ALEX BLAME

 

Cervezas y testigos

La tasca no me impresionó demasiado, era un local oscuro y pringoso. El tufo a sudor humano, a animal y a vino rancio, me hicieron arrugar la nariz. La escasa luz que entraba por los cristales sucios era la única fuente de iluminación.

Me acerqué a la barra, una simple tabla de castaño de un par de dedos de grosor, apoyada en unos barriles carcomidos y le pedí una cerveza al hombre grueso y  bigotudo que había al otro lado.

El hombre me miró con prevención y me sirvió una jarra de un liquido ambarino y espumoso que creí que sería meado de gato, pero que me sorprendió por ser densa, deliciosamente amarga y hasta razonablemente fresca.

—Buena cerveza. —le dije al mesonero que asintió con un gesto por toda respuesta— Entiendo por qué tienes el local lleno. ¿Están Regino y Crisando por aquí?

—Por supuesto, en el grupo del rincón. Esos  que están jugando a los dados. El moreno y delgado y ese calvo de nariz ganchuda. —respondió el posadero pasando un trapo de aspecto pringoso por la barra.

Me giré hacia el lugar que el hombre me indicaba y observé a los dos hombres. Estaban uno al lado del otro, apostando y gritando con cada tirada de dados. Regino era más delgado y más alto, mientras que Crisando con aquella calva y aquella nariz, era inconfundible.

En cuanto me vieron acercarme, la improvisada reunión se disolvió y los presentes  escondieron sus monedas en sus respectivas faltriqueras, simulando ser solo una inofensiva reunión de parroquianos alrededor de unas jarras de vino.

—Buenas tardes, señores. Espero que los que hayan ganado con ese juego del diablo, hagan una generosa donación al cepillo de la iglesia. —dije yo disfrutando de las veladas miradas de terror de que era objeto.

Tras indicar a Regino y  a Crisando que quería hablar con ellos, me los llevé a una mesa alejada de oídos curiosos y tras presentarme, entre directamente en materia.

—He venido para haceros unas preguntas. Mañana por la tarde tengo planeado juzgar a  Úrsula  y a pesar de que ya he leído  vuestra declaración,  me gustaría oírla de vuestros propios labios, por si recordáis algún nuevo detalle.

Los dos hombres asintieron compresivos, pero la forma en que tragaban saliva y llamaban al posadero para que les diese otra jarra de vino, me decía que no estaban totalmente tranquilos.

—Según la declaración, decís que Úrsula os envenenó los animales. ¿Qué síntomas tenían concretamente que os hiciesen sospechar?

—Bueno, ella siempre pasa por nuestras tierras cuando va en busca de hierbas y hará como dos meses, un día después de que ella hubiese pasado, un par de ovejas abortaron y una docena empezaron a moverse en círculos y murieron en un par de días. —dijo Regino dando un largo trago de vino y chasqueando la lengua.

—Entiendo.  ¿Os había pasado algo parecido antes? —pregunté.

—No, desde luego. —se apresuró de nuevo Regino a responder, dejando claro que era el que llevaba la voz cantante.

—Una pregunta más y terminamos. —dije fingiendo que tenía prisa por terminar y abandonar aquel lugar de pecado— Cuando tenéis un problema de salud vosotros o vuestros animales, ¿A quién recurrís?

—Siempre llamamos a Tiburcia. Es un poco más cara,  pero es de fiar. Sus cataplasmas hacen milagros con las calenturas.

—¿Le debéis dinero?

—¿Qué? ¿Oh? No. —contestó Regino demasiado rápido como para no darme la impresión de que allí olía a cuerno quemado.

Yo fingí no darme cuenta de su apuro y le di un nuevo trago a mi cerveza. Hice unas preguntas, más para tantearles y saber cuál era el eslabón débil de la cadena y no tardé mucho en descubrir que Regino era el que interrumpía las contestaciones de Crisando, como si intentara evitar que su amigo metiese la pata. Tras unos minutos más de conversación, apuré mi cerveza y les dije que se presentasen a la tarde siguiente para el juicio.

Salí de la tasca con paso no muy firme y me fui directamente al convento. Llegué con el tiempo justo de rezar las Vísperas y cenar un delicioso, aunque un poco escaso, caldo de pollo. Esta vez la madre Digna no sirvió la cena, es más, llegó a media cena y tras disculparse y guiñarme un ojo se abalanzó sobre el caldo.

