JANIS MULLIGAN

 

Los mandamientos de la casta

30 de diciembre de 2013.

David llegó casi con una hora de adelanto sobre la cita, tanto que Ángela aún estaba en la cama. Ginger le dejó sentado en el mismo sofá en el que ellas retozaron la noche anterior y entró a despertar a su amiga.

―           Cariño – dijo Ginger, sacudiendo fuertemente uno de los desnudos hombros de Ángela. – David ha llegado, arriba…

―           Mmmm… stá bien – gruñó, parpadeando y sentándose sobre la cama.

Cinco minutos más tarde, saludaba al chico mientras pasaba de largo para encerrarse en el cuarto de baño. Se había enfundado en unos gruesos leggins oscuros y un cortísimo jersey de lana que parecía pertenecer a una muñeca, ya que le dejaba el ombligo al aire al menor movimiento. David, a pesar de conocer la habitual temperatura de su amiga, se quedó de muestra. Para colmo, Ángela iba descalza por el apartamento.

Diez minutos más tarde, Ángela salió del cuarto de baño, con la cara lavada y totalmente despierta ya. Sonrió mientras Ginger le servía una humeante taza de fuerte té negro. Se quedó mirando al chico mientras daba un lento sorbo al líquido.

―           ¿Qué prisa tienes por acudir a esa cita, David? – le preguntó con algo de sorna.

―           No sé tú pero ese tío me acojonó ayer – se encogió de hombros levemente el chico.

―           Y eso que no te tocó el otro, el que me tumbó.

―           ¿Ese pie es de él? – le preguntó Ginger, señalando su pecho.

―           Ajá.

―           Chungo – musitó la asiática en una de sus aprendidas exclamaciones castizas.

―           Sí, muy chungo – cabeceó David. – Por eso mismo, no quiero llegar tarde.

―           Está bien, vale… nos vamos en un minuto. Deja que me coma una magdalena, coño – masculló Ángela, abriendo uno de los placares de la cocina.

Veinte minutos más tarde, un taxi les dejaba ante unos edificios de cuatro plantas, pasada la Rambla de Prim, en la calle Muret.

―           Tiene que ser ahí – señaló David con un dedo los ventanales iluminados.

―           Bueno, aquí pone Dr. Neru Bajandhi, cirujano, clínica De Santiago – Ángela leyó la tarjeta que Basilisco les entregó la noche anterior.

―           Justo ahí, ya te digo – David señaló esta vez el rotulo luminoso con el nombre de la clínica.

―           Intuí que pudiera ser médico al verle las manos – dijo ella, echando a andar.

―           Neru Bajandhi… ¿qué nombre es ese? ¿Hindú? – preguntó David, siguiéndola.

―           Puede – se encogió de hombros ella – aunque no tenía cara de indio, más bien de pakistaní o de por ahí.

Sin saber qué hacer exactamente, los dos jóvenes se acercaron al mostrador de recepción y mostraron la tarjeta de visita. La rolliza enfermera de melenita ceniza les sonrió y descolgó un teléfono interno, llamando al Dr. Bajandhi. Los chicos se sentaron en la coqueta sala de espera y Ángela repasó cuanto podía ver de la clínica. En su niñez, entró y salió de varios hospitales mientras intentaban descubrir lo que le pasaba. Después de eso, no había vuelto a entrar en uno y daba gracias a Satán por ello. No le gustaban en absoluto.

Sin embargo, aquella clínica estaba decorada con estilo alegre y moderno. Si no hubiera sido por las batas blancas y el olor a antiséptico que flotaba en el ambiente, nadie hubiera dicho que se trataba de una casa de dolor y enfermedad. Hasta los uniformes de las enfermeras y celadores que pasaban ante ellos poseían un toque dinámico.

“Tiene que costar una pasta que te arreglen aquí dentro”, se dijo.

El Ojeador apareció en la sala de espera, las manos dentro de los bolsillos de su bata blanca, la tarjeta identificativa colgando muy baja, casi sobre su cubierto ombligo. Aún siendo la misma persona, distaba muchísimo del hombre adusto y peligroso que habían conocido la noche pasada. Sonreía abiertamente al acercarse a ellos, con una mueca que mostraba unos dientes grandes y níveos. Sus ojos oscuros chispeaban con aparente sinceridad. Bajo la luz de los fluorescentes, Ángela se dijo que era un tipo enclenque y normalito, de bonita sonrisa y tez cetrina, pero nada más; nada que señalara el crudo poder que era capaz de ostentar en un momento dado.

