrada, contemplando su propio reflejo. No había cambiado en otra persona al atrapar el deseo inconsciente de Ángela; seguía siendo ella misma y eso solo significaba…

–No necesito a otra persona en este momento, Barbie… eres mi amiga y eres preciosa— susurró Ángela, avanzando hacia ella.

–P-pero… yo… yo

–¿Acaso no has estado con una chica siendo tú misma?— adivinó Ángela al tomarle la barbilla con dos dedos.

–Nunca – jadeó la pelirroja, enrojeciendo intensamente.

–¿Y qué diferencia hay en usar tu poder y tomar el aspecto de otra persona y ser tú misma?

–Es como un… filtro, ¿sabes? No deja que me afecte— confesó Raquel, bajando los ojos. Ángela admiró aquellas largas y anaranjadas pestañas.

–Pues hoy te va a afectar y espero que muchísimo– musitó Ángela, acercando sus labios a los de su compañera.

Los suaves y rosados labios de Ángela se posaron levemente sobre los de su compañera y esta notó perfectamente el ardor que bullía en ellos. La temperatura creció rápidamente en el corto espacio que las separaba. A pesar de ello, Barbie saboreó largamente la boca de Ángela, utilizando sus propios labios y la punta de su lengua. En verdad, la sensación era distinta siendo ella misma, como si fuera más pecaminosa, más sensitiva. Le gustó y mucho, pensó, manteniendo los ojos cerrados. Sus manos rozaron el talle de su rubia compañera, casi en un intento de transmitirle su aceptación a lo que abría aquella caricia. Era cierto que Raquel, como ella misma, no había mantenido relación lésbica en su vida; de hecho, tan solo había tenido dos encuentros sáficos desde que su poder se desarrolló, dos aventuras pasajeras y momentáneas sobre las que no había pensado demasiado. Sin embargo, la situación actual era muy distinta y reclamaba toda su atención.

Aún sin mantener una disposición demasiado abierta hacia el género femenino, Raquel admiraba a Ángela desde los días de entrenamiento en los barracones. La admiraba por su arrojo ante los distintos retos, por el aplomo que manifestaba en cada uno de sus gestos, pero tenía que reconocer que eso no era lo único. Lo primero que atrajo su mirada la noche en que se la presentaron, de camino al campamento de entrenamiento, fue la cualidad de aquellos sedosos cabellos blondos, que se desparramaban sobre sus hombros como hilos del oro más dorado. Eso y, por supuesto, los impactantes ojos celestes que parecían absorber todos los pensamientos de quienes cayeran presa de su embrujo. Claro que, por entonces, Raquel no quiso reconocer que se trataba de una atracción física pura y dura. No, forjó diversas excusas para explicar la sensación que empezaba a metérsele bajo la piel, lo cual acabó situándola sin remedio en el círculo personal de la vampira.

No fue hasta que acabaron juntas en el apartamento, con Dumbala, que aquellas excusas apenas sujetas por alfileres empezaron a desmoronarse, revelando una verdad innegable. Saber de la excitación de Ángela al alimentarse le había dado alas para abrirse y ofrecerse, sintiéndose tan perra y sucia por ello que notaba sus braguitas empapadas bajo la ropa. Raquel sabía que lo que sentía no era amor, al menos, no un amor romántico tal cual, sino algo más oscuro y primario, un sentimiento que buscaba regodearse con el pecado más abyecto, en el degradante morbo por lo prohibido, por lo inmoral… y por ello, las pálidas mejillas de la pelirroja ahora latían con vida propia, besando aquellos labios que casi quemaban.

–Ya no… aguanto más, Raquel… por favor… ayúdame— musitó Ángela contra su boca. Una mano sobre su hombro la impulsó a ponerse de rodillas.

Con el rostro ardiendo, tanto por el pudor como por la excitación, Barbie cedió y bajó los oscuros leggins de Ángela, sin necesidad de más palabras. Junto con las mallas, deslizó también la prenda íntima hasta dejar ambas enrolladas bajo las rodillas. La mano que Ángela mantenía sobre la rojiza cabeza transmitía tanto su necesidad como el ardor que recorría todo su cuerpo. Sin ser consciente de que se estaba relamiendo, Raquel abrió con sus dedos el coñito imberbe que se mostraba a sus ojos, relevando un interior rosado y húmedo que parecía hablarle sin voz.

Sintió como las caderas de Ángela se crisparon en el preciso momento en que su lengua se deslizó por la anhelante vagina. La pelvis se echó hacia delante, buscando un contacto más perdurable con el glotón apéndice que rebuscaba cada vez con más intención, con más profundidad.

–Oh, mi… oscuro Señor…—murmuró la rubia, cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás.

