JANIS MULLIGAN

 

Basilisco

28 de diciembre de 2013.

Kerji echó un vistazo al mostrador de perfumería ante el que se habían detenido sus objetivos. La chica al cargo le sonrió con esa mueca automática de vendedor hastiado. Aún así tuvo que reconocer que era mona para ser occidental pero muy alejada de su tipo de mujer.

Contempló sin disimulo a la pareja que debía espiar. No tenía por qué disfrazar su presencia ya que se encargaba de borrar de sus mentes el recuerdo de su presencia cada vez que cambiaban de lugar. Prácticamente era como si vieran por primera vez a un chico espigado y joven, de raza indo asiática, con el oscuro pelo largo que le caía livianamente sobre sus ojos.

Llevaba varios días tras aquella pareja en cuestión, sobre todo controlando al macho. Incluso para él, que no tenía ninguna aptitud para reconocer la Casta, resultaba evidente que se trataba de un adanita, un hermano. Sus movimientos, su ligereza al caminar, la forma en que husmeaba el viento inconscientemente, todo ello y algunos detalles más le señalaban como tal.

Además, si su jefe le había asignado la tarea de captar sus recuerdos es que era, sin duda, candidato para el clan. Kenji, a pesar de su aspecto juvenil, hacía tiempo que había dejado atrás la adolescencia. Su inusual don llamó, en su momento, la atención del Ojeador, quien le tomó como ayudante. Para Kerji resultó ser todo un triunfo porque no era un Casta relevante, ni en su don ni en su nacimiento. Pertenecía al Pueblo Llano, sin padres de línea sanguínea pura y sin aptitudes físicas apreciables. Sólo disponía de su mente y su capacidad de visionar y succionar recuerdos, tanto de humanos como de adanitas.

Por eso mismo seguía a aquel tipo y a su novia. El Ojeador quería conocer más de él antes de reclamarle. Sin embargo, su don estaba limitado a las últimas veinticuatro horas de vivencia del sujeto. Más allá, todo quedaba oculto en una niebla densa y molesta que impedía cualquier investigación. No es que Kerji pudiera leer la mente, no, nada de eso. Ni siquiera si el sujeto recordaba un evento pasado en el mismo momento que Kerji estuviera a su lado, podría verlo. Más bien se trataba de acceder al hipocampo, la zona del cerebro que almacena los detalles de la memoria a corto play y descifrar lo que contenían las neuronas de dicha área sin tener que depender del pensamiento consciente.

La joven frotó la parte interna de sus muñecas con una muestra de perfume y tendió una hacia su novio adanita para que oliera. Éste consiguió retener un súbito estornudo a consecuencia del penetrante aroma pero sus labios mostraron una amplia sonrisa al abrazarla juguetonamente.

El espía Casta pescó un nuevo recuerdo de la chica, un recuerdo que mostraba una escena de cama de la noche anterior y la absoluta certeza de haber disfrutado como nunca.

“Vaya, por lo visto este tío es una máquina sexual”, se dijo Kerji con ironía. “Todo lo que esa chica recuerda es placer y locura.”

A pesar de lo divertido que era descubrir los recuerdos de la chica, los que importaban de verdad eran los que guardaba el moreno y musculoso adanita que la acompañaba. Y, a decir verdad, Kerji no estaba teniendo demasiada suerte en ello.

Parecía que no utilizara demasiado su don o quizás era que se ocultaba por algún motivo, ya que pertenecía a la familia de los metamorfos. Sólo había conseguido varios recuerdos de impresiones sensoriales: aromas increíbles, sonidos extraños, y hasta un sabor de algo que no había probado jamás.

“¡Ese tío lleva más de un día sin cambiar a su parte animal!”, masculló interiormente el espía. “¡No es serio! ¿Qué clase de Casta es?”

Sabía que era un licántropo porque había conseguido recuerdos de ello en días anteriores pero apenas tenía datos significativos para llevar ante su jefe. Era como si fuera renuente a usar el don que Dios le había dado. ¡Que idiota!

―           Te invito a buñuelos, Mirella – exclamó de repente el adanita, tirando de la mano de su chica.

―           No, no, nada de dulces, David. Tengo que controlar mi peso – respondió ella con un mohín.

―           Anda, mira la gorda – bromeó él, haciéndole cosquillas en un costado.

Ella se sonrojó, mirando a los lados por si alguien había escuchado el comentario. Sus ojos pasaron por encima de la enjuta figura de Kerji casi como si no existiera. Para ella tan sólo era un rostro más en unos grandes almacenes. El indio sonrió, pensando que una tonta humana no representaba problema alguno para él.