Aquella noche Digna vino a mi celda a darme un informe pormenorizado de sus investigación y de paso saltar sobre mí y sobre la primera regla del acuerdo al que habíamos llegado.

Aquella hembra era una fiera. Me recordaba a mi desaparecido Corsa mientras más caña le daba, más quería. La guerra entre las sábanas duró casi toda la noche y cuando me levanté, estaba molido.

Tras decirle a Digna que tenía lo que quedaba de la mañana para terminar sus investigaciones yo me dirigí a ver a la curandera.

Tal como esperaba, Tiburcia era la vieja avariciosa y malencarada que me había descrito la hermana Digna. Al parecer,  la desgracia de Úrsula había ido en su beneficio, ya que varias personas  estaban a la puerta de su casa, temblando con el frío mañanero, mientras esperaban que atendiera su reumas, sus catarros y sus sabañones.

La mujer me miró de arriba abajo cuando entré en su casa sin llamar. Estaba aplicando una cataplasma sobre la rodilla inflamada de un chico. Tras terminar y recibir un par de maravedíes de la madre, los despidió y atendió rápidamente y con gesto hosco mis preguntas.

Tiburcia reconoció que tanto los pastores, como sus ovejas, eran clientes asiduos suyos. Aseguró que los dos hombres cuidaban muy bien de sus ovejas y creyéndose muy lista, me juró y perjuró que no le debían nada por sus servicios.

En cuanto al asunto de los abortos. Tiburcia fue deliberadamente vaga. Decía que le constaba que así era, pero que no tenía ninguna prueba fehaciente y además no quería meter en un lío a las pobres chicas que se habían visto obligadas a recurrir a una medida tan drástica.

Yo me hice el tonto. Asentí comprensivo, le hice unas cuantas preguntas más y le rogué que se presentase aquella tarde para el juicio.  La mujer puso mala cara, pero asintió y llamó al siguiente paciente, antes incluso de que pudiese salir por la puerta.

Fuera, el sol aun estaba empezando a subir en el horizonte. Me estaba acostumbrando a calcular la hora por su altura y pensé que no serían más de las diez. Tenía tiempo suficiente. Tras pasarme por la iglesia y avisar al padre Daniel que estaba terminando mi investigación y que me gustaría que preparase la iglesia para empezar a juzgar a Úrsula aquella misma tarde, me dirigí de nuevo a la ciudadela para hablar con el  alcalde de la villa.

Su excelencia me recibió en su despacho con un aire sonriente y aparentemente bienintencionado. Pero su aspecto orondo, sus mejillas rosadas y sus adulaciones salpimentadas por continuas referencias a su actitud piadosa, no me convencieron de la sinceridad de su testimonio.

A pesar de todo puse cara de interés cuando me contó todo lo que había visto aquella noche aciaga en la que encontró a la acusada en pecaminoso intercambio con el demonio.

Le hice unas cuantas preguntas, lo que se suponía que debía de preguntarle para añadir el último clavo al ataúd de la joven curandera. Los detalles no añadieron nada a la historia que ya conocía, pero quería que aquel hombre se sintiese seguro cuando subiese al estrado.

Cuando terminamos la conversación, el hombre se levantó con dificultad y se ajustó las calzas intentando sin éxito camuflar la prodigiosa barriga que asomaba por el jubón, confirmando las sospechas de la hermana Digna. Si ese tipo era capaz de caminar más de doscientos metros por el bosque sin reventar yo era un inquisidor…

Con una mirada conspiratoria, se acercó a un pequeño armarito de donde sacó una botella de aguardiente y un par de pequeñas copas de cristal.

Bebimos y charlamos un rato más, esta vez sobre la vida cotidiana de la ciudad y las múltiples incomodidades y sacrificios que comportaban su cargo. Yo me mostré comprensivo y alabé su buena administración, insinuando que Dios le recompensaría más temprano que tarde  sus buenas obras.

El alcalde sonrió y me palmeó la espalda paternalmente como si fuese uno de sus amados vecinos mientras me acompañaba a la puerta. Tras comunicarle que se presentase para testificar a primera hora de la tarde me despedí y me fui a comer a la cantina.

Como esperaba, me encontré a mis dos testigos  jugando a los dados y bebiendo  vino. Yo fingí no darme cuenta y  les dejé escurrirse discretamente por la puerta trasera. El almuerzo fue sencillo pero potente, pan, queso y vino; la tarde iba a ser larga.

 

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