JANIS MULLIGAN

 

La desedida

17 de febrero de 2014.

Ángela notó que el sol ya se ponía pero su dormitorio se mantenía a oscuras gracias a la fuerte persiana automatizada de la ventana. Le habían dicho que bajaba y subía sola, controlada por un sistema inteligente, y por eso estaba echada en la cama, despierta, esperando verlo por sí misma. A pesar de la insonorización de la habitación, pudo apreciar el murmullo de la tele encendida en el gran salón, aunque no pudo distinguir de qué programa se trataba. Sin duda, Barbie estaría poniéndose al día en sus cotilleos de Gran Hermano.

Intentó encontrar alguna actividad de su otra compañera de apartamento, la egipcia Apoyo, pero no percibió nada. Fue otra de las sorpresas que le esperaban al llegar a los tres edificios en los que vivirían. Basilisco las puso a las tres juntas en uno de los pisos más grandes, debido a que todas eran noctámbulas. Ángela se quemaba con el sol, Raquel se quedaba sin poderes a la luz del día, aunque podía soportarla, y Apoyo – cuyo nombre real era Dumbala – se adormilaba tanto en cuanto salía el sol que apenas era capaz de dar un paso.

Ángela estaba contenta de tener a Barbie con ella, pues habían hecho buenas migas en la academia. En cuanto a David, según el mensaje que recibió de él la noche anterior, se encontraba en la planta baja del edificio de enfrente, en lo que llamaba una comuna lobuna. Al parecer compartía unos bajos interconectados y acondicionados para contener a una docena de chicos y chicas, todos ellos Cambiantes. Quizás fuera divertido para David, pero Ángela dio gracias al diablo de no haber sido incluida en una puñetera comuna.

Sin embargo, Basilisco le había impuesto la presencia de Apoyo y aún no sabía exactamente por qué. Dumbala apenas había contado nada sobre ella, tras explorar el apartamento y elegir habitación. Había que decir que la vivienda era realmente impresionante. Debía medir al menos ciento cincuenta metros cuadrados – suponía que habrían unido dos apartamentos de la misma planta – y estaba situada en el sexto piso de la torre de diez plantas. Poseía cuatro amplios dormitorios con baño incluido, y una amplia zona común que servía de salón y cocina, donde se podría meter tranquilamente un par de caballos. A todo esto se le sumaba una bonita terraza desde la que podían atisbar los altos cipreses del camposanto de Sants-Monjuic.

Ángela llevó de nuevo sus pensamientos al tema de Apoyo. Cruzó los pies sobre la cama, las manos en la nuca, tan desnuda como una Venus sin concha. Les había dicho su nombre verdadero, que procedía de algún lugar de Egipto, donde se ubicaba una de las sedes delegadas del Oasis de Dios en Oriente Medio, y que su don de Casta tenía algo que ver con intensificar o disminuir las capacidades en otros adanitas.

“Puedo triplicar la fuerza del golpe de un Guerrero o su capacidad de salto, por ejemplo. Puedo intensificar el factor de curación de cualquier adanita para que sane muy rápido, o que tu propio poder pírico alcance cotas inimaginables, por ejemplo, pero todo ello repercute en el cuerpo del sujeto, minando sus energías. Aunque sea mi poder el que active estos cambios, la energía sale del cuerpo sobre el que ejerzo el control.”, fueron sus exactas palabras.

Con un zumbido que la sobresaltó, la persiana metálica de la gran ventana de la habitación de Ángela se activó, alzándose lentamente. A lo lejos, oculto tras otros lejanos cerros, el sol aún iluminaba el horizonte componiendo preciosos contrastes en las nubes bajas que se alejaban hacia el noroeste.

“Un cacharro útil”, pensó la rubia vampira, dejando la cama y poniéndose unas braguitas y una camiseta que apenas bajaba de sus esbeltas caderas.

Barbie se encontraba apoltronada en uno de los cómodos sillones del salón, toqueteando la pantalla de su móvil y alternando su atención entre lo que emitía la gran televisión de plasma, que colgaba de la pared, y los whatsapp que recibía.

―           Buenas noches, zorra – saludó a Ángela.

―           …‘noches – barbotó la rubia, dejándose caer aparatosamente en el sofá más cercano.

―           Basilisco ha llamado antes. dentro de una hora, más o menos, vendrá un tal Virogue. Es el que nos va a marcar el cuerpo, tía…

―           ¿La Marca?

―           Sí. Por lo que dice el Ojeador es todo un artista. ¿Dónde piensas hacértelo?

―           Depende del diseño, pero si es chulo entonces al final de la espalda – respondió Ángela.

―           Yo ya tengo uno ahí – indicó Barbie, señalando con el pulgar por encima del mismo hombro. – Ya veremos.

