JANIS MULLIGAN

 

Ande, ande, ande, la Marimorena

22 de diciembre de 2013.

Ángela contemplaba los brindis y abrazos que aún perduraban en la cafetería Triana, en la plaza de Joaquim Xirau, muy cerca de La Rambla. Había salido a dar uno de sus paseos por los tejados, al atardecer, ya que estaban haciendo unos díos inusualmente buenos para Navidad. El sol surgía radiante aunque el ambiente era frío según Ginger. Al salir, la tailandesa le comentó que un segundo premio de la Lotería Nacional había caído en una administración de La Rambla.

Ese era el festejo que estaba contemplando, con un pie apoyado en el bajo murete de una pequeña azotea. Una alegría desbordante reinaba entre aquella gente que se encontraba bailoteando aún a la puerta de la cafetería. Debían llevar todo el día brincando y bebiendo. Ángela sonrió suavemente.

“Al menos, habrá unas cuantas familias que tendrán una jodida Navidad de primera”, se dijo. “Pero no lo será para Ruth. ¡Joder, qué mala suerte! Justo para estas fechas…”

Ángela era consciente que su plan tenía ciertos agujeros, pero para haber sido improvisado estaba bastante bien. No tuvo tiempo de encontrar un lugar más profundo para tirar a Guillermo, pero lo que no quería era enterrarlo para que lo pudieran encontrar después de un tiempo y Ruth se viera incriminada. No, así era mejor. Nadie podía desmentir un accidente o quizás un suicidio. Ruth estaba a salvo.

El caso era que hacía una semana que, tras una serie de circunstancias fortuitas, se descubrió el coche sumergido del difunto Guillermo. Por lo visto, Medio Ambiente no estaba dispuesto a que más chatarra contaminará la zona, así que las autoridades sacaron a flote el vehículo. Claro estaba que, para entonces, el cadáver quedó expuesto. Los peces se habían dado un banquete con el rostro del muerto, pero por eso mismo Ángela se preocupó de dejar la documentación bien cerca, para que no hubiera dudas de su identidad.

Al menos, Ruth vivía con ellas, por lo que Ginger fue un buen apoyo moral para la catalana cuando la policía llegó a comunicarle el accidente mortal de su esposo. Ruth se derrumbó moralmente con aquella noticia que no esperaba. Al fin y al cabo, ella creía que Guillermo la había abandonado, no que estuviera muerto. Entre hipidos y lágrimas, facilitó el teléfono y la dirección del dentista de su marido a la policía, para que pudieran comparar la ficha dental con el cadáver, ya que era imposible que Ruth reconociera a su marido en el estado en que había quedado.

Ginger fue su muleta para todo, sumamente solícita. La acompañó al Anatómico Forense para recoger las diversas pertenencias encontradas, una vez que se confirmó definitivamente la identidad de la víctima. La autopsia realizada reveló que Guillermo había fallecido ahogado tras despeñarse con el vehículo y todo apuntaba a un posible suicidio tras conocer la policía la agresión sufrida por Ruth.

Al día siguiente, un detective de los Mossos d’Esquadra, un tipo de mediana edad y rictus facial que le hacía parecer ser un irónico con cuanto decía, interrogó a Ruth, en la sala de estar de Ginger. Ésta se sentaba al lado de su amiga y le apretaba las frías manos.

El detective, sargento Rupolls dijo al presentarse, hizo hincapié en el estado emocional de Guillermo durante su discusión con Ruth y se aseguró de donde estuvo la joven a partir de aquel momento. La coartada de la catalana no tenía fisuras, por supuesto, y el detective quedó satisfecho. De todas maneras, se trataba tan sólo de un formulismo; nadie pensaba que el esposo hubiera sido asesinado, no tras agredir a su mujer.

Ruth pasó un mal trago con todo aquello. Aunque tenía pensado dejar a Guillermo, convencida y amparada por sus amigas, sus sentimientos hacia él eran aún fuertes. Su muerte la había tomado por sorpresa, derrumbando su muro de pretextos y excusas en el que se escudaba para dar el paso necesario. Por eso mismo, Ginger estaba muy al tanto de su amiga, reconfortándola cuando la embargaba la crisis, o animándola a salir a pasear hasta el puerto deportivo para tomar el aire y el sol. A media tarde, Ángela tomaba el relevo, dejando que su compañera se ocupara de la cena o de ir de compras. Por su parte, Ruth se encargaba de la limpieza del apartamento, de hacer las coladas, e incluso las camas, de buen grado, como parte de su terapia.

Ángela conseguía hacerla reír y olvidarse de su pérdida con sus divertidas anécdotas y sus travesuras juveniles. Para Ruth, tener esas dos amigas tan diferentes constituía la mayor bendición de todas. Ginger era dulce y comprensiva; Ángela era alocada y divertida, y ambas eran preciosas. Daba gracias a Dios por disponer de ellas, la habían acogido en su diminuto apartamento y se había sentido muy a gusto, pero ya era hora de volver a casa. Guillermo ya no representaba ningún peligro. Ya no la molestaría más, ni la pegaría… Ruth refrenó la congoja. Sabía que estaba portándose como una tonta. Su difunto marido no merecía esa pena, pero era algo que no podía controlar aún.

Tras los primeros días de luto emocional, Ruth comenzó a pensar cómo sería su vida en adelante. Disponía de una casa cuya hipoteca estaba pagando y que ya no tenía que compartir con nadie. Sonrió, sin ser consciente de ello. Quizás podría ofrecer a sus amigas la misma posibilidad que le brindaron a ella. Podrían mudarse con ella y ahorrarse el alquiler. Tenía sitio de sobra en casa para las tres, y así no estaría sola…

De hecho, aquella misma mañana, se despertó con la cantinela de los niños de San Ildefonso en el televisor. Ginger estaba haciendo sus ejercicios matinales y Ángela estaba durmiendo como siempre. Como si aquellos enormes bombos repletos de bolitas fueran la respuesta a todo, Ruth se sintió como si hubiera soltado un pesado lastre. El pesado nudo que se había formado en su bajo vientre desde hacía unos años había desaparecido, licuado tal vez en sus intestinos. La joven sabía, en lo más profundo de su ser, que aquel nudo no era otra cosa más que una mezcla de temor e impotencia, fruto de su relación con Guillermo. Aceptar su muerte y comprender que ya no la dañaría nunca más, la había hecho desprenderse de ese quiste emocional que se nutría de ella como un dañino cáncer.

Esperó hasta que Ángela volviese de su paseo y, cuando las tres estuvieron viendo la tele, apenas anochecido fuera, soltó:

—    Es hora de que vuelva a casa – anunció.