Pero si una se entregaba completamente a la sensación, la otra, arrodillada, no hacía menos. Raquel saboreaba la cálida cueva con todo esmero, absolutamente volcada en su cometido, completamente enervada por lo que estaba sintiendo y absorbiendo. Nunca había sido consciente del particular sabor íntimo de una mujer hasta aquel momento en que el flujo le goteaba por la barbilla, en una obscena forma que la enardecía aún más. Raquel se aferró con sus manos a las esbeltas nalgas de Ángela, como un naufrago a su trozo de madera, atenta a la turgencia y la elasticidad de aquellos montículos gloriosos. Sobar y palpar esa carne dúctil se convirtió en algo adictivo, como una golosina que no conocía y que no podía dejar de lado ya.

Ángela tardó muy poco en correrse la primera vez, agitando sus caderas y exhalando un largo suspiro que conmovió sus propias rodillas. Nada más sentir como la lengua de su amiga se hundía en su vulva, estuvo segura de que no duraría mucho. Era una lengua gruesa, de niña golosa, que se agitaba de forma desenfrenada en su interior: una lengua que recogía humores con total afición, sin dejar gota atrás. Dobló las rodillas y se inclinó sobre Barbie, colocando las manos en sus mejillas.

–Para, para… – jadeó, mirándola con una sonrisa. –Vas a derretirme…

–¿Lo he hecho bien?

–Mejor que bien. Ahora es el momento de irnos a la cama y ponernos cómodas— Ángela la ayudó a ponerse en pie, alegrándose de la enorme sonrisa que aparecía en el hermoso rostro pecoso.

Yacer juntas aquella noche inició algo nuevo, una conexión incontrolable y poderosa que nació de la pasión compartida, de la necesidad de hermanarse más allá de sus genes, más allá de sus identidades. Ninguna de las dos fue consciente en aquel momento, inmersas en sus lascivos contoneos, en los desatados roces de sus pubis, en los enronquecidos gemidos volcados sobre cuellos y lóbulos pero, a poco que lo pensaran, sabrían siempre que aquella fue la noche del origen. Piel pálida y marmórea sobre otra lechosa y salpicada de diminutas pintas pardas, como serpientes albinas entrelazadas en una lucha sin tregua ni final.

No hubo más palabras entre ellas, ninguna explicación moral o sentimental sobre lo ocurrido. Fue una aceptación total por parte de ambas, una imperiosa intuición de que las cosas habían encajado finalmente en la ranura adecuada y que lo demás ya no importaba. Cuando Apoyo regresó al apartamento, rayando el alba, quedó estática frente a la abierta puerta de la habitación de Raquel, admirando los dos magníficos cuerpos desnudos que dormían plácidamente abrazados, con las melenas desplegadas, una dorada, la otra como cobre en llamas. Dumbala se llevó la uña del pulgar a la boca, mordisqueándola suavemente a la par que le daba vueltas a tal implicación en su cabeza. Aún no estaba segura de lo que significaba aquella relación ni si debía implicarse más en ella pero solo el tiempo lo diría. Suspirando, se dirigió a su alcoba y cerró la puerta silenciosamente.

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17 de marzo de 2014.

Sharia taconeaba furiosamente por la acera de la ronda de San Pau, sus voluptuosas formas gitanas camuflándose bajo los altos árboles que flanqueaban la calle. Sentía grandes deseos de estar ya en su habitación del hostal Paraíso, que se alzaba un poco más allá, justo en la esquina de la siguiente barriada. No solía estar tan de madrugada en la calle pero un cliente juguetón y con euros para regalar la había entretenido. El fin de semana había resultado ser muy rentable, tanto económica como en “reservas” y ahora solo quería llegar a casa, desnudarse y meterse en la cama con su manada, la cual sabía que estaría famélica tras dos noches de espera.

Sharia sonrió para sí misma y acarició uno de sus costados sobre el entallado vestido que la cubría. Notó como el fluido se movía bajo las costillas, empujado por la presión de sus dedos. Sus bolsas mamarias estaban casi al máximo de su capacidad y se sentía hinchada y pesada pero también feliz. Sus pequeñines se alimentarían bien esa noche. El movimiento del ramaje sobre su cabeza la hizo detenerse y alzar la mirada. Un segundo juego de párpados se activó, dejando al descubierto sus auténticas pupilas. Inspeccionó la techumbre arbórea con atención pero no distinguió nada. Tampoco se veía nadie por delante y por detrás de ella, en la calle, ni siquiera vehículos rodando, al menos desde que dejó atrás la entrada de metro y el nuevo mercado de San Antonio, aún en obras.