Dumbala apareció bostezando aparatosamente y anudando el cinturón de su bata. Fue la primera vez que se dejó ver sin su velo y era una verdadera preciosidad, al menos para los ojos de sus compañeras. Poseía una nariz larga y algo curvada, pero no exenta de atractivo para sus rasgos semitas. Los labios eran gruesos y destacaban rosados con respecto a la tez canela oscura de la semita. Sus ojos casi ambarinos conjuntaban muy bien, ahora que tenía los rasgos al descubierto. El cuello, largo y esbelto, lucía un corto cordón con una piedra de jade amarillo engastada. La abundante cabellera enmarcaba el conjunto, entre guedejas de aire salvaje, sin peinar, en el más oscuro de los tonos del negro lustroso.

―           Ha despertado la otra mosquetera – sonrió Barbie, saludándola con un gesto de la mano que aún mantenía alzada.

―           Salam alaikum – musitó al final del bostezo.

―           Alaikum salam, Dumbala – respondió Ángela con una sonrisa.

―           Masa el jer – repuso de nuevo la egipcia, sentándose al lado de la rubia.

―           ¿Qué significa? – preguntó Barbie, subiendo la rodilla hasta su pecho, lo que hizo que el pantalón de su holgado pijama descendiera aún más, descubriendo gran parte de su cadera y el lateral de la braguita.

―           Oh, tan sólo buenas noches, Raquel.

―           Jodido Satán, esto va a ser como la puta Babel – rezongó Ángela. — ¿Tú eres musulmana?

―           Sí, pero no soy practicante, tanto por mis limitaciones como por mis vivencias. He comprendido que la religión – cualquier religión – es un colorido intento de explicar las andanzas de nuestra raza en el pasado.

―           Tienes más razón que un santo – dijo Barbie, levantando un pulgar. – A mí me bautizaron en la fe evangelista, la cual abandoné en cuento tuve uso de razón. Ahora mismo, estaría algo más cercana al budismo, si tuviera que definirme.

―           ¿Y tú, Ángela? Por tu exclamación de antes… ¿eres satánica?

―           Algo así…durante mucho tiempo creí que no merecía tener más dios que al diablo. Creía ser una puta vampira, ¿sabes?

―           Sí, entiendo – asintió Dumbala.

―           Por eso decía lo de Babel. Una musulmana, una budista y una medio atea, medio satánica. La convivencia va a ser toda una fiesta.

―           Por mi parte no habrá ningún problema, te lo garantizo – contestó la egipcia, llevando una de sus manos sobre su pecho.

―           ¿Cómo es que sabes hablar el castellano tan bien siendo egipcia? – fue el turno de Barbie de entrometerse.

―           Habló también con fluidez francés, inglés, y japonés.

―           ¡Coño con la mora! – exclamó Barbie, arrancando una risotada de Ángela.

―           Estuve mucho tiempo en un harén, en Siria, y os aseguro que es francamente aburrido pasar las horas del día junto a bellas señoras medio desnudas que no saben con qué llenar las horas. Así que me puse a estudiar idiomas, aprovechando la presencia de algunas chicas de esas mismas nacionalidades, lo cual me ayudó muchísimo en pronunciación y fluidez.

―           ¿Un harén? ¿Eras la concubina de un jeque? – Barbie le quitó la pregunta de la boca a Ángela.

―           De un emir, más bien. Los dirigentes de mi clan creyeron oportuno introducir un espía en el círculo interno del emirato y me vendieron para su serrallo, sin pensárselo.

―           ¡La hostia! – exclamó Barbie.

―           Bueno, no era muy diferente de para lo que había sido criada y significaba un cambio de rutina y de país, lo que siempre venía bien. Ser la vitalizadora de los Alta Cuna del Oasis de Dios me mantenía bien cerca de ellos, aún más que convertirme en una odalisca.

―           P-pero… si eras vital para ellos, ¿por qué te vendieron? – preguntó Barbie, confusa.

―           Porque, por aquella época, mi don evolucionó y se volvió peligroso para ellos. Ya no podían confiar en mí como antes. Ya no solo podía incrementar su fuerza, sus dones, sus ánimos; también podía drenarlos de ellos.

―           ¿Puedes hacer eso? – se interesó Ángela.

―           Sí, pero quito de manera mucho más lenta que doy, aunque de la misma forma temporal. A pesar de lo que significó para mí, les comprendía. Me pasaba demasiadas horas entre sus sábanas para que me permitieran manipularles, así que se deshicieron de mí. Sin embargo, lejos de desesperarme, me acomodé a mi nuevo destino perfectamente.

