JANIS MULLIGAN

 

La academia

22 de enero de 2014.

Ángela repasó sus labios carmesíes con un pañuelo de papel, asegurándose que no quedara ninguna evidencia hematológica sobre ellos antes de abandonar el edificio.  Miró la calle a través de los cristales de la gran puerta metálica de la cancela. Ya había oscurecido. Sonrió contenta por haber escogido a Javier para su alimentación. Arriba, en el cuarto piso, el universitario quedaba tumbado en su cama, desnudo y sonriendo beatíficamente tras entregarle su sangre.

Desde que Ángela acudía a la clínica De Santiago dos noches en semana y quedaba exhausta tras sus ejercicios, no había tardado en buscarse un suministro de sangre de camino hacia la calle Muret. De esa forma, procuraba alimentarse antes de iniciar sus entrenamientos. No le fue difícil detectar un piso de estudiantes con cuatro chicos jóvenes y vitales, muy monos, que estaban encantados de turnarse para donarle su sangre. El tal Javier era el último de ellos en catar en esta semana y media que llevaba bajo el entrenamiento de Basilisco.

Sin embargo, Ángela estaba un tanto preocupada desde que su alma oscura se apoderó de su cuerpo, parecía estar más sedienta que nunca y necesitaba más sangre para fortalecer su poder. No es que fuera a dejar a un humano seco, ni nada de eso, pero su dosis habitual casi se había duplicado. Quizás era debido al intenso entrenamiento al que la sometía el Maestro Ojeador, un ritmo físico y somático que ella desconocía pero al que se había acostumbrado inmediatamente, o bien estaba relacionado con la extraña vivencia de Noche Vieja. Fuese lo que fuera, aún era pronto para hablarlo con Basilisco. Se dijo que había experimentado el Hambre y había sobrevivido a ella, sin ninguna ayuda, de lo que podía dar gracias a Lucifer. Así que podría con esa necesidad de un poco más de sangre, sin duda.

Caminó prestamente por las calles de la ciudad, sumida en sus recuerdos de aquella noche demencial en el club. Junto a David y Mirella, finalmente había calmado sus ansias, recuperando el control. Sintió que había estado justo en el límite, a punto de incendiar todo a su alrededor, y daba gracias por no haber cedido al insano impulso que la devoraba. También fue consciente de la gran sonrisa que aparecía en el rostro de Mirella, acurrucada y dormida en los fornidos brazos de su novio. Más calmada, se dijo que quizás no había metido demasiado la pata al forzar el trío.

Cuando salió de aquel reservado, ni siquiera buscó su ropa interior, sino que se pasó por los penumbrosos camerinos, aferró un par de batas y se las lanzó a Ruth y Ginger, las cuales seguían comiéndose entre ellas en el mismo sofá en que las dejó. Varios chicos estaban adormecidos en asientos contiguos, evidentemente derrotados por la pasión de las chicas. La asiática intentó protestar pero Ángela la atajó con un gesto de la mano y les indicó que se pusieran las gruesas y suaves batas, con un ronco “Nos vamos a casa”.

Terminaron la madrugada retozando las tres en el apartamento en la cama de Ángela. Cuando el sol salió, Ginger se llevó a Ruth a su cama dejando a la rubia sumida en su profundo sueño pero con una dulce sonrisa en su rostro.

Al día siguiente, las tres despertaron a media tarde, con churretes de maquillaje esparcidos por sus mejillas y realmente famélicas. La llamada de Lola las pilló devorando las sobras de la cena entre divertidas pullas que pretendían esclarecer lo ocurrido la noche anterior. En un principio, Ruth se sentía muy avergonzada de cuanto había hecho, pero entre la rubia y la asiática consiguieron sosegarla y recordarle que ya no tenía que rendir cuentas ante nadie.

Enfundadas en mallas y ropas deportivas, recorrieron la calle hasta el club, donde la pandilla de Lola ya estaba liada limpiando todo. Se enfrentaron a todo un caos allí dentro. Había botellas y vasos sucios por todas partes, muchos cristales en el suelo y un zumaque extraño recubría varias partes de la solería. Con una risita, Ángela recuperó el culote perdido.

―           No es la única prenda que encontraras – puntualizó Lola. — ¿Qué demonios pasó aquí anoche?

Ángela notó el súbito encogimiento de hombros que encorvó la espalda de Pep, unos metros más allá dedicado a fregar la superficie del mostrador. El chico trataba de ocultar su rostro lívido pero declaró su culpabilidad ante los aviesos ojos de la vampira.

―           ¿Quién sabe? – respondió, sin apartar los ojos del chico. – Quizás aliñaron la priva con algo que nos puso como motos.

―           Bueno, sea lo que sea, resultó ser la mejor fiesta que he dado en mi vida – se carcajeó la hija de la propietaria.

―           ¡Estoy contigo! – exclamó Ginger, alzando la palma de su mano para chocarla con la de una enrojecida Ruth.

―           ¿Ah sí, zorra? – Ángela pasó uno de sus brazos por los hombros de Lola, echando a caminar hacia el escenario. – Creo que probaste un nuevo sándwich, ¿no?

―           Bufff… no tenía ni idea que fuera tan… intenso – murmuró Lola, abrazándose a la cintura de la rubia. — ¿Sabes? Conseguí juntar sus dos… cacharros… sin que protestaran por ello.

―           ¿En serio? – Ángela alzó sus rubias cejas, sorprendida. – Los tíos no suelen acceder a eso.

―           Pues ya te digo. Las sostuve las dos con la misma mano, capullo contra capullo, y…

―           ¿Y?

―           Pues que acabé metiéndomelas en la boca, a la vez – susurró la morenita con las mejillas encendidas de rubor.

―           ¡Coño! ¿Pudiste?

―           Ya te digo. Tuve que esforzarme pero, al final… ¡dos pollas en la boca! Bueno, en verdad, sólo las puntas, pero aún así… una pasada, tía – Lola lució orgullosa de su hazaña.

―           Ves como no eras absolutamente lesbiana – le dijo Ángela, besándola en la mejilla.

Toda la pandilla estuvo limpiando hasta bien entrada la noche e incluso cenaron allí dentro con unas pizzas que encargaron. Hubo que limpiar la tela de muchos sillones con detergente, cepillo y un diluido de amoniaco para arrancar pegajosas evidencias, pero consiguieron dejar el club limpio y libre de pruebas de la orgía ocurrida. Así transcurrió el día de Año Nuevo para ellas.

Al día siguiente, Basilisco la citó para evaluarla. Coincidió con David en la prueba y, a partir de esta, un día a la semana compartían clase. David necesitaba más atención que ella por su juventud, pero sus demás clases eran diurnas y no se veían. Estos entrenamientos se llevaban a cabo en un sótano de la clínica De Santiago, al que se accedía por el propio aparcamiento subterráneo. Era un sitio amplio y cómodo, evidentemente insonorizado. Poseía todo un completo equipo deportivo, así como sacos de entrenamiento, makiwaras y hasta grandes dianas balísticas.

