ALEX BLAME

 

Tiburcia

Esta vez no sería tan fácil. Aquella vieja era mucho más astuta y ahora estaba sobre aviso, así que me lo tomé con tranquilidad y aparenté meditar largamente mientras la observaba acercarse al estrado, con paso vacilante, apoyada en un bastón de aspecto tan retorcido como su alma.

Al contrario de Crisando, aquella mujer me sostuvo la mirada con aquellos ojos biliosos e inyectados en sangre. Con un gruñido, se acomodó lo mejor que pudo en la silla de los testigos y esperó relajadamente mis preguntas.

—Buenas tardes, señora Tiburcia. ¿De qué conoce a la acusada? —dije iniciando el interrogatorio.

—Es una vecina de la villa y da la casualidad que intenta dedicarse al mismo oficio que yo.

—¿Por qué dice que lo intenta?

—Porque a pesar de lo que diga, no es más que una vulgar charlatana, que hace más mal que bien a la comunidad. En repetidas ocasiones he advertido a las autoridades de esta villa de sus manejos y ha hecho falta que ocurran estas desgracias para que las autoridades tomen medidas.  —respondió la anciana lanzando una mirada venenosa a la acusada.

—Ya veo, y aparte de la muerte de las ovejas, ¿Podría detallarme alguna de esas desgracias?

—Heridas infectadas que me he visto obligada a sanar, horribles tumores, abortos mal practicados que casi acaban con la vida de jovencitas inconscientes… La verdad es que la lista es casi inacabable.

—¿Podría indicarme algún caso concreto? —le pregunté poniendo cara de interés y lanzando una mirada a Úrsula, indicándole que mantuviese la boca cerrada.

—Oh, bueno… Lo haría, pero la verdad es que me debo a mis pacientes y no puedo airear sus secretos sin su permiso, así que me temo que no puedo responder a su pregunta. —replicó la alcahueta astutamente.

—Lo entiendo, señora Tiburcia y no la obligaré a ello. —acepté volviéndome hacia el público que atestaba la iglesia— Pero supongo que si tiene razón entre todos los presentes habrá alguien que haya sufrido los manejos de la acusada. Quizás quiera acercarse al estrado y responder a alguna de mis preguntas tras tomarle juramento.

Miré a todos los presentes. Estaba claro que nadie iba a mover un pelo por evitar que quemasen a aquella desdichada, pero tampoco estaban dispuestos a poner el último clavo que cerrase el ataúd.

—Estoy seguro de que sois conscientes de que vuestro deber es colaborar todo lo posible en el juicio… —añadí mientras observaba la cara de disgusto de la bruja y el alcalde al ver que no había nadie que secundase sus acusaciones.

—Está bien, será una casualidad y todas las víctimas habrán tenido algo que hacer antes que acudir a este juicio. —sentencié fingiendo no darle demasiada importancia y aparentando dar por terminado el interrogatorio.

Dejé que la mujer cogiese su bastón y justo antes de que se apoyase en él para levantarse y abandonar el estrado, me giré de nuevo hacia ella al mejor estilo del detective Colombo:

—Una última pregunta, si me lo permite. ¿Es cierto que conoce a los anteriores testigos?

—En efecto. —respondió la anciana frunciendo el ceño con desconfianza.

—¿Puede confirmar todo lo que esos hombres han atestiguado?

—Sin duda. —respondió la vieja con convicción.

—Solo una pregunta más antes de que se retire. ¿Le deben esos hombres algún dinero?

—Absolutamente nada. —se apresuró a responder la mujer mientras se levantaba con sorprendente ligereza y se dirigía a su bancada.

Yo la observé avanzar, majestuosa y decidida a pesar de su figura encorvada y pensé en el daño que podía hacer una persona solo por rencor o avaricia. La verdad es que me tuve que emplear a fondo para mantener el rostro circunspecto y no estrangular a aquella puta vieja allí mismo.

La tarde había avanzado y apenas un hilo de luz iluminaba tenuemente el interior del santuario. Consciente de que ya era tarde y al día siguiente era domingo y tras consultar un instante con el Padre Daniel y el alcalde, decidimos aplazar la sesión para el día siguiente, justo después de misa. Dando las gracias a los villanos por su presencia, los despedimos y disolví el tribunal hasta el día siguiente.

Cené rápido y me dirigí a mi celda esperando poder descansar después de un día agotador, pero la tregua duro poco. Quince minutos después de acostarme entró Digna en mi celda sin llamar. Con tanto ajetreo me había olvidado de la monja y de la tarea que le había encomendado.

