JANIS MULLIGAN

 

La orgía de Nochevieja

31 de diciembre de 2013.

Ángela abrió los ojos con el sonido del trajín en la cocina. Se sentó en la cama y estiró los brazos, cerrando los puños, y se abandonó a un largo bostezo. Se seguían escuchando cacharros moviéndose en la cocina, así como el gruñido asmático de la batidora y el enervante sonido de un diestro cuchillo cortando rápidamente sobre la tabla de madera. Ginger estaba liada con la cena, se dijo.

Se levantó, sin preocuparse de ponerse algo sobre su cuerpo desnudo, y se reunió con su compañera en la sala/cocina.

―           Buenas tardes, dormilona – le sonrió Ginger, levantando los ojos de la tabla sobre la que estaba pelando y cortando dientes de ajo.

―           Buenas, preciosa – Ángela la abrazó por la espalda y depositó un sonoro beso en su mejilla. — ¿Qué estás haciendo?

―           ¿La cena? – la asiática giró la cabeza, arqueando la ceja.

―           Pero… es que hay mogollón de cosas – exclamó la rubia, señalando los ocupados fuegos de la hornilla a gas y todo el zafarrancho de combate organizado sobre la rectangular mesa.

―           Ángela, cariño… ¿sabes qué día es hoy? – preguntó suavemente Ginger, colocando una de sus brazos den jarra sobre su cadera.

―           Ya sabes que para mí todas las noches son iguales… – parpadeó, como costándole recordar. — ¡Joder, es Nochevieja! ¡Me había olvidado! Quedamos en que Ruth y Cristian cenarían con nosotras, ¿verdad?

―           Eso es – asintió Ginger con la cabeza, volviendo a su tarea con los ajos. – Por eso, llevo liada ya dos horas con cena. Estoy haciendo sopa tom yum goong y un perfecto curry massamam de ternera.

―           Chica… ¡como si me hablaras en tailandés! – bromeó Ángela, intentando meter un dedo en la especie de mahonesa que había dentro del vaso de la batidora. El plano del cuchillo golpeó el dorso de su mano como advertencia.

―           ¿Cómo fue la reunión? ¿Qué quería el tío del pie en tus tetas? – la noche anterior, Ángela y David se entretuvieron bebiendo cervezas y chupitos en un antro del Raval y trasnocharon bastante. Cuando ella llegó a casa, su compañera estaba dormida y no quiso despertarla, así que no sabía nada de Basilisco ni Ángela pensaba ponerla en peligro contándoselo.

―           No era con él sino con su jefe – aclaró la rubia. – Creo que bien. Nos ha contado cosas que David y yo desconocíamos sobre nuestra gente. Lo mejor de todo es que ahora voy a tener D.N.I y tarjeta de la seguridad social. Ya no tendré que esconderme cuando lleguen los mossos pidiendo documentación.

―           ¿Papeles? ¿De veras? – palmeó Ginger de entusiasmo.

―           Sip. Puede que le pida algunos para ti la próxima vez que le vea.

―           ¿En serio? – los ojos de la asiática se abrieron todo lo que podían dar de sí.

―           Claro. Tan solo tengo que convertirte en una chupasangre y todo arreglado – dijo Ángela, como quitándole importancia con un gesto.

―           ¡De eso nada! ¡No quiero ser chupasangre! ¡No quiero ser kuei-jin! – exclamó con rostro espantado.

―           Es broma, tailandesa tontita – Ángela la abrazó suavemente, calmándola.

―           Bien, bien, pues ahora entra en cuarto de baño y ponte bien guapa para esta noche – la empujó firmemente su compañera, acariciando de paso sus desnudas caderas.

―           ¿Qué pasa? ¿Tenemos una cena de etiqueta?

―           Ángela… no me escuchas nada cuando te hablo, ¿verdad? – Ginger adoptó de nuevo su forma de jarrón, con los brazos arqueados y los puños sobre sus caderas, síntoma de que estaba empezando a cabrearse.

―           Euh, esto… ¿no? – parpadeó Ángela, sabiendo que había metido la pata.

―           Tenemos fiesta para recibir año nuevo, después de cena.

―           ¡Por los cuernos de Satán! – Ángela se dio una palmada en la frente. — ¡La fiesta en La Gata Negra!

Lola, la hija de Olivia, les había comunicado en una de sus visitas navideñas que había conseguido – sólo el diablo sabía de qué manera – que su madre le dejara el club para organizar una fiesta en la madrugada del Año Nuevo; una fiesta para todos sus amigos adolescentes y pijos, una fiesta a la que, por supuesto, ellas dos estaban invitadas. Según dijo la propia Lola, sería una noche de risas y diversión en donde ellas serían las halagadas en vez de ser las que trabajaran. Ángela se mordió el labio, reconociendo que llevaba unas semanas demasiado ensimismada en el nuevo mundo que estaba surgiendo a su alrededor como para acordarse de todas esas cosas mundanas.

―           Vale, vale. Me meto en el baño, tranquila – dijo, alzando las manos mientras reculaba. – Hasta me voy a depilar a fondo el potorro porque espero que esta noche alguien me lo coma, ¿no crees? – bromeó con una gran sonrisa antes de cerrar la puerta del baño.

―           Siempre hay alguna idiota esperando para hacerlo – masculló Ginger, volviendo su atención a la tabla.

Mientras sus dedos se atareaban en los menesteres necesarios para el menú pensado, su mente se enroscaba alrededor de ciertos pensamientos que la tenían preocupada últimamente. Por una parte, temía esos misteriosos individuos que surgían repentinamente en la vida de Ángela, tanto por su posible peligro como por lo que podía significar su implicación. En cualquier momento, uno de esos seres podía tentar a su amiga con otro tipo de vivencias, introducirla más profundamente en el mundo que la asiática no podía dejar de imaginar y, entonces, Ángela desaparecería de su vida; estaba segura de ello.

Por otro lado, se sentía algo celosa del lazo que estaba surgiendo entre Ángela y David, de la complicidad que se gestaba entre ellos y que era cada vez más evidente a sus ojos. Sabía que no se trataba de nada sexual o romántico. David era un chico enamorado de su novia Mirella y Ángela, a su vez, le trataba como si fuera su propio hermanito, pero aún así… Ginger sabía que ella no podía aspirar nunca a conocer tan profundamente esa faceta de su compañera. Ellos eran de la misma especie, seres de la oscuridad ocultos entre humanos…

Ginger suspiró y se obligó a dejar de pensar en todo eso. Ella también tenía sus propios asuntos y sus problemas; no tenía que buscarlos en otros sitios.

La mente de Ángela seguía unos derroteros muy parecidos a los de su amiga bajo los chorros de agua, pero en su caso repasaba aquellos mandamientos que parecían haberse grabado a fuego en su mente. Había incluso soñado con ellos, con un Charlton Heston canoso que se los ofrecía tallados en losas de granito en la amplia azotea del edificio vecino, haciéndola sentirse muy angustiada. Reconocía que no era por la idea del pecado en sí, ya que se sentía muy alejada de Dios, pero sí por lo que todo aquello implicaba. Hasta hacía muy poco se había creído una criatura única, un monstruo sin apenas moral; ahora, no era más que una insignificante adanita que se encontraba muy abajo en el escalafón Casta. No sabía qué le molestaba más, si no ser única o no ser más relevante. La pequeña porción de pija que adormecía aún en ella le indicó que ambas preguntas eran la misma, en realidad.

Los últimos días habían estado cargados de revelaciones de mucha importancia, sobre todo el día anterior, y, de repente, sintió la urgente necesidad de comentarlo todo con David. Así que terminó con la ducha, secó todo su cuerpo activando su poder – le gustaba realizar pequeños ejercicios de control pirokinético cada día para mejorar en su manejo – y aplicó una generosa capa de crema hidratante sobre todo su cuerpo, en especial sobre su recién rasurado pubis y entrepierna. Tras esto, tomó su cepillo y se fue al dormitorio, deslizándolo lentamente por su enredado cabello.

Ginger sonrió al verla pasar, gloriosa en su desnudez, inocente en su caminar. Ángela era lo mejor que podía haberle pasado en su vida y, con un suspiro, dio gracias a los dioses de sus ancestros por haberla exiliado de su familia y país.

Ángela tomó su móvil y llamó a David. Puso el “manos libres”, dejando el teléfono sobre la pequeña estantería que le servía de mesita noche, recubierta de formica roja, y se sentó en la cama, Abrió el pequeño bote de esmalte de uñas de un tono lavanda brillante, con el que pensaba pintarse las uñas de pies y manos.

―          ¿David? Hola, nene.

―          ¿Qué pasa, rubia? – Ángela sonrió al escuchar la voz del chico.

―          Sabes, he estado dándole muchas vueltas a todo lo que nos contó ayer Basilisco.

―          Yo también – confesó David, quien se levantó del sofá en donde estaba tirado, viendo algo intrascendente en la tele junto a su padre.

Subió las escaleras a su cuarto con grandes zancadas. Su madre le vio desde la cocina y se preguntó de nuevo si su niño pequeño iba en serio con esa Mirella. No quería ser una madre entrometida pero la chica parecía mayor para David, una verdadera mujer. Tendría que enterarse de su edad para estar segura, pero una madre intuía esas cosas, se dijo. Su David parecía estar muy colado por ella, demasiado…

―           Cuando Cuero Viejo habló de los Nidos – dijo ella, empezando a limar sus duras uñas – me imaginé algo como un refugio en una montaña o bajo tierra, un escondite algo tétrico e incómodo, donde algunas criaturas extrañas se refugiaban.

―           Sí, más o menos es eso lo que pensé. Me recordó lo que salía en la peli Razas de Noche…

―           No la he visto, pero, según Basilisco, no es así en absoluto.

―           Más bien parece una residencia de lujo – bromeó el chico, mirando por la ventana de su dormitorio el ocaso.

―           ¿Tú creías que fuéramos tantos? – musitó ella, no queriendo que su amigo detectara su pequeña decepción.