―           ¿Te acostabas con los Alta Cuna? – Barbie bajó la pierna del sillón y se inclinó hacia delante, curiosa.

―           Es mi deber y mi orgullo, por supuesto – exclamó la egipcia, inflando el pecho.

―           Por supuesto – apuntilló Ángela.

―           Era el año 1863 cuando dejé El Cairo y me trasladé a Nawa, en el Qada de Hauran, en el emirato otomano de Jaydur…

―           ¡En 1863! – Barbie se puso en pie de un salto.

―           Y tú que creías que yo era la persona más vieja que conocías – se burló Ángela, aunque también estaba impresionada.

―           ¿Cuántos años tienes? – preguntó Raquel, sentándose de nuevo.

―           Voy camino de cumplir los ciento noventa años.

―           ¡La leche! No aparentas más de veintisiete años, treinta a lo sumo – dijo Ángela cuando consiguió tragar saliva. La boca se le había quedado seca. ¿Cuántos años tardaría ella misma en presentar un aspecto más adulto?

―           Mi abuela paterna murió hace unos años y nos hablaba de cuando conoció a Napoleón, así que… – se encogió de hombros Dumbala.

―           Sigue con la historia – la instó Barbie.

―           Como he dicho antes, me llevaron a Nawa, una pequeña ciudad entre campos de cultivo y palmeras datileras donde estaba la residencia menor del emir otomano Amaan al-Assur, quien, al verme, me aceptó inmediatamente.

―           Tonto no era el hombre – masculló Ángela.

―           En aquellos tiempos, Siria había sido parcialmente conquistada y destrozada por los mongoles. Los turcos eran fuertes en las inmediaciones de Damasco y poco más, y era un país bastante aislado de la corriente vanguardista que se iniciaba en Europa. Así que no había mucho que hacer en un harén, a no ser retozar entre las sábanas a todas horas y jugar a diversidad de cosas.

―           ¿Cómo se portaba el emir? ¿Cumplía religiosamente? – bromeó Barbie.

―           Al hombre le costaba, tengo que admitir. Tenía sesenta años y estaba algo cascado. Además, no existía ni la radio ni la televisión para distraer a las concubinas y a las esposas, así que cuando Amaan nos visitaba, muchas de nosotras intentaban colarse en su cama, aunque no hubieran sido llamadas para ello.

―           ¿Había muchas chicas? – se interesó Ángela.

―           Una esposa principal, dos esposas secundarias, y nueve concubinas. Amaan tenía un heredero adolescente y varias hijas menores.

―           Mucho bacalao para él – agitó una mano Barbie.

―           ¿Bacalao? – Dumbala alzó una ceja, no comprendiendo la expresión.

―           Demasiadas mujeres para un solo hombre – tradujo Ángela, con una sonrisa.

―           Ah… pues sí, seguro. Por eso mismo, en contra de las enseñanzas del profeta, había muchas relaciones lésbicas en el serrallo, algo que el propio Amaan fingía desconocer con tal de que no buscáramos los favores sexuales de algunos sirvientes – Dumbala sonrío al recordar todo aquello, las interminables charlas llenas de caricias con la bellísima Soyiko, la princesa nipona secuestrada en el mar de la India, o las innumerables veces que Almudezar, la primera esposa, la llamó a su cama. – Las creencias eran mucho más relajadas entonces y no como predican esos fanáticos del Estado Islámico.

―           Qué me vas a contar a mí – suspiró Ángela.

―           Estuve interpretando mi papel bastante tiempo. El emir murió y su hijo tomó el puesto bajo mis instrucciones. Por entonces, ya me había introducido en su cama y en su sangre, controlándole.

―           La gran ladina – se rió Barbie.

―           Hubo un cambio de riendas en el imperio otomano que acabó centralizando demasiado el poder y mi estancia en el emirato ya no servía de muchos, así que el clan procuró liberarme de nuevo y enviarme, esa vez, a territorio inglés.

―           Toda una aventura – sentenció Barbie, sin dejar de sonreír.

―           Algún día os contaré las mías – tras decir esto, Ángela se puso de pie y enseñó las braguitas al caminar hacia el frigorífico. – A ver si estrenamos esta maldita cocina de una vez…

Pero tan sólo pudo picotear algo de fiambre que sacó de la llenísima nevera, ya que se presentó Virogue, el tipo enviado por Basilisco para marcarlas. La rubia vampira se quedó mirándole cuando le abrió la puerta; no tenía ni idea de lo que fuera un “virogue”, pero sin duda no tenía ese aspecto ni remotamente.

El artista la siguió al interior. Era de baja estatura y no pesaría más de cuarenta kilos; lucía un fino bigotito recortado en su labio superior y portaba una vetusta boina francesa, ladeada a la izquierda y demasiado grande para su cabeza. Ah, y eso sin contar la “mariconera” de cuero que portaba bajo el brazo.