Basilisco llevaba varios días sometiéndola a pruebas cada vez más agotadoras, pero no físicas, sino que implicaban su don pirokinético. Por supuesto, iban más allá del control de temperatura en diversas zonas de su cuerpo que Ángela habituaba a realizar casi por instinto, o de los pequeños estallidos llameantes voluntarios que había conseguido hasta el momento.

No, Basilisco la obligaba a ir cada vez más lejos, utilizando aquella voz autoritaria que la motivaba ciegamente; impulsándola a alcanzar cotas que ella jamás imaginó, y, la verdad era que le era cada vez más fácil rebasar sus límites.

En su último entrenamiento y mientras Basilisco le pasaba una toalla para que se secara el sudor que resbalaba por su rostro, el Ojeador Casta comentó algo que no supo cómo tomarse.

―           Creo que ambos estáis listos para acudir a una entrevista – dijo Basilisco, sin mirarla.

―           ¿Una entrevista? ¿David y yo?

―           Sí. El clan Santiago necesita Guerreros y creo que vosotros dos sois ideales para ello.

―           ¿Cómo que guerreros? – parpadeó ella, terminando de secarse los brazos. Formando un círculo a su alrededor, seis maniquíes ardían completamente. Un ayudante se acercó a ellos, extintor en mano.

―           Ya lo he estado hablando con David y está de acuerdo.

―           Pero a mí no me has explicado nada aún.

―           Es el motivo de esta conversación, niña – Basilisco la empujó suavemente hacia un banco de madera que se apoyaba contra una de las paredes, entre espalderas de madera. – A veces, se me olvida que has crecido sin saber nada de las Castas.

Ángela asintió con la cabeza, sentándose. Giró el cuello para mirar a Basilisco a la cara, cuando hizo lo mismo a su lado.

―          Como ya sabes, la sociedad Casta está supeditada a la herencia; a lo que los padres aportan en la concepción, sea un lugar en el escalafón social, sean unos genes fuertes para el Don – un nuevo asentimiento de la rubia cabecita le hizo seguir. – La primera obligación de todo Casta es para con su clan, quien le protege y le provee de cuanto necesita. Así mismo, el clan valora al individuo según su nacimiento, don y valía, en ese orden.

―          ¿Eso quiere decir que el clan decide el destino de cada Casta?

―          Más o menos.

―          Joder, qué putada…

―          No es tan malo, Ángela. Imagina el clan como una reina hormiga que debe permanecer oculta en su nido, pero, al mismo tiempo, no puede quedar aislada del exterior para no perder su ventajoso territorio. Así que dispone de laboriosas hormigas que se dedican a expandir el nido y su influencia en el entorno. Necesita exploradoras, recolectoras, constructoras, informadoras, y, por último, guerreras que la defiendan y que sirvan de brazo ejecutor. ¿Comprendes?

―          Sí. Los dones más agresivos o contundentes son destinados a guerreros, ¿no?

―          Así es. Tu don está entre ellos.

―          Háblame de los demás puestos, por favor…

―          Bien. Un clan mantiene mucho territorio bajo el control de sus diferentes casas delegadas. El clan Santiago controla toda España, parte del litoral africano y la Riviera francesa. En este mundo moderno, ya no necesita exploradores, ni custodios fronterizos, por lo que los ha reconvertido en diplomáticos y embajadores que se dedican a pactar con otros clanes y a controlar los políticos humanos.

―          ¿Controláis la política de España? – se asombró Ángela.

―          No exactamente. Controlamos las decisiones que pueden afectar al clan simplemente, por lo demás, las autoridades humanas son libres de actuar.

―          Bueno, eso no es ser libre precisamente – masculló ella.

―          No, no lo es – sonrió Basilisco. – Como comprenderás, para dedicarse a tal actividad, se necesita conocimiento de la política humana, de psicología y otras artes, así como un don adecuado, casi siempre mental, para controlar desde las sombras.

―          Dones mentales… dijiste que son los más poderosos y escasos – dijo ella, colocándose un mechón de pelo detrás de la oreja.

―          Sí, un psiónico completo es bastante inusual, pero abundan los estados intermedios, gracias a Dios.

―          ¿Estados intermedios? – una de las cejas de la joven se arqueó al mirar al Ojeador.

―          Como semi telépatas, clarividentes de diversos grados, poderosos intuicionistas, telemétricos y tipos así. Incluso tenemos gente que irradia distintos tipos de feromonas y bacterias epiteliales para conseguir efectos parecidos.

Ángela asintió en silencio, intentando imaginar la vastedad de dones que se asociaban a los Castas.

―           Estos adanitas suelen pertenecer a la Alta Cuna en su mayoría – apuntó Basilisco.

―           ¿Todo lo referente a poderes mentales son de la Alta Cuna?

―           Sí, hay muy pocos psiónicos en el Pueblo Llano. Estos puestos diplomáticos son llamados Emisarios y junto a los Ojeadores, son los más altos en nuestra escala social.

―           Comprendo. ¿Qué hay de las hormigas obreras?

―           El clan dispone de varias corporaciones que aglutina empresas humanas. Los sirvientes y trabajadores necesarios son acogidos en ellas. El clan cuenta con trabajadores en todos los sectores, debidamente especializados, desde obreros de la construcción a arquitectos, pasando por granjeros o bioquímicos, por poner un ejemplo.

―           Todos del Pueblo Llano, ¿no? – repuso Ángela con cierta acidez.

―           Naturalmente. Constituyen la fuerte base del clan. Todos son indispensables a su manera, Ángela.

―           ¿Cómo llaman a estos? ¿Obreros?

―           A veces, pero no hay un nombre específico para ellos. Son miembros activos del clan y suelen responder a su referencia humana – Basilisco se encogió de hombros, como si fuera una cuestión nimia. – Luego están los Técnicos…

―           Vaya, eso no me lo esperaba – sonrió la rubia.

―           Aquí no importa la pureza del adanita, sino que tiene que ver más con su aptitud para comprender y aprender. En esta categoría hay médicos, sanitarios, profesores de diferentes calibres, burócratas, abogados, jueces… últimamente abundan los expertos en Informática. Aprenden lo mejor de la humanidad para nuestro uso y, además, sirven de espías.

―           Y llegamos a los Guerreros – casi tosió Ángela.

―           Sí, así es. Solo quedan los Guerreros. Este es el único grupo cuyos miembros no están repartidos entre los humanos. Los Guerreros suelen permanecer acuartelados normalmente tanto en las casas delegadas como en la casa madre. Habitualmente, hay más Guerreros en esta última debido a la importancia de los miembros dirigentes del clan que moran en ella. De todas formas, los capitanes envían sus lugartenientes cuando ocurre un delito entre Castas.