Se detuvo ante ellos, sin sacar las manos de los bolsillos, y se balanceó sobre la punta de los zapatos, mirándoles.

―           ¿Trabaja aquí? – preguntó David, más por romper el silencio que por otra cosa.

―           Sí, esta clínica pertenece al clan Santiago. Este es uno de los puntos de sanidad para los adanitas de la zona – respondió el Ojeador, sin abandonar su pose.

―           Es bonito – reconoció Ángela.

―           No somos la sanidad pública, querida – bromeó el médico. – De todas formas, también hago rondas en el hospital de Sant Pau, así que puedo derivar a pacientes de un lado a otro, según interese.

―           Veo que lo tienen todo cubierto – sonrió Ángela, poniéndose en pie junto con David.

―           Somos una sociedad muy organizada y con mucha antigüedad. De hecho, mucho más antigua que la actual civilización humana.

―           Y con dinero, por lo que veo – esta vez fue el turno de David de remachar la cuestión.

―           Oh, por supuesto, mucho, mucho dinero… seguidme, es mejor continuar esta conversación en mi despacho – dijo alegremente el doctor, girándose y echando a andar.

El despacho en cuestión no era ni grande ni ostentoso, pero sí cómodo y acogedor. Un escritorio con todo lo necesario en ofimática, un par de archivadores de carpetas, una gran percha en un rincón, y una zona de descanso con dos sillones de cuero y un diván lo suficientemente grande y ancho como para retozar en él con cualquier enfermera sin tener que hacer equilibrios.

―           Sentaros – indicó el cirujano, señalando los sillones. — ¿Queréis beber algo? Tengo zumo, té, o quizás algo más fuerte…

―           No, estoy bien. Me he despertado hace poco – respondió la chica, sentándose en el diván con los pies recogidos bajo sus nalgas.

David negó con la mano mientras ocupaba uno de los sillones, el cual pareció gemir al acogerle.

―           Así que eres nocturna – el Ojeador se sentó en el otro sillón, cabalgando elegantemente una pierna sobre la otra.

―           Sí.

―           ¿Y tú? – el hombre giró los ojos hacia David.

―           No, yo no.

―           ¿Cómo te afecta el sol? – el médico volvió su atención de nuevo hacia Ángela.

―           Me quita las fuerzas y me adormece. Una vez, me quedé atrapada al sol. Me quedé como en coma y se me quemó la piel que tenía al descubierto. Tardé casi una semana en recuperarme – explicó Ángela, estremeciéndose al recordar lo sucedido.

―           No es el sol el que te adormece, es tu organismo.

―           ¿Ah, sí? ¿Por qué? – preguntó ella, muy interesada.

―           Intenta protegerte del dolor y el trauma que sufres al recibir los rayos del sol. Es como un anestésico natural. Les ocurre lo mismo a otros noctámbulos.

―           Todo un detalle – masculló Ángela.

―           Verás, los adanitas noctámbulos se integran en el Pueblo Llano. No podéis acceder a cualquier empleo ni desempeñar ciertos puestos. Vuestra fobia al sol os limita bastante la vida.

―           ¿Pueblo Llano? – esta vez fue el turno de David de interesarse.

―           La sociedad adanita se basa en el camuflaje, esconderse entre los humanos. Cuanto mejor puedas hacerlo, mucho mejor, más peldaños asciendes.

―           Entonces… ¿yo estoy en lo más bajo porque no puedo exponerme al sol? – las cejas fruncidas de Ángela no presagiaban nada bueno. – Es un poco racista, ¿no?

―           Puede ser, no lo discuto, pero así ha sido durante milenios. Aunque eso sí, los noctámbulos no son el peldaño más bajo, eso se lo dejamos para los Nidos.

Ángela y David se miraron pero mantuvieron las bocas cerradas. Cuero Viejo había hablado de un Nido…

―           Si no hubieras llegado a controlar tus cambios, David, habrías acabado recluido en uno de los Nidos – le señaló el Ojeador con un movimiento de su barbilla.

―           ¿Qué es eso? – el chico quería más información.

