ALEX BLAME

 

El juicio

Cuando salí de la tasca, el cielo se había cubierto de nubes plomizas, presagiando una tarde tormentosa. Las calles estaban desiertas. El pueblo se había paralizado y todos sus habitantes se habían reunido en la nave principal de la iglesia donde se celebraría el juicio.

Úrsula ya había sido trasladada y permanecía de pie, encadenada a una anilla que había sido fijada a una columna, a la derecha del altar. Le habían colocado un sambenito blanco con una aspa roja y el delito por el que era acusada burdamente escrito en el frente por toda indumentaria. A pesar de que aquella túnica era un trozo de lino áspero y mal cortado, no podía ocultar la esbeltez del cuerpo de la acusada.

Durante un instante me miró, intentando adivinar su futuro en la expresión de mi cara, pero yo la observé con el rostro pétreo, intentando exorcizar los pensamientos cargados de lujuria que el relato del alcalde y las curvas de la mujer habían despertado en mí.

Recorrí las filas de bancos, ignorando las miradas de temor y curiosidad de los habitantes de la villa, con la mirada fija en el altar donde se había improvisado el  tribunal.

Delante del altar había tres sitiales, dos de ellos ya ocupados por el párroco y el alcalde y el del centro reservado para mí.

Sin más ceremonias, me persigné un instante ante el altar y tomé asiento, dando permiso al padre Daniel con un sencillo gesto para que pidiese a Dios, con una sencilla oración, que la justicia brillase aquel día y acabase con los impíos.

El párroco terminó su oración y tras una sencilla bendición se sentó, dejando que yo tomase el mando. Era la hora de acojonar un poco al personal.

Me levanté de mi sitial y metiendo las manos en las mangas del hábito lancé una mirada apocalíptica a todos los presentes. Podía sentir el temor recorriendo el espíritu de todos los presentes y no pude evitar regodearme unos instantes en la intensa sensación de poder.

—Hermanos, estamos reunidos aquí para juzgar a una mujer por brujería. —empecé con un tono de voz bajo y resonante— Algunos de vosotros pensarán que esto es un vulgar trámite. Que me limitaré a llamar a los testigos, hacerles un par de preguntas y preparar una divertida barbacoa. Nada más lejos de mis intenciones…

—Cuando adopté estos hábitos, juré a Dios hacer su obra. —añadí tirando brevemente de mi indumentaria— No se me ocurre ninguna tarea más ingrata que la que me ha tocado, siempre en contacto con el mal y la corrupción, pero es la que Dios me ha encomendado y me he propuesto hacerla lo mejor que pueda. Cuando terminemos este juicio, no solo yo, sino todos los presentes, con la ayuda del Altísimo, —alcé la mirada a la bóveda del templo— estaremos convencidos de la inocencia o culpabilidad de la acusada.

Terminé mi escueto alegato con una teatral mirada a Úrsula y me senté mientras el alcalde llamaba al primer testigo.

Regino se acomodó en la silla de madera y esperó mi primera pregunta. Aquel hombre no me interesaba. Tanto él como su amigo tenían básicamente el mismo testimonio y estaba claro que aquel era el listo, así que le despaché con un par de preguntas que confirmaban su testimonio.

Al ver como había tratado a su amigo, Crisando se sentó relajadamente en la silla. Me miró fingiendo respeto y se hurgó la nariz antes de atender a mi primera pregunta:

—Según tu testimonio, la acusada enveneno a tus ovejas y las de tu amigo.

—Así es. —respondió el testigo asintiendo con la cabeza.

—¿Y cómo lo hizo exactamente? —pregunté.

—Pues… Ya sabe, venía con cualquier excusa a cualquier hora. Hacia signos raros en el aire y echaba polvos raros en el suelo donde pastaban nuestras reses.

—Entiendo, lo que yo me pregunto es cómo demonios la visteis hacer eso si os pasáis la vida jugando a los dados y bebiendo como camellos en esa asquerosa tasca.

Crisando abrió los ojos y balbuceó sin saber que responder, yo le dejé un momento más para que todo los presentes fuesen conscientes de su confusión.

—Vale, dejemos eso de momento y continuemos. —dije levantándome— ¿Qué les pasó exactamente a tus ovejas?

—Bueno, después de que la bruja…. es decir Úrsula las visitara, adelgazaron y murieron. Nuestros corderos salían raquíticos mientras los suyos crecen orondos y sabrosos.

—Sí, en eso tienes razón. Pero he visitado estos días las dos propiedades, la tuya y la de la acusada. La de Úrsula es una pradera a la orilla del río, con comida abundante y agua mientras que la tuya es una pedazo de tierra pedregosa  y árida. Cuando miré tus ovejas no las vi tan mal, quizás si  tu amigo y tú pensaseis en beber menos y llevarlas  a pastar de vez en cuando al monte, quizás no se hubiesen muerto de hambre.

El pobre estúpido tragó saliva consciente de que todos los vecinos de la villa sabían que lo que acababa de decir era mucho más probable que la posibilidad de que Úrsula hubiese envenenado a sus ovejas.

—¿Sabes que los acusadores tienen derecho a repartirse las propiedades de la acusada si esta resulta ser culpable? —pregunté yo— Y recuerda que no soy solo yo, Dios también te está haciendo la misma pregunta.

—Supongo que algo nos han contado…

—Así que si sentencio a muerte a esta mujer, por fin tendréis tu amigo Regino y tú una bonita pradera donde vuestras ovejas podrán medrar sin necesidad de vuestra vigilancia.

Crisando no respondió. Se limitó a mirarme como un perro apaleado un instante antes de bajar los ojos.

—Gracias, Crisando, puedes retirarte… De momento. —dije invitándole a abandonar el estrado.

Todos los presentes siguieron entre risas y murmullos la retirada cabizbaja del hombre del estrado. Crisando volvió a ocupar su sitio al lado de su colega, que le propinó un codazo y le susurró unas frases al oído. Por la cara que había puesto el pastor, podía imaginar que no era nada bonito.

¡Así se hace chaval! —exclama Gerardo— Enséñales a esos hijos de puta a quemar brujas de verdad. Cerdos incultos.

—Mmm, cariño. ¿Qué diablos estás diciendo? —dice su mujer adormilada— ¿Todavía estás viendo esa mierda? Apaga, por favor. Es tardísimo y mañana tenemos que trabajar.

—Quita, quita, que está en lo más interesante. Duerme y déjame escuchar.

Íker se ha callado un instante, como si supiese que Gerardo ha sido interrumpido. Mira a la cámara con aire mesiánico y continúa de nuevo con la lectura.

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