―           Naaa, hasta que no te conocí creí que estaba solo.

―           Somos una puta sociedad oculta, perfectamente organizada y definida – masculló Ángela tras soplar sobre la uña limada.

―           Tenemos clínicas y todo, ya te digo. Sin duda no serán las únicas instituciones a las que podemos tener acceso. Basilisco dijo que había mucha pasta en esto.

―           Pasta y poder. Todo esto no se construye solamente con billetes, necesita gente situada en los puestos adecuados, que consiga los permisos pertinentes, que haga los tratos necesarios…

―           Sí… ¿Te imaginas que Rajoy sea un adanita? – exclamó David tras una breve risita.

―           Yo creo que Montoro da más el perfil. Parece un buitre calvo acechando – continuó ella la broma.

La carcajada resonó en la oreja de la vampira. Mojó el pincelito del aplicador de esmalte en el oleoso líquido malva y comenzó a pintar la uña del dedo más pequeño del pie izquierdo, bien separado de los demás por una bola de algodón.

―           Aún me quedan preguntas sobre el tema, David.

―           Sí, hasta a mí me parecen pocas explicaciones. Por ejemplo, no nos habló nada de esos duelos…

―           “Toda disputa de sangre entre Castas será confrontada en el Duelo” – enunció ella de memoria. – Supongo que será para evitar que todo un clan se una a la refriega.

―           Sí, parece lógico pero ¿es un duelo con armas? ¿A puñetazos?

―           Sin duda, se usaran los dones de cada uno – teorizó ella, empezando con otro dedo.

―           Pero eso no es nada justo. Por lo que sabemos, los dones entre adanitas son muy dispares y distintos. Un tío como el indio que me seguía no tendría nada que hacer conmigo, por ejemplo.

―           Hablas como un humano, David. No puedes saber hasta donde llegan las habilidades de un Casta, sobre todo si son de tipo mental; podría darte una desagradable sorpresa. Tienes que pensar más allá de lo físico.

―           Vale, vale, tienes razón, aún así no me parece justo.

―           ¿Te parece que el Pueblo Llano y la Alta Cuna son estratos sociales justos? – sonrió ella, inclinada sobre su pierna doblada.

―           Bueno… pues no.

―           De todas formas, estamos hablando sin conocer más detalles. Aún es pronto para despotricar, amigo mío.

―           Sí, es solo curiosidad.

―           ¿Aún tienes dudas sobre los Conversos? – le preguntó Ángela.

―           No, ya quedó claro. Es una lotería.

―           Sí. No me gustaría arriesgar a alguien que amara a un proceso como ese.

―           Sin duda por eso tiene que haber supervisión de adanitas más experimentados – comentó David, contemplando como el último resplandor del sol poniente desaparecía tras los montes.

Ángela pudo apreciar la decepción en la voz de su amigo. Sabía que se había hecho ilusiones cuando supo de la Conversión con respecto a esa novia suya. Ángela suspiró muy bajito para no ser escuchada. David era muy joven, un crío, y se había encoñado fuertemente con su primera novia.

―           Aún no sabemos de los vínculos que un acto así crea entre Converso y Conversor. No conocemos si llegaran a degradarse con el tiempo o hay que renovarlos cada ciertos años; si el vínculo va unido a otros sentimientos o si es susceptible al dolor recíproco, como en los gemelos – dijo suavemente ella.

―           Sé lo que me quieres decir con eso, que aún no conozco suficientemente a Mirella para ofrecerle un futuro como Conversa.

―           Así es, David. La quieres mucho ahora mismo, pero eres un adolescente cargado de hormonas, lo que significa que lo que sientes está aumentado, manipulado por tu propio cuerpo. Convertirla en base a lo que sientes ahora, no te garantizará el futuro. Imagina que en unos años te das cuenta que Mirella fue una equivocación, que tu vida va en otra dirección al hacerte hombre… ¿Qué harías con ella entonces, siendo una Conversa vinculada a ti?

―           Lo sé, lo sé, ya he pensado en todo eso y lo he comprendido – David se sentó en su cama, con el semblante serio. – Tampoco arriesgaría la vida de Mirella sólo por capricho. No soy tan cabrón…

―           No, no lo eres, hermanito – sonrió Ángela, acabando de pintar las uñas de un pie y pasando al otro. – Pero hay algo que me tiene más preocupada que eso, algo que nos pasó casi desapercibido.

―           ¿El qué?

―           El séptimo Mandamiento, nene.

―           Tía, así a cabeza… no sé cual es – rezongó él.

―           “Prolongarás tu progenie a cualquier precio”.

―           Bueno, está bastante claro, ¿no?

―           ¿Ah, sí? – el tono de Ángela fue irónico.

―           Pos que hay que hartarse de follar y dejar a toda tía preñada – exclamó David con una risotada.

―           En tu caso, tal vez. En el mío, ¿qué hago? ¿Quedarme encinta una y otra vez? ¿En serio?

―           Bufff… no lo había pensado de esa forma, perdona – la disculpa sonó sincera a oídos de la vampira.

―           No sé, creo que significa otra cosa, quizás relacionada con la familia, con un linaje…

―           Hay que hablar mucho más con Basilisco – gruñó David, asintiendo.

―           Sí, por supuesto, mucho más. Bueno, dejando el tema… ¿qué vas a hacer esta noche, nene?

―           Recogeré a Mirella tras las uvas y seguramente bajaremos a la fiesta de la Villa Olímpica. Han instalado una enorme carpa allí y…

―           Unas amigas han organizado una fiesta en el club, a puerta cerrada. ¿Por qué no venís?

―           ¿Estás hablando de… strippers? – musitó David. Ángela comprendió rápidamente al chico. No podía llevar a su novia a una fiesta llena de chicas así.

―           No, no – Ángela dejó escapar una carcajada. – No han sido mis compañeras, sino la hija de la dueña, Lola. Son chicos de instituto. Usará el local para montar una fiesta para sus amistades, aunque no sé cómo ha conseguido convencer a su madre de eso… El caso es que nos ha invitado, a Ginger y a mí, y ahora yo te invito a ti. ¿Qué te parece?

―           Pues no sé… no conozco a nadie…

―           ¿Ibais a salir solos esta noche?

―           Sí. Mirella no soporta verme al lado de sus amigas y, como comprenderás, yo no le he presentado a ninguno de los míos.

―           ¡Pues entonces, es lo mismo que si fueras a esa fiesta, sólo que te costará mucho menos, capullo! ¡Además, estaremos Ginger y yo y podrás presentarnos a tu novia!

―           No sé yo…

―           Bueno, piénsatelo y llámame, ¿vale? Pero ten en cuenta que, esta noche, tienes una oportunidad para sincerarte con tu chica. No podrás tenerla mucho más tiempo engañada – Ángela terminó las uñas de los pies y estaba dispuesta a colgar para empezar con las de las manos.

―           ¿A qué te refieres?

―           Esta fiesta estará llena de gente joven, un par de años más viejos que tú o así, gente perfecta para ser compañeros de instituto o de universidad… podrías hacerlo pasar por una reunión de gente que estudia junta…

―           … y así poder decirle mi verdadera edad a Mirella – David terminó la frase, captando la idea. – Está bien, lo pensaré. Te llamaré con lo que sea, rubia.

―           Vale, hermanito.

Cortó la comunicación con un dedo y a continuación, con la punta de la lengua sacada entre los labios, se dedicó a pintar primorosamente las uñas de sus manos mientras aumentaba la temperatura de sus pies para secar rápidamente el esmalte.

* * * * * * * * * * * * * *

Cristian, por supuesto, fue el primero en llegar pues tan sólo tenía que bajar un piso. Traía una botella de buen vino tinto, envuelta en una guirnalda navideña dorada. Ángela le besó ambas mejillas tras echarle los brazos al cuello, aún siendo vecinos se pasaban días sin verse.

―           Te has puesto muy guapo, Cristian – le alabó ella, recorriendo la figura del joven y aprobando el claro pantalón de vestir junto al oscuro jersey con el distintivo de Benetton que cubría la camisa a rayitas.

―           Buffff, ¡anda que tú! – la piropeó él a su vez.

Ángela vestía una cosita vaporosa y celeste que ella denominaba vestido pero que nadie más corroboraba. La espalda le quedaba al aire, dejando ver que no llevaba sujetador alguno, y el picudo vértice de su escote dejaba entrever, en según qué movimientos, el insinuante nacimiento de sus pequeños senos. El vestido terminaba en una realzada faldita que se sostenía en el aire gracias a un fino armazón de alambre, creando así una especie de tutú de bailarina clásica con la sedosa tela celeste. Por supuesto, la faldita quedaba tan arriba que Ángela debía llevar un culote a finas rayas negras sobre un fondo amarillo para abrigar su entrepierna. Unas calzas por encima de las rodillas, con el mismo dibujo que el culote, completaban su indumentaria, junto con unos botines de ante del mismo tono que el vestido.

―           ¿A que parece abeja Maya? – bromeó Ginger que acudía a saludar al joven vecino. – Trae, abrir vino – le arrebató la botella tras el abrazo.

Ginger había preferido optar por una amplia falda pantalón oscura pero con brillo que parecía flotar a su alrededor con cada paso. Un monísimo y diminuto jersey de angora rosa, de largo pelo encrespado y debidamente cepillado, cubría su torso dejando sus bellos hombros al aire. Ginger llevaba el lustroso cabello recogido en una alta cola que parecía disponer de vida propia.

Ángela llevó a Cristian hasta el sofá y le atosigó a preguntas sobre los últimos inventos del joven, sobre cuanto había hecho en navidades y, por supuesto, si ya se había echado una novia. Cristian respondió diligentemente a todo, con buen humor, y negó absolutamente cualquier habladuría sobre romances. Ángela ya había empezado a descubrir la ambivalencia sexual de Cristian, aunque jamás le había visto con chico alguno, pero se había prometido no ser ella la que tocara ese tema la primera.