―           Digamos que es como una residencia donde los adanitas con aspecto no humano pueden estar a salvo. Allí viven sus vidas, se casan, forman sus familias y son felices, sin tener que sufrir la persecución de la Sociedad Van Helsing o de los humanos. Como podéis imaginar los Nidos están muy ocultos, en sitios apartados, fuera de la sociedad humana.

―           ¿Están aislados, como anacoretas? – las uñas de Ángela se clavaron en el suave cuero oscuro del diván.

―           Algo así, sí – asintió el Ojeador. – Pero disponen de todo el confort y última tecnología. Están al tanto de lo que ocurre en el mundo, disponen de acceso a la red, de los últimos estrenos, de cuanto pueden desear. Incluso mucho de los adanitas normales han formado pareja con un morador del Nido y se han mudado a ese aislamiento voluntariamente. Puedo garantizar que no se trata de un gulag ni nada parecido.

―           Pero están exiliados…

―           ¿Y qué aconsejas tú? Imagina que tu amigo fuera lobo constantemente, sin posibilidad de asumir aspecto humano, pero con una mente totalmente clara y despierta… ¿le condenarías a vivir en una jaula, a simular ser una bestia, o le animarías a marcharse a algún lugar protegido junto con otros adanitas que le comprenden y le aceptan? ¿Cuál es la mejor opción?

Ángela encogió un hombro mientras miraba fijamente a David.

―           Un Nido recoge a varios de estos individuos, hermanándoles aún más, haciendo que la mutua compañía les traiga consuelo, una posibilidad de ser felices y de continuar con sus vidas. Están juntos, apoyándose en los momentos difíciles, y gozan de total seguridad. Ningún humano puede meter sus narices dentro del Nido. Cada Nido dispone de todo el confort de un apartamento, de varios acres de terreno circundante, de protección y vigilancia a cargo de otros Castas que les suministran cuanto necesitan, desde alimentos, medicinas, ropas, ocio…

―           Sí, es una buena solución – asintió David, tras darle vueltas en su cabeza.

―           Como he dicho, el estatus de la Casta se rige por la capacidad innata de sus individuos para infiltrarse en la sociedad humana. Los miembros de un Nido no tienen posibilidad alguna de ello, por lo cual son lo más bajo en el escalafón. Después, están los noctámbulos y luego los cambia pieles como tú – el Ojeador señaló con un dedo a David.

―           ¿Y el chico indio, el de la tienda? ¿Qué es él? – preguntó Ángela.

―           También pertenece al Pueblo Llano. Veréis, una vez que sales de los peldaños más bajos debido a las intolerancias y fobias, la Casta se rige por la cantidad y calidad del don que tiene el individuo. Kerji tiene un poder insignificante, bueno para espiar pero irrelevante para cualquier otra cosa. Así que es agrupado en el Pueblo Llano.

―           Ya, comprendo – asintió Ángela con la cabeza. – ¿Se puede ascender a otros peldaños?

―           Se dan muy pocos casos de adanitas que han ascendido. Son más los que han descendido, o mejor dicho, degradado. Recordad que somos, ante todo, depredadores. Durante miles de años, nos hemos alimentado de los humanos, de una u otra forma. Así que los más fuertes y sigilosos son los mejores, los que están arriba en la pirámide. Cuanto más pura sea la línea de descendencia, más poder será capaz de manejar el adanita.

―           ¿Algo así como la aristocracia?

―           Sí, de hecho llamamos a ese peldaño Alta Cuna.

―           Pueblo Llano y Alta Cuna – murmuró David. – Esto parece una lección de historia sobre la Revolución Francesa.

―           ¿Existen más peldaños? – el ceño de la rubia se había relajado. Ahora, estaba más interesada en aprender más datos.

―           No, sólo divisiones internas. En el Pueblo Llano hay muchos adanitas con poderes muy leves, casi inexistentes debido a mestizajes degradados, a retrocesos evolutivos, y a otras cosas que ahora no vienen al caso. Algunos apenas se diferencian de un humano más que por el brillo de los ojos en la oscuridad o porque tiene el lóbulo de las orejas un poco más grande de lo habitual. No todos los adanitas tienen porque ser ominosos o monstruosos; muchos de ellos viven como un humano más, salvo quizás por algunos años más de existencia.

Ángela asintió. Uno de sus dedos se paseaba inconscientemente sobre la tela del leggin, arriba y debajo sobre el muslo de la pierna que cabalgaba sobre la hermana, agitándola levemente en un movimiento nervioso.

