ALEX BLAME

 

Con los huevos de corbata

—El cadáver estaba bastante deteriorado, los bichos le había comido los ojos, las orejas y las partes blandas, pero aun se podía ver la tonsura enmarcando su cráneo…

En ese momento actué por puro instinto. De la misma manera que cuando entraron los desconocidos en el laboratorio de Matilda, la adrenalina tomó el mando y sin pensarlo cogí a la monja por el cuello y estampé su cuerpo contra la pared.

La joven se quedó sin aire  e intentó patalear, pero la tenía bien cogida. Sus ojos me miraron con una mezcla de temor y excitación.

—¿Qué es lo que quieres? —le pregunté aflojando la presa solo lo justo para que pudiese hablar.

—No sé qué ha pasado exactamente, ni quién eres y de dónde vienes, pero de lo que estoy segura es de que el que esta criando malvas es el inquisidor Ortuño. Y cuando hurgué en un cajón que había abierto en aquel ingenio, encontré esto. —dijo la mujer ignorando mi pregunta y enseñándome un par de fotos que me había hecho para la contracubierta de un libro que había escrito sobre la influencia del latín en la literatura erótica.

—Te lo explicaría, pero no lo entenderías —le dije a la mujer mientras mi mente hacia planes para reducir a la monja, amordazarla y poner pies en polvorosa.

—No te preocupes, no voy a delatarte. No sé qué está pasando, pero de lo que estoy convencida es que ha sido el propio Dios el que te ha traído hasta aquí para salvar la vida de esa joven.

—No pensarás que soy un ángel.

—Que yo sepa, los ángeles carecen de esto. —dijo Digna echando mano a mi paquete.

Sin soltar su cuello le arranqué el hábito a tirones y la puse de cara a la pared. Apretando su cara contra el encalado, le sobé el cuerpo con rudeza.

—No, no eres un ángel. —dijo ella suspirando y frotando su culo contra mi erección.

Yo mordí su cuello y estrujé sus pechos, mi cerebro deseaba estar en cualquier otro lugar, pero mi polla deseaba estar dentro de la joven.

—¿Cuánto me va a costar tu silencio? —dije mientras la penetraba de un golpe seco.

Digna se estremeció y durante unos segundos dejó que la follase con fiereza, haciendo que toda aquella carne blanda y pálida vibrase de placer:

—Quiero salir de este puto agujero. Odio a las monjas, odio los rezos, odio los trabajos estériles y repetitivos. —dijo Digna entre gemido y gemido— Quiero ver el mundo y quiero verlo contigo.

—Estás loca. —dije agarrándome a sus caderas— No sabes quién ni qué soy.

—Tu tampoco me conoces en absoluto. —respondió ella separándose y cogiendo mi polla con sus manos.

Mirándome a los ojos, se arrodilló frente a mí y se la metió en la boca. No sabía cómo había aprendido, pero Digna me sorprendió. Agarrando con suavidad mi miembro comenzó a besarlo y a darle suaves mordiscos. Sentía como mi sangre palpitaba y bullía mientras la monja le daba suaves chupetones.

Excitado, tiré de su abundante melena y alojé mi miembro hasta el fondo de su garganta. Tras unos segundos la retiré, dejando a la joven respirar. La joven se atragantó y escupió un grueso cordón de saliva sobre mi polla.

Con una sonrisa maligna inscrita en sus labios, embadurno abundantemente toda su longitud y a continuación me dio la espalda y apoyando sus manos en el lecho, separó sus piernas.

Cuando me acerqué a ella, se adelantó a mí y cogiendo mi pene erecto y palpitante lo guio hacia su ano.

No me lo pensé y apoyando mi  miembro contra aquel delicado esfínter, presioné contra él hasta que cedió y permitió que toda la longitud de mi rabo se alojase en su interior.

—Quiero esto todos los días. —dijo Digna apretando los dientes y respirando superficialmente mientras esperaba que el dolor se suavizase.— No quiero tener que esconderme para masturbarme en solitario, pensando en lo que podría haber sido o haber tenido, quiero una vida.

Solo cuando noté que estaba más cómoda, comencé a moverme con suavidad. Digna suspiró y comenzó a acariciarse el pubis mientras intentaba mantener el equilibrio con la otra mano.

Cogiéndola por la cintura, nos giramos y la obligué a sentarse sobre mí con las piernas separadas, dándome la espalda. Digna empezó a mover sus caderas mientras yo exploraba su sexo con mis dedos. Los movimientos se hicieron más rápidos y  desacompasados hasta que, ahogando un largo  gemido, su cuerpo se estremeció recorrido por un intenso orgasmo.

De un empujón me separé de la joven y tumbándola sobre la cama me puse en pie sobre ella y regué su cuerpo con mi esperma.