—    Puedes quedarte con nosotras cuanto quieras – dijo suavemente Ángela, sin dejar de roer pipas de calabaza.

—    Lo sé, pero tengo una casa de la cual estoy pagando una hipoteca y sería de tontos no utilizarla. Lo que me ha hecho pensar – dijo, mirando a Ginger – que tengo sitio para nosotras tres. Podéis mudaros a mi casa y olvidaros del alquiler.

—    Gracias, Ruth, muchas gracias – respondió la tailandesa, alargando una mano y tomando los dedos de su amiga. – Pero aquí estamos más cerca trabajo y me gustan los vecinos. Estamos bien.

—    Sí – asintió Ángela, pensando en que mudarse significaría perder la libertad de la que gozaba con Ginger.

—    Está bien, lo comprendo – asintió Ruth, enderezando la espalda. – La oferta queda ahí…

—    Podrías buscarte una compañera de piso – indicó Ángela – o dos. Eso te pagaría parte de la hipoteca. Quizás alguna chica nueva del club o unas estudiantes…

—    Puede que tengas razón, Ángela – sonrió Ruth – y así no me sentiría sola.

—    Claro, piénsalo – dijo Ginger, quien no quería que su amiga estuviera sola por el momento.

Aquella noche, preludio de Navidad, fue una buena noche para las bailarinas. La Gata Negra estaba a rebosar de clientes dispuestos a gastar, ya que durante las fiestas muchos de ellos no volverían por allí. Era como una momentánea despedida.

Justo después de medianoche, Ángela percibió un rostro conocido entre el público, unas facciones que la dejaron sorprendidas. David estaba allí, en medio de la sala, con las manos metidas en los bolsillos de su cazadora de cuero y con la mirada clavada en ella.

Ángela se escabulló rápidamente del tipo que pensaba engatusar y se acercó a su amigo adanita. Sin pensarlo siquiera, le echó los brazos al cuello y le besó las mejillas, un gesto que no solía hacer en el club.

―           ¿Qué haces aquí? – le preguntó ella al oído.

―           ¿Qué pasa? ¿Es que me vas a pedir el DNI? – bromeó él.

―           Bueno… no es nada frecuente que vengas.

―           Yo también me alegro de verte, Ángela.

―           Vale, vale… está bien – alzó las manos la vampiresa.

En ese instante, Ginger se acercó hasta ellos, buscando unirse a su compañera para incrementar el gasto del hombretón que veía al lado de Ángela. Ginger no conocía aún a David, a pesar de que la rubia le había hablado bastante sobre él.

La tailandesa se aferró a la cintura de su amiga, frotándose sensualmente contra ella mientras miraba la oscura marca del cortísimo vello facial del cliente.

―           No es un cliente – la avisó Ángela.

―           ¿No? Lástima, es guapo – enarcó las cejas Ginger.

―           Ginger, te presento a David.

―           ¿David? ¿El de…? – la asiática abrió los ojos todo lo que pudo, tomada por sorpresa.

―           Ese David – asintió Ángela. – David, ella es Ginger, mi compañera de piso. Te advierto que sabe lo que soy y lo que tú eres también.

David se quedó un instante serio y pensativo y luego se encogió de hombros. Con una sonrisa, se inclinó sobre la asiática, besándola en las mejillas.

―           Si Ángela se fía de ti, ¿quién soy yo para discutirlo? – dijo al izar de nuevo su alto cuerpo.

―           Te imaginaba más pequeño y joven – comentó Ginger.

―           Es que lo soy, al menos legalmente.

―           David sólo tiene dieciséis años – sopló su compañera.

―           Nadie lo diría – musitó Ginger, repasando el desarrollado cuerpo del chico. — ¿Esos genes vuestros… tienen algo que ver con no demostrar vuestra verdadera edad? ¿Cómo una marca de casa?

―           Ni idea, cariño.

―           Apenas sabemos nada sobre ellos – agregó David. – Ángela, tengo que hablar contigo…

―           Está bien – dijo la rubia, colgándose del brazo de David. – Ginger, cúbreme un rato.

―           Claro.

―           Vamos a la barra y te invito a un trago porque seguro que, como siempre, no traerás un euro en el bolsillo.

―           Has acertado, rubia – sonrió David, mostrando las dos hileras de blancos dientes.

Instalados en un extremo del curvo mostrador, al amparo de los decibelios y de las estratégicas sombras, sorbieron sus combinados antes de que David se lanzara a hablar.

—    Creo que me están espiando de nuevo – dijo de repente.

—    ¿Los mismos que antes?

—    No lo sé. No he conseguido descubrirles. De quien se trate, es mucho más cuidadoso. Lo único que les delata es la sensación que crece en mí al sentirme vigilado. Es como tener constantemente un recuerdo a punto de brotar, una palabra en el extremo de la lengua que no consiguiera pronunciar…

—    Sí, sé lo que es eso – asintió ella.

—    Trato de ventearles, de sorprenderles, pero parecen estar siempre a un paso por delante de mí. He cambiado de ruta en varias ocasiones, me he escondido, me he subido a tejados… No he conseguido nada y eso me cabrea que te cagas, rubia.

—    Vale, es comprensible. ¿Qué quieres que haga?

—    Que vigiles mi espalda, que los descubras por mí – en la penumbra, las pupilas de David tenían cierto matiz fosforescente, de naturaleza lobuna.

—    Cuenta con ello, hermanito. Les pillaré con los pantalones bajados, ya verás – le aseguró ella, poniéndole una mano en el brazo.

—    Gracias, Ángela, eso me tranquiliza un montón. Aquí tienes mi nuevo número de móvil. Es lo primero que he cambiado…

—    Paranoico – se burló ella.

Ginger, moviendo sus caderas ante los desorbitados ojos de un maduro cliente, les contemplaba desde lejos. La familiaridad con la que Ángela tocaba al chico decía mucho sobre la confianza e intimidad que compartían. No es que se sintiera celosa, sino que comprendía que por muy amigas que fueran, nunca conseguiría alcanzar ese grado que había entre ellos. Eran criaturas similares, únicas en su género, que compartían unos dones y unas necesidades que les hermanaban por encima de cualquier otra cosa.

Cuanto más miraba a David, más advertía trazos de naturaleza primaria en él, en su forma de andar, en cómo se movían sus ojos al captar instintivamente el entorno, en el discreto venteo que las aletas de su nariz llevaban a cabo al acercarse a otra gente… David no solo era un lobo, sino que se movía y actuaba instintivamente como uno cuando era humano.

23 de diciembre de 2013.

El sol volvió a lucir con fuerza ese día, impidiendo que Ángela pudiera salir temprano para seguir a David. Tuvo que llamarle e indicarle que se quedara a cubierto y que no cambiara demasiado de actitud para no alertar a sus posibles perseguidores.