―           ¿Y?

―           Digamos que la justicia es tan rápida como lo decida el clan.

―           ¿No disponemos de jueces o un tribunal?

―           No, para eso está el sistema de Duelo – la aseveración de Basilisco fue rotunda. – Si te acusan de algo, te defiendes peleando.

―           P-pero… ¡eso no es justo para los más débiles!

―           No existe la debilidad entre la Casta – la mirada del Ojeador fue severa, casi retadora. – De todas formas, para las cuestiones menores solemos dejar que la justicia humana resuelva los conflictos, siempre que ambas parten están de acuerdo – explicó con más suavidad.

―           Así que los Guerreros hacen también de policía – Ángela estiró sus piernas y masajeó el lado exterior de sus muslos.

―           Los Guerreros defienden el clan, tanto de las fuerzas del exterior, como aquellas que pueden provenir de su interior. Un Guerrero debe ir donde le envíen y cumplir con sus órdenes. Puede tener familia pero ésta queda supeditada a las órdenes de los superiores, tanto en progenie como en la ubicación de su vivienda.

―           Wao, qué estricto.

―           Sí lo es pero, a cambio, ser Guerrero tiene otras muchas ventajas que ya comprobaras si eres elegida.

―           Ah, ¿me tienen que elegir? Creía que me ofrecería yo como Guerrero.

―           Tienen que probarte primero y, entonces, escogerán entre todos los aspirantes. Unas veces el ministerio acepta más Guerreros y otras veces menos. Todo depende de las plazas que se dispongan.

―           ¿Y crees que yo encajaré en ello? – preguntó Ángela, mirándole directamente.

―           Sinceramente, no – Basilisco meneó la cabeza con seriedad. – Tendrás que aprender a obedecer.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * *

 

 

28 de enero de 2014.

Ángela se sentía nerviosa, un hormigueo constante e incómodo germinaba en la punta de sus dedos, bajo las largas y duras uñas. No tenía una razón lógica para ello pero, aún así, sentía el irresistible impulso de llevarse los dedos a la boca y mordisquearlos. Se obligó a posar los ojos sobre la monótona carretera que se perfilaba con la luz de la luna. No sabía dónde Basilisco la llevaba – sólo se había referido a “la academia” como destino – pero todo el mundo iba en silencio en el interior de la amplia furgoneta, tras una hora de camino.

Ángela giró el cuello y paseó la mirada por sus compañeros de viaje. Basilisco conducía, meneando levemente la cabeza con el ritmo setentero de un tema de Deep Purple. A su lado, un chico joven de largo pelo oscuro se apoltronaba en el asiento, casi de forma cómica. La difusa luz del cuadro de mandos delineaba su perfil de nariz aguileña y altos pómulos. Ángela no lo había visto antes en los entrenamientos, bueno, a decir verdad, todos los chicos y chicas que entrenaban con ella eran muchos más jóvenes, apenas críos entrando en la adolescencia. Se lo habían presentado como Antón y era todo un hermoso ejemplar de hombre. Debía estar a las puertas de los veinte años y era alto y delgado, pero parecía demasiado orgulloso y creído de sí mismo, quizás debido a su etnia gitana, pensó ella.

En los asientos centrales, se sentaban dos chicas, inmersas en una especie de tonta competición por escribir y enviar whatsApps, cuanto más rápidos mejor. Sus pulgares parecían volar sobre los diminutos teclados de las pantallas táctiles. Una de ellas no tendría más de catorce años y se pisaba la lengua con los dientes mientras tecleaba furiosamente a velocidad vertiginosa. Era una morenita de nariz muy chata y ojos oscuros. La otra era pelirroja y debía tener tres o cuatro años más, al menos, pero Ángela no estaba segura debido a que su atractivo rostro estaba totalmente cubierto de pecas y eso la hacía aparentar un aire muy juvenil. Llevaba su cabello casi naranja enroscado en una frondosa trenza. Ángela no había visto nunca una pelirroja tan cobriza como aquella, pero no olvidaría jamás esos ojos esmeraldas que la apuñalaron prácticamente cuando se la presentaron. Con decir que no se había enterado de cual era su nombre ni el de su compañera, ocupada en bucear en aquellos ojos tan espléndidos, aunque sí se quedó con su apodo: Barbie.

“La verdad es que sí parece una muñeca, una de esas entrañables que invitan a abrazar fuertemente y dormir con ella”, pensó Ángela.

Un movimiento a su costado hizo que mirase a David y le sonriera. Su amigo parecía estar aún más nervioso que ella, pues no dejaba de moverse sobre su asiento, como si le hubiesen frotado el culo con una guindilla.

―           ¿Falta mucho? – preguntó la más joven de ellos, alzando sus ojos de la iluminada pantalla de su Iphone.

―           Ya hemos llegado, Adela – contestó Basilisco, al tiempo que conectaba el intermitente izquierdo y se desviaba de la carretera por un camino rural pero de piso bien asentado.

Un gran portón de rejas artísticamente forjadas se abrió lentamente al acercarse el vehículo. Ángela detectó la cámara medio oculta, así cómo había descubierto otras que dejaron atrás en el camino. Todo el terreno parecía cercado y vigilado. Interesante, se dijo. El camino se convirtió, al adentrarse en la finca, en una estrecha carretera asfaltada, que no tardó en dejarles ante varios edificios de una planta repartidos casi al azar. Paralelamente a la carretera, un cercado de madera encerraba media docena de caballos que no parecían tener prisa por meterse en el establo.

―           ¡Esto es una puta granja! – exclamó Adela, con los ojos como platos y olvidándose, de una vez, de su móvil.

―           Es la mejor tapadera para la academia – contestó Basilisco, con una risita. – Hay vacas, cerdos, ovejas, caballos, y gallinas.

―           Sí, ya se nota por el olor – musitó la pelirroja, arrugando su preciosa naricita.

―           No seáis quejicas, coño – masculló el Ojeador. – Os acostumbrareis enseguida, ya veréis. Entrenareis aquí y ayudareis en la granja como si estuvierais acudiendo a una granja escuela.

―           Si, bwana – dejó escapar Ángela, con un asentimiento de cabeza. David le dio un suave codazo en el costado, sonriendo a su vez.

Basilisco ya le advirtió que lo habitual era permanecer un par de semanas en la academia, bajo la supervisión de expertos entrenadores que valorarían sus posibilidades. Así que Ángela subió al despacho de Olivia, la noche anterior, la noche del domingo, y se sentó en su regazo, echándole los brazos al cuello, de forma mimosa. Olivia se aturrulló un tanto y sus mejillas enrojecieron. No estaba acostumbrada a estos impulsos repentinos ni a que sus chicas, aún habiéndolas metido en su cama, se tomaran esas libertades. Claro que Ángela era un tanto especial para ella; la apreciaba más que a ninguna otra y sus devaneos con ella no se habían limitado a una sola cita.