―           ¿Quién es? – preguntó Barbie, señalándole con el dedo.

―           Soy Virogue, pintor corporal – se presentó él mismo, pronunciando su nombre al estilo francés, o sea, con la “e” muda y la “g” totalmente gutural. La voz tenía un meloso acento catalán, demasiado incluso, como si le costase hablar el castellano. — ¿Con quien empiezo?

―           Yo ya tengo el mío – repuso Dumbala, cruzando las piernas de manera sensual al abrirse la bata.

―           ¿Ah sí? – Barbie la miró de reojo. – No dijiste nada antes.

―           ¿Quieres que te lo enseñe?

―           Pues claro.

Dejando escapar un pequeño bufido, la egipcia se puso en pie y levantó el bajo de la bata hasta dejar al aire unas redondas nalgas cubiertas con un culote blanco que contrastaba con su piel morena. Con un dedo tironeó de la tela elástica mostrando el centro de su glúteo izquierdo. No más grande que dos pulgares juntos, aparecía una runa rodeada de otros cuatro signos, como si fuesen puntos cardinales.

―           Del clan Oasis de Dios – dijo Virogue, reconociendo la runa.

―           Así es.

―           Puedo retocarte el tatuaje o modificarlo si lo deseas y no te dolerá.

―           ¿No usas agujas? – preguntó Dumbala, dejando caer la bata.

―           No, pinto sobre la piel e influyo sobre la tinta para que penetre. Mucho más rápido e indoloro.

―           ¡Menuda suerte tenéis! – masculló la egipcia.

―           ¿Qué son todos esos símbolos? – preguntó Ángela.

―           Lo habitual es tatuar la runa del clan al que se pertenece y, orbitándola, el cuerpo, la subdivisión, el rango y la fecha de inclusión – explicó el artista. – Algunos optan por camuflar todo eso dentro de otro camuflaje para que no se les reconozca a priori.

―           ¿Cómo una manga japonesa? – preguntó Barbie, muy interesada.

―           Sí, puedo hacer eso fácilmente.

―           ¡Lo quiero, lo quiero! – canturreó, palmeando como una niña.

―           Está bien. Siéntate en la silla – señaló Virogue, abriendo la rectangular “mariconera” sobre la mesa de comedor.

Mientras el artista disponía los artículos que portaba en el estuche de cuero – un lápiz, algunos pinceles, y tres tinteros de cristal con pinturas básicas –, Ángela se acercó a Dumbala.

―           ¿Me lo enseñas de más de cerca? – le preguntó, refiriéndose a su tatuaje.

―           Por supuesto – y realizó de nuevo la misma operación.

―           ¿Qué quiere decir? – preguntó Ángela, poniendo una rodilla en el suelo y acercando el rostro a la piel tostada. Incluso aspiró su aroma disimuladamente.

―           Como ha dicho Virogue, es una Marca clásica. La runa grande del centro es el símbolo del Oasis de Dios. Encima de ella, a las doce, esa especie de rayo oblicuo es la denominación del cuerpo de Guerreros – explicó Dumbala, colocando el índice en el lugar adecuado. Ángela notó que los símbolos que rodeaban la runa central eran mucho más pequeños, como asteriscos sobre una palabra. — A las tres, el signo de mi clasificación, o la subdivisión en la que estoy encuadrada, ayuda militar. A las seis está la codificación de mi rango, que es teniente, y a las nueve esos puntitos dispersos es el año en que entré a formar parte del clan: 1832.

―           Hay otras formas de hacerlo hoy en día, casi a gusto del cliente – explicó Virogue, a la par que dibujaba directamente a lápiz sobre el hombro de Barbie.

―           Bien, me lo haré al final de la espalda – se decidió Ángela.

―           Creo que te quedará bien – le dijo Dumbala, levantándole a su vez la camiseta e inspeccionando el área.

―           Joder, ¡esto va a ser como el final de juerga de tres niñatas! – exclamó Barbie, haciéndoles reír a todos, Virogue incluido.

―           ¿Tú de qué te ríes, flacucho? – le espetó Ángela, cortando la camaradería de golpe. – A ver si nos dejas más marcadas de lo que deberíamos y entonces me haré un collar con tu pellejo. Sabes que puedo, ¿no?

