ALEX BLAME

 

Las mazmorras de la inquisición

Aquel lugar ponía los pelos de punta. La piedra de la enorme estancia estaba verdosa por la humedad y no había ninguna fuente de luz a parte de las lámparas de aceite que había adosadas a la pared.

Los instrumentos de tortura estaban esparcidos sin ningún orden por la sala de forma rectangular. Había un potro, una dama de hierro, un burro español y toda una serie de instrumentos menores encima de una enorme mesa de madera de castaño.

Yo observé la colección de látigos, aplastapulgares y cinturones de San Erasmo con una mezcla de fascinación y repelús.

Servando, ajeno a mi curiosidad, desnudó de un tirón a la acusada y cogiendo un cubo que había preparado descargó el agua que contenía sobre el cuerpo desnudo de Úrsula que pegó un grito y se encogió temblando al recibir la ducha helada.

Yo me senté en una silla y observé aquel cuerpo joven y hermoso, de pechos pequeños como mandarinas y pezones rosados. Recorrí con mi mirada aquellas piernas pálidas y esbeltas, nada que ver con los gloriosos jamones de la hermana Digna y el culo respingón y tembloroso, conteniendo el impulso de dejar inconsciente al verdugo y llevarme a la joven lejos de allí.

Ignorante de mis pensamientos, Servando tiró de la joven hasta el lugar donde pendía un gancho del techo de la mazmorra. Cogió una cuerda de la mesa y con habilidad anudó las muñecas de la joven, dejando el espacio suficiente entre ellas para poder pasar el gancho.

Sin aparente esfuerzo, izó a la curandera y la colgó de manera que parecía un pescado listo para eviscerar. La joven se estremeció al sentir todo el peso de su cuerpo en sus muñecas, pero consiguió contener el grito de dolor.

Servando le dio un suave empujón dejando que el cuerpo de la joven se bambolease como un péndulo y bajó un poco la cuerda hasta que Úrsula pudo tocar el suelo con la punta de sus pies.

La curandera  tensó todo su cuerpo para poder llegar a tocar el suelo y emitió un leve suspiro al poder aliviar parte del peso de su cuerpo sobre las puntas de sus pies, dando pequeños  saltitos. Pero su alivio no duró mucho al ver como Servando, con parsimonia, revolvía entre los distintos látigos y fustas que había dispuesto previamente sobre la mesa.

Era el momento de comenzar la pantomima. Esperando que la mujer me hubiese entendido la tarde anterior, me incorporé y metiendo las manos en las mangas de los hábitos me acerqué a ella:

—Supongo que sabes lo que va a pasar ahora. —le dije poniéndome de espaldas al verdugo para poder hacerle a la acusada un gesto de ánimo— Si me cuentas ahora lo que has hecho, nos evitaremos este mal trago.

—Yo no he hecho nada malo. —replicó Úrsula con la voz temblorosa.

Mirándola a los ojos me encogí de hombros y me aparté para dejar a Servando practicar su arte.

El verdugo finalmente se había decantado por una fusta de cuero. Doblándola un par de veces para comprobar su flexibilidad, se acercó y le propinó a la joven un fuerte fustazo en los muslos. Úrsula, a pesar de que había apretado los dientes y tensado los muslos al prever el golpe, no pudo evitar soltar un angustioso grito de dolor. Un  nuevo golpe la hizo estremecerse y perder el precario equilibrio. Las cuerdas impidieron su caída, mordiendo dolorosamente sus muñecas.

Yo mantuve el gesto impasible a duras penas mientras la rea encogía el cuerpo y trataba evitar la lluvia de zurriagazos que le caía en todas las partes de su cuerpo. En un par de minutos el torso del verdugo estaba cubierto de sudor y el de la joven de finas líneas rojas provocadas por los fustazos.

Úrsula gritaba con cada golpe y agarraba sus ligaduras con fuerza. Con un gesto aparté un instante al verdugo para preguntarle de nuevo. Úrsula me miró, estaba impresionante, desnuda y cubierta de verdugones, jadeando y con las lagrimas escurriendo por su cara para unirse al sudor que cubría su pecho. Era la viva imagen del orgullo y la resistencia. Le pregunté de nuevo y ella volvió a negar todas las acusaciones.