―           ¿Qué ocurre, Ángela? – le preguntó, echando la cabeza hacia atrás y cortando los besitos.

―           Pues que… vengo a despedirme, Olivia – contestó al rubita, mirándola fijamente a escasos centímetros de su rostro.

―           ¿Despedirte? ¿A qué viene eso? ¿No estás bien aquí? – balbuceó la dueña del club.

―           ¡Oh, sí, por los cuernos del viejo chivo! ¡Me siento como en mi propia casa!

―           Pero…

―           Pero he encontrado un trabajo más… menos comprometido, ¿sabes?

―           O sea, algo decente – sonrió Olivia.

―           Eso es. Decente, productivo, y renumerado – indicó la vampira levantando tres dedos. – Un trabajo con el que abrirme camino.

―           Comprendo, cariño. Te vamos a echar de menos todas… el club no va ser lo mismo sin ti…

Ángela lo sabía. Desde que formaba pareja con Ginger en el club, sus clientes se habían al menos duplicado.

―           Bueno, jefa, pues ya sabes cual es el secreto del éxito. Busca alguna para reemplazarme y vístela a mi estilo.

―           Claro, claro, ¿y cuándo nos dejas?

―           Esta será mi última noche.

―           No me das ningún tiempo para sustituirte – Olivia hizo una mueca con su boca.

―           Lo sé y lo siento, pero la cosa se ha precipitado y tengo que decidirme ya – susurró Ángela besando suavemente la punta de la nariz de su jefa. – Pero Ginger se queda, no te preocupes.

―           Gracias a Dios. Está bien. Sube después a por tu finiquito.

―           Por supuesto, jefa – exclamó la rubita poniéndose en pie de un saltito.

Hablar con Ginger no le fue tan bien en cambio. Aún sabiendo lo que pretendía el Ojeador de Ángela, la tailandesa se cruzó de brazos en el sofá de casa, enfurruñada, cuando le explicó que estaría al menos quince días fuera.

―           Es sólo un entrenamiento, tonta, una especie de cursillo – trató de explicar la vampira, sentándose al lado de su amiga y echándole el brazo por encima del hombro.

―           ¿Y después de eso? ¿Volverás? – la miró Ginger con el ceño fruncido, pero los ojos acuosos.

―           No lo sé, Ginger – Ángela bajó la mirada y tragó saliva. – No depende de mí.

―           Pero… ¿no estamos bien aquí, tú y yo? ¿Necesitas más dinero? Puedo darte…

―           No se trata de eso, cariño – Ángela subió un dedo hasta la boca de su amiga, acallándola. – No es por dinero… sólo se trata de mi gente, de mi raza…

Ginger sí podía entender eso, era algo que formaba parte de su legado, de su educación: la familia, el legado de tu pueblo. Así que asintió y posó su frente sobre el hombro de Ángela, dejando fluir las lágrimas que quemaban sus lacrimales.

―           Después de esos quince días de entrenamiento, escogerán entre todos nosotros quienes optarán por los puestos. Si no me cogen, volveré seguro.

―           Te cogerán, Ángela, eres la mejor en todo. ¿De verdad, serás soldado?

―           Soldado no, Guerrero, tontita – sonrió Ángela.

―           Es lo mismo, te llevarán a luchar.

―           No es el ejército, más bien seré como un guardaespaldas. Es lo que nos ha dicho Basilisco.

Ginger sorbió por la nariz y se limpió los ojos con la manga.

―           ¿Y si te eligen Guerrero, no volverás?

―           No sé lo que sucederá. Dicen que los Guerreros se quedan en la Casa Madre, esté donde esté, pero tendré tiempo libre y podré salir a verte, cariño.

―           Pero pueden enviarte lejos también, ¿no es cierto?

―           Sí – apenas fue un susurro. El brazo de Ángela abandonó los hombros de la asiática y juntó las manos sobre su regazo, los dedos crispados al entrecruzarse. – Ya veremos lo que sucede entonces, ¿vale?

Esa noche se la pasaron abrazadas, unas veces llorando silenciosamente, otras besándose y charlando, hasta acabar sumergiéndose en un orgasmo generoso y encantador con el que quisieron despedirse. Al ocaso siguiente, el del lunes, cuando la furgoneta llegó a recoger a Ángela, Ginger no se encontraba allí para despedirla. Pensó que era lo mejor para las dos.

Cuando la furgoneta se detuvo delante de uno de los edificios, el cual disponía de varios fluorescentes alumbrando el gran porche, todo se convirtió en un borrón en movimiento. Dos tipos, vestidos con jeans, camisetas negras y botas de goma, salieron a recibirles y les instaron a bajarse rápidamente, tirando de petates y maletas. Basilisco se despidió con un movimiento de mano de todos ellos mientras eran materialmente empujados hacia otro edificio de las mismas características. Se trataba de un barracón con un amplio dormitorio colectivo. Varias literas, las que estaban más cerca de la puerta, permanecían con los colchones enrollados sobre ellas, así como una pila de mantas y sábanas. Todas las demás literas, una docena al menos, tenían su ropa alisadas y bien hechas, demostrando que estaban ocupadas, aunque no hubiera nadie en el barracón, salvo ellos.

―           Instalaros. Disponéis de un arcón para cada uno – dijo uno de los hombres, señalando los anticuados arcones de madera que se encontraban a los pies y cabecera de cada litera. – Me llamo Astil y él es Bejuco – señaló a su compañero con el pulgar. – En una hora, os esperamos en el comedor que se encuentra en el edificio ante el cual habéis parado vuestro vehículo.

Los chicos se miraron entre ellos al marcharse los que ellos suponían monitores y no tardaron en escoger literas. David se quedó con la parte de abajo y ella se encaramó a la de arriba y se quedó sentada allí, balanceando los pies calzados con deportivas. Barbie ocupó la de al lado y Adela indicó que se quedaría en la de encima, si no le importaba. Antón, con un gesto de suficiencia, se quedó con una de las dos literas que quedaban, como si le fuera mejor sin un compañero.

―           ¿Qué tipo de nombre es Astil y Bejuco? – preguntó Adela, desatando el colchón de su litera.

―           Son nombres Casta para Guerreros – dejó escapar Ángela, tras mandar un SMS a Ginger, diciéndole que ya había llegado y estaba bien.

―           ¿Nos darán uno a nosotros? – preguntó Barbie con una sonrisita.

―           Creo que tú ya lo tienes – contestó la rubia.

―           ¿Lo dices por mi apodo?

―           Ajá.

―           Bueno, tampoco creo que yo sea una Guerrera – se encogió de hombros la pelirroja.

―           ¿A qué te refieres? – preguntó David.

