FRANCISCO J. MARTÍN
Al fin algo de tranquilidad, los invitados se van retirando. Llevo todo el día entre gente
bien vestida, en general ellos van de traje y corbata, y ellas con vestido de chaqueta,
pañuelos y joyas a “tutiplén”, todo muy formal y con “glamour”. En cuanto me ven se
acercan y me saludan, todos muy correctos, incluso algunos hombres me dan dos
besos, claro, como soy chica.
Las conversaciones son de lo más variopintas, siendo sincera les diré que algunas
parecen sacadas del manual de conversaciones para los momentos de ascensor, son
breves, genéricas, “el tiempo” aparece claro está, para seguir por las preguntas
triviales sobre los “niños”, que en su mayoría pasan ya de los 30. Es normal, muchos de
ellos no se han visto desde hace años, sólo coinciden cuando hay algún
acontecimiento.
Entre tanta pregunta y respuesta, y sonrisas muchas veces forzadas, el rato va pasando
aunque muy lentamente, me voy sintiendo cada vez más cansada. Si no fuese porque
soy la anfitriona me iría a dar una vuelta, a que me diera un poco el aire refrescante en
la cara, lo estoy echando en falta. Al menos el lugar está muy bien acondicionado y la
temperatura está perfecta, quizás un poco fresquita como a mí me gusta.
La verdad es que el rato más agradable se ha producido esta mañana cuando
únicamente estábamos los familiares más cercanos y habituales, las conversaciones
eran más naturales y se apreciaba el cariño mutuo que nos tenemos, pero a medida
que se acercaba el mediodía iba llegando cada vez más gente, familiares más lejanos,
amigos y algunos compañeros de trabajo. Todos en fila venían a saludarme y tenía la
sensación de ser la protagonista de un “besamanos”.
La sala donde se celebraba la reunión era amplia, con buena luz, estaba muy bien
decorada con algunos ramos de flores, además se escuchaba levemente música
relajante, y en algunas zonas disponía de un pequeño catering para que los invitados
tomaran café o algún refresco y pudieran “picar” algo. Cuando llegué por la mañana no
pude ver cómo eran las salas contiguas, aunque no sé por qué me dio la impresión de
que debían ser parecidas.
Poco a poco transcurría el tiempo, entraba y salía gente para después volver a entrar,
todos se saludaban aunque realmente no se conocieran o recordaran quienes eran, y
continuaban las conversaciones que a veces se transformaban en sonrisas y otras en
alguna lágrima. Supongo que es lo habitual cuando algunas personas llevan la emoción
a flor de piel.
Se acercaba la hora fijada para el final de la celebración y se palpaba en el ambiente la
sensación de no saber qué hacer, si despedirse o esperar. Estaba expectante y también
agradecida al ver la cantidad de invitados que habían acudido a mi cita, aunque sólo
pensaba en el viaje que me esperaba mañana.
Al fin llegó un funcionario,
—Escuchen por favor, en 5 minutos se cierra la sala, deben ir saliendo. El entierro será
mañana a las 12 horas en el cementerio municipal.
Todos fueron saliendo y allí me quedé yo, la anfitriona, tan ricamente tumbada en mi
caja. Por fin llegó la calma.

Un comentario sobre “Llegó la calma

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