Dos horas más tarde, cuando Kerji salió de nuevo a la calle en pos de la cada vez más acaramelada pareja, ya estaba anocheciendo. El rutilante alumbrado de Navidad de la fachada del Corte Inglés iluminaba la calle de La Marina, a espaldas de la Sagrada Familia. Las aceras estaban llenas de gente aún en busca del perfecto regalo de Reyes.

Kerji no detectó que le vigilaban a su vez y siguió caminando tras la pareja. Ángela estaba encaramada a una balconada frente a los grandes almacenes, pendiente de los pasos de su amigo David y de su novieta Mirella.

Ella, fuera del radio controlador del indio, sí le reconoció inmediatamente como el tipo que llevaba varias tardes detrás de ellos. Siseó molesta e, instintivamente, los colmillos surgieron de los alvéolos que los contenían. Odiaba que David tuviera razón porque eso significaba nuevos problemas. Sin embargo, aquel tipo no tenía un aspecto peligroso, así que supuso que sería más bien un explorador, aunque confirmaba que alguien quería algo de David y eso no podía ser nada bueno.

Ángela se dijo que no volvería a cuestionar los instintos de David. Intuía que le seguían y así era, aunque no comprendiera por qué no se daba cuenta él mismo. ¡Si el tipo prácticamente se subía a su chepa!

Ahora quedaba averiguar a quien representaba aquel indio escuálido. ¿Los tipos católicos que le atraparon en la azotea? Ese tío no parecía cristiano siquiera… peor aún, ¿y si tenía algo que ver con Cuero Viejo?

“¡Qué Satán no lo quiera, joder!”

Ángela se estremeció al pensarlo pero se dispuso a seguir al indio. Por el momento, tenía tiempo ya que no actuaría en La Gata Negra hasta las once de la noche. Estuvo a punto de llamar a David para decirle que siguiera paseando pero lo pensó mejor. David parecía no saber que le seguían y si ella le llamaba le alertaría y quizás se traicionase con algún vistazo a su alrededor.

Mejor dejarlo así. Aprovechando las sombras, escaló hasta el tejado para llegar así al edificio contiguo. La pareja se encaminó hacia la Plaza de Gaudi, un paseo arbolado en el lateral de la catedral del artista, cogidos de las manos y con el paso tonto de los enamorados. Así que Ángela tuvo que bajar y seguirlos a la altura de la calle. El hindú, si es que lo era, caminaba tras ellos sin dejar distancia apenas. Era muy extraño que David no se hubiera dado cuenta de esos detalles, pues el tipo parecía un novato en tales menesteres. Eso la alertó: había algo raro en el asunto y no sabía qué era.

Apoyada en el tronco de uno de los árboles, Ángela contempló el sensual movimiento de las nalgas de Mirella al caminar, perfectamente moldeadas por los leggins vacunos que llevaba puestos. Tenía que reconocer que la chica era un monumento y que comprendía el interés de David. Ojala la cosa durase…

Al final de la plaza, David detuvo un taxi y la pareja se subió a él. La vampira pudo detectar el enojo del indio al perder la oportunidad de seguirlos. Ángela sonrió al subirse a un andamio que cubría la fachada de un edificio en obras. Ahora averiguaría dónde le conduciría ese tipo…

29 de diciembre de 2013.

―           ¿Seguro que es ahí? – preguntó David, señalando con el pulgar hacia el bazar indio rotulado con el rimbombante nombre de “Sangrilah”.

―           Joder, tío. El “notas” entró ahí y estuve esperándole dos horas hasta que el chiringuito cerró. No volvió a salir. Así que tú me dirás… o es el vigilante nocturno o duerme ahí. Te aseguro que pinta de vigilante no tiene – masculló Ángela.

―           Vale, vale – alzó la mano el licántropo. – Es que me parece muy fuerte que me haya estado siguiendo un tipo de la India y no me haya dado cuenta.

―           Pues ya te digo, un poco más cerca y se le cuela bajo la falda a tu chica. El hecho es que se os veía muy acaramelados como parejita. Es normal que no te fijaras ni en un puto desembarco alien en mitad de La Rambla.

―           Mira ella que graciosa está esta noche – masculló el chico, con un tono cínico. – Te garantizo que no me ciego hasta ese extremo por muy salido que esté. Ya te digo que la sensación de que me están vigilando no me abandona, pero por mucho que miro y olisqueo, no encuentro quien lo hace.

Ángela asintió, la espalda pegada a la puerta metálica tras la que se escondían. Ambos estaban apretujados en un portal en la calle de Andrea Doria, en la Barceloneta. Hasta allí la había conducido el delgado indio, hasta un bazar de clara tendencia asiática. Sin duda serían familia…

―           ¿Y qué hacemos?