Ginger sirvió unas copas de vino blanco deliciosamente suave y tan frío que se asemejaba al cava. Brindaron entre risas. Ruth llegó unos minutos después y Ginger acudió con celeridad a la puerta. Se abrazaron efusivamente, como si hiciese meses que no se vieran. Ángela sonrió y en su mente floreció la convicción que tanto Ginger como Ruth habían entablado una amistad un tanto más intensa. No sintió celos ni ningún tipo de incomodidad al comprender lo que unía a sus amigas, aunque se sintió un tanto desencantada por no seguir siendo la protagonista de sus sentimientos.

Apuró su copa de un trago y se puso en pie, sonriendo ampliamente a Ruth. La abrazó, le dio un suave pico en los labios y aspiro su fragante aroma a lilas y cítricos. Deliciosa, se dijo, intentando espantar el regusto que su alma de pija había dejado en su garganta.

Ruth había compuesto un elaborado moño alto con su castaña melena del que caían rizados tirabuzones que debían de ser postizos ya que su cabello no tenía la largura necesaria para elaborar todo aquello. Pero había que reconocer que quedaban muy bien, enmarcando su rostro de ancha nariz. Lucía un vestido bicolor, verde aguamarina y melocotón, de corte recto y largo hasta los tobillos, sin escote pero con aperturas laterales bajo los senos y al final de los muslos, que le daba cierto aire sofisticado y elegante.

Durante la cena, entre bromas y chismorreos, Ángela se reafirmó en su anterior impresión. Ginger y Ruth habían consolidado una fuerte amistad por su cuenta, quizás en encuentros diurnos a los que ella no asistía, pero no podía culpar a Ginger de nada ingrato. Ella estaba muerta prácticamente durante ciertos periodos del día, ¿por qué no iba Ginger a relacionarse con otra gente? De hecho, Ángela nunca había sido particularmente celosa en sus dispares relaciones, ¿iba empezar a serlo ahora? Negó silenciosamente mientras sorbía la deliciosa sopa tailandesa sin preocuparse de lo caliente que estaba.

Además, se dijo, había estado muy ocupada junto a David durante todas las navidades, descubriendo el nuevo mundo que la absorbía cada día más; había habido noches que ni siquiera había regresado a casa hasta que el alba despuntaba. No podía reprochar a su compañera expansionarse con otras personas, de la forma en que lo creyera más oportuna… y viendo el lenguaje corporal de Ruth, cada vez que comentaba algo con la asiática, la amistad entre ellas dos había alcanzado un grado muy íntimo.

Obligándose a alejar la incipiente congoja que amenazaba con apoderarse de sus entrañas, Ángela sonsacó a Cristian para que les hablara de su último invento. El joven, relativamente ufano en ese instante, se explayó sobre el “absorbedor de ondas urbanas” que estaba desarrollando. Se trataba de una especie de antena que atraía y canalizaba todas las emisiones de su entorno, algo más de una manzana, incluso aquellas que estaban contenidas en cable. De alguna forma que las chicas no supieron comprender enteramente, aquella antena recogía cualquier onda y filtración y la desencriptaba, ofreciendo a su dueño un amplio abanico de posibilidades.

―           O sea que pronto tendremos gratis todo el menú de la TV por cable a nuestro alcance – se rió Ángela.

―           TV por cable, telefonía, Internet y cuanto pase por las antenas repetidoras – asintió Cristian.

―           Pero, no comprendo… ¿cómo consigues atrapar lo que pasa por un cable como la red local y eso? – preguntó Ruth.

―           El cable es más seguro pero también tiene fugas, sobre todo en los nudos de enlace que ramifican la red. Si uno de esas ramificaciones caen en el área de mi antena, la asimilará igualmente – asintió Cristian con la cabeza.

―           ¡Fantástico! – exclamó Ginger, tras limpiarse las comisuras con la servilleta de hilo. — ¿Cuándo tendremos esa antena nosotras?

―           Pronto, pronto – sonrió Cristian. – Sólo faltan unos retoques…

Devoraron la ternera al curry que venía acompañada con tiras de berenjenas fritas con salsa de rábano picante y terminaron con la botella de tinto que Cristian había traído, más otra que aportó la propia Ruth. La carne especiada y picante pedía mucho líquido y ninguno de ellos se privó de nada. Como postre, Ginger sacó una bandeja de hornear de cristal templado llena de solidificada crema de soroje, una especie de arroz con leche tailandés condimentado con dulce licor de bayas, mucha canela y horneado para tener cuerpo y ser servido como cortadillos.

Cristian repitió hasta tres veces con el soroje, relamiéndose como un gran gato feliz al término. Estiró sus piernas bajo la mesa, deslizando sus nalgas hasta casi el filo de la silla, y sacó un par de porros de marihuana, ya liados, del bolsillo de la camisa. Los encendió y pasó uno de ellos a la rubia, quien sonrió con verdadero agrado por el detalle.

―           No podía faltar el último “mai” del año – Cristian brindó con su cigarrillo.

Los porros pasaron de mano en mano y hasta Ruth se atrevió a dar unas tímidas caladas cuando cayeron entre sus dedos. Pronto una festiva laxitud de apoderó de ellos y las primeras risas surgieron, lo que motivó a Ángela para ponerse en pie y traer copas y cava, así como la fuente con uvas y el típico surtido de bombones y alfajores, polvorones, mantecados y otros dulces navideños.

La vampira estaba entusiasmada con la reunión. No se trataba de su primera Nochevieja en un agradable entorno; no, había tenido otras que recordaba perfectamente, pero ninguna tan cercana a una verdadera familia como esta. Descorcharon la primera botella de cava y brindaron varias veces, cada uno de ellos proponiendo un emotivo brindis. Después, Ruth preparó un conjunto de uvas medianas, debidamente peladas, para la cada vez más cercana tradición. Cristian pellizcó uno de los racimos, recolectando sus doce granos que no se dignó pelar. Ángela le imitó aunque se echó a la boca dos diminutas uvas en el proceso. Ginger, que no creía para nada en el ritual occidental, empezó a comer uvas tras mojarlas en su copa de espumoso.

―           ¡No, ahora no es el momento! – exclamó Ruth, tratando de frenarla.

―           Me gusshtan las uvasss – le apartó las manos a su amiga, teniendo la boca llena de granos. – Despueesssh comeré doche bombones, ¡no te jode!

Ángela dejó escapar una carcajada que la marihuana llevaba tiempo acumulando en su esófago y contagió a todos. Estuvieron largo tiempo tronchados de risa, escupiendo cava por las narices y salpicando con pulpa de uva.

Entre risas y grititos recibieron la medianoche y engulleron como glotonas pirañas de aire dulce los granos de uva. Ruth se atragantó como le pasaba todos los años, según ella, lo que arrancó más carcajadas a sus compañeros. Los besos, abrazos y felicitaciones se sucedieron a continuación, acompasados por varios brindis que intentaban ser ingeniosos. Ginger, en pie y sosteniendo su copa de cava, suspiró al contemplar el húmedo beso que Ruth dejó en los labios de Ángela, sin ninguna timidez. Sonrió y se dijo mentalmente, utilizando su lengua natal, que quizás era la primera vez en años que se sentía absolutamente feliz.

* * * * * * * * * *

El gran luminoso del club no estaba encendido, por supuesto, pero la puerta se encontraba entreabierta y el pequeño vestíbulo iluminado. Uno de los amigos de Lola, Chus, se sentaba en el taburete que el masivo Domingo solía ocupar habitualmente y jugueteaba con un cigarrillo sin encender entre sus dedos. Ángela le saludó y el chico sonrió, levantándose del taburete y besándola en las mejillas a todas, haciéndoles cosquillas con su rubia perilla. Se dieron todos los buenos deseos para el año con sincero ánimo.

―           ¿Qué haces en la puerta? – preguntó Ginger al chico.

―           Nos turnamos hasta que la mayoría esté dentro. Ya sabes, para que no se cuelen caraduras ni incordios – respondió Chus encendiendo finalmente el pitillo.

Ángela asintió y, con un gesto, invitó a Ruth y Cristian a pasar. En el interior, tan sólo el mostrador, el escenario principal y las mesas que lo rodeaba estaban iluminados. Los reservados, las mesas de largos asientos en U, inamovibles, así como las jaulas para shows permanecían a oscuras, seguramente por mandato de la propietaria, Olivia. Aún así, la gente que ya se reunía alrededor de las diferentes botellas de bebidas espirituosas que descansaban sobre la vidriada superficie del mostrador, era numerosa y animosa.

La gran cesta del lava vasos estaba al lado de las botellas reunidas para la fiesta, cargada de limpios y largos vasos de tubo, así como una gran cubeta térmica llena de hielo. Lola, que se encontraba detrás del mostrador, dejó escapar un gritito al ver entrar a sus amigas y salió de su encierro, abalanzándose al cuello de la rubia vampira y besuqueando todo su rostro.

―           ¡Quieta, fiera! – susurró Ángela, riéndose y apartándola un poco. — ¡Qué hay gente mirando!

―           ¡Feliz Año Nuevo, Ginger! – exclamó la jovencita, dándole el mismo tratamiento a la asiática.

―           Para ti también, Lola – contestó Ginger, devolviendo los besos.

―           ¿Cómo has convencido a tu madre para hacer esto, zorra? – le preguntó Ángela, tomándola de una mano.

―           Le he hecho todo tipo de promesas y juramentos…

―           … que no piensas cumplir, claro.

―           Nanay – negó Lola con un exagerado movimiento de cabeza.

―           ¿Y si viene por aquí, esta noche? – dejó caer la tailandesa.

―           Difícil lo tiene. Se ha ido con su último ligue a celebrar el Año en Time Square – explicó su hija, realizando una mueca burlona con los labios.

―           ¡Coño, qué envidia! ¡Al puto Nueva York! – exclamó la rubia.

“Tengo que aprender inglés para poder visitar todos esos sitios. Es hora de salir de la patria de una vez”, se dijo para su interior.