―           Ella tiene más de sesenta años – David señaló con el pulgar a su amiga.

―           Ahí está la prueba. ¿Qué has tenido que hacer para esquivar las preguntas?

―           Huir – suspiró Ángela. – Huí de mi familia y he huido cada cierto tiempo de cuantos me conocían.

―           Y sin la ayuda de una infraestructura como la nuestra, siempre has tenido que empezar de cero, manteniéndote oculta como has podido – explicó el Ojeador, abriendo las manos.

―           Así es.

―           Eso se acabó ya. Ahora perteneces a un clan, tu nombre y tu don estarán en los archivos muy pronto. Se te buscara destino y alojamiento cada vez que debas cambiar de asentamiento. Tus cuentas bancarias serán redirigidas y volcadas en otras nuevas. Tendrás diferentes identidades a tu disposición, todas activadas y reales, con número de identificación y tarjeta social. Dispondrás de una atención sanitaria completa y especializada, pues esos médicos y expertos son adanitas también…

Mientras Ángela le escuchaba, sus ojos estaban clavados en uno de los cuadros abstractos que colgaban en las paredes. Aquellas palabras estaban taladrando su mente, sin piedad. Se había resistido a formar parte de todo aquello, pero ella sabía perfectamente que esa decisión provenía de sus años de soledad, de penurias, que habían forjado su carácter rebelde. ¿Cuántas veces había estallado en lágrimas, sola en la oscuridad, pensando precisamente en cuanto carecía, en todo lo que necesitaba y no conseguía reunir?

―           Visto así – murmuró.

―           ¿Cómo? – el Ojeador enarcó una ceja, sin haber entendido el murmullo.

―           No sabíamos que todo esto era tan enormemente intrincado – medió David.

―           Sí, creí que se trataba de poco más que una banda de seres raros – sonrió Ángela, agitando una mano. – Pero…

―           Sé lo que sientes, pequeña… — la cortó el médico. – Has estado sola toda tu vida, tomando duras decisiones por tu cuenta y riesgo. Nadie te ha enseñado a ser Casta y, sin duda, has aprendido por las malas. Ahora, te cuesta muchísimo entregar esa independencia a un tío al que no conoces de nada, ¿verdad?

―           Joder, ¿es que eres telépata? – se asombró ella.

―           No, pero es fácil llegar a esa conclusión a poco de conocerte. Escúchame… te garantizo que no vas a perder nada de tu autonomía. Seguirás haciendo tu vida, tal como es ahora mismo. Sólo aseguramos tu porvenir a cambio de disponer de tu don en caso de necesidad.

―           Eso es lo que me jode… coño, no sé cómo llamarte… ¿maestro Ojeador? ¿Dr. Bajandhi?

―           Llamadme Basilisco, es mi nombre Casta.

―           Bien, Basilisco. Esa disposición es la que me asusta. ¿Qué pasará si, en un posible futuro, me he asentado definitivamente, incluso comparto mi vida con una pareja, y de repente me necesitáis? ¿Debo dejarlo todo y asumir mi deber?

―           No funciona así y menos con tu nivel de poder. No niego que es una situación que se ha dado ya, pero siempre se ha tratado de un adanita de Alta Cuna, con deberes y derechos preestablecidos, o bien de alguno de esos “miembros especiales” de los que no debo hablarte. Un Casta de tu nivel no debe temer esos casos. Todo lo más, tendrías que cambiar de residencia porque se te enviaría a otro lugar. Quizás ni eso siquiera, con unas vacaciones bastaría. Se investigaría a tu pareja, si la tuvieras. En el caso que no fuera adanita, se te buscarían coartadas para todos tus movimientos… En fin, como puedes comprender, ya se ha pensado en todo para facilitar cualquier situación. Y recalco esto último, ni siquiera podemos necesitarte, por lo que no se te molestaría nunca. Esto no es más que un registro de cuanto adanita nace para tenerles localizados y poder protegerles.

David estaba muy atento a las palabras del maestro Ojeador. No pudo descubrir ninguno de los síntomas que marcaban a un orador como mentiroso o engañoso. Basilisco parecía muy calmado y sincero. Sus latidos eran regulares y firmes y su explicación de lo más lógico.

―           Vale, vale – Ángela alzó las manos, como si se rindiera en una confrontación. – Nos has convencido, ¿verdad, David?