—    Tranquila. Aprovecharé para ir de compras con Mirella – le dijo.

Por su parte, Ginger sí le hizo bastantes preguntas sobre David, aprovechando que Ruth estaba limpiando su propio apartamento. Ángela la miró, inclinando el rostro hacia un lado, cuando le preguntó sobre sus sentimientos por David.

—    ¿A qué viene toda esa curiosidad, Ginger?

—    Os estuve mirando anoche, cuando tomabais cubalibres en club. Había mucha confianza entre vosotros, como de largos años, como de hermanos…

—    Sí, así es. Tienes razón en eso, cariño. Le siento como a un hermano, como el hermano que perdí hace tiempo… a pesar de que nos conocemos desde hace poco, relativamente. Nos entendemos casi sin palabras. Es algo que no puedo explicar racionalmente, ¿me comprendes?

Ginger asintió, tragando saliva. Eran almas gemelas, para ella no había duda sobre esta cuestión. Lo había intuido nada más verlos juntos. Lo que no se atrevía a preguntar era si esa extrema compatibilidad podía ir más lejos en su necesidad… como tener descendencia entre ellos, quizás. Ginger suspiró suavemente, ya se enfrentaría a ello si surgía, pero sabía que no dudaría en apartarse para que el futuro de Ángela fuera el más adecuado y feliz. Ella no era más que un suspiro en la larga vida de Ángela y no podía retenerla a su lado más que el instante de su efímera existencia. De hecho, no pretendía nada más, con eso se conformaba.

Aquella noche, en el club, no hubo muchos clientes. Los clientes se quedaban en casa en vísperas de fiestas, como si hicieran penitencia para su absolución. No obstante, un hecho curioso llamó la atención de la vampiresa: la presencia del sargento detective Rupolls.

En un primer momento, no le prestó atención más que por ser un cliente nuevo. No le había visto antes, ni en el club ni en casa, pues el policía no llegó a interrogarla ya que ni Ruth ni Ginger la nombraron y ella permaneció durmiendo. Era un tipo más, bien vestido, con aire arrogante, y mandíbula cuadrada. Sin embargo, Ginger se le acercó y señalándolo con un movimiento de la barbilla, le dijo:

—    Ese es poli que vino a casa, a interrogar Ruth.

—    Vaya, qué coincidencia. ¿Le dijiste que trabajabas en el club? – enarcó una ceja Ángela, pues no creía en las casualidades.

—    No.

—    Vale. Muévete cerca de él, a ver qué hace…

—    ¿Seguro? – la tailandesa no quería jugar con fuego, pues no disponía de permiso de residencia.

—    No me gusta ese tipo – gruñó la rubia, arrugando la nariz.

Ginger asintió y se dirigió hacia la barra donde el “mosso” estaba tomándose un trago largo. Nada más pasar al lado del policía, éste se giró y alargó una mano, atrapándola del brazo. Ginger se esforzó por sonreír al encararle.

—    ¡Vaya, qué sorpresa! – dijo él, luciendo la misma sonrisa irónica que mostró en su casa. Ginger estuvo de acuerdo con su amiga, aquel tipo no era de fiar. – No sabía que trabajaras aquí…

—    Sí, yo bailarina – sonrió la asiática, meneando su cuerpo sensualmente.

—    Hay que ver lo que cambias vestida de ama de casa, preciosa – bromeó el policía.

—    No te había visto antes por aquí – preguntó ella, intentando cambiar el tema.

—    Bueno, esta un poco lejos de mi zona de guerra… pero me han hablado muy bien de este club… chicas de calidad y eso. Quería echar un vistazo. Cuestión de negocios, ya sabes.

Ginger asintió. Sabía que muchos policías se dedicaban a otros menesteres, fuera de comisaría. Seguridad y vigilancia sobre todo, pero algunos tenían participación en ciertos negocios de la carne. El sargento Rupolls parecía de estos últimos.

—    Particularmente, me han hablado de una rubita vestida de colegiala que está teniendo mucho éxito, ¿no es así?

—    Puede – respondió Ginger, mirándole a los ojos. ¿Qué quería de Ángela?

—    ¿Por qué no me la presentas, guapa?

La tailandesa se encogió de hombros mentalmente. Ángela sabría tratar con el policía perfectamente. No debía preocuparse por ello. Así que le llevó hasta una desocupada Ángela que bailoteaba lánguidamente por inercia. Los ojos celestes de la vampiresa se clavaron en el hombre, dejándole sin palabras por unos segundos.

—    Ángela, éste es sargento Rupolls de los Mossos – hizo las presentaciones Ginger.

—    No es habitual ver uno de su especie por estos lugares. ¿Trabajo o placer? – preguntó Ángela, tras darle los dos besos de rigor.

—    Un poco de ambos – la irónica sonrisa volvió a aparecer en la boca del hombre.

—    Pues usted dirá.

—    ¿Qué tal si empiezas con ese bailecito del que todo el mundo habla?

—    Eso es privado, ya sabe – Ángela frotó pulgar e índice en un gesto inequívoco.

—    No hay problema – dijo el sargento, sacando un fajo de billetes aprisionados por una ancha pinza de oro.

Ángela le hizo un gesto a Ginger para que los dejara solos y acompañó al cliente hasta uno de los reservados. Inmediatamente, la asiática accedió al pasillo oculto a través de los camerinos, dispuesta a espiar lo que sucediera. A través de la mirilla, Ginger observó el libidinoso rostro del policía que tenía los ojos clavados en los vaivenes de la faldita de tablas de Ángela, en los sugestivos movimientos que la despojaron de su camisa blanca. El hombre no podía dejar de morderse el labio, atrapado como tantos otros por el sortilegio de aquel cuerpo pálido y juvenil.

En un par de ocasiones, alargó una mano para acaricia un terso muslo o la esbelta y cimbreante cintura que quedaba a su alcance, cayendo en la tentación de acariciar fruta prohibida, pero la vampiresa supo zafarse con elegancia.

—    Eres sublime, de verdad – gruñó su admiración, reclinándose en el asiento. — ¿Cuántos años tienes?

—    Los necesarios – respondió ella, con una encandiladora sonrisa.

—    Quiero que trabajes para mí – dejó caer el sargento súbitamente.

—    ¿Ah sí?

—    Tengo un club en El Prat de Llobregat. Bueno, a decir verdad, estoy a punto de abrirlo. Quiero ofrecer lo mejor de Barcelona, desde espectáculos eróticos a bailes sensuales, y, finalmente, sexo pagado.

—    No me prostituyo – dijo ella, sin dejar de bailar.