―           Pues echar un vistazo – exclamó la vampira. – Iré yo, ya que no me conoce. De todas formas, nos hacen falta un par de tazones en la cocina. Ginger se cargó el último anteanoche.

Ángela salió del portal y cruzó la calle, entrando en el establecimiento. Un pitido resonó a su entrada, fruto de la célula fotoeléctrica de la puerta. En el interior se escuchaba una tenue música Indie, donde los címbalos y las cítaras tenían especial relevancia. Ángela se introdujo entre estantes repletos de todo tipo de objetos domésticos, la mayoría de plástico, y miró el mostrador que se situaba a un lado del local, cercano a la puerta de entrada.

Había una mujer de una treintena de años y un hombre más maduro, de grandes entradas en sus sienes. Ni rastro del joven indio. Ángela recorrió la tienda y no le vio, así que acabó por agenciarse dos tazones sin asas, de brillante cerámica colorida, y se dirigió al mostrador para pagarlos. Desde esa dirección, la puerta de la trastienda quedó a su vista, situada al final del mostrador, tras una esquina. Kerji, el indio Casta, surgió de allí portando una gran caja de cartón. Se introdujo en el interior del mostrador y dejó la caja sobre éste, mientras hablaba con el hombre maduro.

Ángela pudo ver cierto parecido entre ellos, reafirmando su teoría de que eran familia. Justo en ese momento, el indio giró el rostro hacia ella, casi con un respingo, los ojos muy abiertos. Ángela había entrado en su área de influencia y Kerji había pescado un recuerdo en el que él era el protagonista. Se vio seguido y espiado al mismo tiempo que él hacía lo propio con la pareja, la tarde anterior.

Con la agilidad de un hurón, Kerji esquivó el cuerpo de su familiar en el interior del mostrador y se metió de nuevo en el almacén, cerrando la puerta de un fuerte golpe. Ángela se quedó de muestra, sorprendida por la reacción del individuo. Soltando los tazones sobre el mostrador, saltó sobre éste para acceder a la puerta en cuestión y no tener que rodear todo el mostrador. El hombre alzó las manos y le increpó en su idioma natal; ella no le hizo caso alguno.

Chocó contra la puerta y rebotó. Era de sólida madera y el tipo le había echado la llave o el cerrojo al otro lado. Masculló y sacó el móvil con rapidez, pulsando el número designado para David. Al otro lado de la puerta, Kerji estaba haciendo lo mismo, sólo que él llamaba a su jefe, totalmente frenético.

No estaba realmente asustado por la presencia de aquella chica rubia. A pesar de que él pesaba poco más que ella, había recibido entrenamiento y podía con ella, seguramente. No, su temor iba por otro lado. ¿Cómo le había descubierto? ¿Quién estaba al tanto de a qué se dedicaba cuando dejaba el bazar de sus padres? ¿Qué querían de él? Esas preguntas eran las que le metían el miedo en el cuerpo.

Así que se coló entre varios palés y alcanzó la gran puerta trasera que se utilizaba para la descarga. Activó el control que la alzaba mientras escuchaba a su padre gritar que iba a llamar a la policía. La puerta del otro extremo del almacén se estremeció con un fuerte golpe. La chica debía tener más cómplices porque, sin duda, aquel golpe no lo había dado ella. Gateó por debajo de la puerta, sin esperar a que ésta se alzara del todo y salió al callejón trasero.

Sabía lo que tenía que hacer en una situación como aquella. Había enviado el mensaje adecuado a su jefe y ahora debía ponerse a salvo… o aguantar hasta que llegara la ayuda. Saltó por encima de una reja que cerraba un intersticio entre dos casas y que le serviría como atajo para salir a la pequeña plaza de Antoni Genesca. Desde allí, le sería fácil despistar a cualquiera.

Se movía rápido y con seguridad en las zonas poco iluminadas, ya que conocía el barrio como la palma de su mano. Sonrió al ver la luz amarillenta de las farolas de mercurio, podía incluso perderse bajo los árboles de la plaza de Pompeu Gener que estaba muy cerca.

Una fuerte mano le atrapó por el cuello de la camisa, alzándole en el aire con facilidad. Sus pies dejaron de tocar el suelo y se sintió izado hasta el techo de una alta furgoneta aparcada.

―           A ver, tío… una simple pregunta: ¿Por qué nos espías, a mi novia y a mí? – musitó en su oído una voz que reconoció de inmediato. ¡El licántropo!

Estaba tumbado sobre el metal del vehículo, sintiendo como una mano del Casta le oprimía el pecho, impidiéndole moverse. Unos ojos relumbraron en la penumbra, con una tonalidad y un brillo que no eran humanos. Kerji tragó saliva con dificultad; ahora sí estaba asustado, con todo el vello de su cuerpo erizado.