Me aparté y apretando los dientes dejé que Servando prosiguiese con su labor.

Sin aparentar cansancio siguió azotando a la mujer hasta que sus gritos se convirtieron en apagados gemidos y toda la superficie de su cuerpo de la joven estuvo en carne viva.

El verdugo respiró y soltó la cuerda que sujetaba el gancho a la polea del techo dejando que la joven cayese desmadejada sobre el charco que había formado su sudor.

La tregua no duro mucho. Otro cubo de agua helada evitó que la joven se desmayara. Úrsula se removió inquieta y siguió a Servando con la mirada.

El verdugo se acercó a la mesa y esta vez cogió un aparato de hierro aparentemente sencillo, de aspecto triangular y con varios huecos que en pocos minutos vi que eran para acomodar cuello, muñecas y tobillos y que obligaron a la acusada a adoptar a la acusada una postura semifetal.

Posteriormente me enteré de que lo llamaban cigüeña, aunque a mí me recordaba a cualquier cosa menos al pájaro.

La joven se dejó colocar en el instrumento mansamente, probablemente pensando que había cosas peores, pero el verdugo le tenía preparada una sorpresa. Apartó todas las cosas que tenía sobre la mesa menos una y levantando a la joven con facilidad, la colocó sobre ella.

A continuación cogió el único instrumento que había dejado sobre la mesa y se lo mostró a la mujer. A mí me pareció una especie de consolador, pero la joven lo reconoció y tembló, pidiendo por primera vez piedad.

Cuando me fijé en la rosca que tenía en un extremo entendí por qué suplicaba la joven, era una especie de especulo aunque su misión no era facilitar la visión.

Ignorando la suplicas de la joven, el verdugo le metió la pera por el ano de un solo golpe. La joven aulló e intentó retorcerse aunque la cigüeña le impedía adoptar una postura más cómoda.

—¿Estás segura de que no tienes nada que confesar? — me adelanté de nuevo.

—No. No he hecho nada malo.

— Confiesa ¿Eres una bruja? ¿Provocas la muerte de ganado? ¿Te ayuntas con el demonio? —insistí.

—No, no, noooo. Soy una mujer temerosa de Dios. Jamás osaría cometer ningún pecado semejante contra él.

La negación se convirtió en un alarido cuando el torturador le dio una vuelta a la rosca haciendo que se abriesen las aletas del aparato dilatando un poco más el recto de la joven.

Úrsula estaba dolorida. Los hierros de la cigüeña se le clavaban en el cuello y en las extremidades, pero ese dolor no era nada comparado con el ardor que le provocaba el diabólico instrumento que tenía incrustado en su culo.

Servando continuó su tortura dosificando cuidadosamente el dolor de su víctima y evitando que sufriese ninguna lesión permanente.

Finalmente, aparté al verdugo y le dije que deberíamos suspender la sesión por aquel día. Servando estuvo de acuerdo, aunque insistió en dejarle puesta la cigüeña unas horas más.

Tras rezar una de las oraciones que había aprendido apresuradamente de un libro de exorcismos que había sacado de la biblioteca del convento y Servando le hubo quitado la pera, di por terminada la sesión. Hubiese deseado decirle a la joven que lo estaba haciendo bien, que pronto estaría libre, pero la presencia del verdugo solo me permitió hacerle un nuevo gesto de ánimo cuando este  nos dio la espalda un instante.

Terminé la oración rápidamente y dejé a Úrsula presa en aquel instrumento, desnuda e indefensa, al cuidado de aquel sádico profesional. Sabía que era una locura, pero no tenía otro remedio.

Cuando salí al exterior era ya de noche.  Respiré hondo, intentando purgar de mi organismo aquel aire acre y opresivo y en ese momento me di cuenta de que apenas había comido nada desde el almuerzo. No era un mal momento para visitar la cantina de la villa.

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