ALEX BLAME

 

Testigo de cargo

Cuando volví, la iglesia estaba a reventar.  En aquellas dos horas la voz se había corrido entre los habitantes y nadie quería perderse el desenlace. Todos creían que, llegado a aquel punto, me limitaría a explicar mis conclusiones y dictar sentencia, pero sorprendiendo a todos, señalé con mi dedo a Crisando y le ordené volver al estrado de los testigos.

El pastor se estremeció al sentir mi mirada en plan juicio final y se acercó tropezando hasta el lugar reservado para él.

No comencé el interrogatorio inmediatamente. Durante un par de minutos le miré con intensidad, con las manos a la espalda, intentando refrescar en su memoria el sermón que había preparado expresamente para él aquella mañana.

—Solo serán unas pocas preguntas para puntualizar un par de dudas.  Dices que tanto tú como tu amigo recurrís a Tiburcia siempre que tenéis un problema. ¿Pero, siempre ha ocurrido así?

—Mmm. No. —respondió tras un momento de duda— Al principio íbamos a consultar con Úrsula.

—¿Y por qué dejasteis de hacerlo? —pregunté utilizando mi cuerpo para interponerme en la línea de visión de los dos pastores, evitando así que Regino pudiese influir en sus respuestas.

—Nos dio un ultimátum. Nunca nos cobraba nada por sus servicios, consciente de que éramos pobres. Pero cuando se enteró de que lo poco que ganábamos lo gastábamos en la taberna, nos dijo que si no dejábamos de hacerlo, no nos atendería más.

—Y al no dejar vuestros malos hábitos, tuvisteis que recurrir a Tiburcia.

—En efecto.

—¿Tiburcia tampoco os cobraba?

—No. —respondió el pastor con un hilo de voz.

—¿Estás seguro? Te recuerdo que estas bajo juramento. —le dije para poder despertar en el de nuevo las imágenes  de los perjuros en el infierno que había descrito con todo lujo de detalles hacía unas pocas horas.

—Bueno, al principio no, pero luego sí.

—¿Y se las pagabais puntualmente? —insistí.

—Algo así.

—¿Algo así?

—Le hacíamos favores.

—¿Estabais haciéndole un favor cuando la seguisteis a la ciudadela el día anterior a la detención de Úrsula?

Crisando abrió tanto los ojos que creí que se le iban a salir de las órbitas. A ninguno de los presentes le costó sumar dos más dos, pero yo no estaba dispuesto a dejar que todo quedase ahí y redoblé mis esfuerzos.

—Supongo que no hace falta que te recuerde lo que pasa con todos aquellos que juran en falso ante un tribunal inquisitorial. —le dije mientras echaba una fugaz mirada a las gotas de sudor que perlaban la frente del excelentísimo señor alcalde.

—No, señor. —respondió Crisando con la voz temblorosa.

—Pues ahora cálmate, y cuéntanos toda la verdad.

—Aquella tarde, Tiburcia nos hizo llamar y nos dijo que tenía un trabajo para nosotros y que gracias a él no volvería a cobrarnos por sus servicios.

—¡Mentira! —rugió la curandera desde el fondo de la nave.

—¡Silencio! —repliqué yo— Yo soy el que da la palabra en este juicio. Si vuelves a levantar la voz mandaré que te azoten. Continua, Crisando, por favor.

—Nos citó para aquella misma noche en la plaza y nos ordenó seguirla hasta la ciudadela.

—¿Qué pasó luego? —pregunté yo emocionado, oliendo la sangre.

—El alcalde nos estaba esperando en un pequeño despacho  y  allí nos explicaron entre los dos sus planes. —gimoteó el pastor— Querían que hiciésemos de testigos contra la curadera…

—¿Qué curandera? —le pregunté para que quedase claro.

—Úrsula. Nos dieron instrucciones de lo que debíamos atestiguar, nos dieron una bolsa de dinero y nos prometieron los prados que había al lado del río para que pastasen nuestras ovejas.

—¿Y qué hicisteis después?

—Fuimos a gastarnos el dinero a la taberna. —dijo el pastor abatido mientras varios de sus compadres asentían y comentaban con sus compañeros de banco como habían gastado aquel día el dinero a manos llenas.