―           Veo que habéis traído invitados – Lola movió la barbilla para señalar a Ruth y Cristian.

―           ¿Hacer mal? – preguntó Ginger, componiendo un gesto medroso.

―           No, no, al contrario – la tranquilizó la joven con una risita – pero tenéis que presentármelos, leñe…

―           Perdona, aún estamos tontas por la “maría”. Él es Cristian, nuestro vecino apaña todo – Ángela la llevó ante el chico.

―           ¿Apaña todo? – Lola se llevó una uña a la boca, en un gesto claramente sensual.

―           En el buen sentido de la palabra. Arregla todo lo que se nos estropea en el apartamento – aclaró la rubia, arrancando otra risita de Ruth.

―           Lástima porque está un rato bueno – musitó Lola al oído de la vampira.

―           Y ella es Ruth. Es una buena amiga de Ginger.

Lola les besó a ambos, dándoles la bienvenida y las felicitaciones oportunas.

―           He invitado a otro buen amigo y a su novia aunque aún no han llegado – indicó la vampira mientras se acodaba en un extremo del mostrador.

―           Pues queda atenta al móvil porque voy a cerrar la puerta en minutos.

―           Ya hay un montón de peña aquí – dijo Ángela, mirando al cada vez más nutrido grupo. — ¿Todos amigos tuyos?

―           ¡Qué va! No conozco a la mitad siquiera. Casi todo el mundo ha hecho como tú: invitar a colegas íntimos o han traído a la compañía adecuada. ¡Por eso mismo estas fiestas son tan guays!

―           ¡Ouch!

Una chica, dentro de la barra, se llevó el dedo a la boca, sorbiendo la sangre que surgía del pequeño corte que se había hecho cortando un gajo de limón. Ángela captó inmediatamente el aroma a hierro y hemoglobina, al igual que un depredador hambriento. Su estómago se encrespó, segregando instintivamente determinados ácidos, y su laringe dejó escapar el inicio de un sordo gruñido que reprimió de inmediato.

Ángela no había sido consciente hasta el momento de lo sedienta que estaba. Había estado tan ensimismada en cuanto habían descubierto David y ella que no había prestado atención a sus propias necesidades.

“Bueno, esto es una fiesta, ¿no? No creo que tenga problema para conseguir algún donante voluntario”, pensó y esa misma idea la tranquilizó, ayudándola a recobrar la compostura.

Su móvil vibró en su cintura, donde lo llevaba sujeto bajo el ancho lazo de tafetán púrpura que ceñía los alambres de su alzada faldita. El nombre de David parpadeaba en la pantalla. Ángela se dirigió a la entrada y abrió la puerta, encontrándose con el alto chico que abrazaba a su aterida novia. La madrugada se enfriaba a cada minuto que transcurría y Mirella tampoco era que llevara ropa adecuada para combatir la baja temperatura.

―           ¡Feliz Año Nuevo a los dos, parejita! – exclamó Ángela, echándose a un lado para que pasaran. — ¡Entrad rápido! Tu chica se va a congelar con ese modelito que lleva.

David se rió con una especie de bufido. Mirella portaba un vestidito de lamé rojizo que bajaba un par de dedos de su entrepierna, no más, y que dejaba sus hombros al descubierto. Para compensar, una torera de lustroso pelo blanco cubría brazos y torso. Sus largas piernas parecían enfundadas en unos pantys en color carne que estaban rematados por unos zapatos de alta plataforma de color rojo. A los ojos de Ángela, era una perfecta muñeca de las más caras, con su melena abombada bajo la nuca y su espeso flequillo que ocultaba las espesas y delineadas cejas. Los intensos ojos verdes le devolvieron la contemplación cuando felicitó a la rubia a su vez.

―           Mirella, ella es Ángela, una… – David se detuvo en la presentación, inseguro.

―           Una compañera de clase – le ayudó ella.

―           Sí, asistimos a varias clases juntos – sonrió él.

―           Encantada, pero pareces muy joven para ir a la uni, ¿no?

―           Bueno, al igual que David parece mayor para estar en – recordó lo que David había hablado con ella respecto a ese tema – primero de carrera, yo parezco algo más niña – Ángela alzó sus hombros, quitándole importancia. — ¿Tú también estudias?

―           No, no… trabajo de secretaria en un bufete – contestó Mirella, pasando del vestíbulo al club. Se quedó callada, mirando todo con atención. David le había contado que era un sitio de strip tease y sentía curiosidad. — ¿Toda esa gente va a tu clase, cariño?

―           No, no – David miró de reojo a su compañera Casta.

―           Hay gente de otras clases, así como amigos, novias y gente así – ayudó Ángela. – Digamos que es un buen rollo para conocernos mejor.

―           Ah – asintió Mirella.

David tragó saliva. Sabía que Mirella se olía algo raro en todo aquello, pero parecía estar tragándose el cuento que le había colocado. Le había dicho que tenía veinte años – aún seguían siendo cuatro años más de los que tenía – y que se estaba planteando volver a los estudios tras ver lo mal que estaba el trabajo en la actualidad. Le habló de los dos años que se había tirado trabajando en la carnicería de su tío, buscando un empleo mejor en cualquier otra cosa y que no había encontrado.

Mirella se había quedado de piedra al saber que sólo tenía veinte años, pues realmente aparentaba algunos más a simple vista. David le contó lo que había ensayado con su amiga, sobre el temprano desarrollo de su glándula pituitaria, responsable de su abundante vello corporal y de su elevada estatura. Al crecer descompasadamente a temprana edad, tuvo que ejercitar sus jóvenes músculos para poder moverse con soltura y agilidad. Cuando le dijo a Mirella que no solía hablar de esas cosas con nadie, por vergüenza, lo hizo sin mirarla a los ojos. La chica lo abrazó con fuerza y lo besuqueó largamente, murmurando lo tonto que era por ello.

Mirella había descubierto algo nuevo sobre su chico, algo que no se esperaba. Nunca había tenido en mente salir con alguien más joven que ella, pero David daba el pego perfectamente con su apostura y su cuerpazo; nadie diría que era cuatro años menor que ella. Y, además, ahora quería ser universitario… Mirella estaría encantada de salir con un titulado o puede que un doctorado. Eso haría muy feliz a su madre…

Lo que no le gustaba tanto era comprobar que David parecía tener más amigas que amigos. La jovencita Ángela, la exótica Ginger, la tetona de Ruth… y hasta la muñequita de Lola. Le habían dicho que coincidían en algunas clases pero no se fiaba de esas mosquitas muertas. Su David era una tentación para las chicas; si ya lo sabía ella que había tenido que dejar de lado a sus propias amigas. Pero, al final, empezó a tranquilizarse, sobre todo al comprobar que el ambiente era relajado, todos los asistentes eran jóvenes estudiantes, y nadie le estaba poniendo ojitos a David.

Con una gran sonrisa, aceptó un vaso de ron con cola Light que un amable chico le sirvió.

Pep retrocedió hasta la cubitera de hielo y empezó a llenar más vasos con redondos trozos blanquecinos. Intentó borrar la sonrisa de sus labios pero era más fuerte que él, pues estaba exultante. Pep llevaba varios días decidiéndose; no le fue nada fácil pero el deseo acabó ganando a la prudencia. Machacaba su consciencia con la excusa de que no dispondría de una mejor ocasión que esta noche.

Desde que Lola le presentara a Ángela aquella noche veraniega, se había obsesionado con ella cada día más. Soñaba con ella dormido y fantaseaba con ella despierto. Mal asunto, se decía él mismo, porque la rubia había dejado bien claro que no buscaba relación alguna con nadie. Además, sabía de buena mano que cuando le picaba el sitio adecuado, Ángela se lo hacía rascar por la propia Lola. ¡Menudo desperdicio! Dos chicas tan preciosas alejándose de los hombres…

Por eso mismo, cuando Ángela confirmó su presencia en la fiesta, Pep se decidió a dar ese paso tan osado. Conocía quien le podría suministrar el vetado Rohipnol que necesitaría para hacerse con la voluntad de la chica. Sabía que algunos compañeros de facultad ya lo habían utilizado en varias fiestas y funcionaba a la perfección. Tras darle muchas vueltas en su cabeza, parecía haber encontrado el plan ideal para hartarse de follar esa noche. Mientras se felicitaba mentalmente por ello, continuó sirviendo copas aderezadas por los refrescos de gran envase que él mismo había traído y a los que había aliñado con la benzodiacepina utilizando una aguja hipodérmica para penetrar el plástico de la botella de refresco.

Pep había llegado a la conclusión que para que nadie denunciara una agresión sexual, más le valía repartir la droga entre todos los asistentes. Si él se mantenía sereno, tendría todas las ventajas. Pep se tenía por todo un crack, desde luego. Había disuelto docenas de pastillas de aquella droga en todos los refrescos. Todo el mundo tomaría pues él era el encargado de comprar y traer todas las botellas de dos litros de cola, limón, naranja, tónica y soda. Si todos se ponían cachondos, nadie sabría si era algo manipulado o bien un hecho fortuito.

Sonrió de nuevo ante aquella idea y sirvió un buen vaso de cola para una de las más jóvenes de la fiesta, la hermana de uno de sus colegas. Igual tenía suerte y se libraba, pensó, si no tomaba nada de alcohol, sólo se quedaría dormida en cualquier rincón. Mezcló un buen chorro de ron Matusalén con naranja al recordar la preferencia de la rubia y tras saludar y felicitar a Ángela, depositó el vaso en su mano, ya que la vampira aún no estaba tomando nada.

―           Eres todo un anfitrión – le alabó ella, dando un buen sorbo.

―           ¡Qué nadie pase sed esta noche! – gritó Pep, sirviéndose otra copa para él, aunque tomaba vodka sólo con mucho hielo. No pensaba colarse con el alcohol en esta Noche Vieja. Un par de copas para hacer cuerpo y… ¡ñam!

