ALEX BLAME

 

Cuentos chinos y calientes

El Padre Daniel había retirado a un lado los sitiales para poder celebrar la misa del domingo y los había sustituido por grandes maceteros con flores. En cuanto me separé de las monjas, me acerqué al párroco y le dije que me gustaría ser yo el que dijese el sermón en aquella ocasión. El Padre pareció un poco contrariado, pero no dijo nada y me invitó a sentarme a un lado del altar mientras decía misa.

Al fin, tras quince minutos de liturgia, el Padre Daniel se apartó del altar y se sentó esperando mi sermón.

Yo me levanté sin prisa, alisé mi hábito y subí por la estrecha escalera de caracol que conducía al púlpito. Apoyando las manos en la balaustrada, repasé con un dura mirada a todos los presentes y aproveché para ver dónde estaba mi testigo estrella.

Crisando estaba sentado al fondo, ignorante de mis planes, en una esquina de la nave, buscando el anonimato de la oscuridad, pero ni siquiera en eso tenía suerte. Uno de los rayos que atravesaban la vidriera principal de la nave incidía exactamente sobre él, pintado su cuerpo de un verde nada favorecedor. En cuanto lo localicé, fruncí el ceño ostensiblemente y comencé a hablar.

—Todos sabéis por qué estoy aquí. He venido a desterrar el mal de esta villa y el mal no solo está en los conjuros, en los filtros y en los abortos. También lo está en las falsas acusaciones, la avaricia y el perjurio. Todos los que lo cometéis, tenéis un rincón reservado en el infierno. —dije fijando mi mirada en Crisando que se encogió ostensiblemente al escuchar mis palabras—Porque no os equivoquéis, nada de la riqueza que acumuléis en este mundo os servirá para escapar del despiadado juicio final que os espera.

—La brujería es una abominación, es horrible y  puede acabar con una comunidad indefensa, pero el falso testimonio es igual de peligroso y no lo dudéis, —continué levantando la voz— yo no estoy aquí para quemar gente, estoy aquí para averiguar la verdad y ¡Pobre de aquel que intente deliberadamente ocultármela!

Al terminar la frase, hice una pausa, apoyé las manos sobre la balaustrada e inclinándome hacia adelante, recorrí todas las bancadas una a una con el ceño fruncido y la boca apretada en un rictus de enfado.

La sensación de poder que me invadió fue la hostia. Desatado, levanté los brazos y cerrando los puños comencé una pormenorizada descripción de los nueve círculos del infierno, acompañando las vívidas descripciones con ademanes amenazadores.

Cuando terminé, quince minutos después, estaba seguro de que más de uno se había cagado en los pantalones, Crisando incluido.

El padre Daniel suspiró aliviado cuando abandoné el púlpito y acabó con la misa lo más rápido que pudo.

En cuanto terminó, nadie se movió de su sitio. El verdugo trajo a la rea, que volvió a ocupar su sitio, encadenada a la columna, mientras un par de monaguillos colocaban las pesadas sillas de roble del improvisado tribunal de nuevo delante del altar.

En menos de tres minutos el Padre Daniel y yo nos sentamos en nuestros respectivos asientos, mientras que el alcalde, que era al que le tocaba testificar se sentaba en el lugar reservado a los testigos.

Dejé que se pusiese cómodo mientras echaba un rápido vistazo  a la nave de la iglesia. A pesar del miedo, nadie quería perderse el juicio y casi todos los habitantes del pueblo se apretaban en los bancos, expectantes.

Comencé con un par de preguntas sencillas para entrar en calor. El alcalde las contestó con soltura y autoridad, consiguiendo que todas los presentes asintieran como si ellos mismos fuesen los testigos. A continuación le pedí que explicase con precisión, sin omitir ni siquiera los detalles más escabrosos, lo que vio aquella noche en el bosque.

—Como alcalde de esta villa, me desvivo por mis conciudadanos. —comenzó el alcalde con una sonrisa paternal— Y esto tiene su precio. Hay noches que me imposible conciliar el sueño así que, a menudo doy largos paseos por los alrededores de la villa.

—Aquella noche, —continuó tras una pausa teatral— paseaba por el bosque cuando oí un chasquido a mi derecha. Creyendo que era una alimaña, saqué mi daga e intenté penetrar la oscuridad con mi mirada. En ese momento vi como una fugaz silueta, oscura, pero inconfundiblemente humana, se desplazaba con paso seguro por el sotobosque.