—¿Me vas a decir de dónde vienes? —dijo Digna despertándome de mi duermevela unos minutos después.

—Si te lo dijese, no me creerías.

—He visto esa máquina, me lo creeré. —afirmó ella haciendo dibujitos distraídamente con el semen que cubría su torso.

—Esa máquina servirá a las personas para desplazarse por carreteras más rápido y más lejos que cualquier caballo.

—Entonces, ¿Vienes del futuro? ¿Cómo?

Sabía que no podría descansar hasta satisfacer la curiosidad y mi situación no empeoraría si lo hacía, así que le conté la cadena de acontecimientos que me había llevado hasta allí. Pensé que así se callaría y me dejaría dormir un rato, pero su curiosidad era insaciable.

—¿Cómo es el futuro?

—La tecnología y el dinero son los nuevos dioses. La iglesia sigue teniendo influencia, pero cada vez menos. La gente no entiende porque no tratan de adaptarse a los nuevos tiempos.

—¿Siguen existiendo monjas?

—Sí, pero no les auguro un futuro brillante. Cada vez es más difícil encontrar a mujeres con vocación y ahora nadie entra en un convento si no quiere hacerlo voluntariamente.

—Y entonces las mujeres que no quieren o no pueden casarse, ¿Qué hacen?

—Vivir su vida, pueden tener una profesión, tener hijos solas, casarse o divorciarse…

—¿No podemos volver allí? Odio esta mierda. —dijo Digna señalando aquellas cuatro paredes— Cuéntame más, quiero saberlo todo…

Pasé casi toda la noche en vela, respondiendo las innumerables preguntas de la joven, hasta que por fin la convencí de que debía de irse a su celda antes de que alguien viniese a avisarme para el oficio de maitines.

Cuando llegué a la capilla estaba reventado, así que me puse al fondo, en la esquina y dormí toda la misa de un tirón.

El desayuno me dio algo de energía y conseguí despabilarme, aunque las ojeras eran tan visibles que hasta la abadesa me preguntó preocupada si me encontraba bien. Yo le respondí que no se preocupase, que había estado estudiando el caso y rezando toda la noche. En cuanto terminamos de comer, me dirigí a mi celda para “meditar” un poco más antes de la misa de domingo y de la última sesión del juicio y dormí como un tronco un par de horas más.

Más o menos sobre las diez de la mañana, acompañado por casi todas las monjas del convento, me dirigí al pueblo para acabar de una vez con todo aquel desgraciado asunto.

El sol lucía implacable ya a aquella temprana hora de la mañana y pronto empecé a sudar bajo aquel grueso hábito. La abadesa caminaba a mi lado unos metros por delante del resto de las monjas con gesto imperturbable y la mirada fija en el campanario de la iglesia que sobresalía entre los edificios de la villa.

—¿Qué tal se ha portado Digna? —preguntó la abadesa.

—La verdad es que ha sido una ayuda inestimable. Me ha dado información suficiente para hilar toda la trama que rodea el caso y gracias a ella y a Dios creo que hoy terminaré con todo esto.

—Vaya, por fin se le da algo bien. Es buena mujer, pero desde que llegó aquí no ha sido sino una fuente constante de conflictos.

—Sí, es una pena que no pueda llevármela conmigo.

—¿En serio? —me preguntó la Reverenda Madre extrañada.

—A la hora de hablar, cualquier persona se siente más inclinado a hacerlo con una monja que con un inquisidor y su simpatía hace que le resulte muy fácil trabar relaciones amistosas con la gente.

La mujer siguió andando con aire meditabundo. Yo la imité durante unos minutos, no quería precipitar las cosas. Sí fracasaba en mi intento, no sabía cómo reaccionaría Digna. Mi vida podía depender de mi habilidad para convencer a la abadesa.

—Se me ocurre algo. —dije cuando me pareció que había pasado suficiente tiempo— Podría llevármela una temporada conmigo para que me ayude en mi tarea.

La abadesa me miró con renovada sorpresa y pareció agradarle la idea de deshacerse de su díscola acólita, pero también tenía una responsabilidad para con la joven.

—¿Y ella qué opina?

—Por supuesto, no se lo he comentado, hubiese sido una falta de respeto hacia ti. —mentí yo— Prefiero no causarle ningún tipo de ansiedad a la joven sin antes saber tu opinión. Obviamente no la obligaré a acompañarme. Este no es un oficio muy agradable.

La respuesta, precisamente calculada por mí para no socavar su autoridad, pareció satisfacerla y tras un corto silencio me dijo que meditaría la cuestión y me contestaría aquella misma noche. Yo no la presioné, pero justo antes de entrar en la nave de la iglesia pude ver en la expresión de su cara que no le desagradaba para nada la idea.

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