―           Mi don no sirve para combatir y me llamo Raquel.

―           Yo David y ella es Ángela – se presentó el lupino, estirándose sobre el colchón y señalando con el pulgar a la cama de encima. Ángela se llevó dos dedos a la sien y saludó.

―           Ya lo sabía. Nos presentaron hace unas horas – masculló la pelirroja.

―           ¿Por qué estás de mala leche? – le preguntó Ángela, intentando captar el verde brillo de sus ojos.

―           Porque no le han dicho el motivo por el que está aquí – dejó caer Adela, intentando estirar el colchón.

―           Así que no eres un aspirante a Guerrero, ¿no? – Antón se dignó a participar en la conversación mientras colocaba las sábanas.

―           No.

―           ¿Cuál es tu don, entonces? – preguntó David, llevándose las manos a la nuca y girando la cabeza hacia ella.

―           Reflejo deseos, obsesiones y fobias – susurró, bajando la vista.

―           ¿Mande? – dejó escapar Ángela, confusa.

―           Cuando se concentra en alguien adopta el aspecto de lo que más desea o teme esa persona – contestó Adela por ella, la cual parecía conocerla bien. – Puede ser cualquier cosa, desde una persona, un animal, un objeto… se verá como él, olerá como él, sonará como él… incluso el sabor será igual al auténtico.

―           Joder – exclamó David. – Eso no es para luchar, no.

―           Pero es adecuado para espiar, ¿verdad? – indicó Ángela, consiguiendo que Barbie la mirase esta vez. Las pupilas esmeraldas parecieron asentir por sí solas.

―           No solo de Guerreros se alimentan el clan – sentenció Antón, casi despectivo.

No tocaron más el tema de los poderes que cada tenía; ya tendrían tiempo de descubrirse y conocerse mejor. Hicieron sus camas entre divertidas chanzas y acudieron al comedor. En el exterior, salvo los porches de los distintos edificios, todo lo demás estaba a oscuras, ni siquiera había luces en el camino o en los otros senderos que unían los diversos inmuebles. La noche se adueñaba totalmente de la finca, dejando que los sensibles ojos de los chicos adivinaran más o menos detalles de su entorno.

―           Me alegro de no poder ver esto de día – gruñó Ángela.

―           ¿Eres totalmente nocturna? – le preguntó Adela, cogiéndose a su brazo.

―           Sí.

―           Yo también – indicó Barbie, detrás de ella.

―           Mi don funciona solo de día – dijo Adela. – Así que debo de ser diurna, ¿no?

Ángela distinguió la sonrisa de la chica en la oscuridad. Antón informó que él era ambivalente, o sea que podía estar preparado tanto de día como de noche, al igual que David, aunque éste tenía el inconveniente de la luna llena.

El comedor era vasto y rústico, con suelo de tablones, largas mesas y sólidos bancos de madera, y, al fondo, un mostrador expositor donde se encontraba el buffet. algo más de una cincuentena de personas estaba ya sentada, atareada en picotear de los alimentos de sus bandejas y charlando ociosamente. El grupo de Ángela se dirigió hacia el mostrador, en donde se agenciaron bandejas que llenaron de cremoso puré de patatas, diversas legumbres cocidas, y un buen trozo de pollo asado. Adela se sirvió doble postre y nada de verduras y David hizo una pequeña pirámide de muslos. Se repartieron por el comedor pues no quedaba un sitio libre en que cupieran todos, aunque Ángela y Barbie cayeron frente a frente.

El chico de cabeza afeitada que se encontraba a la izquierda de la vampira se presentó como Ernesto y era de Pamplona. Llevaba ya una semana en la academia y le explicó someramente lo que podía esperar de ella. Le señaló el sitio del profesorado, una mesa un tanto apartada donde se sentaban diez personas, entre ellas Astil y Bejuco. Seis hombres y cuatro mujeres.

―           La más vieja es la directora Karnia, un hueso duro como examinadora – le explicó. – Los demás dividen a los alumnos en dos grupos: día y noche, y se intercambian como profesores cada dos días. Ambos grupos tienen, aparte de su programa de ejercicios y pruebas, una serie de trabajos en la granja como cobertura.

―           Divino – masculló Barbie, arrancando un trozo de pollo con los dientes.

―           Oh, no hay nada difícil. Trasvasar la leche tras el ordeñe, dar de comer al ganado, pasear los caballos, dar unas vueltas con los tractores… cosas así. Es divertido, no creas.

―           ¿Y de noche, qué hacemos? ¿Ordeñamos lechuzas? – le preguntó Ángela.

―           Hay otros trabajos, como limpiar el gallinero, apilar heno y forraje, tareas varias de limpieza…

―           Ya, vamos, que los nocturnos somos los esclavitos, ¿no?

Ernesto se encogió de hombros con una sonrisa.

―           ¿Cuántos alumnos somos? – preguntó Barbie.

―           Con vosotros, cincuenta y tres.

―           Más los profesores. ¿Hay más personal de algún tipo? – se interesó la vampira.

―           Cuatro personas para cocina. ¿Qué pasa? ¿Es que piensas escaparte? Esto no es una cárcel – preguntó Ernesto, con las cejas enarcadas.

―           Me gusta conocer los sitios donde siento mi culo. Es algo que he aprendido con los años.

―           ¿Años? La ostia, si no debes tener más de dieciséis – se rió Barbie.

―           Nací en 1950.

―           ¿QUÉ? – exclamó la pelirroja. –¡Venga ya!

―           Soy una sesentona bien conservada – asintió Ángela, no sólo atrayendo la atención de Ernesto sino de la chica de su derecha y de los dos tiarrones que se sentaban a los lados de la pelirroja.

―           Tía, como broma es buena – dijo uno de ellos, chupeteando sus dedos.

―           No es una broma. Desperté a los catorce y no he envejecido apenas desde entonces. Tampoco he sabido nada de la Casta hasta ahora, por eso me han traído a esta alegría de academia, como si fuese una cría – explicó Ángela, con el ceño fruncido.

―           ¡No me jodas! – Barbie tenía la mandíbula laxa por la sorpresa. — ¿Creciste sin familia?

―           Escapé de mi familia cuando descubrí que no podía controlarme. He estado dando vueltas por España y por el sur de Francia desde entonces. Un par de años en cada ciudad o así – Ángela se guardó de comentar nada de sus “nidos”, pues era algo demasiado privado – hasta hace un mes, más o menos, que un Ojeador me descubrió.

―           Vaya. Entonces eres como la abuelita de todos nosotros – comentó la chica de al lado.

―           Pues sí, supongo – Ángela sonrió, mirándola.

―           Yo tengo veintidós – anunció Barbie, limpiándose la barbilla con una servilleta.

―           Parece que tienes menos.

―           Como tú – respondió con una carcajada.