—    No lo necesitas, pequeña. No con ese arte que tienes. Deja que sean otras las que se ocupen de eso. Te quiero bailando en mi club, te pagaré muy bien…

—    ¿Cómo se llama tu club?

—    El Halo.

—    ¿Deberé vestirme de angelita?

El sargento dejó escapar una carcajada, apuró su copa y se puso en pie. Dejó un par de billetes de cien euros sobre la mesita y dijo:

—    Piénsatelo, ¿vale? Ya me dirás algo tras las Navidades.

—    Está bien, sargento.

—    Llámame Fran – respondió, apartando la cortina y marchándose.

—    ¿Has escuchado? – le preguntó a Ginger cuando se reunió con ella en los camerinos para vestirse de nuevo.

—    Sí. Te ha ofrecido trabajo.

—    Algo así, pero hay algo que huele mal en él. No me fío.

—    Pues no aceptes y punto – declaró la tailandesa.

—    Por supuesto. Estoy muy bien con Olivia. Si quisiera más dinero, me dedicaría a robar. Es algo que ya he hecho antes, no te creas…

Ginger asintió, sabiendo de lo que era capaz su amiga.

—    Pero me ha picado la curiosidad. Quiero saber cómo ha sabido de mí y por qué me quiere exactamente…

24 de diciembre de 2013.

Ángela y Ginger llegaron sobre las seis de la tarde al apartamento de Ruth, quien las había invitado a una tradicional cena de Noche Buena. La catalana sabía que ninguna de las dos tenía más familia cerca y se dijo que no dejaría a sus amigas solas en una noche tan significativa.

Por eso mismo, la joven había fregado su piso de arriba abajo y lo había decorado con innumerables adornos navideños. Las dos bailarinas se quedaron con las bocas abiertas al contemplar la sobreexposición de bolas, guirnaldas, estrellas, bastones de caramelo y hasta un bastante poblado Portal de Belén que ocupaba todo un rincón del salón.

—    A Guille nunca le gustó demasiado estas cosas y las tenía guardadas en el sótano. Todo es herencia de mi madre. Le encantaba la Navidad – se encogió de hombros Ruth al comprobar las miradas de sus amigas. — ¿Qué os parece?

—    Esto es como una de esas pelis navideñas de freakies – masculló Ángela, girando sobre sí misma con los brazos abiertos para abarcar todo.

—    No he celebrado nunca la Navidad – musitó Ginger, algo cohibida.

—    ¡No jodas! ¿Qué hacías entonces en estos años que has pasado aquí? – le preguntó Ángela.

—    Cena y cama – se encogió de hombros.

—    Pobrecita – dijo Ruth, abrazándola tiernamente.

—    Bueno, pues esta noche vas a aprender a cantar villancicos, guapa – se rió la rubia.

—    ¿Viyancicos? – parpadeó Ginger, confusa.

—    Sí y hasta le darás zumba a la zambomba – respondió Ruth, besándola en la mejilla.

No quedaban trazas algunas de cuanto Ángela destrozó. La vitrina había desaparecido y la disposición de los muebles había cambiado. Según comentó Ruth más tarde, ésta donó a la parroquia todo cuanto quedaba de las cosas de su esposo. Tan sólo se quedó con la foto de su boda, dispuesta sobre el único mueble que quedó sano en el salón.

Por muy dinámica que Ruth quería mostrarse, la pena seguía en su interior, y más en un día tan señalado, pero se esforzaba por bromear y atender a sus invitadas, así que éstas hicieron cuanto pudieron para corresponderle. Tanto lo intentaron que, minutos antes de sentarse a cenar, Ginger ya estaba lo suficientemente achispada por el vino consumido. Se reía de forma escandalosa y pillaba al vuelo todas las bromas, algo muy inusual en ella.

Se sentaron a la mesa del salón, ante un surtido exquisito de mariscos y una fuente de caballitos de ternera sobre lechuga rizada.

—    Señoritas – anunció Ruth – no quiero guardar nada de esto en la nevera, así que…

—    ¡Al tajo! – exclamó Ángela.

—    ¿Al Tajo? ¿Quieres tirar todo esto al río Tajo? – se asombró Ginger.

—    No, tonta…

Ginger se echó a reír explosivamente, levantando su copa. Por una vez, se había quedado con la boquiabierta Ángela.

—    Joder con la borracha… vamos a tener que darle vino a diario – barbotó Ángela entre dientes.

Se atarearon en pelar langostinos asados a la plancha y regados con limón. Ginger era toda una máquina pelando y zampando y Ruth se lo hizo ver.

—    Parece que has estado toda tu vida haciendo eso.

—    Mi familia tenía pescaderías y comíamos gambas a diario – asintió, tras succionar el interior de una cabeza de crustáceo. – Pero falta salsa yum pao picante. Muy buena para las gambas…

—    Por lo que se ve, a tu familia le iban bien las cosas – dejó caer Ángela. No trataba de presionar a su amiga, pero tenía que aprovechar el alegre estado de Ginger para sacarle más cosas de su pasado.

Ginger era una tumba sobre ese particular. No hablaba jamás de sus padres, ni de su vida en Tailandia, salvo algunas referencias culinarias o tradicionales. La rubia intuía que había algo oscuro y doloroso en su vida que no quería revelar aún. Quizás esta noche pudiera ser…

—    Mi familia vive en la provincia de Nakhon Ratchasima, en centro de Tailandia. Tiene varias pescaderías en diversas provincias, en el camino hacia Bangkok. Buenos negocios… jodidos negocios – acabó mascullando antes de tragarse otra cola de langostino.

—    Venga, Ginger, suéltalo – la animó Ángela, posando su mano sobre la muñeca de su amiga.

La asiática se limpió los dedos con una servilleta de papel, acabando de desintegrarla, y se quedó pensativa durante unos segundos. Después, atrapó la botella de vino y llenó su copa. Le dio un buen tiento antes de retomar la palabra.

—    Yo tenía buena vida en Tailandia. Mis dos hermanos mayores ayudaban a padre en los negocios de la familia, lo que me dejaba a mí elegir mis estudios. Mis padres eran tradicionales pero respetaban mis deseos cuando quise ir a universidad de Bangkok. Tenía diecinueve años entonces y no pensaba más que en divertirme y estudiar Arte.

“Conseguí que padre aceptara enviarme a la capital con una prima mía. Ella estudiaba Medicina y era dos años mayor que yo. Tenía pisito en Bangkok y podría vivir con ella. No había visto a Nao desde hacía años. La recordaba robusta, algo gordita, y muy callada. Me dije que tendría que hacerme amiga de ella porque no nos conocíamos apenas, pero no importaba. ¡Iba a ir a Bangkok, a estudiar!”