―           Po zi – el chico encogió sus poderosos hombros.

―           ¿Qué hacemos? ¿Debemos firmar algo? – preguntó ella y aprovechó para cruzar la otra pierna.

―           Meteré vuestros nombres y datos en la base del clan Santiago. Os haré unas preguntas referentes a vuestro pasado, a vuestras familias, qué síntomas padecisteis con el Cambio, y sobre cuanta sangre habéis ingerido hasta el momento – explicó Basilisco, levantándose y dirigiéndose hacia su escritorio, tras el cual se sentó.

―           Pues eso… hacernos el padrón – dejó caer Ángela con una risita.

―           Mientras empiezo con David, ¿por qué no te lees esto, Ángela? – Basilisco sacó un folio plastificado de un cajón y lo dejó sobre el escritorio.

Ángela se levantó y tomó la misiva mientras David se sentaba a una de las sillas frente a la mesa. Tan solo estaba mecanografiado por una cara y estuvo a punto de soltar una carcajada cuando leyó el título.

LOS MANDAMIENTOS CASTA.

Pero al empezar a leerlos, la simplicidad con la que se definía el texto la hizo reflexionar:

No beberás sangre de otro Casta.

No subyugaras a otro Casta.

No tomarás drogas humanas junto con sangre.

No delatarás a ningún hermano.

No revelarás la existencia de la Casta.

Respetarás la decisión de tus mayores.

Prolongarás tu progenie a cualquier precio.

No tomarás Conversos sin supervisión.

Ningún humano es más importante que un Casta.

Toda disputa de sangre entre Castas será confrontada en el Duelo.

 

En una sociedad depredadora como era la Casta, estas sencillas y básicas normas facilitaban la vivencia entre sus miembros. Mantenía la jerarquía en su sitio y los valores pertinentes de los adanitas. No, no era motivo de risa.

―           ¿Por qué no se puede tomar drogas con sangre? – preguntó, cortando la propia respuesta de David.

―           Quería comentar los mandamientos otro día, pero puedo adelantarte que la sangre, como sabrás, ya nos pone en un estado eufórico, muy excitado a la mayoría – respondió Basilisco, dejando de teclear y mirándola.

―           Sí, lo sé.

―           No, no lo sabes. Según me has contado, tú sólo tomas sangre por necesidad, para mantenerte activa.

―           Claro.

―           La sangre es el combustible de nuestros poderes. Cuanto más los uses, más sangre necesitaras y más frecuentemente.

―           Hasta ahí había llegado – sonrió Ángela.

―           Desde hace unos trescientos años, la sangre ha pasado a ser una cuestión de ocio, un vicio, para cierto colectivo Casta. Unos la toman como ritual, otros sólo por “venirse arriba” como dicen, pero el caso es que la toman sin ninguna necesidad por lo que sus cuerpos no la asimilan inmediatamente, tal y como lo haces tú. Se almacena en su vientre, en sus enzimas, es succionada por nuestras especiales glándulas, con lo cual los efectos de la sangre duran mucho más tiempo, siendo mucho más intensos también.

―           O sea que… si a ese estado alterado le añades el efecto de las drogas humanas – continuó Ángela por sí misma. — ¡Se le puede ir la olla a más de uno!

―           O sufrir una especie de sobredosis adanita a la que llamamos El Hambre.

―           Joder, qué mal suena eso – rezongó David.

―           Aún es peor sufrirla o ser testigo – masculló Basilisco. – Creedme, no mezcléis drogas y sangre, por vuestro bien. He visto jóvenes adanitas devorar literalmente a sus chicas bajo la locura del Hambre. El problema es que cuando se serenan, recuerdan cada cosa que han hecho…

―           ¡Oh, Dios! – la boca de David se había secado de repente.

―           No sé, yo recuerdo haberme alimentado y haber fumado maría justo después – dijo Ángela, aún de pie con la lista en la mano.

―           Hablo de drogas mayores, no de un puto porro de hierba – matizó Basilisco. – Cocaína, heroína, éxtasis, opio…

―           Entendido – asintió la rubita.

―           A ver, dame eso – David se levantó de la silla y le arrancó el folio plastificado de la mano de un manotazo.

―           Te toca, Ángela. Siéntate. Tu nombre completo…

―           Ángela María Nuñez de Alba.