Agitó su oscura y rizada melena, la cual aumentaba sus rasgos cíngaros, dotándoles de sensualidad y armonía. Llevar tantas horas con toda esa sangre acumulada en su interior la ponía nerviosa y paranoica. Debía darse prisa y descargar. Sonrió de nuevo, retomando sus pasos, seguramente tardaría aún lo que quedaba de la noche para que sus pequeñines la drenaran y se imaginó el placer que le proporcionarían con sus bocas ávidas.

Sharia era una meggoma y llevaba dos años en España, procedente de su Hungría natal. El clan Santiago le proporcionó un sitio para vivir y un trabajo, pero el tremendo apetito sexual de las meggomas la impulsaba a salir y buscar genes adecuados, unos genes que finalmente la dejaron preñada y satisfecha. Por eso mismo, dejó su refugio y su trabajo tras el parto, y se instaló en el hostal familiar, donde la familia que lo regentaba le daba un trato realmente hogareño. Lo más difícil había sido esconder su camada para que nadie supiera de ella. Sus retoños tardaron varias semanas en crecer hasta una estatura que les permitiera defenderse y ocultarse solos, pero debía traerles alimento cada dos o tres días. Por eso mismo, Sharia usaba a sus clientes para drenarles un poco a todos mientras retozaban sobre ella, acumulando la sangre fresca en las bolsas mamarias que tenía bajo la piel, en su espalda, en los costados, y en sus muslos.

Ponía mucho cuidado en no extraer demasiada sangre de sus maduros clientes, ni que estos recordaran esa parte de su encuentro. Las meggomas son inmunes a la mayoría de enfermedades de transmisión sexual o sanguínea y suelen alimentarse de sangre desde que nacen, por lo que no se preocupó de la salud de sus donantes. Acaparaba sangre para ella y para sus retoños, que era lo único que le interesaba.

Por costumbre, al llegar ante la fachada del hostal Paraíso, miró en las cuatro direcciones del cruce, asegurándose que no había nadie espiándola, y entró en el edificio. Saludó a Saturni, el eterno recepcionista de noche, y tomó el ascensor para subir a su habitación, que estaba en el último piso, el sexto. Echó un vistazo a su aspecto en el espejo del ascensor mientras duraba el recorrido y quedó satisfecha; no le costaba nada atraer hombres con su potente cuerpo y sus rasgos gitanos. Recorrió el pasillo, sacando la llave de su bolso, y se detuvo en la última puerta. Cuando quedó encinta tuvo que buscar una madriguera adecuada para su camada y, finalmente, convenció al señor Rousón, propietario del hostal, que le dejaran la habitación más alejada de todas a un buen precio.

La luz de la habitación estaba encendida cuando abrió la puerta y Sharia sonrió por ello; a sus niños no le gustaba la oscuridad a pesar de ser del Pueblo Llano. Dejó la llave en la rinconera de la entrada y silbó dos notas suaves y largas. Sobre la cama, una de las losetas de yeso reforzado del techo se abrió, dejando asomar una cabecita redonda y pelada, que la miró con unos ojos enormes, de pupilas amarillentas.

–¡Venid con mamá, niños! Vengo cargada para vosotros— exclamó la cíngara, dejando caer su apretado traje al suelo, para continuar con las botas.

A medida que se desnudaba, sus retoños se descolgaron del falso techo del ático y se dejaron caer sobre la cama donde alborotaron un tanto con chillidos, risas, e insultos de camaradería. Claro que todo eso estaba modulado en una frecuencia muy por debajo del oído humano, por lo que nadie más, aparte de su madre, los escuchó. Sharia se tumbó en el centro de la cama, entre toda su camada, desnuda y abierta de brazos y piernas. Sonrió de nuevo, aún más ampliamente, cuando sus seis pequeños buscaron los pezones ocultos en su cuerpo y succionaron con verdaderas ansias.

No había tenido la suerte de parir una meggona, tan solo seis machos, pero sabía que era habitual en un parto primerizo. Las hembras, las auténticas meggonas, eran escasas y, por lo tanto muy valiosas. Cuando crecieran un poco más, sus chicos se convertirían en sus sirvientes, atentos a desvivirse por su madre, a protegerla, a amarla, a ampliar la madriguera para otras camadas. Ellos mismos serían los encargados de preñarla una y otra vez, aumentando así las posibilidades de que Sharia tuviera una hembra que haría poderosa de verdad a su familia.

La prostituta húngara gemía y se retorcía lentamente sobre el colchón, intentando que lo que le hacían sentir aquellas hambrientas bocas no repercutiera en espasmos para que ningún retoño se viera arrancado de su pezón. Los pequeños dedos de pies y manos pellizcaban, arañaban y acariciaban la cálida carne de su madre, en un preludio de lo que sería su frenesí adolescente en un par de años. En aquel momento, los retoños no eran más grandes que cachorros de un perro de gran tamaño, y la bombilla del techo se reflejaba en la piel lustrada por las caricias y lametones de su madre.