Uno de los chicos se hizo cargo de la música, demostrando buen gusto y talento, por lo que la mayoría de los asistentes comenzó a mover el esqueleto sobre el escenario, abarrotando el espacio elevado. Pep seguía echando copas sin disimular su alegría, dispuesto a convertir a todo el mundo en auténticos sátiros y ninfas.

Al cabo de una hora, el ambiente se volvió muy libertino y permisivo. Las risitas, los pellizcos disimulados, los sensuales movimientos de caderas, las bromas lascivas comenzaron a imperar, sobre todo al quedar patente la permisividad de las chicas. Pep, aún tras el mostrador, sonreía como un pachá, frotándose las manos mentalmente. Pronto, la naturaleza humana alcanzaría el cénit apropiado y, entonces, actuaría.

Ruth se sonrojó cuando una de aquellas niñas que bailaban a su lado, se retorció como una anguila al meter un chico su mano bajo la breve falda. El gesto que la chica compuso al notar los dedos en su entrepierna no fue de enfado ni mucho menos. Aquí y allá, otros gestos de igual talante se sucedían con cada vez más frecuencia. Se inclinó sobre el hombro de Ginger y lo comentó a su oído. La asiática sonrió y se encogió de hombros, sin dejar de bailar.

―           Es Año Nuevo – dijo, como si eso lo disculpase todo.

Ángela alzó su vaso vacío en dirección al mostrador. Pep, atento al mínimo detalle de la rubia, alzó el pulgar y procedió a llenar otro lingotazo aliñado de Rohipnol.

―           ¿De qué está hecha esa tía? ¡Lleva ya tres y ni parpadea! – rumió por lo bajo.

Pero Ángela si parpadeaba, de hecho notaba su magnífica vista algo difuminada y su olfato empezaba a jugarle malas pasadas, recogiendo aromas demasiado tentadores. Su mente drogada y deseosa achacaba todo aquello al humo de los cigarrillos y la enervante sed que mantenía controlada pero latente. Ángela se decía que se había acostumbrado demasiado pronto a trabajar en un local donde ya nadie fumaba, pero esa noche todo el mundo tenía un pitillo en la mano. La peña, bastante desmadrada, se pasaba la prohibición por el foro de la pernera.

Sin embargo, reconoció el picor que atenazaba el fondo de su garganta, que se incrementaba cada pocos minutos. Era un conocido síntoma de su creciente necesidad. Se bajó del escenario y se acercó a la barra con una sonrisa de loba. Dejó su manoseado vaso en la bandeja para lavar y aceptó el que Pep le ofrecía.

―           Jo, cómo me cuidas – se rió ella.

―           Esta noche estoy para cuanto desees – respondió el chico, acodándose frente a ella.

―           ¿Seguro? – preguntó Ángela, tras un buen trago.

―           Absolutamente.

―           Pues… sal de ese encierro que voy a hacerte una gira… turística por el local.

El brillo que apareció en los ojos de Pep podía haber sido perfectamente el que hubiera tenido si le hubieran comunicado haber acertado una quiniela única en el Euromillón. Ángela le aferró de una mano en cuanto salió del mostrador y le arrastró hacia uno de los oscuros reservados. La vampira quitó rápidamente la traba que mantenía la pesada cortina echada y le hizo pasar de un tirón.

―           No se ve una mierda – farfulló el chico.

―           Espera – respondió ella, moviéndose perfectamente en las tinieblas.

La lamparita sobre unas de las mesitas de apoyo arrojó una difusa luz que prácticamente era tragada por las verdes y oscuras cortinas, pero era suficiente para lo que ambos tenían en mente.

―           Ven, que te voy a agradecer tus atenciones – susurró ella, echándole los brazos al cuello y arrastrándole en su caída sobre uno de los mullidos sofás. El chico no pudo decir nada, salvo gruñir cuando los labios femeninos sellaron los suyos.

La lengua de Ángela saboreó el paladar de Pep, buscando el regusto de su interior. Se enredaba pasionalmente con la del chico de tal manera que casi le cortaba el fuelle.

“Dios… Dios”, pensó, “esta me come literalmente… quizás le he dado de más…”

Pero la mano de la rubia vampira borró cualquier duda de su mente al aferrarle el paquete con pasión. El miembro de Pep pasó de morcillón a firme en lo que dura un suspiro. Los labios de Ángela dejaron de devorar los suyos y se pasaron al cuello masculino, donde aspiraron y chuparon deliciosamente. Pep gimió, los ojos cerrados, y ofreció completamente el hueco de su garganta, embelesado por las caricias de la joven rubia.

Ángela estaba muy excitada. No sólo por la necesidad de sangre sino también por una extraña vibración que recorría sus tendones y músculos; algo que la hacía sólo que pensar en frotarse contra otro cuerpo cálido, en abrazarse y abandonarse al calor humano, gozando cuanto pudiese. Hacía ya muchos minutos que su pegado culote se había encharcado con sus jugos vaginales.

Uno de los muslos de Ángela subió hasta rozarse pérfidamente contra el cada vez más duro miembro del chico, haciendo que se contorsionase como ella pretendía. De esa forma, lo tuvo entretenido para cuando sacó a relucir sus colmillos y perforó la yugular. Pep ni siquiera se quejó, tan sólo se envaró un segundo e, inmediatamente después, se abandonó aún más en los brazos que llevaba tiempo deseando.

El cálido icor descendía por la garganta de la vampira, incorporándose a las células de su cuerpo incluso antes de llegar al estómago, enviando un impulso de alegría y felicidad a su enturbiado cerebro. Le costó más que otras veces despegarse del cuello de Pep, pues estuvo tentada de seguir sorbiéndole hasta desangrarle. Ella misma se llamó al orden, enfundando los colmillos y quedando apoyada con la frente sobre el hombro del chico, intentando recuperar el control y la respiración. Jadeaba como si hubiera hecho un fondo maratoniano y notó como los poros de su piel se abrían, exudando ese sudor que pronto se convertiría en fuego líquido.

Debía calmarse enseguida, pues no era lugar para dejar que su cuerpo ardiera como una tea. Así que, sin levantar la cabeza del hombro del chico, descendió una mano hasta bajarse a tirones el culote a rayas que le servía de prenda íntima. Siguió tirando de él con desesperación hasta bajarlo por una de sus piernas y pasar la barrera del botín; la prenda se quedó colgando mansamente del otro par de calzado, como algo inútil.

Con un gruñido, Ángela se atareó en poner al descubierto el sexo de Pep, que sólo podía sonreír beatíficamente por todo lo que le estaba sucediendo y que ni siquiera tenía en cuenta el mordisco en su cuello. Su mente lo había achacado rápidamente a una exagerada muestra de lujuria de la movediza Ángela.

El juvenil pene quedó al aire, tan vibrante y erecto como un banderín enarbolado por un juez de línea. Pep jadeó por la ansiedad; sus planes estaban saliendo aún mejor de lo que él había planeado. La mueca en su rostro se ensanchó aún más cuando Ángela se contorsionó sobre él y se subió a horcajadas, encajando su pelvis perfectamente. La rubia se empaló ella misma, con una pericia que denotaba sus numerosas batallas eróticas. Su vagina engulló el mediano pene a la perfección, bañada por el constante flujo de su propia secreción.

―           Dios – murmuró el chico al notar la calidez y sedosidad de aquella maravillosa hendidura.

―           Dios no tiene nada que ver con esto, cariño – gimió ella en su oído. – No te muevas… te voy a follar rápido…

Una mano de Pep subió hasta crisparse sobre esas nalguitas que empezaron a agitarse como locas, como resultado del intenso movimiento de pelvis que Ángela adoptó. Estaba intentando llegar rápidamente al frenesí para controlar su necesidad de arder y no había espacio para nada más en su mente. Jadeaba y saltaba sobre el regazo del chico, con el cuello estirado, el rostro mirando el oscuro techo y el rubio cabello agitándose sobre su desnuda espalda. Una de sus manos aferró el cabello de Pep y tiró fuertemente de él al sentir ascender el furibundo orgasmo por su columna. Los dedos de su otra mano, convertidos en férrea garra, destrozaron la tela del sofá con largos surcos. Exhaló un ronco gemido a medida que se estremecía y se corría. Su lengua surgió y lamió largamente sus propios labios.

―          Jesu… cristo – susurró Pep, medio impedido por el tirón de pelo. Sentía el tremendo calor de los desnudos muslos de la chica, a cada lado de su cintura, algo que jamás experimentó con sus otros ligues.

El frenesí de Ángela y sus propias ansias le hicieron correrse también, mucho más pronto de lo que tenía pensado. Descargó una corta andanada en el interior de la vagina y el “control de daños” ni siquiera pasó por su cabeza. La verdad es que no tuvo tiempo de sacar el condón de su cartera; Ángela prácticamente se lo había tirado sin miramientos.

La lengua de la rubia le repasó la mejilla en ese instante, mirándole desde muy cerca con esos ojazos azules.

―          Otra vez… otra vez, muñeco… ¿Puedes hacerlo? – murmuró la chica quedamente.

Pep podía intuir la necesidad en el murmullo de Ángela, la lujuria en estado libre que parecía inundarla e impulsarla. Solo pudo asentir con la cabeza, la garganta seca. En contra de lo que solía ocurrirle habitualmente, notaba todo su cuerpo lleno de energía, de ganas de continuar. El comportamiento de Ángela parecía enardecerle como nada que hubiera conocido antes. Su pene apenas había descendido en firmeza al levantarse ella y dejarlo libre. Estaba embozado tanto en lefa como en fluido femenino, pero no pareció afectarle a la vampira en lo más mínimo. Arrodillándose en el suelo, se lo llevó a la boca y lo limpió con unos buenos y lentos lametones que pusieron a Pep de nuevo en forma.