―           Vaya todo un apellido con resonancia aristocrática – sonrió Basilisco-

―           No lo sé ni me importa – dijo ella secamente.

―           Vale. ¿Fecha de nacimiento?

―           Mil novecientos cincuenta. Dos de noviembre.

―           Ajá. Así que tienes ahora mismo – el hombre entornó los ojos al hacer el cálculo. – Sesenta y cuatro años. Tienes buen aspecto, niña.

―           Quizás la condesa Bathory no andaba desencaminada y la sangre mantiene la tersura y juventud – dijo ella con un encogimiento de hombros.

―           Creo que era adanita, pero no estoy seguro – confesó él.

―           ¿Qué es eso de subyugar? – preguntó David.

―           Ya te hablé de lo que hacen mis mordiscos a las personas. ¿No te acuerdas de lo bien que se lo pasó tu amiga Rissie, en el Porca Miseria?

―           Oh, sí – los ojos de David se iluminaron durante un segundo al recordar aquel memorable trío.

―           Algunos adanitas son tan poderosos, mentalmente, que son capaces de subyugar a otros Castas como si fuesen humanos. Es algo reprobable y punible por nuestra sociedad – explicó Basilisco tranquilamente. – Puede llevar a la total exclusión de un miembro. Sigamos. ¿tienes hermanos?

―           Sí, uno. Tony. Es cuatro año menor que yo.

―           ¿Recuerdas ver algo significativo en tu familia que ahora relaciones con la fisiología adanita?

―           No, nada que yo recuerde.

―           ¿Cuándo te sobrevino el Cambio?

―           Con trece años.

―           ¿Qué pasó?

―           Creí que me moría. El sol me quemaba, los médicos especulaban con extrañas leucemias. Me cambiaron toda la sangre un par de veces, lo cual mejoró los síntomas durante un tiempo. Ahora lo comprendo, claro, era como si hubiese bebido sangre…

―           Así es. Ten en cuenta que en el Cambio se activan todas las glándulas del cuerpo, tanto las humanas como las adanitas, lanzando al torrente sanguíneo un montón de enzimas, proteínas, y moduladores genéticos que activan poderosamente el cuerpo. Es natural que se necesite el doble de sangre para suplir la energía necesaria.

―           Al final tuve que abandonar a mi familia para no atacar a mi hermanito. Fue cuando descubrí mi fuego interno…

―           ¿Qué es eso del fuego interno? – se interesó Basilisco.

―           Por lo que has explicado de los adanitas, creo que ese es mi auténtico don… pirokinesis…

―           ¿QUÉ? ¿Eres pirokinética y no me lo has dicho? – tanto ella como David quedaron sobresaltados por el rugido de Basilisco.

―           A ver, tío, que nos conocimos ayer y no de una forma muy civilizada – abrió Ángela sus manos en un gesto chulesco y cortante.

―           Está bien, está bien. Siento mucho haber gritado – Basilisco se echó hacia atrás en su sillón basculante, aflojando el botón del cuello.

No quería indicar de manera alguna que estaba muy sorprendido. Había creído que la chiquilla era una Casta base, con un simple incremento muscular, y ahora resultaba que era todo un inductor pirokinético. Tenía que ver de lo que era capaz, pronto.

―          ¿Controlas ese fuego? – preguntó muy suavemente Basilisco.

―          Cada vez mejor aunque llega un punto en que siempre se descontrola – reconoció ella.

―          ¿Cómo aparece?

―          Cuando me alimento de sangre. Mi sangre comienza a hervir literalmente. Debo dejarlo salir por alguna parte pero pronto descubrí que el sexo me calma rápidamente, bajando la presión.

―          La calentura más bien – se recochineó David.

―          Lo que sea – sonrió ella.

―          ¿Así que controlas los efectos follando? – se sorprendió de nuevo el Ojeador.

―          Sí, cuanto más sucio más rápido se aplaca.

Basilisco miró a Ángela a los ojos. No era ninguna broma, lo decía seriamente. La rubia controlaba el exceso de calor follando como una guarra, se dijo. Dios santo, era lo más increíble que había escuchado nunca, y eso que ya le habían soltado unas cuantas cosas.

―           ¿Puedes acceder a ese fuego en cualquier momento o solo cuando te alimentas?