Lanzó el codo con toda su fuerza, impactando en el pecho del adanita que le sujetaba. Sonó como un tambor pero David no se movió ni una pulgada.

―           No quiero hacerte daño, gilipollas. Déjate de tonterías y dime quien está detrás de esto – replicó David con un gruñido.

Kerji sintió como se le hincaban en el pecho los abiertos dedos que le aplastaban contra la furgoneta. No podía verlo pero, en realidad, no eran los dedos sino las garras que crecían en la mano de David, sustituyendo las uñas. Algo impactó contra la furgoneta, moviendo los amortiguadores. Detrás de la figura encorvada del fornido adanita, Kerji vislumbró la esbelta silueta de aquella chiquilla rubia que le había perseguido. Estaba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándole.

―           Me he dejado los jodidos tazones atrás – se quejó. – El dueño ha llamado a los mossos cuando he reventado la puerta, pero éste ya se había escurrido a la calle.

―           Pude ver cómo salía.

―           ¿Te ha dicho algo?

―           Ni una palabra – movió la cabeza David.

―           Hay que buscar un sitio más discreto.

―           Hay una arboleda enfrente.

―           Perfecto – dijo Ángela, saltando del techo de la furgoneta al suelo.

David manejó al indio como si se tratara de un muñeco que llevara bajo el brazo. Tuvieron suerte de que no hubiera un alma en la calle, a pesar de ser apenas las diez de la noche. Se instalaron en un banco que quedaba bajo la protección de un frondoso techo de ramas, lo cual filtraba bastante la luz de las farolas de la plaza. Kerji quedó sentado entre los dos, con una mueca en su boca.

―           Vuelvo a repetirte la pregunta, amigo, ¿de qué va todo esto?

Kerji apretó los dientes, dispuesto a soportar lo que fuese. Pero el dolor no provino del lado que esperaba, del licántropo, sino de la chica. Le pellizcó el músculo del dorsal, sobre la clavícula, con una fuerza inaudita, haciendo que se encogiera de dolor.

―           Joder, joder – masculló entre dientes, intentando escapar de aquellos dedos que parecían una pinza de hierro.

―           No te gustará nada que me emplee en ti, amigo – dijo ella en un tono tan calmado y bajito que Kerji supo inmediatamente que no era ninguna niñata humana.

Tragó saliva, muy preocupado. Lidiar con dos Castas no era lo esperado. No soportaría ningún dolor físico, lo sabía. Lo diría todo. La mano femenina bajó por su pecho, aferrando uno de sus pezones sobre la lana de su jersey. El pellizco fue brutalmente lento, inflamando su tetilla de un agudo dolor.

―           ¡Sólo cumplía órdenes! – la exclamación se escapó de sus labios con un siseo, junto con el aire que retenía en los pulmones. – Le vigilaba a él.

―           ¿Por qué? – preguntó David, acuclillándose a su lado.

―           Tenía que captar tus recuerdos más comunes.

―           ¿Me estabas leyendo la puta mente? – le increpó el hombre lobo con un tono que no presagiaba nada bueno.

―           No, no… solo recuerdos de la memoria a corto plazo. Ese es mi don. Puedo ver lo que recuerdas en un horizonte de veinticuatro horas – explicó rápidamente el hindú.

―           ¿Sólo a él? – la rubia volvió a presionar su pezón, aunque de forma menos dinámica.

―           Sí, sí… ni siquiera sabía que estabas… hasta ahora – el miedo que Ángela vio en sus ojos le hizo comprender que no mentía.

―           Así que tú también eres… Casta – musitó Ángela.

―           Sí – gimió Kerji, temiendo un nuevo pellizco.

―           ¿Para qué quieren mis recuerdos? – inquirió David, sumamente intrigado.

―           Completan los datos de tu ficha… es mucho mejor que una entrevista pues no hay engaños.

―           ¿Una ficha? ¿Quién cojones quiere una ficha de mí? – estalló el chico.

Kerji tembló con el rugido pero cerró sus labios con fuerza.

―           Yo se lo pedí.

David se giró bruscamente, el vello de su nuca totalmente erizado. Gruñó sordamente entre los apretados dientes, sorprendido por no haber detectado a nadie acercarse. Ángela también estaba atónita contemplando a los dos tipos que se habían acercado a tan sólo una docena de pasos de ellos, sin hacer ningún ruido, ni activar sus sensibles sentidos. Tanto la vampira como el licántropo analizaron largamente a los recién llegados, sin pronunciar palabra, intentando discernir su potencial.