El chico comprendió que no era más que un pelele entre las manos de Ángela y, por un momento, se preguntó cuántos amantes necesita una chica para conseguir una experiencia así. Pero, claro estaba, él no pensaba pedirle ningún tipo de explicación, tan sólo quería seguir hundirse en ella y gozar mientras pudiera. Y eso mismo es lo que Ángela, que se tumbó en el sofá, boca arriba, le pidió, las rodillas bien separadas para ofrecerle su vulva rosada y tierna, carente de vello.

Como buen misionero, Pep afianzó su cuerpo sobre las palmas de sus manos tras bajar el pantalón hasta los tobillos y se sumergió en el tórrido coño que amenazaba con devorarle entero. Una pregunta inconexa pasó rebotando por su electrizado cerebro: “¿Acaso está enferma?”

Sin embargo, dejó de pensar en segundos, ni siquiera llegó a preocuparse de si podría quedar él mismo infectado en tal caso. Todo pasó a segundas en cuanto empezó a ejercer de pistón amoroso, entrando y saliendo de aquella suave carne pálida que le atraía como si fuese la de una diosa pagana. A cada empujón de sus caderas, Ángela dejaba escapar un suave quejido lastimero que le enervaba aún más. La chica tenía los ojos entrecerrados por las largas pestañas casi blancas, pero, a pesar de la poca iluminación, Pep podía darse cuenta que le estaba mirando fijamente, como si tratase de averiguar qué estaba sintiendo o pensando mientras la follaba.

Esa idea se le clavó en la mente obsesivamente, impulsándole a aumentar el ritmo, a tratar de llegar más profundamente en su perforación, como si quisiera enseñarle que ahora él tenía el control, que ella le necesitaba. Pero pronto se vio obligado a admitir que seguía siendo el juguete sexual de la rubia, en cuanto ella cerró sus talones sobre las nalgas del chico, en cuanto se abrazó fuertemente a su cuello y hundió el rostro masculino en el hueco de su níveo cuello.

Ángela se agitaba bajo el cuerpo de Pep en busca de su segundo orgasmo supresor. Notaba la piel hervir en diferentes puntos de su cuerpo, desplazándose como zigzagueantes criaturas subcutáneas. En ese momento no era capaz de pensar racionalmente, dedicada en cuerpo y alma en apaciguar las llamas que estaban naciendo en su estructura, pero a nivel inconsciente estaba preocupada. Nunca había sentido algo semejante, una necesidad tan imperiosa de estallar y arder, de arrasar cuanto hubiera a su alrededor.

El intenso orgasmo explotó en su cerebro con la fuerza de un holocausto nuclear, llevándose el ardor de su piel y el agresivo deseo de su mente. Se quedó abrazada y jadeando al oído del chico mientras éste descargaba de nuevo en su interior, haciendo que sus nalgas y hombros temblaran como si estuviese sollozando a la misma vez.

―          Será mejor que vuelvas a servir esas fantásticas copas a la basca, ¿verdad? – le dijo ella mientras se incorporaban, pellizcándole una mejilla.

―          Sí, claro, Ángela – musitó Pep con el rostro arrebolado de felicidad.

Ni siquiera recordó todo cuanto había pensado hacer esa noche con todas esas chicas drogadas. Volvería a actuar de camarero para todos, feliz de servir a su diosa, extasiado por todo cuanto había sentido y experimentado en aquel reservado. Ángela le miró subirse el pantalón y apartar la cortina. Suspiró cuando se quedó sola, podía sentir el hormigueo que recorría todo su cuerpo, indicándole que el fuego estaba listo para brotar en cuanto ella lo olvidara. Esta era una sensación que se había cuidado mucho de volver a experimentar en muchísimos años, un apremiante recuerdo de sus primeros días como bestia, Casta mejor dicho.

En aquellas noches, cuando aún no conocía sus límites y fobias, cuando aún no sabía adormecer su don pirokinético, el hormigueo era constante, incontrolable, y hacía aparecer lenguas de fuego azul con el núcleo amarillo a la menor ocasión. Esta noche había algo en el ambiente que la volvía a llevar a ese estado incontrolado y no sabía qué era. Se asomó entre las cortinas mientras tanteaba para poner bien su ropa interior, pero lo que vio en la sala la dejó inmóvil, pasmada.

Un chico estaba sentado en el filo del escenario, los pies colgando. Una bonita chica se sentaba sobre su regazo, su espalda apoyada contra el pecho del chico. Una mano de este pasaba por la cintura femenina, sujetando parte del vestido para dejar las piernas femeninas al descubierto. Su otra mano estaba atareada en oprimirle fuertemente los pechos. El pantalón del chico estaba desabrochado y bajado hasta medio muslo; la chica gemía y reía a cada saltito que daba sobre el regazo. Se encontraba arrodillada en la madera de la tarima del escenario y se impulsaba sobre ellas para cabalgar a su chico.

Una escena así no era infrecuente en una fiesta como aquella, pero sí lo era estar follando a dos pasos de los bailarines que se agitaban sobre el escenario, como si no les preocupase en absoluto su presencia. Más repuesta de su sorpresa, la mirada de Ángela se paseó por los danzantes animosos y el resto de gente que se repartía por el local y descubrió muchos más detalles y escenas escabrosos.

Un joven pijo relamido que Ángela no conocía bailaba sobre la elevada tarima, en el centro de un coro de chicas cantarinas. El tipo hacía muecas obscenas con el rostro y agitaba sus caderas en un claro signo de oferta. Cuando se giró, encarando a otras chicas, Ángela descubrió que un erguido pene sobresalía de su abierta bragueta. Las chicas que componían el coro se reían y chillaban, con las mejillas enrojecidas. La aguda vista de la vampira comprobó las chispas de sus ojos, debido al alcohol y a la excitación. Se codeaban las unas a las otras para que la más decidida alargara la mano y acariciara aquel falo como si se tratase de una mascota compartida. Otros bailarines, tanto de un sexo como de otro, observaban también la escena y animaban con palmadas y silbidos.

Una maligna sonrisa iluminó el rostro de Ángela y dejó de subirse el culote. Al pensarlo mejor, lo volvió a bajar por sus piernas quitándoselo totalmente, arrojándolo sobre uno de los sofás. Si el ambiente ya estaba así, no servía de nada ponerse bragas, ¿verdad?, expuso como idea en su mente su alma oscura.

Su lado perverso, aquella cosa profunda que parecía habitar en alguna parte de su cerebro y que surgía solo cuando se abandonaba a la depravación – su alma oscura como la llamaba a título personal –, apareció con más fuerza que nunca, con una voz mental tan ronca y podrida que asustó mortalmente a su mente lúcida, obligándola a esconderse bajo varias capas de pensamientos inconexos.

Drogas y sangre…”, cantó la perversidad.

“Drogas y sangre”, pensó la asustada Ángela, refugiada en un rincón seguro de su mente. “¿Eso es lo que ha pasado? ¿Qué droga he podido tomar para mezclarla con la sangre? ¿El petardo de Christian? No creo. Basilisco dijo que debían ser drogas fuertes, químicas…”

Mientras dilucidaba posibilidades, el alma oscura se apoderó del control de su cuerpo, haciéndola salir del reservado y meneando sus desnudas nalguitas con toda sensualidad.

La parte lúcida de Ángela percibió entonces el exagerado comportamiento de los asistentes a la fiesta, la lujuria que asomaba en sus ojos, los tics que se reflejaban en bocas y párpados, el nerviosismo que destilaban sus cuerpos… y comprendió. Todos habían sido drogados, seguramente con la bebida; entonces recordó detalles de su comportamiento, de cuanto había sentido extraño tras beber, y supo la causa. No tenía ni idea de cual era la droga en cuestión, suponía que alguna extraña pastilla química de moda seguramente, ni cuanto duraría su efecto, pero se asustó aún más al recordar lo que Basilisco le había contado sobre el Hambre.

Tenía que controlarse, tenía que amordazar su alma oscura y atenazar los letales impulsos que podían surgir de su cuerpo; no podía revolcarse en sangre y vísceras ante tantos testigos. ¡Ni hablar! Recordó que el Ojeador habló de que al igual que cada Casta era diferente, los síntomas y efectos del Hambre también lo eran. Cada sujeto era un mundo. Mientras elevaba una plegaria al diablo, procuró dominar la perversa mente que animaba su cuerpo.

Pero la oscura entidad parecía cerrar cada puerta que ella abría, sepultar cada pasillo que conducía hasta ella. La esquivaba con una habilidad que nunca había demostrado y conseguía mantenerla bajo el peso de varias ideas monstruosas que la debilitaban. El terror de Ángela aumentó más y más, dejando su mente indefensa, como atrapada en ámbar demoníaco.

Pasó al lado de varias parejas que se devoraban a besos, unas en pie y otras sentadas, pero todas con bastante ropa de menos, y divisó a Ruth y Ginger. Un escalofrío de morboso placer recorrió su cuerpo y pudo entrever diversas imágenes que gotearon espesos grumos lascivos entre sus pensamientos. Imploró mentalmente a su alma oscura que no hiciera daño a sus amigos pero no obtuvo contestación alguna.

Ginger y su amiga se sentaban en uno de los sillones más cercanos al mostrador. Tenían copas casi acabadas sobre la baja mesita y se miraban a los ojos mientras sus dedos no cesaban de acariciar lánguidamente el antebrazo de la otra. Charlaban en susurros y, de vez en cuando, una besaba furtivamente a la otra. Ángela pudo distinguir perfectamente las ganas de abandonarse totalmente a la pasión que carcomía sus morales. Sin duda, si hubieran estado a solas en un apartamento, haría rato que estarían desnudas y retozando como ninfas enloquecidas.

El alma oscura de Ángela las apartó un poco y se sentó entre las dos, sin decir una palabra. Las miró de hito en hito, con una sardónica sonrisa en sus labios y los ojos llenos de lujuria.

―           ¿Dónde estabas? – preguntó Ginger.

Ángela intentaba gritarle que huyera, que se alejaran de allí a toda prisa, pero su boca seguía cerrada y sonriente. Su cuerpo levantó las manos y las colocó sobre las nucas de sus dos amigas, atrayéndolas hacia ella. La punta de la lengua asomó, contagiando a Ginger y Ruth a hacer lo mismo. El beso con lengua a tres bandas fue casi perfecto y atrajo la atención de muchos de los bebedores del mostrador.

