ALBERTO ROMERO

Por Tierra y por Mar.

—¡Se me ha escapado, Antonio! —jadeó Marta en cuanto su hermano le cogió
el teléfono.
—¿Qué? —contestó Antonio completamente sorprendido.
—Estaba en la cafetería cuando he hablado antes contigo y ha pasado por delante
del escaparate, me ha visto —lamentó Marta tratando de recobrar el aliento.
—¿Cómo?, ¿Josefa? —respondió Antonio sin dar crédito a lo que estaba escuchando.

—Todo ha pasado muy rápido. Ella pasaba por delante de la cafetería con una
maleta y al verme ha salido corriendo. He corrido detrás de ella, pero me ha dado
esquinazo en una callejuela.
—Marta, has perdido la cabeza —Se lamentó Antonio—. ¿Qué pretendías hacer
persiguiéndola?
—No lo sé, Antonio. Me he dejado llevar por el impulso. Total, ya me había visto,
quería pedirle explicaciones. Está claro que no ha venido a Barakaldo a ver a su
familia —contestó Marta alterada.
—Quiero que vuelvas a Madrid ya, Marta. Me da igual a que haya ido esa bruja
a Barakaldo. Esto está en manos de la policía. Josefa es peligrosa y ahora que sabe
que estás allí corres más peligro. Por favor, vuelve, te lo suplico —imploró Antonio
con desesperación.
—Tranquilo hermano. Tengo el billete comprado para volver esta tarde. Es cierto
que ya no puedo hacer nada más aquí. Abandono la intención de interrogar a
las monjas y me vuelvo esta tarde, prometido.
Antonio pareció quedarse más tranquilo. Marta le dijo que estaba extrañada
de que Josefa llevase una maleta y le pidió precaución a su hermano, por si aparecía
de nuevo en Madrid.
Se despidieron y quedaron en hablar aquella misma noche cuando estuviese
de vuelta en casa. Marta colgó el teléfono y tomó rumbo al convento de las Dominicas.

El inspector Aguirre y dos patrullas de compañeros llegaron a la estación de
tren de Desartu en apenas tres minutos, pero allí no encontraron a Josefa.
Pidió por radio que enviasen con urgencia más patrullas a la estación de Abando,
en Bilbao, y que vigilasen la posible llegada de la prófuga. No podía dejar que
se le escapase. Todos los trenes con destino a Madrid tenían que estar supervisados.

De camino a Bilbao le llamaron de la central para avisarle de que la autopsia
definitiva descartaba la muerte natural de Sor Concepción, que habían terminado
las pruebas y el resultado final era muerte por asfixia.
Aguirre quedó petrificado con la noticia. Todo encajaba. La última que había
estado con aquella monja era Josefa y la denuncia de su yerno por amenazas la
ponía en el centro de la diana de todas las sospechas.
Tenía que volver al convento a pedir unas cuantas explicaciones a la Madre Superiora,
pero primero trataría de atrapar a Josefa con sus propias manos.
Josefa salió del portal, donde había permanecido escondida más de una hora,
como si viviese allí de toda la vida. El taxi que había pedido por teléfono la esperaba
junto a la acera. Miró a los dos lados de la calle tratando de ver si Marta o cualquiera
la observaba, y se montó con rapidez en el vehículo.
—Buenos Días Señora —dijo el taxista sonriéndole por el retrovisor.
—Al aeropuerto, por favor —contestó Josefa sin prestarle atención alguna.

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