ALEX BLAME

 

Nuevos caminos

Dos días después estaba preparado para irme. Ni siquiera conocía mi destino, pero lo que estaba claro es que no podía quedarme mucho tiempo en el mismo sitio. Solo me quedaba una cosa por hacer.

Con la bolsa de cuero a cuestas salí de mi celda y me dirigí al despacho de la abadesa.

La mujer estaba inclinada sobre un pergamino que leía atentamente y sin levantar la mirada de él, me invitó a sentarme.

—Bueno, así que nos deja finalmente.

—Eso parece, Reverenda Madre. Tengo que darte las gracias por tu acogida. Gracias a vosotras  me he sentido como en casa.

—Gracias, hermano. Pero solo he cumplido con mi deber. Además, he disfrutado viendo como hacías cumplir la ley de Dios sin dejar llevarte por la histeria colectiva.

—La verdad es que la hermana Digna me ha sido de vital ayuda para poder descubrir la verdad. Fue ella la que se enteró de la reunión de esos cuatro… indeseables (iba a decir soberanos hijos de puta, pero logré contenerme a tiempo). Sin ella no sé si hubiese sido capaz de acorralar a Crisando y obligarle a decir la verdad.

—En fin, yo creo que su sermón fue muy efectivo también, pero entiendo que cuando vas a una batalla contra el demonio, lo mejor es contar con todas las armas posibles. —apuntó la abadesa— Por cierto he estado meditando tu propuesta de que Digna te acompañe en tus misiones y la he mandado venir para informarla de mi decisión.

Pasaron un par de minutos de incómodo silencio hasta que Digna se presentó.

—Hola, hermana.

—Hola, Reverenda Madre.

—¿Sabes por qué estás aquí?

—No, exactamente, pero me imagino que será algo relacionado con el hermano inquisidor. —respondió Digna astutamente.

—En efecto. Para serte sincera, siempre has sido un grano en el culo de esta congregación y cuando el hermano Ortuño me ha contado lo bien que habías cumplido  con el cometido que te había impuesto, no podía creerlo.

La joven se limitó a bajar los ojos en gesto de modestia, esperando que la abadesa continuase con su discurso.

—De hecho ambos estamos tan satisfechos que creemos que Dios te ha dado un don y no deberías desaprovecharlo. Sé que no puedo obligarte, así que debes ser tú la que tome la decisión. Si lo deseas te daré permiso para que abandones el convento por el tiempo que el inquisidor Ortuño considere necesario, para asistirlo en sus investigaciones. Seguirás perteneciendo a esta congregación, cumplirás sus normas en lo que te sea posible y volverás a ella cuando tu tarea cese, pero mientras tanto, estarás a sus órdenes.

Digna simuló dudar y finalmente levantó la cabeza. Con labios temblorosos de emoción, respondió.

—Soy consciente de que no he sido una monja modelo, pero Dios es testigo de que os quiero a todas como si fueseis mis hermanas. Sin embargo yo también creo que Dios ha cruzado a este hombre en mi camino. No es un trabajo agradable. Sé que no todos los acusados serán inocentes, pero creo que la voluntad de Dios es que ayude al hermano Ortuño a hacer cumplir su voluntad…

La abadesa la miró escéptica, pero pareció aliviada cuando envió a la joven a recoger sus cosas. Tras darle las gracias me despedí y decidí esperar a Digna camino abajo, a la sombra de una higuera.

Finalmente sor Digna llegó con un pequeño hatillo colgado del hombro y los ojos llorosos por la emocionante despedida de sus hermanas, ninguno de los dos sospechaba que aquella asociación duraría años.

Sin decir nada iniciamos el camino dirigiéndonos hacia el sur. Aquella mañana era espléndida, el sol lucía y las cigarras empezaban a cantar con insistencia, anunciando la llegada de un verano inminente. Yo planeaba estar muy lejos de Cabriles de la Sierra, a la puesta del sol, pero apenas pasadas un par de millas, Digna tiró de mí y empujándome a unos matorrales al lado del camino, me montó con especial ferocidad. Esta vez no se cortó y gimió y gritó desinhibida, consciente de que por fin no había nadie alrededor que pudiese descubrirnos.

Cuando terminamos nos incorporamos de nuevo al camino hasta que un hombre a caballo, proveniente de la villa, se detuvo con un mensaje en el que se me comunicaba una nueva misión…

 

Epílogo

 

En ese momento Íker cierra con extremo cuidado el volumen y abre la boca para despedir el programa con una frase altisonante, pero Gerardo apaga el televisor sin darle la oportunidad.

En la penumbra se pregunta cómo ha podido ocurrir una cosa parecida. Todo es tan increíble que solo puede ser verdad y las pruebas son irrefutables. Dominado por la curiosidad coge el móvil y hace una búsqueda del inquisidor Ortuño en el móvil y busca imágenes relacionadas.

Entre todas hay varios retratos, dos de ellos, los más antiguos, no se parecen en nada, pero el resto no dan lugar a dudas; el hombre de los retratos es el mismo Javier que conoció en la universidad.

Negando con la cabeza, incapaz de creer la evidencia, se gira en la cama. La luz de la luna, proveniente de la ventana, ilumina el cuerpo de Carla que, acostada de lado y dándole la espalda, se ha destapado en sueños y le muestra toda la longitud de su pierna por la abertura de su camisón.  La luz blanquecina le hace recordar de nuevo la escena de Úrsula en el bosque y nota como su miembro despierta.

Sin poder contenerse, roza esa porción de muslo sin que su mujer parezca darse cuenta y su deseo aumenta. ¿Y si intenta follarla mientras duerme? Carla suele dormir como una piedra y ni siquiera las tormentas logran despertarla , pero ¿Lograría follarla sin que se despertase?

No sabe que le excita más, si cogerla por sorpresa o follarla sin que ella se entere. Sabe que se está comportando como un cabrón, pero no puede evitarlo. Con sumo cuidado coge el camisón de su esposa y se lo arremanga hasta la cintura.

El culo de Carla es hermoso, grande y redondo, con una fina capa de vello que le hace recordar un delicioso melocotón. Gerardo coge una de sus piernas con suavidad y la adelanta lo suficiente para dejar su sexo accesible.

Con infinito cuidado y sin atreverse a respirar se ensaliva el dedo y roza su sexo. Carla se revuelve y gime, pero sigue durmiendo apaciblemente. Gerardo, envalentonado, le mete el dedo en el coño a la vez que acaricia el pubis rasurado de su esposa, notando como el órgano reacciona inmediatamente humedeciéndose.

Sin poder contenerse más, se acerca a su esposa y cogiéndose la polla la dirige a la entrada de su sexo. Con infinito cuidado le mete la punta. Carla gime en sueños y se mueve ligeramente, pero sujeta por la cintura no puede cambiar de postura.

Milímetro a milímetro avanza por aquel delicioso conducto todo lo que se atreve, unos centímetros nada más, comienza a entrar y salir con suavidad del cuerpo de su esposa. Carla comienza a acompañar sus suaves acometidas con suspiros en sueños y Gerardo disfruta como un loco tanto del placer como de los gemidos sonámbulos de su esposa.

Sin atreverse a acometerla con más violencia continúa fallándola a la vez que besa su espalda y acaricia su culo. La excitación crece, Gerardo está a punto de correrse…

—¿Quieres acabar de una vez? —exclama Carla— Son casi las tres y mañana tienes que madrugar. Y por cierto… me debes una. El próximo polvo que me eches ya puede ser de campeonato si no quieres dormir en el sofá una semana entera…

 

 

FIN

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