—Picado por la curiosidad, con todos mis sentidos alerta, seguí la figura envuelta en una capa negra que ocultaba su identidad,  intentando hacer el menor ruido posible…

Había que reconocer que el muy cabrón sabía ganarse a los espectadores. Todos los presentes le miraban con el mismo interés que unos boy-scouts escucharían historias de miedo al calor de una fogata.

—… Tras un largo paseo llegamos a un claro del bosque dominado por un enorme altar de arenisca blanca. La luz de la luna llena inundaba el espacio con una luz irreal. Sin dilación, el desconocido dibujó una serie de glifos sobre el ara y a continuación se deshizo de la capa, descubriendo por fin su identidad.

—¿Y quién resultó ser la furtiva figura? —pregunté yo procurando no mostrar mi escepticismo.

—Era ella, —respondió el testigo señalando a la acusada sin ninguna sombra de duda y provocando una exclamación de asombro entre los presentes.

—Continúe, por favor.

—Bajo la capa estaba totalmente desnuda. La luz de la luna la hacía parecer etérea e irreal mientras comenzaba a cantar y bailar en torno al altar. Además había algo que no me cuadraba. Tardé unos instantes en darme cuenta de que no escuchaba el ruido de sus pasos sobre el césped. Al bajar mi mirada pude ver que sus pies apenas tocaban el suelo.

Todos el público exclamó de nuevo y miró a la acusada, que se encogió asustada, incapaz de rebelarse ante aquella sarta de mentiras.

—Tras un par de minutos, del altar comenzó a emanar una luz sobrenatural. La joven se tumbó sobre él y cerró los ojos, llamando a su señor una y otra vez. ¡Ven Belial a mí! ¡Hazme tuya y cólmame con tu poder!

La mayoría de los presentes ahogaron los gritos de espanto y una mujer gritó y se abanicó con fuerza con la mano, como si estuviese a punto de desmayarse. El alcalde sonrió satisfecho del efecto de sus palabras y continuó con la narración:

—Esa mujer comenzó a acariciar su cuerpo con languidez mientras recitaba una salmodia. Su cuerpo refulgía acariciado por la luz de la luna por arriba y la extraña fosforescencia que emergía del altar por debajo. Aquella luz espectral parecía tener algo porque la mujer empezó a retorcerse como si algo le excitase. Incapaz de contener su lujuria comenzó a acariciarse el cuello y los pechos. Cuando se rozó los pezones con las uñas, la joven gimió y todo su cuerpo se estremeció.

—En ese momento comenzó de nuevo a salmodiar. Sus manos parecieron tomar vida propia y se desplazaron por su vientre hasta acabar entre sus piernas. En ese momento la luz se intensificó y esa joven separó las piernas desinhibida y enterró los dedos en su sexo…

El alcalde interrumpió su narración un instante, como si se sintiese intimidado a la hora de contar todas aquellas trolas. La actuación estaba siendo digna de un Oscar. Yo le seguí el juego y con unas pocas palabras de aliento le invité a continuar…

En ese momento Íker levanta los ojos del vetusto libro y mira la hora. Durante un instante el pánico se apodera de Gerardo. Ese cabrón no se atreverá a dejar el final para el domingo siguiente. Si lo hace… Pero al final solo da paso de nuevo a la publicidad. En los siete minutos de larga espera intenta imaginarse a Carla sobre una gran piedra blanca masturbandose, con sus pechos temblando y su coño encharcado de jugos.

Inconscientemente desliza su mano sobre el cuerpo dormido de su esposa. Carla se revuelve en sueños y gime un instante al sentir su contacto, antes de volver a dormir profundamente. Gerardo se imagina tomando a su mujer mientras duerme y no puede evitar una dolorosa erección que no se ve aplacada cuando Íker comienza a leer de nuevo.

 

—Cada vez más excitada, comenzó a masturbarse con más violencia. —continuó el alcalde intentando parecer cohibido— La fosforescencia se hizo más densa hasta convertirse en una especie de niebla densa que la envolvió acariciándola. En pocos instantes la joven perdió el hilo de sus oscuras oraciones y comenzó a gemir mientras repetía una y otra vez; “¡Belial, ven a mí!” ” ¡Belial, toma a tu sierva!”.