Ángela no contestó, tan solo alargó una mano que se cubrió inmediatamente de llamas azules y amarillas, parecidas a las del gas butano al arder. El Ojeador contempló aquello con la boca abierta. La mano de la chica no temblaba en absoluto, como si no sintiera la temperatura; tampoco las llamas se incrementaban ni se agotaban, manteniendo el control de su potencia. Y lo más extraño de todo, la piel de su mano no parecía afectada lo más mínimo.

―           ¡Joder, joder! – masculló, escribiendo una larga parrafada en la base de datos.

Detrás de Ángela, David se inclinó sobre ella y la chica extinguió el fuego de su mano. Su compañero le señaló algo en otro punto de aquellos extraños mandamientos.

―           Ah, sí. Antes también me lo pregunté. Basilisco, ¿a qué se refiere con Converso? – preguntó Ángela, cambiando de pierna para cabalgar.

―           Bueno, eso es algo que sólo afecta a las Castas de Alta Cuna. Son capaces de despertar ciertos genes recesivos en humanos no considerados como Durmientes. Humanos que tienen cierta afinidad con la Casta pero cuyos genes nunca se activarían por sí solos.

―           ¿Y? – dejó escapar David, el cual aún no lo pillaba.

―           Pues que convierten a humanos en adanitas, tonto – contestó Ángela, girando el tronco hacia él.

―           ¿En serio? ¿Se puede convertir a humanos en Casta? – parpadeó él. Si así era, quizás tendría una posibilidad con Mirella…

―           Sólo si ese humano posee algún gen adanita. ¿Es que no escuchas?

―           ¿Y eso cómo se sabe? ¿Con un análisis? – preguntó de nuevo, esperanzado.

―           No, no sabríamos qué buscar. Es algo al azar hasta ahora. Ni siquiera el mejor de los Ojeadores es capaz de averiguar quien tiene parte de adanita en sus genes – explicó Basilisco con un suspiro. – Los Durmientes son otra cosa. Ya son adanitas, sólo que aún no han dado el último paso. En mi cado, puedo oler las enzimas en su sangre, distinguir detalles en sus movimientos que me permiten saber… pero en absoluto puedo analizar sus cadenas genéticas… como he dicho, es puro azar hasta ahora.

―           ¡Vaya mierda! – exclamó David.

―           Si lo dices por querer cambiar a tu novia humana, no te creas que es tan fácil – le sorprendió el Ojeador.

―           ¿Cómo lo sabes?

―           No hace falta ser brujo para adivinar lo que estabas pensando. Tradicionalmente, los Conversos son parientes de adanitas o fieles servidores. A unos y a otros, la Alta Cuna trata de recompensarles por sus servicios, por una incondicional confianza y ayuda. Cuando estos humanos ven lo que puede hacer su maestro, los inexplicables milagros que lleva a cabo, la superioridad que le embarga en cada uno de sus gestos, muchos están dispuestos a arriesgarlo todo para ser iguales. Por supuesto, los parientes tienen muchas más posibilidades de conseguirlo, siendo como tal una cuestión genética, pero aún así todo depende de un factor de probabilidades.

―           ¿Y cómo se lleva a cabo una cosa así? ¿Cómo la creación de vampiros en las pelis? – esta vez fue Ángela la que preguntó, con su tono socarrón de siempre.

―           Bueno, al igual que la Casta es el origen de muchas leyendas humanas tales como vampiros, hombres lobos, o bigfoot, por poner un ejemplo… la Conversión también quedó reflejada en los cuentos populares. Tienes razón, es algo parecido. El Converso consigue algunos de los dones de su maestro, por lo que jamás puede llegar a superarle. Igualmente, un adanita de menos nivel no puede Convertir a nadie si no dispone de un don relevante. En todo caso, tras la ingestión de sangre de su maestro y otros pasos que desconozco, el humano pasa por un Despertar intenso y doloroso que le transformará en un Casta más, aunque siempre de menor pureza. En una palabra, vivirá menos que nosotros y no podrá subyugar apenas a los humanos, pero, en otras cuestiones, será idéntico a un adanita.

―           Entonces, ¿eso del mordisco de un hombre lobo es…? – David disparó su último cartucho.

―           Sí, es parte de la Conversión. Por eso mismo, las leyendas hablan de unas personas que se transforman y otras no, aún en idénticas situaciones, porque todo está inmerso en su código genético – asintió Basilisco. – Pero te aconsejo que busques más documentación o que hables con algunos de los ancianos de la Casta antes de morder a tu novia, porque yo no estoy al tanto de todo el proceso, en serio. He escuchado algunas historias sobre los humanos que no pasaron la Conversión y no es algo… que quieras que le ocurra a la persona que amas.