—Entonces, ¿Me estás diciendo que la acusada es inocente?

—Yo…

— ¿Que he recorrido doscientas leguas para descubrir la avaricia de cuatro ciudadanos sin escrúpulos?

—¡Lo siento! Yo no quería. Yo… solo… —respondió Crisando mientras caía de rodillas ante mí.

—¡Calla, estúpido! —saltó Regino sin poder contenerse.

Yo posé mi mano sobre el hombro del atribulado hombre, en un gesto de absolución  y me volví, fulminando al amigo de Crisando con la mirada, hasta que este, cohibido, no tuvo otro remedio que sentarse y mantener la mirada baja mientras iniciaba mis conclusiones.

—Bien, veamos.  —dije a modo de conclusión mientras ayudaba al pastor a incorporarse y abandonar el asiento de los testigos—Por una parte tenemos unos testimonios más que cuestionables, cuyas únicas pruebas son unas ovejas muertas de hambre, un altar de piedra que no aparece por ninguna parte y unas supuestas malas prácticas que nadie admite haber sufrido. Por otro lado, tenemos más que sobradas sospechas que todos los testigos tienen intereses espurios en el caso y se reunieron la noche antes de acusar a Úrsula de brujería.

—Si a todo esto unimos que el verdugo aquí presente no ha conseguido una confesión por parte de la acusada, me parece que si nos dejamos guiar por la lógica es evidente que Úrsula será culpable de muchos pecados, pero no de cometer brujería.

Todos los presentes asintieron e incluso logré oír algún que otro suspiro de alivio. Solo una persona gruñó y se quejó por la forma en que había manipulado a los testigos. La vieja alcahueta se enderezó todo lo que su encorvada espalda le permitía y salió de la iglesia mascullando,  sin esperar a que terminase de dictar la sentencia.

El resto de los testigos parecían arrepentidos y avergonzados. El alcalde especialmente, siendo el centro de atención allí arriba a mi lado, no sabía dónde meterse.

—No es mi intención acusar a los testigos de ningún delito. Es evidente que han sido víctimas de una añagaza del mismísimo demonio. Así que creo que todos debemos perdonarlos y espero que Úrsula también haga lo mismo…

—Finalmente, declaro a la acusada inocente de todos los cargos y ordeno que sea liberada de inmediato.

—Perdonadme, hermanos. —dijo el alcalde levantándose, consciente de que si no hacía nada perdería la poca autoridad que le quedaba— He sido dominado por el demonio de la avaricia y me siento totalmente arrepentido. Dejad que sea yo el que libere a esta mujer inocente de sus cadenas.

El hombre se levantó y con paso abatido se acercó con las llaves de los grilletes y la liberó ante los aplausos de los presentes. La joven apenas podía mantenerse en pie y entre el alcalde y yo la ayudamos a sentarse.

Hay que reconocer que el alcalde  tenía arrestos. Ante todos los presentes hincó la rodilla y derramando lágrimas de cocodrilo, le pidió perdón. Úrsula, que no era menos lista que él, se lo concedió magnánima, ganándose con ello a los pocos escépticos que quedaban en la iglesia, pero diciendo a aquel buitre con los ojos que no pensaba olvidar lo que le había hecho.

Tras unos segundos, la reunión se disolvió y la iglesia se fue vaciando poco a poco.

—Siento que hayas tenido que pasar por todo esto. —le dije aprovechando un momento que estuve a solas con Úrsula— Has sido muy valiente. Ahora descansa y que alguien cuide tus heridas.

—Yo me encargaré. —intervino Leandra acercándose— No soy sanadora, pero estoy seguro de que no deberíamos dejar que Tiburcia hurgase en esas heridas.

Con un gemido de dolor, la joven se levantó y se apoyó en el hombro de su amiga. La forma en que esta la envolvió con extrema suavidad y ternura por la cintura y la ayudó a avanzar por la nave hasta la puerta, me hicieron pensar en que entre aquellas dos mujeres había algo más que una simple amistad. Y la mirada de inmensa gratitud que Leandra me lanzó no hicieron sino confirmarlo.

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