—De repente, la niebla refulgió y elevó a la mujer unos centímetros por encima del ara. Su cuerpo se crispó y se arqueó con las piernas contraídas y abiertas y los brazos en cruz. La joven gimió mientras la niebla la envolvía obligándola a arquear su espalda hasta arrancarle un gemido de dolor. En ese momento la niebla se hizo casi solida. Envolvió las muñecas y los tobillos de la mujer y comenzó a introducirse por sus orificios naturales.

—Úrsula gimió, se retorció y contrajo todos sus músculos mientras la niebla exploraba y dilataba sus zonas más sensibles. El cuerpo de la joven se elevó aun mas a medida que el etéreo ente entraba y salía de su culo y de su sexo cada vez más rápido. Los gemidos se convirtieron en gritos de placer, cada vez más intensos, hasta que con una embestida final la joven se corrió mientras el ente envolvía todo su cuerpo provocando pequeñas descargas de estática que prolongaron e intensificaron su placer hasta hacerla perder el sentido.

—La bruma comenzó entonces a contraerse y tras depositar a Úrsula de nuevo sobre el níveo altar, desapareció. La joven quedó inerte, apenas respiraba. Yo, desde mi escondite, me quedé paralizado sin saber qué hacer. Iba a acercarme y taparla antes de que el sudor que cubría todo su cuerpo junto con el fresco de la noche hiciesen que se congelase, pero en ese momento se despertó como si lo hiciese de un profundo sueño y con las mejillas arreboladas recogió la túnica y se volvió corriendo a su casa.

El alcalde calló dando por terminada la narración de los hechos. Yo me acerqué y miré al público antes de continuar con el interrogatorio. Los congregados estaban quietos, algunos con la boca abierta, otros mirando con una mezcla de horror y lujuria a la acusada.

Aprovechando el profundo silencio, me dirigí de nuevo al alcalde:

—Una descripción muy exacta de los hechos. Es una suerte que estuviese levantado aquella noche. ¿Suele ocurrirle a menudo?

—¿El qué?

—Eso de no poder dormir por la noche.

—La verdad es que me pasa con cierta frecuencia. —admitió el testigo.

—¿Y siempre va a pasear por la noche cuando no duerme?

—Casi siempre, sobre todo si hay luna llena.

—Entiendo. La verdad es que si yo me internase en el bosque en plena noche, me perdería de inmediato. —dije yo mirando a los presentes.

—Bueno, conozco esta villa y sus bosques como la palma de mi mano, llevo recorriéndolos desde que era apenas un chiquillo.

—Entiendo, entonces no tendrás inconveniente en llevarme al claro donde sucedieron los hechos. Me gustaría inspeccionar el altar. Ya sabe, por si es necesario destruirlo. Seguramente es un artefacto del demonio y no se puede dejar ahí para que un incauto lo encuentre.

La cara que puso el alcalde me dijo que le había pillado por sorpresa. Tal como me imaginaba, no había ningún claro con un altar en su centro.

—La verdad es que esa es la zona que peor conozco del bosque, no sé…

—Bueno, si  fue capaz de encontrar el camino a casa en la oscuridad, no le será demasiado difícil encontrar el camino, con la ayuda de Dios. —repliqué yo.

Sin darle tiempo a que aquel cabrón inventase una excusa, suspendí la sesión invitando a todo el que quisiese a acompañarnos para ser testigos y destruir el perverso altar en el mismo momento en que diésemos con él.

Como os podréis imaginar, el alcalde, con paso vacilante, salió en dirección al bosque. Todos los que le seguíamos, pudimos constatar sin dificultad que aquella enorme barriga no estaba hecha para caminar por aquel abrupto paisaje. En cuestión de pocos minutos Don Matías comenzó a jadear y sudar profusamente. Le dejé guiarnos, disfrutando con cada jadeo ahogado y dejando que el mismo fuese el testigo de cargo de su propia mentira.

—No sé. —dijo el alcalde entre jadeos— No soy capaz de encontrar ese endemoniado claro. Quizás un embrujo lo oculta.

Yo, consciente de que todos los presentes habían comprobado que aquel hombre, no conocía el bosque ni sabía moverse por él, ni era capaz de hacer el ejercicio que suponía recorrerlo por la noche, le respondí sin ocultar mi escepticismo que tal vez tuviese razón y ordené volver a una decepcionada expedición.

Tras despedir a los presentes y convocarlos para la última sesión del juicio en un par de horas, me dirigí a la taberna para comer un poco y meditar mi siguiente movimiento.

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