David le miró con ojos redondeados por la sorpresa. No había pensado que podía ocurrir algo malo también.

―           ¿Qué les ocurre? – preguntó con un carraspeo.

―           Digamos que, sea de la forma que sea, inoculas un poderoso transmutador o detonador genético, llámalo como quieras. Si es el organismo adecuado, activará genes adormecidos que se ocuparan de los cambios físicos, de regular la nueva naturaleza del cuerpo. Pero, ¿y si esos genes no se encuentran en su organismo para amortiguar el impacto de la ponzoña que acabas de meterle a esa persona? En el mejor de los casos, pasará una infección vírica considerable; en el peor, morirá envenenada por su propio cuerpo.

David tuvo que sentarse en la silla compañera, al lado de Ángela. La súbita esperanza que había nacido en su mente, se licuaba a través de sus poros. Ángela alargó una mano y le tomó de la muñeca.

―           No te preocupes, David. Ya hablaremos con alguien que sepa más detalles y veremos qué podemos hacer.

El asintió y quedó callado mientras Basilisco completaba la ficha de la rubia.

―           Bien, de momento ya tengo lo suficiente para empezar – dijo el Ojeador al cabo de un rato. – Por lo que tengo entendido, no necesitáis un hogar pues queréis seguir viviendo donde estáis. Aquí tengo una tarjeta de la clínica de Santiago para cada uno. Cualquier cosa que os pase, que sintáis, venid aquí a cualquier hora. Dentro de unos días, recibirás documentos de identificación válidos, Ángela.

―           Eso está bien. Podré darme de alta en Hacienda – bromeó ella.

―           En cuanto a lo demás, os citaré para otro día y en otro lugar. Debo comprobar vuestros dones y valorizarlos. Os entrenaré si lo considero oportuno.

―           ¿Nos llamaras pequeño saltamontes? – preguntó ella, con un mohín.

―           Menos cachondeo.

Ángela y David no tomaron ningún taxi para la vuelta, prefiriendo pasear por la Gran Vía de las Cortes Catalanas en dirección a la avenida Diagonal, pasando por delante de la torre Agbar, y finalmente bajando tranquilamente atravesando l’Eixample.

―           ¿Qué piensas de todo eso? ¿De Basilisco? – le preguntó ella, aferrada a su brazo más por comodidad que por frío.

―           No lo sé, todo da muchas vueltas en mi coco – suspiró David.

―           Sí. Creo que ha sido mucha información de golpe.

―           Cuando ese cabrón de Cuero Viejo nos habló de la Casta… no sé… me sonó como si fueran alienígenas, ¿sabes? – confesó él – pero, ahora…

―           Lo ha humanizado todo, ¿te refieres a eso? – contestó ella, deteniéndose en un semáforo.

―           Sí, esa es la palabra. Ahora lo veo todo más cercano a mí.

―           Bueno, al fin y al cabo somos una subespecie de la raza humana, así que podemos llamarnos así también.

―           Sólo que más malotes, ¿no? – la pellizcó en un flanco al decir eso.

―           ¿Y de él? ¿Te fías de él?

―           No veo por qué no, tú y yo no somos nada, no valemos nada… ¿qué ganaría con hacernos daño? Es mucho más lógico creer en cuanto nos ha contado. Además, las cosas empiezan a cuadrar mucho mejor con toda esa información.

―           Sí, en eso tienes razón – asintió ella, echándose a cruzar el paso de peatones. – Pero no me gustó su mirada cuando le dije que podía controlar el fuego.

―           ¿Quién sabe? A lo mejor, es quien dirige a los bomberos de Barna – el comentario les hizo reír a los dos.

―           Tienes razón. No sirve de nada preocuparse. Lo que tenemos que hacer es conocerle mejor, saber más cosas de él… así podremos verle venir.

―           Ahí está de nuevo mi coleguita la vampira. Con dos cojones, tía… pero ¿y si, después de todo, resulta ser un buen tío?

―           Pues le pediré disculpas, muy modosa, y me lo tiraré – respondió ella con todo desparpajo.

CONTINUARÁ…

 

2 comentarios sobre “Ángel de la noche (15)

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