“La capital es otro mundo en Tailandia. Es inmensa, ruidosa, llena de gente, y hay mucha influencia extranjera. Es muy diferente al interior, más rural y apegado a la cultura tradicionalista. Para mí era como el paraíso. Mi prima Nao me acogió encantada ya que se sentía sola. Su familia vivía aún más lejos que la mía y se pasaba las semanas sola en casa, pues no tenía novio ni nada.”

“Para mi sorpresa, Nao había cambiado bastante desde que no la veía. Había dejado bastante peso y su cuerpo se había estilizado, creciendo. Era algo más alta que yo y llevaba el pelo cortado en uno de esos estilos cosmopolitas que dejaban la nuca al descubierto. Me encantaba. Cuando mi padre la vio, me llevo aparte y me hizo prometer que no me cortaría mi larga cabellera. Así es mi padre” – Ginger se encogió de hombros y tomó una almeja macha para succionarla.

“Desde el primer momento, Nao y yo nos caímos bien. Éramos primas pero apenas nos conocíamos, así que empecemos a relacionarnos desde cero, como desconocidas. Me matriculé en la mejor academia de Arte del país y mis horarios coincidían bastante con los de Nao, por lo que pasábamos mucho tiempo juntas, en el piso.”

“Ella me enseñó a moverme por la ciudad, mostrándome los lugares que serían necesarios para subsistir, y yo modifiqué su imagen. Nao floreció como nunca. Era muy bonita cuando comenzó a maquillarse y cambió su vestuario. Cuando ganó confianza en ella misma, acudimos a fiestas de la facultad, a reuniones de estudiantes, a representaciones de mi academia… un poco de todo.”

“Entonces, no tardó mucho en pasar. Nos sentimos atraídas, la una por la otra. Vivíamos juntas y ninguna había tenido mucha experiencia con el amor. Nao era retraída y no se había abierto a nadie, más que a mí. Por mi parte, había tenido algunas citas con chicos, pero nada serio ya que me sentía indiferente ante ellos. Caímos en las garras del más absoluto e inocente amor.”

—    Qué bonito – murmuró Ruth.

—    Pues sí, pero… viviendo juntas, no sería tan inocente, ¿no? – el dedo de Ángela recorrió el antebrazo desnudo de la asiática.

—    ¡Ángela! – la rubia esquivo el sopapo de Ruth con una risita, que consiguió arrancar otra de Ginger. – Sigue, Gin.

—    Tienes razón, Ángela. En muy poco tiempo, pasó de ser un amor platónico a sexo diario y a todas horas – volvió a narrar Ginger. – Era algo muy nuevo para las dos, algo que no habíamos experimentado nunca antes. No hacíamos más que llegar de las clases y nos metíamos en la cama, sin comer ni nada, solo pensando en nuevas caricias. Nao moría una y otra vez con orgasmos muy intensos y yo era feliz mirando su cara de placer. Fueron años muy hermosos y felices.

—    Vaya… años… – murmuró Ruth.

—    Sí. Nao estaba a punto de licenciarse como médico, por entonces.

—    ¿Qué pasó? – preguntó Ángela.

—    Mi familia me obligó a regresar a casa. En mi ausencia, me habían prometido con un hombre rico que traería poder y honor a la familia – suspiró Ginger.

Ruth bufó delicadamente, molesta con el giro de la historia. Ángela, por su parte, asintió, como si ya lo estuviera esperando.

—    Nao me suplicó que no me marchara. Me habló de huir juntas, de salir del país, pero no teníamos medios para ello. Nao debía terminar su carrera si quería tener un futuro. Eso lo tenía claro. Así que volví a casa, más que nada para conocer cuanto habían preparado para mí. Me dije que ya tomaría una decisión cuando conociera más detalles, pero no sabía que todo estaba atado ya, que no tenía escapatoria.

“Prak Gi Choi era un hombre de mediana edad, rico y con fuertes raíces políticas, que destacaba en la sociedad. Sin embargo, no era más que un ambicioso capo local que trataba de conseguir la ruta comercial de las pescaderías de mi familia para distribuir el producto de los campos de droga de las montañas.”

“Choi ya me había estado vigilando desde el mismo momento en que habló por primera vez con mi padre. Sabía de nuestra relación y supo cortarla de cuajo para disponer de mí. Para ello, arruinó a mis tíos, obligando a Nao a volver con ellos para ejercer de médico rural, sin poder hacer su residencia. Me mostró lo que tenía sobre mí, en fotos y vídeo, y me amenazó con mostrarlo a mis padres si no acataba sus deseos. Por lo visto, deseaba aquella ruta de pescado más que nada en el mundo…”

“Había perdido mi primer amor, destruido su vida, y no me interesaba lo más mínimo convertirme en la esposa de un señor del crimen. Así que me las arreglé para que un hombre de confianza de la familia consiguiera un pasaje en un carguero hacia Egipto, vía canal de Suez, y escapé una noche. Los hombres de mi prometido estuvieron a punto de encontrarme, en un par de ocasiones, pero con ayuda y suerte, conseguí embarcar y llegar a destino. Desde allí, viajé a Barcelona, donde me he estado ocultando hasta el momento.”

Con un impulso que casi estuvo de volcar su silla, Ruth se levantó y la abrazó. Ambas lloriquearon de emoción por sus respectivas pérdidas. Ángela, más pragmática, preguntó:

—    Así que eso de no ir con tíos… ¿te viene de lejos?

Ginger asintió, aceptando que posiblemente era lesbiana desde que tenía uso de razón, que los chicos siempre la habían dejado indiferente. Claro que se guardó muy bien sus líos con el casero.

—    La aceptación europea de las diferentes tendencias sexuales me vino de perlas para mi necesidad de ocultar mi propia sexualidad. Con la excusa de no tener problemas con el trabajo, liarme con alguna chica para desahogarme era mucho más simple que salir del armario – explicó Ginger, tras apurar su copa.

—    Así que, ¿cuándo me ofreciste tu apartamento ya me habías echado el ojo? – bromeó Ángela.

—    Por supuesto, cariño – y todas se rieron.

—    ¿Te has puesto en contacto con Nao? – preguntó Ruth.

—    No. Sería como delatarme. Enviarle una carta es imposible, pues llevaría el matasellos español. Internet es una opción, pero apenas hay cobertura donde ella se encuentra. Por otro lado, si por alguna razón la están vigilando, averiguarían rápidamente donde está mi IP – razonó la asiática. – No quiero hacerle más daño, a ella o a su familia.

—    Comprendo – asintió Ruth.