―           Tengamos la fiesta en paz, que yo soy un profesional. Aparte de ser Casta y prestar mi servicio al clan, poseo el mejor taller dermográfico de Barcelona. Tengo numerosos premios internacionales y he pasado todos y cada uno de los cursos que se han elaborado para este arte – la señaló con la punta del lápiz varias veces. Podía ser un fideo pero tenía carácter, de eso no había duda. – Pero lo que puedo hacer con mi don sobre vuestras pieles, no lo puede conseguir ni el mejor tatuador del mundo. Por eso mismo me presto a esto, para poder desarrollar y experimentar. Puedo realizar intrincados diseños a todo color en minutos y sin dolor, y si no gustan, los borro así de fácil – acabó chasqueando los dedos.

―           ¡Qué suerte tenéis, chicas! El mío dolió bastante y me lo hicieron con agujas calentadas al fuego y tinta china – la animó Apoyo, para quitar hierro.

―           Ya, uno de esos tatuajes talegueros –dijo Virogue con sorna.

―           No, fue un imán de Luxor con mucha pericia pero me estaba sodomizando a la misma vez y no me permitía moverme.

Todos la miraron en silencio, pensando en una broma, pero el rostro de Dumbala se mantuvo inexpresivo. Ángela se dijo que debía aprender más de la adanita semita si tenían que vivir juntas.

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25 de febrero de 2014.

Ángela aspiró el aroma a lavanda de La Gata Negra, fruto del industrial ambientador que solía repartir Domingo antes de abrir. Suspiró cuando cayó en la cuenta de que echaba de menos aquel perfume sintético y barato. Una parte de su mente volvió a preguntar si había hecho bien en aceptar ser un Guerrero del clan Santiago. Podía haber seguido bailando y zorreando perfectamente, durmiendo tan a gusto con Ginger. Agitó la rubia cabeza, negando esa idea que intentaba mantenerla estancada, mientras sus manos soltaban la pesada cortina que daba entrada al club. Detrás de ella, Domingo, sentado en su sempiterno y alto taburete del vestíbulo, suspiró también al desaparecer el lindo trasero de su vista, enfundado en suave lana con lycra. Una lástima que Ángela se marchara, pensó. El club había perdido su mejor gancho.

Se movió con rapidez por la sala, ignorando las manos que algunos clientes conocidos levantaban hacia ella, sosteniendo billetes de cincuenta euros. Había venido de visita, no para bailar. Preguntó a una de las chicas por dónde andaba la tailandesa y supo que estaba inmersa en un privado, tras la cortina de uno de los reservados. Así que decidió esperarla en el mostrador, más exactamente, tras el mostrador, al amparo de los clientes mientras charlaba con Evasina, una rumana que entró nueva dos semanas antes de que ella se marchase.  Se saludaron con un par de besos y Evasina, sin consultar con nadie, le sirvió un gin tonic de Zaphire con lima natural. Aún a pesar de estar sola en el mostrador, la rumana se la ingenió para charlar con la rubia a intervalos.

Ángela admiró las piernas de la rumana, que vestía una faldita que debía de estar prohibida en la calle por su brevedad, sin duda. Las sandalias de alta plataforma que llevaba encintadas a los tobillos, le delineaban las largas piernas a la perfección. Unos cuantos chicos jóvenes, universitarios quizás, entraron en tropel, acaparando la atención de Evasina, y Ángela se sumió en sus propios pensamientos, las nalgas apoyadas en una de las neveras de la trasera del mostrador.

Unas horas antes, Ángela visitaba la “madriguera” de David, como todo el mundo empezaba a llamar la comuna de Cambiantes, saludando a otros compañeros y compañeras de la Brigada. David se estaba cambiando para recoger a Mirella y llevarla a cenar.

―           ¿Ya vas a espachurrar tu primer cheque? – bromeó ella, sentándose en la cama de su amigo y mirando cómo abrochaba una camisa sobre su perfecto torso.

―           Llevo tres días encerrado aquí y hay un par de chicas que me desnudan con la mirada, diría yo. No quiero engañar a Mirella – afirmó él, girándose hacia ella.

―           Entiendo – asintió la rubia. En el fondo, admiraba los profundos sentimientos de su amigo. — ¿Qué han dicho sobre tener visitas en los apartamentos?

―           ¿Te refieres a humanos?

―           Claro – contestó Ángela, tomando la fotografía de los padres de David, que se encontraba sobre la mesita de noche.

―           Aún no podemos. Pronto nos pasaran las directrices que debemos memorizar como tapaderas. Solo entonces permitirán que nos integremos – se encogió de hombros el licántropo.

―           Tú quieres traerte a Mirella y yo a Ginger – suspiró la vampira.

―           La echas de menos, ¿verdad?

―           La verdad es que nunca creí sentir algo parecido por un humano, ya sabes. Llevaba mucho tiempo usándolos a mi conveniencia, pero Ginger…

―           … es diferente – acabó la frase el chico, enfrentándola y poniendo una de sus manos sobre el pequeño hombro de ella.

―           Sí.