Digna entró como un vendaval, haciéndome desear que los conventos aboliesen aquella estúpida manía de no poner cerrojos en las puertas de las celdas. Antes de contarme nada, la mujer se colgó de mi cuello y me dio el beso mas lúbrico y sucio que había recibido en mucho tiempo.

Cuando logré separarme de ella, Digna se sentó en la cama, a mi lado y me contó lo que había averiguado.

La primera parte de su informe no añadía demasiado a lo que ya sabía. La vieja era una curandera mediocre y completaba sus ingresos haciendo de alcahueta, el alcalde era un cabrón, todos los habitantes del lugar sabían de sus manejos y la forma en que vendía sus servicios al mejor postor, incluso por encima de las necesidades de la villa. Estaba claro que lo que buscaba era acceder a la nobleza y olvidarse de sus vecinos lo antes posible. En cuanto a los pastores, lo único que la monja había averiguado de nuevo, era que debían dinero a todo el mundo y sobre todo a la bruja.

Lo mejor, lo dejó para el final. Regino y Crisando llamaban la atención allí por dónde iban así que Digna se centró en reconstruir los movimientos de los pastores los días anteriores a la denuncia. Tras preguntar a medio pueblo se enteró de que aquellos dos personajes debían dinero a todo el mundo y como solían estar borrachos la mayor parte del tiempo, eran bastante propensos a los accidentes. Al principio acudían a Úrsula para que les curase. Ella, consciente de que no tenían prácticamente nada, casi nunca les cobraba, pero se terminó cansando y les dijo que si no dejaban de beber, no les atendería más.

Sin otra alternativa, acudieron a Tiburcia que les atendió encantada y sin hacer preguntas, pero ella no lo hacía gratis y según uno de sus compañeros de juerga habitual le debían a la alcahueta una respetable cantidad de dinero.

Al parecer, el día anterior a la denuncia, el aprendiz del herrero había tenido una discusión con su maestro y cuando escapaba del taller a altas horas de la madrugada, dispuesto a volver a su casa, vio a la anciana seguida de los dos pastores escurrirse por los soportales de la plaza y desaparecer en las puertas de la ciudadela.

No era muy difícil imaginar lo que debió pasar a continuación, pero por si fuera poco, al día siguiente, en medio de una monumental borrachera que Regino y Crisando pagaron en monedas contantes y sonantes, les contaron a sus amigotes que pronto dejarían de tener problemas de dinero.

—Interesante. —dije cuando la monja hubo terminado— Has hecho un gran trabajo.

—Gracias, aunque aun hay algo más. —me interrumpió Digna lanzándome una mirada enigmática.

—¿A qué te refieres? —pregunté yo suspicaz.

—Entre toda la gente con la que hablé también tuve una charla muy interesante con Domicio. —respondió ella provocando que se me erizasen los pelos de la nuca— Al parecer te encontró caminando y te llevó en su carro hasta aquí.

—¿Y?

—Que no pasó por alto las manchas de sangre que había en tu hábito.

—Es cierto, pero nunca lo he ocultado. Este trabajo no es agradable y en ocasiones no tengo más remedio que recurrir a la violencia. —repliqué simulando tranquilidad.

—Ya, pero Domicio estaba seguro de que algunas de esas manchas eran frescas, así que decidí investigar un poco. —añadió Digna sonriendo como una loba.

—Bueno, yo…

—No hace falta que mientas, tras hablar con Domicio cogí una mula prestada y fui hasta el lugar donde el boyero te recogió. Allí no había nada, pero un poco más adelante había unas huellas extrañas y cuando las seguí me llevaron al fondo de un arroyo donde había una especie de máquina infernal con un cadáver mediocomido por las alimañas dentro…

—Creo que ha llegado la hora de salir por patas, colega. —susurra Gerardo para sí mismo cuando Íker da paso de nuevo a los anuncios.

A su lado, Carla hace tiempo que duerme apaciblemente, acompañando las expiraciones con suaves ronquidos. En sueños se gira y se abraza a su cuerpo murmurando algo  antes de volver a quedarse totalmente inconsciente de nuevo.

Gerardo la observa meditando sobre la suerte que tienen de vivir en el presente, donde nadie puede llevar a una persona a la perdición sin pruebas y por un motivo meramente egoísta. Acaricia un instante su cabello y se concentra de nuevo en la televisión.

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