—    Ha debido ser toda una tentación – repuso Ángela. – Sentirte a salvo aquí y tenerla a ella tan lejos, sólo pendiente de una llamada, de una explicación…

—    Sí – suspiró Ginger. – Pero llegué a la conclusión que debía alejarme de ella, olvidarla, por su bien. Seguramente, se enteró de mi fuga y comprende mis motivos. Así que tiene la oportunidad de empezar una nueva vida sin mí.

—    Has sido muy valiente, Ginger. Has dejado cuanto conocías atrás y te has venido aquí, a un país extraño lleno de gente diferente… yo no hubiera sido capaz.

—    ¿Te habrías casado con un tipo así? – se asombró Ginger.

—    Ya estuvo casado con uno – indicó, mordaz, Ángela.

Ruth asintió, señalando con el dedo a la rubia, como dándole la razón, pero no abrió la boca, quizás para no demostrar lo turbada que se encontraba. Se acabó sentando y retomaron la cena entre comentarios y preguntas. Una vez satisfechas, Ruth propuso recoger la mesa y sentarse en el mullido sofá a brindar con cava y comer golosinas mientras seguían con la conversación, la cual había resultado mucho más interesante y amena que el bodrio de programación televisiva navideña.

—    Entonces, ¿esta noche el club está cerrado? – preguntó la catalana, rompiendo golosamente el centro de un bombón en el interior de su boca, extrayendo el dulce licor que guardaba dentro.

—    Sí. Olivia cierra su negocio de Navidad a Año Nuevo. Ella pasa ese tiempo con su familia, en Salamanca, y las chicas tienen vacaciones. Todas sabemos que, en estas fechas, hay muy pocos clientes – respondió Ángela, sentada al otro lado de Ginger, que hacía de separador.

—    Sí. Clientes cumplen con familia, como buenos hipócritas – sonrió Ginger. – Además, diciembre es un mes malo. Muchos gastos familiares, poco dinero para strippers.

—    Ginger lo ha resumido perfectamente – sonrió Ángela mientras deslizaba una mano entre los muslos recubiertos de seda de su compañera.

—    Quieta – susurró la tailandesa, retirando la mano antes de beber de su copa de cava.

—    ¿Soléis excitaros cuando bailáis para un cliente? Ya sabéis, cuando hacéis vuestro numerito lésbico – preguntó Ruth, indagando con curiosidad en el tema.

—    Siempre me pongo cachonda cuando toco a Ginger – dijo Ángela, volviendo a meter su mano entre las piernas de la asiática.

—    No es numerito – explicó Ginger con una sonrisa, mientras batallaba con la mano de su amiga. – Improvisamos, así que gozamos de verdad. Es lo que el cliente comprende y gusta.

—    Sí, hay veces que hasta nos olvidamos de él – Ángela chasquea los dedos, arrancando una sonrisa a Ruth. – Pobrecitos, temblando en el reservado, mordiéndose el labio, dudando si acercarse a nosotras…

—    Puede que alguno os de un susto cualquier día – se preocupó la catalana.

—    Peor para él, Domingo se lo come crudo – esta vez fue el turno de Ginger de reírse.

—    Lo que tienes que hacer es venir a vernos una noche de estas y ver nuestro show – sugiere la rubia.

—    ¿Entrar yo en el club? Estás loca – negó rápidamente Ruth.

—    ¿Por qué? ¿Acaso creías, hace unos años, que estarías sentada en Noche Buena con dos strippers en el salón de tu casa? ¿O qué tendrías curiosidad por lo que sienten dos mujeres al amarse?

El rostro de Ruth se arreboló y guardó silencio.

—    Ángela tiene razón. Aún recuerdo la cara que pusiste el día que supiste que dormíamos juntas – le dijo Ginger, pellizcándole levemente la barbilla. – Has cambiado mucho desde entonces.

—    Ahora soy más… comprensiva.

—    Yo lo llamaría de otra manera – musitó Ángela, acercando el rostro a la mejilla de Ginger.

—    ¿Cómo? – preguntó Ruth en un susurro.

—    Pura envidia…

—    No, no – negó la catalana, pero sus mejillas se mostraban cada vez más rojas. – Es algo entre vosotras…

—    No puedes apartar tus ojos de mis manos cuando la acaricio – insistió Ángela y deslizó su lengua sobre la tersa mejilla de Ginger, largamente.

—    ¿Es verdad? – le preguntó Ginger, mirándola directamente a los ojos.

—    No, no sé…

—    Has tenido una severa educación católica, Ruth. Tú misma me lo dijiste. Al principio, no podías imaginarte nuestra relación porque era puro pecado – continuó la rubia bailarina. – Pero ya no te lo parece, ¿verdad?

Ruth negó con la cabeza, de forma casi imperceptible.

—    Te he observado mientras Ginger contaba su historia. No había repulsa en tu rostro, ni rastro de ella. Más bien sentías envidia de esa prima, ¿no es cierto?

Ruth apartó la mirada de Ginger, vencida por las palabras de Ángela, y agachó el rostro. Una mano de la rubia se alargó hasta ella, alzándola por la barbilla, obligándola a mirarlas a las dos.

—    Te has estado preguntando cómo sería abrazarse contra Ginger, las dos desnudas. Te lo imaginas cada vez que piensas en nosotras, ¿me equivoco? – la voz de Ángela era cada vez más gutural, más grave, asemejándose al ronroneo de un gran felino.

Ruth encogió uno de sus hombros, como si no quisiera darle del todo la razón, pero sus ojos quedaron atrapados por los óvalos de los rostros de sus dos amigas, tan cercanos al suyo. Aquella voz que ya no era humana se colaba en el interior de su cerebro con toda facilidad.

—    Ginger ha sido la primera mujer en la que te has fijado. Su exotismo traspasó todas las barreras que tenías alzadas. Nunca has conocido otra como ella. Lo sé… a mí también me hizo lo mismo – Ginger tembló al escuchar aquella declaración de su compañera junto a su oído.

Jamás escuchó a Ángela utilizar ese tono antes. Sabía que no iba dirigido a ella, pero podía sentir el poder latente en la grave entonación, como aquellas palabras se convertían en algo fluido y pegajoso como la melaza una vez había penetrado por las orejas. ¿Ángela las estaba hechizando? ¿Desde cuando tenía ese poder?

La inocencia y candor de Ruth se abrió cual flor ante el rocío, rendida ante el anormal timbre de voz. No podía discutir la razón que tenían aquellas palabras, no cuando se había masturbado cien veces pensando en lo que estarían haciendo sus amigas en la cama. Se mojaba nada más aspirar el embriagador aroma de Ginger cuando se abrazaban para saludarse. Y ahora, justo ahora, cuando se encontraba libre de ataduras morales, aquella voz demoníaca le ofrecía lo que más anhelaba su alma.