―           Vaya – musitó Ruth, mirando de reojo a uno de los chicos acodado en la barra que levantaba su copa hacia ellas en un mudo brindis. – Nos están mirando…

Ángela Oscura volvió a empujar las nucas de sus amigas pero esta vez entre ellas, indicándoles que se besaran, todo sin palabras. Las chicas siguieron su juego, también sonriendo. En el fondo, estaban deseando besarse en condiciones y aprovecharon la oportunidad. La lengua de Ginger se introdujo a placer en la boca de Ruth, repasando labios y dientes antes de enredarse con su homónima. Los dedos de la vampira descendieron hasta apoderarse de un seno de cada chica, pellizcando gratamente los erguidos pezones.

Placer… deseo… fuego…

Aquellas ideas aprisionaron mucho más a Ángela, constriñéndola en un invisible cepo de sensaciones de las que no podía escapar. Justo entonces, comprendió cual era su Hambre. En una rápida sucesión de imágenes superpuestas, se vio en medio de La Gata Negra, desnuda y cubierta de llamas. Todo se quemaba a su alrededor en una dantesca escena. Había cuerpos ardiendo por doquier, cuerpos de amigos y conocidos que se calcinaban entre llamas que no se apagaban nunca. No era ella quien los devoraba, era su fuego interno, ese era el Hambre que ella padecía, y solo había una manera de apaciguar esa letal Hambre… ¡sexo! Un sexo sucio y depravado, cuanto más lascivo fuera más rápidamente apagaría las llamas.

Su alma oscura parecía saber todo eso, aunque no tenía ni idea de cómo lo sabía. El hecho era que ya no estaba segura si esa parte obscena de su cuerpo estaba luchando por tomar el control o si bien era sólo un dispositivo de emergencia en caso de riesgo. Estaba muy confusa e insegura, obligada a ser una mera espectadora. Esa vieja y maléfica entidad que guardaba en su interior y que había mantenido bajo llave tantos años a lo mejor no representaba lo que ella había imaginado.

Como respondiendo a sus pensamientos, la Ángela Oscura obligó a sus dos amigas a inclinar la cabeza, al mismo tiempo que se abría de muslos. Ginger parpadeó al comprobar que su rubia vampira no llevaba ropa íntima alguna y que la vulva aparecía hinchadita y algo irritada, prueba de que había estado haciendo el amor hacía poco. Ladeó la mirada hasta captar la de Ruth, quien se estaba mordiendo el labio inferior, el rostro más que enrojecido. Ginger la sonrió y en un impulso la besó, antes de sacar la lengua y pasarla por la vagina de Ángela.

―           ¡Vamosss! – gruñó la vampira con un tono desconocido, atrayendo el rostro de Ruth hasta su entrepierna. La catalana se acomodó al lado de Ginger, sincronizando sus lenguas.

―           ¡Joder! ¡Qué pedazo de doble lamida! – Ángela sonrió ampliamente al escuchar la imprecación de uno de los chicos de la barra y echó la cabeza hacia atrás, la nuca apoyada en el respaldar del asiento, para cerrar los ojos y gozar.

Varios de los invitados se encaminaron hacia donde estaban las tres amigas, para observar de más cerca, pero una esbelta figura saltó desde el escenario y se les adelantó, situándose como parachoques con los brazos extendidos y las palmas hacia atrás.

―           ¡Eh, dejad espacio, tíos! – exclamó Lola, pero sin apartar los ojos de aquel cuadro inédito. – ¡Todo el mundo detrás de mí!

Ángela se aferró al moño de Ruth y a la cola de caballo de Ginger y se mordió el labio con fuerza mientras su estómago ondulaba con el descontrolado movimiento de sus caderas. Un nuevo estallido de placer recorría su cuerpo, apagando las llamas que ya aparecían en sus omoplatos. Con una carcajada, Ángela atrapó a sus amigas como si fuesen bebés y las subió al sillón, dejándolas la una en los brazos de la otra.

Ginger hundió su lengua en la boca de Ruth, aspirando toda la humedad que encontró allí y consiguiendo que la catalana se abandonara totalmente a sus caricias, olvidándose de todos los mirones reunidos. Poniéndose en pie, la vampira se inclinó y mostró sus desnudas nalgas a la concurrencia al meter sus manos bajo las faldas de sus amigas. Introdujo suavemente un dedo en cada coño, admirándose de lo mojados que estaban. Como respuesta, Ginger, que quedaba encima, hizo bailotear sus nalgas alegremente y Ruth, debajo, se abrió totalmente de piernas.

Lola no podía apartar la mirada de la lujuriosa batalla entre las dos chicas. Se mordía el labio con intensidad, deseando emular a Ángela secretamente. Notaba como los chicos, detrás de ella, la empujaban suavemente, usando sobre todo sus caderas. Era como estar en un autobús lleno de pasajeros en que la estuvieran sobando delicadamente aprovechando el roce de sus cuerpos. Instintivamente, descendió sus manos y tanteó un par de entrepiernas masculinas, una a cada lado de ella. Los chicos ni siquiera respingaron al notar el suave apretón, incluso uno de ellos puso su propia mano encima de la de ella para intensificar la caricia.

Ángela abandonó las caricias que le dedicaba a Ruth y Ginger y se giró, encarando a Lola. Observó en silencio en lo que las manos de la joven se ocupaban y sonrió, toda dientes. Miró a Lola a los ojos mientras se acercaba a ella y le susurró al oído:

―           Zorra…

 

Lola se estremeció de orgullo y sobó aún más diestramente los cubiertos falos, ya bien crecidos en el interior de los pantalones. Esa noche estaba dispuesta a probar a dos sementales a la vez, se dijo. Ángela hizo una seña a los demás mirones, señalando a las dos amigas que se estaban morreando y frotando sobre el sillón, con las faldas levantadas hasta la cintura. No tuvo que explicarles lo que tenían que hacer. Los chicos se acoplaron por donde pudieron, envolviendo a Ginger y Ruth en ardientes caricias, intentando ser el primero en poseerlas. Ruth levantó la mirada cuando las manos sobre sus senos la obligaron a separarse de Ginger y miró a Ángela, quien le devolvía la mirada parada de pie al lado de Lola y sus dos amantes. Ruth le sonrió y musitó unas mudas “gracias” moviendo los labios.

Ángela se alejó de allí mientras los demás asistentes que aún no se habían integrado escogían pareja o se unían a otras, formando grupos. La benzodiacepina mezclada en los refrescos había catapultado la fiesta hacia una general orgía y Pep lo miraba todo desde detrás del mostrador, con una sonrisa floja en sus labios mientras secaba vasos con un paño. Era consciente de que no podía disfrutarlo, pero, aún así, se sentía orgulloso del resultado.

En uno de los reservados, David llevaba ya un buen rato acariciando y desnudando a Mirella. Su peculiar metabolismo había desechado rápidamente el efecto de la droga pero su novia estaba más excitada que una misionera en un poblado mandinga. Eso le producía un morbo mortal ya que Mirella no dejó, en todo momento, de farfullar que le metiera mano en público, mientras observaban cómo se desmadraban los demás asistentes.

Antes de meterse detrás de las cortinas, Mirella frotaba sus duras nalgas contra su chico simulando llevar el ritmo de la música y sorbía de la pajita de su vaso con verdadera procacidad. Su novia no dejaba de señalarle cada caricia atrevida de la que eran testigos y comentarla con el vocabulario de una de las strippers que trabajaban habitualmente allí. Eso había llevado al joven hombre lobo a introducir su mano bajo aquella brevísima falda y tocarle hasta el alma, poniéndola en tal estado que ella misma le había suplicado que la follara duro y sucio en alguna parte. Como decía su padre, dicho y hecho. David la condujo al reservado, donde se ocupó de desnudarla entre lametones y pequeños mordiscos hasta que la mantuvo ocupada con su crecido pene. Mirella le hizo el repaso de su vida con la lengua, podría jurarlo, y, en aquel momento, la estaba recompensando embistiéndola con fuerza, dándole caña a su chica postrada sobre uno de los sofás, con las nalgas bien presentadas y cacheteadas.

Una de las manos de David mantenían el pulcro peinado de su novia totalmente alborotado, sujetándola por la nuca y hundiendo su rostro contra el respaldo del mueble, mientras bombeaba en su interior sin ninguna consideración. Mirella no paraba de emitir largos gemidos que excitaban aún más a su chico y, sobre todo, al tipo que estaba en el reservado contiguo. La música no conseguía apagar los grititos de Mirella y el vecino estaba a punto de vaciarse en la boca de una bonita chica con algo de sobrepeso.

Ángela apartó la cortina y entró en el reservado ocupado por David y Mirella. Durante un largo minuto estuvo observando aquellos frenéticos cuerpos enzarzados en su propio delirio sexual. Ambos estaban desnudos, sus ropas tiradas sobre el sofá de enfrente. La vampira sonrió y levantó una mano para palpar su propia nuca. Pequeñas llamas lamieron sus dedos. Necesitaba un nuevo orgasmo.

Ahora tú”, le dijo a la anulada mente de Ángela. La oscura se retiró al intrincado rincón donde moraba habitualmente, permitiendo que Ángela volviera a tomar el control. La rubia vampira se tambaleó por un segundo hasta que se hizo con el equilibrio. La piel de sus antebrazos humeaba. Disponía de nuevo de su cuerpo pero estaba supeditada al sexo inmediato si quería salvar a la gente del interior del club.

Decidida, avanzó hasta la pareja y acarició con un dedo, en un largo descenso, la fornida espalda. David se estremeció y giró el cuello para mirarla. Ambos sonrieron. Mirella, con el rostro aún aplastado contra el respaldar, la miró con un solo ojo. Intentó protestar pero solo surgió un nuevo gemido de sus labios. Ángela revolvió el espeso cabello de su amigo y le besó la sien y la mejilla mientras susurraba:

―           Así… así, mi lobito… yo también te… necesito…

―           Án… gela… ¿tú también estás… afectada? – David masticó las palabras para aguantar su placer.