―           Pues también eres una tardona – dijo de nuevo la chica del costado de Ángela. – Lo normal es venir aquí con diecisiete o dieciocho años, incluso antes, casi cuando Despiertas y muestras uno don fuerte para el clan.

―           ¿Ah, sí? ¿Y tú, cuántos tienes? – preguntó Ángela, intentó adivinar su edad por los rasgos del rostro ancho y moreno, de cuna semítica.

―           He cumplido quince – respondió con seriedad. Ángela estudió sus formas de mujer bien desarrolladas. Seguro que en su tierra y si no fuese Casta, ya la habrían casado al desarrollarse.

―           Mira tú – interpeló a Barbie, con una cínica sonrisa –, por lo visto ambas somos unas tardías.

―           En mi caso, mi don tardó tiempo en desarrollarse y yo en controlarlo medianamente – alzó las manos Barbie, como disculpándose con la audiencia.

―           El mío apareció la primera vez que me alimenté de sangre fresca y me hizo mearme encima – dijo Ángela, empujando la medio vacía bandeja hacia el centro de la mesa.

―           ¿De verdad? ¿Qué es lo que puedes hacer? – le preguntó Barbie, inclinando la cabeza hacia ella.

―           Veréis, niños…

Ernesto la cogió por la muñeca de la mano que estaba levantando y la estrelló con fuerza sobre la mesa. Ángela le siseó en la cara, molesta, pero el chico bajó la voz para comentar:

―           ¡No se permite ninguna demostración fuera del barracón de pruebas! ¿No querrás quedarte sin sangre, no?

―           ¿De qué hablas?

―           No puedes activar tu don ante todo el mundo. Los profes no lo permiten y si no cumples, te retiran de la lista de sangre.

―           ¿La lista de sangre?

―           Claro, ¿o es que pretendes pasar todo el tiempo aquí soltando lastre y sin reponer energía?

La idea traspasó el cerebro de Ángela. No había pensado demasiado en ello, acostumbrada a disponer de suficientes recursos, pero ahora estaba en las afueras, metida en las sierras pirenaicas, y encontrar un donante podía costar trabajo. Por supuesto, de clavarle los colmillos a uno de sus compañeros ni hablar. Era uno de los anatemas de la Casta, aunque a ella no le supusiera engorro alguno.

―           Hay una lista, según la actividad de cada alumno, para disponer de sangre fresca. Nos llevan hasta la casa de ciertos voluntarios en los pueblos cercanos y nos alimentamos tranquilamente.

―           Es bueno saberlo – respondió, felicitándose por haber sido previsora y haberse alimentado de Ginger la noche anterior.

Dos horas después de la cena, sobre las once de la noche, los profesores los pusieron a correr en plena oscuridad, quince kilómetros, o una vuelta completa alrededor de la finca. No es que fuera un paseo, pero para Ángela no supuso nada fuera de lo que habitualmente podía hacer. Luego de eso, el equipo nocturno se reunió en el interior del barracón de pruebas. Ángela observó atentamente a sus compañeros. Los nocturnos, como se solían llamar, era algo más de la mitad de los alumnos de la academia; todos pertenecientes al Pueblo Llano, la mayoría con dones físicos.

El barracón era una nave industrial pero camuflada en su exterior como un viejo granero y un amplio cobertizo adosado, todo en madera. En su interior, los materiales eran hormigón y polímeros sintéticos de última creación. Toda una pista de entrenamiento para marines se levantaba allí, así como varios escenarios de combate simulado. Ángela se divirtió corriendo, saltando, deslizándose por el barro y descolgándose de redes y cuerdas. David la acompañó en la mayoría del recorrido, manteniéndose a su altura, pero finalmente ella le dejó atrás trepando como un mono por la gran red que colgaba desde el altísimo techo.

Eran las cuatro de la mañana cuando terminaron y se fueron a la ducha. Para los nocturnos, eso suponía que aún tenían un par de horas largas para disfrutar de la noche, antes de meterse en la cama al alba. Para David no era lo mismo, él se levantaría a media mañana y se uniría al entrenamiento de los diurnos para tener la tarde libre hasta la cena.

Se acostaron en silencio, procurando no despertar a Adela. Barbie se quedó dormida de inmediato, debido al cansancio, pero Antón, David y Ángela se quedaron un rato charlando en susurros, con lo cual supieron que el gitano procedía de un pueblo de Granada, Loja, y que era el único Casta de una amplio clan caló. Ángela sentía curiosidad por los dones de sus compañeros pero no quiso arriesgarse a preguntar más a causa del posible castigo. Además, no conocía el lugar y no sabía qué medios tenían los profesores para controlar lo que se pudiera decir en un sitio o en otro. Ya habría tiempo para averiguar cosas.

* * * * * * * * * * * * *

5 de febrero de 2014.

Ángela se concentró en el pequeño agujero en el centro de la tela de amianto que cubría la diana. Su cuerpo estaba tenso, las rodillas flexionadas, la frente sudorosa por la tensión. Su mano derecha estaba hecha un garfio al costado, los dedos agarrotados y la palma resplandeciendo con un fuego casi blanco debido a su alta temperatura. El ejercicio consistía en lanzar una de sus bolas de fuego a la diana e intentar colar una fracción de ese tiro ígneo por el agujerito para incendiar el objetivo de paja que había detrás. Por eso debía intensificar la temperatura de su poder pirokinético. El caso era que iba a intentarlo por tercera vez y no había obtenido buenos resultados.

Detrás de ella, escuchó la voz de Barbie animándola. A pesar de la tensión, Ángela sonrió. Siempre podía contar con la pelirroja para una palabra de aliento. Con un gruñido, cimbreó la cintura y levantó el codo como un pitcher de baseball, lanzando con fuerza una bola de fuego hacia la diana, situada a una docena de metros. Cada vez lanzaba más rápido y más lejos; la última medición de velocidad que habían tenido sus lanzamientos marcaba 86km por hora. ¡Todo un triunfo!

La bola estalló cerca del centro de la diana, llenándolo todo de fuego casi líquido. El profesor se acercó, extintor en mano, y comprobó el resultado. Meneó la cabeza y accionó el extintor, apagando las llamas. Ángela no había acertado el agujerito. Maldiciendo con voz ronca, empezó de nuevo a formar otra bola de fuego intenso, como las llamaba. Barbie se puso al lado contrario, apoyando el codo en su hombro.

―           Tranquila, rubita, lo vas a conseguir.

―           ¿Y tú? ¿Cómo llevas lo tuyo?

―           Conseguí ampliar mi campo en dos metros durante casi un minuto – declaró la pelirroja con orgullo. – Ahora estoy de descanso.

―           Me alegro… si pudiera le pegaría fuego a todo este pajar…

―           No te agobies, Ángela. Eres la envidia de todos. Ese fuego es la leche, hermana.