La tentación ideal…

El dedo que Ángela mantenía bajo su barbilla acabó conduciendo su cara contra la pequeña nariz de Ginger. Tuvo que bizquear los ojos para contemplar los detalles de tan cerca, pero, aún así, sintió un largo escalofrío en su espalda cuando los rojos labios de la asiática se movieron para pellizcar los suyos. ¡La estaba besando!

Tiernos, cálidos, embriagadores… esa fue la primera impresión, que se incrementó al repetir el beso. Cerró los ojos, entregándose totalmente a la caricia, y ladeó el rostro para llegar mejor a la boca de Ginger. La húmeda lengua de la tailandesa hizo un tenue contacto con su labio inferior, como tanteando el paso. Hubo una especie de chispazo en la mente de Ruth. Era una lengua femenina la que se estaba colando en su boca, la lengua de otra mujer, y le pareció maravillosamente depravado.

Su propia lengua acudió al encuentro, sumergiéndose en la esponjosidad de la sensación. No era tan diferente de jugar con la lengua de un hombre, pero, al mismo tiempo, poseía ciertas características que la diferenciaban, que no era capaz de explicar. Una mano de Ginger se apoyó en su mejilla, transmitiéndole el calor corporal de su amiga. Ella quiso también tocarla, pero no se atrevió, no deseaba romper el mágico momento.

—    Menudo beso, chicas – susurró Ángela, lo que hizo que separaran las bocas.

Ruth sonrió, toda sonrojada, pasando alternativamente de los oscuros ojos de Ginger a los claros de Ángela. Los labios de Ginger la atraían de nuevo, tan rojos, tan apetitosos.

—    ¿Te atreves conmigo? – le preguntó la rubia, acercando su rostro al de ella.

Ruth no contestó, solo sonrió y cerró los ojos, frunciendo los labios para ofrecerlos. Ángela no fue tan dulce como Ginger, más bien mordisqueó su grueso labio inferior, haciéndola gemir. Fue diferente pero no la defraudó en absoluto. Ángela era agresiva, mucho más de lo que indicaba su aspecto. La hizo abrir la boca para deslizar su lengua tan adentro que casi tocó su glotis. La lengua se movía como una cosa viva, pegándose obscenamente a sus dientes, a su paladar, a su propia lengua. Nadie la había besado así, ni siquiera su esposo cuando regresaba borracho. La sensación la dejó sintiendo un delicioso foco húmedo entre las piernas.

Se separó jadeando, aspirando necesario oxígeno y relamiéndose la saliva de sus labios. Una mano de Ginger volvió a posarse sobre su mejilla, deslizando un dedo por la comisura de sus labios hasta introducirlo en la boca. Ruth pasó su lengua por encima, degustando una pizca del salado sabor de las gambas. La otra mano se instaló en su nuca y tiró de ella hacia atrás, acabando por recostar su cuerpo en el sofá.

Una pierna de Ginger subió hasta incrustarse en su pelvis, con una habilidad que hablaba de una asidua constancia. Lo único que quedó en la mente de Ruth fue el deseo de que no hubiera tela por medio, la tentación de quitarse los pantalones que llevaba para notar aquella pierna lo mejor posible.

Ginger se recostó contra el pecho de la catalana, frotando lentamente sus menudos pero duros pechos contra el sujetador de Ruth. La boca de Ginger se cerró sobre la de su amiga, atrapando perfectamente labios y dientes para un beso en profundidad. Fue como si Ruth fuera succionada por un remolino de sensaciones que no hacía más que pulsar sobre su bajo vientre y llenar su mente de fugaces imágenes de cuerpos desnudos. Sus propias manos se aferraron a la cintura de su amiga, notando la tibieza y tersura de la piel.

Cuando Ginger comenzó a mover su pierna, a presionarla aún más contra el pubis de la joven viuda, ésta no le quedó más remedio que abrirse cuanto pudo y echar sus caderas adelante. Aquella fricción la enardecía tanto que la asustó. Era algo innatural, se dijo. Una caricia no podía barrer de un golpe todo cuanto la habían inculcado, lo que había aprendido sobre el amor y el sexo junto a Guillermo, las horas que había pasando escuchando a su párroco…

Nada de eso servía de freno a lo que estaba sintiendo. Las caderas de la tailandesa se agitaban, rotando y presionando, casi como si fuesen las de un hombre, pero no sentía ese ominoso bulto masculino, tan arrogante siempre, tan cargado de autoridad. Se apretó todo lo que pudo contra Ginger, buscando que un nuevo escalofrío atravesara su cuerpo.

Entreabrió los ojos y se encontró con la mirada de Ángela, quien había cambiado de lugar. Ahora se encontraba frente a ellas, sentada en el sillón orejero compañero al sofá. Las contemplaba con una sonrisa y tenía sus piernas bien abiertas, la falda recogida sobre las caderas, y una mano acariciando con languidez por encima de su diminuta braguita. Ruth sonrió y volvió a cerrar los ojos cuando la boca de Ginger reclamó su atención de nuevo. Por lo visto, que Ángela la estuviera mirando hacer el amor con otra mujer no le importaba lo más mínimo.

“¡Qué puta te estás volviendo!”, se dijo, intentando recriminarse, pero no consiguió alcanzar el tono mental adecuado.

Los dedos de la asiática insistieron sobre su pecho, achuchando el sostén con aros. Ginger quería tocar más y estaba desabotonando la blusa de su amiga, descubriendo la prenda interior. Con una tremenda facilidad, despojó del sujetador a Ruth y se apoderó de las cúspides rosadas con saña.

Ruth gimió y elevó su torso debido al doble pellizco que Ginger le brindó, sin sutileza alguna. Sus pezones reaccionaron de inmediato, irguiéndose como dignos pitones. Nunca antes estuvieron tan duros y erectos, reconoció la joven; de hecho, nunca antes la habían excitado de esa forma. Las manos de Ginger amasaban su pecho, descendían lentamente por su vientre, pellizcaban su cintura, y se insinuaban sobre la frontera de sus pantalones.

Arriesgó otro vistazo hacia Ángela y descubrió que ya no llevaba las braguitas puestas. Estaba mostrando obscenamente su vulva sin vello, rojiza y abierta. Su dedo corazón no dejaba de pasar por encima de ella, una y otra vez, abriendo los hinchados labios para chapotear en el interior de la vagina. Ángela no apartaba los ojos de ellas y tenía el rostro algo ladeado sobre un hombro. La sonrisa ahora era más una mueca placentera que otra cosa.