―           Soy Basilisco, el Ojeador – avanzó un paso uno de ellos, colocando una mano sobre su pecho para presentarse. – Es un paso obligado antes de inscribiros en el libro del clan. Todo Casta pasa por ello, tarde o temprano.

―           El Ojeador – murmuró Ángela, recordando las palabras de Cuero Viejo cuando les habló de ese personaje.

“Son capaces de reconocer a los Durmientes, aquellos niños que aún no han alcanzado su don pero que pronto lo harán. Si descubren a un Durmiente, se investigará a su familia y entraran en contacto con él o ella cuando suceda el Despertar.”

―           ¿Nos investigas? – preguntó David.

―           Principalmente a ti. Me interesé a raíz del asunto que tuviste con la Sociedad Van Helsing.

―           ¿Sociedad Van Helsing? – preguntó Ángela, alzando una de sus rubias cejas.

―           Así se llama el grupo al que pertenecían los tipos que dispararon a David. Se creen escogidos por una divinidad para perseguirnos y ejecutarnos, sin saber ni siquiera qué somos exactamente. Están presentes en todos los países del mundo, bajo uno u otro nombre, bajo distintas religiones, pero todos buscan lo mismo: matar adanitas – explicó con un tono bajo y profundo, cargado de acento exótico.

Era un hombre de tez cetrina y ojos oscuros, con raíces orientales, quizás pakistaní. De estatura media, delgado pero cargado de hombros, y de una edad mediana, entre los treinta y cuarenta. Llevaba el oscuro cabello muy corto, erizado sobre la coronilla. Sus párpados parecían teñidos de oscuro debido a las pronunciadas ojeras que rodeaban sus orbitas pero sus rasgos eran armoniosos y bien estructurados. En general, inspiraba confianza y respetabilidad. Ángela se fijó en sus manos, ágiles, finas, bien cuidadas, de esmerada manicura, manos de médico en suma.

El otro tipo, el acompañante, se mantenía un paso por detrás del Ojeador, sumido entre las sombras que generaban las ramas del árbol. Aún así, Ángela distinguía la cana barba que poblaba su mentón y el destello de sus acerados ojos. Era alto y fornido y se mantenía en una pose estática que parecía descuidada pero que no engañaba a la vampira. Estaba presto a saltar al menor movimiento que hicieran.

―           Así que hice que Kerji te siguiera para saber más de ti – continuó el Ojeador. – La Sociedad no ha vuelto a asomar las narices desde entonces. Supongo que perdió demasiados hombres contigo.

―           De eso se encargó ella – dijo David levantando el pulgar y señalando a su amiga.

El Ojeador entrecerró los ojos y miró más detenidamente aquella chiquilla de aspecto inocente, dejando que sus percepciones ahondaran más en ella.

―           No eres una recién Despertada, ¿verdad?

―           No – meneó la cabeza Ángela.

―           ¿Por qué no he tenido noticias de ti?

―           Llevo poco en Barcelona – respondió ella, encogiendo los hombros.

―           Aún así… bueno, es lo mismo. Esta noche pasaréis a pertenecer al clan Santiago y entonces podremos…

―           Explícame un poco más eso de pertenecer a alguien – masculló Ángela, levantando una mano en una clara señal de parar.

―           Sí, eso – asintió fervientemente con la cabeza su amigo.

―           Todo Casta debe estar afiliado a un clan, dependiendo de su situación geográfica. El clan que se ocupa de esta parte del territorio hispánico es el clan Santiago, así que estaréis bajo su protección. Si algún día decidid instalaros en otro país, podréis cambiar de clan si os interesa.

―           Vaya es como la Seguridad Social por regiones – bromeó David.

―           Algo así – sonrió el Ojeador.

―           Pero, ¿por qué debemos ingresar en un clan del que no conozco nada? – insistió Ángela.

―           Porque así lo dictan las leyes desde el comienzo de los tiempos. Los clanes gestionan los dones de la Casta, deciden dónde y cómo serán más provechosos, qué adanitas están preparados para una tarea u otra, quienes serán Guerreros, educadores, técnicos, o artistas. A cambio, procuran techo, comida y protección para todos ellos. Se ocupan de que las familias prosperen, que los hijos estén escolarizados, que la atención sanitaria sea la adecuada. Por eso mismo, el clan es respetado y apoyado por sus componentes, siempre.

―           Ya veo. Es una especie de gobierno dentro del Estado – Ángela se llevó una de sus duras uñas a la boca, jugueteando con ella con los dientes.

―           Algo así – asintió el Ojeador.

―           Pues tenemos un problema, Houston – murmuró ella. – No me gusta estar bajo el control de nadie. Así que me piro, Casimiro.