―           Pues… ¿por qué no te vienes conmigo? Te dejo en la puerta de La Gata Negra y le das una sorpresa a Ginger. Después te llamo y quedamos para recogerte y volver juntos. ¿Qué te parece?

Ángela sonrió. El brillo de sus ojos confirmaba la respuesta.

Ginger asomó tras las cortinas, aún recolocándose bien el top de lentejuelas. Llevaba la melena suelta y tan lacia como si fuese una peluca. Ángela agitó una mano, llamando su atención, y la sonrisa que apareció en el bello rostro asiático fue todo un poema para ella. Ginger se acercó hasta el mostrador y ambas se fundieron en un abrazo que puso a más de un cliente nervioso.

―           ¿Qué haces aquí? – preguntó Ginger, mirándola a los ojos.

―           Tenía unas horas libre y me he dicho, ¿por qué no visitar a mi buena amiga Ginger que hace días que no veo?

―           Pero debes llamar. Tengo toda una hora ocupada con clientes habituales y luego debo actuar. No puedes estar aquí casi dos horas dentro de barra. Clientes te harán ofertas…

―           Ya y no es cosa de empezar de nuevo, ¿no? – dijo Ángela, comprendiendo lo que quería decir su amiga y amante. – Está bien. Pensaba dejarlo para otro día, pero puedo ocuparme de un asunto mientras tú trabajas.

―           ¿Qué asunto?

―           Un asunto de Casta, querida.

―           Pásate en un par de horas y estaré ya libre – sonrió Ginger, besándola suavemente en los labios.

―           Te tomo la palabra.

El asunto en cuestión tenía que ver con Basilisco. El Ojeador había enviado un mensaje general a la Brigada, despidiéndose de sus miembros, pues la mayoría fueron localizados y entrenados por Basilisco. El mensaje hablaba de su graduación y de su lealtad al clan. Él debía ocuparse de otros nuevos adanitas que necesitaban de su experiencia. Pero para Ángela era algo más que un mentor. El Ojeador había encaminado su vida, la había hecho descubrir un mundo que la aceptaba perfectamente, una familia que la acogía, y eso la impulsaba a disponer una despedida más íntima para los dos.

Así que tomó un taxi que la condujo hasta el subsótano de la clínica De Santiago. La combinación de la puerta no había cambiado y bajó hasta el gran gimnasio. Basilisco se encontraba allí y entrenaba personalmente un tipo que parecía el primo hermano de Hulk, pero en vez de verde era más bien grisáceo, con piel de reptil. El indoasiático parecía un muñequito a su lado, pero gritaba sin compasión para que el pantagruélico individuo golpeara con más fuerza aún el enorme dinamómetro que colgaba del techo.

―          ¡No te estás concentrando, Gizmo! ¡Ese último puñetazo no ha superado los dos mil kilos de presión! ¡Ha sido una puta caricia de niñas, joputa!

Con asombro, Ángela comprobó que la gran bestia de rostro afilado enrojecía de vergüenza y trataba de esconder su cabeza entre sus masivos hombros, como si se tratase de un niño.

―          ¡Otra vez y pon el alma en ello!

El puñetazo retumbó como un trueno en toda la gran sala. Ángela notó el desplazamiento del aire que generó el impacto en el rostro. Recibir un golpe como aquel podría significar la muerte para un adanita. Un humano no sobreviviría ni a la mitad de aquella fuerza.

―          ¡Mucho mejor, Gizmo, mucho mejor! Has superado ampliamente los cuatro mil kilos de presión. Ahora, quiero una serie de diez golpes como ese en un minuto.

Basilisco se acercó a una chica que estaba casi al fondo, intentando al parecer esquivar diversas cintas de plástico o tela que descendían del techo. El Ojeador la felicitó e incrementó la dificultad del ejercicio. Tan solo entonces, Ángela se dio cuenta que la chica, una jovencita de no más de quince años, no estaba esquivando las cintas, sino que éstas atravesaban su carne como si estuviera compuesta de humo en vez de carne. Aún se maravillaba con los diferentes dones de la Casta, de las innatas habilidades que desplegaba en cuanto sus polluelos Despertaban con la adolescencia…

Justo entonces, Neru Bajandhi, el Ojeador, reparó en la presencia de la vampira y sonrió. Al acercarse a ella, tomó una toalla de una espaldera y se secó manos y antebrazos de sudor. Se detuvo ante la rubia y la miró a los ojos, de forma intensa.

―          No creí volver a verte, Ángela.

―          Bueno, no pensé que te despidieras con un mensaje de texto.

―          Es lo que hay – el atractivo indio se encogió de hombros. – A veces, genero lazos afectivos con los chicos y chicas que educo y entreno. Es la forma menos dolorosa de cortar amarras.