―           Sí, sí, ya – Ángela intensifico más el calor, notando como la bola que crecía en su mano amenazaba con quemar su propia camiseta. Pensó en eso de la envidia. Empezaba a conocer los poderes de sus compañeros y algunos eran muy dignos de tener en cuenta.

Había varios cambiantes, parecidos a David en cierta forma. Otros tenían diferentes afinidades con armas humanas, como pistolas, cuchillos, o espadas, que les permitían tener una alta eficacia en combate. Unos cuantos eran la epítome de las cualidades físicas, disponiendo de una fortaleza sobrehumana, una resistencia de leyenda, o bien una increíble regeneración celular. Incluso había un chico de doce años que incrementaba su peso hasta cien mil veces si era necesario.

Pero, sin duda, el don que más entusiasmaba a todo el mundo, profesores incluidos, era el suyo. Siempre había espectadores cuando hacía su tanda de ejercicios y eso la motivaba a intentar alcanzar más aptitud, más control. Era cierto que no había nada como los fans, se dijo.

Lanzó la nueva bola y, ya en el aire, supo instintivamente que iría al centro. Esa iba a ser la buena. Se quedó estática, con el brazo extendido, la muñeca en un ángulo de 45º, los dedos extendidos, contemplando como la bola ígnea alcanzaba el centro justo de la diana. Esta vez, el fuego se comportó de un modo distinto a las otras; no se expandió por la superficie antiinflamable, sino que se colapsó en cierta manera, como si se aferrara a la tela. Desde atrás, una llamarada surgió, buscando el alto techo. La bala de paja se había incendiado con una velocidad escalofriante, impregnando también de fuego líquido la base de madera. El profesor bailoteó al tiempo que activaba su extintor, debido al calor de las llamas. Sin embargo, sonreía y alzaba de cuando en cuando el puño libre, como si él mismo hubiera realizado la proeza.

―           ¡Te lo dije, abuelita! – exclamó Barbie, echándole los brazos al cuello y besándola en la mejilla. Ángela le apretó la cadera con ganas. Tenía muchas ganas de llegar a algo más con ella, pero la pelirroja había dejado caer en otras conversaciones que las mujeres no les decían nada eróticamente.

Antón tomó el relevo en el tiro a dianas. Ángela chocó su palma con la del gitano al cruzarse. El talante de Antón había cambiado bastante desde el primer día, abriéndose más a sus compañeros. El don del lojeño consistía en animar su sombra y usarla para realizar cualquier acto. Solo necesitaba algo de luz, aunque no incidiera en su cuerpo en el ángulo ideal; podía retorcer y alargar su sombra desde el momento en que aparecía, hasta enviarla en la dirección apropiada.

Para su prueba, las dianas convencionales fueron apartadas y se colocaron diversos maniquíes. La iluminación en aquel rincón del barracón se apagó y tan sólo dejaron un pequeño foco, más parecido a una linterna, que oscilaba de izquierda a derecha, lentamente. Antón se situó en el centro, consciente de que el foco no le tocaría hasta que no llegara hasta él. El profesor activó el cronometro y empezó el ejercicio. En vez de esperar el oscilamiento del foco, Antón saltó hacia la luz con un garbo que su flaco cuerpo parecía desmentir en un principio. En el aire, la luz le alcanzó, creando un cono de sombra difuso y presto a extinguirse, pero el gitano rodó con la luz, siguiendo la dirección de la lámpara. En décimas de segundo, la sombra se agigantó y se deslizó por la separación más cercana, alcanzando al primer maniquí.

Le estrujo la cabeza con tal fuerza que la madera de su interior saltó en un estallido de virutas y polvo. Otro zarcillo de sombra ya atrapaba la cintura de otro de los muñecos de tamaño natural y Antón, sabiendo que se quedaba sin luz, hizo que su sombra lanzara al maniquí contra los demás que esperaban en su sitio. De esa forma, apiñó todas sus futuras víctimas para dejar pasar el segundo que estaría sin iluminación hasta que el foco siguiera su recorrido y le alcanzara de nuevo. Fue como un juego para él destrozar los otros cuatro maniquíes, con una facilidad que hacía comprender que podía hacer lo mismo con un cuerpo humano vivo.

Sudorosa por el ejercicio y por las temperaturas que había tenido que alcanzar, Ángela fue una de las primeras en llegar a las duchas y en acabar. Los diurnos dormían profundamente en sus literas. Los ejercicios eran extenuantes para todos a diario. Adela dormía chupándose el pulgar, como todas las noches. Su semblante era precioso y relajado, aún teniendo la morena cabellera toda revuelta. Suavemente, Ángela le apartó un mechón de la boca y se subió a su propia litera. Cualquiera que contemplara el sueño de Adela no podría ni imaginar lo que era capaz de llevar a cabo con su don en cuanto se recargaba con el sol.

Adela convertía la energía solar en ondas electromagnéticas que podía derivar a través de varios materiales. No se trataba de ningún Electro de pacotilla, ni nada de eso, sonrió Ángela al pensarlo. Adela no podía lanzar esa energía directamente, a través del aire, sino que necesitaba un conductor como el hierro, el agua, algunos tejidos electroestáticos como la lana o el poliéster, y, sobre todo, las personas. En unas palabras, Adela podía tocar a alguien y hacer que pasara por su cuerpo una corriente de alto amperaje. De igual modo, podía derrumbar cualquier red o poner fuera de servicio cualquier cacharro eléctrico o electrónico. Claro que tan solo funcionaba de día, sólo con los rayos directos del sol.

Ángela trepó a su litera y se tumbó boca arriba, mirando al techo de recias vigas anguladas. David no había llegado aún, así como Barbie, y se decidió por escribirle unos mensajes a Ginger. Sin duda estaría durmiendo a esas horas y no quería despertarla. Al cabo de un rato, escuchó voces acalladas en el porche después de que los fluorescentes se apagaran. No hizo demasiado caso y siguió enviando un rosario de SMS que su amiga leería cuando se levantara.

La puerta del barracón se abrió, dejando pasar a Barbie y a David, que venían cuchicheando algo. Su actitud escamó completamente a Ángela; había algo que no era natural en ellos, así que dejó el teléfono y se hizo la dormida. La cosa funcionó porque ninguno de los dos había convivido realmente con ella, sino sabrían que Ángela nunca dormía hasta que apuntara el sol en el horizonte.

―           Venga, es hora de acostarse – susurró Barbie.

―           Sí. De todas formas, ha sido bonito – respondió David, todo lo bajo que pudo.

―           E intenso también – rió ella.

Las literas crujieron al recibir cada una el cuerpo designado. Al cabo de unos minutos de silencio, David habló nuevamente, con un tono lastimero:

―           Pero… ¿de verdad que no te ha sentado mal?

―           No, no, David, es algo comprensible. La echas de menos y mi poder es reflejar tu mayor deseo.