―           ¡Espera! – exclamó Basilisco, levantando una mano. – No sé nada sobre ti aún. Debes contarme más…

Pero Ángela no tenía precisamente esa intención. Sin preguntarle nada a su amigo, saltó hacia las gruesas ramas del frondoso árbol que tenía sobre su cabeza, desapareciendo en un abrir y cerrar de ojos.

―           Tráela – le susurró el Ojeador a su silencioso acompañante.

―           ¡No! – David avanzó un par de pasos, dispuesto a frenar al tipo, pero un intenso y súbito dolor que le recorrió toda la espalda le obligó a caer de rodillas. Su cuerpo comenzó a temblar y a asumir rasgos de lobo sin que él pudiese controlar nada en absoluto. Estaba cambiando con mucha rapidez, más deprisa que cualquier vez que lo hubiera hecho y con muchísimo más dolor.

―           Será mejor que te preocupes por ti, David – le dijo Basilisco, controlando la nueva formación y la cantidad de dolor que causaba en el cuerpo del joven.

Su acompañante pasó por encima del chico tirado en el suelo con una larga zancada e inició un trotecillo mientras levantaba la nariz como si siguiera el olor de Ángela. David encajó las mandíbulas e intentó olvidarse del desagradable hormigueo que acompañaba el repentino cambio. Sin embargo, nada más tensar los músculos, el dolor aumentó de nuevo, alcanzando una cota insufrible. El joven aulló y se retorció en el suelo, las manos apretadas contra su vientre. Ahora, el dolor orbitaba alrededor de su cintura como un satélite invisible.

Ángela no se había marchado realmente, tan solo había hecho un mutis por el foro para dejar claro lo que pensaba. Oculta entre el ramaje de otro árbol, escuchó los desesperados gritos de David. Sus dedos se clavaron en la blanda madera, levantando la corteza. Quería volver y partirle la cara a ese tipo altanero pero algo en su mente le gritaba que no lo hiciera, que dejara a David, que huyera. Sin embargo, eso era algo que nunca haría, aunque lo tuviera todo en su contra.

Cuero Viejo se refirió con mucho respeto a los Ojeadores, fuera lo que fueran, así que no debía desestimar el peligro que representaba. Confiaba en su velocidad y en que no la conocía aún para poder rescatar al pobre David. Se dejó caer al suelo, dispuesta a salir disparada a toda velocidad hacia donde se encontraba Basilisco, pero se encontró con el callado tipo que le acompañaba esperándola al pie del árbol.

Un nuevo alarido de David la decidió. No era el momento de pelear sino de acudir en ayuda de su amigo. Sus pies se clavaron poderosamente en la dura tierra, impulsando todo su cuerpo con un ímpetu incalculable que dejaría atrás fácilmente a su oponente. Sin embargo, un pie calzado de una dura bota se interpuso en su camino, con una rapidez y una contundencia que nunca pudo preveer. La suela de duros tacos de goma se clavó en su esternón con la fuerza de una coz de mula traicionera, frenando su carrera en seco. La desplazó hacia atrás varios metros y rodó por el suelo, boqueando sin aliento. Cuando quedó tumbada boca arriba, con las manos abiertas en cruz, un sordo dolor le oprimió el pecho como si tuviese una pesada losa encima. Supo que le había partido el esternón y algunas costillas y rezó para que ninguna le hubiera perforado los pulmones.

Tosió débilmente, flexionando los brazos y aferrándose el pecho como pudo. No había sangre en su saliva. Al menos, eso era buena señal. Consiguió inhalar una bocanada de aire nocturno mientras el hombre se acercaba a ella y se acuclillaba a su lado. Alargó una mano hacia ella hasta colocarla delante de sus ojos. Cerró el puño y dejó el índice extendido. Entonces, lo agitó lentamente en una clara señal de negación.

“No te levantes”, tradujo mentalmente ella. “¡Desgraciao, no puedo levantarme, me has roto el pecho!” “¿Quién coño es este tío? Ni siquiera le he visto lanzar la patada.”

―           No es una opción a elegir lo que os estoy dando – Basilisco llegó hasta ellos, ayudando a David a caminar. Le tenía cogido de un brazo y el fornido muchacho, con un palmo más de altura que el Ojeador, parecía tan inválido como un bebé. – Quiero que os vayáis a casa y descanséis. Mañana, al anochecer, os reunís conmigo en esta dirección. Tenemos mucho de que charlar, jóvenes.

Con un movimiento de prestidigitador, hizo rodar una tarjeta de visita entre sus dedos antes de introducirla en el bolsillo de pecho de la camisa de David. Basilisco, el Ojeador, y su compinche, se marcharon tan en silencio como habían llegado, dejando a los dos chicos recuperando el aliento en el solitario parque.