―          Por eso mismo, he decidido hacerlo personalmente – sonrió ella.

―          Siempre he sabido que eres una chica dura y decidida. Te auguro un gran futuro con el clan – la piropeó Basilisco, pellizcándole suavemente la barbilla con sus dedos.

―          Bueno, también puedo ser mucho más suave… y dulce – susurró ella, deslizando su índice por el contorno del pene, cubierto por el pantalón deportivo.

Neru sonrió, sin apartar los ojos de los de ella, y alzó la voz para indicar a sus estudiantes que siguieran con el programa establecido. Puso sus manos sobre los hombros de Ángela y la obligó a darse la vuelta, conduciéndola de esa manera hacia los vestuarios, al fondo de las instalaciones. Nada más salir del ángulo de visión de los que estaban en el gimnasio, Ángela se giró y abrazó a su mentor, aplastando su espalda contra las taquillas metálicas del vestuario. Sus labios se fundieron en un apasionado y turbador beso; sus alientos, sus salivas, se mezclaron en un preludio tormentoso que ponía de manifiesto el deseo que ambos compartían por estar en una situación parecida; un deseo realmente reprimido emanaba de sus actos. Claro que Ángela no podía saber que lo que sentía en ese momento no era más que una emoción reflejo que provenía de su mentor, una habilidad secundaria que aumentaba cualquier sentimiento que ella sintiera por él, desde la admiración, el compañerismo, e incluso la lástima, para convertirlo todo en una pasión desmedida en su presencia. Basilisco se guardaba mucho de dejar salir este don complementario que había ido creciendo en él, pero, en ocasiones, debía darle rienda suelta, como ahora…

Ángela prácticamente frotaba su entrepierna contra la del Ojeador. Sus leggins de lana apenas eran una frontera física entre ellos, pues podía notar los atributos masculinos perfectamente. El pene se estaba transformando en algo mucho más turgente y sólido bajo el pantalón deportivo. Totalmente decidida, se dejó caer de rodillas y arrastró hacia abajo la cintura elástica del pantalón de Neru, dejando al aire un buen pene erguido, de glande cabezón y sin prepucio. Ángela sonrió ampliamente, mirando a su mentor a los ojos, sin dejar de masajear lentamente su miembro con una mano, la otra sujetando la cintura elástica para que la prenda no subiera. Una mano de Basilisco bajó hasta intentar desabotonar la sucinta rebeca azul que Ángela llevaba sobre una blusa de cuello redondo.

El adanita gimió cuando su grueso glande desapareció en el cálido estuche que formó los labios de la joven. Una hábil lengua surgió en el siguiente movimiento, repasando lentamente todo el tallo del miembro, erizándole todo el vello del cuerpo.

―           No pensaba que… fueras una chupa… pollas… tan excelente – balbuceó el Ojeador.

―           Un arte que tardé una vida en aprender – susurró ella, los labio rozando el enervado capullo.

Totalmente rendido, Neru dejó caer la coronilla contra el metal de la taquilla y aferró los rubios cabellos de su amante con una mano. Cerró los ojos y su boca se abrió con un gemido que crecía desde su diafragma, a medida que los labios y lengua de Ángela se afanaban. Hacía más de veinte años que nadie le había hecho una felación con aquella intensidad y entrega. Parecía como si quisiera sacarle su alma a través del meato, por Dios, se dijo en una ráfaga de conciencia.

―           No aguantaré… mucho más – gimió Neru, tironeando un poco del cabello que tenía empuñado. La garganta de Ángela parecía disponer de ventosas en ese momento, aferrando el glande sin emitir más que un leve tosido.

―           Te quiero en mi boca – le contestó ella, sacando el instrumento de su boca y antes de ponerse a dar lengüetazos a sus huevos.

La inmensa lujuria reflejada en los celestes ojos fue la verdadera causante de que Basilisco se dejara ir en un explosivo orgasmo que catapultó su semen sobre el rostro y boca de Ángela. La larga y habilidosa lengua de la chica recogió el semen sobre nariz y mejillas y sus dedos buscaron el restante mientras el Ojeador recuperaba el ritmo de su respiración, la espalda aún contra la taquilla, las rodillas temblorosas como flanes.

―           Ven – le dijo él, ayudándola a ponerse en pie y dándole la mano.

La condujo hasta la pequeña bañera ovalada de hidromasaje sin ni siquiera recolocarse el pantalón. Se quitó la ropa con un par de movimientos y, a continuación, desnudó a Ángela, sin dejar de besarla por todas partes. La vagina de la vampira estaba literalmente en llamas, necesitada de un apéndice que le permitiera enfriarse.