―           Había drogas en la bebida, creo – aclaró ella tras asentir. – Tienes que ayudarme, lobito.

―           Es mío… guarra… aléjate – murmuró Mirella, mirándola fieramente mientras los envites de su novio agitaban todo su cuerpo.

―           No quiero quitártelo… sólo compartirlo… o pasará algo malo – repuso la vampira, mostrando al chico sus brazos.

―           ¡Vete a… la mierda! – masculló Mirella, pero la vampira ya no la escuchaba. Sus labios ya estaban sobre los de David, ocupados en un intenso beso.

Ángela posó una de sus manos sobre la espalda desnuda de Mirella, acariciando suavemente con sus uñas la piel mientras mordisqueaba el labio inferior de David. Nuevamente, Mirella quiso protestar pero uno de esos microorgasmos que la asaltaban últimamente la dejó sin voz. Jadeó fuertemente y recuperó algo de control. Su vagina estaba descontrolada, chorreando y ardiendo a la vez. Los embates de David apenas la dejaban pensar y ella respondía como una hembra en celo. Aún así, clavó el ojo en la descarada rubia que se les había unido, intentando fulminarla con la mirada.

La vio besar vorazmente a David, tironeándole del pelo con pasión. Sin embargo, la mano que había colocado sobre su espalda había descendido hasta el flanco, cosquilleando las costillas de Mirella. Era una mano muy caliente, como si hubiese estado expuesta al calor de una fogata, y estaba logrando erizar toda la piel de Mirella. Ésta gruñó e intentó apartar aquella juguetona mano con la suya propia pero tuvo que retirarla por el molesto calor. ¿Acaso le había aplicado un mechero? Aquellos dedos ardientes se posaron sobre su pecho colgante, pellizcando delicadamente uno de sus pezones. Se quejó cuando, en contra de todo pronóstico, Ángela consiguió ponérselo mucho más duro y sensible que jamás hubo experimentado.

Mirella nunca había tenido una experiencia lésbica aunque una de sus amigas del instituto estuvo dos cursos insinuándosele. Sin embargo, a solas, había fantaseado más de una vez con un casual encuentro entre féminas y, de hecho, el poco porno que veía en Internet era casi todo sobre tríos, dos mujeres y un hombre. Aquella guarra se estaba morreando con su hombre, sí, pero su sola presencia desataba el flujo de su vagina como nada en el mundo. No lo admitiría nunca, ni aunque la mataran, pero su cuerpo se prestó inmediatamente a continuar bajo el contacto de aquella deliciosa mano que repasaba cada una de sus curvas.

Por su parte, Ángela tomó la mano más cercana de David y la llevó directamente a su propia entrepierna, necesitada del calor humano y del placer que podría obtener. Cuando dos dedos de la mano de su amigo la penetraron duramente, apoyó la mejilla contra el hombro masculino y lanzó su pelvis hacia delante, pescando un relampagueante orgasmo. Llevó su mano hasta la unión de ambos cuerpos de la pareja y sopesó suavemente los gruesos testículos de David para después pasar un dedo por el mullido coñito de Mirella. Esta casi respingó por la impresión y murmuró una malsonante protesta, pero cuando el dedo se detuvo sobre su inflamado clítoris, sus palabras degeneraron en un ininteligible barboteo a medida que se incrementaba la presión.

Ángela, a su vez, dejó escapar un hilo de saliva sobre la piel del hombro de David en respuesta a los dedos que machacaban su propio clítoris. Las llamas se atenuaron un tanto. Se inclinó sobre el rostro de Mirella y ambas se miraron realmente, quizás por primera vez.

―           Necesito que David me folle, Mirella. No pretendo arrebatártelo y ni siquiera me atrae como hombre… pero, en este momento, si no me mete esa polla gorda… voy a arder… literalmente…por favor… te lo suplico…

―           Putona – susurró Mirella, pero su mirada estaba turbia y lacrimosa.

―           Por favor… tú estarás sobre nosotros…

Mirella atrapó uno de los dedos que su novio mantenía sobre su nuca y lo llevó hasta su boca, lamiéndolo. Entonces, ella misma le obligó a salirse de su vagina y se alzó sobre las rodillas, encarando a Ángela. No había entendido nada del motivo que le había dado la rubia, pero sí el tono suplicante con el que se lo había pedido; parecía un sediento en el desierto, una verdadera necesidad y no algo relacionado con lujuria o lascivia. Mirella no era una mujer que compartía nada de cuando era suyo, sin embargo, había algo en aquella rubia adolescente que la llevaba a ayudarla, a entregarle lo que más quería en este mundo.

―           Gracias – musitó Ángela, depositando un delicado beso sobre los labios de Mirella, quien no estuvo acertada a responder con la caricia pero que se llevó los dedos a la boca, tanteando la zona al bajarse del sofá y dejarle el sitio a la recién llegada.

―           Oh, mírala, qué puta – musitó para sí misma, entre dientes, cuando Ángela adoptó casi la misma postura que tenía Mirella sobre el sofá. – Cómo ofrece su bonito trasero a mi novio…

A pesar de su cierto enfado, Mirella admiró el esbelto y pálido cuerpo, las largas piernas enfundadas en las calzas a rayas, y la belleza de sus ojos celestes cuando voltearon hacia ella, como pidiéndole el permiso definitivo. Como muda respuesta, Mirella se subió al sofá, aposentando sus nalgas sobre el respaldo, justo al lado de la pareja; se llevó la uña del pulgar a la boca y miró a su novio, con los ojos entornados.

―           Venga, nen… preña a esta guarra – soltó en un susurro.

Ángela arañó delicadamente el pecho de David cuando este le coló su miembro hasta el fondo, de un solo tirón. El joven licántropo se asombró del intenso calor que reinaba en el interior de la vulva; no era que le quemara, pero era algo que imponía, como cuando se sumergía en una bañera de agua caliente. Consiguió llegar más profundo que cuando lo hacía con su novia. La vagina de Ángela le admitía completamente, apretando su verga firmemente pero con delicadeza. El chico gruñó satisfactoriamente y comenzó a moverse con la potencia que le caracterizaba. Ángela elevó las nalgas en respuesta, inclinando la cabeza y aferrándose con una mano a la pierna de Mirella.

―           Vas a ver lo bien que folla mi novio, guarra – le dijo Mirella, acariciándole la rubia melena con la punta de los dedos.

Como respuesta, Ángela alzó el rostro y la miró directamente a sus ojos pardos. Mirella también la miraba sin apartar la vista y seguía mordiéndose la uña, nerviosa. Ángela moldeó la palabra “gracias” con los labios.

―           ¿Te encuentras mejor? – preguntó Mirella.

―           En la gloria – sonrió la rubia, entornando los ojos.

―           ¡Ya lo creo, puta! Mi no vio te la está metiendo toda.

―           Pues ponte al alcance de mi lengua y te devolveré el favor – musitó Ángela antes de suspirar hondamente.

Mirella no contestó y se quedó en el mismo sitio, mordisqueando otra uña. Sin embargo, la idea no paraba de dar vueltas en su mente. Por mucho que la irritara la cesión de su chico, debía admitir que aquella rubita era toda una golosina y que tenía la oportunidad de hacer realidad su fantasía más secreta.

―           ¿Te importa, cariño? – preguntó levantando sus ojos hasta posarlos sobre su novio. David tan solo tuvo que sonreír para indicarle que estaba de acuerdo. ¿Qué iba a decir él de todo el asunto? “Solo soy la máquina de pistonear”, pensó.

Mirella deslizó sus desnudas nalgas sobre el borde superior del respaldo para acercarse a la posición de Ángela, quien se retiró un poco para dejar que la novia de su amigo se colocara de la misma forma que estaba pero ahora en el radio de alcance de su boca. Ángela abrió aún más los tersos muslos y deslizó un dedo por los labios mayores, abriendo la vulva como una fruta madura y húmeda. Mirella no perdió detalle de todo aquello, controlando un delicioso escalofrío. Tuvo que dejar de mordisquear la uña y meterse todo un nudillo en la boca para no gritar desaforadamente cuando la ágil lengua de Ángela la invadió. En menos de un minuto, estaba agitándose toda, como si tuviera el mal de san Vito. Ni siquiera David le había hecho sentir algo así.

―           Ooooohh… Jesucito de mi vi… daaaaa…

Ángela intentó unirse al orgasmo de Mirella y lo consiguió cuando David incrementó su ritmo, con lo que tuvo que aferrarse a las aún espasmódicas caderas de Mirella y apoyar su frente contra el rasurado pubis. David las observaba correrse como auténticas golfas y eso le encantó, dándolo todo para alcanzarlas en un explosivo orgasmo que reclamaba desde hacía minutos.

―           Hazlo sobre nuestras caras… David – gimió Ángela, intentando incorporarse. – No te corras dentro…

―           Sí, nen – apoyó Mirella la idea, cayendo de rodillas, aún jadeante, y pasando uno de sus brazos sobre los hombros de la vampira. – Llénanos las bocas, capullito mío…

Y David, feliz como un pachá en su harén, se acercó raudamente a ambas, manoseando su erguido pene con pericia hasta que soltó una ingente cantidad de espeso semen sobre los rostros de las dos chicas, las cuales se ayudaron mutuamente a tragar y esparcir, con radiantes sonrisas. David se dejó caer entre las dos, los brazos abiertas, la nariz apuntando al techo, el pecho resollando, feliz y cansado. Ellas le acogieron y le besuquearon en agradecimiento.

―           Creo que ya he cumplido mi primera meta del nuevo año – dijo David, haciendo que todos estallaran en carcajadas.

CONTINUARÁ.

Un comentario sobre “Ángel de la noche (16)

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