La mano de Ginger desabrochó la cintura del pantalón, atrayendo la total atención de Ruth. Llegaba la hora de la verdad para ella, pensó, conteniendo la respiración. Mientras la asiática le daba numerosos besitos por toda la cara, Ruth siguió mentalmente el proceso de desabotonarle toda la bragueta y cómo una mano cálida y urgente se deslizó por el hueco descubierto. Notar aquellos dedos sobre la tela de las bragas, acariciando su pubis, buscando su intimidad más absoluta, la hizo jadear y rebullir las caderas.

Sin embargo, el pantalón era demasiado ceñido como para dejar sitio a caricias de ese tipo. Ginger se alzó sobre uno de sus codos, con el ceño fruncido por la irritación. De unos cuantos tirones, bajó la prenda por las redondeadas caderas. A cada brusco movimiento, Ruth gemía inconscientemente. Finalmente, ella misma ayudó, bajando el pantalón hasta sus rodillas. La mano de Ginger se introdujo rápidamente en el interior de su prenda íntima, acariciando el corto vello púbico y llegando, por fin, a una anhelante vagina que estaba a punto de hacer la ola por su cuenta.

Ruth hundió la nariz en el hueco del cuello de la tailandesa al sentir como su primer dedo femenina ahondaba en su vulva, despacio pero sin miramientos. Un quejido que nunca surgió antes de su garganta se escapó involuntariamente, lo que hizo sonreír a Ginger. Sacó el dedo y lo llevó, todo mojado como estaba, hasta el clítoris. Embadurnó la zona unos segundos, dándose cuenta de algo extraño. Había algo que se enganchaba a su dedo, como un trozo de carne o una gruesa verruga que le impedía alcanzar bien el vértice de esa zona.

Quiso echar un vistazo pero Ruth estaba prácticamente saltando debajo de ella, los ojos cerrados, la boca entreabierta, y la más sublime expresión de gozo en su rostro. No era cuestión de detenerse. Ruth estaba a punto de correrse cuando aún no había empezado ni siquiera a martirizar su sexo. Sin duda, estaba muy falta de cariño, se dijo. Continuó con su manoseo entre las piernas de su amiga, arrancándole suficientes quejidos como para doblar una película porno.

Sus piernas se doblaron y se estiraron, dos, tres veces; todo su cuerpo en tensión, con los músculos tensos y vibrando con el tremendo orgasmo que lo traspasaba. Ginger pegó su mejilla a la boca de su amiga, regodeándose con sus últimos jadeos.

—    Menudo orgasmo – susurró Ángela, desde el otro sillón.

—    Aún se agita – sonrió Ginger, girando la cabeza hacia ella. – Pero quiero ver lo que… ¡Santo Buda!

Ginger se incorporó para poder inspeccionar el bajo vientre de su amiga, colocándose de rodillas, cuando se llevó una mano a la boca, llena de asombro.

—    ¿Qué pasa? – Ángela estuvo a su lado en un parpadeo.

Ruth aún jadeaba, desmañada sobre el sofá, con las caderas abiertas y el pantalón aprisionándola por las rodillas. Llevaba el pubis recortado en las ingles, pero todo lo demás presentaba un vello corto y parejo, evidentemente arreglado. Los labios mayores de su vagina eran grandes y finos, flanqueando la vulva como una segunda piel. Sin embargo, algo asomaba entre ellos del vértice superior, una especie de montículo de varias secciones rojizas que recordaba, de alguna manera, el reducido apéndice astado de un unicornio.

—    ¿Eso es…? – señaló Ángela.

—    Mi clítoris – susurró Ruth, incorporándose sobre los codos.

—    E-es… ¡enorme! – exclamó Ginger.

—    Sí… siempre me he sentido… avergonzada por ello…

—    No tiene por qué – intervino enseguida la rubia, apoyando sus manos en los hombros de Ginger. – He visto cómo te corrías hace unos segundos… seguro que esa intensidad tiene que ver con ese pedazo de clítoris.

Ruth asintió, tapándose la entrepierna con la mano, pero Ginger la apartó.

—    Deja que veamos esa… maravilla – le dijo, poniéndola en pie y bajándole los pantalones y las braguitas hasta quitárselos del todo. Tras eso, la hizo sentarse de nuevo, pero con las piernas bien abiertas.

El hinchado y largo clítoris aún se veía rojo y húmedo, así como evidentemente erecto, tal y como pudiera estarlo un pequeño pene de unos cinco centímetros. Evidentemente, no tenía más forma fálica que la que presentaba su erección, pero aún así disponía de lo que se asemejaba a un pequeño glande de punta cónica y una base mucho más ancha en forma de torreón cárnico.

—    ¿Siempre está así de salido? – le preguntó Ángela, arrodillándose delante.

—    No… no, solo cuando me excito – respondió Ruth, con las mejillas encarnadas.

—    Dios, qué pasada – gimió la rubia, alargando un dedo para tocarlo muy delicadamente. Ruth respingó levemente.

—    Has tenido que disfrutar mucho cuando te hiciste mujer – sonrió Ginger.

—    ¿A qué te refieres? – los ojos de Ruth evidenciaban su confusión.

—    Cuando empezaste a masturbarte… tuvo que ser buen descubrimiento – explicó la tailandesa.

Ruth negó levemente y agachó la mirada.

—    Creía que estaba enferma. No era como las demás amigas – confesó. – Nunca lo hice…

—    Joder – susurró Ángela. — ¿Nunca?

—    No, no me toqué nunca hasta casarme. Me desahogaba frotándome con… la almohada – Ginger le pasó un brazo por los hombros para darle ánimos.

—    Vaya desperdicio. Con una cosa así de desarrollada deberías haber visto las mismas estrellas, Ruth – dijo Ángela, poniéndose en pie. – Bueno, y ahora, ¿me hacéis un sitio?

—    Pobrecita – se rió Ginger, corriéndose a un extremo del sofá. – La hemos dejado apartada.

—    ¿Qué tal si nos vamos a mi cama todas? Estaremos mucho más cómodas – propuso Ruth, poniéndose en pie y feliz, a pesar de estar totalmente abochornada por esa proposición que había surgido de lo más interno de su ser.

—    Andando, zorra, que tengo unas ganas increíbles de mordisquear largamente esa pollita que tienes – le susurró Ángela, dándole un suave azote en las desnudas nalgas.

Ruth sintió como su coño se llenaba de nuevo de jugos al escuchar la voz de Ángela junto a su oído. Nunca hubiera creído posible que esta fantasía suya se hiciera real con tanta naturalidad. Claro estaba que no se acordaba para nada del empujón mental a la que la había sometido Ángela.

A partir de ese momento, sólo importaba la cantidad de placer que pudieran darse la una a la otra para ser las mejores amigas del mundo.

 

CONTINUARÁ…

Un comentario sobre “Ángel de la noche (13)

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