Galantemente, Neru le dio la mano para introducirla en el interior de la bañera. Ángela se puso de rodillas, las manos apoyadas en el borde de cerámica blanca, chapoteando en el agua que empezaba a llenar el continente. Basilisco la imitó, colocándose en la misma posición pero a la espalda de la fémina.

―           M-métemela ya… por favor – musitó ella, mirándole con ojos enfebrecidos.

Y el pene se deslizó bajo sus nalgas, con una facilidad increíble, como si hubiese pertenecido por siempre a aquel lugar, a aquella vagina que se abría ansiosa para acogerle. Por un momento, los ojos de Ángela se quedaron en blanco, al sentir el cuerpo que la invadía con dulzura, para llevarse todo el ardor que contenía, pero luego animó a sus caderas a moverse con un ritmo calculado y placentero, en contrapunto del que su amante inició. De esa forma, ambos convergían y el pene profundizaba en las húmedas entrañas a conquistar.

Ángela dejó caer su torso sobre al redondeado borde de la bañera al correrse. Apoyó una mano en el suelo enlosado mientras un transparente hilo de baba se escapaba de sus labios. Era como si hubiera dejado sus nalgas atrás, para que Neru hiciera lo que le viniese en gana con ellas, y éste lo entendió perfectamente.

Se salió de la vagina y escupió un par de veces sobre el esfínter de Ángela. Introdujo un par de dedos en la goteante vulva, empapándolos de fluidos, para poder dedicarse a abrir el ano con toda garantía. Con la cabellera barriendo el suelo, Ángela gemía y agitaba sus nalgas, deseosa de ser traspasada de nuevo.

El agua tibia ya llegaba a la parte superior de sus muslos, por lo que Neru organizó todo un chapoteo cuando se aupó para sodomizarla. Se quedó en pie, las rodillas flexionadas, y su miembro horadando lentamente el entreabierto ano de la vampira, mientras que ella agitaba sus pies en el agua. El dolor era la mejor despedida que podía darle a su mentor, algo que la hiciera recordar aquel momento. Sonrió con los dientes apretados cuando tuvo todo el miembro en su tripita. Su esfínter palpitaba, apretando el pene en su base. Basilisco se mantuvo quieto, permitiéndola que se adaptase.

―           Dame… duro… Basilisco – jadeó ella en un murmullo.

―           Guarrilla – sonrió él, sacando despacio su polla para insertarla de nuevo en un cómodo y profundo movimiento.

Ángela gimió largamente y se aferró mejor al borde con una mano, mientras que la otra buscaba el apoyo idóneo sobre las baldosas. Su lengua no cesaba de repasar sus encías, sus labios, humedeciendo piel y carne que sus continuos jadeos dejaban seca. No se había sentido nunca tan deseosa de ser follada por un macho, de convertirse en una zorra… solo quería ser follada, ser usada, ser colmada…

Empezó a agitar la cabeza cuando los envites se transformaron en ondas de placer que se acumulaba en la zona lumbar. Su rostro contorsionado por la acumulación de sangre y el placer estaba más rojo que nunca. En un momento dado, Basilisco la atrapó por el cabello y tiró de su cabeza, levantándola. No le importó el dolor, se quedó con la boca entreabierta, pendiente de exhalar el suspiro más generoso antes de que el éxtasis la paralizara. Aprovechando el equilibrio que le permitía aquel tirón de pelo, llevó la mano que se aferraba al borde de la bañera al coño, hundiendo con pasión dos de sus dedos en la anhelante vulva que palpitaba casi como un corazón. Aquello disparó un convulsionante orgasmo que la hizo patalear y agitar sus caderas como una yegua desbocada.

Con un sordo gruñido y los dientes fuertemente apretados, Neru se corrió largamente en el interior del intestino. El agua ya empezaba a desbordar la bañera, tanto por su cantidad como por los espasmódicos movimientos de ambos. Basilisco intentó dar un último embiste pero el anormal calor que empezó a sentir le impulsó a sacar el pene de aquel lugar, por lo que pudiera pasar. Ángela se dejó caer en el interior de la bañera, quedando con el agua ala barbilla, y sonrió. La fiebre de sus ojos había desaparecido.

―           ¿Estás bien? – preguntó Neru, sentándose también frente a ella.

―           Como una rosa. Ha sido un polvo inolvidable.

―           Gracias – le devolvió él la sonrisa. – Déjame que te bañe.

Y Basilisco, el Ojeador, se enfrascó en lavar delicadamente todo el desnudo cuerpo de la vampira, utilizando sus manos y una esponja, hasta dejarla bien limpia y serena. Esa fue la despedida que ambos se brindaron. Tardarían bastantes años en volverse a ver de nuevo.

CONTINUARÁ…

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