Con brazos débiles y temblorosos, David ayudó a una encorvada Ángela a llegar a casa.

―           ¿Qué te ha hecho? – le preguntó ella.

―           No lo sé, ni siquiera me ha tocado. De pronto, comencé a cambiar en lobo, involuntariamente, pero creo que era él quien controlaba mi cambio y también el dolor que he sentido. Era como si me quitara toda mi fuerza y la convirtiera en dolor puro y duro.

―           Joder, al menos lo mío lo entiendo. Ese tío pega como una puta mula – intentó reírse Ángela pero tuvo que hacer una mueca de dolor y olvidarse.

Ginger telefoneó desde el club cuando la rubia no apareció para bailar. En ese momento, David intentaba hacer un vendaje compresivo sobre el pecho de su amiga con fatales resultados. Así que no le quedó más remedio a Ángela que pedir ayuda a su compañera. Ésta no se lo pensó dos veces y dejó La Gata Negra de inmediato, sin ni siquiera cambiarse de ropa, más que echarse un abrigo sobre los hombros.

―           ¿Qué ha pasado? – exclamó al ver el enorme moratón que empezaba a extenderse sobre el pecho desnudo de su amiga. Se podía ver la huella de la suela de la bota perfectamente definida entre los menudos pechos. — ¿Eso es un pie?

―           Va a ser que sí – cabeceó David, liando de nuevo la venda entre sus dedos.

―           Dame eso – Ginger le quitó el vendaje de las manos. – Primero agua caliente…

David se dejó caer en un sillón con un hondo suspiro y estiró sus largas piernas, apoyando los talones en el suelo.

―           ¿Me lo contáis o qué? – gruñó Ginger, llenando de agua caliente una pequeña cubeta.

―           Hemos conocido uno de los mandamases de nuestra especie – matizó Ángela.

―           ¿Mandamases? – el gesto de extrañeza en el rostro de Ginger obligó a su amiga a rectificar la explicación, ya que no conocía esa palabra.

―           Jefes o más bien, encargado de selección.

―           Vale – dijo Ginger, sentándose en el sofá, al lado de Ángela, y colocando la cubeta en el asiento. Lavó la huella amoratada con todo cuidado y secó la piel.

David, con las manos en la nuca, miraba distraídamente como se endurecían los rosados pezones de su amiga. Asintió levemente con la cabeza a las palabras de la rubia.

―           El caso es que hemos pecado de arrogantes y nos han dado un buen aviso – adjuntó él.

―           Pero no te creas que esto va a quedar así – masculló Ángela.

―           Allá tú si quieres que te den otra buena patada en el culo pero mi menda, mañana, va a acudir puntualmente y deberías hacer lo mismo hasta poder averiguar qué se cuece.

―           Vale. Tienes razón – concedió la rubia, con el ceño fruncido.

―           Esos tíos son más fuertes y viejos que nosotros. Tienen mucha más experiencia y saben cosas que necesitamos conocer.

―           Pero me jode enormemente que un clan disponga de mi vida, de mi destino. ¿Me he mantenido libre de ataduras cincuenta años para acabar así?

―           Te comprendo, Ángela. A mí tampoco me gusta pero creo que deberíamos conocer toda la historia antes de decidir largarnos o… lo que sea.

Ginger les miró alternativamente antes de dejar escapar un pequeño suspiro y levantarse. Se dirigió hacia el cuarto de baño y apareció tras un minuto trayendo un tubo de pomada.

―           Bueno para moratones – le explicó a su amiga, levantando el tubo. – Con tu rapidez de sanar y esto… en un par de días como nueva.

―           Vale, mami – sonrió Ángela.

―           Y David tiene razón. Debes conocer todo el problema antes de tomar decisión.

Como si se tratase de una máxima sentencia, las palabras de Ginger pusieron fin a la discusión. Tampoco es que a David le quedaran ganas de continuar, sobre todo cuando los ágiles dedos de la tailandesa embadurnaron el pecho de su rubia compañera de la olorosa pomada. Inició un lento movimiento de masaje y compresión que ayudó a la crema a penetrar en la piel, dejando ambos pechos reluciendo oleaginosamente bajo la luz de la lámpara.

Ángela sonrió al comprobar la concentrada mirada de su amigo sobre sus pechos, sin importarle lo más mínimo. Entonces, giró los ojos hacia Ginger, la cual también tenía los senos al descubierto tras quitarse las pezoneras con flecos que aún traía desde el club, y que estaba concentrada en sus friegas. Ángela suspiró y alzó el pecho en un claro indicativo de su agradecimiento y bienestar.