―           Joder, es que… me he quedado de piedra al verla delante de mí, así de repente y tan real…

―           Ya te lo ví en la cara –asintió ella. — ¿Y le dices todas esas cosas así, a la cara?

―           Sí. Somos muy abiertos el uno con el otro, desde el principio.

―           No sé, al principio me pareció cursi pero, después… no sé… ya sabes…

―           Ya sé ¿qué? – Ángela imaginó que su amigo parpadeaba sin comprender, pero ella ya lo había hecho.

―           Pues eso, que me puso…

―           ¿Qué te puso?

“¡David, no puedes ser tan torpe, joder!”, gritó Ángela mentalmente.

―           Que me excitó – suspiró Barbie al confesar.

―           Bueno, pues imagínate lo excitado que estoy yo entonces – bufó el lupino, incorporándose sobre un codo. – Has adoptado la imagen de mi novia a la que llevo más de una semana sin catar y te garantizo que somos de los que lo hacemos todos los días, sin falta. Era ella, con su voz y expresiones, sus gestos y su perfume, pero también sabía que eras tú, así que no te he tocado… y ha sido muy duro, ¿sabes?

―           Lo sé. por eso te he dejado que me dijeras todas esas barrerías ahí afuera. ¿Y ahora, cómo te sientes?

―           Mejor que no te lo diga – se lamentó David.

La penumbra del dormitorio colectivo era rota cada tantos metros por un pequeño piloto que marcaba la línea de la pared e indicaba la dirección de los baños y aseos. Para una Casta como Barbie, era suficiente para ver la línea del pecho desnudo del chico y sus magníficos pectorales. Se mordió el labio antes de preguntar:

―           Dímelo…

―           Raquel… estoy muy… muy bruto, capaz de hacer una tontería – confesó el chico, mirándola fijamente.

―           Pues hagamos una tontería – repuso Barbie, echando los pies al suelo.

Al tiempo de levantarse, su cuerpo onduló brevemente y desapareció. En su lugar, estaba la exuberante Mirella enfundada en una sucinta combinación transparente que casi hizo aullar a David. Ángela arriesgó un ojo y se quedó boquiabierta de lo real que parecía. Tan sólo había visto a Barbie utilizar su don una vez, en la que se convirtió en un tipo calvo y rechoncho. Como era desconocido para ella, no pudo comparar lo intrincado del detalle, salvo quedar asombrada por el cambio, como todo el mundo. Pero ahora era Mirella, con la que se había acostado incluso, y no había nada que hiciera dudar su mente.

―           ¿Por qué? – inquirió el chico con voz trémula.

―           ¿Y por qué no? – contestó la voz de Mirella, subiéndose encima hasta cabalgar su cuerpo. – Soy Mirella y nadie más. Vamos a hacer el amor como siempre, cariño… como en casa…

Ángela se giró, asomando medio rostro al filo de su litera y, de esa forma, poder observar lo que se cocía en el catre inferior. El trasero apretado de la catalana se rozaba contra la abultada entrepierna de su novio, en largos y lánguidos movimientos que alteraban gravemente el estado anímico de David. Este, a su vez, trataba de arrancarle urgentemente el translucido camisón y poder dedicarse a esos pechos con los que ensoñada constantemente. Aún sabiendo que se trataba de Barbie y de su don, Ángela admiró ese culazo respingón que ella misma había sobado a fondo la Noche Vieja.

“Joder, cómo se roza esa vulva”, pensó Ángela al contemplar el lascivo y lento contoneo de la pelvis femenina. “Está casi follándoselo así”.

Comprendió la lógica de su amigo. De esa forma, no estaba engañando a su chica, sino que la tenía realmente en su mente. En cambio, Ángela no sabía la motivación de Barbie. ¿Le gustaba David o sólo estaba cachonda perdida?

Los ruidos de succión eran constantes y sonoros en el silencio del dormitorio. David se ocupaba a consciencia de aquellos pezones endurecidos, tironeando de ellos con sus dientes tras una buena succión.

―           No tan fuerte, cariño, nos van a escuchar todos – gimió Mirella/Barbie, dándose cuenta que la boca se le había quedado completamente seca.

Por eso mismo, se deslizó hacia abajo hasta hacer coincidir sus labios con los del chico e intentar asimilar toda su saliva con un profundo beso que duró una eternidad. Las lenguas se entrelazaban, se desdibujaban en su principio y final, como húmedos aleteos de una carne que jamás podrá echar a volar.

Todo eso era algo que ángel ano podía distinguir debido a la posición de su compañera, pero que imaginaba perfectamente gracias a los sonidos que su fino oído registraba. De todas formas, sólo tenía ojos para aquellas nalgas esculturales que oscilaban ante ella, una rodilla a cada lado del cuerpo masculino. Cuando una mano de David apareció desde abajo, acariciando la apertura pelviana, colándose bajo la costura de la braguita, en busca de la zona más caliente y húmeda del cuerpo femenino, Ángela condujo su propia mano sobre su lampiño pubis y pellizcó duramente el encrespado clítoris que ansiaba una caricia.

Tuvo que morderse el labio para no dejar salir el gemido que anidaba desde hace un minuto en su garganta. El dedo se deslizó sobre sus labios menores, ahondando en la carne trémula como si estuviese hecha de merengue. Debajo, David desnudaba completamente a su novia mientras que ella trajinaba el enhiesto pene con las dos manos. Parecía realmente entusiasmada con el tamaño y dureza de la herramienta de su hombre. La verdad es que no tardó demasiado con los arrumacos, llevándose el deseado miembro al sitio más indicado para la ocasión, o sea su acalorada vagina.

Ángela hundió el rostro en la almohada al escuchar el largo y enervante gemido que exhaló Raquel por boca de Mirella, porque sin duda nunca había catado un calibre así en su interior. Intentó cabalgar al macho, colocándose vertical sobre él, pero se quedó traspuesta, la cabeza hacia atrás, los ojos en blanco, cuando David aceleró el traqueteo con la potencia de sus ingles. Un lamento entrecortado, como la pedorreta bucal de un bebé, surgía de los labios de la chica. Sus dedos se apoyaban como garras sobre el pecho hirsuto de David.

“David se la está follando como siempre hace con su novia, pero Barbie no es Mirella, por mucho que se parezca. Dudo mucho que haya tenido un amante así en su vida”, pensó Ángela, asomándose de nuevo mientras introducía un dedo más en su vagina. Por un momento, estuvo tentada de saltar del catre y unirse a ellos, pero se refrenó, sabiendo que haría más mal que bien. Con la punta de la lengua asomando, cual ser invertebrado de consciencia lujuriosa, Ángela siguió espiando a sus compañeros, envidiándoles y gozando a la misma par que ellos.

CONTINUARÁ…

Un comentario sobre “Ángel de la noche (17)

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