Sharia cerró los ojos, colocándose de costado para que vaciaran la gran bolsa mamaria de la espalda. Tres de sus chicos se pelearon por el pezón de su nuca y ella dejó escapar una risita, dejándose arrullar por el gorjeo, buscando el inicio de su tercer orgasmo. Podía correrse muchas veces, mientras alimentaba a sus pequeños. No era cómo follar con los clientes, no tan intenso pero sí más hermoso. Cerró los muslos sobre la cabecita de uno de ellos, que ya había abandonado el pezón del muslo derecho, instándole mentalmente a que empezara a lamer su desatendida vagina.

Al no percibir la ansiada caricia, abrió los ojos, y lo que apareció ante sus ojos congeló su alma con puro terror.

Un personaje se mantenía en pie al lado de la cama y sostenía a su retoño en alto, por el cuello. La cría pataleaba pero no podía emitir ningún ruido. El individuo en cuestión era de mediana edad y buena estatura. Llevaba lentes de protección con una tonalidad verdosa que cubrían tantos sus ojos como los laterales de la cabeza. Sonreía de forma sardónica, sin dejar de mirarla. Los ojos de la gitana descendieron hasta el pecho del sujeto, donde se ubicaba un oscuro chaleco antibalas y, sobre él, un redondo medallón se bamboleaba, sujeto a una gruesa cadena de plata. En el interior del círculo, se mezclaban dos letras mayúsculas: una V y una H.

El nudo de pánico se deslizó hasta su estómago, permitiendo a Sharia incorporarse y articular media pregunta:

–¿Cómo habéis entra…?— sin embargo, desde el otro costado de la cama, un pie calzado con una recia bota se plantó sobre su pecho desnudo, aplastándola contra la cama.

–¡A callar, monstruo! – exclamó el tipo que mantenía su retoño aún a pulso.

Sharia cerró la boca. Había reconocido enseguida los símbolos y la estructura militar de la logia. Cualquier adanita que se preciase había escuchado hablar de la Sociedad Van Helsing, y ahora tenía un grupo en su propio dormitorio. Alargó las manos para tomar al vástago que pataleaba en el aire y el soldado se lo entregó con una risotada. Como pudo, Sharia reunió a los demás retoños entre sus brazos, intentando protegerles de cualquier mal, a pesar de que ella ya estaba entonando una de las plegarias que le enseñara su abuela, allá en el campamento romaní.

–¿Qué es lo que está haciendo con esas cosas en la cama?— preguntó otro soldado, más al fondo.

–Creo que los amamantaba – respondió el sujeto que se encontraba a su lado, sin quitarle los ojos de encima.

–¿Amamantar? A mí me parece que se la estaban follando – soltó otro con una risa cascada.

–Hermano, cuida tu lenguaje – lo amonestó el primero. –Hermano Tres, sujétalos con la red.

Fue entonces cuando Sharia pudo comprobar que eran cuatro los soldados que habían invadido su habitación y todos vestían igual, con ropa militar de camuflaje urbano, chaleco antibalas, cartucheras y, sobre todo, rifles de asalto automático, muy similares a los M4 americanos. La adanita temblaba como un flan, sin ni siquiera acordarse de que estaba totalmente desnuda. Una red de tejido mimetizado cayó sobre ella y sus crías, dejándola completamente inmovilizada sobre la cama. Las lágrimas arrasaron sus mejillas.

–Dos. Contacta con Catedral e informa que nuestro objetivo está a punto.

El designado como Dos habló desde un teléfono de prepago y asintió hacia el jefe de misión. Este puso una rodilla en tierra, acercando su rostro al de la asustada Sharia.

–No intentes que sintamos pena de ti, criatura del infierno. No tienes derecho a vivir entre nuestra especie y, como indica las enseñanzas de la Madre Iglesia, te enviaremos de nuevo a tu mundo de azufre– le dijo.

–Pues es una pena con lo maciza que está— comentó un compañero suyo, pero cerró la boca con la dura mirada que recibió y se dedicó a impregnar de gasolina la cama y cuerpos, así como partes del suelo y paredes. Los gases del hidrocarburo atenazaron la sensible garganta de los retoños y los soltó a llorar desaforadamente, como si fuesen humanos.

–¡A callar, mamones!— escupió el jefe, encendiendo una bengala de magnesio y dejándola caer sobre la cama.

–¡Señor Glorioso, cómo me encanta esto!— exclamó Tres, con la tremenda llamarada reflejada en sus lentes verdes. Todos se habían retirado a la puerta que daba al corredor. – ¡Es como revivir la Santa Inquisición!

–¡Tú lo has dicho, Hermano!— le palmeó un compañero la espalda mientras dejaban atrás la pira humana que chillaba cada vez más débilmente.

CONTINUARÁ…

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