 

 

 

―           David, lárgate – barbotó, sin apartar la mirada de los ojos de su compañera.

―           ¿Qué? – preguntó el chico, sin apartar los suyos de los pechitos de ambas.

―           Necesito que Ginger me mime esta noche y tú sobras – respondió Ángela con malicia.

―           Joder…

―           Ale, a casita, niño – lo despidió Ginger con el aleteo de una de sus pringosas manos.

―           Vale, vale – dijo, levantándose con pesar. – Mañana te veo para acudir a esa cita.

Ni siquiera le contestaron cuando se despidió al abrir la puerta. Las dos se estaban besando con pasión, Ginger poniendo buena atención en no apoyar el peso de su cuerpo sobre el pecho de su amiga.

―           Hoy no vamos a ganar un jodido euro – murmuró Ángela, tras mordisquear el grueso labio inferior de Ginger.

―           ¡Qué más da! A veces pienso que es sólo diversión para ti. Puedes robar lo que quieras con tus dones o influenciar a un tipo rico para que te mantenga como reina.

―           Lo he hecho en otras ocasiones.

―           ¿Entonces? – Ginger se separó un poco más de ella, mirándola intrigada.

―           Tú no sabes lo cachonda que me pone sentir la excitación de todos esos tíos y después meterme en nuestra cama, contigo, para desahogarme…

―           Zorra – susurró Ginger, con una sonrisa antes de besarla.

El abrazo de Ginger hizo gemir a Ángela y no precisamente de placer, así que la tailandesa rodó para quedar debajo y sostener ella el peso de su adorada amiga. La mano de ésta se deslizó entre los esbeltos muslos de Ginger, como si fuera una especie de recompensa por lo bien que la cuidaba. La morena se abrió de piernas, aceptando aquel roce que la enardecía siempre, permitiendo que apartara la braguita de lentejuelas que aún llevaba puesta.

Su vagina ya estaba húmeda y dispuesta para cualquier juego invasivo que se les ocurriera. La verdad era que Ginger se mojaba sólo con que Ángela le susurrase algo al oído. Sentía un verdadero morbo obsesivo por las cosas pecaminosas que se le ocurrían a aquella diablesa rubia. Una tarde, la convenció de acudir a la casa parroquial con un vibrador conectado en el interior de su pequeño ano. No solían entrar demasiadas cosas a través de su esfínter, pero aquello la enardecía de tal manera que se pasó toda la velada restregándose contra cualquier cosa, compañeras incluidas. Ángela no dejaba de sonreír cada vez que comprobaba que Ginger se apoyaba en el hombro de las voluntariosas mujeres que allí se reunían con las excusas más tontas y procuraba que su pubis se apretara contra ellas, ardiendo de pasión por el vibrador que hacía diabluras en su culito.

Finalmente, había tenido que llevársela al baño y taparle la boca mientras la masturbaba ferozmente, de pie contra la puerta.

Quizás por todas esas veces en que la había hecho gozar sin freno, o porque apenas se podía mover, Ginger la volvió a dejar tumbada sobre el sofá y se deslizó hacia abajo, para quitarle las zapatillas, los calcetines, el vaquero y, por fin, las braguitas de algodón. Se apoltronó cómodamente entre las piernas de su amiga, abriéndole la vagina amorosamente con sus pulgares y agachó la cabeza hasta engullir el delicioso y suave interior sonrosado entre sus labios.

Muy lentamente pero sin pausa alguna, Ginger saboreó, lamió y casi devoró aquella fruta pecaminosa y madura, consiguiendo que Ángela prácticamente ondulara de placer. No le importó los tirones de cabello a la que le sometía su rubia compañera en el momento de éxtasis. Ginger siguió y siguió lamiendo y chupeteando a placer durante mucho, mucho tiempo, horas quizás, sin descanso.

Ángela gemía y se quejaba tras cada uno de los tremendos orgasmos que sentía, pero, gradualmente, volvía a someterse una vez más al maravilloso tormento, sujetando entre sus manos cerradas una buena guedeja de aquel cabello liso y oscuro que amaba tanto.

Ginger, feliz, sonreía mentalmente y se dedicaba a mordisquear y succionar el hinchado y ultra sensible clítoris mientras dos de sus dedos no daban tregua a la asaltada vagina. Sobre el florido asiento del sofá, una cada vez más grande mancha de humedad de almacenaba, destilada por la mimada vulva.

Sin duda, mañana tendrían que fregar el mueble con lejía y Don Limpio al limón, pero eso sería mañana…

CONTINUARÁ…

3 comentarios sobre “Ángel de la noche (14)

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